viernes, 1 de marzo de 2019

Sueño de domingo

Por lo regular no recuerdo mis sueños. Sólo de vez en cuando se quedan grabados en mi mente luego de despertar. Hace un par de semanas logré recordar uno y lo atrapé como pescado escurridizo en la red de este texto. Lo soñé un domingo, cuando ya empezaba a clarear el día. Dentro del sueño me encuentro en un salón de clases a la antigua. Es decir, no hay cañón ni computadoras ni pizarrón táctil ni asientos con ruedas para formar equipos rápidamente. Como si volviese a mis días en la prepa o en la universidad. Apenas pupitres viejos y pizarrón para gises. De hecho, delante de mi asiento se sienta un compañero de la universidad cuya amistad todavía conservo. A mi alrededor observo a otros alumnos a quienes no reconozco. Todos, incluido mi amigo, hacen un examen. Me angustio porque yo no los imito agachando la cabeza y bailando los dedos con el bolígrafo BIC. Pronto me doy cuenta de que el examen es de inglés, por lo que a mí no tendrían que aplicármelo. Aunque la materia se prestaría para que la docente proviniera de un país anglófono (ahora recuerdo que en mis muchos años de soportar clases de inglés únicamente una vez tuve una docente “nativa” del idioma, la Sister Dolores), esta maestra de inglés del sueño es china. Una compañera al lado de mí me balbucea preguntas. La maestra no parece percatarse de que hablamos entre nosotros. No haré ningún chiste sobre la relación entre lo rasgado de sus ojos y su capacidad para ver por sería tentar a la incorrección política. Acto seguido hay un salto en el tiempo. Ahora mis compañeros de clase y yo estamos en un autobús. Conozco estas calles. Es el centro de Montreal en el verano. Mientras hablamos sobre el examen, hay una televisión prendida en la que se ve a los conductores de un programa de concursos de España (La ruleta de la suerte) resideñar un departamento para convertirlo en su nuevo estudio de grabación. A nadie le extraña que éste sea el único autobús de Montreal equipado con una pantalla de televisión para entretener a los usuarios. Pierdo el hilo con aclaraciones. De vuelta al departamento. Por el color y la forma de las paredes identifico de inmediato ese edificio. Les digo a mis compañeros que ahí vivía yo. No en ese departamento que redecoran, no. Sino en ese edificio. Una de las alumnas que viaja conmigo en el autobús de repente se ha convertido en la actriz Reese Witherspoon. El vehículo sube por una calle empinada y los estudiantes tememos que no logre remontar tan pronunciada inclinación. Dicho y hecho. El vehículo empieza a retroceder por la gravedad y con estruendo va arrasando todo a su paso: coches, árboles, incluso peatones. Mi sueño se reserva el momento del impacto que logró frenar el paso devastador del autobús. Ahora estamos en una calle más pequeña, formados en línea y con esposas en las muñecas y en los pies, como grilletes de galeotes quijotescos. Algunos de nosotros gritamos que somos estudiantes y que no tuvimos la culpa del accidente. Durante el clamor colectivo el chofer ha brillado por su ausencia, como si nunca hubiera existido. Yo, al menos, no recuerdo haberlo visto durante la secuencia dentro del autobús. Los policías que nos aprehendieron están a punto de interrogarnos ahí, al aire libre y en plena calle. No quieren esperar a llevarnos a una comisaría. Entonces me desperté.

sábado, 2 de febrero de 2019

Arte que mata

Lo de hoy ya no es el zapping. Es el swiping. Y esto último no sólo lo llevamos a cabo con contenidos en video, sino ahora incluso con las personas o con sus pensamientos. Hay un hambre insaciable por la siguiente foto o los siguientes perfil y tuit. Así el constante swipe de las redes sociales nos lleva a las plataformas (más bien, a una en particular llamada Netflix) y realizamos esta acción casi mecánica de pasar a lo siguiente para desplazarnos de una serie a otra, de una película a otra. Una y otra vez, sin parar. Cada viernes es imperativo echarles el ojo a los estrenos de la mencionada plataforma. Así lo hice ayer y me topé con un título nuevo: Velvet Buzzsaw (2019). Sólo bastó leer la sinopsis y ver el nombre del director (Dan Gilroy) para decidirme, para dejar el swipe atrás. Y caí en el engaño. La puse. Casualmente, el engaño (no tanto de la plataforma, sino más bien del mercado del arte) es el tema principal del filme.
El arte es peligroso, ésta es una de las muchas frases dogmáticas dichas por alguno de los personajes de este estreno de Netflix. Y, por supuesto, no se necesita ser genio para adivinar que ése sería el eslogan de la cinta. Sí, es cierto. Pero una cosa es que sea peligroso y otra muy diferente es que le salgan garras y te despedace. Parecería paradójico que este gigante del streaming estrene en diciembre del 2018 una película mexicana encumbrada por la crítica (sin mencionar la marejada de premios recibidos) y, escasas semanas después, saque un producto cuya historia no le pide nada al bodrio ochentero Feliz cumpleaños para mí. Así de contrastante se ha vuelto este asunto de las plataformas.
Sigo con la racha de terror que comienza con mi entrada de enero (la de Suspiria). Aunque, detrás de las situaciones manidas del género, Velvet Buzzsaw plantea una crítica feroz al mundo del arte. Tanto que pareciera que todos los personajes del reparto son como Amy Adams en Animales nocturnos. Así de cínicos, marchitos, lánguidos, displicentes, bien vestidos y modosos. Por eso, resulta muy difícil convivir con ellos. Por eso, importa poco a cuál de ellos terminarán matando las pinturas asesinas. Y no es que las películas de terror se hayan destacado por sus dosis de empatía ni que estén exentas de crítica o de comentario social. Pero en este caso resulta además difícil empatizar con el director quien, desde su nube de superioridad moral, busca crear conciencia respecto a la soberbia que los caracteriza o a los constantes absurdos que se dan entre estos traficantes del arte. Esquemático a morir resulta que haya un personaje para representar a cada eslabón de la cadena alimenticia: la curadora, la dueña de una galería, el crítico, la asistente, el representante, el artista joven urbano, el artista veterano sin inspiración, el chalán con ínfulas de pintor, etcétera. Todos interpretados por un reparto engañabobos (entre éstos, me cuento sin tapujos) en el cual los nombres más destacados son Rene Russo, Jake Gyllenhaal, Toni Collette y John Malkovich (pero, en fin, qué se puede esperar de quien aparece también en otra basura “netflixniana” como Bird Box o quien se atreve a levantar la mano cuando Amazon Prime le pide hacerla de Hércules Poirot [el vocablo en inglés “miscast” viene a la mente]).
Como Carmen Maura en La comunidad, Josephina (Zawe Ashton, quien hace carrera de relevos entre Animales nocturnos y este Velvet Buzzsaw) se encuentra con un verdadero tesoro cuando entra al departamento de un vecino anciano que acaba de morir. En este caso, sin embargo, no se trata del premio de la lotería, sino más bien de un montón de pinturas. Se le presenta así la oportunidad para que brille ante su jefa Rhodora (muy cerca del vocablo “rotonda”), dueña de una galería y rol que encarna la Russo. Al mismo tiempo, Josephina se empieza a enredar con un crítico homosexual pero muy versátil (Gyllenhaal) cuyos artículos marcan tendencia en el mundo del arte. No vale la pena ir de un personaje a otro. Ni siquiera deteniéndome en los que interpretan Collette o Malkovich. Basta decir que por ahí anda también Natalia Dyer, la joven actriz de la serie (también de Netflix) Stranger Things. Ella interpreta a una achichinclilla de gafas y con muy poca suerte que va de trabajo en trabajo tras encontrar el cadáver de su último patrón. Y sí, hay un momento en que se bromea con esto. Qué risotada.
Las pinturas homicidas encuentran, como en la citada Feliz cumpleaños para mí, las formas más ingeniosas para vengarse de los mercachifles que se atreven a comerciar con tan preciosos objetos: provocan incendios, ahorcan o mutilan brazos en instalaciones, machucan cuerpos contra una verja metálica. En fin. El colmo se da cuando la incauta Pandora que trajo tanto mal al mundo del arte termine “colorizada” e incrustada en un mural. Y sí, claro. Se entiende que como en otras cintas del género el humor les dé levedad a los instantes de suspenso. Sin embargo, cuando las cantidades de bilis que destila el director son tan evidentes, no queda más que reírse. Y más por el humor involuntario que por el voluntario. Si antes la promesa de Nightcrawler habría augurado un mejor tercer crédito, ése no es el caso aquí. Y no es que la citada ópera prima haya sido tan deslumbrante ni tan original, no. Después de todo, ahí están en el pasado esas otras críticas mordaces contra los medios de comunicación (cómo olvidar Network de Sidney Lumet, por ejemplo), pero ahí no había nada sobrenatural, ni quedaba uno con un mal sabor de boca ante la evidente superioridad moral de Dan Gilroy en Velvet Buzzsaw. Tan evidente que no deja respirar. Y el buen humor se pierde por completo.

