miércoles, 22 de julio de 2015

Desaparición junto al mar

Conforme la obra de Asghar Farhadi crece queda en evidencia su predilección por los dramas modernos. Ésos donde no hay maniqueísmos ni oráculos. En ellos ningún personaje representa la luz o la oscuridad. Mucho menos están hechos para un público infantilizado hambriento de un menú limitadísimo compuesto de superhéroes o franquicias. El guionista y director iraní se vuelve entonces conocido a nivel internacional con Una separación (2011), película por la cual gana el premio Óscar a mejor cinta en lengua extranjera. Esto es, en lengua no inglesa. Ya desde antes y en el circuito de festivales Farhadi había dejado huella con su crédito precedente: A propósito de Elly. El también realizador de la más reciente El pasado (2013) muestra una vez más la cotidianidad de su país de origen así como la constante lucha entre la modernidad y la tradición. Y “una vez más”, claro, lo digo retrospectivamente porque en muchos países A propósito de Elly se distribuye después del éxito de Una separación.
Primero se escuchan gritos en un túnel. No son de dolor sino de alegría. De un auto a otro estas personas aúllan de manera festiva. Lo anterior contradice por completo las historias de opresión con tanta frecuencia relatadas en este lado del mundo, el occidental. Estamos en Irán. Ese país tan mistificado por los medios de comunicación. El mismo presentado y animado por Marjane Satrapi en Persépolis (2007). Y sí. Las mujeres portan un velo para ocultar su cabeza. Aunque estas mujeres de los autos recorriendo el túnel lo hacen parcialmente. Y, sin embargo, gritan de júbilo porque se dirigen hacia la libertad del mar y del fin de semana. Lo hacen con sus esposos, sus amigos y sus hijos. Además, se están reuniendo con un antiguo compañero que ha estado lejos del país durante varios años.
A propósito de Elly (Darbareye Elly, 2009) arranca de forma muy simple: un grupo de amigos decide pasar el fin de semana a las orillas del Mar Caspio. Entre ellos va una extraña. Elly (Taraneh Alidoosti), la maestra de su hija menor, ha sido invitada por Sepideh (Golshifteh Farahani) con la intención de que conozca a Ahmad (Shahab Hosseini), el recién divorciado del grupo que acaba de regresar de Alemania. Sin embargo, los antiguos amigos de la universidad saben muy poco sobre ella. La llaman Elly; pero ése es su sobrenombre. Es más joven que los demás, algunos casados y con hijos. Desde el comienzo ella debe enfrentarse no sólo a la incomodidad de encontrarse entre personas ajenas sino además la constante carrilla que pretende empatarla con Ahmad.
Luego de una primera confusión llegan a la casa junto a la playa. Como está muy descuidada, se ven en la obligación de ordenar y limpiar. La fiesta continúa: bailes, comida, juego de caras y gestos, etcétera. Algo oculta Elly. Por teléfono le pide a su madre que no le informe a nadie de su viaje. La carrilla va en aumento. Tanto que a la mujer que se ocupa de rentarles la casa le dicen que Elly y Ahmad son recién casados. Una mentira en broma. Más tarde, a causa de esto, se detonará una posible tragedia. Al segundo día la trama da una vuelta de tuerca cuando Elly desaparece. Más tarde saldrá a la luz información a propósito de esta mujer culminando además en una serie de recriminaciones y angustias. Un descuido cambia la celebración por lágrimas: mientras Elly protesta diciendo que debe regresar en ese momento a casa, una de las mujeres le pide que vigile a un niño que nada en el mar. Elly se acerca a otras dos niñas. Hacen volar un papalote. Ella toma control del objeto volador. Yendo y viniendo sobre la arena de la playa y sonriente es como el espectador la ve por última vez. Inmediatamente después las niñas dan la alarma: su hermano se está ahogando. Todos los hombres corren a tratar de salvarlo. Una vez que lo logran se preguntan dónde está Elly. ¿Se habrá ahogado tratando de salvar al niño? ¿O sólo se fue sin despedirse?
El tono del filme se altera por completo después de la desaparición. El contraste con la festividad, incluso banal, de la primera mitad del filme no puede ser mayor. A propósito de Elly se torna a partir de aquí un drama donde se acumulan las mentiras y, al hacerlo, poco a poco saldrá a la luz la verdad sobre la mujer desaparecida. Excepto su nombre real. La culpabilidad apunta hacia Sepideh por haberla invitado. Quien con mayor fuerza la recrimina es su esposo Amir (Mani Haghighi). Luego será el resto del grupo. Cuando entre en escena otro personaje masculino, un hombre ligado a Elly, todo se centrará en el honor. Mientras en la primera parte nos damos cuenta de que estos personajes son capaces de habitar en cualquier sociedad del planeta, en la segunda el realizador aterriza en su país natal. Ese mismo en el que el honor de una mujer tiene una importancia inconmensurable. Farhadi enmascara el comentario social sobre la desigualdad entre hombres y mujeres con una historia donde destacan la tensión y el suspenso. Muchas reseñas hablarán de un thriller psicológico. Pero esto no le resta puntos pues por debajo de la brillante técnica se agazapa un drama humano y realista donde no hay héroes ni villanos. Las cuestiones de honor se interponen en el camino hacia la verdad la cual, para desgracia de los presentes en este fin de semana trágico, no será nada fácil de digerir. A propósito de Elly ganó en su momento el Oso de Plata al mejor director en la Berlinale.

A propósito de Elly (Darbareye Elly, 2009). Dirigida por Asghar Farhadi. Producida por Simaye Mehr, Mahmoud Razavi y Asghar Farhadi. Protagonizada por Golshifteh Farahani, Taraneh Alidoosti y Shahab Hosseini.

viernes, 17 de julio de 2015

A merced de los demás (II)

Aquí van algunos otros fragmentos de este mal relato titulado "A merced de los demás". Vienen todos los lugares comunes respecto a la ficción: "cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia", "estos personajes son sólo invenciones y no comparten ninguna opinión conmigo", "este texto no tiene ni un ápice de autobiografía", etcétera. El relato no está completo. Faltan dos fragmentos que he decidido no publicar porque, como dije en la entrada anterior, tratan de "anécdotas" demasiado recientes y las realidades satirizadas ahí se hallan todavía muy cercanas en el tiempo. Por desgracia, creo que esos dos fragmentos son quizás los más divertidos. O, al menos, así me lo parecen a mí. Van a continuación los otros fragmentos:

Primera parte

Siente que no tiene valor. Porque no posee ni un auto ni una casa y porque mientras espera que su situación en ese país se normalice los ahorros se reducen con pasmosa rapidez. La sociedad moderna sólo le otorga valor a un ser humano por lo hondo de su bolsillo y por su potencial como consumidor de bienes y servicios. Quien no consume, no es nadie. Es una conspiración, se dice, donde los medios, los escaparates de las tiendas y aun los transeúntes en las calles se han conjurado para humillar al que menos compra. Ahí, ella no valía porque no tenía nada. Y al no tener nada no podía consumir. Y cuando le llaman por teléfono a la hora de la cena en lugar de reclamar por interrumpir su comida o su programa; escucha la cantaleta de la voz en el teléfono, ésa del agente de tele-mercadeo al otro lado de la línea y termina explicando con vergüenza que no está interesada y se reserva el motivo como si fuese una falta terrible. Porque no tengo ingresos. Porque el dinero me resulta escaso en estos días. Porque soy una paria expulsada del paraíso y de la simbiótica y perfecta relación entre el trabajo y el consumo. Porque espero que una maldita oficina burocrática se apiade de mí y me conceda el derecho de trabajar en este país.
Sus estudiantes en la Maison de L’Amitié le agradaban. Se daba cuenta de que aquélla era una profesión generosa que podía emprender y desempeñar a un buen nivel sin mayores problemas. Conforme las clases se fueron acumulando comprendió la función de la Casa de la Amistad, un lugar que acogía a refugiados. Incluso una tarde se quedó alrededor de dos horas más ahí platicando con una compatriota. La mujer le contó su historia de violencia. Cómo huyó del país con sus dos hijos, cómo con muchas dificultades llegó hasta el Canadá y una vez aquí pidió refugio. Un destello de envidia se le enquistó en el cerebro en el trayecto del regreso a casa. El refugiado, a diferencia del inmigrante, también estaba obligado a esperar. Sin embargo, sus gastos se encontraban cubiertos por el gobierno o por las instituciones de beneficencia. Voluntarios ayudaban a esa mujer con los trámites burocráticos. Ella, en cambio, le había tenido que pagar a un despacho de consultores. Y nadie le daba techo ni comida. Se sintió mal consigo misma. Claro, nunca había sufrido violencia. Si es que la historia de aquella paisana era verdadera. Quién sabe.
* * *
                Si algo lo había hecho feliz ese año de deleznable espera, eso había sido el Cinéma du Parc. Fiel a una programación de cine de autor, cercano a su diminuto departamento, barato en la matiné, escondido, doblemente subterráneo, íntimo y único para él; como un tesoro conocido y disfrutado sólo por los conocedores de su existencia, fuente de alegría, de calma, silencioso durante la exhibición de la película y ésta, con sus poderes mágicos de persuasión, cómo era capaz de hacerle olvidar lo incierto de su porvenir. Su único lujo y sin embargo también su único maná en un páramo de indiferencia. Por qué los conflictos de los personajes fílmicos adquirían tanta fuerza hasta parecer harto reales. Rogó más de una vez en la misa en español, aquélla a la que iba caminando como en peregrinación todos los domingos hasta Côte-des-Neiges, que el Cine del Parque nunca dejara de acompañarlo en sus vicisitudes, que los grandes y mercantilistas complejos no se lo tragaran, que quienes tenían el buen tino de manejarlo no lo dejaran huérfano por los caprichos de la voraz ley de la oferta-demanda, que Dios siempre bendijera al buen Cinéma du Parc.
            Aquéllos debieron ser los días más eternos de su vida. Las horas pasaban con una parsimonia apabullante. Llegó un momento en que no supo cómo matar el tiempo pues era imposible pasárselo doce horas seguidas en una sala de cine no siendo la entrada gratis. Y con un puñado de canales en la tele tampoco. Aquel estado de lasitud trocaba el ambiente y le daba un hálito de misticismo. Se acostumbró a construir fortalezas de la nada y a tejer en su mente la trama más sinuosa. También volvía a soñar con lo que le faltaba, con lo que nunca podría tener: el futuro. En él se vio sumergido en una prosperidad protectora y anhelada. Una sólo asequible a través de la inmigración y los sacrificios que conlleva. Hallarse en ese estado de sopor y en muchas ocasiones a merced de los demás —con la intención de llenar tanto la mitad izquierda como la derecha del refrigerador— era el paso transitorio para, en uno o dos años, acceder a las comodidades ahora vistas únicamente detrás de un aparador.
En aquella época se hizo amigo de un vecino del edificio. Era libanés. Estaba casado y tenía un hijo. Se conocieron en el cuarto de las lavadoras y ante las mismas preocupaciones por el dinero surgió la amistad. El plan maestro del libanés para convertirse en millonario cambiaba cada semana. Era estudiante de maestría en sistemas computarizados (o algo similar) en la Universidad Concordia. Una semana se trataba de uno de esos chanchullos de pirámide. Otra, el tele-mercadeo. Una más, las famosas start-up y las redes sociales. Finalmente, los billetes de lotería. Que en Canadá no eran billetes sino tickets impresos con varias series de números en ellos. Su vecino insistía en comprar los del 649, cada miércoles y cada sábado. A él le parecía un gasto innecesario. Muy apenas le seguía la corriente y compraba si acaso una o dos series de números. En cambio su amigo, a pesar de tener mujer e hijo recién nacido, se gastaba hasta veinte dólares cada vez que iban.
Y ni siquiera caminaban al dépanneur de la esquina, no. No quería que el dueño de la tienda lo tildara de pobre. Caminaban como hasta cinco cuadras para ir a otro dépanneur donde no fuera conocido su amigo y donde mucho menos fuera la mujer a hacer las compras y al dependiente le saliera el comentario de que su esposo dos veces por semana se gasta hasta veinte dólares en el 649. Y hasta allá acompañaba al vecino. Al fin y al cabo no había nada más que hacer. Y, claro, al siguiente día verificaban juntos los resultados en el sitio de Loto-Quebec. Y nada. Ni siquiera un rembolso módico. Ni siquiera otro juego de lotería gratis. Y a despedazar el billete. Y a tirarlo a la basura. Qué pérdida de dinero.
* * *
            Pero sus días no estaban exentos de oscuridad. En ellos, había ciertas horas en que hallaba inexplicable la espera en la que las autoridades de inmigración la habían confinado. Sabía que en el famoso sistema de puntos su calificación debía ser de las más altas y le era sumamente difícil entender por qué las puertas del país sí se abrían y de manera automática a quienes pedían asilo político y no a ella. Ella no había llegado a refugiarse extendiendo la mano sino a trabajar, a integrarse, a enriquecer el país. No a mermarlo. No deseaba compasión sino sólo una oportunidad para hacerse de una vida próspera. Y estaba convencida de su ventaja pues así lo habían asegurado esos portavoces de Canadá que iban por todo el mundo invitando a la inmigración. Eso le afirmaron cuando visitaron su ciudad en el norte de México. Ella encontraría un buen trabajo tan pronto le dieran la residencia permanente. Era productiva, joven, con ansias de trabajar por un sueldo justo y así mejorar su calidad de vida, aunque fuese un poquito. ¿No era ése el sueño de cualquier persona al venir aquí? Pero mientras tanto, ¿qué?: las horas vacías, los gastos, los trabajos eventuales y clandestinos, los departamentos diminutos, los cupones, los “produtos” Sélection Mérite (“produtos”, así, sin la C, como en México los produtos Soriana o Sin Marca, sin “C” por aquello de la falta de “calidá”), los meses de vacas flacas convertidos poco a poco en un año y la angustia por la pregunta: cómo hacerse del pinche dinero.
            No lo llama magia. Pero es una cualidad parecida a ésta lo que tiene la ciudad. Con cada cambio de luz, es capaz de hallar maravillas en los edificios, en los árboles, en las nubes y a veces en los rostros de los más viejos. Entonces, cuando llegan a ocurrir este tipo de revelaciones, su decisión se fortalece y desea no abandonarla nunca más y quedarse a vivir en ella el resto de sus días. Y, cuando desde lejos le preguntan si el frío no la desquicia, sólo se encoge de hombros como si fuera posible para ellos captar ese movimiento a través del teléfono pues para qué desperdiciar saliva y decir que es una enamorada de la veleidad de las estaciones y aunque el invierno dure tanto el cambio tremendo que representa es suficiente como para aceptarlo y algunas veces incluso a disfrutarlo. ¿No es eso preferible a la monotonía de una estación? La nieve, las carencias, ¿no son precios pequeños por vivir en una ciudad tan vibrante y tan multifacética como Montreal? Sí, había días en que por Montreal valía la pena hacer cualquier sacrificio. Ésta es una ciudad donde se puede mirar hacia arriba, solía decirse mientras caminaba sin rumbo por sus calles.
