domingo, 30 de mayo de 2010

Montrealenses (I): Con chanclas y a lo loco


El montrealense adora sus chanclas. Durante el verano las lleva a todas partes. Si pudiera y si no se le congelaran los pies con el peligro de perder algún dedo las llevaría también en invierno. Y es que el invierno aunque ya completamente ido para estas fechas parece seguir en sus recuerdos cual trauma peor que masacres u holocaustos. Basta mínima provocación del termómetro para que el montrealense se medio encuere. Playera, shorts y chanclas son la vestimenta ideal para cualquier ocasión: parques, reuniones, museos, salas de clase, fiestas. Qué les pasa a estos mexicanos tan formales, me imagino se pregunta. En los días de calor húmedo hasta en pelotas andaría por las calles. Montreal podría ser una isla con playas caribeñas si Dios le concediese ese deseo. Y es que la chancla es sumamente celosa. No soporta sus meses de encierro durante el invierno y apenas llega abril algunas chanclas reclamonas ya quieren ser sacadas del cajón de los recuerdos y desempolvadas para ir sonando su musical chancleo por las banquetas de Montreal. Poco le importa a esa amante caprichosa el daño que pueda causar a la estructura del pie. Poco parece también importarle al montrealense si esas chanclas que orgullosamente porta son el terror de los podiatras. Menos si al individuo durante las horas pico en el transporte público le pisan algún dedito estorboso. Pisotones crueles y más aguanta por su querida chancla. El chiste de todo esto es liberar el cuerpo de capas y capas de ropa. El chiste es orear los pies y de paso broncearlos porque las pieles de Gasparín no son nada elegantes ni están de moda. Así, todavía antes de que llegue el verano, el montrealense semeja con su chancluda historia de amor vociferar a grito pelado: ¡Abajo el invierno! ¡Larga vida a la divina chancla!

viernes, 28 de mayo de 2010

Increíble homenaje a Stephen King


Hace mucho, mucho tiempo escribí un texto que no tengo intención de publicar hasta no encontrarle dedicatoria. Aunque sí me atrevo a reproducir aquí un fragmento de ese texto como preámbulo al más increíble de los homenajes literarios, el mío a Stephen King. Va la autocita:

"(…) y aunque faltan estudiantes ella inicia la clase, sí, como cada día, un poco gruñona, porque algunos alumnos son tan impuntuales, no, totonacos, nos informa el Nene, no todos los canucks son puntuales, eso es un estereotipo, hay algunos tan impuntuales como ustedes, ni modo, las nueve son las nueve y poco a poco se incorporan los demás y la maestra de la mañana lanza el debate sobre la mesa a propósito del libro que les encargó leer, Volkswagen blues, una novela de Jacques Poulin, y a muchos de ellos no les complace la lectura porque la trama está bastante aburrida, pero el Nene la defiende, el protagonista es escritor y a él le encantan las novelas donde los protagonistas son escritores y, alega el Nene pedagogo, el texto de Poulin es un libro hecho de libros, un libro hecho de muchas historias donde se reconoce una vasta tradición literaria y por esa razón le fascina y lo defiende de la apatía de los otros. Y claro, ya lo veía venir, a la discusión se une el Canuck Sportif y, antes de que pueda anticiparlo la maestra, el debate se torna una discusión acalorada donde las opiniones se inclinan por libros de calidad o por libros comerciales. El Nene echa pestes de Stephen King, quién sabe por qué carajos salió el nombre de Stephen King, y alega es bien comercialote, no sirve para nada, sus libros son mamotretos, puros cuentitos de horror para niños, ni quién se asuste con esas babosadas, ningún valor literario, ninguna imagen afortunada, ningún afán de transformar la realidad con un filtro medio poético y sí mucho de quedarse con una lana de aquéllas, esto y más argumenta el Nene con muchas dificultades en su francés todavía atolondrado, y ¡pácatelas!, se libera sobre él la cascada verbodiarreica del Canuck Sportif, por lo menos entretiene, y de eso se trata también, de divertir a la gente, y bien que se vende y a mucha gente le gusta y no hay que verlo por debajo del hombro sólo por esnobismo como si el valor literario fuera lo único, ¿y qué había del entretenimiento?, y esto y lo otro y lo de acá y lo de acullá, y el Nene intenta contestarle con muchos argumentos y, como si Dios quisiera chingárselo, se le quedan trabados en la garganta y se pone colorado del coraje y el Canuck Sportif bien calmadito sigue alabando al gran señor de la literatura, al sabio Stephen King y lo defiende hasta el final y sale avante, venciendo al Nene mal letrado y quisieras gritarle ¡pero bien que andabas leyendo a Gabo el primer día de clases!, y sabe de antemano que el Canuck Sportif se la va a revirar, ¿y a poco el señor colombiano ése no vende libros de a montón?, y aunque el Nene podría responderle que Stephen King nunca va a ganar un premio Nobel y preguntarle de regreso ¿qué prefieres, retrasado mental, leer a un premio Nobel o al imbécil cuatro-ojos que espanta más que sus personajes y que nada más sirve para redactar mamotretos y agenciarse una buena lana engañando bobos?, lástima que no se murió hace algunos años cuando al muy culero lo atropellaron, ¿eh?, ¿qué prefieres?, aunque lo sabe bien, no lo dice, no lo dices porque eres un sumenso, te encanta agradar y ser amable (…)"

No niego que durante muchos años compartí la visión de este personaje llamado el Nene sobre el escritor oriundo de Estados Unidos. ¿Cómo no hacerlo cuando todas las personas a quienes uno desea impresionar al confesarse escritor hacen un gesto de desagrado nomás al mencionar el nombre de este autor bestselleriano? Pasan los años y uno deja de sentir la necesidad de pertenecer al club. Repaso las lecturas que en cierto sentido me construyeron el gusto literario y ya no necesito ocultar ni avergonzarme de que, durante la adolescencia y después de leer a Agatha Christie, pasé de las novelas de detectives a las de horror y suspenso. En los viajes al otro lado, para matar las horas de aburrimiento dentro de centros comerciales, en más de una ocasión compré un libro de Stephen King. De algunos sí tengo muy malos recuerdos: larguísimos, emocionantes aunque vacíos de alma y repletos de más jaladas que una película de Ed Wood. Por ejemplo, Needful Things sobre una tiendita del diablo cuya misión es enemistar a los habitantes de un pueblo hasta llevarlos al apocalipsis. El resplandor me parece mucho menor a la cinta de Stanley Kubrick. Por ahí salían unos arbustos demoníacos con forma de animalitos. De risa loca, pues. En cambio, de Misery tengo un buen recuerdo. Pero su novela más memorable para mí siempre será la primera que escribió, todavía siendo profesor de inglés en una prepa y viviendo con su mujer en una casa rodante. Carrie tiene algo de lo que quizás carecen otros libros de King (digo quizás porque no tengo la intención de averiguarlo leyendo toda su obra): autenticidad. Hay un elemento auténtico en este relato de ansiedades y odios adolescentes. Aún era muy ingenuo cuando leí la novela en su idioma original; pero al hacerlo me sorprendió que se pudiera contar una historia con los "fuck", "shit" y palabras anexas que sí se escuchaban en los filmes del mismo país. Todos padecemos el ambiente de la prepa de diferentes maneras. Sin embargo, cualquier adolescente marginado puede hallar cierta identificación con el personaje de Carrie -una muchacha tímida, fea en el libro, dominada por la extrema religiosidad de su fanática madre, acosada por los insultos de sus compañeros- quien tras la enésima humillación y en un ataque de rabia desencadena su habilidad para mover los objetos con la mente y así cobrar la más devastadora de las revanchas. En el filme de Brian De Palma de 1976 (visto por mí antes de leer el libro hasta la saciedad) mata a todos sus compañeros. En la novela, a gran parte del pueblo. Y aunque tiene sus maniqueísmos -una niña barbifresa que odia a Carrie y otra que por remordimiento la quiere ayudar- y sus aspectos inverosímiles -como el de la propia telequinesis- al menos para mí Carrie y su autor sí se merecen este increíble homenaje. Ni modo.

