domingo, 29 de mayo de 2011

Algo que durante años ha querido ser una novela (III)


Ésta es la tercera parte. El texto uno y el dos ya los subí antes. De nuevo, forman parte de una novela que espero terminar antes de que expire este año. Para lograr mi objetivo -pues comecé a escribirla hace ya siete años- voy a suspender los textos cinematográficos, las rentas constantes de devedés en la Boîte Noire, las idas dos o tres veces por semana al cine. Esto, al menos, durante el mes de junio. Al final, a ver qué sale. Como le sucede a la mayoría, doy palos de ciego. No sé si esto sea bueno o malo. Solamente una persona -mi hermana Azucena- ha leído cuatro capítulos de la novela y me ha dado los ánimos para seguirle cuando el primer entusiasmo de hace siete años al iniciar el proyecto se ha esfumado ya casi por completo. Ni modo. Aquí va la continuación y, leyéndolo, se explica la bonita imagen que precede este fragmento de nada.

Le pusimos Natalia María y, desde su nacimiento, nos habíamos mudado a un departamento más grande: un cuatro y medio, como los llaman en Montreal. Es decir, uno con cocina, sala de estar, dos recámaras y un baño. Para entonces Marie-Claude había terminado su maestría. Tan pronto se recuperó del parto, empezó a dar clases en dos universidades como profesora de medio tiempo. Yo había obtenido mi residencia permanente; pero como no hice ningunos estudios fuera de los de la prepa, seguí en los trabajitos eventuales y mal pagados. Marie-Claude me insistía en que estudiara. A mí, después de la pésima experiencia en la preparatoria con los curas, no me atraía en lo más mínimo la idea. Seguir con los estudios no estaba dentro de mis planes. Además, qué podía importarme ser conserje o mecánico o albañil o mesero. Me daba lo mismo. Tenía a mi mujer, tenía a mi nena: las dos mujeres más importantes de mi vida al lado mío. Y éramos felices.
A mí, a diferencia de cualquier machista típico, no me importaba ser más estúpido que mi mujer ni ganar menos dinero que ella porque durante mucho tiempo, gracias a su forma de pensar, fui otro. Así se los dije a mi madre y a mi hermana cuando fueron a conocer a la niña y se regresaron todas decepcionadas. Ahora sí me habían amarrado allá. Y sí, el retoño —o sea, yo— era alguien irreconocible. Otra persona. Marie-Claude me había abierto un horizonte por completo diferente al que vislumbraba en Torreón. Solía llevarme a las reuniones con sus amigos jipis. Entre ellos escuchaba nociones inéditas para mí. Por mi mujer me enteré también de que había algo llamado comercio “equitable”, de la importancia de la composta para la conservación del medio ambiente y, más allá de lo inusitado, que no necesitábamos un vehículo automotor para trasladarnos de un sitio a otro pues teníamos piernas o incluso bicicletas. Ahí estaba el metro, tan cómodo y limpio. Que me hubieran dicho eso a mí a los diecisiete cuando andaba quemando las llantas de un Jaguar por las calles de Torreón. Marie-Claude me habló incluso del trabajo “benévolo” que ella practicaba de vez en cuando en una ONG, en un banco de alimentos o en un albergue para indigentes. Pero hay algunas cosas que por mucho que nos machaquen nunca nos podrán entrar en la cabeza, hay líneas de pensamiento que no serán nunca modificadas por habernos acompañado desde el primer día en esta Tierra y, aunque queramos cambiarlas a nombre del ser amado, tal cambio no se volverá jamás una realidad. Yo, después de todo, era un Bórquez Trujillo. Venía de una de las familias más encumbradas y distinguidas de La Laguna. Eso no se borraba ni con estropajo. Ni siquiera con nuestras buenas intenciones.
Qué raro que todo comenzara a desmoronarse con la política y en el año dos mil seis. Antes de conocer a Marie-Claude, la política me valía madres. Pero nomás empecé a vivir con ella, me contagió su entusiasmo por el asunto. A través de Internet y, cuando se presentaba la oportunidad de un día libre, leía los periódicos y escuchaba los noticieros de Radio Fórmula. Gracias al programa del gordo Ruiz Healy supe quiénes eran los actores de la vida política en México y de qué pie cojeaban. El interés se me despertó más cuando, a partir del dos mil cuatro, empezaron los analistas a barajar los nombres de los presidenciables en México. Después de la llegada a la presidencia del PAN en dos mil con Vicente Fox, podría ser cualquiera. Desde el principio y aunque no era su país, sino el mío, Marie-Claude apoyó a los malditos populistas. Era de esperarse. Si yo escuchaba a Ruiz Healy, ella hacía lo propio con el vendido de Ricardo Rocha. A mí me hubiera gustado regresar a México para la elección y así votar en contra, precisamente, de la izquierda. Por mi carga laboral, claro, eso fue un plan frustrado. Después quise hacer el rollo ése del voto en el extranjero; pero se me hizo tan complicado que ya ni le intenté. Y en todo ese tiempo nunca le dije a mi mujer lo que de veras opinaba del estúpido PRD y de su aún más estúpido candidato. Es absurdo que desde ahí todo empezara a carcomerse desde sus cimientos. Sin embargo, así pasó.
