viernes, 30 de septiembre de 2011

De reinas y sangre


Esto lo escribí a finales del 97 o a principios del 98. No sé. Ya no me acuerdo. Aquí va el vejestorio:

De reinas y sangre
En el mes pasado llegó de nueva cuenta a las salas cinematográficas La reina Margot (La reine Margot, 1994) teniendo como motivo los cuatrocientos años de los jesuitas en la Comarca Lagunera. Tal fastuosa producción entre Francia, Italia y Alemania toma sus bases en la novela de Alejandro Dumas, misma donde la perversa vida de la familia real gala del siglo XVI y la historia se cruzan en sanguinolenta guerra. Así, la pantalla grande se llena de los sucesos que, según la imaginación de Dumas, ocurrieron anterior y posteriormente a la famosa masacre de la noche de San Bartolomé en el año de 1572.
En el intrincado desarrollo de este largometraje, Margarita de Valois (Isabelle Adjani) se casa con Enrique (Daniel Auteuil), rey de Navarra, para asegurar la unión entre católicos, comandados por el duque de Guisa (Miguel Bosé), y protestantes, bajo las órdenes del almirante Coligny (Jean-Claude Brialy). El matrimonio es impuesto por Catalina de Médicis (Virna Lisi), su madre, y Carlos IX (Jean-Hugues Anglade), su hermano y rey de Francia. Margot decide no pasar la noche de bodas sin un hombre y, después de rechazar a su flamante marido y de ser rechazada por su amante –el duque de Guisa—, termina siendo presa de los brazos de La Môle (Vincent Perez) en maloliente calle parisina. Las maquinaciones de esta corte real terminarán destruyendo ineludiblemente el amorío.
Patrice Chéreau (L’homme blessé), realizador del filme, no otorga concesiones y muestra sin pudor las licenciosas fiestas, la frivolidad, los secretos a voces, la lucha por el poder y las mortales intrigas de la realeza. Es un retazo tan exquisito, dentro de sus límites de celuloide, de los poderosos círculos del renacimiento como Bomarzo, novela del argentino Manuel Mujica Láinez donde también aparece, en su niñez, Catalina de Médicis. Incesto, venenos y bodas arregladas son rutina para los detentadores del reinado, para la cruel prole. Pero todos los esfuerzos por alejar al protestante Enrique del trono de Francia serán inútiles. El productor Claude Berri, conocido también por dirigir Germinal, no escatimó en gastos. Admirable ambientación, magnífica fotografía, lujoso vestuario y parsimoniosa música enmarcan las estupendas actuaciones de Daniel Auteuil (Los amores de una mujer francesa, Los ladrones, El octavo día), Virna Lisi (Barba azul), Jean-Hugues Anglade (Subway, La femme Nikita), Vincent Perez (Cyrano de Bergerac, Indochina) y hasta Miguel Bosé (Tacones lejanos, La amante de mi mujer). Aún así, no despojan a la siempre joven Isabelle Adjani (Nosferatu, Camille Claudel) de su protagonismo. Margot es, como los demás roles que la francesa se ha aventurado a interpretar, una mujer del escarnio: escudo de Enrique, amante de sus tres hermanos, marioneta de Catalina, testigo de la muerte y, sobre todo, concubina fugaz de La Môle. Bajo sus pies, esa terrible noche de agosto, yace una alfombra conformada por cuerpos pálidos, ensangrentados y desnudos. Sus invitados nupciales terminan siendo carroña. La escena de la matanza, tema tan importante como los sufrimientos de Margot, atribuye su perfección al impacto visual, a la potente estética. Si uno navega por la red mundial podrá encontrarse con opiniones de los cinéfilos norteamericanos en contra de La reina Margot. Sus quejas son cimentadas en argumentos tan nimios como los numerosos personajes, los subtítulos –que tanta flojera les dan— o la duración de la cinta. Tales mugidos de basura blanca hacen presumir el reducido coeficiente intelectual y la cerrazón a cualquier cultura del gringo promedio –y más del gringo cibernauta. Los cinco premios César en su país de origen –actriz principal, fotografía, vestuario y actriz secundaria— así como los acreditados en el festival internacional de Cannes –mejor actriz para Virna Lisi y premio del jurado para Patrice Chéreau— desmienten por completo tales afirmaciones. La reina Margot, por donde se vea, es una excelente película y no hay más que decir.