Calderón en Canadá


En esta esquina un presidentito desesperado por vender una imagen de seguridad de un país que como si tuviera lepra se le cae a pedazos y en la otra un periodista informado solamente de lo pasó en dicho país hasta enero. No hay mención sobre la polémica elección de 2006 ni de un intento de legitimizar su mandato ni de las más recientes "bajas" civiles en su guerra inventada. Para que se vea la falta de información que hay acá sobre México -el Jefe Diego se convierte en "one of your friends"- pongo el enlace a esta entrevista hecha por Peter Mansbridge para la CBC:
http://www.cbc.ca/video/#/News/ID=1506157452
"You were remarkable", le dice Mansbridge a Calderón mientras le pone el video de la madre de los dos jóvenes asesinados en Juárez durante una fiesta en enero pasado. Un gesto de periodista de primer mundo confrontar al entrevistado con un video que lo contradice y donde a su vez es confrontado. "You were remarkable", le dice como si el presidente fuera un actor en una película. Ah, y Calderón inventa una nueva palabra en inglés. ¡Que alguien me diga qué chingaos es un "opinion pull"! De antología pues. Patético.

lunes, 24 de mayo de 2010

Cannes 63


No estuve muy enterado de lo sucedido en Cannes. ¿Para qué si muchas de las películas se presentan allá de estreno y no hay manera de opinar sobre ellas a la distancia? Como sucede en este tipo de premiaciones hubo repartición equitativa de trofeos, según opinan los que saben. Yo solamente vi la ceremonia de clausura en vivo ayer alrededor de la una, tiempo de Montreal. Hoy la lista de ganadores se puede encontrar en muchos medios. (Por ejemplo, El Siglo de Torreón: http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/526669.tailandia-la-palma-y-mexico-la-camara.html) Parece que una película mexicana ganó la Cámara de Oro, premio para directores debutantes. No sorprende si tenemos en cuenta que Gael García Bernal era el presidente del jurado. Por ahí también andaban Salma Hayek, González Iñárritu y Javier Bardem que por su participación en Biutiful se llevó el premio compartido al mejor actor. Eso en cuanto a la presencia hispana. Finalmente fue Charlotte Gainsbourg quien le entregó la Palma de Oro al director tailandés Apichatpong Weerasethakul. Iñárritu, entonces, se fue con las manos vacías. Ah, y claro, ya dentro de un año reseñaré las películas ganadoras.

domingo, 23 de mayo de 2010

La plena madurez de Haneke


Pues solamente faltan algunas horas para que se anuncien los premios en el festival de Cannes, edición 63. Se habla de la película de González Iñárritu; pero la competencia está fuerte. Quién sabe. En lugar de especular sobre películas que no veré hasta dentro de quién sabe cuántos meses, mejor cuelgo esta reseña que como dije anteriormente retrasé demasiado por la carga de trabajo. La cinta la vi en enero y hasta ahora me di a la tarea de reseñarla. Lo que no menciono en el artículo es que también ganó el Globo de Oro como mejor película en lengua extranjera, lo cual ante la Palma de Oro en Cannes importa un cacahuate. Ah, y lo mejor de todo es que sigue sin tener fecha de estreno en México. A lo mejor los distribuidores nos conocen muy bien porque ya anticipo algunos de los comentarios de siempre: "está muy lenta", "no le entendí", "qué güeva de película". Entonces, todos aquellos condicionados por la máquina hollywoodense abstenerse por favor. Va la reseña:

El director Michael Haneke llega a Cannes el año pasado con una filmografía desafiante y muy consolidada en la maleta. Con toda su madurez, como un cineasta que nunca ha subestimado a su público, el austriaco nacido en Alemania se presenta en el mismo festival donde a finales de los ochenta llamara la atención su ópera prima El séptimo continente (1989), el mismo festival en donde hace tan sólo algunos años se le reconociera con un gran premio del jurado gracias a La pianista (2001), película por la cual los dos actores protagónicos ganaron sendos premios de interpretación. Haneke arriba en 2009 a la edición sesenta y dos del festival cinematográfico francés con La cinta blanca (Das weisse Band, 2009) y se lleva la Palma de Oro, eso a pesar de que Un profeta de Jacques Audiard parecía ser la consentida de todos los críticos. Con este gesto, el jurado galardona no sólo la que quizás es la obra maestra de un gran director europeo sino también su carrera entera, conformada por once largometrajes tan inquietantes como inteligentes —excepto tal vez su refrito estadounidense de Funny Games. El último de la lista resaltará por encima de los otros gracias a su factura tan perfecta que lo convierte —aunque el término ya esté bastante manido— en un clásico instantáneo.
Desde que La cinta blanca comienza, teniéndonos a los espectadores a oscuras por el negro de la pantalla, la voz de un viejo (Ernst Jacobi) nos advierte que lo que está a punto de contarnos es una reconstrucción de lo vivido por la experiencia propia muchos años atrás; pero también a través del recuento de otras personas, no pocas veces distorsionado. Por eso tanto el prisma de los recuerdos, tanto la larga distancia en el tiempo de lo acontecido como la mediación de terceras personas, le otorgan al relato un elemento que ya parece imprescindible en la obra de Michael Haneke: la ambigüedad. Siempre convencido de que este ingrediente de la receta fílmica involucra necesariamente e incluso a su pesar al espectador como lo hacen desde hace décadas ya otras manifestaciones artísticas —la música, la pintura, la literatura— el director inicia su periplo hasta ahora más acabado y maduro a la usanza de una novela del siglo XX con un narrador nunca omnisciente y nada seguro de los hechos. Es de esperarse, de esta manera, que los “misterios” planteados a lo largo de la cinta encuentren solución —si es que acaso el motivo detrás de todo el planteamiento es tal objetivo— sólo en las deducciones del espectador y no, como suele tenernos acostumbrados Hollywood, a través de una explicación detallada donde ningún cabo quede suelto. Quizás el motivo detrás de la historia tejida por el ingenio de Haneke sea mucho más profundo y tan lejano a la resolución de ciertos “misterios” de aldea como el cielo de la tierra. Porque los asuntos del cielo mucha influencia tendrán dentro de la trama.
Para contar esta historia de un pueblo alemán de principios de siglo XX, las referencias pictóricas del cineasta serán las fotografías de la época en blanco y negro, mismas que le sirven como excusa para trasladar dicha ausencia de color a la pantalla grande y por primera vez trabajar con esta textura visual. La vida en la apacible aldea se ve alterada, nos lo dice nuestro narrador y en aquellos años maestro de la escuela (Christian Friedel), por varios acontecimientos inexplicables. El primero de ellos es recreado inmediatamente, luego de la introducción: el doctor (Rainer Bock) cae de su caballo y se rompe la clavícula. El accidente, sin embargo, es causado no por el azar sino por un fino cordón que alguien, con toda intención, ha atado a dos árboles. El arma del delito poco después desaparece. Pareciera que una de las figuras más respetables dentro de la aldea, la del médico, ha recibido un ataque irracional y furibundo. No son pocas las figuras de alta jerarquía dentro de este lugar. Ahí está el barón (Ulrich Tukur), latifundista de la región del cual los granjeros dependen, hombre que ejerce el poder temporal por encima de cualquier otro habitante de la aldea. Por otro lado, se encuentra el pastor (Burghart Klaussner), el poder espiritual, hombre de férrea disciplina que en ningún momento permite faltas de conducta, mucho menos en sus propios hijos. Sin embargo, mucho más abajo en esta sociedad jerarquizada estarán las miradas penetrantes y curiosas de los niños y los jóvenes. Esos mismos que casualmente acuden el día del accidente a la casa del doctor para preguntarle a Anna (Roxane Duran), la hija, si pueden ayudarle en algo. A Sigi (Fion Mutert), el hijo del barón, se le ve en compañía de ellos antes de esfumarse en el aire durante un festival y reaparecer flagelado.
De nueva cuenta, como en anteriores filmes de Haneke, la clave está en la violencia. Un acto de furia desproporcionada tal vez tenga su origen en las pequeñas agresiones que toleramos o justificamos por ser parte de nuestro sistema de valores, incluso de nuestra cotidianidad no exenta de hipocresía. Desde comportamientos tan nimios como exigirle a unos niños llevar una cinta blanca como símbolo de su pureza o mentirle a otro sobre la muerte de su madre hasta la represión de un sistema religioso sin intersticios para la libertad. Tras ir a la casa del doctor, Klara (Maria-Victoria Dragus) y Martin (Leonard Proxauf) —dos de los muchos hijos del clérigo— son reprendidos y físicamente castigados. Los métodos de disciplina del puritano pastor tendrán su reflejo en los enigmáticos acontecimientos, tan provocadores de espanto como de chisme. Si Klara y Martin reciben de su padre una serie de fuetazos por no llegar a tiempo a cenar, por qué el indolente hijo del barón no habría de recibirlos también, por qué el barón en apariencia bondadoso pero desentendido ante la muerte de la mujer de un granjero no habría de sufrir un castigo a través de su angelical heredero. Si Martin es amarrado a la cama cada noche para evitar caer en la tentación del onanismo, por qué la partera (Susanne Lothar) y amante clandestina del doctor no debería padecer las mismas ataduras a través de Karli (Eddy Grahl), su hijo, a pesar de que éste tenga síndrome de Down. No, no hay cabida para la compasión cuando se trata de ejercer la justicia divina. Y nada de esto queda claro. Sólo se sugiere. Y ésta, además, es la interpretación de quien escribe. Cada espectador es susceptible de llegar a la suya. Mas conforme avance el filme nos daremos cuenta de las faltas por las cuales el doctor sufrió su accidente. Pero, otra vez, nada es seguro. Lo que sí es cierto es que el mencionado grupo de niños y jóvenes será la generación que décadas más tarde siga a Adolf Hitler. Hay un respiro. De entre todo este mal soterrado destaca la relación del maestro de la escuela con Eva (Leonie Benesch), la niñera de otro pueblo. Recordemos una vez más quién es nuestro filtro narrativo, recordemos que ésta es precisamente la versión del maestro.
La hechura y el relato, tanto en fondo como en estructura, convierten La cinta blanca en un objeto precioso y fascinante del cual es casi imposible retirar la mirada. Poco importan la duración o los silencios o incluso la cámara con enfoques sorpresivos, lugares comunes ya del cine del austriaco. La cinta blanca es también un ejercicio del intelecto y de los sentidos tan logrado y tan loable que de muchas maneras hace olvidar el traspié cometido por Haneke con Funny Games US (2007). La combinación entre jóvenes actores —unos sin experiencia, otros con ella— es excelente mostrándonos en pantalla rostros muy adecuados para la época retratada. Con este recuento de las semillas del nazismo, el realizador por un lado revive un microcosmos ya ido que semeja ser asfixiante y, sin duda, lo es. Sin la asfixia, esto no sería una obra de Michael Haneke. Por otro, sin embargo, en los linderos de la realidad de la filmación, expande su habilidad volviendo a su lengua materna tras un período francés y teniendo bajo su mando a un reparto inigualable y equilibrado. El gran autor austriaco ha inaugurado la que podría ser una muy interesante etapa de madurez. Desde hoy, estamos esperando más filmes de éstos.

La cinta blanca (Das weisse Band, 2009). Dirigida por Michael Haneke. Producida por Michael Katz. Protagonizada por Christian Friedel y Burghart Klaussner.

En avance con subtítulos en inglés: http://www.youtube.com/watch?v=JUj9gDtA9HQ
Escena escalofriante subtitulada en español entre Martin y su padre el clérigo: http://www.youtube.com/watch?v=rIdQkOjrt3M

viernes, 21 de mayo de 2010

Tres de Haneke


Durante las últimas semanas he estado rentando películas de Michael Haneke sólo para hacerme una mejor idea de por qué a su filme The White Ribbon (2009) se le otorgó la Palma de Oro el año pasado en el festival de Cannes. Sólo haré un pequeño comentario de cada una para ya el domingo subir mi reseña sobre su más reciente esfuerzo que, por cierto, todavía no tiene fecha de estreno en el territorio mexicano.
La ópera prima de Haneke (crédito anterior a Benny's Video) fue El séptimo continente (1989). A través de una estructura fragmentada, Haneke muestra viñetas de una familia austriaca de clase media. Enfocándose muchas veces no en sus rostros sino en sus actos (la cámara se detiene en otra vez fragmentos; pero esta vez del cuerpo de los miembros de la familia) el cineasta parece transmitir al espectador un sentimiento de dictadura de la rutina diaria, de las acciones que de forma mecánica debemos hacer cada día llevando poco a poco la abulia del padre, la madre y la hija hacia a autodestrucción total. Un debut por demás interesante que va, sin duda, sembrando los temas recurrentes en la obra del director. Primera entrega de la que ha sido llamada su trilogía de la "glaciación emocional". La segunda, por supuesto, Benny's Video (el comentario aquí) vino en el año 1992.
Como tercera entrega Haneke filma 71 fragmentos de una cronología del azar (1994). Si en los dos anteriores créditos el cineasta había concentrado su perspectiva en dos núcleos familiares, con este filme decide expandir sus horizontes para trazar un retrato de la sociedad austriaca ante la violencia injustificada y la manipulación de los medios masivos. Como su título lo indica, el espectador se enfrentará de nuevo a viñetas que irán armando una especie de rompecabezas susceptible de ser interpretado de diversas maneras. Una tras otra, interrumpidas por una pausa oscura, vendrán las viñetas. Algunas fáciles de comprender. Otras intencionalmente exasperantes (un joven practicando ping-pong, un anciano en una conversación telefónica) para hacia el final concluir con un tiroteo dentro de un banco, un acto violento sin explicaciones y muy típico de los países desarrollados. Cada uno de los personajes, al comienzo no relacionados, verá su vida chocar contra el otro por el acto que concluye este difícil periplo. En dicha trilogía, sin despreciar los otros dos filmes, me quedo con Benny's Video.
Más tarde en su carrera, antes de La pianista (2001), llega Código desconocido (2000) que inaugura lo que podría denominarse el período francés de Haneke en el que filma películas en ese idioma y con actores de ese país. Código desconocido podría ser la hermana gemela de 71 fragmentos. De nuevo, Haneke nos presenta una estructura dividida en segmentos. Sin embargo, el acontecimiento que reúne a todos los personajes se da al comienzo de la historia y no al final. Cuatro personas sufren un desencuentro: un joven tira su basura sobre una pordiosera rumana lo que provoca el reclamo de un hombre negro. El joven y el hombre discuten. A ellos se agrega la cuñada del joven (Juliette Binoche, el rostro más reconocible aquí). Después de este altercado iremos siguiendo la vida de estos cuatro personajes en diferentes latitudes. De nuevo la violencia -soterrada otra vez- a pequeñas dosis que toleramos o que fingimos no ver se hace presente en una sociedad cada vez más deshumanizada. Tampoco es de lo mejor de Haneke. Sin embargo, vale la pena por la forma en que subvierte las expectativas del espectador con una estructura puesta al revés -el momento climático al principio, por ejemplo.
Junto con los otros créditos que completan su filmografía queda cada vez más claro por qué Michael Haneke ha alcanzado estos niveles de reconocimiento. Especialmente, en Europa.

