miércoles, 31 de diciembre de 2014

De expectativas y desprecios o de mamis amorosas y chicos malos

La pasarela para satisfacer las aspiraciones en el universo del cine de naciones no-angloparlantes se da de forma idéntica cada año. La meta, por supuesto, se encuentra en Hollywood. Y ahí, en la tierra de los ensueños, el objetivo consiste en conseguir a toda costa ese monigote dorado de cuyo nombre no quiero acordarme. El primer paso se emprende cuando llega el anuncio dentro de cada país del título de la cinta elegida como representante. Después será escudriñada por los nebulosos personajes que conforman la supuesta academia del no-mentado premio. Así se irá escribiendo una lista con cientos de suspirantes. Hacia finales del año se da a conocer una mucho más reducida. De sólo diez o nueve títulos. Para que luego —cuando por fin se proclamen durante cierta mañana las muy-esperadas-por-los-idiotas nominaciones— el número se reduzca a cinco. Ese día en las naciones de origen y en específico en sus medios de comunicación masiva se cacareará el logro como si se tratase de medalla en justa olímpica. El orgullo nacional se henchirá orondo ante el reconocimiento de Hollywood en arte cinematográfico.
No niego que en las líneas precedentes hablan mis prejuicios con respecto al cine comercial estadounidense. Al fin y al cabo en los últimos años me han parecido increíbles por atinadas las elecciones en la categoría de los largometrajes en lengua extranjera. Pongo como ejemplos Una separación, Amour y La gran belleza. Una vez más defiendo la subjetividad de esta entrada al blog y retomo el hilo. Por desgracia este año (o más bien el próximo que comienza) ni México ni Canadá podrán aspirar a que sus películas representantes ganen el premio de la susodicha categoría. Una vez más recordemos que, para Hollywood, “cinta extranjera” se trata de cualquier otra que no esté hablada en inglés. No dedicaré ni un párrafo a la mexicana Cantinflas (2014) de Sebastián del Amo. Diré sólo que una biopic que termina siendo más bien una comedia con tintes de farsa y repleta tanto de humor involuntario como de pésimas elecciones para el reparto no merece desperdicio de tinta. Más bien analizaré un poco el fenómeno de Mommy (2014) de Xavier Dolan, la película elegida por Canadá para ser su representante en esta deleznable —por injusta y excluyente— pasarela fílmica.
La carrera del hoy alabado largometraje da inicio en Francia, durante el festival de Cannes. Un lugar donde el joven realizador y actor quebequense ya es consentido. Recordemos que con apenas 25 años Dolan cuenta con cinco créditos: su ópera prima J’ai tué ma mère, Los amores imaginarios, Laurence Anyways, Tom en la granja y el presentado en Cannes, Mommy. Al final comparte el premio del jurado con Jean-Luc Godard. Acto del grupo comandado por Jane Campion para reconocer en decisión salomónica al director más joven y al más veterano. Algunos meses después la película se estrena en la provincia de Quebec y en Francia convirtiéndose sin duda en la más taquillera en la filmografía del realizador. Pronto se anuncia que Mommy va a representar a Canadá en la competencia de belleza fílmica en Hollywood. El sentimiento nacionalista —en este caso, mucho más el quebequense que el canadiense— se infla. Varios comentadores de la cultura en Quebec dan como un hecho la nominación. No sólo en una categoría. Auguran incluso la mención como mejor actriz principal para Anne Dorval. Esta apuesta se torna más bien deseo lejano cuando aquélla se da por ganada. Después de todo en años anteriores cintas producidas dentro de la provincia francófona de Canadá obtuvieron el grandísimo honor tres años seguidos: La mujer que cantaba, Señor Lazhar y Rebelle. Ninguna ganó, dicho sea de paso. Pero, eso sí, estuvieron nominadas. Por su parte Xavier Dolan declara sonriente que le encantaría ir a la ceremonia. A pesar de que el suyo es etiquetado como “cine