            Pero ni así se sacaba el verbo de los pensamientos. Esperar se había convertido en un vocablo odioso. En el intermedio, cuando no sucedía nada y en el que la vida se había congelado. Dentro de ese lapso, aunque tratara de desengañarse con teorías sobre familiaridades morfológicas, tampoco cabía la esperanza. Si tan sólo ese espacio en blanco de su biografía pudiera colmarlo con una afición. El cine, por ejemplo. Pero no podía. Se preguntaba por qué si a la humanidad se le había ocurrido desarrollar tan maravilloso y deslumbrante invento cómo no habían pensado otorgarlo gratis e ininterrumpido sólo por el cambio de bobina. No, porque mucho antes la humanidad había inventado el trabajo —muy por encima del ocio generador de vicios— y el intercambio de monedas por él. Ahogada por la interminable espera y dentro de esta sí morfológicamente familiar desesperación, encontraba el respiro en las funciones al aire libre de un festival cinematográfico.
            Sin embargo, las dos horas ahí a la intemperie, sentada sobre los peldaños de la Place des Arts, no eran suficientes. Entonces se entregó a una forma más barata de contarse historias: los sueños. Ya fuese despierta o dormida, a veces empezaba en un estado y culminaba con el otro. El único problema consistía en recordarlos al amanecer. Había transitado de la forma más poco aprovechable de contarse historias hasta la más barata sin siquiera pasar por la intermedia: los libros. Para qué. Otros objetos de lujo. Así vio pasar los últimos meses de la espera entre trabajos intermitentes y sueños difíciles de rememorar. Unos días antes de que de nuevo y hundida en un sueño lúcido se le quedara mirando al anuncio de los laboratorios, le llegó la noticia de que los trámites habían concluido y que la visa de residente permanente había llegado al despacho de los consultores. Sólo faltaba un requisito, le advirtió la secretaria al entregarle el sobre lleno de documentos, tenía que viajar a la frontera y en un truco de absurda burocracia salir y volver a entrar al país como si fuera la primera vez que arribaba.
* * *
Hubo un momento en que ya no pudo comprar más números de la lotería. Tanto así que cambió el horario para lavar la ropa y con eso evitar encontrarse al vecino. Más le valía cuidar el dinero porque la falta del mismo comenzaba a reflejarse en la ropa interior. Por ahí andaban en su cajón ya cinco o seis calcetines con hoyos. Y dos o tres calzones presentaban un elástico guango, de tan estirado que aun con los pantalones puestos la prenda interior se le iba bajando hasta quedar a nivel de media nalga. Para entonces el mismo menú se repetía hasta el cansancio. Faltaba poco. Debía faltar muy poco para obtener la visa de residente. Entonces, pensó, todo se va a arreglar como por intervención divina. Obtendría un buen trabajo, el departamento con vista y cuarto aparte, la ropa interior nueva. Todo lo pregonado como necesario. Y a pesar de los calzones desgastados y una mala alimentación en lo que sí siguió desembolsando dinero fue en su único bien superfluo: el cine. Con el cine aprendió a soñar, a oscuras y al aire libre.
            Ante la gente estuvo transitando de una soledad a otra, a través de dos idiomas ajenos, el inglés y el francés, y no aterrizando en ninguna de las dos realidades porque ninguna le pertenecía, ¿no es acaso él un “alófono” como los llamaban las dos soledades, las dominantes? Qué término más imbécil. Agrupar a personas de orígenes tan disímiles dentro de una misma categoría basándose únicamente en criterios lingüísticos. Ahí, en Quebec, sólo había de tres sopas: francófono, anglófono o el resto, bautizados como “alófonos”. Tal vez por eso también logró entablar amistad con el libanés.
De nuevo se lo topó un fin de semana en que pensó que no había nadie en el cuarto de lavado. Ya vergüenza le daban sus garras. Entonces lo encontró ahí y se lo contó. Su vecino lo había hecho. Acudió a los laboratorios que ofrecían aquella cantidad de dinero para que uno se convirtiera en conejillo de indias. Lo habían sometido a toda suerte de análisis y finalmente le habían administrado medicamentos. A final de cuentas, tenía que esperar un tiempo para regresar y volver a someterse a otros análisis. Al cabo le darían el dinero prometido. La única incomodidad, un encierro de horas. Tal vez días. Su vecino había encontrado ahí a todo tipo de personas. Desde el estudiante en busca de ahorro para irse de spring break, pasando por el profesor desempleado (sin ofender al presente, claro, mon ami), músicos callejeros, artistas circenses y, aunque no lo creyera, hasta algunos jubilados cuya pensión no era suficiente para las vacaciones en el ignoto Sur, ése con mayúsculas al que acudían tales snowbirds para olvidarse del frío. Que se animara a hacerlo. Qué podría salir mal.
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            Welcome to Canada! Tras tanto tiempo aguardando esa bienvenida el instante había sido francamente anticlimático. No escuchó fanfarrias ni sintió mariposas revoloteándole en el estómago. Había tomado el siguiente autobús de regreso a la ciudad con sus papeles sellados. Los siguientes pasos resultaron la mar de simples a comparación de lo vivido con anterioridad: sacar el número de seguro social y la tarjeta médica. El CV ya lo tenía preparado. Pero luego de algunas semanas de repartirlos en diferentes escuelas la búsqueda había resultado infructuosa.
Una amiga que trabajaba en una escuela de idiomas la invitó a una cena. La amiga —una peruana de Iquitos— le había consultado a la coordinadora del programa de español y la mujer no había puesto objeción. Qué mejor manera de ampliar la búsqueda de trabajo que haciendo relaciones. Ahí, en la cena de fin de cursos, conocería a otros profesores de español y tal vez le darían un buen consejo. Quien quita y consiga intercambiar correos electrónicos o números de teléfono y a la larga le salga una excelente oportunidad para trabajar en un cégep o una universidad.
* * *
Años antes de que Marina lo hiciera, Vázquez entró en el departamento académico para dejar ahí su CV con la secretaria del mismo. Era en una universidad, en el de lenguas modernas, donde pensó que por ser hablante “nativo” del idioma tendrían que contratarlo. ¿Cuántos profesores de español cuya lengua materna era el español habría en la ciudad de Montreal? Decenas. No, pronto se daría cuenta que cientos. Y sintió que tal vez se enfrentaba a un mercado de sobrepoblación. Había una lista de los cursos del semestre anterior en un periódico mural. Título: Invierno 2004. Recorrió con el dedo los apellidos de los profesores de español de aquella excelsa institución educativa del primer mundo: O’Reilly, McKenna, Bouchard, Desjardin, Perron, Angelopoulous, Rodriguez, Perez. Más de la mitad, al menos por lo que podía percibirse por sus apellidos, no tenían como lengua materna el español.
Nada se había resuelto como por dádiva divina ni como respuesta a una plegaria. Había llevado su CV a distintas instituciones sin resultados óptimos. Incluso a un centro comunitario donde sabía que no le pagarían ni veinte dólares la hora. Aun así siguió yendo al cine. En especial a la función de medianoche. Allí vio El show de terror de Rocky, La montaña sagrada y otras rarezas nocturnas. Finalmente le llamaron. Era para dar una clase los sábados por la mañana en una escuela de idiomas. De inmediato se dio cuenta de que la coordinadora de español sufría de una enfermedad grave: la desorganización. No sólo eso. Los cuadernos que utilizaban en lugar de libros de texto —por ser aquéllos mucho más baratos— estaban repletos de errores ortográficos. Había que pasar la vergüenza de informarles a los alumnos que esto o aquello era un error y que debían corregirlo a mano. Sin embargo, se veía que la coordinadora era una buena mujer. Trataba de ayudarlo llamándolo cuando algún otro profesor enfermaba. Le echaba la mano pues sabía que ésta constituía su única fuente de ingresos.
También les empezó a dar clases a alumnos particulares o de empresas. Con frecuencia llegó a ir a los rascacielos del centro y ahí le enseñaba a un grupo antes o después de la hora del almuerzo. Pero aquellos clientes resultaban los generadores de mayores problemas. Sobre todo, económicos. Como con los estudiantes de antaño, no faltaba la cancelación por aquello de que el trabajo se les había acumulado o por aquello de que se iban de vacaciones al ignoto Sur. Con eso desestabilizaban el presupuesto de la semana. Cuando pensó que dejaría de hacerlo tan pronto obtuviera la residencia, la vida austera continuaba. Igual que antes se fijaba en los precios de los víveres. Coleccionaba cupones. Sintiendo la amargura atorada en la garganta vio un reportaje en la televisión sobre historias de fracaso de inmigrantes —el doctor haciéndola de taxista, la maestra trabajando de afanadora— y en todo les dio la razón. Canadá —o sus vendedores a lo ancho del mundo— mentía. Las puertas no se abrían tan fácilmente. En el reportaje hablaban de un sitio en Internet (notcanada.com) donde ese tipo de historias abundaban, donde los inmigrantes daban sus testimonios de desilusión, donde el rencor ante el engaño de la promesa de una vida mejor en Canadá se desbordaba. Tras consultar el sitio marcó el teléfono de su vecino libanés para preguntarle la dirección de los laboratorios.