Más absurda fue la noche del dos de julio de dos mil seis. Increíble que tras el golpeteo de los partidos políticos, un porcentaje de los mexicanos haya salido a votar como lo hizo aquel día. Ridículo que dos de los candidatos a la presidencia se proclamaran ganadores aun después de que el IFE dijera que era imposible determinar en ese momento quién era el vencedor de la contienda. Ridículo, pero quizás no tan inesperado. Una campaña electoral que se había prolongado durante dos años al final de los cuales los políticos cambiaban de partido como de color de camisa pareció poca cosa en comparación. Durante esa tensa espera por el fallo definitivo lo que nadie podía negar era la polarización entre ricos y pobres, entre ingenuos y paranoicos, entre azules y amarillos, entre liberales y conservadores. Polarización al fin y al cabo. Aunque la queramos negar, siempre está y estará ahí.
El seis de julio, luego de realizarse el cómputo de actas, luego de que se anunciara el triunfo de Felipe Calderón, todos celebramos. La gente que contaba para mí en Torreón: mi familia y mis amigos. Qué alegría. Les habíamos ganado a los pejistas, a los nacos, a los revoltosos, a los rojillos, a los subversivos, a los “primero los güevones” que ahora no iban a poder vivir del presupuesto, a los patarrajados que habrían puesto en peligro la estabilidad de nuestra nación. Pero allá en Montreal quien de veras contaba era mi mujer. Y para ella ésa había sido una derrota, un golpe más a las incipientes democracias de Latinoamérica, un escupitajo directo al ideal de un mundo más justo. Para ella, como no se venía manejando en los medios, sobre todo en Televisa y en Azteca, era obvio que algo raro, quizás hasta un fraude, había ocurrido durante la elección, que las manos sucias de la derecha intolerante y del imperialismo gringo habían hecho hasta lo indecible para impedirle a López Obrador llegar a la silla presidencial. Yo, en silencio, me alegré con los míos. Y con ella decidí callar. Al menos, ésa era mi actitud en un principio.
¿Cómo lo llamaba yo entonces a espaldas de mi mujer y con mis amigos mexicanos de allá? El Nacócrata. Un advenedizo líder social que se había alzado de la más profunda cloaca de la política. Un engañabobos que, a pesar de quedar comprobada en videos la corrupción de sus achichincles, había seguido en la cima de las encuestas. El Pejelagarto. El Innombrable. Y sus huestes de resentidos no se quedaron calladas. Salieron a manifestarse. Al ver López cómo su proyecto se venía abajo, no se dejó amedrentar. Los convocó y durante esos días tuvieron al país pendiendo de un hilo. Como si fuera a estallar una revolución. Cuando los pejistas decidieron bloquear la calle más importante del Distrito Federal, manifestarse en ella, cantar su pendejo “voto por voto” y López terminó proclamándose presidente legítimo de México en el Zócalo, ya no pude ocultarle más a Marie-Claude lo que realmente pensaba de ese despreciable y prieto mesías tropical que ahora pretendía ocupar la silla. El cabrón ése nos iba a poner en ridículo ante la opinión pública internacional. Si ni inglés sabía hablar. No era nuestro mandatario. Iban a pensar que México era una república bananera más como Venezuela o Cuba. Marie-Claude me dijo que estaba ciego. Los mismos medios de comunicación enajenantes con los que había crecido ahora se dedicaban a lavarles el cerebro a mi familia y a mis amigos diciéndonos que la elección había sido limpia y que Calderón no sería defenestrado por el pueblo bueno. Que cómo no me daba cuenta que ésa había sido una estrategia de medios más perversa que la del ochenta y ocho con Carlos Salinas de Gortari donde también hubo fraude. ¡Salinas, seguramente también metido hasta las sucias patas en todo esto! Yo, defendiendo a Calderón y ella, al Peje. Fue, aunque no me lo creas, nuestra primera desavenencia. Y aunque ese día terminamos la discusión afirmando categóricamente que nuestras diferencias de opinión no nos iban a separar, a la larga la promesa se evaporó disolviéndose en el aire. Y, con ella, se desvanecieron mis ansias de cambiar, de nulificar por completo mi otra vida en Torreón. Aquél, lo ignoraba, había sido el primer paso para mi regreso.