de autor” no niega que se ha criado desde pequeño en el comercial. Ya empieza a codearse —en Twitter, claro— con estrellas de la talla de Jessica Chastain, quien manifiesta a través de la red social su deseo de trabajar en el futuro con el prometedor cineasta. Pero hace apenas unos días todas las esperanzas se derrumban cuando se anuncia en Quebec no tanto qué cintas sí están incluidas en la famosa lista corta del monigote dorado sino que Mommy ha sido despreciada. Naturalmente todo lo anterior va creando en mí una expectativa grande: el constante halago de los medios quebequenses, el suceso en Cannes seguido de un discurso muy conmovedor, las opiniones de críticos especializados cuando la cinta por fin se estrena en Montreal y la indiferencia de una premiación hollywoodense convencional.
Xavier Dolan arranca con una premisa ubicada en un porvenir posible. Ahí los padres con adolescentes violentos a causa de alguna enfermedad mental —una de ésas de incesantes siglas que quién sabe qué quieran decir— podrán en un caso de urgencia pasarle la patria potestad al estado y mandar a los retoños a una institución psiquiátrica. Aun con esta premisa Mommy pretende deambular dentro de los linderos del realismo. Tal vez con poco éxito. La “mami” a la que el título alude se llama Diane “Die” Després (Anne Dorval). Ella es una viuda de mediana edad que se viste de forma muy llamativa, masca chicle sin pudor, nunca se queda callada y carga consigo un montón de llaves. Tan pronto inicia la cinta los espectadores se enteran de que Die tiene un hijo problema de dieciséis años: Steve (Antoine-Olivier Pilon). El muchacho acaba de ser expulsado de una especie de reformatorio luego de un acto de violencia. La madre, a pesar de no contar con suficientes recursos, se ve obligada a compartir la vida con Steve. Todos dan su lucha por perdida. Pero Die está dispuesta a demostrarles a esos incrédulos que puede sacar adelante a su hijo y hacer de él un hombre de bien.
La relación es de un amor desbocado, uno que pareciera no tener límites. Sin embargo, cuidar de un adolescente hiperactivo y con déficit de atención se torna un trabajo de tiempo completo porque no en pocas ocasiones explota y recurre a los golpes y a los escupitajos. Die no puede permanecer junto a él todo el tiempo. Para darle la vida que merece —su ropa, sus audífonos y su iPhone— tiene que trabajar: limpiando casas o haciendo traducciones de libros para niños (aunque en algún momento se mencione que la mujer no cuenta ni con educación básica). Una vecina y antigua maestra en año sabático cerrará el triángulo. Entre Kyla (Suzanne Clément) y Die la solidaridad entre mujeres se manifiesta. Esta introvertida maestra tartamuda acudirá cada día al departamento de su vecina para ayudar a Steve con sus estudios. Expuesta a los exabruptos no poco frecuentes del joven Kyla se dará cuenta de que no será una misión nada fácil.
Ante lo grande de mis expectativas sólo puedo decir que Mommy me decepcionó bastante. Aprecio el sello que Dolan le da a su obra: la banda sonora impecable, la tendencia hacia un favorecimiento de la estética y el intento por representar a una clase social baja sin tremendismos. Pero debo admitir que muchos otros aspectos me molestan. A diferencia de El gran hotel Budapest, el tamaño de la pantalla semeja un capricho desplegado sólo para llamar la atención. Dolan explica que no quería distracciones fuera de los rostros de los personajes y una pantalla cuadrada beneficiaba esto. Igual con este argumento se siente como un truco injustificado. En unas cuantas escenas se abre paulatinamente la pantalla a su tamaño habitual (el rectangular) y sólo en instantes de plena libertad de los protagonistas. Luego están estos héroes caricaturizados para favorecer una emoción desbordada y tal vez también tendiente a cosechar premios. Dentro del filme se producen despliegues actorales que caminan de forma azarosa sobre la frontera entre lo sublime y lo absurdo. Para colmo, poca empatía logra suscitar el imberbe Antoine-Olivier Pilon. El joven no es tan encantador como para perdonarle todos los desmanes causados. Quien interpreta a Steve tendría que haber poseído un carisma que colmase la pantalla. No es el caso aquí. Las caras y gestos de Pilon son propios de un comediante de quinta. Hasta cae como patada al hígado cuando está siendo amoroso con la madre.