sábado, 11 de julio de 2015

Joyas que vi de chiquillo (VI)

En esos gloriosos tiempos en que la compañía de cable en Torreón bajaba con impunidad señales de los Estados Unidos había entre la programación un canal de pago por evento llamado Request. Por alguna razón que aún tantos años después me elude Telecable (como se hacía llamar la compañía en aquel entonces) no sólo se pirateaba las señales de HBO, Showtime o Cinemax sino que, en el caso de Request, pasaba las películas enteras sin que hubiera pago de por medio por parte del suscriptor. Ahí vi por primera vez una cinta española titulada Mujeres al borde de un ataque de nervios. También muchas otras cuyos títulos hoy ya no recuerdo. Pero del largometraje del cual más me acuerdo además del de Almodóvar es el estadounidense del que hablo a continuación, otra joya que vi de chiquillo. Retomo entonces esta sección del blog abandonada hace dos años. La joya anterior fue El resplandor. Hoy le toca el turno a Heathers:

Heathers es para mí la mejor película hecha en los ochenta sobre la vida en una preparatoria estadounidense. Muchos otros cinéfilos preferirán opciones un poco más convencionales y amables como las realizadas por John Hughes. Pero yo —desde que la vi en aquel canal de señal pirateada llamado Request tal vez entre 1989 y 1990— me quedo con Heathers (1988) de Michael Lehmann.