Velvet Buzzsaw (2019). Dirigida por Dan Gilroy. Producida por Jennifer Fox. Protagonizada por Zawe Ashton, Rene Russo y Jake Gyllenhaal.

sábado, 12 de enero de 2019

La otra Suspiria

Hablando de aficionados al cine, cuando uno se enfrenta a un refrito sólo se hay de dos aguas: quienes conocen la obra original y quienes no corren con dicha suerte. Ya sea por su edad o porque no sienten ninguna curiosidad por el cine que los precedió. En el caso de Suspiria (2018) de Luca Guadagnino, pertenezco al primer grupo. Aunque no de toda la vida. Eso debo confesarlo. Como el director italiano, artífice de cintas como Io sono l’amoreLa última zambullida Llámame por tu nombre, no puedo presumir de haber visto desde niño el “clásico” (¿se permite dicha etiqueta, usada actualmente con tan poco tino, tratándose de una cinta hecha dos años después de yo naciera?) de Dario Argento. Ni siquiera desde adolescente. Tardé bastante tiempo en encontrarme con dicha producción de los años 70. Pero sí la vi años antes de acudir al cine el viernes pasado para ver la versión de Guadagnino. Viene a mi mente el recuerdo de la Boîte Noire de Montreal y su sótano repleto de cintas de culto.
En el caso de los refritos (y entiéndase que sólo estando familiarizado con la obra original) siempre me acerco a ellos con desconfianza. Y con un montón de prejuicios, dicho sea de paso. O, simplemente, ni siquiera me acerco. Así me ocurrió con Nace una estrella(2018). Y no sólo porque ya haya visto 2 de las 4 versiones oficiales (¿se puede alegar que El artista de Michel Hazanavicius es una versión más de Nace una estrella, aunque con final feliz?), sino también porque desconfío de los actores mediocres que arden en deseos de saltar a la silla del director. Aún más cuando son los protegidos de alguien como Clint Eastwood. Sin embargo, no puedo negar que el avance de la nueva Suspiria despertó mi curiosidad y decidí acercarme a una sala de cine de Torreón para acallar a esa incómoda invitada por la que tantos gatos han muerto.
En primera instancia, esta Suspiria respeta la columna vertebral de la película de los 70, la impuesta por Daria Nicolodi y Dario Argento. El planteamiento es, en esencia, el mismo: una joven aspirante a bailarina, originaria de los Estados Unidos, llega a Berlín para entrar a una prestigiosa academia. Esto, repito, en lo esencial. Ya en lo accesorio me doy cuenta de cómo Guadanigno intenta deslindarse del trabajo de Argento y justificar así la elaboración de un remake. Algunos detalles podrían citarse: el hecho de que esta Susie Bannion (Dakota Johnson) sea de origen menonita, tenga que pasar una prueba para ingresar a la academia de Helena Markos (Tilda Swinton) o que, a pesar de ser tan buena alumna, no reciba ningún tipo de hostigamiento por parte de sus compañeras (recuérdese El cisne negro, otra película macabra cuyo origen podría rastrearse hasta la Suspiria de Argento). Otros aspectos saltan a la vista. Guadanigno decide ubicar la trama en un momento convulso para Alemania. Con esto pretende, quizás, darle un trasfondo social a una película de horror. Dicho cambio lo siento hasta cierto punto injustificado y más cuando dicho trasfondo se encarna en el doctor Klemperer (personaje también interpretado por Tilda Swinton bajo gruesas capas de maquillaje que sólo producen el efecto de distraer al espectador y restarle así verosimilitud a la actuación). Por cierto, ¿a quién trataban de engañar con la payasada de inventarse a un tal Lutz Ebersdorf, histrión germano inexistente? La pretensión incluso llega a intentar ensayar sobre temas quizás algo lejanos al director como el nazismo y la división de Alemania en dos. No, éste no es el trasfondo social que muchos espectadores leyeron en, por ejemplo, La noche de los muertos vivientes(1968) de George Romero. En Suspiria 2.0 el comentario se siente metido con calzador y lo único que provoca es que la película se alargue casi dos horas y media. Si algo se agradecía en la versión de Argento era su economía en cuanto a este último aspecto.
Lo anterior no significa que el refrito se encuentre exento de interés. En cuanto a la factura, como otras obras firmadas por Guadanigno, no puedo presentar queja alguna. Otro contraste con la original salta a la vista: mientras Argento recurría a cargados colores primarios (sobre todo, el rojo), su sucesor decide desplegar tonalidades débiles, incluso grises. Y si doblegada por las plastas de maquillaje Swinton no brilla, sí lo hace en cambio como Madame Blanc y, sobre todo, en sus duelos actorales con Dakota Johnson y Angela Winkler (la inolvidable madre de Oskar Matzerath enEl tambor de hojalata). No queda ninguna duda de que la británica ya se ha convertido en la actriz fetiche del italiano. Guadanigno también es hábil a la hora de mantener el suspenso dentro de la academia de baile y encomiable resulta su afán por enlazar el baile con los ritos brujeriles (en algo las coreografías de esta academia recuerdan a Pina Bausch y una vez más nos damos cuenta de la erudición del realizador). Me será muy difícil sacarme de la cabeza los terribles retorcimientos del cuerpo de Olga. No estamos pues ante un refrito barato en el que la Suspiria de antaño se convierta en una sucesión interminable de sustos fáciles y atronadores. A kilómetros de distancia estamos del “universo” de El conjuro. E incluso Guadanigno logra darle la vuelta a la columna vertebral impuesta por la pareja Nicolodi-Argento y, gracias a este giro, la víctima a salvar en la versión original (Jessica Harper que sólo aparece fugazmente en esta otra Suspiria) más que destruir el aquelarre, viene a salvarlo y a suprimir (no siempre de forma muy amable) los desacuerdos en su interior. Y de qué manera. Si durante toda la proyección de la cinta me pregunté si en algún momento vería el desbocamiento de sangre tan característico en la obra de Argento, ese último cónclave de brujas me cerró la boca. Aunque, de tan exagerado, sí logró arrancarme una que otra risa. Algo que tampoco tendría que reprocharle a Guadanigno tomando en cuenta lo mal que han envejecido algunas escenas de la de Argento: manos peludas, ojos en la oscuridad, escenografía tembleque, etcétera. Tropiezos que los fanáticos de la obra hemos decidido perdonarle ante su inexpugnable apuesta estética.
A final de cuentas, mis prejuicios se vieron desafiados ante la Suspiria de Luca Guadanigno. A pesar de una duración demasiado extensa para una cinta del género (¿habrá sido Kubrick con El resplandor el único capaz de realizar la dificultosa hazaña?), esta nueva versión logró mantener mi interés. Ni la incursión de un trasfondo social tal vez poco justificado ni los ecos tan estridentes de feminismo ante una reunión de brujas logró distraerme tanto como el maquillaje de Tilda Swinton en su rol de viejo doctor alemán. Sin embargo, la estridencia de la escena climática le resta puntos a una obra que, a pesar de sus defectos y de cargar con la imponente sombra de la original, pudo haber sido mucho más redonda.

Suspiria (2018). Dirigida por Luca Guadagnino. Protagonizada por Dakota Johnson, Tilda Swinton, Mia Goth y Angela Winkler.

jueves, 20 de diciembre de 2018

A merced de los demás

Subí a esta bitácora fragmentos del siguiente texto hace algunos años. Entonces no me atreví a publicarlo entero por temor a represalias o, al menos, malentendidos. Ahora el tiempo y la distancia me muestran que en realidad no había nada que temer porque ninguno de mis colegas leería estas líneas. Así que aquí va enterito, con adiciones y correcciones, este relato tan reacio a morir:

A merced de los demás

I wanna go / to the late nite / double-feature / picture show
Richard O’Brien, El show de terror de Rocky
Cómo odiaba los paraguas. Sobre todo, los muertos. Pero ante el desfallecimiento inminente imitó a otros habitantes de esta ciudad y lanzó el suyo al bote de basura que acababa de cruzarse por su camino. Quién sabe por qué una mujer de edad madura le lanzó una mirada de desprecio. A ella qué le podría importar. Que no la juzgue. Si esa señora supiera…
Con el agua torrencial hasta los huesos y el fuerte viento todavía soplando, se refugió en un café. Demasiada obligación la de comprar una bebida caliente para justificar su presencia ahí. Lo hizo contando uno a uno los centavos que se le iban en ese vaso de café que no necesitaba en realidad. Se lo tomó muy despacio. Así le daba tiempo al cielo para despejarse. Luego pensó cuánto le costaría un paraguas nuevo. Y maldijo el día en que se le ocurrió inmigrar a esta urbe veleidosa.
            Llegó a su destino una hora después. Al menos, contaba con una mochila resistente y capaz de proteger lo que adentro residía. El documento que iba a entregar, su CV, estaba seco. Tras dejárselo a la secretaria de esa escuela de idiomas, se acercó a un periódico mural sobre el cual podían leerse los cursos de español que habían ofrecido durante el periodo de invierno de 2012 así como el nombre del profesor a cargo. Recorrió con el dedo los apellidos de los maestros de español de aquella institución: Donahue, O’Reilly, Jetté, McKenna, Goire, Bouchard, Chamanadjian, Desjardin, De Almeida, Angelopoulous, Gagnon, Vazquez, Rodriguez. Estos últimos dos sin acento por aquello de los teclados en inglés o en francés. Según lo percibido a primera vista, más de la mitad de ellos no tenían como lengua materna el español. Le pareció muy extraño. Qué alumno deseoso de aprender el idioma querría escoger como su profesor a alguien cuya lengua no fuera precisamente ésa. Y, sin embargo, ahí figuraban tan campantes y despreocupados dichos apellidos. Y quienes los blandían de seguro se ganaban miles de dólares al semestre sin detenerse siquiera en reflexionar si constituía o no un acto de descarada charlatanería plantarse frente a un grupo de treinta o más jóvenes para enseñarles un idioma que no era el suyo desde la cuna.
            Tardó mucho menos en regresar a la parada de autobús. A unos cuantos pasos de donde esperaba, atisbó a lo lejos su paraguas muerto dentro del bote. Así permanecían todos esos objetos desechados por sus dueños a causa del viento. Como murciélagos muertos con las alas extendidas y empapadas sobre la banqueta húmeda, implorando compasión o al menos un entierro digno. Así era esta ciudad caprichosa. Más bien, barco a la deriva bamboleado por los vientos crueles que recorrían el río San Lorenzo. Muchos otros paraguas vivos circulaban ufanos por encima de las aceras. A veces, en días lluviosos como éste, se lanzaban unos contra otros en una esgrima momentánea y vergonzosa para sus dueños. Eso la enfurecía aún más que sus carencias. O al menos de esta forma quiso pensarlo antes de que el anuncio en la caseta donde esperaba el autobús volviera a tentarla para que desviara la vista. Había atisbado el mismo cartel por primera vez en una de las estaciones del metro y no supo si creer o no en aquella publicidad. Sonaba demasiado fácil. “Je l’ai déjà fait! Qué había hecho el hombre sonriente para ganarse los mil quinientos dólares.
            Cuando ingresó al país solamente tenía visa de estudiante. Y el proceso para cambiar su estatus a “residente permanente” se había prolongado mucho más de lo que avizoraba. Para entonces ya se había arrepentido de su estrategia. Mejor le habría salido la jugada de haber pedido la residencia desde México y no una vez estando en este otro país. Todo por su desesperación. Todo por largarse de una vez y para siempre de allí. Por eso y a diferencia suya, para el resto de la gente de Canadá parecía muy fácil sacar la vida adelante. Podrían echar su dinero al aire y no se les habría acabado. Al menos, eso imagina ella. El autobús la llevó hasta unas cuadras cerca de la dirección convenida. Y cuando se encuentra en el apartamento de su cliente se da cuenta de todos los utensilios que le faltan para encajar: la televisión de pantalla de plasma (plana y grandísima), los muebles de exquisito gusto, la computadora último modelo, la vajilla reluciente. Y tantas otras cosas. Cuánto tiempo, se pregunta, le habría costado a este señor reunirlo todo. Cuánto le costó reunir tales objetos. Y cuánto a tantos otros mexicanos allá, de vuelta en casa. Más. Seguramente mucho más tiempo a ellos.
* * *
            Pocas veces en su vida lo habían hecho sentir como un sirviente. Nunca como ahora. Durante años disfrutó los goces de la pequeña burguesía mexicana del norte. Una vida sin zozobras, una educación privada y en ningún momento hambres milenarias. Dentro del país de gordos donde la gran mayoría alegaba pasar hambre, él era parte de la minoría. Y anhelaba deshacerse de este sentimiento pequeñoburgués tan detestable. Se decía a sí mismo que sólo en su país pensarían así y no acá. En este universo las clases sociales no importaban tanto. O sí, se preguntaba, ¿acaso resultaba tan difícil deshacerse de los prejuicios del lugar de origen?
            Nunca antes lo habían hecho sentir como un pordiosero, de ésos que veía en las calles del centro acercando la mano y preguntando por el spare change! (o más bien la frase de monnaie s’il vous plaît!), de ésos que su familia ignoraba que existían en Canadá. Claro. Allá, decían, no hay pobres. Uno no ve mendigos por las calles. Qué bonito. Excepto en Montreal. Y, más en específico, en el centro de la ciudad. Pero él, después de sus estudios de posgrado y de tanto esfuerzo por obtener buenas calificaciones, no le parecía justo estar sumido en esa abyecta sima: recibiendo constantes cancelaciones que significaban un desequilibrio en su presupuesto semanal, sacando cuentas a partir de un dinero que en principio no era seguro. Un diploma de universidad —incluso de una institución de primer mundo— no parecía significar nada. Y así se encontraba indefenso ante la espera de un dictamen gubernamental que determinaría su futuro. Se maldijo otra vez al ejecutar los ridículos cálculos que no practicaba desde sexto de primaria. Y los hacía cada vez que iba al supermercado para comprar chatarra prefabricada sí. Pero barata. Por eso, el anuncio increíble en los carteles de la calle o del metro —“Je l’ai déjà fait!”— constituía su única esperanza. Después de todo, ya había llegado a la que para él era la peor sumisión. Qué más le daba caer un poco más bajo.
* * *
            Se sorprendió. En un año entero no había cambiado aquel débil paraguas. Y cómo lo llegó a odiar. Tan maltratado y tan deforme: los brazos torcidos, los curitas o la cinta scotch aquí y allá para cerrar las partes descosidas, lo endeble de su estructura ante el viento. De esta forma los días lluviosos terminaron incomodándola mucho más que los nevados. Aún recordaba el entusiasmo que sentía en su árida tierra del norte de México cuando llovía. Por lo menos, el clima de Montreal se desplegaba como un canje contrario a la monotonía de la incesante aridez. Así lo pensó al principio. Sin embargo, ahora ese paraguas parecía un vampiro enclenque con las alas rotas que a cualquier leve provocación del viento se doblaba y de ser cóncavo se tornaba convexo. Más incluso cuando veía venir a la gente y se le quedaban mirando a la pobre propietaria. Sobre todo, con esos dos curitas que le puso pues su indolencia y su avaricia no le permitían comprar hilo para coserlo. La terrible falta de dinero: valía más comer medio bien que sostener en la mano un paraguas presentable para los mirones.
* * *

            No quería ni vislumbrar los aparadores. Porque allá afuera sólo podía ver lo que no poseía: ropa nueva, iPods, otra película en formato DVD, toallas buenas. Ni siquiera valía la pena atreverse a mirar hacia los escaparates de ciertas tiendas. Ni con una vida entera de trabajo. Pero la publicidad del consumo cíclico le era ineludible. Incluso ubicua. Estaba en los objetos usados por los otros: autos, ropa y el largo etcétera. Incluso en taxis de anuncios luminosos. Y concluía el ritual al preguntarse siempre si la gente de veras se merecía tales posesiones. Y los apartamentos codiciados. Un espacio propio y sólido donde no se escuchara lo que hacía el vecino al otro lado de la tablaroca. A veces salía del cine subterráneo y miraba las tres torres de La Cité y se imaginaba vivir ahí algún día. Se preguntó si alguna vez entraría al supermercado sin necesidad de ir contando los precios de lo que compraba. Nada de sacar cuentas en la mente para no pasarse ni un centavo de lo que se había asignado para el gasto semanal de víveres. Qué miseria.
La escasez se nota, se dijo. Saltaba a la vista. Sobre todo, en los días lluviosos. Su paraguas moribundo, con un ala rota y la otra desvencijada. La bolsa de la nalga derecha del pantalón desgarrada. Las rodillas descoloridas de otro pantalón. Y no adrede porque traerlas así con toda intención ya no formaba parte de la moda. Y a veces la pobreza ni siquiera resultaba evidente. Como el elástico gastado de los calzones o los agujeros en los calcetines que tanto le recordaban a don Quijote. Y, para colmo, en Canadá tienen esa rara costumbre de quitarse los zapatos o las botas antes de entrar a una casa. Había que elegir calcetines intactos cuando lo invitaran a cenar. Y cómo rechazar tal invitación ante el ahorro implícito.
* * *
Se levantó con la amenaza mañanera del noticiero, ésa que anunciaba tormentas vespertinas. Se mordió el labio pensando cuánto le costaría comprar un paraguas. El problema supremo consistía en no caer en el mismo error. No se trataba de que fuera lo suficientemente resistente para enfrentarse a otros congéneres en la esgrima callejera, no. Los vientos veloces, acelerados por los edificios y los rascacielos del centro, se volverían sus peores contrincantes. Eran capaces de desalarlo, de romperle los brazos y de volverlo inútil una vez más. Un paraguas barato no resistiría. Para uno caro necesitaba cuarenta dólares. O más. En pocas palabras, no le alcanzaba el dinero. Y cómo ganarlo hallándose en este limbo inmigratorio. Se imaginó arribando ensopada a una cita con un estudiante en potencia. O comer sanamente o pasar tamaña vergüenza.
            Mientras tanto le recomendaron, además de las clases privadas, realizar trabajo voluntario. Con eso mataría el alargado tiempo de la espera. Así se encontró ante la Casa de la Amistad (o Maison de l’Amitié), una institución de beneficencia sobre la avenida Duluth. Al principio le gustó. No había otra manera de iniciarse en una actividad nueva más que —como reza el refrán— echando a perder. Ensayo y error. En ese lugar podría cometer todas las pifias posibles para una profesora de español. Incluso las garrafales. Un día hablaron de cocina y se le olvidó por completo la palabra “delantal”. En la fugacidad urgente de la clase y atizada por la adrenalina la trocó por “mantel”. Cuando regresó al apartamento y consultó un diccionario, quiso golpearse la cabeza contra la pared. Vivía entre dos idiomas ajenos, pero no le parecía justificable el error. Tan invadida se sintió por el inglés y el francés que ya se le estaba olvidando el idioma propio, el escuchado desde siempre. Las palabras se le escapaban. Todos esos vocablos nuevos en uno u otro idioma se le amontonaban y no le permitían descubrir ésos que habían estado presentes desde la infancia.
A las lluvias de la primavera siguió el verano. Entonces descubrió el calor húmedo y pegajoso de esta región. Fue sobre todo el día en que acudió a la Casa de la Amistad y se percató de la verdadera vocación del establecimiento.
* * *
            Ni en las calles ni en los vagones del metro podría eludir la presencia de los anuncios. Y se entusiasmó. Estaba convencido de que aquélla era la salida. No es que fuera un optimista ingenuo de ésos que entre acéfalas huestes seguían al gurú del “positivismo” —además de charlatán— Cornejo y Rosado. No. Eso nunca. Sabía, como cualquier persona con un poco de sentido común, que existía una serie de elementos imprevisibles y que el peor de ellos tal vez se hallaba a tiro de piedra. En resumen, poseía una habilidad extraordinaria: recuperarse con rapidez de los golpes. Y no es que fuera insensible a ellos. No. Eso tampoco. No tenía la piel tan curtida como él quisiera.
Aun en México algunos empezaban a llamar tal habilidad “resiliencia”. O algún terminajo similar con fuerte resonancia a anglicismo. Pero él era capaz de dejar de lado cualquier malestar anímico por mucho que le doliera. Y a seguir adelante. Y lo hacía sin residuos de rencor o amargura. Al menos, al principio. Si le cancelaban de última hora una clase privada o si lo ignoraban luego de una entrevista de trabajo se decía “ni modo y a seguirle”. Por eso, a pesar de ser un mexicano completamente solo en Montreal y de tener a su familia tan lejos, lo único con lo que contaba para ofrecerle a esa comunidad era su buena salud. Por esa razón, aunque en cualquier otra circunstancia le habría parecido descabellada la idea de prestar su cuerpo para pruebas farmacológicas, ahora no le parecía tan humillante ni tan peligroso. No si la promesa de los mil quinientos dólares resultaba cierta. Es casi un mes de gastos, se dijo. Incluso más de un mes si se apretaba al máximo el cinturón. Y la vida se solucionaba. Por un tiempo, claro. Todo a cambio de someterse a unas cuantas pruebas que el sitio de internet de la compañía calificaba de “inofensivas”. Y siempre bajo el cuidado de médicos “profesionales”.
            Por aquella época el cine le ayudaba bastante a olvidarse de la gente que prometía echarle la mano y que nunca lo hacía, de los supuestos amigos que tenía en Montreal antes de arribar aquí, de los alumnos que cancelaban la clase privada con escasas horas de anticipación descuadrándole el presupuesto de la semana, del cuate que le recomendaba meterse de mesero o albañil —claro, mientas llegaba la residencia—, de la colega colombiana de una amiga “tan movida, tan viva ella” que a las tres semanas de haber inmigrado a Canadá había conseguido un trabajo espectacular de tiempo completo como profesora de español en un cégep, de la prima de un tío que trabajaba en el Berlitz de Ville Saint-Laurent pero que al enterarse de que él no tenía ni siquiera visa de trabajo le comunicó como a un apestado que no podía hacer nada —en pocas palabras, lo desahució laboralmente. Toda esa gente bienintencionada y sus palabras de falso aliento o desaliento sincero le habían servido de muy poco. Y si la comida que ahora había sobre la mesa parecía ser la de un monje bajo estricto ayuno por lo menos su espíritu lograba alimentarse de las historias, los sonidos y las imágenes de los grandes realizadores del mundo en su ya muy querido Cinéma du Parc.
* * *

