jueves, 25 de diciembre de 2014

Dos historias de crecimiento

Comienza esa odiosa época del año —no importa cuál, 2014 o 2015, da lo mismo— repleta de ceremonias cuya verdadera intención es vender como profundo e interesante todo el cine en inglés posible. Y en específico el ungido por Hollywood. Ante mi hastío cada vez más grande con la escritura sobre cine, ante lo fácil que es predecir un fenómeno mercadotécnico de premiaciones donde aunque los nombres cambien cada año los métodos seguirán siendo siempre los mismos, ante la imposibilidad por la falta de tiempo de sentarme y reflexionar con palabras lo que acabo de ver sobre una pantalla cinematográfica, ante la inquietud de que al hacerlo en realidad pierdo tanto tiempo como dinero; he decidido sustraerme casi por completo de esta mojiganga anual y sólo enfocarme en dos o tres películas. Las que a mí me gusten y ya. Tanta es la sumisión global de cara a un tipo de cine y a una cinematografía exclusivamente en inglés que en la actualidad ya es común que directores de origen hispano incluso borren por completo su primer apellido puesto que en los países anglosajones son leídos como sus segundos nombres. Así el apellido materno se convierte como por arte de magia en el paterno y éste en el segundo nombre. Para comprobarlo basta echarle un vistazo a la publicidad de Birdman (2014) de Alejandro González Iñárritu quien, por el efecto descrito con anterioridad, ha pasado a ser para el mundo anglosajón “Alejandro G. Iñárritu”. Eso, sin embargo, no le quita ningún mérito a su trabajo como director en la citada película. Eso, al fin y al cabo, es un asunto de mercadotecnia. Igual que las mentadas premiaciones. Entonces para qué cacarearlas tanto en los medios de comunicación. Quién sabe. No me detengo más. A despachar algunas cintas que quizás sean (o quizás no) las consentidas de ese monigote dorado cuyo nombre me resisto a pronunciar pero que todo el orbe conoce muy bien:


Hago esfuerzos mnemotécnicos y desentierro imágenes guardadas hace ya rato en un destartalado baúl de recuerdos. La primera cinta a tratar se estrenó en la ciudad donde vivo hacia el final de verano. Así que, luego de un intenso trimestre en la docencia de tiempo completo, trabajo apenas con impresiones que ya cuentan varios meses de depósito en mi cerebro. Boyhood (2014) —traducida en México simplonamente como Momentos de una vida— se ha manejado en el mundillo de la reseña fílmica como un hito en la cinematografía estadounidense. Y tiene razón la crítica. Lo es. Por esa razón estará nominada dentro del festín de premiaciones hollywoodenses en todas las categorías importantes. Durante su génesis, sin embargo, no se le puede asociar con lo comercial ni con un presupuesto mayor. Al contrario. Richard Linklater —director oriundo de Texas y artífice de películas de corte independiente como Antes del amanecer y Despertando a la vida— se dio a la laboriosa tarea de filmar a los mismos actores en diferentes etapas a lo largo de 12 años documentando así el envejecimiento de unos (los padres) y el crecimiento de otros (los hijos). El resultado bien podría calificarse de oda a esa etapa azarosa pero determinante entre la niñez y la adolescencia que le da título al largometraje. La idea surge en la mente de Linklater muy atrás. Cuando por primera vez ingresó a la escuela primaria y se dio cuenta de que pasaría los próximos años de su vida (de los 6 a los 18) en el mismo lugar y rodeado por la misma gente. Aquello para un niño, afirma Linklater, era muy similar a una condena en prisión.
Por presentar una textura de obvia verosimilitud dentro de un esfuerzo de ficción Boyhood me recuerda a Seven Up (1964) y sus secuelas, esa serie de documentales británicos dirigidos en su gran mayoría por Michael Apted. El crecimiento de las personas captadas por la cámara se da frente a los ojos atónitos del espectador, despojando la experiencia de todo artificio (maquillaje, peluca, etcétera). De repente, viendo tanto Boyhood como los documentales mencionados, se da un proceso de identificación intensa con quienes se presentan ante uno. No hay otro adjetivo para describir estas cintas. Son profundamente humanas. Boyhood, entonces, se conforma con una serie de viñetas en la vida del personaje principal, Mason (Ellar Coltrane). Cuando el plano inicial se abre para develarnos el espacio (una mirada fija en el cielo) nos muestra además a ese niño de seis años cuyos padres (Patricia Arquette, Ethan Hawke) se encuentran separados hace tiempo. Pronto Mason y su hermana mayor Samantha (interpretada por Lorelei Linklater, la hija del director) serán llevados por su madre a Houston. Olivia, la madre, quiere terminar ahí sus estudios universitarios. La mujer desea superarse para ofrecerles una vida mejor a los dos hijos pues sabe que no cuenta para nada con el todavía inmaduro padre de ellos. Para cuando termine la cinta —casi tres horas después, horas que dicho sea de paso ni siquiera se sienten— todos estos personajes habrán envejecido 12 años y esto sin necesidad de plastas de maquillaje, canas falsas o efectos generados por computadora.


