martes, 16 de agosto de 2011

viernes, 5 de agosto de 2011

Joyas que vi de chiquillo (III): Miss Brodie


Además de narrador y reseñista ocasional de cine, soy profe. Por azares del destino sobre todo. Pero lo asumo, soy profe. Y a muchos profes les chiflan las películas sobre (sí, así es, no se hagan, queridos colegas) profes. A algunos les encantó por ejemplo La sociedad de los poetas muertos (1989). Quizás porque querían que, ante un despido inminente por sus ideas progresistas o por su excesiva influencia en ciertos estudiantes, como le sucede al personaje interpretado por Robin Williams al final de la cinta, sus alumnos se pusieran de pie sobre sus pupitres y les hicieran un “séntido” homenaje en vida: ¡oh, Capitán, mi capitán! Lo cierto es que a mí, en particular, dicho largometraje dirigido por Peter Weir (¿quién?) me parece insoportablemente cursi y tan repleto de melcocha como para provocarle al más sano un coma diabético. Si tuviera que elegir algún producto fílmico sobre escuelas y educación que sea la más sutil, antigua e incluso maliciosa The Prime of Miss Jean Brodie (1969), titulada en España como Los mejores años de Miss Brodie. Tal vez la prefiera a cualquier otra cinta que retrate un ambiente académico por tratarse de otra piedra preciosa que descubrí siendo niño. Además, contiene una de las mejores actuaciones de una veterana actriz inglesa: Maggie Smith. Antes de Miss Brodie, a Maggie Smith la había visto ya en Furia de titanes (1981) y en adaptaciones de novelas de Agatha Christie como Muerte en el Nilo (1978) y Maldad bajo el sol (1982). También en la gran parodia fílmica setentera de las novelas policiacas intitulada Crimen por muerte (1976). Pero nunca antes la había visto como aquí donde por su interpretación uno debería de hincársele. En su momento lo hicieron los “académicos” de Hollywood pues le concedieron el Óscar a mejor actriz principal. Que comience la función.


Maggie, Maggie, eres joven y estás viva
Nos hallamos en Edimburgo. Año 1932. Se escucha sólo la melodía de la canción “Jean”, interpretada por Rod McKuen. La señorita Brodie aparece saliendo de su casa. Luego la vemos montada en una bicicleta atravesando las calles de la capital escocesa como una suerte de ave orgullosa. Al acercarse a su lugar de trabajo, nos damos cuenta de que empieza el nuevo año escolar. Sombreros, trenzas, uniformes grises, corbatitas, calcetas blancas y zapatos de charol. Tres alumnas se alegran de verla y cargan sus instrumentos de trabajo. Dos profesores la saludan con entusiasmo. Es obvio que se sienten atraídos por la elegancia, el porte y la desenvoltura de la mujer. Dos estudiantes de nuevo ingreso en la escuela Marcia Blaine pasan del cuidado de la directora, la señorita McKay (Celia Johnson), al de una alumna que va pasando. Ahí está el retrato de Marcia Blaine, la fundadora, con cita de los Proverbios bíblicos en el pie de página: “¿Quién puede hallar a una mujer virtuosa? Su precio es más alto que el de los rubíes.” O algo así. Mi traducción es bastante torpe. De ahí pasamos a una señorita Brodie cantando en el refectorio el himno de la escuela. El título de la cinta, yuxtapuesto. Jean Brodie se encuentra aislada del resto. Es individualista hasta los huesos. No se avergüenza de destacar entre el profesorado que a los espectadores se nos presenta en pares. Algunas profesoras ni siquiera se distinguen entre sí. Tal vez sean hasta hermanas gemelas. Del estrado la cámara pasa al público repleto de niñas entre doce y diecisiete años. Las alumnas nos son presentadas también en pares. Hasta llegar a Sandy (Pamela Franklin, ocho años después de que le pusiera los pelos de punta a su institutriz Deborah Kerr en The Innocents o para nuestro idioma Posesión satánica —qué genialidad la de los traductores— adaptación cinematográfica de 1961 de Otra vuelta de tuerca de Henry James). Sandy es captada por el lente en un aislamiento similar al de la señorita Brodie. Tampoco tiene miedo a destacar. Y por eso, por ser tan similar a la maestra, terminará convertida en su rival. Habrá una oposición definitiva entre esta chica y la señorita Brodie. Ya a partir de este instante el director Roland Neame (mismo de La aventura del Poseidón, la original, claro) nos da pistas sobre el desenlace. Algunos datos adicionales: el largometraje de Neame toma como fuente la obra teatral de la dramaturga estadounidense Jay Presson Allen a su vez basada en una novela de la escocesa Muriel Spark, novela publicada en 1961. La estructura de la película hará evidente esta mediación de la obra teatral pues bien podríamos partirla en tres actos.