¿Quién plagió a quién? (VIII)


Caso ideal para esta época de "homenajes" y nostalgia ochentera donde abundarán refritos de Furia de titanes, Pesadilla en la calle del infierno, Karate Kid, Tron y hasta... ¡Castillos de hielo! Decía, caso ideal para esta sección:
Vaya. Ya decía yo que esa campana que cae de manera tan ominosa la había visto antes. Maldita memoria fotográfica. Entonces, ¿quién habrá plagiado a quién? ¿Ojos en el bosque (1980), un muy higiénico e infantil thriller salido de los mismísimos estudios Walt Disney, a aquella obra maestra del videoclip musical mexicano llamada "Alma en pena", también accesorio publicitario de la exitosa telenovela El extraño retorno de Diana Salazar (88-89)? ¿Don Pedro Torres, director del videoclip, al indefenso Micky Mouse? ¿O al revés? El descaradísimo robo casi imposible de detectar a continuación:
http://www.youtube.com/watch?v=3DFacqQp8uw&NR=1 (0:42)
http://www.youtube.com/watch?v=cNfJPDMG3uM (2:36)
A todo esto, hablando de joyas como Castillos de hielo y Ojos en el bosque, ¿dónde estará hoy la gran Lynn-Holly Johnson?

viernes, 14 de mayo de 2010

Marjane y el rostro de lo humano


Ora sí ya comenzó el esperado festival cinematográfico en Cannes, Francia. Para seguir con el tema reproduzco aquí otra reseña de una cinta premiada en dicha ciudad. Ahora sí prometo, antes de que termine la presente edición, una reseña de la ganadora de la Palma de Oro. La del año pasado, por supuesto. Va aquí el texto también publicado en la revista Espacio 4:

Para desgracia del cinéfilo común, existen películas cuyos autores son sumamente cobardes pues acostumbran esconderse detrás de la excusa del entretenimiento para blandir un discurso maniqueo, beligerante y por demás xenofóbico. Para colmo, tales bodrios acaban presentando ínfimos estándares de calidad o manidos efectos digitales así como fuentes de inspiración más que dudosas. En específico, me refiero a cierta cinta taquillera del verano pasado basada en una historieta de un tal Frank Miller cuyo título es 300 —recalco aquí el término “historieta” pues me rehúso a utilizar el tan de moda “novela gráfica” como insisten en llamarla los precursores de este género dentro de un patético y desesperado intento de legitimación.
La gran falta de 300 no consiste en traducir la diégesis del cómic al lenguaje cinematográfico. Eso no tiene nada de malo. El hedor se origina más bien en lo que subyace debajo de los dibujos y los diálogos: una glorificación de occidente como estandarte de la libertad democrática frente a los monstruosos y salvajes persas. El único lugar donde podría ser pertinente la exhibición del citado filme es en una oficina de reclutamiento dedicada a engrosar las filas del ejército gringo porque, si no hemos estado viviendo debajo de una piedra en los últimos años y sabemos algo de los conflictos en Medio Oriente, nos daríamos cuenta de lo imprudente que fue el estreno de 300. Sin embargo, a quienes apoyan con su enajenamiento las grasosas y azucaradas dosis de imperialismo —presente en gran parte de la cinematografía salida de Hollywood— les importa muy poco lo que se piense más allá de sus fronteras. Surge ahora, por lo menos, un largometraje antítesis de 300 por su inteligencia, agradable humor y discurso tan humanitario como universal: Persépolis (2007).
Cuando el filme de animación —producto del maridaje creativo entre Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud— comienza, vemos a la protagonista en el aeropuerto Orly de París. Se encuentra a punto de volver a Teherán. Por esta razón debe cubrirse con un velo y someterse al fundamentalismo imperante en su país. Ésta es la excusa para que los recuerdos del terruño fluyan y lleven al espectador al año 1978 cuando era una niña de nueve años. De repente, nos hallamos ante el inicio de la revolución iraní responsable de destronar a Mohammad Reza Pahlevi. La familia Satrapi —comandada por los esposos Ebi (Simon Abkarian) y Tadji (Catherine Deneuve)— es librepensadora y progresista. Junto con la abuela (Danielle Darrieux) y la pequeña Marjane (Chiara Mastroianni), los padres se ven llenos de esperanza ante el cambio político que según ellos convertirá al país en una república democrática. Sin embargo, al imponerse el fundamentalismo y seguirle la guerra con Irak, los buenos augurios se revierten. No son pocos los conocidos de Marjane que desaparecen por caer víctimas de la guerra o por convertirse en prisioneros políticos. Entre ellos, su tío Anouche. Aquí, empero, no hay maniqueísmos ni autocompasión. Con destellos de humor, los Satrapi sobreviven y se evita de esta manera cualquier dejo de sensiblería o dramatismo exagerado. Ellos son como cualquier otra familia aunque el carácter rebelde y con frecuencia contestatario de la hija única no ayuda en nada para tranquilizarlos. Al cumplir catorce años, deciden enviarla a Viena: hacia occidente y hacia la libertad. No será fácil la adaptación al nuevo entorno. Muchos menos, lejos de su querida familia.
Al lado de los padres, también se halla la abuela, personaje que ejerce una profunda influencia en Marjane. Esta voz de la generación más experimentada no es un simple arcaísmo de tiempos idos en los cuales de verdad existía un respeto hacia los mayores. La abuela con sus comentarios punzantes, sus consejos antes de la partida a Europa y su recuerdo en el aroma del jazmín no es en ningún momento una mujer convencional ni muchos menos sumisa ante las represiones de un vehemente fundamentalismo. Es más bien quien le da un poco de coherencia a lo sufrido por Marjane en su paso de adolescente a mujer. En ese tránsito seremos testigos de aficiones —desde Bruce Lee hasta Iron Maiden—, cambios en su cuerpo, los primeros fracasos en el amor e incluso, de vuelta en Irán, un matrimonio.
Frente a un filme de animación es recomendable deshacernos del prejuicio de que este género está reservado para un público infantil —prejuicio del que tienen mucha culpa las distribuidoras en nuestro país. Con los embates del anime japonés tal prejuicio se va diluyendo. Me resulta muy sorprendente cuando el dibujo en movimiento traspasa el umbral de lo ficticio, salta los linderos de la realidad y es capaz de conmover al espectador como si éste se encontrara ante los rostros de actores. Ése es el efecto sobrecogedor de Persépolis, donde lo que en toda apariencia es ficticio se torna profundamente humano. Efecto también ya previsto por Marjane Satrapi cuando decide no adaptar sus libros autobiográficos de historietas a nuestra realidad cotidiana sino a los dibujos animados en blanco y negro donde el color de la piel importa menos, donde las fronteras culturales se borran.
Innecesarias y hasta de dar risa en su intento por obtener algo del prestigio de Persépolis son las nominaciones a mejor cinta extranjera en los Globos de Oro y a mejor filme de animación en el Oscar; innecesarias sobre todo habiendo ya conquistado el gran premio del jurado en Cannes al lado de Luz silenciosa. Que esta charada al menos sirva para que la vida de Marjane Satrapi llegue a un mayor número de personas y se erija así como la reivindicación de los verdaderos y anónimos héroes de guerra ante la ascendencia de películas tan deleznables como 300. Eso porque la fuerza perdurable no se halla entre desnudistas coléricos repletos de esteroides sino entre los que luchan en silencio a favor de la paz.