Jugar croquet en un jardín idílico con “Que será, será” de fondo musical
La película da inicio con el logotipo de una casa productora ya desaparecida: New World Pictures. Inmediatamente después de algunos créditos en blanco y rojo la cámara captura la nuca de una muchacha rubia que se está poniendo una banda (también roja) para el pelo para así acomodárselo en un estilo de colita. Lo no imaginado en este momento inaugural del filme es que esa banda se convertirá en realidad en el cetro de una tiranía dentro del microcosmos de una escuela preparatoria. Y tal tiranía es la de la popularidad. Ningún espectador podría imaginárselo ante el jardín idílico donde esa chica de rojo y sus dos amigas conversan. La ropa de las tres, de colores fuertes, se encuentra perfectamente combinada con sus accesorios y además con los palos de croquet que tienen a la mano. Eso nos da una pista de la época en que se hallan estos personajes. Como sacadas de Alicia en el país de las maravillas, las tres jóvenes (una de roja, otra de amarillo y la tercera de verde) se levantan de sus asientos y toman los palos de croquet. El tono idílico lo completa la banda sonora en la cual una mujer canta una canción sobre el futuro incierto, una melodía popularizada hace varias décadas por Doris Day: “Que será, será - Whatever Will Be, Will Be” (Óscar a la mejor canción original a mediados de los cincuenta por El hombre que sabía demasiado de Hitchcock). Pero algo está mal aquí. De otra manera las tres chicas no habrían pisado con toda intención las flores que las rodean. Primer síntoma de su mundo interior. Quizás éstos no son ángeles, sino demonios. O, peor que demonios. Tal vez sean unas malditas perras.
Unos pasos más adelante nos enteramos por el diálogo de que las tres chicas tienen el mismo nombre: Heather. Eso explica el extraño título de la película. De ahí que se llame Heathers. Entonces, se asume, las Heathers serán las protagonistas. Pero no es así. Al fin se ponen de acuerdo sobre qué Heather detenta el turno que sigue. La de verde está distraída porque, además de jugar al croquet, está leyendo Moby Dick. Cuando la bola de croquet golpea algo allá abajo, después de ser besada por la joven de la banda roja, cambia la perspectiva. No es un objeto sino la cabeza de otra chica, una Alicia decapitada. Ella se encuentra enterrada hasta el cuello en el jardín maravilloso. Ésta es nuestra protagonista. De ella se ríen las crueles Heathers. Y la heroína (¿o anti-heroína?) no se llama Heather. Ni Alicia. Se llama Verónica. Lo anterior ha sido una fantasía pesadillesca para ilustrar la vida preparatoriana de Verónica Sawyer (Winona Ryder). Nos hallamos en esa época de gloria: los ochenta. Abundan el fijador para el pelo, los relojes marca Swatch, los copetes exagerados y las hombreras. Chicas como las del inicio practican aeróbics y miran MTV. La ubicación de la trama es Sherwood, Ohio. Más específicamente, la escuela preparatoria Westerburg. Una vez que las risas se detengan Verónica mirará directamente a la cámara y dirá “Querido diario”. Con tales palabras se rompe el hechizo del jardín. De vuelta a la realidad y a uno de los pasillos de Westerburg. Ahí, sentada sobre el primer peldaño de la escalera, Verónica escribe su diario explicándose y explicándonos quién es la chica de la banda roja: Heather Chandler (Kim Walker), la alumna más popular y admirada de Westerburg. Por lo tanto, la todopoderosa. La misma que alguna vez le dijo a Verónica: “Si no quieres ser una perdedora y si quieres coger con las águilas, aprende a volar”.  Y nadie enseña a volar mejor que la Chandler. Rubia, medianamente bella, con su ropa bien combinada y su banda roja. La misma que con orgullo guarda en su casillero la leyenda “Compro, luego existo”. Deseada por todos. Envidiada por todas. Las otras dos Heathers, McNamara (Lisanne Falk) y Duke (Shannen Doherty), no son por ahora más que las sirvientas de la primera. Evidente cuando se le acercan a Verónica, interrumpen su escritura y le dicen que la Chandler reclama su presencia en la cafetería.
Dramas de cafetería
Ahí el director Michael Lehmann les planteará a los espectadores en pocos minutos y de una forma inclemente la tiranía de la Chandler. Una enraizada en su popularidad. Como buena preparatoria gringa Westerburg está dividida en tribus. En una mesa se sientan los yuppies. En otra, los cerebritos. En otra más, los deportistas. No pueden faltar los mariguanos. Tampoco las niñas buenas como Betty Fynn (Reneé Estévez, hermana de Charlie Sheen y Emilio Estévez), antigua amiga de Verónica que apenas puede cruzar dos palabras con ella antes de que Heather 1 la arrastre a otro lugar. Betty encarna la infancia de estos jóvenes, una época durante la cual no existían tantos grupos ensimismados ni divisiones generadas por gustos o apariencias. Y allá atrás de ellas unos voluntarios recaudan fondos para combatir el hambre. Pero esta película no es El club de los cinco del ya aludido John Hugues. No, al contrario. Nadie terminará tomado de la mano con algún integrante de una tribu contraria. Heathers es una sátira con un humor negro que en ningún momento le pedirá disculpas a su audiencia. El ritmo de la escena en la cafetería es trepidante. Más de una actividad está ocurriendo. Primero, una broma contra la gordita marimacha, Martha Dunnstock (o “Dumptruck”; es decir, “Camión de la basura”, como la apodan las Heathers).
En este momento se nos informa que Verónica Sawyer tiene la capacidad de imitar la caligrafía de cualquier persona. Muy útil para las Heathers cuando se trate de pasarle a Martha una nota de amor de un deportista. Según la Chandler, “material infinito para masturbarse”. Muy útil también para justificar la delirante trama de la cinta. A la par la líder, acompañada por Verónica, recorre las mesas para realizar una encuesta cuya única pregunta roza los límites de la pendejez: la Tierra está a punto de ser destruida y tú heredas millones de dólares, ¿qué harías? En una parada técnica al baño de mujeres nos enteramos que la Duke es bulímica. Según la Chandler, la bulimia algo tan pasado de moda, tan de 1987. Heather 1 escupe una tras otra frases hirientes e igualmente hilarantes: “Fuck me gently with a chainsaw. Do I look like Mother Theresa?” Al cabo vuelven a salir para seguir con la encuesta estúpida. Alguien las observa a la distancia, desde un rincón de la cafetería. Un chico solitario, vestido con colores oscuros y sonrisa socarrona. Aunque con el acné característico de la edad. Frente a Jason Dean (Christian Slater imitando a Jack Nicholson), mejor conocido como JD, culminará el deambular de Verónica no antes de que Martha se detenga frente a la mesa de los deportistas con la nota y reciba como respuesta unas sonoras carcajadas. JD, adivinando la cárcel imaginada de la protagonista, le pregunta si es una Heather. Ella le dice que no, que es una Verónica. A pesar de la popularidad que le ofrece Heather 1 es obvio que Verónica preferiría estar con alguien como JD. Un tipo inteligente, burlón y misterioso. La atracción entre Verónica y JD los llevará, a partir de ya, por caminos muy sinuosos. Otra vez, la implacable líder interviene para separar a Verónica de alguien con quien está conversando. Cuando lo deja solo, los jugadores del equipo de futbol americano, Ram (Patrick Labyorteaux) y Kurt (Lance Fenton), se le acercan a JD para lanzarle una frase homofóbica. La reacción de JD es sacar una pistola y dispararles. Al menos eran salvas. Ni siquiera lo expulsarán (después de todo, éstos son los años ochenta cuando la epidemia de matanzas escolares todavía no se daba). Sólo lo suspenderán, arguye la porrista McNamara. Y en el juego de croquet que sucede a la secuencia de la cafetería quedará claro que el hecho de que asustara a los deportistas con una pistola sólo mejoró su imagen ante Verónica.
Pagar con vómito
La Chandler le hará un gran favor a Verónica: llevarla a una fiesta de universidad. Basta de retozar con niños de prepa. Una vez terminado el juego (esta vez verdadero y no imaginado) la protagonista se sienta a la mesa con sus padres. La abulia de su universo familiar se refleja en la repetición constante del diálogo de la mesa. El típico “¿cómo te fue en la escuela?” lleva hasta la broma de Verónica con la cual siempre llama idiota a su padre, él está de acuerdo con ella y la madre los felicita por su trato cordial. Camino a la fiesta Verónica vuelve a encontrarse con JD por pura casualidad. Emergen más datos sobre el rebelde de la cafetería: su familia vaga errante por todo Estados Unidos pues su padre se dedica a la demolición de edificios. Heather 1, estacionada en el lugar para discapacitados, vuelve a separarla de JD con el claxon. La fiesta de universidad será un desastre. Una vez sintiéndose atraída por JD, Verónica encuentra al universitario que quiere ligar con ella soso y abusivo. Cuando quiera pasarse de listo lo rechazará. Más tarde, ella vomitará en un pasillo. Esto detona una confrontación ya incontenible con Heather 1. La popularidad que la reina de corazones le dio puede desaparecer cuando el lunes les cuente a todos el fracaso de la fiesta. Las dos amigas se cantarán sus verdades (“te traje a una fiesta y me pagaste con vómito”, “lámelo, nena, lámelo”). Mientras Verónica escribe todo esto en su diario horas más tarde, alguien sube hacia su ventana. Es JD de nuevo. Luego de una noche de amor, precedida por un juego nudista de croquet, llegan a la conclusión de que hay que hacer algo para acabar con la tiranía de Heather Chandler. JD le dice: “es una perra que merece morir”. Pero Verónica no está tan convencida.
A la mañana siguiente y en la cocina blanca pero con objetos rojos de Heather 1, Verónica piensa que JD sólo bromea cuando en una taza vierte líquido destapa-caños y tóxico. La primera idea había sido darle a beber un gargajo o algo similar. JD insiste. Pero eso la mataría, replica Verónica. Ella, en cambio, mezcla jugo de naranja con leche. Tras un beso se da una confusión de tazas, de la cual JD se da cuenta. Después de todo, pensará él, es un impulso inconsciente de Verónica. En realidad sí quiere matarla. Luego de un diálogo rápido en el que una vez más su mamonería queda clara, Heather 1 toma la taza cayendo en la trampa de JD. Heather Chandler bebe el líquido sin darse tiempo para saber de qué se trata. La boca se le pone azul con el líquido destapa-caños. Y unos cuantos segundos más tarde su cuerpo se estrella contra una mesa de superficie cristalina. La reina de Westerburg ha muerto. Verónica le reclama a JD. Ella no quería matar a su amiga. O a su peor enemiga. Para el caso, da lo mismo. Pero ahora hay que salir del embrollo. Afortunadamente ella sabe imitar a la perfección la caligrafía de la Chandler. Si las mejores habilidades de Verónica se dan en el terreno de la escritura, esta vez su talento podría salvarlos de la cárcel. Pronto tendrán entre sus manos la nota de suicidio de Heather Chandler. No imaginan, sin embargo, cuánto puede cambiar la percepción de una persona tan odiada cuando esté tres metros bajo tierra y, sobre todo, cuando toda la preparatoria se entere de su suicidio.

