domingo, 27 de febrero de 2011

Miedo de verdad y redención


Cuando uno se acostumbra a ver sin parar muy buen cine puede transponer la barrera donde se pierde un tanto la sensibilidad. En varias ocasiones me ha ocurrido —sobre todo, en los últimos meses— que voy a ver una cinta recomendada por un ejército de críticos con elogios muy entusiastas y al final termino un tanto decepcionado. Sí, lo admito, la película en cuestión es buena y sin embargo no salgo de la sala saltando de gusto por haber tenido una experiencia cinematográfica excepcional. Pero, de vez en cuando, ocurre la perfecta combinación de factores para que un filme logre estremecerme. Esto me sucedió ayer sábado por la tarde cuando fui a ver al Cinéma Parallèle una cinta sin mucho presupuesto y de pocas pretensiones sobre un grupo de religiosos en peligro. Todavía no me recupero del todo. Veo el avance en YouTube y quiero echarme a llorar. Aquí va la reseña:

Últimamente el miedo ha cundido no sólo en nuestro país sino en otras naciones con problemáticas similares (sobre todo, en el mundo árabe). Ante nuestras vicisitudes, nos falta tiempo para mirar las de los demás. El miedo parece ser el tema central (o al menos la emoción más subrayada) de la cinta ganadora del Grand Prix el año pasado en el festival de Cannes: De dioses y hombres (Des hommes et des dieux, 2010) del francés Xavier Beauvois. No es éste el miedo inofensivo de una cinta de horror que sabemos artificioso y efímero. No, éste es el miedo más cercano al real, el que paraliza, provoca el llanto, un sinnúmero de pesadillas o de noches de insomnio y a veces (sí, es verdad) el rezo. Porque qué más queda. Rezar es la acción más frecuente entre los protagonistas del citado largometraje pues los ocho hombres cuyos rostros son escrutados hasta la saciedad por la cámara son unos monjes franceses, habitantes de un monasterio en la cima de una colina del Norte de África.
No se necesita tener creencias religiosas de ningún tipo en especial para conmoverse ante el tormento diario vivido por los hermanos cistercienses en Argelia a mediados de los años noventa. La cinta abre con un epígrafe. Del salmo 82 se toman algunos versículos que dan sentido al título del largometraje: “Yo dije, vosotros sois dioses, / y todos vosotros hijos del Altísimo; / pero como los hombres moriréis, / y como cualquiera de los príncipes caeréis.” Beauvois arranca de la realidad la muerte verdadera de estos hombres, asesinatos irresueltos hasta la fecha, para completar el mosaico con una ficción en extremo conmovedora. Amédée (Jacques Herlin) es el hermano más viejo, del que se dice proféticamente que enterrará a todos. Luc (Michael Lonsdale), coetáneo de Amédée, recibe en su consultorio a los enfermos del pueblo que se halla al pie de la colina. Uno de los más jóvenes, Christophe (Olivier Rabodouin), cultiva la tierra y no está exento de dudas. Cada quien tiene entonces un papel asignado en el monasterio, entre la cocina, la venta de miel en el mercado del pueblo o la provisión de comida y medicamentos. Finalmente está Christian (Lambert Wilson) el hermano superior y quien a la larga decide por sus compañeros no aceptar la protección de militares en un lugar cada vez más diezmado por el terrorismo de los extremistas. Los monjes, sin afán de evangelizar, han estrechado lazos con la población local musulmana. Sin embargo, poco a poco, el terror se apodera de todos cuando se hallen sumergidos en el fuego cruzado entre un régimen militar y los extremistas que con las armas desean derrocarlo.
Beauvois se vale de diferentes aspectos para recrear una atmósfera de miedo que en instantes —y en esto precisamente reside el gran mérito de la cinta— se vuelve insoportable. Uno de ellos, es la paz planteada por los monjes y sus actividades diarias: cánticos, alabanzas, oraciones y trabajo manual. De repente, alguno de los ocho hombres se detiene, contempla el paisaje y se pregunta si vale la pena esperar sentado a que por la noche lleguen los extremistas y les corten la cabeza. En un comienzo divididos sobre la decisión a tomar, pronto estará claro que la unión con la gente del pueblo es indisoluble, que ellos desde su colina les dan fuerzas a quienes se encuentran abajo para continuar viviendo. No pueden irse. Tampoco desean disolver su fraternidad. No son pocos los momentos donde la resistencia, la compasión y la espiritualidad de estos hombres los mantiene en pie para enfrentarse con sus muy particulares armas al régimen militar, a los extremistas o incluso a las órdenes de regresar a su patria por parte del gobierno francés. El espectador verá entonces con impotencia cómo la vorágine se traga a estos hombres de bien, sean religiosos o no. No me avergüenza confesar que en más de una escena sentí que los ojos se me humedecían. Fue imposible resistir a la conmoción cuando de mi propio país salen noticias —oficiales y no oficiales— tan desalentadoras. Quien no sienta un revuelco del alma al mirar las secuencias del helicóptero sobre el monasterio o de la última cena —ésta llena de miradas que se tornan de alegres a tristes y con “El lago de los cisnes” como fondo musical— tal vez esté hecho de piedra. El periplo emprendido por el espectador con De dioses y hombres no debe ser tomado a la ligera.
Más de un crítico de cine se sorprendió sobremanera al enterarse hace unas semanas que entre la lista de cinco de las nominadas por el Óscar a mejor película en lengua extranjera De dioses y hombres fue vergonzosamente obviada. Eso no importa. Tales desplantes son naturales en Hollywood. Quizás pensaron que con Incendies y con Hors-la-loi ya habían cubierto su cuota de obras sobre el mundo árabe. La contundencia del filme de Beauvois perdurará a pesar de los premios que pueda o no cosechar, a pesar de la mucha o poco distribución que consiga. En nuestro país, por ejemplo, ya ha sido vista por un público reducido gracias a la LII Muestra Internacional de la Cineteca. Ruego por que encuentre espacio en la corrida comercial como le ha ocurrido a La leyenda del tío Boonmee, la ganadora de la Palma de Oro del 2010. De hombres y dioses es una experiencia cinematográfica que nadie debería perderse empezando por quienes piensan tener en sus manos el destino de nuestro país. Tal vez algo aprendan de esta humilde película.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=8xG3F-GUbnw