Persépolis (2007). Dirigida por Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud. Producida por Xavier Rigault y Marc-Antoine Robert. Protagonizada por Chiara Mastroianni, Catherine Deneuve, Simon Abkarian y Danielle Darrieux.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=3PXHeKuBzPY

domingo, 9 de mayo de 2010

¿Quién plagió a quién? (VII)


¿"México en el corazón" a "Le moulin à images"? ¿O al revés? ¿El bicentenario de la independencia a los cuatrocientos años de la ciudad de Québec? ¿O viceversa? Quién sabe. Pero... ¡Ah, qué bonito es el nacionalismo! Las evidencias de estos crímenes de lesa humanidad a continuación:
http://www.youtube.com/watch?v=Sp71mCTQLis
http://www.youtube.com/watch?v=o2Vke8zwoNk

Por fin, la montaña sagrada


Desde el último trimestre del año pasado, comencé a seguirle la pista a Alejandro Jodorowsky. Era una asignatura pendiente desde que fui a una función del documental Midnight Movies: From the Margin to the Mainstream (2005) en el Cinéma du Parc hace ya algún tiempo y me enteré de cómo una de sus películas había causado el fenómeno de cine de medianoche en Estados Unidos. Desde un estante del videoclub, tres de sus obras me llamaban. Así que me di a la aventura de ver sus películas. Primero, Fando y Lis (1968). Después El topo (1970). Más tarde, durante las vacaciones de Navidad, leí su libro El maestro y las magas (2005). Creo que todo eso fue una buena preparación para finalmente rentar el viernes pasado La montaña sagrada (1973). Después de verla dos veces, sólo puedo calificarla de obra maestra. Nada más. Cualquier otra palabra sería agregar muy poco a lo que ya se ha dicho desde los años setenta, década en la que casualmente nací.

Aguanieve en mayo

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Para que de allá no me presuman de granizadas, otra vez cayó aguanieve. Esta vez en mayo. Sin embargo, no es lo más avanzado en la primavera en que he visto nevar. Hace diez años, en Calgary, era diez de mayo -lo recuerdo porque hablaba por teléfono con mi madre por obvias razones- cuando cayó una nevada que a diferencia de la de hoy acumuló algunos centímetros de nieve. Ya sabía que este invierno pasado, tan benigno, sería cobrado de alguna manera; lo cual, debo confesar, no me importa mucho porque prefiero esto al calor húmedo de, por ejemplo, hace una semana.

sábado, 8 de mayo de 2010

Prisionero de su cuerpo


En el mismo año en que Cuatro meses, tres semanas, dos días ganara la Palma de Oro el estadounidense Julian Schnabel ganó el premio a mejor dirección en el festival de Cannes por Le scaphandre et le papillon (con su título sensibleramente deformado en nuestro país como El llanto de la mariposa). Reproduzco aquí la reseña a este filme que también se publicó en la revista Espacio 4:

La muerte no dejará nunca de ser motivo para la reflexión en el arte. Así sucede también con su otra cara, la de la vida. Partiendo del origen de ésta, se halla la médula temática del filme El llanto de la mariposa (Le scaphandre et le papillon, 2007) del estadounidense Julian Schnabel. De los miedos propio y de su padre a morir surge la idea para de alguna manera exorcizarlos, transformarlos cual mariposa en una oda a la vida sin ignorar jamás la pálida presencia de la muerte y, para deleite del espectador, sin tropezar con sentimentalismos baratos. Además, se erige como un logro técnico de su director gracias a la utilización de la cámara en primera persona y a las yuxtaposiciones de imágenes para recrear a través del desenfoque el cautiverio en el cual vive el personaje principal. Por este esfuerzo, Schnabel recibe el premio a mejor dirección en el festival de Cannes del año pasado. Nada fácil como espectador sobrevivir a la claustrofóbica perspectiva de Jean-Dominique Bauby y a su periplo en donde estaremos obligados a reflexionar sobre la enfermedad, la parálisis y el decaimiento del cuerpo humano. Al final, sin embargo, la recompensa no será despreciable.
Pintor antes que cineasta, el neoyorquino Schnabel tiene debilidad por las biografías de personajes fuera de lo común y, por lo regular, enfrentados a obstáculos en apariencia insalvables. El primer crédito en su haber fue Basquiat (1996). Después vino Antes que anochezca (2000). Ahora, basado en la autobiografía de Jean-Dominique Bauby La escafandra y la mariposa —título original del libro en francés— logra meternos en la piel de un hombre totalmente paralizado. Jean-Do (Mathieu Amalric) es el editor de la revista Elle en Francia. Lleva una vida de lujos, comodidad y placeres. Está separado de su mujer Céline (Emmanuelle Seigner). Tiene tres hijos y una amante en turno. La vida, como reza el lugar común, le sonríe. Eso hasta sufrir en 1995 una apoplejía. Entonces cae en un coma del cual despierta sólo para ser prisionero de su propio cuerpo. Es aquí donde da inicio el filme. Y desde ese instante el espectador verá la vida a través de los ojos de Jean-Do. El parpadeo del izquierdo será la única forma para comunicarse con el mundo exterior, ése que se encuentra más allá de la escafandra dentro de la cual se halla encerrado.
De la relación con el origen representada por la figura del padre emanan las demás. Sus mujeres tendrán reacciones encontradas a la desgracia: la madre de sus hijos, presente en la clínica, aún siente rencor por su abandono y la amante se rehúsa a visitarlo. A pesar de esto, él no puede reprochárselo. En el hospital se le presentarán sus atractivas terapeutas, Henriette (la quebequense Marie-Josée Croze) y Marie (Olatz López Garmendia, esposa de Schnabel) así como Claude (Anne Cosigny), la enviada de la editorial para emprender la dificilísima escritura de su biografía no con pluma y papel sino con parpadeos. De la mano de Céline llegarán también sus tres hijos para llorar y reír a lo largo de un día del padre poco convencional. Y, otorgando quizás el momento más devastador de la cinta, Papinou Bauby, magníficamente encarnado por el veterano Max von Sydow, en una conversación para felicitar a Jean-Do, desde su apartamento y teniendo como intermediaria a Claude. Max von Sydow no será el único actor de larga trayectoria al cual logra convocar Schnabel. También en una aparición momentánea y con doble rol se halla Jean-Pierre Cassel, siendo ésta una de sus últimas actuaciones. Todos ellos se nos aparecen desde el punto de vista de Jean-Do: a veces sueño, vigilia o alucinación. Pero siempre con el poder liberador de su imaginación, esa mariposa que lo conduce a lugares insospechados.
Resulta loable la insistencia del realizador en filmar la historia en francés a pesar de ya tener escrito un guión, autoría de Ronald Harwood, en lengua inglesa. Sobre todo, teniendo en cuenta que hay realidades imposibles de trasladar a otra cultura. A Schnabel le pareció esencial ir a rodar a la clínica donde había convalecido Bauby en Berck-sur-Mer en el norte de Francia y, durante la filmación, no dejó de consultar a las personas que le dieron tratamiento, las mismas a quienes él intenta retratar en la cinta. Al menos no se fracasó como con otra adaptación de Harwood: El amor en los tiempos del cólera. Pero más allá del guión se manifestarán en la pantalla metáforas visuales, un rico panorama onírico y la evocación de recuerdos, ilusiones y realidades con un reparto internacional y una rica banda sonora —con referencia a Los 400 golpes de Truffaut incluida. Habrá sin duda escépticos a este tipo de temática tan común en el cine hollywoodense y tan trillada ya por los premios Óscar donde el personaje discapacitado triunfa ante la adversidad; pero si el tema en sí podría incomodar a quienes poseen el colmillo más afilado, la técnica para presentar la historia es todo menos ingenua y eso a pesar del título dado en nuestro país. Ante una película tan valiosa que en todo momento evita lo sensiblero, parece reprobable la decisión de las distribuidoras nacionales al rebautizarla —se vale reír— El llanto de la mariposa cuando la autobiografía de Bauby se titula La escafandra y la mariposa (nombre de la cinta en otros idiomas y elemento esencial que fue conservado incluso en el nuestro dentro de la península Ibérica). Este hecho denota además del nulo respeto a una obra artística y del ya acostumbrado mercantilismo de las distribuidoras, un desprecio hacia el público al cual seguramente piensan incapaz de adivinar el significado de la palabra “escafandra” o al menos de abrir un diccionario para averiguarlo. Que nadie, entonces, se deje engañar por ese lloriqueante título.