El potente encanto de Boyhood no radica en contarnos una historia donde un conflicto enfrente a varios personajes sino en presentarnos la vida de los mismos a lo largo de los años y hacerlo de la forma más sincera posible, valiéndose de claves familiares con las que la mayoría de los espectadores —por haber vivido precisamente en familia— reconocerán: la separación de los padres, las mudanzas, la esperanza de renovarse en un lugar diferente, el primer día de clases en otra escuela, los primeros síntomas del enamoramiento, las pérdidas, las separaciones incluso violentas, el descubrimiento de la sexualidad o de las drogas, las fiestas de adolescentes, las primeras desilusiones amorosas, los chismes o el momento de abrazar una vocación. Así hasta culminar con la llegada de Mason a la universidad. El mayor mérito de Linklater con Boyhood es mostrar de forma muy humana algo tan simple y cotidiano como el transcurso de la vida. Con esta película también queda comprobado lo inútil que algunos presupuestos multimillonarios resultan.


Los dos largometrajes a reseñar en esta entrada del blog comparten su origen en el cine independiente de los Estados Unidos. En el segundo todavía tengo impresiones frescas por haberlo visto hace algunas semanas. De igual manera que con Boyhood, podría decirse que Whiplash (2014) contiene en su médula una historia de crecimiento. Aunque en la segunda las fuerzas opuestas a lo largo de la cinta le dan un énfasis mayor a la narrativa. No tanto a los personajes. No se trata de contemplar el florecimiento de la vida humana con sus altibajos sino de presenciar un conflicto. En específico, un duelo a muerte entre alumno y maestro que empujará al primero a madurar. Lo de “a muerte”, claro, no debe tomarse tan literalmente. Aunque sí le añade bastante tensión al desarrollo de la trama. Con toda proporción guardada (diferencia de género, época, ambiente escolar) hay algo de Los mejores años de Miss Brodie (1969) en Whiplash. Así como Sandy, ante la figura de su maestra Jean Brodie, va de la admiración profunda al odio recalcitrante el joven protagonista del segundo crédito de Damien Chazelle experimentará sentimientos similares por un profesor de jazz excesivamente cruel.
Andrew Neiman (Miles Teller) entra al primer año de un prestigiado conservatorio. Tiene 19 años y desea convertirse en el mejor baterista de jazz. Una noche mientras practica en un sitio aislado del conservatorio tiene una aparición terrible: el profesor más temido en la institución entra para escucharlo. Aunque nunca lo ha visto antes Andrew sabe que es él quien comanda la agrupación que gana todas las competencias regionales para aumentar el prestigio del conservatorio. Quien acaba de entrar para escucharlo se llama Terence Fletcher (J. K. Simmons). Tan pronto Andrew se convierte en el miembro más joven de la banda de Fletcher, el maestro intenta ganarse su confianza y sacarle información personal (padre fracasado, madre que ha abandonado el hogar) para luego humillarlo frente al resto de sus compañeros. Parecería que la única intención del maestro consiste en quebrantar la voluntad de sus alumnos hasta hacerlos alejarse de la música. Fletcher vociferará toda suerte de insultos y lanzará el objeto más contundente que tenga a la mano con tal de obligarlos a alcanzar la perfección. Andrew, sin embargo, reacciona a los abusos matutinos practicando más y más horas por la noche. Incluso hasta que los dedos le sangran —por