sábado, 2 de junio de 2018

De regreso en Twin Peaks (III)

Los homenajes para conmemorar el aniversario del estreno de Twin Peaks: el regreso (2017) empiezan a aparecer en el ciberespacio. La cadena Showtime programa para hoy, 2 de junio, un maratón de 18 horas (de las 4:30AM a las 10:00PM), especial para todos aquellos que deseen freír su cerebro como huevo en sartén ardiente. Así como su predecesora, esta continuación de la serie es vista como una suerte de clásico instantáneo que se atreve a romper con las convenciones de la televisión. Y eso, tras un cuarto de siglo, tras el boom de las plataformas digitales y tras la migración de los actores del cine a las series televisivas. Ningún desprestigio ni degradación significa ahora aparecer en una de ellas. Atrás quedan los días en que Lynch recupera del cuasi-olvido a antiguas glorias de Hollywood como Richard Beymer y Russ Tamblyn (ambos de Amor sin barreras). Aun con el muy posible éxito, hubo quienes no quisieron retornar a sus papeles de antes: el caso más notable fue el de Michael Ontkean. Pero también están Piper Laurie, Lara Flynn Boyle y Michael J. Anderson, cuyo baile en el onírico Black Lodge se convirtió en otro de los momentos más recordados de Twin Peaks. Por sus desavenencias con Lynch fue remplazado por el brazo-árbol parlante y diseñado a través de computadora. Y, hablando de los personajes, ¿dónde se quedaron Windom Earle, Dick Tremayne, Annie Blackburn, Lana Milford, John Wheeler y todos esos otros fascinantes habitantes de Twin Peaks, añadidos en la segunda temporada? Ésos mejor que no vuelvan. En fin. Que sigan los homenajes. Aquí continua el mío:



Parte 7: Mientras Jerry Horne se encuentra drogado y perdido en el bosque, Hawk pone al día al alguacil Truman. El hallazgo de las hojas perdidas del diario secreto de Laura Palmer en el baño de la comisaría me remite de nueva cuenta a Fuego camina conmigo. Ahí, durante un sueño, Annie Blackburn se le aparece a Laura y le advierte que Cooper, el bueno, se quedó atrapado en el Black Lodge. Ya que el doctor Hayward (Warren Frost, el padre de Mark, el co-guionista) examinó al Cooper malo 25 años atrás, Truman se comunica con él a través de Skype. Hasta ahora, el doctor es el único miembro de la familia Hayward que ha aparecido en este renacimiento de Twin Peaks. Su participación se torna también otro homenaje final ante el fallecimiento de un actor poco después de terminarse las grabaciones. Como Catherine E. Coulson (la señora del leño), Harry Dean Stanton (Carl) y Miguel Ferrer (Albert). El doctor confirma el comportamiento extraño de aquel agente Cooper además de que menciona a otro personaje importante de la serie anterior: Audrey Horne. Lo último que supieron los espectadores de ella fue que se había encadenado a la puerta de la bóveda de un banco poco antes de que ahí explotara una bomba. El doctor Hayward confirma que Audrey estuvo en coma y que quizás Cooper fue a visitarla al hospital antes de desaparecer. Al mismo tiempo, Andy anda tras la pista del camión que se dio a la fuga luego de atropellar al niño.
La teniente Knox llega del Pentágono a Dakota del Sur para cerciorarse de la existencia del cadáver decapitado y confirma con las autoridades locales que se trata de Garland Briggs. Lo inexplicable: aunque el mayor murió unos días antes, su edad no corresponde a la del cuerpo. Por los pasillos de la morgue deambula la presencia amenazante de un pordiosero (similar al de una celda vecina a la de Bill Hastings, casi idéntico al agazapado detrás de la cafetería Winkie’s en Mulholland Drive). Este merodeo de un ser sobrenatural en mucho recuerda al del manco Gerard en el hospital de Twin Peaks tras la muerte de Laura Palmer. Lynch exprime soluciones inusitadas a las dificultades. Ya que el deceso del actor Don S. Davis en 2008 le impedía en principio incluir su personaje dentro de la nueva serie, decide extender la sombra de Briggs a través del descubrimiento surreal de su cadáver sin cabeza.