El llanto de la mariposa (Le scaphandre et le papillon, 2007). Dirigida por Julian Schnabel. Producida por Kathleen Kennedy y Jon Kilik. Protagonizada por Mathieu Amalric, Emmanuelle Seigner, Max von Sydow y Marie-Josée Croze.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=zTotjDMDC_E

miércoles, 5 de mayo de 2010

Otilia y la voluntad inquebrantable


Es mayo y solamente falta una semana para que comience el celebérrimo festival de Cannes que este año se celebrará del 12 al 23 de mayo. Desde que vivo en Montreal no tengo que esperar dos o tres o hasta cuatro años para que las películas ganadoras se estrenen en una sala de cine (o directo al DVD). El mayor tiempo de espera aquí es, si acaso, un año. Eso exagerando un poco la nota. Nada mal si lo comparo con mi experiencia torreonense. Torreón, la ciudad donde la cartelera de cine causaría espanto a cualquier cinéfilo por su escasez de opciones inteligentes. Volviendo a Cannes, hace tres años ganó la Palma de Oro una cinta del rumano Cristian Mungiu. Va aquí la reseña que, en su momento, se publicó en la revista Espacio 4:

Durante el final de la ganadora en el más reciente festival de Cannes de la Palma de Oro Cuatro meses, tres semanas, dos días (4 luni, 3 saptamani si 2 zile, 2007), la protagonista observa hacia el vacío a través de la ventana de un restaurante hotelero y con esa abrumadora mirada el realizador rumano Cristian Mungiu por fin les permite respirar a los espectadores cuyo aliento se ha contenido durante los últimos minutos. Otilia (Anamaria Marinca) acaba de pasar un día que a falta de otra palabra de mayor envergadura podría definirse como infernal. Ni siquiera esa palabreja con tintes admonitorios alcanzaría a describir lo que la joven ha experimentado durante esta jornada y todo por ayudar a su mejor amiga Gabita (Laura Vasiliu).
Mungiu nos ubica en 1987, durante los últimos años de la Rumania comunista de Nicolás Ceausescu, en una ciudad pequeña y empobrecida del interior del país. Abortar antes del quinto mes está penado y después de eso el delito se tipifica como homicidio. Durante aquellos años en que se acercaba el final de Ceausescu, interrumpir un embarazo, según las palabras del director, se convirtió pronto en un acto de rebelión ante el régimen. Dentro de esta opresiva atmósfera, nadie se fía de nadie y a cada ciudadano se le pide su identificación constantemente. Aunque conozcamos un poco lo sucedido en este tiempo y espacio determinados, de Otilia sabremos mucho menos. El filme comienza cuando la historia que nos atañe ya se ha puesto en marcha. Dos jóvenes mujeres dentro de una residencia estudiantil se preparan para un hecho aún ignorado y lo hacen con tanta naturalidad como si se fueran de vacaciones. En una de ellas, sin embargo, es notoria la preocupación. La otra parece demasiado atareada como para detenerse en nimiedades.
Con pequeños destellos el espectador descubre datos sobre la mujer con la que la cámara se obsesiona: Otilia es estudiante en el tecnológico, tiene como compañera de cuarto a Gabita y como novio a Adi (Alexandru Potocean), un estudiante de química. Durante la mañana, buscará en el mercado negro cigarros Kent, irá a darle un beso a su novio antes de que él entre a un examen final, pedirá prestado dinero e intentará también reservar una habitación en un hotel barato. Detrás de estos hechos, se encuentra la férrea e inquebrantable decisión de ayudar a Gabita —una muchacha en suma atolondrada e ingenua— a deshacerse del problema albergado en sus entrañas. Por la posible condena que pende sobre sus cabezas, la aventura se lleva dentro de la clandestinidad y en circunstancias de peligro. La tarea, entonces, no resultará nada fácil. A cualquier paso que dé Otilia, el destino se obstinará en que no se realice la operación. Pareciera como si alguna voluntad que le es imposible identificar le pusiera trabas a la suya.
Sin embargo, para quienes busquen un mensaje a favor de la sobrepoblación —y ha habido despistados de éstos en Francia, por ejemplo— se verán inmersos en el engaño. Aquí no hay fantasmales manos divinas ni vuelos angélicos. El director es todo menos moralista y, si hay alguna intención detrás de la cámara, será más política que religiosa. Además de eso, Mungiu es tan inteligente que no cae nunca en el tono panfletario. Ésta es la historia privada de un conflicto público: el punto de vista subjetivo de un proyecto mayor del que esta cinta forma parte y cuya intención es retratar las vidas de quienes se hallaban bajo el régimen de Nicolás Ceausescu. A pesar de tantas pifias, Otilia no cejará en su intento de llevar a cabo el aborto de la amiga sin siquiera tomar en cuenta los fardos que encuentre en su camino. De ahí surgen la tensión, la angustia y el interés del espectador. ¿Intervendrán entes invisibles con un castigo ejemplar en el que Gabita se desangre y sea así expuesto el delito? ¿O algún entrometido sorprenderá a Otilia deshaciéndose del feto muerto? Mungiu se da a la tarea de jugar con nuestras expectativas y lo hace con loable habilidad.
Aun cuando se dé un primer tropiezo por la reservación negada en un hotel, incluso cuando Otilia vaya a encontrarse con el señor Bebe (Vlad Ivanov) en lugar de Gabita, aun cuando éste se rehúse a realizar el aborto y proponga sólo ayudarlas a cambio de favores carnales; incluso así ninguna de las dos jóvenes se detendrá. Luego de la salida del señor Bebe, Otilia tendrá pasar a la realidad de un compromiso ineludible dejando a la compañera sola. La llegada a la casa de Adi para celebrar el cumpleaños de la suegra no le otorga el alivio deseado. Su rostro reflejará lo dificultoso que le resulta el fingimiento. La preocupación por Gabita es evidente. Ante los reclamos de Adi, Otilia se calza los zapatos de su amiga y cuestiona al joven con el convencimiento de que Gabita estaría ahí para apoyarla de verse frente al dilema de un embarazo no deseado. La amiga quizás más que el novio se expondría en su nombre.
Y mientras se acerque el final de sus idas y venidas por la ignota urbe, la estupidez de Gabita enmascarada con ingenuidad se irá haciendo cada vez más patente hasta empezar a sembrar la semilla de la desconfianza. Es quizás el miedo lo que la empuja a endosarle toda la responsabilidad a Otilia, es el terror lo que la idiotiza al punto de volverla insoportable. Gabita también, conforme cometa errores, se convertirá en otro obstáculo para Otilia. Al final, quizás dude si está o no ante una retrasada mental cuyas decisiones erradas la llevaron sin remedio a prostituirse y a poner en riesgo su libertad con la amenaza de la cárcel. Sin embargo, las respuestas tal vez, más que en Gabita, se hallen en el sistema que las condena a sufrir una demencial odisea sólo por no poseer el derecho a disponer de su cuerpo y de su propio destino.
Crédito obligado para cualquier cinéfilo que se digne de serlo, Cuatro meses, tres semanas, dos días ya forma también parte del repertorio presentado por la XLIX muestra internacional de cine que comenzó a principios de noviembre en el DF. Basta decir que este año en particular la Palma de Oro otorgada al rumano Cristian Mungiu está más que justificada.