domingo, 22 de mayo de 2011

Payaso con machete


No amanecí oportunista. Por eso, ningún comentario sobre Cannes. Mejor hablemos de lo que nadie más habla. Ya está aquí. Lo tengo pendiente desde hace algunas semanas. Va el texto sobre Álex de la Iglesia:

Un año muy movido resultó el 2010 para el director español nacido en Bilbao Álex de la Iglesia. Desde septiembre de 2010 —mes en que ganó el León de Plata al mejor director en Venecia— hasta su incendiario discurso de despedida como presidente de la Academia de Cine en la ceremonia de los Goya en febrero de 2011, uno pensaría que el cineasta se tomaría un descanso. No es así. Ya comienza su nuevo largometraje, protagonizado por Salma Hayek y titulado La chispa de la vida (2011). Pero fue en el crédito anterior, Balada triste de trompeta (2010), donde logró reivindicarse con sus seguidores después del desastroso enigma que significara el filme de suspenso Los crímenes de Oxford.
Vale la pena el recuento de su carrera. Mirindas asesinas (1991), guión que luego se convertiría en corto hilarante con Álex Angulo, llama la atención de Pedro Almodóvar. Es su productora El Deseo la que se encargará de volver realidad el primer largometraje de Álex de la Iglesia: Acción mutante (1992), una comedia que no niega en ningún momento su carácter de ópera prima. Mirando hacia un futuro no muy lejano, en dicha cinta, un grupo terrorista de inválidos y espantajos se alían para secuestrar a la bella hija de un magnate arruinando así la boda del año. Grito de batalla y contestataria crítica a base de carcajadas de un universo cada vez más vacuo y superficial —aunque en momentos se presente como el pataleo de un adolescente ante la sociedad que lo margina— el lema de Acción mutante sería “que se mueran los ricos, guapos y famosos”.
Unos años después aparece El día de la bestia con un humor y tono similares al de su ópera prima. Luego de recuperado el aliento tras lo que podría ser visto por los sectores más conservadores como una infantil y sacrílega provocación, este crédito semeja ser un filme mucho más logrado y perdurable que el anterior. Los profetas apocalípticos, ésos que seducen las mentes de muchos incautos, se constituyen como el principal motor de la risa y, a su vez, del comentario ácido aunque no por ello falto de inteligencia. Toda la rebeldía y la explosión de la sangre son puestas en el máximo nivel y en un plano internacional con Perdita Durango (1997), basada en la obra de Barry Gifford y protagonizada por un entonces no reconocido mundialmente Javier Bardem. Hacia el final de los noventa Álex de la Iglesia ya era un director de culto.
Llega un periodo de mayor mesura, aunque el humor violento y las referencias a la cultura popular siguen estando muy presentes en su filmografía. A lo largo de Muertos de risa (1999) Nino y Bruno —dos exitosos comediantes de los años setenta que se odian jarochamente detrás de cámaras— son además el antecedente de los dos payasos del circo en Balada triste de trompeta. Carmen Maura se convierte en la ambiciosa musa del director gracias a La comunidad (2000). El enemigo a vencer será un grupo de vecinos que ha esperado años para que un anciano ganador de la lotería muera y así ellos se hagan de su fortuna. Eso hasta que una agente inmobiliaria se les cruza