sábado, 31 de marzo de 2012

El Cupido psicópata de Mamá Eva


Aquí se completa mi tríptico de excelentes filmes británicos producidos en el 2011. El primero fue Tinker Tailor Soldier Spy que, aunque dirigido por el sueco Tomas Alfredson, se desarrolla en Inglaterra. El segundo, Shame de Steve McQueen. A pesar de que su trama transcurre en Nueva York, el talento (director, actores) también es de origen británico. Igual pasa con el tercero: Tenemos que hablar de Kevin de la escocesa Lynne Ramsay. Se estrenó en México hace algunas semanas (¿meses?); pero no había tenido oportunidad de escribir al respecto. Va entonces la reseña:

Estoy en la sala de cine. Sobre la pantalla se acaba de desplegar una cinta por completo amoral y tal vez sin una pizca de corrección política. Pondrá los pelos de punta a ciertas feministas en su manejo de la culpa materna. Y también —¿por qué no decirlo?— a las familias más conservadoras. Eso si seguimos dividiendo el orbe en naciones progresistas y en completo desarrollo por un lado; por otro, claro, los países más pobres (en “vías de desarrollo”, dicen) cuyas tradiciones (o taras) se perpetúan sin fin. En resumen, emergerán quejas de aquí y de allá porque las obras que persisten en la mente del lector, espectador, oyente (o lo que sea) son aquéllas que subvierten los temas. Dichas obras se atreven a atacarlos, analizarlos o emprenderlos desde otra perspectiva que sin duda incomodará a la gran mayoría del público.
La película dirigida por la cineasta escocesa Lynne Ramsay Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, 2011) se centra en un relato de familia y, sobre todo, en el personaje de Eva Khatchadourian (Tilda Swinton). Eva, ya se sabe, es un nombre que evoca al personaje bíblico que, de acuerdo a la tradición cristiana, introdujo el pecado original al mundo luego de verse tentada por la serpiente. Al comienzo del filme, a esta otra Eva la observamos alzada en brazos, cubierta de rojo, durante la festividad de la Tomatina en España. Como el tiempo se halla en más de una ocasión fragmentado en esta historia, difícil sería decir si este momento de liberación de Eva ocurre antes o después de los hechos contados en el largometraje. Desde la perspectiva de un presente solitario, paupérrimo, decadente y hostil dentro del cual ella se ha convertido en una paria, pronto veremos a Eva embarazada de Franklin (John C. Reilly). Por el imprevisto embarazo tendrá que dejar con mucha reticencia su bohemio estilo de vida en la gran ciudad para mudarse a los suburbios. Con este éxodo al universo de la convenciones Eva recibirá a Kevin (Rock Duer, Jasper Newell y Ezra Miller en tres diferentes etapas). Desde que el bebé sale de su vientre, se establece una relación materno-filial exageradamente tensa pues no existirá acto perpetrado por Kevin que Eva no interprete como una agresión contra ella. Las travesuras del niño (luego muchacho) irán desde pintar con una pistola de agua el cuarto especial de su madre hasta sacarle un ojo por “accidente” a su insoportablemente perfecta hermana menor Celia (Ashley Gerasimovich). Esto hasta culminar con una tragedia donde además el retoño asesine a flechazos a varios de sus compañeros de la escuela.
Sin duda, por sus escenas más climáticas, We Need to Talk About Kevin también hará hablar a su público sobre las lamentables matanzas escolares que se dan en el primer mundo. Reacciones similares provocaron ya antes Masacre en Columbine (2002) de Michael Moore, Elefante (2003) de Gus Van Sant, y, en un entorno mucho más regional, Polytechnique (2009) del quebequense Denis Villeneuve. Sin embargo, ahí no termina la discusión. Otros se sentirán, como lo he dicho antes, ofendidos por el tono amoral y exento de cualquier sentimentalismo por parte de la cineasta Lynne Ramsay. Incluso irónico si abrimos los oídos y escuchamos la banda sonora. Lo cierto es que por lo regular una obra de arte de trascendencia no le pide permiso a quienes la abordan para explorar cuestiones incómodas o, incluso, escabrosas. Visto a través de un filtro rojo que para muchos por obviedad clasificarán como la sangre que Kevin derrama —aunque podría interpretarse como la culpa (más exterior que interior) imposible de borrar. En este caso, la culpa atribuida a una madre cuando su retoño