Corte a la oficina de Cole-Lynch en el FBI. No debería de extrañar que detrás de él se halle una imagen de un hongo nuclear y, del otro lado, un retrato de Franz Kafka. Albert entra para comunicarle que fracasó con Diane y los dos la visitan en su departamento. Esta ex asistente del FBI, displicente y rencorosa, en nada se parece a la imaginada por mí cuando Cooper levantaba sonriente su grabadora y le hablaba a través del micrófono. Esta mujer reparte fuck you’s sin distinción de rangos. Aun así, Gordon Cole logra persuadirla para que los acompañe a la prisión de Dakota del Sur. Durante el vuelo, Tammy recibe una lección sobre la huella invertida del señor C, a su vez relacionada con el dedo anular (“el dedo espiritual”, alecciona Cole). Lo anterior explica el motivo por el cual Gordon dudó de su identidad: el falso Cooper saludó a su otrora jefe con yrev (“yum”) en lugar de very (“muy”). Un pelo tan blanco como el de Diane sólo lo tuvo Leland Palmer en la serie original luego de que asfixiara a Jacques Renault (durante el salto entre la primera y la segunda temporadas). Alguna relación tendrá Diane Evans con el Black Lodge. Innegables el odio y el horror cuando esta mujer se enfrente al preso. “Ése no es el Dale Cooper que yo conocía”, le anuncia temblorosa a Gordon al salir. Y promete contarle más después. Viéndose amenazado por el FBI, el señor C chantajea y amenaza a Murphy, el alcaide del centro penitenciario, para que los deje en libertad a él y a Ray.
En Las Vegas los tres chiflados Fusco —un trío de hermanos-policías lelos— visitan a Dougie en la aseguradora. Investigan el caso de su autobomba. El jefe y Janey-E salvan la situación. Pero, a la salida del edificio, el enano calvo y musculoso ataca y, por un instante, Dougie despierta. Sus instintos de antiguo agente especial del FBI le salvan la vida y, con la ayuda del brazo-árbol, Ike huye para dejar atrás un trozo de la palma de su mano. Sin embargo, pronto Dougie-Cooper vuelve a la realidad catatónica y decepciona a los fans ya hartos de esta larga espera. Mientras tanto, la llave del cuarto 315 llega a su lugar de origen, el hotel Grand Northern, y la cámara da un vistazo a la alegre vida doméstica de Beverly, la asistente de Ben Horne.
Un hombre barre la basura en el Roadhouse. Este acto se extenderá dos minutos con quince segundos. Definitivamente, Lynch despliega toda la libertad creativa para detenerse contemplando el barrido. Hasta que el hermano de los Renault conteste el teléfono y reafirme las actividades favoritas de estos migrantes francocanadienses: drogas y prostitución. La aparición fugaz de Walter Olkewicz me obliga a preguntarme si Jacques Renault volvió de la tumba. Pero no. En los créditos está listado como Jean Michel Renault. ¿Un hermano gemelo? ¿Otro doble manufacturado? Quizás los hermanos Renault, como las familias de Quebec de antaño, son multitud y aquí estaríamos hablando de los siguientes integrantes del clan quebeco: Jean-Paul (el mayor, interpretado por Michael Parks, muerto cuando intentaba vengarse de Cooper), Jean-Bernard (la mula poco efectiva de Leo Johnson) y los gemelos Jean-Jacques (el ultimado por Leland en el hospital) y Jean-Michel (el ganón que se quedó con el negocio del Roadhouse). Tras esta digresión sobre la familia Renault, el episodio culmina con la libertad de Ray y del señor C. Los créditos corren en el restaurante de Norma.