en el camino. La Maura repite en 800 balas (2002). Este título no sólo se erige como la primera cinta auto-producida del bilbaíno por su compañía Pánico, es también deleite especial para aquellos que, como él, crecieron con las películas de vaqueros. Un viejo doble de estas cintas interpretado por Sancho Gracia se obstina en perpetuar sus glorias pasadas en un pueblo de ficción de Almería. Y finalmente arriba la nota alta de Álex de la Iglesia con Crimen ferpecto (2004) donde un empleado mujeriego de tienda departamental (Guillermo Toledo) es víctima de chantaje erótico gracias al entrometimiento de una fea (Mónica Cervera). Tal vez Crimen ferpecto sea su largometraje más aceptable para el gran público. Aunque sin traicionar los temas cercanos como, una vez más, la condena al consumismo y a los estándares actuales de belleza. Pero de ahí, de esa joya del humor negro el director pasa a una historia en otro idioma, ubicada en otro país y con un reparto anglófono. Los crímenes de Oxford (2008), thriller pseudo-erudito al más puro estilo Código DaVinci, en mi opinión, resulta su fracaso más estrepitoso, la cinta más decepcionante en la hasta entonces consistente y casi impoluta carrera del realizador.
Como premio para sus seguidores, Álex retorna a temas y espacios más familiares con Balada triste de trompeta, primer filme no escrito al lado del guionista Jorge Guerricaechevarría. Primero además en que le concede al actor Antonio de la Torre (Paco en Volver de Almodóvar) un protagónico. Eso después de haberla hecho prácticamente de figurante en otros filmes del director como El día de la bestia y La comunidad. La película lleva al máximo todo lo aprendido a través de los años. Aquí se nota un presupuesto mayor, donde se combinan, por supuesto, la desmesura violenta de su primer periodo con la crítica subyacente y divertida del segundo. Sin embargo, existe el riesgo de repetirse. Los temas y las situaciones no dejan de ser recurrentes.
Desde su asociación con Almodóvar al inicio de su carrera, se le ha comparado con su entonces mecenas, como si cualquier cineasta salido de la Península Ibérica tuviera que pasar en los a veces bizcos ojos del mercado internacional por ese filtro. La comparación es injustificada por completo pues desde el primer crédito, desde incluso el corto Mirindas asesinas Álex de la Iglesia establece sus propias obsesiones y temas, alejados de los del manchego. Por otro lado está Quentin Tarantino. Como lógico adjetivo el hecho de que el estadounidense, siendo presidente del jurado en septiembre pasado en Venecia, haya elogiado la obra del español. Tanto así que luego del festival se habló mucho de nepotismo. Hay quienes desde la hegemonía yanqui llaman a de la Iglesia mero imitador de Tarantino. Hay obvias afinidades; pero la referencia hispánica —la cual es muy fácil que se le escape a una audiencia anglosajona— descarta también este limitado enfoque. El bilbaíno no es un simple wanabe. Su filmografía lo respalda.