comete un homicidio en masa en el gimnasio de su escuela cual versión psicópata de Cupido. Lo que en ningún momento está claro —de ahí la ambivalencia y el carácter poco convencional del filme— es si esa culpa se constituye como real dentro de la mente de Eva o si de hecho solamente se encuentra en el exterior al ser atizada por los familiares de las víctimas, por su comunidad en general. Aunque estupefacta la mayor parte del tiempo, no vemos a una cabecita blanca mexicana moqueando ni vertiendo babas como seguramente la veríamos de haberse tratado este tema en, por ejemplo, nuestros cine y televisión nacionales. Para colmo hay un humor retorcido, negro y casi de pastelazo (pero no por ello malo) en los encuentros embarazosos que Eva trata de evitar a toda costa cuando se topa por casualidad con algún familiar de las víctimas de su hijo. Tampoco me queda del todo claro —y de ahí otro mérito de la cinta— si la remembranza de hechos que apuntan a la psicopatía de Kevin es del todo fiable. Quizás los recuerdos de la madre sobre su hijo se hallan aderezados con la futura culpabilidad de Kevin. Bien se sabe que el pasado se modifica con la información del presente. Si ésta fuera una novela se contaría en primera persona y no podríamos confiar del todo en la percepción de quien lo ha perdido todo (casa, dinero, familia) en este trance, de quien además se ha convertido en la mujer más odiada de su comunidad, comunidad a la que extrañamente no renuncia como resulta ser el escenario más recurrido en este tipo de casos.
En suma, Tenemos que hablar de Kevin me deja muchas más preguntas que respuestas. Como suelen hacerlo los filmes detrás de cuya hechura se halla una mente lúcida. ¿Se queda Eva porque su culpa es real y prefiere enfrentarse a ella como una suerte de dolorosa expiación? ¿O se queda porque no hay culpa interior, porque en realidad está convencida de que Kevin nació y vivió desde siempre con la maldad enquistada en su alma y, por ende, Eva en su rol de madre poco pudo hacer para evitar la tragedia propia y la ajena? Lo que sí plantea Lynne Ramsay de una forma más que evidente es el caso de una mujer que no logra, incluso desde la concepción, conectarse emocionalmente con su hijo. En esto es quizás lo más subversiva posible la película pues se atreve a hablar de una realidad que existe; pero a la cual —en nuestra cultura occidental de arquetipos (en este caso, el de la madre santa y protectora)— se le rehúye. ¿De verdad una mujer que considera a su hijo un ser lleno de maldad está obligada a amarlo, a cultivar una relación cercana con él? ¿O es acaso a causa de su rechazo desde el vientre que este niño termina tan mal? Después de todo, ¿qué rol juegan su padre, su hermana menor, su sociedad? ¿Por qué toda reacción (buena, mala o gris) del niño debe estar centrada en la figura materna? En algún momento, cuando se presenta la pregunta de por qué no mató también a su madre, podría responderse que Kevin en realidad está montando un espectáculo (desde la cuna hasta el presidio) para atraer la atención de Eva. Los dos, como se demuestra en la escena del golfito, son después de todo tan similares. Entonces, ¿está —tal como en la Eva bíblica— el origen del mal en las entrañas de la mujer? A cada espectador le toca decidir.
El primer rol en que vi a Tilda Swinton fue Orlando (1992) de otra cineasta de origen británico: Sally Potter. Escribir este texto fue la excusa ideal para revisitar Orlando y comprobar que, aunque se le notaba la inexperiencia a Swinton en el papel del joven aristócrata que cambia de sexo en su recorrido de varios siglos desde la Inglaterra isabelina hasta la época actual, el potencial de una gran actriz se hallaba ahí desde entonces. Io sono l’amore (2009) es otro crédito donde Swinton brilla. En Tenemos que hablar de Kevin simplemente deslumbra, enceguece. Una idiotez resulta entonces que no haya sido nominada al premio ése de Hollywood tan sobrevalorado. Pero la actriz no es lo suficientemente egocéntrica para robarse la película al estilo Meryl Streep pues encuentra en Lynne Ramsay una directora de altura y cuyos futuros créditos esperan con ansias los cinéfilos ávidos de enfrentarse a un desafío ya sea estético o moral. We Need to Talk About Kevin: excelente por dondequiera que se le vea.