-La reina Margot (La reine Margot, 1994). Dirigida por Patrice Chéreau. Producida por Claude Berri. Actúan: Isabelle Adjani, Daniel Auteuil, Jean-Hugues Anglade, Vincent Perez, Virna Lisi y Miguel Bosé.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Expulsado a tamborazos


Otro artículo viejo de la época de la columna "El bueno, el malo y el feo" en la revista brecha. De nuevo, tono muy combativo. Falso e inocuo a más no poder. Para colmo, empieza haciendo referencia a otra reseña. Ni modo. Aquí va:

Expulsado a tamborazos
Como ya se dijo en una reseña anterior, en el estado gringo de Oklahoma, un grupo de neardentales blancos –que se hacen pasar por soldados del derecho, de la moral y de las buenas costumbres— condenaron a la ignominia y a la expulsión de sus tiendas de video a El tambor de hojalata de Volker Schlöndorff tras la Palma de Oro de Cannes, el Óscar a mejor película extranjera y dieciocho años de vida. Una de las cintas más destacadas del nuevo cine alemán fue catalogada como pornografía infantil por estos simios mojigatos en su deleznable estulticia.
El tambor de hojalata (Die blechtrommel, 1979), cuyas bases se encuentran en la novela homónima de Günter Grass, es la historia de Óskar (David Bennent), un niño-hombre que decide dejar de crecer a la edad de tres años. En delante, su posesión más preciada será un tambor y las dolorosas relaciones de familia o de pareja en un cuerpo mal desarrollado, esos acontecimientos que marcan su existencia, estarán rodeados de la Alemania de los nazis.
La controversia aparece desde el primer momento. ¿Cómo transferir la palabra escrita al celuloide, al rayo de luz que lanza el proyector? ¿Cómo sintetizar más de quinientas páginas en escasas dos horas con treinta minutos? En lugar de perderse en la pretenciosa idea de llevar el libro íntegro de Günter Grass –quien, dicho sea de paso, revisó el guión— a la pantalla grande, Volker Schlöndorff logra un potente legado del cine, un pilar de hermosura escalofriante. La actuación de David Bennent, quien contaba entonces con once años, es espectacular. El infante es frío, silencioso y lejano. Como Óskar, es un testigo mudo cuyo parquedad solamente es rota por su tambor y su chillante voz, terrores del vidrio. La magia de este largometraje radica, además, en el seductor y esperpéntico erotismo sembrado en la novela. Cada presencia de El tambor de hojalata son destellos surreales y exquisitas anormalidades. Ana (Tina Egel, Berta Drews), la abuela de Óskar Matzerath es el principio y el fin, el personaje que le otorga un carácter circular a la película distrayendo al espectador de las omisiones sobre el libro, entre ellas, la última parte. El padre, Alfred Matzerath (Mario Adorf), y el primo, Jan Bronski (Daniel Olbrychski), aman sin rivalidad a una sola mujer, la madre, la concebida bajo las cuatro faldas de la abuela. En off, Óskar habla de los dos hombres en la vida de Agnes (Angela Winkler): “ambos, tan diferentes pero unánimes respecto a mamá, se agradaron mutuamente y en esta trinidad me trajeron al mundo a mí”. Es entonces cuando el niño se rebela contra el universo conservando su microscópica estatura, golpeando su tambor de hojalata, lacerando vidrios y copas. Por su propia voluntad, por desprecio a los adultos, “queda para siempre gnomo de tres años”. Después de la pérdida de Jan y Agnes, llega María (Katharina Thalbach), la mujer a la que Alfred y Óskar compartirán. Esta etapa de la obra es, sin duda, la más objetada por los moralistas del primitivo heartland. María será su primer amor, la progenitora del que cree su hijo, la diosa del polvo efervescente. Ni así el niño-hombre echará raíces. Él recorrerá Europa junto a sus semejantes en talla: Bebra (Fritz Hakl), el circo y Roswitha Raguna (Mariella Oliveri), la que podría ver en todos los corazones menos en el propio. Por lo tanto, aunque Oklahoma se persigne, El tambor de hojalata es un filme de los buenos.

-El tambor de hojalata (Die blechtrommel, 1979). Dirigida por Volker Schlöndorff. Producida por Franz Seitz y Anatole Dauman. Basada en la novela de Günter Grass. Actúan: David Bennent, Mario Adorf, Angela Winkler, Katharina Thalbach y Daniel Olbrychski.

sábado, 17 de septiembre de 2011

El ocaso en Tokio


Ante la imposibilidad de escribir algo nuevo en esta bitácora -situación que, presiento, no cambiará hasta principios de diciembre- me dedicaré a subir textos viejos.