El realismo poco a poco se ve alterado por estos temperamentos sin bridas tan presentes en los dos personajes principales. Y en lo que en México podríamos llamar su “naquez”. El mismo Dolan admite en entrevistas que éste no es el entorno social dentro del cual creció siendo su madre funcionaria y su padre actor. Gana muchos puntos por no haber caído en el desgarro ni haberse regodeado con la miseria —¿se puede de veras hablar de miseria en Quebec?— de esta familia de dos. A base de decisiones que realzan el esteticismo de la cinta cae en la exageración. Hasta bordear lo risible. Basta mirar lo recargado en la representación física de Die para cerciorarse: la minifalda ceñida, los colores contrastantes, el llavero choncho, los rayitos en el pelo, el chicle, los tacones. Un poco más y sería Nacaranda. Cuento de nunca acabar si me detengo a enumerar cada detalle. El acabose de este reflejo de lo naco quebequense es la incursión de una canción melosa de Céline Dion (On ne change pas) con la cual los tres personajes principales hacen playback, cantan y Kyla sale un poco avante de su inexplicable tartamudeo. De nuevo una decisión estética que engolosina la mirada y que se ve hermosa en pantalla. Aunque dinamita la verosimilitud del relato. La caricatura de nuevo le resta credibilidad a la historia cuando Dolan decide representar la institución mental a la que va a dar el adolescente —final ya proyectado al comienzo desde la mención de la ley ficticia. En este desenlace se le da otra vez rienda suelta (o tal vez no tanto si fuera explícita la presencia de un sueño) a la imaginación: una llamada durante la cual Die escucha la voz de su hijo mientras del otro lado de la línea un loquero le sostiene al muchacho el auricular ya que él no puede hacerlo por lucir una muy típica camisa de fuerza. Por último tenemos a Kyla. El personaje de la maestra tartamuda es el que más artificial y desdibujado se nos muestra. Como sacado de la manga, sin profundidad alguna y sólo como asistente para los otros dos. Jamás se le da una pista al espectador tan siquiera de por qué es infeliz con su familia, de dónde viene su tartamudez tratándose de alguien que vive de su voz o cuáles son sus motivos fuera de la vecindad para codearse con gente como Die o Steve.
De agradecerse la buena intención del cineasta de intentar desplegar sobre la pantalla personajes femeninos complejos y fuertes en un estilo que algunos podrían comparar con el de Pedro Almodóvar. Pero Mommy demuestra —a pesar de sus premios y de los dólares canadienses o euros en taquilla— que a Xavier Dolan todavía le falta afinar detalles en el campo de la narrativa. Otros aspectos de la labor fílmica se hallan bien desarrollados. Aunque por subrayar con tanto énfasis la pirotecnia de las interpretaciones —sobre todo, las femeninas— el cineasta rompe la ilusión de verosimilitud y hace obvias las costuras del artificio. Demasiado obvias. Había mayor madurez, contención y sutileza en su crédito anterior, Tom en el granero. Lástima. Porque Mommy pudo haberse convertido en una obra maestra. Me pregunto un poco asustado si será posible que los “académicos” de Hollywood hayan acertado al sacarla del certamen. Coincidir con sus criterios me daría mucho miedo. La cinta se presentó en México durante un festival en Los Cabos e hizo su debut en cines a finales de 2014 dentro de la programación de la 57 muestra. Según el sitio de Cinépolis, tiene previsto su estreno comercial para el 8 de enero.