Tenemos que hablar de Kevin (We Need to Talk About Kevin, 2011). Dirigida por Lynne Ramsay. Producida por Jennifer Fox, Luc Roeg y Robert Salerno. Protagonizada por Tilda Swinton, Ezra Miller y John C. Reilly.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=ZLRgAe2jLaw

Inventario lector 2012 (I)








miércoles, 14 de marzo de 2012

Vergüenza del ruido alrededor de Shame


En algún momento de la ceremonia anual durante la cual se entregan los premios más sobrevalorados al cine en Hollywood el igualmente sobrevalorado actor George Clooney hizo un chiste haciendo referencia al pene de Michael Fassbender. Curioso resulta que dicha celebridad se haya obsesionado con el tamaño del miembro viril de su colega como para caricaturizarlo en plena ceremonia diciendo que podía jugar al golf con él. Fuera de chascarrillos freudianos y reveladores, es una lástima que de la cinta del británico Steve McQueen Shame (2011) se haya hablado mucho más por su clasificación en Estados Unidos (la temida NC-17 vista por muchos como veneno para alejar al público) y sobre todo por el ya famosísimo desnudo de su actor principal. En eso se refleja la inmadurez y el puritanismo de los Estados Unidos. Importa más un falo (o su tamaño) que lo genial y estrujante que resulte la película en cuestión. En muchos sentidos y ya dejando tales niñerías de lado, Shame me recordó la desgarradora experiencia de mirar hace algunos años La pianista (2001) de Michael Haneke, de presenciar el declive oculto y preponderantemente sexual de personajes inmersos en una sociedad alienante y fría donde la comunicación y el contacto entre humanos se torna imposible. En muchos sentidos, siento que Shame de Steve McQueen es la versión masculina de La pianista.
De igual manera es una lástima que al público mexicano se le sigan encasquetando títulos que lo subestimen y que perpetúen estereotipos también puritanos de melodrama y culpa que tanto hemos padecido a causa de nuestra educación sentimental de crucifijos, Toritos y telenovelas. Dichos títulos se otorgan —no es difícil de adivinar— únicamente con el deseo de “vender” la película al mayor número de personas posibles. En ningún momento respetan la voluntad del director de darle nombre a su obra de una manera muy diferente a la debida a tales caprichos mercadotécnicos. Qué inútil resulta entonces ese subtítulo de Deseos culpables en nuestro país siendo posible traducir el título original a Vergüenza, por ejemplo. Vocablos no nos faltan en la lengua materna.
Shame, del cineasta nacido en Inglaterra Steve McQueen (no confundir con su homónimo gringo de la tan desastrosa como moralista Infierno en la torre), abre el plano con la imagen de un hombre (Fassbender) tendido sobre una cama. Su delgado cuerpo cubre casi por completo el rectángulo que lo encuadra sobre la pantalla del cine. La desnudez de este hombre se halla apenas mitigada con las sábanas verde-grises de su cama. Y es que el lecho de este hombre que se fija con persistencia hacia la nada (¿nosotros?, ¿el techo?) con una mirada perdida y todo lo que dicho tálamo simbolizan se convertirán en el patético pantano donde la vergüenza de sus hábitos ocultos lo hundirán en el abismo de la degradación.