Acto 1: La crème de la crème
En el primero queda bien establecido el personaje de la señorita Brodie. Ella es una mujer por completo ensimismada. No ve más allá de sus narices a causa de su romanticismo algo artificial y bastante melodramático. Y aunque sin duda inspira a sus alumnas y la enseñanza es su vida entera, levanta también a su paso un sinnúmero de comentarios insidiosos. Por ser mujer y por destacarse, es odiada por las profesoras; pero amada por dos profesores, los que la saludaron con tanto entusiasmo. Brodie es una mujer (una solterona, dirían algunos) progresista en una institución conservadora, incluso pacata. Además, según ella, se encuentra en la flor de la vida, en su prime. Si la señorita Brodie fuera programa de televisión, pasaría a las nueve de la noche. Gran parte de la cinta transcurrirá dentro de la escuela. Sobre todo, en el salón de clases de la señorita Brodie. Esta unidad en los espacios también denuncia el origen teatral de la trama. Primer día de clases. Al entrar, la maestra reprime a una alumna por haber dejado la ventana demasiado abierta. Más de seis pulgadas es vulgar. Su negocio es colocar “mentes viejas sobre hombros jóvenes”. Es decir, la educación. Entre los objetivos educativos de la señorita Brodie está hacer de “sus niñas”, la crème de la crème. Las dos alumnas nuevas vistas afuera de la oficina de la directora terminan en el grupo de la señorita Brodie. Una es descartada de inmediato pues sus gustos no empatan con los de una maestra cuyos intereses son únicamente “la belleza, el arte y la verdad”. Otra es Mary McGregor (sí, homónima de la cantante de la cursísima canción “Torn Between Two Lovers” e interpretada por la joven actriz Jane Carr). Mary es una niña tímida, huérfana, tartamuda y sin intereses. Una hoja en blanco sobre la cual la señorita Brodie podrá escribir lo que desee. Es obvio que la maestra se aleja del programa oficial pues les pide a las alumnas tener sus libros a la mano, en caso de que llegue algún intruso. Les cuenta la historia de cómo su amado Hugh murió en Flandes durante la Gran Guerra. Una estudiante solloza y moquea. Es Mónica (Shirley Steedman) cuyas lágrimas por poco meten en líos a su maestra cuando la señorita McKay, la directora, entra al salón de clases. Con un diálogo rápido nos damos cuenta que las dos mujeres, aunque se tratan con amabilidad, son enemigas juradas. Cuando la intrusa se va y Sandy le reprocha a la señorita Brodie haberle mentido, ésta responde: “haz lo que digo, no lo que hago; apenas eres una niña y, por lo tanto, muy lejos de la flor de la edad”. De nueva cuenta, se nos concede esta proyección del final apoteósico donde la señorita Brodie y Sandy se enfrentarán. Pronto, ya afuera del salón, los bajos instintos serán revelados. A Jean Brodie se la acerca el maestro de pintura, Teddy Lloyd (Robert Stephens, el entonces esposo de Maggie Smith), con quien ha tenido un amorío en el verano, amorío imposible pues él es casado y tiene un montón de hijos. Católico sin poder de decisión, le dice ella. Ante el acoso del pintor, Brodie pone como escudo al maestro de música, Gordon Lowther (Gordon Jackson) al que le ha prometido pasar el fin de semana en su propiedad. Durante el almuerzo sabremos que éste era un engaño. Ella debe rápidamente “invitarse” a la propiedad de Lowther para que la mentira se convierta en verdad. Estos devaneos con un hombre y luego con otro fascinarán a las cuatro “chicas Brodie”: Sandy, Mary, Mónica y la pelirroja Jenny (Diane Grayson), todas no en la flor de la vida; pero sí en el punto álgido de la pubertad. Los cotilleos se verán detonados por una caminata a través de los sitios históricos de Edimburgo, por la visita dominical a la propiedad de Lowther y, sobre todo, cuando Mary sorprenda a su maestra besándose con el profesor de pintura. De ahí, las sospechas pasarán a la oficina de la directora que verá el fracaso de su intriga pues la verdadera intención es deshacerse de la señorita Brodie por considerarla demasiado “colorida” y liberal. Pero hay sombras en el carácter de esta mujer que ni la señorita McKay ni la historia siquiera consideran. Ésta es una catedrática que admira, por ejemplo, a un señor de apellido Mussolini. Y así, con una intrigante señorita McKay que le pide a su esperpéntica y muda secretaria que pare muy bien la oreja para acabar de una buena vez con la Brodie, terminaría el primer acto.