El ocaso en Tokio
Los filmes de Kurosawa, Yimou y Lee han sorteado las barreras del idioma y de la distancia. Pero si las cintas latinoamericanas y europeas sufren discriminación en las salas exhibidoras, ¿qué se puede decir en cuanto a exponentes cinematográficos de los lugares más recónditos del oriente? A la par del Rashomon de Akira Kurosawa (Japón) y antes del Sorgo rojo de Zhang Yimou (China) o El banquete de bodas de Ang Lee (Taiwan), el director japonés Yasujiro Ozu (Al que la dama ha olvidado, Primavera temprana, Una tarde de otoño) hacía escuela en la primera mitad del siglo. Con probabilidad, su cinta más famosa sea Historia de Tokio, presentada en VHS por la colección “Grandes directores” del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y también víctima del polvo en videotecas universitarias.
Historia de Tokio (Tokyo monogatari, 1953) presenta el viaje emprendido por un matrimonio de ancianos, Shukishi (Chishu Ryu) y Tomi Hirayama (Chiyeko Higashiyama), para visitar a sus hijos. Koichi (So Yamamura), el doctor, y Shige (Haruka Sugimura), la estilista, no son capaces de hacer a un lado sus ocupaciones para atender a los padres y sólo Noriko (Setsuko Hara), la nuera, les brinda sonrisas y amabilidad. En México, este largometraje, convertido en culebrón melodramático, recibiría el nombre de Cuando los padres vienen.
La música de Takanori Saito penetra los sentidos y los estruja, durante la entrada, por su fuerza y hermosura. Durante la trama, sin embargo, emerge su débil, su apenas perceptible presencia. Sobrio en escenografías, aunque no en imágenes bien logradas, Ozu cuenta con admirable quietud el abandono al que son empujados Shukishi y Tomi. Con odiosa educación y dulce hipocresía les indican a los ancianos la verdad: nadie tiene ni el tiempo ni el espacio para recibirlos. Los niños se incomodan con el arribo de los abuelos, la comida no es suficiente. Koichi, el primer anfitrión de los viejos, y su horario imprevisible disgusta a la familia entera aunque sólo a los infantes, Minoru (Zen Murase) e Isamu (Mitsuhiro Mori), les sea permitido demostrar enojo. La mezquindad de Shige (“No gastes mucho, no es necesario”, le advierte en reiteradas ocasiones a su esposo) sólo fluye de su boca cuando los viejos dan la espalda. Los dos hijos prometen y prometen un paseo por la ciudad. Las prisas torturan el reloj y, como último recurso, está Noriko, la cuñada, la viuda del hermano, el personaje que causa mayor empatía además de Shukishi y Tomi. Su respiración cortada, los suspiros al hablar, su expresión sonriente son sorpresas que los suegros no imaginan. Tras pláticas conspiradoras de los hijos mayores (“¿Se quedarán mucho tiempo?” “Estamos muy ocupados”) los Hirayama irán, con gastos pagados, a Atami, balneario de aguas termales. La estancia en el lujoso hotel, donde se dará la primera manifestación de la próxima muerte de la madre, es corta porque “este lugar es para la juventud”. Cuando regresan a Tokio los reproches no se hacen esperar. La inhospitalidad tampoco. “Ahora sí estamos desamparados” le dice el padre a su mujer entre risas. Shukishi cae en la borrachera compartidora de decepciones y Tomi pasa la noche en el diminuto apartamento de Noriko, quien pide a su vecina vino y copas, quien sacrifica un día de trabajo para pasear a sus suegros. Yasujiro Ozu estampa un sinfín de escenas en la mente: la necedad de Minoru ante la frustración, Shige y su esperanza de muerte al empacar ropa negra, Noriko y su esperanza de vida al no empacarla, los tambores del funeral materno, la apacibilidad solitaria de Shukishi, el rostro de Kioko (Kyoko Kagawa) –la hermana menor, la maestra— al pasar el tren y una frase en labios de Noriko como síntesis: “cada quien busca su propia vida”.
Con Historia de Tokio, Yasujiro Ozu logra una visión profunda del entorno familiar, una obra estética y una excelente película.

-Historia de Tokio (Tokyo monogatari, 1953). Dirigida por Yasujiro Ozu. Producida por Shochiky. Protagonizada por Chishu Ryu, Chiyeko Higashiyama, Setsuko Hara, Haruka Sugimura y So Yamamura.