Vázquez diluyó en el olvido de la conveniencia la cara de disgusto que había presentado durante toda la mañana. Una amable (incluso sonriente) se le dibujó tan pronto vio a la decana. Se daba cuenta de su hipocresía. Pero ya no le importaba. Había decidido comportarse como sus colegas.
Tan sólo unos días antes ella había enviado un correo electrónico a todos los miembros para convocar a la junta urgente. Y el adjetivo aparecía en mayúsculas. Tanta urgencia porque la elección para cambiar al coordinador de la unidad académica había conducido a un punto muerto. Era necesario desenredar el embrollo y obligar al profesorado para que eligiera a alguien. En realidad, ninguno de ellos quería lidiar con las rencillas internas cuyo tono se había vuelto absurdo. Las dos razones todavía se hallaban cada una en su respectiva oficina mientras el resto de los docentes ingresaba a la sala. Al lado de quien convocó el cónclave, dos representantes del sindicato de profesores.
La primera razón hizo acto de presencia a la hora en punto. Irrumpió golpeando el suelo con sus tacones. Llamarla bruja semejaba ser más simple y pueril que apodar al otro Jabba. Pero la apariencia de la maestra de alemán no le dejaba otra alternativa a Vázquez: el pelo suelto volando más allá de la cabeza, la nariz pronunciadamente aguileña y además la punzante mirada azul que lo penetraba a uno hasta las vísceras cuando no se estaba de acuerdo con ella. Los principales choques se habían dado entre esta mujer y el coordinador saliente. La desidia de éste desquiciaba el estereotípico orden alemán de la otra. La situación había empeorado con cada año escolar cuando en las juntas del departamento se trataba el espinoso tema de la distribución de clases. La profesora de italiano (intrigante como pocas) le había contado a Vázquez que la de alemán había entrado como un tsunami a la oficina del coordinador y le había gritado toda suerte de improperios por su proyecto. Esto porque la distribución de cursos estaba mal hecha. El coordinador avergonzaba al departamento en la institución entera. El programa de Lenguas corría peligro. Todos los ojos estaban puestos en ellos. Ante tanta paranoia, la estrategia del coordinador (dicha con descaro frente a Vázquez) consistía en que la alemana cavara su propia tumba.
            La segunda razón entró a los dos minutos de la hora pactada. Al caminar, hacía temblar el piso. Un tanto debido a su evidente obesidad. Otro, tal vez a la fragilidad de la cuarta planta de este edificio de la institución. Los alumnos lo apodaban Jabba y Vázquez hacía lo mismo. En más de un aspecto los muchachos acertaban. Daba la impresión de que el coordinador apenas lograba moverse. Muchas de las quejas de profesores y alumnos se debían precisamente a su abulia. En un par de renglones respondía (y con retraso) las solicitudes de información a través del mail, dejaba salir a los estudiantes de diez a quince minutos antes y ni siquiera se le veía detrás de su escritorio durante las horas de consulta estipuladas en el horario sobre su puerta. El colmo para Vázquez era que el coordinador fuera su paisano. Pensarán que todos somos iguales, elucubraba.
            El resto de la plantilla de profesores no contribuía con apaciguar los ánimos. La de ruso se creía Catalina la Grande. Cuando se sintió agraviada ante la distribución de clases del próximo año escolar, acudió a Recursos Humanos acompañada de un abogado. Como si fuera la embajadora de Rusia en Canadá enviada por el mismo Putin. Que le bajara, pensó Vázquez cuando la de italiano le hubiera pasado tan valiosa información. Si era una pinche maestra de idiomas. Ni de lejos la cabeza de un imperio transcontinental. Pronto Rusia se alió con Alemania. De esperarse tratándose de ese par de histéricas. En el otro bando, un argentino se hallaba como incondicional del coordinador. De él mucho se había rumorado con respecto a una ansiedad que requería la ingesta de una pastilla. Si el che pelón de lentes de fondo de botella no se tomaba su chiquitolina, se convertía en un energúmeno de proporciones gigantescas. Antes había sostenido altercados con alumnos y la última gracejada consistió en un intercambio de correos electrónicos entre él y la rusa, furibundo carteo que todos (por aquello del “responder a” incesante) habían presenciado desde las pantallas de sus computadoras. Alemania, defendiendo a su aliada del bombardeo de letras, había ido hasta Recursos Humanos para presentar una queja contra la patria del tango. A su vez, él presentó otra queja más para denunciar la conducta “inapropiada” de la profesora de alemán durante las reuniones del departamento, esas mismas donde la hechicera sacada del reino de Oz se quejaba amargamente de cualquier decisión y monopolizaba el estrado sin permitirles abrir la boca a los demás.
            A tal cuarteto conflictivo había que agregarle las tácticas de Italia para robarles alumnos a Rusia y a Alemania o el hecho de que la profesora de mandarín hablara un inglés ininteligible o sólo que hace muchos años a un genio se le ocurriera incluir cinco idiomas en el programa de Lenguas Modernas. El más veterano de los profesores, otro de español, era un colombiano que gustaba ataviarse con playeras del Che Guevara. Él prefería no intervenir. No lo hacía desde que se dio un escandalillo de naturaleza sexual cuando se llevó a unas alumnas en viaje de estudios a Nicaragua. Desde entonces evitaba opinar demasiado sobre cualquier problema. O sólo los minimizaba. Vázquez había decidido imitarlo pues, luego de haber hecho la ronda por varias instituciones donde se enseñaba español, finalmente había llegado a una donde esperaba (a mediano plazo) obtener una permanencia y con ella, la seguridad laboral que tanto ansiaba cuando por primera vez pisó territorio canadiense. Los últimos meses se había dado cuenta de que cualquier paso en falso en el ambiente académico le costaría dicho prospecto.
En cierta forma, comprendía la postura de Alemania y Rusia. A él también no sólo le desesperaba, sino que la indolencia del coordinador le había afectado directamente. Pero sin duda le parecía exagerado el miedo a que tal negligencia diezmara el programa y que ya no hubiera a la larga jóvenes interesados en tomar cursos de alemán o de ruso. Dentro de su grave paranoia las profesoras de ambas disciplinas ya veían sus cabezas guillotinadas por los altos mandos.
La bruja taconeó hasta un pupitre y se sentó lista para, si era necesario, convertirse en carne para la hoguera. Que la decana supiera cómo tanto la profesora de italiano como los de español hacían bola y la contradecían en todo. Mientras tanto, la panza rebosaba por encima de la superficie plana del miserable pupitre. Él ni siquiera volteó a mirar a su enemiga. Ni a la profesora de ruso. Durante todo el semestre había tratado de ganárselas (concediendo favores, pidiendo que trajeran lonches de la cafetería durante las reuniones departamentales, tratándolas con guantes de seda) y, sin embargo, las muy traicioneras se habían opuesto en la junta anterior a que él continuara en la coordinación el próximo año escolar. Echando hueva de lo lindo, pensaba Vázquez.
            La decana dio inicio a la junta. La de italiano se ofreció a tomar nota para las minutas. Quería quedar bien con la jefa y con los representantes del sindicato. Sin embargo, interrumpía a lo largo de la reunión para que le repitieran las mociones y a final de cuentas sus minutas resultaron tan pormenorizadas que se prolongaban durante casi diez páginas. Y toda esta gente idiota, concluyó Vázquez con apenas sus estudios de maestría, blande a la menor provocación el doctorado.
Si al principio y por las palabras de la decana de la facultad se llegaba a la conclusión de que el embrollo se resolvería, pronto la desilusión se apoderó de él. Eso fue el constante lanzamiento del dedo acusador. Y, si en un comienzo su falsedad no les permitió pronunciar los nombres de los culpables (al hablar usaban el ridículo “ciertas personas”), pronto los antifaces fueron cayendo hasta revelar los rostros de los acusados. Pues el coordinador no ha hecho esto ni lo otro. Pues la profesora de alemán ha hecho esto y lo otro. Que si los gritos. Que si las amenazas. Que si los correos inapropiados. Que si las quejas interpuestas en Recursos Humanos. En fin, una mojiganga, la calificó Vázquez al salir de ahí. Para acabarla de amolar, como solía decir su padre, nada se resolvió. Otra junta urgente se programó para la siguiente semana. La decana creyó conveniente convidar a una persona más: la representante de Derechos Humanos de la institución. El ridículo del departamento tendría un testigo más. Vázquez pensó en que le gustaría escaparse de ese ciclo sin fin para resguardarse en una sala de cine.
* * *