Acto 2: una carta de amor entre los libros
El segundo se cierra en círculo gracias a una carta de amor. Carta falsa. Con esta misiva da inicio y finaliza el acto dos. Jenny y Sandy están en la biblioteca dando rienda suelta a su imaginación y escriben entre risas la carta que su maestra le escribiría a Lowther. Por un regaño de la bibliotecaria la carta permanecerá escondida en un libro polvoso hasta años después. En el intervalo, vemos a la familia espuria de la Brodie en un picnic dentro de los jardines de la escuela. Ahí, junto al maestro de música, le designará un rol a cada una de sus alumnas. Predecir el futuro no es difícil para ella. Mónica, histriónica. Mary, sola en el mundo. Sandy… Confiable, agrega la chica antes de que pueda hacerlo la señorita Brodie como leyendo su mente. Pero, lo confiesa en voz alta la mujer, con quien siente tener un lazo espiritual es con Jenny. Jenny, la pelirroja. Jenny, la más bella. Luego de recitar un poema de lord Tennyson, dirá que Jenny será retratada muchas veces. Su augurio se vuelve realidad. A medias. El tiempo pasa y Jenny se encuentra en el estudio de Lloyd. Las otras también están ahí. Excepto Sandy que llega tarde y que es tan atrevida que no oculta su suspicacia. Para ella, todos los retratos de Lloyd se parecen a la señorita Brodie. Al sentirse descubierto, le roba un beso a la muchacha que sale corriendo para encontrarse con la Brodie y Lowther, su perrito faldero. Una invitación al té obliga para que Sandy le cuente los detalles del retrato de Jenny a la mujer. Sandy escucha y observa con atención. Se le nota el deseo de rebelarse, de contravenir los deseos de su antigua maestra. Ahí se encuentra la semilla para rebelarse. A través de miradas y gestos, nos damos cuenta que en este momento la joven decide arruinar los planes de la solterona. ¿Cuál será mi carrera?, le pregunta. La Brodie vuelve a clasificar a sus muchachas. Jenny es pasión. Será una gran amante. Sandy tiene perspicacia. Será una gran espía. Con su sentencia, Jean Brodie nulifica el lado emocional de Sandy. Ésta lo comprende y, sin hacerlo obvio al espectador, sabemos que ella será la amante de Lloyd. No la mera espía para informarle a la maestra del supuesto amorío entre el pintor y Jenny. En otra escena, estamos de vuelta en el salón de clases. Brodie habla de guardar la compostura. Pero el primero en romper la regla es Lowther que entra estrepitosamente. Los dos han sido llamados con urgencia a la oficina de la directora. Se descubre la carta y, mientras la señorita Brodie lo toma a broma, la señorita McKay expresa su conmoción. Para ella todo se ha debido a la influencia perniciosa que tiene sobre sus alumnas. Le pide renunciar. Pero la otra se defiende como leona. La enseñanza es su vida. Amenaza con una demanda legal. Por su parte, Lowther se convierte en ratoncillo. Como él le ofrece sólo una vida que no se apega a sus ideales románticos sino a los convencionalismos sociales, la relación no durará mucho más. Al insinuarle al pintor que tome por amante a Jenny, éste rompe la burbuja y ella pierde la compostura dándole una sonora bofetada. Sólo basta experimentar la siguiente escena donde la Brodie relata sus vacaciones por Italia para rendirse ante la capacidad actoral de Maggie Smith. A través del proyector se ven diapositivas de Il Duce, el Coliseo, el David y el Ponte Vecchio. Ella sólo piensa en lo ocurrido y anuncia que el amor entre un hombre maduro y una jovencita de catorce años es posible. Un amor como para recordar otro, más sublime. Fin del segundo acto.