Un poco más tarde —sí, ya se sabe: tras desnudo frontal y meada en tiempo real— veremos dentro del trasporte público a ese mismo hombre vestido hasta el cuello. Lleva bufanda y abrigo en este Nueva York invernal. En la presente y genial escena dentro del metro se le da circularidad a la cinta. Del espectador dependerá intuir si realmente el periplo de ignominia y dolor ha impactado de alguna forma la conducta enajenante y autodestructiva del hombre. Pero en este segundo inicio de Shame él se hallará intercambiando sonrisas y miradas de deseo al otro lado del vagón con una hermosa mujer pelirroja cuyo anillo de compromiso o de matrimonio (perdonen si no estoy al tanto de tecnicismos) resulta evidente. La paloma, sin embargo, se le escapará de los dedos fuera del vagón y subiendo las escaleras. Qué agilidad posee McQueen para transmitir tensión en este montaje. Así como sabe alternar planos, de igual manera se atreverá a mantenerlos hasta el hartazgo. De eso hablo un poco más adelante.
En Shame, Brandon Sullivan —este lascivo protagonista— aparenta llevar una vida ideal de acuerdo a los estándares impuestos desde la hegemonía de los países desarrollados y, especialmente, de los Estados Unidos. Brandon tiene un departamento en Nueva York, un trabajo bien pagado que desempeña con preciso desgano en un alto rascacielos y, sobre todo, posee la oportunidad (por ciudad y trabajo) de encontrarse con un sinnúmero de mujeres bellísimas. Y, empero, lo vemos desde un inicio de la película contratar prostitutas. Y, sin embargo, Brandon es un adicto sexual, ya sea a causa o como consecuencia de su aislamiento en la devoradora y no devorada gran manzana. Todo su día gira en torno al sexo y a satisfacer el instinto desbocado. En su trabajo tiene la computadora a tope, repleta de pornografía. A cada rato escapa al baño para masturbarse. Ni se diga en casa donde las nuevas tecnologías y la red mundial le facilitan a este yuppie las citas con mujeres desconocidas o, incluso, a través de una web cam, los desfogues tanto de voyeur como de onanista. No parece existir poder humano o divino que lo detenga. Ni siquiera aquel mensaje en su contestadora de una mujer que no será precisamente una de sus amantes despechadas. Contesta, Brandon, le dice. Él la ignora.
La blancura del departamento de Brandon reduce al mínimo el pasado del hombre que lo habita. No hay por ninguna parte en ese decorado minimalista y casi vacío la menor pista de una familia ni de un origen. Ni fotografías ni recuerdos. Como si al llegar a Nueva York Brandon se hubiera construido una personalidad a partir del aire. Brandon es el new brave macho incapaz de mantener una relación más allá de cuatro meses, como él mismo le confiesa a una compañera de trabajo. Cuando decida en algún momento de la trama encaminar su conducta hacia los linderos de la normalidad (o quizás me atrevería a decir de la humanidad) buscando una cita con esa colega de la oficina se verá de forma continua cuestionado. Marianne es una mujer negra que ya antes estuvo casada. Su pregunta más persistente en el lujoso restaurante donde se encontrará con Brandon es por qué él nunca ha mantenido una relación duradera. Con el cinismo tan característico de estos tiempos le responde que no es su intención atarse a una persona por el resto de sus días. Síntoma de su insatisfacción será la impotencia ante Marianne (en una escapada sorpresiva a mitad del día de trabajo), erección frustrada ante una mujer que podría representar el compromiso o, en cualquier caso, el contacto emocional con otro ser humano. Pero horas más tarde, tras el fiasco y la burla no evidente, igual de sintomática será la penetración anal y exhibicionista con una prostituta en el mismo cuarto de hotel.