Siente que no tiene valor. Porque no posee ni un auto ni una casa y porque, mientras espera que su situación en este país se normalice, los ahorros se reducen con pasmosa rapidez. La sociedad moderna sólo le otorga valor a un ser humano por lo hondo de su bolsillo y por su potencial como consumidor de bienes y servicios. Quien no consume, no es nadie. Es una conspiración, se dice, en la que los medios, los escaparates de las tiendas y aun los transeúntes de las calles se han conjurado para humillar a quien menos compra. Ahí, ella no valía porque no tenía nada. Y al no tener nada no podía consumir. Y cuando le llaman por teléfono a la hora de la cena en lugar de reclamar por interrumpir su comida o su programa, escucha la cantaleta de la voz en el teléfono, ésa del agente de telemercadeo al otro lado de la línea y termina explicando con vergüenza que no está interesada y se reserva el motivo como si fuese una falta terrible. Porque casi no tengo ingresos. Porque el dinero me resulta escaso en estos días. Porque soy una paria expulsada del paraíso y de la simbiótica y perfecta relación entre el trabajo y el consumo. Porque espero que una maldita oficina gubernamental se apiade de mí y me conceda el derecho a trabajar en este país.
Sus estudiantes en la Maison de L’Amitié le agradaban. Como la mayoría de los quebequenses, se mostraban en extremo amables. Se daba cuenta entonces de que aquélla era una profesión generosa que podía emprender y desempeñar a un buen nivel sin mayores problemas. Conforme las clases se fueron acumulando, comprendió la función de la Casa de la Amistad, un lugar que acogía a los refugiados. Una tarde incluso se quedó ahí platicando con una compatriota alrededor de dos horas. La mujer le contó su historia de violencia. Cómo huyó del país con sus dos hijos, cómo con muchas dificultades llegó hasta Canadá y, una vez aquí, pidió el asilo. Un destello de envidia se le enquistó en el cerebro en el trayecto del regreso a casa. El refugiado, a diferencia del inmigrante, también estaba obligado a esperar. Sin embargo, sus gastos se encontraban cubiertos por el gobierno o por las instituciones de beneficencia. Voluntarios ayudaban a esa mujer con los trámites burocráticos. Ella, en cambio, había tenido que pagarle a un despacho de consultores. Y nadie le daba techo ni comida. Se sintió mal consigo. Claro, nunca había sufrido violencia. Si es que la historia de aquella paisana era verdadera. Quién sabe.
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                Algo lo había hecho inmensamente feliz durante el año de deleznable espera: el Cinéma du Parc. Fiel a una programación de cine de autor, cercano a su diminuto apartamento, barato en la matiné, escondido, doblemente subterráneo, íntimo y único para él. Como un tesoro conocido y disfrutado sólo por los conocedores de su existencia, fuente de alegría, de calma, silencioso durante la exhibición de la película y ésta, con sus poderes mágicos de persuasión, cómo era capaz de hacerle olvidar lo incierto de su porvenir. Su único lujo y, sin embargo, también su único alimento en un páramo de indiferencia. Por qué los conflictos de los personajes fílmicos adquirían tanta fuerza hasta parecer harto reales. Rogó más de una vez en la misa en español, aquélla a la que iba caminando como en peregrinación todos los domingos hasta Côte-des-Neiges, que el Cine del Parque nunca dejara de acompañarlo en sus vicisitudes, que los grandes y mercantilistas complejos no se lo tragaran, que quienes tenían el buen tino de manejarlo no lo dejaran huérfano por los caprichos de la voraz ley de la oferta-demanda, que Dios siempre bendijera al Cinéma du Parc.
            Aquéllos debieron ser los días más eternos de su vida. Las horas pasaban con una parsimonia apabullante. Llegó un momento en que no supo cómo matar el tiempo pues era imposible pasárselo doce horas seguidas en una sala de cine no siendo gratis la entrada. Y con un puñado de canales en la tele tampoco. Aquel estado de lasitud trocaba el ambiente y le daba un hálito de misticismo. Se acostumbró a construir fortalezas de la nada y a tejer en su mente la trama más sinuosa. También volvía a soñar con lo que le faltaba, con lo que nunca podría asir: el futuro. En él se vio sumergido en una prosperidad protectora y anhelada. Una sólo asequible a través de la inmigración y los sacrificios que conlleva. Hallarse en ese estado de sopor y en muchas ocasiones a merced de los demás —con la intención de llenar tanto la mitad izquierda como la derecha del refrigerador— era el paso transitorio para, en uno o dos años, acceder a las comodidades ahora vistas únicamente detrás de un aparador.
En aquella época se hizo amigo de un vecino de su edificio. Era libanés y estudiante de una maestría en sistemas computarizados (o algo similar) en la Universidad Concordia. Estaba casado y tenía un hijo. Se conocieron en el cuarto de las lavadoras y, ante las mismas preocupaciones por el dinero, surgió la amistad. El plan maestro del libanés para convertirse en millonario cambiaba cada semana. Una se trataba de chanchullos de pirámide. Otra, del telemercadeo. Una más, sobre las famosas start-up y las redes sociales. Finalmente, los billetes de lotería —que en Quebec son tickets impresos con varias series de números en ellos. Su vecino insistía en comprar los del 649, cada miércoles y cada sábado. A él le parecía un gasto innecesario. Muy apenas le seguía la corriente y compraba si acaso una o dos series de números. En cambio y a pesar de tener mujer e hijo recién nacido, su amigo se gastaba hasta veinte dólares cada vez que iban.
Y ni siquiera caminaban al dépanneur de la esquina, no. El libanés no quería que el dueño de la tiendita lo tildara de pobre. Caminaban hasta cinco cuadras para ir a otro dépanneur donde no fuera conocido su amigo y donde mucho menos fuera la mujer a hacer las compras y al dependiente se le saliera el comentario de que su esposo se gasta hasta veinte dólares en el 649 dos veces por semana. Y hasta allá acompañaba al vecino. Al fin y al cabo, no había nada más que hacer. Y, claro, al siguiente día verificaban juntos los resultados en el sitio de Loto-Quebec. Y nada. Ni siquiera un rembolso. Ni siquiera otro juego de lotería gratis. Y a despedazar el billete. Y a tirarlo a la basura. Qué pérdida de dinero.
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            Sin embargo, sus días no estaban exentos de oscuridad. En ellos, había ciertas horas en que hallaba inexplicable la espera dentro de la cual las autoridades de inmigración la habían confinado. Sabía que su ranking debía ser de los más altos en el famoso sistema de puntos y le era sumamente difícil entender por qué las puertas del país sí se les abrían y de manera automática a quienes pedían asilo político y no a ella. No había llegado a refugiarse extendiendo la mano sino a trabajar, a integrarse, a enriquecer el país. No a mermarlo. No deseaba compasión. Sólo una oportunidad para hacerse de una vida próspera. Y estaba convencida de su ventaja pues así lo habían asegurado esos portavoces de Canadá que iban por todo el mundo invitando a la inmigración. Eso le afirmaron cuando visitaron su ciudad en el norte de México. Ella encontraría un buen trabajo tan pronto le dieran la residencia permanente. Era productiva, joven, con ansias de trabajar por un sueldo justo y así mejorar su calidad de vida, aunque fuese un poquito. ¿No era ése el sueño de cualquier persona al venir aquí? Pero, mientras tanto, ¿qué?: las horas vacías, los gastos, los trabajos eventuales y clandestinos, los apartamentos diminutos, los cupones, los “produtos” Sélection Mérite (“produtos”, así, borrando la “C”, como en México los produtos Soriana o Sin Marca, despojándolos de la “C” por aquello de la falta de “calidá”), los meses de vacas flacas convertidos poco a poco en un año y la angustia por la pregunta: cómo hacerse del pinche dinero.
            No lo llama magia. Aunque es una cualidad parecida a ésta lo que encapsula la ciudad. Con cada cambio de luz, es capaz de hallar maravillas en los edificios, en los árboles, en las nubes y a veces en los rostros de los más viejos. Entonces, cuando llegan a ocurrir este tipo de revelaciones, su decisión se fortalece y desea no abandonarla nunca más y quedarse a vivir aquí por el resto de sus días. Y, cuando desde lejos le preguntan si el frío no la desquicia, sólo se encoge de hombros como si fuera posible para ellos captar ese movimiento a través del teléfono pues para qué desperdiciar saliva y afirmar que es una enamorada de la veleidad de las estaciones y, aunque el invierno dure tanto, el cambio tremendo que representa es suficiente como para aceptarlo y algunas veces incluso disfrutarlo. ¿No es eso preferible a la monotonía de una sola estación? La nieve, las carencias, ¿no son precios pequeñísimos por vivir en una ciudad tan vibrante y tan multifacética como Montreal? Sí, había días en que por Montreal valía la pena ofrecer cualquier sacrificio. Ésta es una ciudad donde se puede mirar hacia arriba, solía decirse mientras caminaba sin rumbo por sus calles.