sábado, 26 de febrero de 2011

La nominada que casi nadie ha pelado


Ya en serio, si hay una predicción que puedo hacer sin temor a equivocarme es que Invierno profundo (Winter's Bone, 2010) no va a ganar el Óscar a mejor película. Está ahí, en esa lista de diez, de relleno. Seguramente los dinosaurios de la Academia pensaron que ya con nominarla la premiaban. Y tienen razón. Con cada año se fortalece mi teoría de que el Óscar decide nominar y premiar cierto tipo de cintas (sobre todo, independientes) para absorber algo del prestigio que estas obras han ido cosechando a lo largo de su paso por diversos festivales del mundo. Winter's Bone de Debra Granik fue la ganadora del gran premio del jurado en Sundance. De ahí ha seguido un largo camino. Tanto así que ya está desde hace tiempo en formato devedé por acá. Su carrera termina cuando es nominada a cuatro premios Óscar: mejor película, actriz, actor de reparto y guión adaptado.
Invierno profundo es un largometraje hecho por mujeres (tanto la directora como las productoras); pero no necesariamente para mujeres. Jennifer Lawrence (quien ya se destacara en Fuego de Guillermo Arriaga) lleva a cuestas el rol principal de Ree, una adolescente que vive en una región montañosa y empobrecida de Estados Unidos. Con la madre medio loca y el otro medio deprimida y el padre desaparecido, Ree debe encargarse de criar a sus hermanos menores y, para colmo, salvar la propiedad que su padre (un delincuente bien conocido) ha hipotecado para obtener una fianza. Ree tendrá que recorrer su comunidad (una que semeja estar repleta de relaciones endogámicas pues todos son primos de todos) para hallar a su padre o lo que quede de él. Las reacciones a las preguntas de Ree irán desde el silencio hasta la violencia.
Por supuesto, hay que recalcar la actuación encomiable de una actriz tan joven. De eso no hay duda. El resto de las voces han alabado Winter's Bone clasificándola como una especie de tragedia griega donde la heroína sale a terrenos peligrosos en busca de los huesos de su padre para en cierta forma encontrar la reivindicación. Sí, también es eso. En mi caso no sé muy bien qué haya sido; pero Invierno profundo no me dejó huella. Encontré su ritmo monótono, sus personajes patéticos (entre drogadictos pálidos y deprimidos) y la historia poco interesante. Uno quisiera ponerse del lado de una cinta cuyo presupuesto es ínfimo y cuyo talento se encuentra ahí. Sin embargo, es posible que ese día que la renté no haya estado de humor para algo tan denso. Por supuesto, el cuarteto de nominaciones por parte del Óscar le ha valido también la fecha de estreno en México para el 4 de marzo.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=5O8F8JtSVmI

Y hablando de otros estrenos atrasados, según el sitio de Cinemex, a México llega La nana el 11 de marzo y, según Cinépolis, una semana después también arriba el crédito anterior al más reciente de Woody Allen Así pasa cuando sucede. Las dos son cintas del 2009.