Es entendible entonces que Tarantino haya disfrutado Balada triste de trompeta pues al comienzo se establecen vínculos con la reescritura paródica de los anales históricos de Bastardos sin gloria y muy pronto, una vez pasado el prólogo, se independiza por completo de esta posible antecesora. La primera escena le presenta al espectador un circo donde dos payasos, durante la Guerra Civil, intentan hacer reír a los niños. Uno de ellos, el Payaso Tonto (Santiago Segura) es en cuestión de segundos llevado, frente a los ojos de su hijo Javier, por los republicanos para que pelee con ellos. De ahí, tras un sangriento asalto con machete contra los franquistas, el payaso es capturado por el enemigo y encarcelado. Luego de recomendarle a su hijo la opción de la venganza a través de los barrotes, el joven retraído actúa y así le queda una marca de por vida. Todo esto intercalado con una de las secuencias más geniales de créditos del cine hispano. Pasan los años. Son los setenta ahora. Javier (Carlos Areces), el hijo del Payaso Tonto, ha crecido para ingresar a un circo donde será, a diferencia de su padre, el Payaso Triste. Sergio (Antonio de la Torre), su jefe y quien sí hace el papel del Payaso Tonto, le dice amenazante que si él no fuera payaso sería un asesino. Entre los dos hombres tan dispares —uno tímido y el otro extrovertido, uno en apariencia tierno y el otro irascible— estará Natalia (Carolina Bang, actual pareja del director), la atractiva acróbata. Plena de nostalgia por estar ubicada en los años de la juventud del bilbaíno, la trama se hila con este triángulo amoroso entre el Triste, el Tonto y la Chica de la Banda. Más de una risa arrancará el rostro compungido de Javier ante el riesgo de que Sergio descubra su infidelidad con Natalia. La situación se irá degradando hasta que el instinto homicida de Javier aflore y se dé un duelo de machetazos y metralletas. El reparto lo completan algunas caras que ya se han vuelto indispensables para cualquier filme de Álex de la Iglesia: Manuel Tallafé, Sancho Gracia, Enrique Villén y hasta la grandiosa Terele Pávez. La comicidad, además del reparto, también tiene como cómplices las referencias históricas y de la cultura popular (la mordida al generalísimo en un día de caza, la inserción de la melodía interpretada por Raphael que le da su título a la cinta). De Balada triste de trompeta hay que destacar el ritmo trepidante y la potencia infalible para entretener. En esos aspectos, de la Iglesia se encuentra en excelente forma. Para mí, cinéfilo que ya antes había visto todos sus créditos —unos más frescos que otros en mi mente— no deja de parecerme que ciertos recursos ya se han vuelto harto repetitivos: la rivalidad entre dos payasos (Muertos de risa), la relación amor-odio entre un hombre y una mujer (Crimen ferpecto), los símbolos religiosos que hacen diminutos a los personajes (El día de la bestia), el clímax final en las alturas (La comunidad) y, claro, nunca puede faltar en la obra del español la multitud que huye despavorida ante el peligro (fuego, balazos, lo que sea). Por eso es de esperarse también que una parte del público, ése que desconoce las manías y el sentido del humor del cineasta, se sienta excluido y clasifique la película como mero producto de un demente. Ellos sin duda dejarán disgustados la sala de cine antes del final. Lo cierto es que ya nadie negará que quien comenzó como el chico travieso del cine español desde hace años ha construido una obra importante y trascendente, una filmografía reivindicatoria del humor y, más en específico, de lo que él llama la comedia terrorífica.