Cuatro meses, tres semanas, dos días (4 luni, 3 saptamani si 2 zile, 2007). Dirigida por Cristian Mungiu. Producida por Cristian Mungiu y Oleg Mutu. Protagonizada por Anamaria Marinca, Laura Vasiliu, Vlad Ivanov y Alexandru Potocean.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=jUNDev9B054

martes, 4 de mayo de 2010

Acequias 51


De alguna forma siguiendo con el tema de la actriz y cantante Charlotte Gainsbourg, la reseña sobre Anticristo (2009) de Lars von Trier que primero subí a esta bitácora hace algún tiempo acaba de aparecer en el número 51, el más reciente, de la revista Acequias de la Universidad Iberoamericana Torreón. Ésta es la película por la que afirmo que Charlotte Gainsbourg es una actriz extraordinaria: sólo una actriz de ese calibre se atrevería a hacer un papel de éstos, un rol difícil, desgarrador donde tuvo que desnudar no únicamente su cuerpo sino también el alma. Por desgracia, la película todavía no tiene fecha de estreno en México. ¿La tendrá algún día? Lo dudo mucho.

El enlace a la revista: http://sitio.lag.uia.mx/acequias/
El enlace a mi artículo: http://sitio.lag.uia.mx/acequias/acequias51/25A51_rescineBAEZ.pdf

domingo, 2 de mayo de 2010

¿A qué hora se mueren para que se acabe esto?


Una vez más para sostener que el éxito, al menos en mi caso, de una cinta biográfica está ligado a la simpatía sentida por el personaje a retratar, con dos semanas de distancia vi dos biopics. Las dos también producciones de Francia.
La primera fue quizás la más interesante, sobre todo al comienzo. Debo confesar que únicamente poseía dos datos sobre el biografiado antes de ir a ver Gainsbourg: vie héroïque (2010) de Joann Sfar. Sabía que este señor y su entonces mujer Jane Birkin habían causado revuelo en los años sesenta con la canción "Je t'aime... moi non plus". Y sabía también que era el padre de la extraodinaria actriz Charlotte Gainsbourg, quien estuvo aquí en Montreal hace poco en su faceta de cantante y que pasó por el programa de entrevistas Tout le monde en parle siendo la única estrella de verdad que he visto en mucho, mucho, mucho tiempo en dicha emisión de entrevistas (aunque debo decir que a la dichosa emisión la evito como la plaga por lo malo de los entrevistadores y por no ser más que una copia menor del programa original de Francia). Con la película aprendí un poco más sobre Serge Gainsbourg: su condición de hijo de inmigrantes rusos judíos durante la ocupación nazi en Francia, su interés desde pequeño por la pintura, su distante contacto con los surrealistas, su debilidad desde muy niño por las mujeres, sus inicios como cantante de piano-bar, sus relaciones amorosas con mujeres como Brigitte Bardot (Laetitia Casta) o la propia Jane Birkin (Lucy Gordon), etcétera. El filme de Sfar es un ejemplo de biografía imaginaria pues episodios bien conocidos de la vida de Gainsbourg (Eric Elmosnino) se alternan con fantasías delirantes donde aparece un doble mucho más feo, narigudo y orejón que él -este ser personificado por Doug Jones, constante colaborador de Guillermo del Toro. Sin embargo, el ritmo al principio tan bueno no se sostiene y ya al final, desgraciadamente, me sucedió lo que no debería con este tipo de cintas: empecé a mirar el reloj más de la cuenta preguntándome, así haya sido el padre de Charlotte Gainsbourg, a qué hora se iba a morir el protagonista lo cual -ni siquiera recuerdo muy bien- parece que no ocurre en pantalla. Para biografías imaginarias recientes preferibles son I'm Not There (2007) sobre Bob Dylan (donde por cierto sale Charlotte Gainsbourg) o Il divo (2008) sobre Giulio Andreotti, dos cintas que sí me gustaron a pesar de no saber gran cosa con respecto a los biografiados antes de verlas. Como dato trágico sobre Gainsbourg: vie héroïque, Lucy Gordon, la joven actriz y modelo británica que diera vida a Jane Birkin, se suicidó en su departamento de París poco antes de estrenarse el largometraje.
La otra experiencia cinematográfica, la de hoy, fue todavía peor. Aquí sí me la pasé consultando el reloj desde que pasó la primera media hora. A Chanel Coco & Igor Strainsky (2009) de Jan Kounen le tocó mala suerte. No sólo se le adelantó en su estreno la cinta protagonizada por Audrey Tautou -otra que no es nada del otro mundo- sino que además resulta soporífera a morir. Quizás tenga algo que ver que no soy ni melómano ni aficionado a la moda como para que me entusiasme saber si estos dos seres humanos fueron amantes o no. Esta biografía, más que imaginaria, es una ficcionalización de algo que casi con seguridad no ocurrió. De algo que tiene toda la apariencia de chisme baratísimo y que, por alguna razón, fue trasladado a las páginas de un libro y de ahí a una película. El problema está en el poco interés que Kounen apenas logra despertar en la audiencia con este hilo argumental tan fino que ni se ve. Y otro tanto radica en las actuaciones. Sobre todo, la de Anna Mouglalis que parece estar posando para una revista de modas el tiempo entero como si la señorita Chanel no hubiera sido una diseñadora sino una modelo. Además tanto ella como Mads Mikkelsen quedan vergonzosamente eclipsados por la loable participación de la rusa Yelena Morozova que interpreta a la esposa del compositor ruso. A ella le basta una mirada para transmitir todo lo que su personaje está sintiendo. Algo que debería aprenderle Anna Mouglalis que por interpretar a esta "mujer independiente" se convirtió en un glaciar, sí, muy bonito y bien vestido; pero glaciar al fin y al cabo. De haberlo sabido no me habría echado el viajecito en metro hasta el Cinéma Beaubien ni habría gastado nueve dólares en esto. Ni una biopic más sobre doña Coco Chanel, por favor.
A final de cuentas ya sea por falta de empatía por los personajes retratados o por la inexperiencia de sus directores; pero ninguna de estas dos biopics resulta muy memorable que digamos. Mejor oigamos a los auténticos Gainsbourg y Birkin a quienes se les agradece que hayan procreado a la gran Charlotte:
http://www.youtube.com/watch?v=sHiMDB19Dyc

sábado, 1 de mayo de 2010

Piaf, el alma de París


Cuando vine por primera vez (o quizás debiera decir segunda porque la primera de 1999 no contó mucho) a Montreal en el otoño del 2002 solamente me llevé de regreso un disco en francés: una compilación de canciones de Edith Piaf llamada Éternelle. Así es, no me llevé ningún disco de un o una quebequense. Lástima. El efecto del citado disco se puede detectar en un relato donde parodiaba la obra de Agatha Christie titulado "Muerte en el Oratorio San José" que, tiempo después, Saúl Rosales me hizo el favor de publicar en la revista de literatura lagunera Estepa del Nazas. Como preludio a la reseña de este fin de semana de biopics, reproduzco un fragmento de aquel experimento literario:

"Encontraron vacía la estación catorce, la tumba de Jesús.
—Ahora más que nunca siento la acechanza de la muerte —afirmó categórica doña Ágata.
Entonces se les apareció una mujer pálida, vestida de negro, pequeña y tan vieja como la novelista. Llevaba los audífonos a todo volumen y bailaba sola al son del susurro tembloroso y casi inaudible de su boca:
Quand il me prend dans ses bras.
—Qué atrevimiento. Las francesas no tienen ni un átomo de decencia.
Y así bailando la mujer desapareció hacia la última escultura del vía crucis. Mientras se alejaba, su canto se fue extinguiendo:
Heureux, heureux à en mourir.
Por fin llegaron a la resurrección.
Ahí se representaba una escena melodramática porque, sobre los escalones que conducían a la escultura de un Jesús triunfante y rodeado de nubes de piedra, yacía un hombre bocabajo.
—¡Lo sabía! Sabía que habría un asesinato. Me lo dijo mi intuición."