viernes, 25 de febrero de 2011

Mis Oscar's predictions, señora bonita


Es el jueves 24 de febrero de 2011, día de la bandera. Cuando estoy a punto de salir de la televisora donde trabajo, Carmenchu de los Monzones sale de su oficina como haciéndole honor a su apellido. Sale de su madriguera con el pelo revuelto, los ojos enrojecidos y la boca llena de quién sabe qué porquería. Carmenchu echa un grito ininteligible sólo para mí que llevo poco tiempo bajo su mando. Ruego que no sea mi nombre. Pero en cuanto traga los cacahuates japoneses que ha estado masticando queda muy claro que la productora del programa matutino en el que colaboro requiere una vez más de mi presencia. "Michelito de mi alma, rey santo de la vida y del amors, engarróteseme ahi, no te me vayas todavía." Carmenchu apenas se ha enterado de que la entrega del Óscar es el domingo y necesita que en mi cápsula fílmica dé algunas predicciones para no desentonar con la bola de paleros, oligofrénicos y lameculos del cine hollywoodense que en la última semana se han dedicado a escupir augures al más puro estilo de la decrépita astróloga Giovanita. Trago saliva. ¿Cómo adivinar los gustos de un grupo de carcamanes pasados de moda, ñoños, cursis y a un paso del sarcófago? Mucho menos cuando no he visto ni pienso ver absolutamente todas las películas nominadas. "Carmenchu", argumento, "si ni siquiera se han estrenado en Torreón muchas de ellas." "Ay, adorado de mi corazón, pues a ver cómo le haces porque si mañana no me traes tus predicciones ya sabes dónde queda la puerta." Entonces su huesudo dedo de bruja se dirige hacia el sitio por todos conocido. Otra vez, como ocurrió en diciembre con mi "Top Ten List", el Internet es mi aliado. Sólo tengo que teclear en un buscador "Oscar's predictions" para sacar una lista con los nombres que en todas partes (radio, televisión y prensa) repiten hasta el hartazgo. Al siguiente día estoy frente al lente mirón de las cámaras, frente al resplandor cruel de los reflectores tragando saliva. Es mi momento de brillar:
"Señora bonita que nos mira desde casita... qué alegría retener su atención. No le cambie. Quédese con nosotros en el canal 25 Laguna. Aquí estamos de nuevo en la sección de cine con algo muy, muy especial. ¡¡Las predicciones del Óscar!! Aquí y sólo aquí en su revista matutina Solecito de la Mañana las escuchará primero. De mí se acordará este lunes cuando todos sepamos ya quiénes serán las consentidas del máximo galardón en el séptimo arte, el arte de la cinematografía. No sea aguada ni se ponga gruñis. Haga sus apuestas con la comadre. Organice su fiesta temática del Óscar invitando a las vecinas y a los chamacos de las vecinas porque ya ve que estamos urgidos de distracciones con tanto balazo. Qué importa que no hayan llegado la mayoría de las películas nominadas a Torreón, nosotros que vendríamos a ser lo que se dice de mucho mundo le diremos aquí y ahora cuáles son las mejores cintas y, por lo tanto, las que ganarán el oro en esta glamorosa y tan esperada noche de domingo.
Comencemos por una categoría que nos interesa mucho a lo que es toda la sociedad mexicana: mejor película extranjera. Aquí no hay ninguna duda de que ganará Biutiful de nuestro compatriota y exiliado de lujo Alejandro González Iñárritu. Todos, incluidos los sabios señores de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, saben que nuestro México necesita buenas noticias y un Óscar para una película mexicana filmada en España pondría muy contentos no sólo a los involucrados en la hechura de esta obra maestra sino al mismísimo señor presidente de la república que de seguro a los minutos le estaría llamando al "Negro" estimado para felicitarlo por haberse llevado un Óscar a nombre de todos nosotros, los mexicanos. Ya le digo, señora preciosa. Saque de una vez la botella de tequila para brindar por este triunfo que ya nos deben desde hace mucho tiempo.
Pasemos a la categoría de mejor actor de reparto. Aquí tampoco hay dudas. Quien debe ganar es ni más ni menos que Christian Bale por su papel de ex boxeador drogadicto en El peleador. Ya sabemos que no hay interpretación mejor que aquélla en la cual el actor logra transformarse, bajar de peso y entrenarse para parecer un ex boxeador drogadicto. Injusto sería que no le concedieran la estatuilla a Bale porque ya le están debiendo una desde que nos sorprendió como Batman. Y yo le aseguro que Melissa Leo, la gran actriz que hiciera de su madre en la misma película se llevará el Óscar a mejor actriz de reparto. Su esfuerzo por mime... perdón, mimetizarse en la matrona de lo que sería una familia de pugilistas sin duda nos hace recordar a todos los laguneros a una que otra adorable mamá de nuestros queridos boxeadores oriundos de la Comarca.
Y a lo que sigue. Nosotros que ya tuvimos la suerte de haber viajado al otro lado desde hace meses y de ver lo que vendrían a ser El cisne negro y El discurso del rey le anunciamos desde hoy que Natalie Portman y Colin Firth se llevarán los premios a mejor actriz y mejor actor respectivamente. Una en la piel de una bailarina descendiendo a los que son los avernos de la locura y el otro interpretando al tartamudo rey Jorge VI merecen coronar los muchos premios que han ganado en las últimas semanas con ni más ni menos que el codiciadísimo Óscar.
Finalmente tanto mejor director como mejor película tienen que ser para esa obra maestra llamada Red social. Por fin David Fincher, director de Seven, El club de la pelea y El curioso caso de Benyamín Botón, será reconocido como el ineludible cineasta que es pues su Red social no tiene competencia en la categoría de mejor película y siendo ésta la mejor película no tendría por qué no ser la ganadora a la mejor dirección. Señora adorada, el año 2011 en el Óscar pasará a la historia como el año de la juventud. Ser joven es lo de hoy. Usted que es joven de corazón me entiende perfectamente. Y es que dos jóvenes conducirán la ceremonia y yo le afirmo desde ya que esta cinta sobre cómo un estudiante de Harvard, Boston, Estados Unidos se convirtió en el multimillonario más joven del mundo será la gran ganadora. Como se lo dijimos en diciembre pasado, ésta es El ciudadano Kane del siglo XXI. Y Hollywood lo sabe muy bien.
Y ahí están las predicciones, señora bonita que nos mira desde casita. No se deje engañar por la competencia. Aquí las escuchó primero. De nosotros se acordará el lunes cuando nos hayamos enterado de quiénes son las consentidas del Óscar. Y no se desespere, señora preciosa, porque nuestros amigos de Cinépolis nos informan que ya no falta nada nadita para que todas estas joyas de la cinematografía internacional lleguen a nuestras tierras. Así que cómprese las papitas y el refresco de dos litros. Disfrute al lado del marido y de los chamacos de esta noche de domingo que estará rebosante de estrellas. ¡Buena ceremonia del Óscar!"
Se apaga la luz roja de las cámaras. Nos vamos a comerciales y salgo del set. Una vez más mi charlatanería no salió a flote. No he visto ni pienso ver El peleador. Biutiful me da flojera. Y ni siquiera tengo visa para ir al otro lado y chutarme El cisne negro, El discurso del rey y anexas. Ni siquiera dinero como para subirme a un autobús e ir de fin de semana a Saltillo o a Monterrey donde de seguro ya las están pasando. Sin embargo, Carmenchu me abraza despidiendo su acostumbrado aliento a cacahuate japonés. "Michelito, querido, no sabes cómo te lo agradezco, eres un amors." Nuestro programa está in, a la par de todas las otras revistas matutinas y emisiones sobre cine que, urbi et orbi, han dado las mismas predicciones. Soy tan persuasivo que ya Carmenchu anda organizando una fiesta para ver la ceremonia del Óscar en su casa. Todos los del programa están invitados. Yo, como "experto" en cine, no puedo faltar. Entonces maldigo mi destino. Qué bajo cae uno cuando anda persiguiendo la chuleta.