            Pero ni así se sacaba el verbo de los pensamientos. “Esperar” se había convertido en un vocablo deleznable. En el intermedio, cuando no sucedía nada y en el que la vida se había congelado. Dentro de ese lapso, aunque tratara de desengañarse con teorías sobre familiaridades morfológicas, tampoco cabía la esperanza. Si tan sólo ese espacio en blanco de su biografía pudiera colmarlo con una afición. El cine, por ejemplo. Sin embargo, no podía. Se preguntaba por qué si a la humanidad se le había ocurrido desarrollar tan maravilloso y deslumbrante invento cómo no habían pensado ofrecerlo gratis e ininterrumpido, excepto por el cambio de carrete. No, porque mucho antes la humanidad había inventado el trabajo —muy por encima del ocio generador de vicios— y el intercambio de monedas por él. Ahogada bajo la interminable espera y dentro de esta sí morfológicamente familiar desesperación, encontraba el respiro en las funciones al aire libre de un festival cinematográfico.
            Aunque las dos horas ahí a la intemperie, sentada sobre los peldaños de la Place des Arts, no eran suficientes. Entonces se entregó a una forma más barata de contarse historias: los sueños. Ya fuese despierta o dormida, a veces empezaba en un estado y culminaba con otro. El único problema consistía en recordarlos al amanecer. Había transitado de la forma más poco aprovechable de contarse historias hasta la más barata sin siquiera pasar por la intermedia: los libros. Para qué. Otros objetos de lujo si se toma en cuenta a cuánto los venden en la única librería de español en Montreal. Así vio pasar los últimos meses de la espera entre trabajos intermitentes y sueños difíciles de rememorar. Unos días antes de que de nuevo y hundida en un sueño lúcido se le quedara mirando al anuncio de los laboratorios, la sorprendió la noticia de que los trámites habían concluido y que la visa de residente permanente había llegado al despacho de los consultores. Sólo faltaba un requisito, le advirtió la secretaria al entregarle el sobre lleno de documentos. Tenía que viajar a la frontera y, en un truco de absurda burocracia, salir y volver a entrar al país como si fuera la primera vez que arribaba.
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Hubo un momento en que ya no se permitió comprar más números de la lotería. Tanto así que cambió el horario para lavar la ropa y, con esa estratagema, evitar encontrarse al vecino libanés. Más le valía cuidar el dinero porque su falta comenzaba a reflejarse en la ropa interior. Por ahí andaban en el cajón de su cómoda ya cinco o seis calcetines con hoyos. Y dos o tres calzones presentaban un elástico guango, tan estirado que aun con los pantalones puestos la prenda interior se le iba bajando hasta quedar al nivel de la media nalga. Para entonces el mismo menú se repetía hasta el cansancio. Faltaba poco. Debía faltar muy poco para obtener la visa de residente. Entonces, pensó, todo se va a arreglar como por intervención divina. Obtendría un buen trabajo, el apartamento con vista y cuarto aparte, la ropa interior nueva. Todo lo pregonado como necesario. Y a pesar de los calzones desgastados y una mala alimentación en lo que sí siguió desembolsando dinero fue en su único bien superfluo: el cine. Aprendió a soñar con el cine, a oscuras y al aire libre.
            Ante la gente estuvo transitando de una soledad a otra, a través de dos idiomas ajenos, el inglés y el francés, y no aterrizando en ninguna de las dos realidades porque ninguna le pertenecía. ¿No era acaso él un “alófono” como los llamaban las dos soledades, las dominantes? Qué término más imbécil, concluía. Agrupar a personas de orígenes tan disímiles dentro de una misma categoría basándose únicamente en criterios lingüísticos. Ahí, en Quebec, sólo había de tres sopas: francófono, anglófono o el resto, bautizados como “alófonos”. Tal vez por eso también logró entablar amistad con el libanés.
De nuevo se lo topó un fin de semana en que pensó que no habría nadie en el cuarto de lavado. Ya vergüenza le daban sus garras. Entonces lo encontró ahí y se lo contó. Su vecino lo había hecho. Acudió a los laboratorios que ofrecían aquella cantidad de dinero para que uno se convirtiera en conejillo de indias. Lo habían sometido a toda suerte de análisis y finalmente le habían administrado unos medicamentos. A final de cuentas, tenía que esperar un tiempo para regresar y volver a someterse a otros análisis. Le darían el dinero prometido al cabo. La única incomodidad, un encierro de horas. Tal vez de días. Su vecino se había encontrado a todo tipo de personas. Desde el estudiante en busca de ahorro para irse de spring break a la Riviera Maya, pasando por el profesor desempleado (“sin ofender al presente, claro, mon ami”), músicos callejeros, artistas circenses y, aunque no lo creyera, hasta algunos jubilados cuya pensión no era suficiente para las vacaciones en el ignoto Sur, ése con mayúsculas al que acudían tales snowbirds para olvidarse del frío. Que se animara a hacerlo. Qué podría salir mal.
* * *
            Welcome to Canada!” Tras tanto tiempo aguardando esa bienvenida el instante había sido francamente anticlimático. No escuchó fanfarrias ni sintió mariposas revoloteándole en el estómago. Había tomado el siguiente autobús de regreso a la ciudad con sus papeles sellados. Los siguientes pasos resultaron la mar de simples a comparación de lo vivido con anterioridad: sacar el número de seguro social y la tarjeta médica. El CV ya lo tenía preparado. Pero, luego de algunas semanas de repartirlos en diferentes escuelas, la búsqueda había resultado infructuosa.
Una amiga que trabajaba en la escuela de idiomas de la YMCA la invitó a una cena. La amiga —una peruana de Iquitos— le había consultado a la coordinadora del programa de español y la mujer no había puesto resistencia. Qué mejor manera de ampliar la búsqueda de trabajo que haciendo relaciones. Ahí, en la cena de fin de cursos, conocería a otros profesores de español y tal vez le darían un buen consejo. Quien quita y consiga intercambiar correos electrónicos o números de teléfono y a la larga le salga una excelente oportunidad para trabajar en una universidad o un college.
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Años antes de que Marina lo hiciera, Vázquez entró en el departamento académico para dejar ahí su CV con la secretaria. Era en una universidad, en el departamento de lenguas modernas, donde pensó que tendrían que contratarlo de inmediato sólo por ser hablante “nativo” del idioma. ¿Cuántos profesores cuya lengua materna era precisamente el español habría en la ciudad de Montreal? Decenas. No, pronto se daría cuenta que cientos. Y sintió que tal vez se enfrentaba a un mercado de sobrepoblación. Había una lista de los cursos del semestre anterior en un periódico mural. Título: Invierno 2006. Recorrió con el dedo los apellidos de los profesores de español de aquella excelsa institución educativa de primer mundo: Donahue, O’Reilly, Jetté, McKenna, Bouchard, Chamanadjian, Desjardin, Perron, De Almeida, Angelopoulous, Gagnon, Rodriguez, Escamilla. Más de la mitad —al menos por lo que podía percibirse a través de sus apellidos— no tenían como lengua materna el español.
Nada se había resuelto como por dádiva divina ni como respuesta a una plegaria. Había llevado su CV a distintas instituciones sin resultados óptimos. Incluso a un centro comunitario donde sabía que no le pagarían ni veinte dólares la hora. Aun así, siguió yendo al cine. En especial a la función de medianoche. Allí vio El show de terror de Rocky, La montaña sagrada y otras rarezas nocturnas. Finalmente le llamaron. Era para dar una clase los sábados por la mañana en la escuela de idiomas de la YMCA. De inmediato se percató de que la coordinadora de español sufría de una enfermedad grave: la desorganización. No sólo eso. Los cuadernos que utilizaban en lugar de libros de texto —por ser aquéllos mucho más baratos— estaban repletos de errores ortográficos. Había que pasar la vergüenza de informarles a los alumnos que esto o aquello era un error y que debían corregirlo a mano. Sin embargo, se veía que la coordinadora era una buena mujer. Trataba de ayudarlo llamándolo cuando algún otro profesor enfermaba. Le echaba la mano pues sabía que ésta constituía su única fuente de ingresos.
También les empezó a dar clases a alumnos particulares o de empresas. Con frecuencia llegó a ir a los rascacielos del centro y ahí le enseñaba a un grupo antes o después de la hora del almuerzo. Pero aquellos clientes resultaban los generadores de mayores problemas. Sobre todo, económicos. Como con los estudiantes de antaño, no faltaba la cancelación por aquello de que el trabajo se les había acumulado o por aquello de que se iban de vacaciones al ignoto Sur. Con eso desestabilizaban el presupuesto de la semana. Cuando pensó que dejaría de hacerlo tan pronto obtuviera la residencia, la vida austera continuaba. Igual que antes, se obsesionaba con los precios de los víveres. Coleccionaba cupones. Se malpasaba. Sintiendo la amargura atorada en la garganta, vio un reportaje en la televisión sobre historias de fracaso de inmigrantes —el doctor haciéndola de taxista, la maestra trabajando de afanadora— y en todo les dio la razón. Canadá —o sus vendedores a lo ancho del mundo— mentía. Las puertas no se abrían tan fácilmente. En el reportaje hablaban de un sitio en internet (“notcanada.com”) donde este tipo de historias abundaban, donde los inmigrantes daban sus testimonios de desilusión, donde el rencor se desbordaba ante el engaño de la promesa de una vida mejor en Canadá. Tras consultar el sitio, marcó el teléfono de su vecino libanés para preguntarle la dirección de los laboratorios.