Hasta aquí el fragmento de ese relato. Todo esto para decir que el éxito de una biopic en el espectador está muchas veces (aunque no siempre) determinado por la familiaridad o la simpatía que se sienta por el personaje cuya vida está siendo representada en la pantalla grande. Por esta razón al ver hace algunos años aquí en Montreal el filme biográfico sobre Edith Piaf del director Olivier Dahan me salió esta reseña, la quinta (y última con pago de por medio) aparecida en Espacio 4:

En alguna escena de la cinta biográfica La vida en rosa (La Môme, 2007) del director Olivier Dahan, dos grandes leyendas —una del canto y otra del cine— se encuentran para que una le regale un cumplido a la otra. Como es de esperarse del título en español, el largometraje blande como eje argumental la apasionante —como se proclama sin engaño desde el aparato publicitario— vida de Edith Piaf. La otra leyenda, la del cine, es Marlene Dietrich quien después de una actuación de la Piaf le afirma que su voz es como el alma de París. Con los antecedentes de La vida prometida (2002) y la secuela de Los ríos de color púrpura (2004), Dahan ofrece el que quizás sea hasta ahora su proyecto más ambicioso y también logrado.
Las canciones de Edith Piaf son referencia obligada para quienes padecen de una imberbe francofonía y luego, para perfeccionarla, emprenden los derroteros ofrecidos por los cursos de alguna de las muchas sucursales de la Alianza Francesa. En días de tecnología avasalladora y avances trepidantes, estas piezas constituyen un anhelo de retroceder y olvidarse de lo contemporáneo, no sin cierta nostalgia ficticia por nunca haber vivido aquella época. Una de las misiones del filme biográfico —no exento de ciertas chapucerías— es precisamente revivir tiempos y personajes ya idos. El realizador Dahan le encomienda la dura tarea de encarnar a la famosa cantante a la aún joven Marion Cotillard, actriz vista con anterioridad en papeles secundarios (Amor eterno de Jean-Pierre Jeunet) o en principales al lado de luminarias hollywoodenses (Un buen año de Ridley Scott). A pesar de lo augurado por su juventud, Cotillard sale airosa del experimento. Y, a final de cuentas, la denominada biopic surte efecto en los espectadores a través de la empatía que le profesen o no a la figura central. En el presente caso, resulta casi imposible no conmoverse con la Piaf y los desafíos propuestos por su azaroso destino.
Aunque durante algunos fragmentos Dahan opta por la estructura más digerible del orden cronológico, en otros aquélla se fragmenta. Los saltos y retrocesos —criticados por muchos— subrayan la llegada de la muerte, como si desde el lecho de enferma la cantante recordara en retazos algunos de sus momentos más intensos. Detrás de una sorprendente a la par que irreconocible Cotillard, se halla el resto del reparto nutrido con algunos de los rostros más emblemáticos del cine francés: Emmanuelle Seigner, Pascal Greggory y el omnipresente Gérard Depardieu. Sin embargo, las verdaderas co-protagonistas son las canciones de la Piaf. A lo largo de la cinta, se relata cómo nacieron algunas de las más estimadas. Dos éxitos se reafirman de forma paralela desde su génesis como puntos importantes de trayectoria. En el primero, al empezar a disfrutar los frutos de la fama con una posición nunca antes imaginada en su niñez y juventud paupérrimas, un cabo a punto de partir al frente y llamado Michel Emer se presenta en el lujoso apartamento de la Piaf para ofrecerle una canción. “¿Una más?”, pregunta ella como si eso fuese rutinario. La diva le concede apenas un minuto, pero es suficiente ese tiempo para que ella se encapriche y decida incorporarla a su repertorio. Al son de un “deténgase” que podría significar el fracaso para el compositor, la artista sonríe y sucumbe ante la pieza. Es, por supuesto, “El acordeonista”.
Hacia el final, en un contraste que no puede ser mayor, cuando se encuentra sin energías para cantar en el teatro Olimpia, derrotada por la enfermedad y las adicciones, encorvada sobre una silla e indiferente; otro joven llega a ofrecerle una canción. Como Emer, apenas comienza es interrumpido con el característico “deténgase”. La música se ha convertido en un inesperado elixir pues según la Piaf, “Non, je ne regrette rien” es un reflejo fidedigno de su estado de ánimo. La letra se convierte en reflexión y orgullo de haber llevado una existencia sin arrepentimientos ni lamentaciones. Entre estas dos canciones destaca el “Himno al amor”, capaz por su melodía y su letra de conmover al corazón más gélido y cuyo trasfondo es el romance con el boxeador Marcel Cerdan (Jean-Pierre Martins) que, como ya se sabe, termina con su trágica muerte en un accidente de avión.
Habrá quien se queje de que Dahan dejó episodios de la biografía de Piaf en el tintero o quien opine que existe un marcado tono melodramático. Son los comentarios recurrentes en cualquier filme enmarcado por este género. A pesar de eso y dándole un repaso a los senderos recorridos por la protagonista, difícil hubiera sido no caer en el sentimentalismo; aún más teniendo como punto de referencia sus canciones. Aunque suene a lugar común, son éstas las que le otorgan un poder persuasivo a lo desplegado en pantalla y las que logran atemperar las escenas demasiado estridentes. Tal vez lo que deba atraer a los espectadores cuando por fin se exhiba esta película en territorio nacional es la deslumbrante actuación de Cotillard que, incluso cuando está cubierta de maquillaje en los últimos años de la cantante, no parece ser otra más que Edith Piaf. (Nota del 2010: Ya se sabe ahora que Cotillard se llevó el Óscar a mejor actriz por dicha actuación)
En Mi verano de amor, filme británico de 2004 dirigido por Pawel Pawlikoswki, Tasmin le cuenta a la ingenua Mona una serie de datos falsos sobre la vida de la Piaf mientras escuchan “La foule”. La estratagema es sólo un arma de seducción de una mitómana. Dahan, por su parte, no miente de manera tan evidente. Sin embargo, como en toda cinta biográfica, no se puede negar que hay virutas de invención que son capaces de colarse a través de los intersticios dejados por lo que nuestros sentidos no nos permiten ver de una realidad pasada. La vida en rosa, en resumen, no deja de ser una atractiva ficcionalización de quien quizás es el símbolo más arrollador de la canción francesa del siglo XX.

La vida en rosa (La Môme, 2007). Dirigida por Olivier Dahan. Producida por Alain Goldman. Protagonizada por Marion Cotillard, Emmanuelle Seigner, Gérard Depardieu, Pascal Greggory y Jean-Pierre Martins.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=uzEJ7NV_g98