jueves, 24 de febrero de 2011

25 años de La decadencia del imperio americano


He estado dos semanas fuera de circulación. Así pasa. Las cosas buenas nunca vienen solas, diría Job. Shit happens, diría la gringada. Como si en el otro extremo del infinito cosmos resonara una carcajada de alguien que nos desea el mal. Apenas obtuve mi ciudadanía me empezaron los síntomas de lo que terminó siendo un mega-catarro. Ni siquiera hubo celebración de mi parte. Por primera vez desde que comencé a trabajar como profe de español en 1998, tuve que cancelar algunas clases de la semana pasada. No quiero sonar sospechosista; pero desde que me pusieron la maldita vacuna contra la influenza H1N1 cada vez que me enfermo de las vías respiratorias los síntomas han sido más intensos de lo usual. Por completo desproporcionados.
Pero paso a temas más agradables. Al menos no para mí sino para el cine quebequense. En las últimas semanas han estado en el candelero dos cineastas de esta provincia-nación francófona: Denis Villeneuve gracias a la nominación de Incendies (2010) al Óscar por mejor película en lengua extranjera y su tocayo el veterano Denys Arcand por los 25 años de La decadencia del imperio americano (1986).
No voy a agregar nada nuevo a lo que ya dije anteriormente sobre Incendies. Sin embargo, desde que se anunciaron las nominaciones al Óscar no han parado los reportajes esperanzadores y de orgullo nacional que hablan de Villeneuve y celebran su filme. Me imagino que algo idéntico estará ocurriendo en México con Biutiful (2010) de González Iñárritu (que sigo sin ver aunque ya se haya estrenado en Montreal hace una semana). Entregarse a la tarea de predecir un ganador en la categoría del mejor largometraje extranjero es una reverenda estupidez pues nunca son las favoritas las que ganan. El año pasado parecía ser una carrera entre dos: Un profeta y El listón blanco. Terminó llevándose el Óscar El secreto de sus ojos. Así que ni para qué perder el tiempo en eso. ¿Está mi corazón dividido entre las seleccionadas, entre la cinta mexicana y la canadiense? Claro que no. Este año me importa un comino quién gane. Y por lo pronto Incendies ya goza de los frutos de la nominación: un cartel nuevecito y, por supuesto, una fecha próxima para su distribución en los Estados Unidos.
Denys Arcand, por otro lado, no es ningún novato en lo que se refiere a la ceremonia más pomposa y sobrevalorada de Hollywood. Arcand tuvo que chutarse tres ceremonias para finalmente ser galardonado con el Óscar a mejor película extranjera por Las invasiones bárbaras (2003). Ya antes le habían concedido sendas nominaciones por La decadencia del imperio americano y Jesús de Montreal (1989). Ahora lo que todos los interesados en el cine quebequense y en las seducciones baratas del Óscar se preguntan es si su tocayo y colega más joven logrará de nueva cuenta la hazaña. Para conmemorar este aniversario número 25, aquí dejo un fragmento sobre Arcand de mi libro Vislumbre de cineastas. Esto, debo aclararlo, fue escrito años antes de que viniera a vivir aquí. Después de convalecer, nada como el reciclaje:

Arcand: combate contra la ortodoxia
(...) "La decadencia del imperio americano proyecta imágenes poco acostumbradas en los ojos del mexicano promedio. Su núcleo es una reunión de maestros y alumnos de la universidad separados en un comienzo. Las mujeres hacen ejercicio mientras sus hombres preparan los manjares que luego disfrutarán juntos. Ambos frentes centran sus conversaciones en el sexo, gran derrocador, según varios de los personajes, del imperio americano. Las relaciones en esta fiesta son algo intrincadas. El joven Alain (Daniel Briére), al final del día, será el amante en turno de la madura Dominique (Dominique Michel). La bella Danielle (Geneviève Rioux) se acuesta con Pierre (Pierre Curzi), el soltero empedernido. Louise (Dorothée Berryman) y Remy (Remy Girard) tienen un matrimonio en apariencia estable. Diane (Louise Portal) es una masoquista y Claude (Yves Jacques), un homosexual infectado con el virus del SIDA. Dentro de estas largas y explícitas pláticas, interactúan los personajes y dejan vislumbrar su pasado, sus infidelidades, sus cambios de parejas e incertidumbres de finales de los ochenta.
La entrada de Arcand es engañosa. Los créditos se suceden uno a otro mientras la toma amplia se acerca a Dominique y Diane. Por el corredor, acartonado y colorido, caminan transeúntes, patinadoras y periodistas. A la hora, las conversaciones soeces y gráficas de estos cuarentones terminan, hasta cierto punto, en el cansancio. Ya Hollywood impuso un tipo de belleza, tanto femenina como masculina, y las personas normales son insostenibles en pantalla. Para muchos, será imposible creer que dos tipos obesos como Pierre y Remy puedan parecerles apetecibles por igual a alumnas y colegas. Arcand lleva su premisa a los límites cuando Pierre recuerda su primer encuentro con Danielle en una sala de masajes, lugar donde ella lo masturba mientras hablan de historia e intelectuales. Para Pierre, ella es una revelación y, después de mucho tiempo de no estarlo, se enamora. Se le reconoce el ímpetu temático y la construcción de la trama basada en diálogos y retrospectivas. Algunos seguirán con objeciones contra La decadencia, filme difícil de digerir en los noventa, década en la que el sexo ya no es mera conversación sino pura imagen. Este imperio, dirán, fue edificado para otra generación y para otros tiempos. No deja, sin embargo, de ser uno de los trabajos más destacables en la carrera del director canadiense. La decadencia no pierde su vigencia porque los temas que expone no caducan tampoco. Como dato adicional, el largometraje gana nueve Génies en su país de origen, el premio Fipresci de la crítica internacional en Cannes y la nominación al Óscar como mejor película extranjera." (...)