Parte 8: ¿O será la parte 7-b? No hay número musical al final de la siete y eso me hace pensar que quizás, al iniciar la ocho, veo en realidad una prolongación de la predecesora. En la carretera, Ray le escatima a Cooper, el malo, la información que necesita. Ray pide dinero a cambio de esos números que, según presume, se sabe de memoria tras sacárselos a la secretaria de Bill Hastings. Durante una parada técnica, Ray aprovecha un descuido del señor C para dispararle. Los pordioseros sobrenaturales aparecen de la nada y se agrupan para llevar a cabo un ritual de sanación. Ray sale huyendo y los espectadores se enteran de que si actúa tan temerariamente es porque está bajo el auspicio de Philip Jeffries. Aquí viene el número musical pospuesto: Nine Inch Nails en el escenario del Roadhouse. Vaya que la selección de grupos ha mejorado mucho. Para que éstos se presenten en un pueblito del noroeste gringo, a los Renault restantes debe irles muy bien de narcotraficantes y padrotes. Al terminar la canción, el señor C resucita.
Y ahora sí comienza la parte ocho: blanco y negro, letras. 16 de julio de 1945. White Sands, Nuevo México. Flashback al nacimiento de la maldad. El hongo nuclear en la pared de la oficina de Cole se materializa. Pareciera que Lynch quiere plantear una historia de origen para “ese mal” que se oculta en los bosques de Twin Peaks. Otro desafío se les presenta a los novatos a la serie: darle coherencia a lo desplegado durante esta mirada retrospectiva de tres cuartos de hora. ¿Y cómo se relaciona esto con lo visto hasta ahora? David Lynch no acostumbra dar respuestas. Tampoco las dará aquí. Ni modo. A tratar de interpretarlo.
El estallido de la bomba nuclear lleva a la cámara al interior del hongo. Se genera una alteración de la materia que desemboca en el exterior de la tienda donde se reúnen todos los pordioseros. Hay que recordar que Mike y Bob (los primeros espíritus malignos de los cuales se tiene noticia en la serie original) vivían arriba de una tienda de conveniencia. El monstruo caníbal femenino escupe una masa gelatinosa con una efigie esférica de Bob. En la fortaleza morada se encuentran la señorita Dido y el gigante. Se mueven lentamente circundados por objetos que bien pudieron haber salido en una escena de Eraserhead, la ópera prima del director. Dentro de una especie de sala de cine el gigante observa lo anterior: el nacimiento del mal (la bomba, el ente femenino, Bob y los pordioseros). Tal vez como para equilibrar los pesos de la balanza, un orbe dorado con el rostro de Laura Palmer da su salto a la Tierra para así darle batalla a la esfera oscura de Bob.
Adelanto a 1956. Una creatura alada, mezcla entre grillo y lagartija, sale de un huevo en medio de las arenas de Nuevo México. Una pareja de adultos conduce un automóvil por una carretera oscura cuando de repente el pordiosero se les acerca y les pregunta si tienen fuego (“Gotta light?”), fuego y electricidad como elementos dañinos de la realidad alterna. El pordiosero los aterroriza. Mientras tanto, unos adolescentes regresan de su cita. La muchacha se despide del chico y entra a su casa a escuchar la radio (“My Prayer” de los Platters). El pordiosero irrumpe en la estación radial. Como mantra diabólico, sigue pidiendo fuego y, ante el terror de quien se le ponga enfrente, les fractura el cráneo con la mano limpia. Interrumpe la canción de los Platters y agarra el micrófono Quien esté escuchando la radio, caerá en un estupor cuando escuchen la voz del pordiosero decir: “Ésta es el agua y éste es el pozo”. Las palabras por recitar evocan el poema aquél de “fuego camina conmigo” dicho por Bob, Gerard (Mike) y otros personajes de la serie original (ése que yo me sabía de memoria en la prepa). De nueva cuenta, nótese la presencia del fuego. El grillo-lagartija aprovechará la oportunidad para entrar en el cuerpo de la joven a través de su boca. Parecería una forma de preservar el mal nacido (¿o el malnacido?) del arma atómica. ¿Será posible que esta muchacha de Nuevo México haya crecido para convertirse en una habitante de Twin Peaks? Al rodar los créditos, me percato que el pordiosero está listado como un “hombre del bosque” (Woodsman). En Fire Walk with Me hay una escena en la parte superior de la tienda de conveniencia. Ahí están reunidos varios espíritus del Black Lodge: los ya conocidos como el enano (el árbol-brazo), Bob, la señora Tremond y su nieto, además de dos personajes incógnitos pero listados como hombres del bosque (de hecho, el actor alemán Jürgen Prochnow interpretaba a uno de ellos). Con el retorno de Twin Peaks Lynch multiplica el número tanto de realidades alternas como de entes oscuros. Y todo comenzó con la idea de un cuarto de cortinas rojas y piso de diseño zigzagueante donde se hallaba una Venus púdica flanqueada por dos sillones. Ni qué decir de la obsesión del director con una época en particular: los años 50, los de su niñez y adolescencia. No importa cuál de sus créditos elijan los espectadores ni en qué época estén situados, siempre habrá un vestido, una chamarra, un auto o una casa que semejen estar sacados de aquella década.