* * *
Marina entró al restaurante agitada. Iba con unos minutos de retraso. Le dio pena. No fueran a decir que “claro, vieja impuntual”. Como todos los mexicanos. Le presentaron a los profesores de la escuela. Entre los comensales había un hombre de mirada hostil y maneras retraídas. Hablaba muy poco con los demás. A leguas se le notaba su incomodidad. Como si hubiese sido obligado a asistir a la reunión por algún compromiso social inexplicable. Ella se sentó a su lado pues sólo ahí había un asiento vacío. El hombre, como si se tratara del licenciado Vidriera, apartó un poco su silla dando toda la apariencia de querer asegurar el menor roce físico posible. Marina se presentó como mexicana y él, muy a su pesar, tuvo que admitir que también lo era. Aunque llevaba diez años viviendo en Canadá. De dónde. Él semejaba pensar largo y tendido la localidad para que no se diera una coincidencia entre ambos. San Juan Acoyotán, Tabasco. Sin embargo y al igual que ella, el hombre tenía acento norteño. Se apellidaba Vázquez. A qué se dedicaba. Enseñaba español como lengua extranjera en un cégep de Ville Saint-Laurent. A ella se le iluminó la cara provocando en él una mueca de sarcasmo. Le dijo que ella había querido cambiar de vida al venir a Montreal y que una de sus ambiciones para ganarse el pan era dar clases de español. Después de todo, ella dominaba el idioma (“¡obvio!”) y siempre, desde pequeña, había tenido una excelente ortografía.
El hombre por poco no logra contener la risotada que venía reprimiendo desde el comienzo de la frase. O incluso desde antes. Desde que saltó a la conversación el anhelo de dar clases de español. Mira, le dijo y por lo menos no remató con un “niña”. No quería desilusionarla. Pero si no contaba con una maestría (de preferencia del país) en lengua y literatura hispana o quizás una de enseñanza en lengua extranjera tendría que conformarse con trabajitos de supervivencia mal pagados y en escuelas de lo más desorganizadas. Deseó decir “como ésta”, pero Vázquez no se atrevió. Él le aconsejaba que si quería irse por ese camino estudiara una maestría relativa a la disciplina o hasta el doctorado. Pero ya, rapidito, ¿eh? Y, aun así, nadie le garantizaría nada. El mercado de trabajo estaba a reventar. Él conocía a gente con doctorado que incluso se metía a dar clases de español porque en los departamentos de literatura hispánica o de lenguas modernas no había suficientes puestos para todos. Ahí estaban algunos esperando sempiternamente que alguna momia se jubilara. Vázquez pensó en su lambiscona colega venezolana del cégep. Con todo y doctorado en McGill, andaba sacando la manita como menesterosa por un curso de español básico y nocturno.
A partir de este momento, tal vez por efecto de las copas de vino que se había tomado, el hombre comenzó a soltarse de la lengua y a supurar la ponzoña que durante largo tiempo había acumulado en sus venas. En el medio de los profesorcitos de español como lengua extrajera hay una bola de acaparadores avaros que trabajan de tiempo completo en un cégep —ella no quiso interrumpir la verborrea para preguntarle qué significaba exactamente la palabra cégep— y, a pesar de eso, también piden cursos complementarios en alguna universidad como la de Montreal o Concordia o McGill. Eso sin contar a quienes se paran frente a un grupo de estudiantes y con todo el descaro del mundo se atreven a enseñar una lengua que no mamaron desde la cuna. Esas personitas, le dijo, podrán contar con todos los estudios que quieran, incluso doctorado o post-doctorado ya fuera en literatura hispánica o en enseñanza de una lengua extranjera, serán muy simpáticas, pecositas y adoradas, se inventarán hasta la más payasa dinámica para mantener entretenidos a sus oligofrénicos alumnos, llevarles la última bazofia salida del despreciable género llamado salsa, pero no dejan de ser unas impostoras cuya desvergüenza llega al punto de robarle el trabajo a quienes hemos hablado este idioma desde la infancia, a quienes lo hemos escrito con intenciones medio estéticas desde la adolescencia, a quienes hemos leído con verdadero fervor a los autores más conspicuos de nuestra literatura, a quienes sí jugamos a La Lotería de niños, a quienes sí comimos tortillas de maíz a la hora de la comida y a quienes sí guardamos en la memoria toda la información cultural sobre nuestros países de origen.
Más tarde, luego de turnarse con otros comensales, Vázquez volvió a la carga para romperle a Marina todas las ilusiones laborales. No debería extrañarse en este país sin identidad. Cuántas listas miró sin comprender. Al principio había concluido que tenían que tratarse de errores tipográficos. Pero, se preguntó, ¿en tantos apellidos? Un descuido tan evidente era inadmisible. Esos putos apellidos son los que se llevan los trabajos que uno haría mucho mejor. Chamcha… ¿qué? ¿Quién en un país hispano se apellida Gagnon, Guimont, Donahue? Tú has nacido en el universo de esta lengua. Aprendiste tus canciones de cuna y fuiste arrullada en ella. El primer insulto que recibiste y el primero que diste fue en ella. También las primeras palabras de amor. Y, aun así, ahí están. Anglófonos, francófonos e híbridos que se hacen pasar por hispanos. Sólo porque la madre, la tía o la abuelita hablaban el idioma. O quizás porque se han “enamoragdo” de la cultura como argumentan sin saber pronunciar la “R”. Habían tenido una estancia en un pueblucho refundido de “Ezpaña”. Era insultante. Aquello olía al tufo de una ley antidiscriminatoria. Ya sé, continuó, que la analogía está traída de los pelos. Pero es como si en un téibol contrataran a una bailarina que no tiene tetas por encima de una que acaba de ponerse los implantes. Ella no quiso replicarle que su analogía no era del todo buena porque la teibolera con implantes era tan falsa como un profesor de español cuya lengua materna es el inglés o el francés. El hombre, al principio tan huraño, ahora no contenía su torrente de quejas contra el medio en el cual trabajaba. Decía no sentirse reconocido. Argumentaba que él hacía su trabajo a la perfección. Era puntual, amable y respetuoso con colegas y estudiantes a la par. Iba a constantes (y muchas veces inútiles) reuniones de las escuelas donde trabajaba sólo para perder su tiempo y oír idioteces. Pero iba. Y, aun así, cada trimestre, se veía obligado a sentir la misma zozobra de si irían o no a concederle las migajas que quedaran luego de terminada la repartición entre los “acaparadores”, como él ya los había llamado en más de una ocasión durante aquella tarde. Sí, ésos que detentan chorrocientos mil puntos y que se hallan bien arriba en las carajas listas de antigüedad. Maldito sistema que incita al homicidio. ¿Jetté? ¿Giguère? ¿Theodo… qué chingados? ¿Qué contestarían esos apellidos cuando los alumnos les preguntaran qué es un “puñetero” o una “boluda” o un “pendejo” o un “huevón”, cuando cuestionen quién es la Vero Castro o don Francisco o Susana Giménez? Ah, pero eso sí. Seguramente conocerán a Celia Cruz o a algún salsero de la misma calaña de los que tanto pegan acá por aquello de lo “caliente” y la “playa”. De qué sirven las pinches evaluaciones que le hacen a uno cada semestre. ¡De nada!, gritó estremeciendo a la pobre Marina. Si un o una imbécil saca las peores evaluaciones, pero está en lo alto de la lista de antigüedad, seguirá teniendo cursos sea o no un buen docente. Él, a diferencia de los acaparadores, con un curso se conformaba para sobrevivir y eso era un acto heroico ante las exigencias de los estándares canadienses. En fin, le dijo al final a la aprendiza de profesora de español, que le deseaba suerte. La vas a necesitar.
Pese a tantas quejas, Marina no se dejó amedrentar por lo hostil que pudiera parecer un gremio visto desde afuera tan inofensivo e incluso ñoño. Después de todo y como solía tan tópicamente decirse, ella empezaría desde abajo. No le importaba trabajar en alguna de esas escuelas patito de las que habló con tanto desdén su compatriota, el señor pesimista y amargado. Y es que, después de aguantar el desempleo y el caos en México, cualquier cosa era buena. Con tal de tener pan en la mesa, ¿a ella qué le importaban esas intrigas palaciegas que se daban entre personas tan importantes como los profesores de español de Montreal?
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Algunos años después de aquel encuentro agridulce, Marina entra, como a todas sus clases, sonriente y llena de energía. A pesar de que tal vez se encuentre sola la próxima media hora en este salón de clases, su actitud positiva no se deja intimidar. El día de huelga, proclamado por varias asociaciones estudiantiles, no impide que la administración de la universidad les exija presentarse a sus “encargados de curso” (como los denomina) al sitio de trabajo. Hace apenas unos semestres que ella trabaja en esta institución, bien conocida por las radicales convicciones políticas de sus alumnos, y el hecho de que se lleven a cabo huelgas constantes ya no la sorprende. Qué importa. Ha logrado conseguir sus objetivos de nouvelle arrivante: estudiar la maestría y, luego de graduarse, obtener un par de cursos en esta universidad.