Balada triste de trompeta (2010). Dirigida por Álex de la Iglesia. Producida por Vérane Frédiani, Gerardo Herrero y Franck Ribière. Protagonizada por Carlos Areces, Antonio de la Torre y Carolina Bang.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=Ura85FQoUl4
El cortometraje Mirindas asesinas: http://www.youtube.com/watch?v=_RkAPjJsDaY

domingo, 15 de mayo de 2011

La eficaz campaña de Susanne Bier


Ya me lo olía; pero hasta hoy lo pude comprobar. Algo me decía que In a Better World (Hævnen, 2010) era una película con un desenlance convencional, previsible más allá de la mitad de la misma y donde no se encontrarían fisuras ni ambigüedades. Es así como les gustan a los repartidores del Óscar. Por alguna razón El laberinto del fauno no ganó ante aquella cosa muy políticamente correcta sobre un ex-oficial redimido de la Stasi. Por alguna razón ni Un profeta ni El listón blanco pudieron contra El secreto de sus ojos y la labor de convencimiento de Campanella. La campaña de la realizadora danesa Susanne Bier resultó muy eficaz. Ya antes la habían nominado por aquella telenovela bien realizada y bien actuada llamada Después de la boda, casualmente el mismo año en que se le robó la estatuilla a Guillermo del Toro. Apenas hace dos años otra de sus películas fue refriteada en Hollywood. ¿Cómo no iba a ganar ante el novato-en-la-tierra-del-ensueño Denis Villeneuve o ante ese filme tan deprimente de González Iñárritu? No importó que tanto Incendies como Biutiful fueran si no obras maestras, sí superiores. No, eso no importa en una de las categorías más impredecibles del Óscar: la de mejor película en lengua extranjera. De esta forma, Hævnen nos muestra las travesuras de dos niños marginados en su escuela. De ahí, por supuesto, a los problemas que enfrentan sus respectivas familias (viudez, separación). El argumento nos habla, sin tapujos ni sutilezas, de acoso escolar (eso que ahora llaman sin traducción bullying), de abandono, de confusión adolescente. Y, claro, cuando todo parece a punto de culminar en tragedia... ¿Para qué contar más? Todos sabemos que al tío Óscar le desagrada que se mueran los niños, incluso los malos. Más le encanta que esos niños malos se vuelvan buenos. Y por supuesto que todos los conflictos se resuelvan. Y así vivieron felices y comieron ya sabemos qué. No vale la pena desperdiciar más tinta en esta preciosura que, con bastante menos presupuesto, habría terminado en el canal Hallmark.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=ava0Rn8nrVs

Nota al pie: Ahora sí, con menos obligaciones laborales, viene el artículo sobre la más reciente de Álex de la Iglesia, un señor que ni con todas las campañas del mundo podría ganar un Óscar. Y eso no es nada malo. Al contrario.

domingo, 8 de mayo de 2011

¿Quién plagió a quién? (XVII)


No, no y no. Cachirulo no era pirata. Ese amigo de los niños no se robaba el trabajo creativo de otros. Me resisto, como antiguo telespectador de su programa Érase que se era, a pensar que el buen Cachirulo se fusiló con alevosía y ventaja el tema principal de la soporífera (tanto entonces como ahora) película musical Camelot (1967), aquélla donde figurara Richard Harris como un rey Arturo de peluquín y sombra en los ojos al lado de la tan-pelirroja-como-Cachirulo Vanessa Redgrave, ésta ostentándose en la piel de Ginebra. Si Cachirulo se fusiló algo al menos agradezcamos que sí fueron los únicos cinco minutos valiosos del filme de tres horas. Hasta el bello recuerdo de esa intermitente luz en el castillito de papel al inicio del programa me quieren quitar. Ni modo. Los detestables links a continuación. Es especial, para todos esos ángeles defensores de los derechos de autor:
http://www.youtube.com/watch?v=4wSpgl_7ijM
http://www.youtube.com/watch?v=e2bSqcFPJbs
http://www.youtube.com/watch?v=wzh6VKpB6qc