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=a7R4YFi_qhA

domingo, 13 de febrero de 2011

Amistad y envidia con Mike Leigh


La reseña obliga tras inmolarse en lo que para muchos sería el altar del malinchismo. Luego de tanto desgarro de vestiduras nomás porque un trío de señores rucos e ingleses con un programa de autos deportivos (¿habrá que recalcar el tema central de la emisión de estos señores?) dijeron quién sabe qué cosas de los mexicanos y de que yo me volviera tan ciudadano canadiense como súbdito de doña Chabelita Segunda, me lanzo a ver una película más del Reino Unido. Qué traidor a la patria. Por otro lado, me equivoqué. Según yo, casi nada había escrito sobre el director británico Mike Leigh. Luego me acordé que no es así. Detrás de las nubes grises del olvido avizoré que sí, que ya antes de mi comentario de Happy-Go-Lucky (2008) había escrito un poco sobre su obra. Vengan entonces dos textos desenterrados del polvoso baúl de la columna “El bueno, el malo y el feo”, los dos sobre filmes de Leigh:

Mentiras desnudas
El director inglés Mike Leigh, precursor del género fílmico denominado surrealismo social, está siendo alabado por el Óscar con las diferentes nominaciones otorgadas a Secretos y mentiras. Quizá a este británico no le emocione tanto el cumplido después de ganar la Palma de Oro en Cannes el año pasado y de recibir, de dicho festival, el premio al mejor director en 1993. Como una feliz casualidad, el canal 22 de México exhibió, en días recientes, Al desnudo (Naked, 1993), cinta que le valiera tal reconocimiento.
Johnny (David Thewlis) es un filósofo andrajoso, caído en la misantropía y en la misoginia, que, al cabo de lastimar sexualmente a una de sus múltiples parejas, escapa de Manchester para no ser golpeado y se refugia en el departamento londinense de Louise (Lesley Sharp), una ex novia. Acto seguido, el espectador y Johnny vagarán juntos por las hostiles calles alternando con todo tipo de seres: drogadictos, escoceses neuróticos, veladores, mujeres exhibicionistas, choferes, contaminadores visuales, sádicos violadores, jóvenes traumatizadas y hasta perfeccionistas. Estos personajes, sin excepción, son sombras solitarias y fantasmas perdidos. Son, para sí, anodinos y simples, peleles en su realidad. Pero, atravesando la barrera impuesta por la pantalla, se vuelven extraordinarios y entrañables para nosotros. Nuestro repugnante antihéroe, Johnny, a pesar de sus insultos y de su irónica careta, es un hombre sensible y pensante con una ideología propia sobre la sociedad, la teología y el fin del mundo. La escena con mayor impacto no trae integrados golpes, coitos o insultos. Su fuerza estriba en el poder de convencimiento que Johnny utiliza contra el velador Brian (Peter Wight), enumerándole uno a uno los signos de un apocalipsis moderno, para demostrarle su insignificancia. La impresionante actuación de Thewlis, rebajado actualmente a papeles secundarios y en películas tan comerciales como Corazón de dragón o La isla del doctor Moreau, agradó hasta a los jurados de Cannes ya que le concedieron el premio de interpretación masculina ese año. Al desnudo, por el movimiento caótico de su cámara, termina mareando, alterando los sentidos y grabando en la mente el paso de un complejo personaje, Johnny, y la supremacía de una sola escena. Ansiando el conocimiento de sus Secretos y mentiras, diremos que este intento de Mike Leigh, es de los buenos y desafiantes.

Asuntos familiares
Un año y medio después de ganar la Palma de Oro en el festival internacional de Cannes, Secretos y mentiras (Secrets & Lies, 1996) llegó a las carteleras de este desierto. Tanto tardó que ya hubo otra edición del certamen, la quincuagésima, y el realizador inglés Mike Leigh ya terminó otro filme: Career Girls (1997). Al desnudo fue sólo un destello de la habilidad de Leigh, famoso por no utilizar guión y permitir que sus actores improvisen.
Secretos y mentiras cuenta tres historias distintas tendientes a la fusión y sin dar paso a sensiblerías o esnobismos. Cynthia Purley (Brenda Blethyn) es una mujer cuarentona, ordinaria y soltera la cual sufre los malos tratos de su malencarada hija Roxanne (Claire Rushbrook). Maurice Purley (Timothy Spall) es un obeso fotógrafo de estudio casado con la codiciosa Mónica (Phyllis Logan), sin hijos y alejado de su hermana. Hortense (Marianne Jean-Baptiste) es una joven optometrista negra que, luego de la muerte de su madre adoptiva, descubre el color de piel de su verdadera progenitora (blanco) y su apellido (Purley). Una reunión con tales seres en ningún momento será silenciosa.
La solidez de Secretos y mentiras nace de su simpleza. El bajo presupuesto no le resta impacto, profundidad o interés. Los personajes presentados por el director, como en Al desnudo, no necesitan ser –atención, Anthony Minghella— enfermeras en el campo de batalla ni esposas de cartógrafos ni aristócratas húngaros para conmoverse con ellos. Al contrario, son reales, con trabajos comunes y sin ínfulas intelectualoides. Por lo mismo, por su carácter cotidiano, logran la simpatía del espectador aunque estén aparentemente ilesos, en su físico y en su alma. La tragedia que viven es interna. La soledad los cubre de distintas formas: Hortense por perder a su madre adoptiva, Cynthia por no tener una relación estable con Roxanne, Maurice y Mónica por la falta de hijos. El aislamiento doloroso los hace familiares y cercanos al individuo promedio. Eso se debe, en gran parte, a las impresionantes actuaciones de todo el reparto: hombres y mujeres que, como ya se dijo, no estuvieron condicionados a unas líneas sino a los sentimientos deseados por el cineasta. Los secretos y las mentiras, como diría Maurice, crecen dentro de ellos como una gangrena matándoles la capacidad de compartir. El engaño se convierte en verdad, y viceversa, en nombre de la armonía y de lo aparente. Brenda Blethyn, también premiada en Cannes por su brillante trabajo, lleva a los extremos la representación de una mujer hipersensible, parlanchina y llorona. Marianne Jean-Baptiste, por otro lado, atenúa los pucheros de Cynthia trayendo consigo la paz y el equilibrio. Entre ellas se encuentra Timothy Spall como Maurice, el fotógrafo bonachón que, con su angustioso grito, viene a conciliar a las mujeres amadas: su hermana, su esposa y su sobrina. Con ellos es posible llorar y reír al mismo tiempo. Leigh no permite que su obra se convierta en telenovela. Las cuestiones raciales del american way of life son expulsadas. El argumento está situado en Inglaterra, no en Estados Unidos. De hecho, aparte de Maurice, Hortense es el personaje más calmado y exitoso. Dentro del aspecto técnico destacan el adecuado ritmo narrativo –agilidad en lo accidental y parsimonia en lo esencial— y los lastimeros violines como banda sonora.
Por fin, una de las mejores cintas del año pisó tierras laguneras. Ahora sí valió la pena esperar. Aunque su vida en cartelera tal vez sea tan corta como la de Los Ángeles al desnudo (a lo mucho una o dos semanas), Secretos y mentiras es una profunda experiencia de la emoción y una excelente película. El paciente inglés se puede quedar con sus paisajes, sus amores prohibidos, su guerra mundial y sus monigotitos de oro.