Parte 9: Atrás queda la retrospectiva en blanco y negro. Como si hubiera sido un intermedio a la mitad de la serie o peliculota de 18 horas. El señor C llega a una granja, ya con la sangre tiesa. Ahí hallará a dos personajes prestados de un filme de Quentin Tarantino, dos cómicas presencias de aquel universo cinematográfico: Chantal (Jennifer Jason Leigh, a quien ya habíamos visto cuando asesinaron a Darya) y su esposo Hutch (Tim Roth). Son una pareja de matones al servicio del señor C. A Hutch no le importa compartir a su mujer con el jefe. Entretanto, el ejército se comunica con Cole para enterarlo del descubrimiento sobre Briggs. Minutos después el alcaide Murphy le avisa de la gran evasión del Cooper malo. A partir de aquí los puntos geográficos se conectan y me obligan a adivinar una convergencia en Twin Peaks. El atentado lleva a Dougie-Copper y a Janey-E a la comisaría de los lelos. Más de uno se pregunta si Dougie despertará con esos tacones rojos, tan similares a los de la coqueta Audrey Horne. Al menos, a uno de los tres chiflados Fusco se le ocurre tenderle una trampa para hacerse de sus huellas dactilares. También logran arrestar al enano Ike, aunque ya el señor Todd (por órdenes del Cooper maloso) maquina el siguiente plan para liquidar al cándido pero suertudo Dougie.
De vuelta en Twin Peaks, los policías acuden con Betty Briggs (Charlotte Stewart, fiel a Lynch desde hace 40 años cuando encarnara a la Mary X de Eraserhead). La mamá de Bobby les dice que su esposo dejó una pista que ahora reciben Hawk, el segundo alguacil Truman y su hijo. “Sabía que todo resultaría bien”, afirma la viuda del decapitado Briggs al mirar a Bobby. Éste es el espejo de uno de los momentos más emotivos de la serie original, aquél cuando el mayor Briggs le cuenta a Bobby el sueño sobre su futuro, ése en el que era feliz. Cuando el objeto cilíndrico dejado por el mayor se abra, revelará indicaciones de tiempo y espacio. Entre las mismas, una hora: 2:53. Es decir, una de las pistas del gigante, así como la hora en la que el señor C vomitó sopa de elote durante la tercera parte. Lynch se luce también como actor en el papel de Gordon Cole cuando en la morgue le lanza una risible mirada de desconcierto a Diane tras ella rehusarse a no fumar. Bien engañados los tiene porque textea a escondidas con el señor C. Más explicaciones a pistas antes inconexas: Bill Hastings y la bibliotecaria (la mujer-cabeza) tenían un blog en el que sacaban a la luz la existencia de una dimensión desconocida. Con el interrogatorio de la agente Tammy Preston a Bill, Matthew Lillard da quizás la actuación de su carrera. La otra realidad, cuya semilla era el cuarto de cortinas rojas, se expande sin límites: ahora abarca sitios muy diversos. También se releva la información sonsacada a la secretaria de Hastings. Díganse unas coordenadas que tanto Briggs como el señor C necesitan. Bueno, el primero ya no. En el hotel Gran Nothern un zumbido raro entretiene a Ben y a Beverly. Hasta ahora, todos los miembros de la familia Horne (Ben, Sylvia, Jerry y hasta Johnny) han aparecido. Todos salvo Audrey. Tal vez siga en coma. Y si el malvado señor C la visitó en el hospital, como afirma el doctor Hayward, ¿cuáles habrán sido las consecuencias de esa visita? La conversación de unas drogadictas en el Roadhouse, al igual que la parte ocho, no semeja guardar ninguna relación con las diferentes líneas narrativas a seguir. Las tres mujeres de los sintetizadores (Au Revoir Simone) vuelven a cerrar el episodio. Ya las agrupaciones musicales comienzan a repetirse. Y de Julee Cruise, ni sus luces.