Desde antes el equilibrio entre el éxito aparente y el hambre sexual tan infinita como insaciable se romperá con el arribo sin anuncio de Sissy (Carey Mulligan), la hermana menor y emocionalmente frágil de Brandon. Simplón resulta concluir que Sissy representa el pasado del cual Brandon quisiera huir. No es sólo eso. Para argumentar a favor de lo anterior me desvío un poco: McQueen y Fassbender ya habían colaborado con anterioridad en Hunger (2008), primer largometraje de aquél. Para quien la vio no resulta sorprendente la elogiable y armónica nota que representa Shame. Desde su ópera prima se estableció el estilo del director. Recuerdo bien la escena de Hunger en donde Bobby Sands, el personaje interpretado también por Fassbender, dialoga con un sacerdote católico en la prisión. En ningún momento hay un corte en esta escena que rebasa los dieciséis minutos. Por su longitud, hay una réplica de dicha secuencia en Shame. Ahí Brandon y su jefe van al restaurante en el que esa noche canta Sissy. Carey Mulligan —joven y ya destacada actriz en la carne de esta hermana en problemas— hace una melancólica interpretación de “New York, New York” que el director se empecina en prolongar. ¿Por qué? Intuyo que para mostrarnos la reacción de Brandon ante el canto de su hermana. Es esa lágrima, esa conexión con su hermana (con otro ser humano), lo que este hombre se niega a aceptar. La ira de Brandon al encontrar a Sissy desnuda en la regadera tras no responder a sus llamadas, la cólera al verse expulsado de su habitación pues ella está haciendo ruidosamente el amor con el jefe y, aún peor, la rabia al descubrir ella en su computadora las web cams pornográficas tras haberlo sorprendido masturbándose en el baño; todo eso hace todavía más evidente la reticencia a establecer el lazo de unión con Sissy (o, para el caso, con cualquier otra persona). Como consecuencia y ante la constante intrusión de su hermana, Brandon se entregará a una noche bravucona y orgiástica donde todos los límites se dinamitarán con tal de perderse en el espasmo del clímax. La culminación vendrá con una secuencia causi-pornográfica donde destaca el degarrador contraste entre la músical celestial y la agonía dantesca reflejada en el rostro de Brandon como si éste fuese un condenado en uno de los círculos del infierno. Entonces ya no habrá vuelta atrás para él. Ni para su hermana.
Podría presumirse que Shame es el vehículo exclusivo de una interpretación, la de Michael Fassbender. A diferencia de, por ejemplo, La dama de hierro con Meryl Streep, aquí se aprecia la mano de un director inteligente que, a pesar de ser su segundo largometraje, en ningún momento se ve manipulado ni mucho menos eclipsado por los histriones protagonistas. A muchos críticos les sorprendió sobremanera que se excluyera a Fassbender de las nominaciones al mencionadísimo premio en la categoría de mejor actor. Al fin y al cabo, estuvo nominado para el Globo de Oro. Sin embargo, teniendo frente a nosotros a un personaje sin redención que se sumerge hasta el fondo en los recovecos de la patología sexual, era de esperarse que incluso los últimos resabios del puritanismo estadounidense se asustaran y decidieran irse por la lágrima fácil o incluso la estrategia política. Será eso o quizás, como a Clooney, algo tan mundano como un pene les puso los pelos de punta. Qué lástima. Vergüenza debería de darles. Lo bueno es que la cinta ha cosechado varios premios en lugares donde hay gente mucho más receptiva al cine con temática para adultos: léase Venecia. Shame se estrena este viernes 16 de marzo en la Ciudad de México.