Y ahora lo nuevo. De acuerdo con el crítico (sí, también tan inglés como los ñores de Top Gear) Mark Kermode, la nueva cinta de Mike Leigh Another Year (2010) era su favorita para ganar la Palma de Oro en Cannes el año pasado. Por lo regular confío en el criterio de Kermode. Aunque no siempre estoy de acuerdo con él. Me doy cuenta también de que este crítico no está exento de las trampas del nacionalismo porque precisamente el viernes en su programa radiofónico de la BBC recomendó Never Let Me Go (2010), cinta británica con Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley que, por cierto, a mí me aburrió terriblemente. En esta ocasión, tratándose de Leigh y con una recomendación de hace semanas de Kermode, fui a ver Another Year.
La cinta abre con el rostro triste y deprimido de Janet (Imelda Staunton, quien fuera Vera Drake también con Leigh y en las de Harry Potter, la sádica profesora Dolores Umbridge). Janet es una mujer de mediana edad que sufre de insomnio y a la que su doctora envía con Gerri (Ruth Sheen), una psicóloga que a su vez está casada con Tom (Jim Broadbent), un geólogo. La cinta pronto se olvidará de la pobre Janet y se centrará en este matrimonio. Gerri y Tom son una pareja ya entrada en años que por lo visto no han dejado apagar el amor que se profesan y, a pesar del tiempo, siguen tomando la vida con humor y una actitud positiva. En su casa se ven rodeados por varios amigos y, en ocasiones, también reciben la visita de su único hijo, Joe (Oliver Maltman). Entre los conocidos que frecuentan la casa del matrimonio se encuentra Mary (Lesley Manville), una colega de Gerri y mujer de mediana edad no muy diferente a Janet que, aunque aparenta lo contrario, ya no le encuentra mucho sabor a la vida tras varios fracasos amorosos a causa de los cuales no en pocas ocasiones se ahoga en el alcohol. Estructurada en cuatro fragmentos titulados cada uno con el nombre de una estación del año, Another Year presenta a personajes que en primera instancia pudieran semejar ser antitéticos. Por un lado está la luminosidad irradiada por Gerri y Tom, siempre listos para recibir con amabilidad a sus invitados con una comida deliciosa y buen vino, siempre generosos pero contundentes al serles requerido algún consejo. Por otro, la personalidad burbujeante de Mary, resplandor sin fondo natural que pronto se irá extinguiendo conforme pasen las estaciones para mostrar el semblante de una mujer desesperada y alcohólica en busca del amor. Mary se verá en el espejo de sus amigos y no le agradará el reflejo. Serán tales sus ansias de encontrar a un compañero, que buscará incluso una oportunidad con Oliver —a quien conoce desde los diez años— para luego saborear la amarga decepción cuando él aparezca en casa de sus padres con una novia llamada Katie (Karina Fernández). En muchos sentidos, Another Year es un tratado acerca de la amistad; pero también de la envidia que surge con ella, de cómo se anhela tener la vida “ideal” —casa, dinero, amor— de los otros. También de cómo algunas personas necesitan rodearse de miseria para no verla en sí mismos. Es así como el foco de la historia vuelve a desplazarse. Esta vez, del hogar apacible de Gerri y Tom a la soledad de Mary dándole así énfasis a la extraordinaria actuación de Lesley Manville, actuación que sin embargo no salva al filme de naufragar en su último fragmento, el del invierno. Cuando muera la cuñada de Tom y entre a escena su hermano Ronnie (David Bradley), cuando Mary y Ronnie se encuentren en casa del matrimonio y tengan una reunión exclusiva para deprimidos, el filme se irá al traste por su monotonía. De esta forma, debo decir que disfruté bastante durante una hora y media, tiempo en que había un balance entre la felicidad y la depresión de los personajes. En el último segmento ya no lo hay. Los silencios son mucho más largos y uno espera minuto tras minuto mirando a los dos deprimidos con el anhelo de que pronto aparezcan Gerri y Tom. Cuando lo hacen, veremos un lado no tan amable de la pareja. En esta ocasión, Leigh le pide demasiada paciencia —más de la acostumbrada— al espectador. Esto no es Secretos y mentiras. Sin embargo, Another Year ha sido nominada al premio Óscar por mejor guión original y, a pesar de haber sido obviada por los gringos, sus compatriotas sí tomaron en cuenta a Lesley Manville. Ella está nominada para el premio BAFTA de mejor actriz en un rol secundario.