Pacto entre caballeros
La noticia del suicidio de una alumna tan popular amerita junta de maestros. Entre ellos destaca la profesora jipi, Pauline Fleming (Penelope Milford), que insiste en que éste es el momento ideal para tener una sesión donde se hable de sentimientos, donde los estudiantes expresen sus emociones. A través de la nota redactada por Verónica y JD, Heather 1 se convierte en un alma atormentada y digna de compasión. Casi una santa. Todos los alumnos cuentan anécdotas de ella. Como en funeral mexicano, cada uno de sus defectos se borran y sus virtudes se engrandecen. Heather, tan bella, tan bonita, tan bien combinada. Nunca dirán que en realidad era una perra del mal. Y así, una vez muerta, la chica de la banda roja se vuelve incluso más popular de lo que era antes. Así se lo dice JD a Verónica cuando la invita a su casa y siguen la cobertura televisiva del suicidio. Heather Duke sale en dos canales hablando bien de su amiga. Detrás de ellos, aparece el padre de JD. Y algo no está bien en esta relación. Padre e hijo invierten los roles y se hablan como si uno fuera el otro. Al regresar a casa, se da la repetición de la escena junto a la mesa con sus padres. A Verónica le gustaría quedarse más tiempo. Pero tiene que arreglarse para el gran acontecimiento de esa tarde.
El funeral de Heather Chandler convoca a todos los alumnos de Westerburg. No importa que no la hayan conocido. Todos sabían quién era ella. El fenómeno Laura Palmer unos cuantos años antes de que existiera Twin Peaks. Con el féretro abierto Heather 1 está frente al altar rodeada de flores rojas y blancas. Amigas, enemigas y conocidos se hincan junto al ataúd para rezar. La más sincera no será Verónica, consciente de su hipocresía, sino Heather Duke quien muchas veces le rezó a Dios para que la matara. Por fin Heather 3 puede agradecerle al Señor la plegaria atendida y quizás más adelante tome el lugar de la muerta. Pero quien se acerca a Verónica después del funeral es Heather 2, la McNamara, la porrista cabeza de chorlito. Ella no pide favores con mano de hierro como la difunta. No. Más bien, hace chantajes emocionales y le pide por favorcito a Verónica que la acompañe a una cita doble con los deportistas, Kurt y Ram. Ellos, mientras tanto, persiguen a un nerd pisotón para hacerle decir cuánto le gusta chupas pitos grandes. Y a lo lejos JD en su moto, henchido de sus ansias justicieras, ya sabe quiénes serán las siguientes víctimas en su lista negra. Verónica accede a ir a la cita doble con las consecuencias ya previstas por ella: 1) Los caballeros Kurt y Ram derribando vacas sobre la mierda. 2) Ram violando a Heather McNamara. 3) Verónica alejándose de un Kurt borracho y ansioso. Entonces aparece JD para llevársela. Ahí no terminará todo para desgracia de la reputación de Verónica. Estos caballeros no se quedan callados. A la mañana siguiente Kurt y Ram han propagado el rumor de que la noche anterior los dos tuvieron un ménage à trois con Verónica. Sin saberlo, han firmado su sentencia de muerte. Una vez más, JD la engaña. Finge que sólo les gastarán una broma. Cuando despierten de su sueño inducido por unas balas mágicas serán el hazmerreír de la escuela. Verónica cita a los dos imbéciles en un bosque despoblado detrás de la preparatoria con el pretexto volver realidad el rumor. Al amanecer acuden entusiasmados. Cuando estén vulnerables y en ropa interior JD sale de su escondite. Dispara contra Ram. Pero Kurt se le escapa a Verónica. JD lo persigue, hace que vuelva y finalmente ella también le dispara. La puesta en escena está lista. Antes de que puedan descubrirlos dos policías, huyen. La nueva nota escrita por la anti-heroína indica que los dos deportistas eran homosexuales y que se han matado en un pacto suicida porque el mundo no entiende su amor. Después de todo, argumenta JD cuando Verónica histérica vuelva a decir que ella no quería matarlos, ¿qué le podían ofrecer a la escuela Kurt y Ram? Solamente violaciones en citas y chistes homofóbicos sobre el sida. Ya está más que claro para Verónica que JD intenta deshacerse de cualquier alumno visto como escoria molesta. Y ella que sólo quería que su preparatoria fuera un lugar más amable. Heathers debería exhibirse en todas las escuelas para acabar con eso que siempre ha existido y existirá y que hoy llaman bullying o, en cristiano, acoso escolar.
Suicidio adolescente, no lo hagas
El grupo Big Fun se ha convertido en el favorito de Westerburg High. Después de todo, ellos son los que cantan el éxito número uno en el país: “Teenage Suicide, Don’t Do It” (“Suicidio adolescente, no lo hagas”). ¿Sería posible que toquen en la graduación de la escuela? Por qué no, se pregunta en algún momento JD. Mientras tanto, la maestra Pauline tendrá su sesión espontánea de sentimientos expresados en la cafetería, con todo y reporteros de televisión ante quienes Heather 3 salta y sonríe para así poder salir a cuadro. Verónica intenta sin éxito romper su relación con JD. Al fin y al cabo, es un psicópata. Él, en cambio, se acerca a la sucesora de la muerta con una fotografía. En ella aparecen la Duke y Martha “Camión de Basura” cuando eran niñas. Qué vergüenza para su popularidad. Quién sabe cómo JD consiguió la foto; pero sólo se la devolverá a Heather 3 si recolecta un gran número de firmas para que el grupo Big Fun toque en la graduación. Así la Duke se convierte en la nueva reina de la preparatoria, después de muerta la Chandler. JD incluso le regala la banda roja, ésa que simboliza el poder supremo en Westerburg. Los suicidios adolescentes empiezan a escarpárseles de las manos a JD y a Verónica. Martha Dunnstock intenta matarse caminando lentamente entre coches. Pero sobrevive a pesar de ser atropellada y la llevan al hospital. Ni siquiera en eso puede triunfar la perdedora, pálida imitación de los suicidios de los alumnos que sí son populares. Así se burla Heather Duke frente a Verónica y recibe como respuesta una bofetada.
Otra estudiante más siente los efectos de la depresión. Es la segunda Heather, la porrista. Ella llama a un programa radial para confesarse. Con tal mala suerte para ocultarse en el anonimato (“Soy Madonna… No, soy Piolín”) pues inmediatamente Verónica y Heather 3 adivinan de quién se trata. La crucificaremos, exclama ésta ya saboreando el banquete del lunes por la mañana. Verónica se da cuenta de que nada ha cambiado en su escuela. Así elimine junto a JD a todos los maltratadores en su prepa siempre habrá otros que tomen su lugar. Cortó la cabeza de la Chandler y, como en el mito de la hidra, creció una nueva con la cara de la Duke. La porrista caída en desgracia sale corriendo del salón de clases ante la burla en el pizarrón y Verónica va detrás de ella para evitar otro suicidio. Con la boca llena de pastillas amarillas (su color favorito), nuestra anti-heroína la lanza contra la pared para que las escupa. Es muy fácil persuadir a Heather McNamara para que olvide sus problemas. Basta con prometerle un día de compras para que deje atrás la idea del suicidio. La separación entre Verónica y JD es definitiva. Incluso después de que la tiente con la idea de asesinar a la “mega-perra” de Heather Duke. Una nueva ensoñación de Verónica se produce cuando se vea a sí misma y a JD planeando el crimen. Ni siquiera habrá necesidad de una nota falsificada. Basta con subrayar pasajes de Moby Dick, el libro que desde su primera escena, la Duke está leyendo. Cuando la pesadilla se disipe, Verónica recibirá una visita inesperada. O no tanto. JD la encontrará colgada como imitando a la Barbie que él horas antes le dejara en su cuarto, ésa envuelta en la camiseta de Big Fun. Pensándola muerta le confesará su plan maestro: la petición repleta de firmas de los estudiantes de Westerburg es en realidad una nota colectiva de suicidio. JD piensa hacer volar la escuela con todos sus compañeros adentro. Qué mayor manifestación del descontento juvenil de finales de los ochenta. Qué mayor signo de rebeldía. Qué mayor prueba de que en ninguna parte puede haber armonía entre los jóvenes preparatorianos. Sólo en el cielo las divisiones se vendrán abajo. Afortunadamente el padre de JD se dedica a la demolición de edificios. Así que los explosivos los tienes a la mano.
Volar en pedazos la escuela
La mayor fantasía de todos aquellos que se consideraron perdedores en la prepa. Ya algunos años antes Stephen King y Carrie explotaron esa veta. Aunque el género en cuestión era el horror y no la comedia. Cuando JD se va, Verónica despierta de su muerte fingida. No sin antes darle un buen susto a su madre. Tiene que evitar que todos sus compañeros mueran. A la mañana siguiente, cuando acuda a la escuela, la maestra jipi se sorprenderá. Ya la hacía suicidada como los otros. Al menos eso le dijo JD. Una asamblea general, seguramente maquinada por la misma maestra jipi, se lleva a cabo. Debajo del gimnasio está el cuarto de las calderas. Ahí es donde Verónica, pistola en mano, encuentra a JD. Los antiguos amantes se entregan a una pelea a muerte. “Fuck you”, grita JD cuando ella recupere la pistola. Como si no se entendiera lo que dijo, JD le hace la seña del dedo medio. Ella aprovecha para mutilárselo con una bala. Finalmente nuestra anti-heroína logra evitar la explosión. Pero no logra evitar que JD sobreviva a pesar de los balazos que le ha pegado, tome la bomba consigo hacia el exterior y frente a ella, con cigarro en la boca, se vuele en pedazos. El cigarro de Verónica, sin necesidad de encenderlo, se consume por completo y la explosión interrumpe la asamblea. Todos dejan el gimnasio y se amontonan para saber qué fue lo que sucedió afuera. En un pasillo Verónica se topa con Heather Duke. Declarándose el nuevo sheriff del pueblo le arrebata la banda roja. Y puesto que ya no tiene pareja para la graduación se acerca a Martha —en silla de ruedas y con collarín— para invitarla a ver películas. Una vez más se escucha la melodía de “Que será, será”. Empiezan a correr los créditos finales.
A pesar de un presupuesto paupérrimo y de una banda sonora en momentos ridícula, Heathers tuvo un impacto cultural y cinematográfico imprevisto por sus creadores. Si algún mérito tenían las cintas de los ochenta hechas expresamente para los jóvenes era que, al menos, no gastaban una cantidad multimillonaria en efectos especiales, imágenes generadas por computadora o salarios de estrellas sobrevaloradas. En el caso de John Hugues y directores anexos, las historias podrían ser inocentes e incluso cursis aunque no por eso dejaban de cumplir su función: entretener. Heathers va más allá en todos los aspectos: denuncia a través de su humor negro y sus diálogos punzantes una realidad que en ningún momento se ha transformado desde los ochenta. Eso, a pesar de que los medios hablen hoy de cyberbullying. En esencia la escuela preparatoria seguirá siendo lo mismo: el bautizo de fuego para entrar a una sociedad obsesionada por las apariencias, el consumismo y la burla cruel ante las vidas ajenas. Gran parte del éxito está en las manos de Daniel Waters, responsable por el guión. Esos diálogos punzantes e ingeniosos preceden por varios años a los de Diablo Cody en Juno. Por desgracia, las jóvenes promesas del elenco cumplieron con las expectativas durante muy poco tiempo. Winona Ryder logró complacer a Hollywood hasta que su vida privada como cleptómana fuera ventilada por los medios. En fechas recientes se le ha podido ver en participaciones secundarias en cintas como El cisne negro o el reboot de Star Trek. Christian Slater también fue un ídolo adolescente. El paso hacia la actuación adulta también duró poco. Su único crédito reciente e importante fue Ninfómana donde apareció como el padre de la protagonista. Shannen Dorherty triunfó en la tele con Beverly Hills 90210 y por algún tiempo con Charmed. Sin embargo, a pesar de su cara angelical, perdió numerosas oportunidades por ser considerada una actriz “problemática”. Finalmente, ¿qué ocurrió con la chica de la banda roja? Por desgracia, Kim Walker murió joven y de un tumor cerebral. Terrible si tomamos en cuenta que una de las frases perrunas escupidas por Heather Chandler ante la distracción de una de sus amigas era: “¿Desayunaste tumor cerebral?” Heathers ha tenido su ejército de malas imitadoras, ésas que muy apenas tratan de llegarle a los talones. Caramelo asesino (Jawbreaker, 1999) o Chicas malas (Mean Girls, 2004) son un par de ejemplos. Hace poco resurge en forma de musical como se comprueba con la imagen que precede estos párrafos. Y por ser la mejor película sobre la vida en la escuela preparatoria yo me quedo con Heathers.