lunes, 28 de mayo de 2018

De regreso en Twin Peaks (II)



Parte 4: El episodio abre en el casino. Más y más máquinas tragamonedas, hellooooo’s! de Cooper, alarmas de gozo y mega-premios. Al menos, David Lynch tiene la cortesía de editarlos y de no detenerse en todo esto media hora. El señor Lotería acaba de ganar 29 mega-premios, además de dos para la viejita pandrosa. Le entregan el dinero y le ofrecen un servicio de limusina. Dougie-Cooper sólo puede identificar su casa por la puerta roja, tan roja como las cortinas del Black Lodge, el hogar doble marcado por ese color. El búho que pasa volando recuerda a uno de los animales más icónicos de la serie y aquella pista del gigante de “los búhos no son lo que parecen”, la clave para identificar a Leland Palmer como el asesino Bob. La puerta roja se abre y sale a la calle otra de las antiguas colaboradoras de Lynch, Naomi Watts (Betty-Diane en Mulholland Drive), aquí en el rol de la esposa de Dougie. El enojo de Janey-E desaparece ante la bolsa llena del dinero ganado en las máquinas. “Éste es el más maravilloso de los días más horribles de mi vida”. Horrible por la desaparición de Dougie (no de 25 años, sino de un par de días) y porque su hijo Sonny Jim pasó el cumpleaños sin el papá.
Denise Bryson reaparece en un alto puesto en el FBI y Cole va a entrevistarse con ella. Pero David Duchovny se ve mucho más falso de mujer que hace un cuarto de siglo. Su intervención en el Twin Peaks original (como agente transexual de la DEA) precedió a la fama otorgada por el programa de Los expedientes secretos X. El mal sabor de boca pasa pronto y es seguro que el personaje de Denise no volverá a aparecer en esta tercera entrega. Si acaso, es apenas un guiño para los nostálgicos. Ahora en el pueblo hay dos alguaciles Truman. No es que algún espíritu maligno del Black Lodge haya manufacturado una copia de Harry S. Estos alguaciles son hermanos porque el actor canadiense Michael Ontkean no quiso salir del retiro ni mucho menos participar en este resurgimiento de la serie. Así que Lynch y Frost le inventaron al buen alguacil un hermano que (casualmente) también es policía y lo pusieron en su lugar pretextando una enfermedad grave de Harry. El chistorete sobre el terror de Lucy ante los celulares —en realidad, ante la idea terrorífica del doble— tendrá su génesis en una escena editada de Fire Walk with Me y, aunque aquí me parezca intrascendente, cobrará mucha importancia en la parte 17. Para nuestra sorpresa, Bobby Briggs se unió al cuerpo de policía y, al desplegar Hawk las evidencias sobre el caso Palmer, se le vendrán las lágrimas a los ojos con tan sólo observar el retrato de su antigua novia, Laura. Por primera vez en TP: el regreso, vuelvo a escuchar el tema musical de la difunta, compuesto también por Baladamenti. Bobby nos confirma la lejana muerte de su padre y, además, recuerda que Cooper fue el último en ver al mayor Briggs con vida. Olvidable la escena de Michael Cera como Wally Brando, el hijo de Lucy y Andy, cuya filiación se puso en duda durante la segunda temporada.