Aquí dejo algunos enlaces para atascarse de los ingleses y la BBC.
El avance de Another Year: http://www.youtube.com/watch?v=ilv0aVRJPps
La reseña de Mark Kermode: http://www.youtube.com/watch?v=mVsV_CfaUWI
En la misma emisión radiofónica de Kermode y Simon Mayo, Lesley Manville habla del "método Mike Leigh": http://www.youtube.com/watch?v=OlUlBa8o-oc

sábado, 12 de febrero de 2011

Crónica de ciudadanía


Llego al edificio de la calle St-Jacques tres cuartos de hora antes de lo establecido. Es decir, al mediodía. Muy temprano. Como es mi costumbre. Porque así he sido siempre gracias a mi carácter dado un poco a la desesperación. Terminemos con esto de una vez y de regreso a casa. Y cómo no sentir algo de ese sentimiento al que ya me debería de haber acostumbrado si he esperado un poco más de un año este día. Frente a mí ya se adelantó una familia. No sé si de origen árabe. Quien quite y sean mexicanos como yo. No lo creo porque no reconozco mi lengua materna en ellos. Un hombre de rasgos asiáticos custodia la entrada. Verifica la carta que todos los convocados hemos recibido. Una vez que lo saludo y le muestro la carta que recibí días antes por el correo, me permite el paso a la sala. Me doy cuenta de que no soy el único que llega con tanta antelación. Ahí ya hay un buen número de personas sentadas, todas de edades y orígenes diversos, esperando como yo lo haré durante horas este jueves 10 de febrero. La sala es espaciosa. Está toda pintada de azul y hay muchas sillas alineadas, algunas ya ocupadas y otras vacías. Hay un mostrador también exento de dependiente y tres puertas. Una abierta y otras dos cerradas. Por los anuncios sé que la de en medio es la que conduce a la sala del examen. Entre esta puerta y la primera hay una fotografía del Primer Ministro. En el lado izquierdo y casi pegadas a la pared están las banderas de las provincias y los territorios de este vasto país. Varias de la personas revisan la guía para el examen. A estas alturas de poco me servirá releer algunos pasajes de la guía sobre la historia, el gobierno y otros datos del país donde vivo. Ya he estudiado lo suficiente durante dos tardes de la semana anterior. Sin embargo, para matar el tiempo, hago como los otros. De repente entra un grupo que —a diferencia de los demás y a semejanza de algunos de los niños inquietos que también se han dado cita ahí— pide a gritos atención. Dos hombres ya mayores de idénticos rasgos (gemelos, por supuesto) entran con un par de mujeres, una mayor e insignificante y otra mucho más joven, en extremo maquillada, vestida con cierta elegancia y de pelo corto. Para mí resulta obvio que las tres personas mayores son quebequenses y que la mujer joven es quien viene a realizar el examen. Uno de los gemelos parece revolotear alrededor de ella sacándole fotos y alentándola. Ella habla francés con un acento que podría ser centroeuropeo. Quién sabe. No estoy seguro. Yo no lo quiero pensar; pero quizás la joven es una de esas esposas por correo que se ofrecen en el Internet a señores de cierta edad con tal de inmigrar a un país desarrollado. La notoriedad del cuarteto que viene y va, que habla en voz alta o por el celular y se toma fotos comienza a ser irritante. Sin embargo, como hago con todas las personas a las que considero deseosas de atención, los ignoro y aun pretendo zaherirlos evitando mirar hacia donde se encuentran. Alrededor de la una, alguien con autoridad nos anuncia a los presentes que el examen está a punto de empezar y que todos debemos mostrar una vez más la carta. Algunos no necesitan presentar el examen. Sólo es para los mayores de 18 años. Quienes rebasan los cincuentaitantos también están exentos. Por eso niños y adultos mayores se quedan sentados. Soy de los últimos en entrar a la sala. Apenas quedan dos pupitres libres. Cuando les informo a las organizadoras que prefiero escribir el examen en inglés, me indican un pupitre hacia la izquierda del lugar, el último de la segunda fila. Las mujeres dan indicaciones en los dos idiomas oficiales. Nada del otro mundo. Hace bastante tiempo que tuve la experiencia de pasar un examen. Estoy más acostumbrado ahora a redactarlos, aplicarlos y corregirlos. Las dos mujeres, una blanca y una negra, distribuyen primero la hoja de respuestas. Después, los legajos con las preguntas del examen. Antes inquieren si la persona desea el legajo en inglés o en francés. Las mujeres dan las indicaciones finales: los presentes contamos con 30 minutos para responder a todas las preguntas y después de entregar el examen debemos pasar a otra sala. Llega el momento. Las mujeres dan el permiso para iniciar. En todos los casos hay una afirmación y cuatro opciones. Hay que elegir una encerrándola en un círculo. Opción múltiple entonces. Regalado, pienso. Y así es. Revivo durante momentos aquellos instantes en que sentía un poquito de triunfo al enfrentarme a un examen que no me planteaba desafíos. Todo estaba ahí frente a mis ojos. Permanecieran conmigo un día o toda la vida los conocimientos adquiridos días antes siempre fui capaz de expresarlos con muy pocos errores a lo largo de mi paso por los diferentes grados del sistema educativo. A veces me pasaba de presuntuoso tratando de terminar el examen antes que los demás, intentando vencer a quienes se creían los más cuerdos de la clase. En un supremo acto de niñería, hago lo mismo esta vez. ¿Por qué no?, me pregunto. Después de todo, ha pasado mucho tiempo desde que respondí a un examen. Tras cinco o seis minutos termino. Justo unos segundos antes de que otro avorazado lo haga. Entrego el examen y soy el primero en pasar a la siguiente sala. Por la apariencia sé que ésta es donde se llevan a cabo las ceremonias: al frente se encuentra un estrado con la bandera del país, al fondo sillas alineadas para el público. Una mujer joven y algo obesa me pide que pase a sentarme frente a uno de los dos o tres escritorios que hay delante del estrado. La muchacha me hace algunas preguntas sobre mi solicitud, sobre los lugares donde he trabajado desde que me dieron la residencia permanente, incluso sobre los lugares donde he vivido. Al cabo la mujer recoge mi tarjeta de residente permanente y me pide que espere en la sala original porque la ceremonia será este mismo día. Eso me sorprende. No lo tenía previsto. También lo veo por el lado amable. No tendré que echarme otra vuelta. Este día terminará todo. Salgo hacia la sala de espera original para sentarme de nuevo. Apenas he abierto la puerta, uno de los gemelos quebecos voltea como esperando que su mujercita haya salido avante. El ruco se lleva una decepción. Me siento entonces junto a las banderas de las diferentes provincias. No sé cuánto tiempo voy a esperar. Primero leo el folleto que me han dado sobre los símbolos del país. Luego, cuando me percato de que esto va para largo, saco de la mochila un libro de cuentos de Roberto Bolaño. El tiempo pasa lentamente. No estoy tan absorto en el libro como para obviar la presencia de un niño negro que sobresale por encima de los demás chamacos a causa de su indisciplina. Va de acá para allá sin descanso. Lo que resulta más molesto son las persecuciones del padre que inútilmente intenta atajar al niño saltarín y correlón. Sigue pasando el tiempo sin nada que reportar. Hasta que un portazo le resta reflector incluso al niño Buba, cuyo nombre coincide con el título de uno de los cuentos de Bolaño. Es la mujer centroeuropea que como bulldozer emperifollado e imparable se dirige hacia uno de los gemelos (su amante o su marido, lo que sea) para reclamarle algo. Hay una de esas escenas melodramáticas que no se ven frecuentemente en este país de contención emocional. Parece ser un error en quién sabe qué documento que impide que la mujer se convierta en ciudadana. No estoy lo suficiente cerca como para enterarme de todos los detalles; pero ésa es la impresión que me llevo. Luego de verificar quién sabe qué dato y de poco menos que mentarle la madre a su anciano marido, la mujer vuelve apresurada a la sala de ceremonias para seguir argumentando a su favor. Retomo la lectura a veces interrumpiéndola para mirar el reloj. Me arrepiento de haber terminado tan rápido el examen. Otra interrupción de la lectura, esta vez involuntaria, viene cuando de nuevo aparece la centroeuropea. El enojo ha dado paso a las lágrimas. Ni siquiera quiere acercársele al perplejo marido y encuentra consuelo con la mujer mayor. Luego de algunos minutos el volcán vuelve a estallar: se levanta, se pone su abrigo y en varias ocasiones repite que ya no tiene tiempo. Sale intempestivamente sin ni siquiera esperar a sus tres acompañantes. Ellos salen después comentando en voz baja. No quiero regodearme. Pero lo hago. Tanta foto digital tirada a la basura. Tanto cortejo alrededor de la princesa para nada. Al cabo quizás de media hora no queda página por leer. Voy a mear a un baño que se halla al otro lado de un largo y sinuoso pasillo. De regreso atisbo a un hombre canoso y algo pasado de peso entrar a una oficina. Va vestido como lo que es: un juez de inmigración. Significa que no falta mucho para la dichosa ceremonia. Todavía hay que esperar una media hora. Tal vez más. Pierdo ya el sentido del tiempo. Finalmente se vuelve a abrir la puerta de la sala de ceremonias y nos dejan pasar. Lo siguiente pasa más rápido y no está exento de lugares comunes. El juez de inmigración se echa un discurso que intenta ser conmovedor. Hacemos un juramento de lealtad a la Reina Isabel II y a sus herederos. A cada uno nos entregan nuestra tarjeta que nos acredita como ciudadano y un certificado. Entre una persona y otra hay interrupciones. Todos venimos de diferentes partes del mundo. Sin embargo, luego de años de vivir aquí ya el multiculturalismo me parece algo cotidiano. El juez se echa alguna gracejada. Los nuevos ciudadanos se sacan fotos con el juez mostrando el certificado hacia la cámara. Finalmente, viene el himno nacional, un aplauso y la ceremonia finaliza. Ahora soy ciudadano de este país. Salgo del edificio de la calle St-Jacques cinco horas después de haber entrado. Salgo cansado, hambriento, preguntándome por qué todo proceso inmigratorio tiene que ser tan difícil y sintiendo quién sabe por qué que ésta es una victoria pírrica. La actitud no es poco común en mí. Es mi carácter dado también a la falta de entusiasmo. Sí, ya soy ciudadano canadiense. ¿Y ahora qué?