Shame: deseos culpables (Shame, 2011). Dirigida por Steve McQueen. Producida por Iain Canning y Emile Sherman. Protagonizada por Michael Fassbender y Carey Mulligan.

El avance subtitulado: http://www.youtube.com/watch?v=NAKFYzI98sI

domingo, 11 de marzo de 2012

Otra vez, las biopics (y una troglodita)


Saco un comentario breve luego de otro mes de silencio. Nada más. El último sobre nostalgia fílmica. Y sí hice mi tarea. Hasta me eché El príncipe y la corista. Aquí va:

Es el colmo; pero no debería de sorprenderme. Al fin y al cabo, cada año sucede lo mismo. De nuevo, la biopic apareció como protagonista durante la temporada de premiaciones que apenas acaba de terminar. Protagonista en lo referente a las categorías de actores. Ya no me queda duda de que lo hacen adrede. Ahí está el ejemplo de la soporífera La dama de hierro (2011) por la que Meryl Streep ganó un premio sumamente sobrevalorado: el monigote de oro. Fuera de la actuación (imitación, dicen crueles algunos) y del excelente maquillaje desplegado en la cinta, no hay mucha sustancia en esta biografía fílmica dirigida por Phyllida Lloyd (la misma directora de ni más ni menos que Mamma mia!). Quizás Margaret Thatcher no se muestre tan atractiva para el mundo cinematográfico como lo ha sido, por ejemplo, la familia real de Inglaterra. O todo se reduce a que Lloyd no era la cineasta indicada para llevar a la pantalla grande su vida. O —y ésta es una teoría no por completo descabellada— tal vez el ego de Meryl Streep es tan grande y tan sobrecogedor que eclipsa de forma total con su despliegue histriónico el resto de los elementos de la película, volviéndola gris y olvidable.
Un caso bastante distinto es el de Mi semana con Marilyn (My Week with Marilyn, 2011) donde, aunque el alcance no sea el mismo (claro, se trata de la biopic de una leyenda hollywoodense y no de una mujer destacada en la política), todos los ingredientes esenciales de un filme se hallan en equilibrio. La cinta en sí podrá no constituirse como una obra maestra y sin duda lo que destacará por encima de otros valores de producción será la capacidad histriónica del o de la protagonista. Sí, eso es cierto. Pero la dirección de Simon Curtis es mucho más prudente que, por ejemplo, la de Lloyd en La dama de hierro. Mi semana con Marilyn es un divertimento. Sin embargo, muy bien trabado. En él resaltan, por supuesto, las actuaciones. Aunque, insisto, sin detrimento de los otros factores fílmicos.
Tengo la teoría de que Kenneth Branagh se moría por interpretar en una biopic a Sir Laurence Olivier, actor al que ha emulado en más de una ocasión. Sobre todo, en terrenos shakespeareanos. Aquí Branagh interpreta a Olivier, el actor y el director, durante el desastroso rodaje de la cinta El príncipe y la corista (1957), protagonizada por el inglés y la superestrella estadounidense. En dicho crédito, Olivier interpretaba al rey regente de Carpathia, un hombre de ridículo acento, un ser distante y además congelado dentro de los gélidos aires del protocolo. El regente ve su tranquilidad destruida cuando invita a una cena "íntima" (en realidad, ardid para llevarla a la cama) a la corista interpretada por la Monroe. No muy lejos de El artista, el cine reflexiona sobre sí mismo pues la historia de Mi semana con Marilyn se cuenta a través de los ojos de Colin Clark (Eddie Redmayne), el “tercer” asistente del director. Es decir, un mandadero joven e ingenuo de una familia aristocrática. Luego de desafiar las convenciones de sus muy estirados padres en una sociedad todavía regida por las diferencias de clase, Colin logra un trabajo humillante en la productora de Olivier y sólo así se convertirá en testigo del caótico rodaje, caótico a causa del temperamento y de la fragilidad de Marilyn (Michelle Williams). Con tanta suerte correrá en su debut en el mundillo del cine que el muchacho terminará involucrándose con la mujer más deseada por todos.
El resto del reparto le da una nada deleznable solidez a la cinta. Son rostros bien conocidos en el cine oriundo de las islas británicas. Ahí está Dame Judy Dench en el papel otra Dame: Sybil Thorndike. Julia Ormond se calza la piel de una Vivien Leigh preocupada por la edad y ya con la idea bien asumida de que su esposo trajo a Marilyn a Londres para tener una aventura de filmación con ella. Zoë Wanamaker, Dominic Cooper, Toby Jones y hasta la Hermione de Harry Potter, Emma Watson, completan el elenco. Con respecto a la actriz principal, no sé ni tengo manera de saber si Michelle Williams la tuvo fácil o difícil ante este reto. Sólo soy capaz de hablar desde mi percepción, limitada como todas. Pero lo que aquí destaca es la vulnerabilidad de Marilyn. En lo referente a dicha figura del cine hollywoodense no me considero imparcial. Y, a pesar de albergar la simple intención de divertir, hubo momentos en que la Marilyn de Michelle Williams me partía el corazón. En eso y en el hecho de no comerse al resto de la cinta como la troglodita Streep, reside el profesionalismo de esta joven actriz. Por supuesto, a causa de sus contadas nominaciones al sobrevalorado premio su fecha de estreno en México será hasta el 27 de abril. Eso si no se pospone.

Mi semana con Marilyn (My Week with Marilyn, 2011) Dirigida por Simon Curtis. Producida por David Parfitt y Harvey Weinstein. Protagonizada por Michelle Williams, Eddie Redmayne y Kenneth Branagh.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=U_tbnTM7zVE

Nota del 6 de mayo: La fecha de estreno en el DF como lo predije sí se pospuso. Será hasta el 11 de mayo si es que no la cambian de nuevo.