Enterita, en el formato incorrecto y mal traducida; pero la película está en YouTube:

Heathers (Escuela de jóvenes asesinos, 1988). Dirigida por Michael Lehmann. Producida por Denise Di Novi. Protagonizada por Winona Ryder, Christian Slater, Kim Walker y Shannen Doherty.

lunes, 6 de julio de 2015

A merced de los demás (I)

Actualmente y desde hace varios años trabajo en un volumen de relatos largos cuyo título tentativo es e/spiral/e. Ha resultado ser un proyecto tardado, ambicioso, laberíntico y, a estas alturas, incluso tedioso. De los 13 cuentos proyectados quizás el peor sea éste. Lo siento así porque, además de cómo está escrito, me ha resultado imposible separarlo de mi propia experiencia como profesor de español en Montreal. Sin embargo, no puedo igualmente resistir la tentación de compartir algunos fragmentos en esta bitácora. Los protagonistas son dos inmigrantes mexicanos, un hombre y una mujer, que se enfrentan a dificultades similares, aunque en diferentes épocas, al inmigrar a Montreal. Una imagen en común es la que observan en las paradas de autobús o las estaciones del metro: un anuncio de unos laboratorios donde se promete dinero a cambio de someterse a pruebas de medicamentos. No comparto el relato completo porque ciertas anécdotas son tan recientes que podrían costarme malas interpretaciones en mi trabajo actual. Van entonces estos fragmentos:

Cómo odiaba los paraguas. Sobre todo los muertos. Pero ante el inminente deceso imitó a los otros habitantes de esta ciudad y lanzó el suyo al bote de basura que acababa de cruzar por su camino. Con el agua torrencial hasta los huesos y el fuerte viento todavía soplando se refugió en un café. Demasiada la obligación de comprar una bebida para justificar su presencia. Lo hizo contando uno a uno los centavos que se le iban en ese vaso de café que no necesitaba en realidad. Se lo tomó despacio y así darle tiempo al cielo para  despejarse. Luego pensó cuánto le costaría un paraguas nuevo. Y maldijo el día en que se le ocurrió inmigrar a esta urbe veleidosa.
            Una hora después llegó a su destino. Al menos tenía una mochila resistente capaz de proteger lo que adentro habitaba. El documento que iba a entregar, su CV, estaba seco. Tras dejárselo a la secretaria de esa escuela de idiomas se acercó a un periódico mural donde podían leerse los cursos de español que habían ofrecido durante el invierno 2014 así como el nombre del profesor a cargo. Recorrió con el dedo los apellidos de los maestros de español de aquella institución universitaria: O’Reilly, McKenna, Bouchard, Desjardin, Angelopoulous, Vazquez, Rodriguez. Estos últimos dos sin acento por aquello de los teclados en inglés o en francés. Al menos, según lo percibido a primera vista, más de la mitad de ellos no tenían como lengua materna el español. Le pareció muy extraño. Qué alumno deseoso de aprender español querría tener como profesor a alguien cuya lengua no fuera precisamente ésa. Y, sin embargo, ahí figuraban tan campantes y despreocupados dichos apellidos. Y quienes los blandían de seguro ganaban miles de dólares al semestre sin detenerse siquiera en pesar si constituía o no un acto de franca charlatanería plantarse frente a un grupo de treinta o más jóvenes para enseñarles un idioma que no era el suyo desde la cuna.
            Tardó mucho menos en regresar a la parada de autobús. A unos cuantos pasos de donde esperaba atisbó a lo lejos su paraguas muerto dentro del basurero. Así quedaban todos esos objetos desechados por sus dueños a causa del viento. Como murciélagos muertos con las alas extendidas y empapadas sobre la banqueta húmeda, implorando compasión o al menos un entierro digno. Así era esta caprichosa ciudad. Más bien, barco a la deriva devastado por los vientos que crueles recorrían la superficie del río San Lorenzo. Muchos otros paraguas vivos circulaban ufanos por encima de las aceras. A veces, en días lluviosos como éste, se lanzaban unos contra otros en una esgrima momentánea y vergonzosa para sus dueños. Eso la enfurecía aún más que sus carencias. O al menos de esta forma quiso pensarlo antes de que el anuncio en la caseta donde esperaba el autobús volviera a tentarla para que desviara la mirada. Había visto el mismo cartel por primera vez en una de las estaciones del metro y no supo si creer o no en esa publicidad. Sonaba demasiado fácil. Je l’ai déjà fait! Qué había hecho el hombre sonriente para ganarse esos mil quinientos dólares.
            Cuando entró al país solamente tenía visa de estudiante. Y el proceso para cambiar su estatus a residente permanente se había prolongado mucho más de lo que esperaba. Para entonces ya se había arrepentido de su estrategia. Mejor le habría salido la jugada de haber pedido la residencia desde México y no una vez estando en ese otro país. Todo por desesperación. Todo por salir de una vez y para siempre de allí. Por eso y a diferencia suya, para el resto de la gente de Canadá parecía muy fácil sacar la vida adelante. Podrían echar su dinero al aire y no se les habría acabado. Al menos, eso concluye ella. El autobús la llevó hasta unas cuadras de la dirección convenida. Y cuando está en el departamento de su cliente se da cuenta de todos los utensilios que le faltan para encajar: la televisión de pantalla de plasma, plana y grandísima; los muebles de exquisito gusto, la computadora último modelo, la vajilla reluciente. Y tantas otras cosas. Cuánto tiempo, se pregunta, le habría costado a su cliente reunirlo todo. Cuánto le costó reunir tales objetos. Y cuánto a tantos otros mexicanos allá, de vuelta en casa. Más. Seguramente mucho más tiempo.
* * *
            Pocas veces en su vida lo habían hecho sentir como un sirviente. Nunca como ahora. Durante años disfrutó los goces de la pequeña burguesía mexicana del norte. Una vida sin zozobras, una educación privada y en ningún momento hambres milenarias. En el país donde la gran mayoría alegaba tener hambre, él era parte de la minoría. Y anhelaba deshacerse de ese sentimiento pequeño burgués tan detestable. Se decía a sí mismo que sólo en su país pensarían así y no acá. En este mundo las clases sociales no importaban tanto. O sí, se preguntaba, acaso resultaba tan difícil deshacerse de los prejuicios del lugar de origen.
            Nunca antes lo habían hecho sentir como un pordiosero, de ésos que veía en las calles del centro acercando la mano y preguntando por el spare change! (o más bien la frase de monnaie s’il vous plaît!), de ésos que su familia ignoraba que existían en el Canadá. Claro. Allá en Canadá, decían, no hay pobres. Uno no ve mendigos por las calles. Excepto en Montreal. Y, más en específico, en el centro de la ciudad. Pero él, después de sus estudios de posgrado y de tanto esfuerzo por sacar buenas calificaciones, no le parecía justo estar sumido en esa abyecta sima: recibiendo constantes cancelaciones que significaban un desequilibrio en su presupuesto semanal, haciendo cuentas a partir de un dinero que en principio no era seguro. Un diploma de universidad —incluso de una institución de primer mundo— no parecía significar nada. Y así se encontraba indefenso ante la espera de un dictamen gubernamental que determinaría su futuro. Se maldijo otra vez al hacer los ridículos cálculos que no hacía desde sexto de primaria. Y los hacía cada vez que iba al supermercado para comprar chatarra prefabricada sí; pero barata. Por eso, el increíble anuncio en los carteles de la calle o del metro —Je l’ai déjà fait!— constituía la única esperanza. Después de todo, ya había llegado a la que para él era la peor sumisión. Qué más le daba caer un poco más.
* * *
            Se sorprendió. En un año no había cambiado aquel débil paraguas. Cómo lo llegó a odiar. Tan deforme: los brazos torcidos, los curitas o la cinta scotch aquí y allá para cerrar las partes descosidas, lo endeble de su estructura ante el viento. De esta forma los días lluviosos terminaron incomodándola mucho más que los nevados. Aún recordaba el entusiasmo que sentía en su árida tierra del norte de México cuando llovía. Por lo menos el clima de Montreal constituía un cambio a la monotonía de la aridez. Así pensó al principio. Pero ese paraguas ahora parecía un vampiro enclenque con las alas rotas que a cualquier leve provocación del viento se doblaba y de ser cóncavo se tornaba convexo. Más incluso cuando veía venir a la gente y se le quedaban mirando al pobre, sobre todo con esos dos curitas que le puso pues su indolencia y su avaricia no le permitían comprar hilo para coserlo. Más bien, la falta de dinero. Valía más comer bien que sostener en la mano un paraguas presentable para otros peatones.
* * *
            No quería ni vislumbrar los aparadores. Porque allá afuera sólo podía ver lo que no tenía: ropa nueva, iPods, otra película en formato DVD, toallas buenas. Ni siquiera valía la pena atreverse a mirar a los escaparates de ciertas tiendas. Ni con una vida entera de trabajo. Pero la publicidad del consumo le era ineludible. Incluso ubicua. Estaba en los objetos usados por los otros: autos, ropa, el largo etcétera. Incluso en taxis de anuncios luminosos. Y concluía el rito por preguntarse siempre si la gente de veras se merecía tales posesiones. Y los apartamentos codiciados. Un espacio propio y sólido donde no se escuchara lo que hacía el vecino al otro lado de la tabla roca. A veces salía del cine subterráneo y miraba las tres torres de La Cité e imaginaba algún día vivir ahí. Se preguntó si algún día entraría al supermercado sin necesidad de ir contando lo que compraba. Nada de hacer cuentas en la mente para no pasarse ni un centavo de lo que se había asignado para el gasto semanal de víveres. Qué miseria.
La escasez se nota, se dijo. Saltaba a la vista. Sobre todo, en los días lluviosos. Su paraguas moribundo con un ala rota y la otra desvencijada. La bolsa de la nalga derecha del pantalón desgarrada. Las rodillas de otro pantalón descoloridas. Y no adrede porque traerlas así con toda intención ya no estaba tan de moda. Y a veces la pobreza no resultaba tan evidente. Como el elástico gastado de los calzones o los agujeros en los calcetines que tanto le recordaban a don Quijote. Y para colmo en Canadá tenían esa rara costumbre de quitarse los zapatos o las botas antes de entrar a una casa. Había que elegir calcetines intactos cuando lo invitaran a cenar. Y cómo rechazar tal invitación ante el ahorro que implicaba.
* * *
Se levantó con la amenaza mañanera del noticiero, ésa que anunciaba tormentas vespertinas. Se mordió el labio pensando cuánto le costaría comprar un paraguas. El problema supremo consistía en no caer en el mismo error. No se trataba de que fuera lo suficientemente resistente para enfrentarse a otros paraguas en la esgrima callejera, no. Los vientos veloces, acelerados por los edificios y los rascacielos del centro, se volverían sus peores contrincantes. Eran capaces de desalarlo, de romperle los brazos y de volverlo una vez más inútil. Un paraguas barato no resistiría. Para uno caro necesitaba cuarenta dólares. O más. Simplemente no le alcanzaba el dinero. Y cómo ganarlo estando en el limbo inmigratorio. Se imaginó arribando ensopada a una cita con un estudiante en potencia. O comer sanamente o tamaña vergüenza.
            Mientras tanto le recomendaron, además de las clases privadas, hacer trabajo voluntario. Al menos con eso mataría el alargado tiempo de la espera. Así se encontró ante la Casa de la Amistad (o Maison de l’Amitié), una institución de beneficencia sobre la avenida Duluth. Al principio le gustó. No había otra manera de iniciarse en una actividad nueva más que —como reza el refrán— echando a perder. En ese lugar podría cometer todos los errores posibles para una profesora de español. Incluso los garrafales. Un día se le olvidó por completo la palabra “delantal”. En la fugacidad urgente de la clase y atizada por la adrenalina la cambió por “mantel”. Cuando regresó al departamento y consultó un diccionario quiso golpearse la cabeza contra la pared. Vivía entre dos idiomas ajenos; pero no le parecía justificable el error. Tan invadida se sintió por el inglés y el francés que ya se le estaba olvidando el idioma propio, el escuchado desde siempre. Las palabras se le escapaban. Todos esos vocablos nuevos en uno u otro idioma se amontonaban y no le permitían ver ésos que habían estado presentes desde la infancia.
A las lluvias de la primavera siguió el verano. Entonces descubrió el calor húmedo y pegajoso de esa región. Fue sobre todo el día en que acudió a la Casa de la Amistad y se percató de la verdadera vocación del establecimiento.
* * *
            Ni en las calles ni en los vagones del metro pudo evitar la presencia de los anuncios. Y se entusiasmó. Estaba convencido de que aquélla era la salida. No es que fuera un optimista ingenuo de ésos que entre acéfalas huestes seguían al gurú del “positivismo” —además de charlatán— Cornejo y Rosado. No. Eso nunca. Sabía como cualquier persona con un poco de sentido común que existía una serie de elementos imprevisibles y que el peor de ellos tal vez se hallaba a tiro de piedra. En simples palabras, poseía una habilidad extraordinaria: recuperarse con rapidez de los golpes. Y no es que fuera insensible a ellos. No. Eso tampoco. No tenía la piel tan curtida como quisiera.
Aun en México algunos empezaban a llamar tal habilidad “resiliencia”. O algún terminajo con fuerte resonancia de anglicismo. Pero él era capaz de dejar atrás cualquier malestar anímico por mucho que doliera. Y a seguir adelante. Y lo hacía sin residuos de rencor o amargura. Al menos, al principio. Si le cancelaban de última hora una clase privada o si lo ignoraban luego de una entrevista de trabajo se decía “ni modo y a seguirle”. Por eso, a pesar de ser un mexicano solo en Montreal y de tener a su familia tan lejos, lo único que poseía para ofrecerle a esa comunidad era su salud. Por esa razón, aunque en cualquier otra circunstancia le había parecido descabellada la idea de prestar su cuerpo para pruebas farmacológicas, ahora no le parecía tan humillante ni tan peligroso. No si la promesa de los mil quinientos dólares resultaba cierta. Es casi un mes de gastos, se dijo. Incluso más de un mes si se apretaba al máximo el cinturón. Y la vida se solucionaba. Por un tiempo, claro. Todo por someterse a unas cuantas pruebas que el sitio de Internet de la compañía calificaba de inofensivas. Y siempre bajo el cuidado de los médicos.
            Por aquella época el cine le ayudaba sobremanera a olvidarse de la gente que prometía echarle la mano y que nunca lo hacía, de los supuestos amigos que tenía en Montreal antes de ir allá, de los alumnos que cancelaban la clase privada con escasas horas de anticipación descuadrándole el presupuesto de la semana, del cuate que le recomendaba meterse de mesero o albañil —claro, mientas llegaba la residencia—, de la colega colombiana de una amiga “tan movida, tan viva ella” que a las tres semanas de haber llegado a Canadá había conseguido un trabajo espectacular de tiempo completo como profesora de español en un cégep, de la prima de un tío que trabajaba en el Berlitz de Ville Saint-Laurent pero que al enterarse de que él no tenía ni siquiera visa de trabajo le comunicó como a un apestado que no podía hacer nada por él —en pocas palabras, lo desahució laboralmente. Toda esa gente y sus palabras de falso aliento o desaliento le habían servido de muy poco. Y si la comida que ahora había sobre la mesa parecía ser la de un monje bajo estricto ayuno por lo menos su espíritu lograba alimentarse de las historias, los sonidos y las imágenes de los grandes realizadores del mundo en su ya muy querido Cinéma du Parc.

Segunda parte