su exageración, se entiende, una licencia poética del cineasta a cargo del filme. Además, el ganarse un lugar en la banda de jazz de Fletcher lo hace superar su timidez y acercarse a Nicole (Melissa Benoist), la chica que atiende la confitería del cine al que Andrew acude frecuentemente con su padre (interpretado por Paul Reiser). Pero también la influencia del maestro lo catapulta a un estrato donde albergará ambiciones desmedidas. Pronto comenzará a humillar a quienes tiene a su alrededor. Esto conforme el baterista en ciernes vaya creyendo que como músico de jazz el destino le tiene deparada la gloria. Un fracaso de proporciones mayúsculas se le augura a Andrew. Lo anterior ocurre en el peor momento posible: cuando tenga que presentarse a una competencia y no llegue a tiempo para integrarse a la banda. Tras el derrumbe, el abandono de su pasión y un encuentro casual en un club de jazz algún tiempo después, Fletcher le confiesa sus motivos. Al unísono Chazelle les plantea a los espectadores el dilema moral de la cinta: qué tiene que dejar en el camino un artista para alcanzar el éxito y qué están dispuestos a hacer quienes son capaces de moldear el talento de los jóvenes para lograr ese objetivo.  En el caso de Fletcher, como profesor, el fin justifica los medios. Si es necesario insultar, gritar, zaherir o incluso lanzarles instrumentos musicales a la cabeza a los alumnos para sacar de ellos lo mejor, lo hará sin remordimientos.


Whiplash —en México distribuida con un innecesario subtítulo— destaca por sus buenas dosis de tensión. El juego de estira y afloja entre Andrew y Fletcher se vuelve muy entretenido y, sobre todo, poco previsible. Sin duda, sobresalen por encima de todos los demás elementos estas actuaciones principales. Pero nada hay que escatimarle a la dirección por parte otro joven talento: el de Damien Chazelle, antiguo músico de jazz de cuya experiencia vital se construirá la base del relato. Éste es segundo crédito de un realizador que ni siquiera llega a los 30 años. Tal vez por su juventud e inexperiencia Chazelle no habrá hallado en principio el modo de trasladar su guión al cine. Decide entonces filmar un corto para lograr levantar el proyecto del largometraje. Después de ganar un premio en el festival de Sundance, Chazelle filma el largo (homónimo del corto) que al cabo será presentado en otra edición del mismo festival y le otorgará tanto el premio del jurado como el de la audiencia. Lo anterior le permite además presentarse en el festival de Toronto y captar ahí la atención de quienes detentan el poder de las premiaciones en Hollywood. Seguramente quien mayores menciones se lleve durante la temporada de fatuas ceremonias será J. K. Simmons por su extraordinaria participación actoral como el inolvidable y despiadado profesor Terence Fletcher. Las dos películas tienen como fecha de estreno para México el 1 de enero.

Momentos de una vida (Boyhood, 2014). Dirigida por Richard Linklater. Producida por Richard Linklater et al. Protagonizada por Ellar Coltrane, Patricia Arquette, Ethan Hawke y Lorelei Linklater.

Whiplash: Música y obsesión (2014). Dirigida por Damien Chazelle. Producida por Jason Blum et al. Protagonizada por Miles Teller, J. K. Simmons, Paul Reiser y Melissa Benoist.
El avance: http://www.youtube.com/watch?v=adpwnFFxXOo

Nota del 29 de diciembre: Según Cinemex Whiplash se estrena el 1 de enero. Pero de acuerdo con el sitio de Cinépolis la fecha de estreno es el 22.