Una docena de sus alumnos —la mayoría de ellos clasificados por la institución como “estudiantes libres”— se aparecen en el aula. Ni siquiera estaban enterados de que este día es de huelga. Después de todo, dedican la mayor parte de sus horas de actividad al trabajo y la única clase que toman aquí es la de español. Todos ellos dejaron las aulas hace mucho tiempo y aprender un nuevo idioma sólo se constituye como una especie de hobby. Para una vez a la semana. De seis a nueve. Y a ponerlo en práctica durante las vacaciones. Nada más. Cuando Marina les informa de la situación, la mitad de ellos se retira. Los desertores se hallan cansados a esta hora (seis y cuarto de la tarde), tras una larga jornada de trabajo en empresas u oficinas, y no ocultan el regocijo que les produce regresar temprano a casa. La otra mitad le pide quedarse tan sólo unos minutos para revisar más a fondo los trabajos escritos que entregaron la semana pasada. Entonces Marina accede y va pasando de un pupitre a otro para primero devolver la composición y después explicar sus errores a detalle. Sin embargo, hay quienes insisten en la revisión pormenorizada intentando sacarle el mayor jugo a la vuelta dada hasta el centro de la ciudad. Poco a poco el aula se vacía hasta que únicamente queda una mujer de edad madura, de esas alumnas que emprenden el estudio del castellano para no requerir traductores cuando visitan el ignoto Sur durante el invierno.
Apenas se acerca al pupitre de la señora, escuchan los silbatazos, las matracas y los cánticos provenientes de los pisos de abajo. Sonidos atronadores cuya intención es interrumpir cualquier clase que se atreva a llevarse a cabo dentro de este pabellón. La estudiante le dice que no se preocupe. En cuanto terminen de revisar juntas su trabajo práctico, podrán irse. Ninguna sospecha que ya es demasiado tarde. Dos huelguistas entran de súbito en el aula. Mientras el primer enmascarado prende y apaga la luz, el otro corre a darle el pitazo a la turba que, en cuestión de segundos, irrumpe también en el lugar.
Marina sólo alcanza a percibir las intensas miradas de odio lanzadas contra ella. Quién viera a los quebequenses. Siempre tan amables y educaditos. Ésta es una transformación digna de Jekyll y Hyde. Algo alcanza a entender de lo que su estudiante discute con los huelguistas. Se habla de inconsciencia, falta de solidaridad e incluso a la profesora mexicana la clasifican como una esquirol. Qué falta de respeto al movimiento estudiantil que intenta impedirle a la universidad la injusta y autoritaria expulsión de los líderes por encabezar pintas y actos de vandalismo. Cómo osa esta docente impartir su clase cuando “absolutamente todas” las asociaciones declararon esta fecha como de huelga. La alumna les miente y les dice que Marina es una maestra novata. No conoce bien el tejemaneje de esta universidad. Mucho menos entiende del todo ni el idioma ni estas sutilezas de Quebec. “¡Es una profesora de español!” Vean el libro de texto sobre el pupitre. Las justificaciones de la mujer para defender a Marina logran el efecto contrario y enardecen todavía más a los huelguistas.
Pronto se ve cercada por la turba de enmascarados. Entre ellos, hay también cuatro muchachas cuyos semblantes se ocultan tras paliacates. Pronto concluye que una de ellas es la líder de esta célula de manifestantes. Sin embargo, no termina de comprender el porqué de tanto rencor colectivo. Y, ante la impotencia, su alumna empieza a lloriquear. De inmediato los huelguistas se concentran en la mujer madura. Se burlan de su llanto y las carcajadas se reproducen una tras otra. Marina aprovecha la distracción para recoger sus materiales y guardarlos en la mochila. En esta ocasión, no se va a dejar intimidar. Nada pueden hacerle, se repite. Qué más da si la alumna y ella se retiran en este momento y los dejan con sus insultos en la boca. Así, sin aviso, aparta a algunos manifestantes, toma de la mano a la señora y ambas salen corriendo del aula.
Marina y su estudiante bajan las escaleras de forma apresurada. Sienten el acecho de esa chusma que las sigue de cerca. Dan vuelta hacia un estrecho pasillo, pero no de una manera lo suficientemente rápida como para que la líder del grupo no se percate de la maniobra. Se introducen en el despacho de los profesores de español y Marina lo cierra con llave. El sonido de las matracas se oye cada vez más cerca. Pronto resuenan los golpeteos en la puerta, los cánticos detrás, mezclados con los mismos agravios de antes. Ya bajo el resguardo de la oficina, la maestra levanta el auricular de su extensión y llama a Seguridad. Sin embargo, la alumna es quien se comunica con la persona al otro lado de la línea porque cómo odia Marina esos diálogos telefónicos en francés. Tantos significados perdidos por no mantener el diálogo cara a cara. Al colgar, la alumna le anuncia que ningún agente de seguridad puede venir a socorrerlas: “Ils sont débordés”.
Su situación actual se ha vuelto digna de una caricatura, logra convencerse durante el trance. De ese tipo de persecuciones dignas del Coyote y el Correcaminos. Se repite que esto es absurdo. Roza ya con lo surreal. Sólo unos minutos más tarde se dará cuenta del silencio. Luego de un largo discurso, Marina convence a su alumna de que los huelguistas ya se han ido. Están a salvo. De verdad. Las dos mujeres abren la puerta y, al no observar a ningún enemigo en cualquiera de los dos flancos del corredor, ya sea a la izquierda o a la derecha, salen lentamente. Alcanzan en silencio el final del pasillo hasta que escuchan del otro lado un grito en femenino: “¡Allí están!” Marina no puede creerlo. Su alumna la saca del encantamiento y le suplica que corran escaleras abajo hasta el túnel que conecta al pabellón de la universidad con el metro.
Durante la huida alcanza a registrar en su mente, unido al grupo, a un hombre con toda apariencia de indigente que jala de la correa a un perro bravo. Por qué se les habrá unido. De dónde lo habrán sacado para hacer bola. Si tan sólo esto le estuviera pasando a otra persona y no a ella, podría reírse. Marina y su alumna cruzan el nivel subterráneo hasta el siguiente pabellón, el último antes de salir a la estación de metro. En algún momento la mujer aterrorizada se tropieza y el hecho de que Marina se detenga para ayudarla en realidad le salva la mano derecha de ser víctima de una dentellada del perro, al cual el pordiosero acaba de azuzar contra ellas. No se deja amedrentar ni por el animal ni por la incorrección política representada por este patadón que acaba de propinarle. Que las asociaciones defensoras de animales la vieran en este instante. El mastín sale huyendo hacia su amo con sonoros aullidos de dolor. El indigente la maldice con palabras ininteligibles para ella, aunque alguien más versado en dialecto quebequense las identificaría como blasfemias: “¡cáliz!”, “¡tabernáculo!”. Las dos mujeres se levantan con prisa y alcanzan las puertas giratorias que se hallan a unos pocos pasos de los torniquetes para acceder al metro. Ningún agente de Seguridad a la vista, como acostumbran plantarse cerca de las puertas giratorias.
Dentro de la estación (ésa donde se conectan tres líneas del metro), la estudiante abandona a Marina a su suerte y se sube corriendo al primer vagón de metro a la mano, uno de la línea naranja. Al voltear a buscarla, sólo encuentra al grupo ya diezmado y a su pordiosero. A pesar de la visión y a diferencia de su alumna, ella no desea treparse más que al que la lleve lo más velozmente a casa. Así los revoltosos le den alcance y vuelvan a cercarla. Cuando baja al siguiente nivel, adonde se halla el andén de la línea verde, rumbo a Honoré-Beaugrand, tiene muy claras las ideas. Sabe qué táctica aplicar para ganar tiempo antes de que llegue el próximo tren subterráneo: ir al otro extremo del andén, tratar de perderse entre la multitud de la hora pico que muy apenas le permite caminar ahora y escabullirse a como dé lugar. A lo lejos, nota que ahora únicamente el pordiosero le da caza.
El indigente empieza a soltar una retahíla incomprensible que a Marina le suenan a improperios. La gente arremolinada ni siquiera lo voltea a ver. Es más, ni siquiera lo escucha. Tan absortos se hallan ante la influencia de sus dispositivos electrónicos, ante la música que sale de los audífonos. Por fin Marina alcanza el final de andén al mismo tiempo que se hace sentir la presión del aire anunciando la llegada de los vagones. No le importa empujar a varias personas para ser la primera en subirse. Tanta falta de respeto es efectiva. Cuando las puertas se cierran, nota que el agresivo pordiosero se quedó allá afuera, todavía gritando a todo pulmón.
Adentro, con el aliento aún agitado, se siente apelmazada contra varios usuarios del metro que, una vez más, le lanzan más miradas de resentimiento. Por último, se pregunta a qué mierda de país inmigró y por qué tendría que ser tan peligrosa la profesión de maestra de español como lengua extranjera.
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Y Vázquez entró de nuevo al Cinéma du Parc.