Mommy (2014) Dirigida por Xavier Dolan. Producida por Xavier Dolan y Nancy Grant. Protagonizada por Anne Dorval, Antoine-Olivier Pilon y Suzanne Clément.

martes, 30 de diciembre de 2014

jueves, 25 de diciembre de 2014

Dos historias de crecimiento

Comienza esa odiosa época del año —no importa cuál, 2014 o 2015, da lo mismo— repleta de ceremonias cuya verdadera intención es vender como profundo e interesante todo el cine en inglés posible. Y en específico el ungido por Hollywood. Ante mi hastío cada vez más grande con la escritura sobre cine, ante lo fácil que es predecir un fenómeno mercadotécnico de premiaciones donde aunque los nombres cambien cada año los métodos seguirán siendo siempre los mismos, ante la imposibilidad por la falta de tiempo de sentarme y reflexionar con palabras lo que acabo de ver sobre una pantalla cinematográfica, ante la inquietud de que al hacerlo en realidad pierdo tanto tiempo como dinero; he decidido sustraerme casi por completo de esta mojiganga anual y sólo enfocarme en dos o tres películas. Las que a mí me gusten y ya. Tanta es la sumisión global de cara a un tipo de cine y a una cinematografía exclusivamente en inglés que en la actualidad ya es común que directores de origen hispano incluso borren por completo su primer apellido puesto que en los países anglosajones son leídos como sus segundos nombres. Así el apellido materno se convierte como por arte de magia en el paterno y éste en el segundo nombre. Para comprobarlo basta echarle un vistazo a la publicidad de Birdman (2014) de Alejandro González Iñárritu quien, por el efecto descrito con anterioridad, ha pasado a ser para el mundo anglosajón “Alejandro G. Iñárritu”. Eso, sin embargo, no le quita ningún mérito a su trabajo como director en la citada película. Eso, al fin y al cabo, es un asunto de mercadotecnia. Igual que las mentadas premiaciones. Entonces para qué cacarearlas tanto en los medios de comunicación. Quién sabe. No me detengo más. A despachar algunas cintas que quizás sean (o quizás no) las consentidas de ese monigote dorado cuyo nombre me resisto a pronunciar pero que todo el orbe conoce muy bien:


Hago esfuerzos mnemotécnicos y desentierro imágenes guardadas hace ya rato en un destartalado baúl de recuerdos. La primera cinta a tratar se estrenó en la ciudad donde vivo hacia el final de verano. Así que, luego de un intenso trimestre en la docencia de tiempo completo, trabajo apenas con impresiones que ya cuentan varios meses de depósito en mi cerebro. Boyhood (2014) —traducida en México simplonamente como Momentos de una vida— se ha manejado en el mundillo de la reseña fílmica como un hito en la cinematografía estadounidense. Y tiene razón la crítica. Lo es. Por esa razón estará nominada dentro del festín de premiaciones hollywoodenses en todas las categorías importantes. Durante su génesis, sin embargo, no se le puede asociar con lo comercial ni con un presupuesto mayor. Al contrario. Richard Linklater —director oriundo de Texas y artífice de películas de corte independiente como Antes del amanecer y Despertando a la vida— se dio a la laboriosa tarea de filmar a los mismos actores en diferentes etapas a lo largo de 12 años documentando así el envejecimiento de unos (los padres) y el crecimiento de otros (los hijos). El resultado bien podría calificarse de oda a esa etapa azarosa pero determinante entre la niñez y la adolescencia que le da título al largometraje. La idea surge en la mente de Linklater muy atrás. Cuando por primera vez ingresó a la escuela primaria y se dio cuenta de que pasaría los próximos años de su vida (de los 6 a los 18) en el mismo lugar y rodeado por la misma gente. Aquello para un niño, afirma Linklater, era muy similar a una condena en prisión.
Por presentar una textura de obvia verosimilitud dentro de un esfuerzo de ficción Boyhood me recuerda a Seven Up (1964) y sus secuelas, esa serie de documentales británicos dirigidos en su gran mayoría por Michael Apted. El crecimiento de las personas captadas por la cámara se da frente a los ojos atónitos del espectador, despojando la experiencia de todo artificio (maquillaje, peluca, etcétera). De repente, viendo tanto Boyhood como los documentales mencionados, se da un proceso de identificación intensa con quienes se presentan ante uno. No hay otro adjetivo para describir estas cintas. Son profundamente humanas. Boyhood, entonces, se conforma con una serie de viñetas en la vida del personaje principal, Mason (Ellar Coltrane). Cuando el plano inicial se abre para develarnos el espacio (una mirada fija en el cielo) nos muestra además a ese niño de seis años cuyos padres (Patricia Arquette, Ethan Hawke) se encuentran separados hace tiempo. Pronto Mason y su hermana mayor Samantha (interpretada por Lorelei Linklater, la hija del director) serán llevados por su madre a Houston. Olivia, la madre, quiere terminar ahí sus estudios universitarios. La mujer desea superarse para ofrecerles una vida mejor a los dos hijos pues sabe que no cuenta para nada con el todavía inmaduro padre de ellos. Para cuando termine la cinta —casi tres horas después, horas que dicho sea de paso ni siquiera se sienten— todos estos personajes habrán envejecido 12 años y esto sin necesidad de plastas de maquillaje, canas falsas o efectos generados por computadora.