Acto 3: la asesina
En el último la figura de la tímida y tartamuda Mary McGregor se alzará como factor de mayor controversia entre la señorita Brodie y Sandy. En la primera escena, con una Sandy ya de diecisiete años y desnuda en el estudio de Lloyd, la relación entre los amantes tan rápido como se le plantea al espectador termina volviéndose trizas. Cuando descubra el rostro de la Brodie en el cuadro que Lloyd pinta para ella, Sandy saldrá de ahí para no volver. Le dice que es un mediocre, que está viejo. Por ser una amante despechada, su odio por la señorita Brodie irá en aumento. Ahora el poderoso de moda no es Benito Mussolini, sino Franco. Confiada por completo en que sus ideas políticas son las correctas, la mujer convence a sus alumnas de que éstos son los verdaderos líderes que llevarán a sus pueblos a la modernidad. Cuando el hermano de Mary, su único familiar, vaya a España a luchar por quién sabe qué bando, la maestra animará a la muchacha a viajar a la península Ibérica. Ahí encontrará la muerte, confundiéndose de bando pues su hermano en realidad peleaba por los republicanos. Eso no lo previó la maestra. Para Sandy, los desvaríos de la solterona causaron finalmente una baja. La señorita Brodie está incólume. Pronto iza la bandera con el rostro de Mary proclamándola como una gran heroína que murió luchando por sus valerosos ideales. Todas sus niñas deberían ser como Mary. Sandy otra vez, escucha y observa. Espera además dar el golpe definitivo. La vemos salir del salón de clases y tocar con los nudillos a una puerta que bien podría ser la de la señorita McKay. Entre tanto, habrá un baile. Vestidos largos y valses. A lo largo de la celebración, quedará muy claro que la protagonista se ha quedado como el perro de las dos tortas: sin el profesor de música, sin el de pintura. Lloyd se le acerca con la intención de herirla después de ser rechazado por Sandy. Ella, sin embargo, se aferra al hecho de que todo sacrificio es bueno mientras lo haga por sus niñas. Después de todo, no las abandonaría ante ninguna propuesta matrimonial. De haberlo querido, habría podido retener a Lowther. Es más, fue ella quien lo incitó a acercarse a la maestra de química. Es otro día. De nueva cuenta, la Brodie es llamada por la dirección. Esta vez, la señorita McKay triunfa. La señorita Brodie ha sido despedida. Es una decisión del comité. Debe dejar la escuela Marcia Blaine por su participación en el caso de Mary McGregor. Jean Brodie alega que tiene la lealtad de sus chicas. McKay le da a entender que fue precisamente una de ellas la que la denunció. Para colmo, el resto de los profesores celebra el próximo matrimonio de Lowther con la profesora de química. Brodie regresa a su salón de clases para encontrar ahí, en la oscuridad, a Sandy. Aquí se da la escena cumbre de la cinta, el enfrentamiento mortal entre maestra y alumna tan dramático como intenso. Siendo un niño de diez u once años que logró grabar este largometraje en un videocassette gracias a la generosidad de la compañía de cable que sin titubeos se pirateaba la señal de canales de películas de Estados Unidos, me imagino que entendí muy poco de la historia de la señorita Brodie hasta este momento culminante. Bueno, recuerdo haberme dejado hipnotizar por la Dama de Shalott. Aquí se da ejemplo paradigmático de cómo “matar al maestro”. Ambas se equivocan con todos sus humanos prejuicios. La maestra le pide lealtad a la joven a pesar de haberla catalogado como la “confiable”, la exenta de emocionalidad así neutralizando todos los otros aspectos de su carácter. La alumna, sin embargo, le pide congruencia digna de una divinidad como si la Brodie no fuese mujer de claroscuros. Ahora lo entiendo. Entonces, cuando vi por primera vez, The Prime of Miss Jean Brodie sólo exclamé: ¡qué!, ¿un estudiante puede destruir la carrera docente de un maestro? Qué chido. Claro, en esa época ni me imaginaba que yo terminaría enseñando. De esta forma, la señorita Brodie debe admitir que la flor de la edad ya ha pasado. Si la enseñanza es su vida, ahora está muerta. Tampoco se deja intimidar por la jovencita. Incluso ¡asesina!, le grita a Sandy. Y cuando ésta se gradúe y trasponga el umbral de Marcia Blaine por última vez con una lágrima cayéndole por la mejilla, comprobará que es muy difícil dejar de ser una “chica Brodie”. Al matar a su maestra, mató algo de sí misma. Y así cada uno de los personajes se nos presenta como ambivalente. Y, cuando caiga el telón, Rod McKuen cantará “Jean”. Fin.