martes, 8 de febrero de 2011

Pésima noticia para los cinéfilos laguneros


Durante semanas, en el sitio de la Cineteca Nacional la ciudad de Torreón aparecía entre las que recibirían la edición 52 de la Muestra Internacional de Cine. Apenas hoy me di cuenta de que Torreón había desaparecido de la lista. No sé quiénes sean los responsables, no sé si la muestra llega a Torreón una o dos veces al año; pero la desaparición de la lista no deja de ser una pésima noticia para cualquier persona que ame el cine en La Laguna. Sobre todo porque la programación de la citada muestra venía muy suculenta. No creo que por ver una película algún cinéfilo se lance a Saltillo, ciudad donde la muestra se exhibe actualmente. Si yo estuviese allá me habría desplazado lo necesario para ver De dioses y hombres (2010) de Xavier Beauvois que, por reseñas y premios, me interesa mucho. Del resto sólo he visto y comentado en esta bitácora las siguientes cintas: Anticristo, La leyenda del tío Boonmee, Los niños están bien, Conocerás al hombre de tus sueños y Tetro. Otras más han salido de la programación de la muestra por su estreno en corrida comercial, estreno que por cierto parece improbable en Torreón. Entre ellas están El amor de mi vida y En un rincón del corazón. Sobra decir que hasta en esto estamos mal, muy mal.