El potente encanto de Boyhood no radica en contarnos una historia donde un conflicto enfrente a varios personajes sino en presentarnos la vida de los mismos a lo largo de los años y hacerlo de la forma más sincera posible, valiéndose de claves familiares con las que la mayoría de los espectadores —por haber vivido precisamente en familia— reconocerán: la separación de los padres, las mudanzas, la esperanza de renovarse en un lugar diferente, el primer día de clases en otra escuela, los primeros síntomas del enamoramiento, las pérdidas, las separaciones incluso violentas, el descubrimiento de la sexualidad o de las drogas, las fiestas de adolescentes, las primeras desilusiones amorosas, los chismes o el momento de abrazar una vocación. Así hasta culminar con la llegada de Mason a la universidad. El mayor mérito de Linklater con Boyhood es mostrar de forma muy humana algo tan simple y cotidiano como el transcurso de la vida. Con esta película también queda comprobado lo inútil que algunos presupuestos multimillonarios resultan.


Los dos largometrajes a reseñar en esta entrada del blog comparten su origen en el cine independiente de los Estados Unidos. En el segundo todavía tengo impresiones frescas por haberlo visto hace algunas semanas. De igual manera que con Boyhood, podría decirse que Whiplash (2014) contiene en su médula una historia de crecimiento. Aunque en la segunda las fuerzas opuestas a lo largo de la cinta le dan un énfasis mayor a la narrativa. No tanto a los personajes. No se trata de contemplar el florecimiento de la vida humana con sus altibajos sino de presenciar un conflicto. En específico, un duelo a muerte entre alumno y maestro que empujará al primero a madurar. Lo de “a muerte”, claro, no debe tomarse tan literalmente. Aunque sí le añade bastante tensión al desarrollo de la trama. Con toda proporción guardada (diferencia de género, época, ambiente escolar) hay algo de Los mejores años de Miss Brodie (1969) en Whiplash. Así como Sandy, ante la figura de su maestra Jean Brodie, va de la admiración profunda al odio recalcitrante el joven protagonista del segundo crédito de Damien Chazelle experimentará sentimientos similares por un profesor de jazz excesivamente cruel.
Andrew Neiman (Miles Teller) entra al primer año de un prestigiado conservatorio. Tiene 19 años y desea convertirse en el mejor baterista de jazz. Una noche mientras practica en un sitio aislado del conservatorio tiene una aparición terrible: el profesor más temido en la institución entra para escucharlo. Aunque nunca lo ha visto antes Andrew sabe que es él quien comanda la agrupación que gana todas las competencias regionales para aumentar el prestigio del conservatorio. Quien acaba de entrar para escucharlo se llama Terence Fletcher (J. K. Simmons). Tan pronto Andrew se convierte en el miembro más joven de la banda de Fletcher, el maestro intenta ganarse su confianza y sacarle información personal (padre fracasado, madre que ha abandonado el hogar) para luego humillarlo frente al resto de sus compañeros. Parecería que la única intención del maestro consiste en quebrantar la voluntad de sus alumnos hasta hacerlos alejarse de la música. Fletcher vociferará toda suerte de insultos y lanzará el objeto más contundente que tenga a la mano con tal de obligarlos a alcanzar la perfección. Andrew, sin embargo, reacciona a los abusos matutinos practicando más y más horas por la noche. Incluso hasta que los dedos le sangran —por su exageración, se