Sal a la pradera, Maggie
No ha sido ésta la única participación memorable de Maggie Smith. Inolvidable estuvo en Gosford Park de Robert Altman como aristócrata mimada, güevona y chismosa. Pero más conocida será por la chiquillada de hoy como la profesora Minerva McGonagall de Harry Potter (si algún mérito tiene esta tragona franquicia, en mi opinión, es la de reunir un extenso reparto de histriones de Gran Bretaña). Émulas de la Brodie tampoco han sido pocas en la cinematografía mundial. Ahí está la muy reciente Cracks (2009), dirigida por Jordan Scott (hija de Ridley Scott, sobrina de Tony Scott), donde para ponerle un poquito de picante y de modernidad a la sopa hicieron de la maestra protagonista (Eva Green, ex “chica Bond” de Casino Royale) una lesbiana violadora. Otra vez, qué falta de sutileza. Yo mejor me quedo con Maggie Smith.

Los mejores años de Miss Brodie (The Prime of Miss Jean Brodie, 1969). Dirigida por Roland Neame. Producida por Robert Fryer. Protagonizada por Maggie Smith, Robert Stephens y Pamela Franklin.

El avance de Miss Brodie: http://www.youtube.com/watch?v=AmNQVo1qpD8
Para que ya desde aquí se vean los paralelismos, el avance de Cracks: http://www.youtube.com/watch?v=ea8J_pHNg7w

martes, 2 de agosto de 2011

Algo que durante años ha querido ser una novela (V)


Me encuentro a punto de terminar el capítulo seis de mi novela, el penúltimo. Por primera vez en años veo posible la conclusión de un proyecto de escritura. Dejo en pocos días el terruño satisfecho de haber alcanzado las metas que me tracé al comienzo de junio. Sólo espero que el trabajo no me arrebate tanto tiempo como para no concluir el primer borrador de la novela antes de que este año se acabe. Para el último fragmento de los capítulos anteriores, ir a 1, 2, 3 y 4. Éste que presento a continuación corresponde al 5:

Lo primero con lo que me topé a mi regreso a Torreón en el año dos mil nueve fue con una hilera de parientes que nomás encontrarme me reprochaban haber regresado ante la tan deprimente situación de nuestro país. Epidemias, crisis económica y violencia eran bastantes motivos para poner tierra de por medio. Algo había cambiado en los últimos once años. Los temas de conversación, por ejemplo. Cómo era posible que hubiese regresado cuando muchos de ellos, durante años, me envidiaron al decirles mis padres o mi hermana que yo seguía viviendo en Montreal. Cómo me atrevía yo a volver cuando algunos, los más afortunados, ya estaban vendiendo sus propiedades y haciendo las maletas para irse a otra ciudad o incluso a los Estados Unidos, a San Antonio o a El Paso. No faltó el gracioso que trataba de espantarme con historias de influenza H1N1, de Zetas asesinos escondiéndose detrás de cada esquina o incluso de indigencia inminente por la falta de empleo. Y eso que yo había querido regresar en el dos mil seis para votar por Felipe Calderón.
El regreso hiperbolizó mi visibilidad en la familia. Sobre todo, durante la boda en que mi hermana cambió de apellido a Juliana de Humphrey. De pronto, me volví el blanco de opiniones, críticas, recomendaciones, consejos y habladurías no sólo en ésa sino en cada una de las reuniones familiares. Lo primero en saltar al estrado del viboreo, mi forma de hablar. Nomás me escuchaban el acento durante diez segundos y hacían algún comentario cizañoso sobre mis maneras “extranjerizantes” de expresarme. Como si ellos, en su más enraizado colonialismo, no escupieran cada vez que se les presentaba la oportunidad un término en inglés del cual muy apenas sabían el significado. De arriba para abajo me escrutaban para comentar sobre mi ropa, tan jipi-chic ella. Y eso que a mí, en Montreal, la moda siempre me había valido madres. Marie-Claude durante años se encargó de tal inciso en mi vida y luego de separarnos seguí poniéndome lo mismo que ella me había comprado. Ah y si devolvía la comida en algún restaurante de cadena importaba poco que estuviera fría, tuviera pelos o fuera simplemente incomible. No, se trataba más bien de que ya nada en Torreón se encontraba a mi altura tras vivir en el primer mundo. Tan creído yo. Había otros que me perseguían como novias enamoradas para saber cómo era Canadá y qué tan fácil resultaba emprender el proceso de inmigración. Esa gente que por haber uno vivido en el extranjero te ponían en una categoría diferente, como si sólo por eso fueras superior a ellos. No había medias tintas. Me hallaba entre patrioteros xenófobos y regionalistas que terminaban diciendo que yo ya no era mexicano y así, sin filtros, pasaba a verme rodeado de los malinchistas adoradores de lo extranjero que a cada rato afirmaban entre suspiros “ay, Montreal tan bonito” aunque ni lo conocieran ni lo ubicaran en el mapa.
Mis más cercanos —mis padres, mi hermana e incluso mi abuelo Osvaldo desde su lecho de moribundo— querían verme triunfar en la sociedad torreonense y ante la cuestión de a qué me podría dedicar en La Laguna pronto la respuesta surgió cuando uno de mis tíos de la rama materna dejó las riendas de la cadena de tiendas de autoservicio. Todos me animaron a tomarlas. Incluso Alberto, mi cuñado. Poco les importó que yo no tuviera ni la más mínima noción del funcionamiento de una empresa ni que en mi último empleo en Montreal me hubiera dedicado a limpiar escusados. Y cuando la gente me preguntaba por mi hija les terminaba diciendo que pronto su mamá y ella vendrían a visitarme a Torreón lo cual, por la distancia y por las sangrientas noticias salidas de México al extranjero, nunca ocurrió.
Yo —que por prepotencia y por atrabancado— había sido puesto en un avión a Canadá regresaba once años después con alfombra roja hacia la gerencia de la compañía. Ya ahí, como en los muchos círculos de poder en México —aunque el mío fuera rascuachemente lagunero— me esperaba ansiosa una corte de lameculos. Quienquiera que en este país haya estado en una situación similar te lo confirmará. Estamos tejidos con las pútridas agujas y los hilos macabros de la doble moral, de la hipocresía y de una reticente servidumbre. Ladinos. Cómo iba a saber si las finanzas iban a pique o no si todo recibimiento para mí era “pásele, licenciado”, “tiene usted toda