entiende, una licencia poética del cineasta a cargo del filme. Además, el ganarse un lugar en la banda de jazz de Fletcher lo hace superar su timidez y acercarse a Nicole (Melissa Benoist), la chica que atiende la confitería del cine al que Andrew acude frecuentemente con su padre (interpretado por Paul Reiser). Pero también la influencia del maestro lo catapulta a un estrato donde albergará ambiciones desmedidas. Pronto comenzará a humillar a quienes tiene a su alrededor. Esto conforme el baterista en ciernes vaya creyendo que como músico de jazz el destino le tiene deparada la gloria. Un fracaso de proporciones mayúsculas se le augura a Andrew. Lo anterior ocurre en el peor momento posible: cuando tenga que presentarse a una competencia y no llegue a tiempo para integrarse a la banda. Tras el derrumbe, el abandono de su pasión y un encuentro casual en un club de jazz algún tiempo después, Fletcher le confiesa sus motivos. Al unísono Chazelle les plantea a los espectadores el dilema moral de la cinta: qué tiene que dejar en el camino un artista para alcanzar el éxito y qué están dispuestos a hacer quienes son capaces de moldear el talento de los jóvenes para lograr ese objetivo.  En el caso de Fletcher, como profesor, el fin justifica los medios. Si es necesario insultar, gritar, zaherir o incluso lanzarles instrumentos musicales a la cabeza a los alumnos para sacar de ellos lo mejor, lo hará sin remordimientos.


Whiplash —en México distribuida con un innecesario subtítulo— destaca por sus buenas dosis de tensión. El juego de estira y afloja entre Andrew y Fletcher se vuelve muy entretenido y, sobre todo, poco previsible. Sin duda, sobresalen por encima de todos los demás elementos estas actuaciones principales. Pero nada hay que escatimarle a la dirección por parte otro joven talento: el de Damien Chazelle, antiguo músico de jazz de cuya experiencia vital se construirá la base del relato. Éste es segundo crédito de un realizador que ni siquiera llega a los 30 años. Tal vez por su juventud e inexperiencia Chazelle no habrá hallado en principio el modo de trasladar su guión al cine. Decide entonces filmar un corto para lograr levantar el proyecto del largometraje. Después de ganar un premio en el festival de Sundance, Chazelle filma el largo (homónimo del corto) que al cabo será presentado en otra edición del mismo festival y le otorgará tanto el premio del jurado como el de la audiencia. Lo anterior le permite además presentarse en el festival de Toronto y captar ahí la atención de quienes detentan el poder de las premiaciones en Hollywood. Seguramente quien mayores menciones se lleve durante la temporada de fatuas ceremonias será J. K. Simmons por su extraordinaria participación actoral como el inolvidable y despiadado profesor Terence Fletcher. Las dos películas tienen como fecha de estreno para México el 1 de enero.

Momentos de una vida (Boyhood, 2014). Dirigida por Richard Linklater. Producida por Richard Linklater et al. Protagonizada por Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke y Lorelei Linklater.

Whiplash: Música y obsesión (2014). Dirigida por Damien Chazelle. Producida por Jason Blum et al. Protagonizada por Miles Teller, J. K. Simmons, Paul Reiser y Melissa Benoist.
El avance: http://www.youtube.com/watch?v=adpwnFFxXOo

Nota del 29 de diciembre: Según Cinemex Whiplash se estrena el 1 de enero. Pero de acuerdo con el sitio de Cinépolis la fecha de estreno es el 22.

jueves, 18 de diciembre de 2014