la razón”, “qué excelente idea la suya”. Sentí que me lo merecía. Después de haber vivido tan mal en Canadá, ése era mi premio: ser alguien aquí. Fue el año en que viví entre nubes de algodón. No me importaba ya ni la inseguridad imperante ni la situación política pues tan pronto pisé esta tierra de nuevo ya no requería el cordón umbilical que el exceso de información representaba para recrear el país ausente. México dejó de ser un constructo porque ahí se hallaba de regreso ante mis ojos, concreto, al alcance de la mano y con toda su cochambre. Podía volver también a la indiferencia característica de mi clase social sin ningún problema. Pero al cabo, así como cuando era un adolescente que se estrelló contra el mundo, ahora lo hacía contra la realidad que yo me negaba a ver y que otros maquillaron para mí como una puta de bajos vuelos. Casi al año uno de mis primos, como en intriga palaciega, le reveló a la familia el desastre. Eso, por fin, mató a mi abuelo, don Osvaldo Trujillo Martínez. Por segunda vez en mi vida las culpas se me fueron acumulando y todas las miradas de condena cayeron sobre mí.
Había extraviado la malicia en Canadá. En ese país no es necesario desconfiar de nadie. La gente no se ve obligada a falsear datos ni a inventar embustes para obtener un beneficio ni para chingarse al otro. Tras más de una década de ausencia había olvidado la manera de comportarme y de sobrevivir en este país. Así, tan pronto me empujaron a sentarme en el trono, fui defenestrado. Y de un día para otro me convertí en el perdedor, el más grande
loser de la familia. No conforme con haberlos avergonzado cuando era un niñato ahora por poco arruinaba el negocio erigido gracias al esfuerzo de generaciones. Y con ello mataba al querido abuelito, a nuestro patriarca. Nadie salió en mi defensa alegando que la situación económica era deplorable por doquier ni que había sido malaconsejado por una sarta de lambiscones. Ni siquiera mi madre me perdonó haber hundido el barco. Había regresado a un lugar cuyos códigos ya no era capaz de leer. Después de vivir en Canadá, no pude adaptarme a un mundo de zalamería, triquiñuelas y sobornos. No soporté más sus muecas de desaprobación ni sus indirectas en las reuniones familiares. A los treinta años me fui de casa de mis padres y renté un departamentito en el centro de la ciudad, no muy lejos de aquí. Esta vez no fui tan inocente. Ya sabía lo que me esperaba a mi alrededor. Sabía que de inmediato la pinche gente de este rumbo me clasificaría como el fresa, el catrín, el pirruris, el caga-lana.
Mientras mi primo, con la colaboración de mi cuñado, estabilizaba la situación económica en la compañía me dediqué sin mucho éxito a buscar un trabajo. Trataba con toda mi buena voluntad de integrarme a las células de la sociedad siempre vistas por los míos como despreciables. Una y otra vez, perdía las partidas. Recuerdo que como un acto de inconformidad juvenil me ponía con orgullo una camiseta de Soriana, nuestra competencia. Cuando un vecino por fin me vio con ella vomitó su bilis rencorosa: tú no puedes ser naco ni aunque te apliques. Me ofendió sobremanera. Yo que hacía mi mayor esfuerzo por ser como ellos. Iba a las luchas en Gómez, desayunaba tacos de La Joya, comía en el mercado Villa, compraba mi ropa en Coppel e iba de vacaciones a Raymundo Beach. Yo que acariciaba como único objetivo encajar en alguna parte. Pronto me convencí de que el vecino ése estaba en lo correcto. No cometería el mismo error que en Canadá cuando quise complacer a Marie-Claude. Yo no podía negar mi cuna ni sentirme culpable por mi pasado. Era un Bórquez Trujillo después de todo. Hundido en el lodazal; pero lo era.
Me hallé de repente en una extraña crisis de mediana edad pero a los treinta: alejado de mi hija, con mis sueños pisoteados, siendo el paria no sólo de la familia sino también del resto de la sociedad. Me vi suspendido en un puente colgante entre dos territorios antitéticos e irreconciliables. Sobre todo, cercado por ellos, por los nacos. Pero aun entonces no imaginaba cuánto más se iba a deteriorar mi situación, ni mucho menos avizoraba qué tan profunda sería la caída. La mala fortuna apenas había sacado la cabeza de entre las tenebrosas aguas en donde buceaba, apenas había empezado a afilarse los puntiagudos colmillos antes de la última dentellada.