De vuelta en territorio desértico, pasa una eternidad para que Dougie mee, se vista y desayune con Sonny Jim. Los distraídos no captarán las reminiscencias a su vida pasada, como agente del FBI: el pulgar hacia arriba, un tarro para galletas en forma de búho y, sobre todo, el café. Ni siquiera la deliciosa bebida caliente saca al agente Dale Cooper de su letargo. Más vale que lo haga pronto o los fanáticos de la serie nos podemos encabronar con Lynch. A través de Gordon Cole, el director se da los mejores diálogos y las situaciones más cómicas: bastantes chistes en el estilo de “el sordo no oye, pero compone”. Gordon Cole fue una presencia intermitente en la serie original. Pero aquí pareciera haberse convertido en uno de los protagonistas. Hay una atmósfera de lo inconfortable bien lograda cuando Albert, Tammy y él van a visitar al señor C a la cárcel de Dakota del Sur. Nadie está convencido de que ése sea el verdadero Cooper y sólo hay una persona capaz de identificarlo. ¿Quién podrá ser?
La segunda mención al agente Phillip Jeffries me obliga a detener este episodio y desempolvar un viejo videocasete de Fire Walk with Me (1992). Una vista más de esta película que en su momento juzgué desarticulada, me revela la repetición de las frases crípticas emitidas en el Black Lodge: el brazo ya no encarnado por un enanito sino por un árbol raro y afirmando “yo soy el brazo y sueno de esta forma”, así como la reticencia a hablar de los casos de la Rosa Azul. Además de un trío de agentes desaparecidos: Chester Desmond (Chris Isaak), Jeffries (ni más ni menos que David Bowie) y, finalmente, Dale Cooper. El episodio culmina con la intervención musical del trío femenil Au Revoir Simone en el Roadhouse. ¿Y Julee Cruise?, sigo interrogándome.


Parte 5: Ahora entiendo que TP: el regreso tiende puentes mucho más firmes con Fire Walk with Me que con la serie original. En internet venden el bluray de la película con las escenas editadas y sopeso la utilidad de comprarlo para comprender mejor lo que veo. Ni modo. A esperar el envío y a ver, mientras tanto, las partes que siguen.
Lorraine —la mujer contratada por el señor Todd para asesinar a Dougie-Cooper— no está nada contenta al principio de la quinta parte y en Dakota del Sur los forenses extraen el anillo de Dougie del estómago del cuerpo decapitado. Si hay un objeto que aparece y desaparece en Fire Walk with Me (sobre todo, luego del homicidio de Teresa Banks) es el anillo verde del Black Lodge. En la prisión y frente al espejo, queda confirmado que el señor C es el vehículo del espíritu-parásito Bob. De vuelta en Twin Peaks: si Bobby ahora es policía, su amigo Mike será un empresario que le da una lección de vida a un desaliñado e informal aspirante a trabajador. Steve resulta ser el esposo de Becky (Amanda Seyfried), la hija de Shelly y Bobby. En Las Vegas, cuando Janey-E lleve a Dougie a su trabajo en una aseguradora, él se quedará embobado ante la estatua de un hombre que apunta una pistola. Ni siquiera esto lo incita a recordar su pasado. Sin embargo, durante una peculiar junta con su jefe, se desperezan las habilidades de Cooper para desenmascarar a un colega mentiroso. Esto me recuerda a la escena del interrogatorio del entonces joven Bobby cuando Cooper le digita a Harry en un tatarabuelo de los smartphones: “está mintiendo”.
Tres acontecimientos importantes en Las Vegas: 1) Aparecen los hermanos dueños del casino con sus conejitas idas como acompañantes. De entenderse que no estén nada felices luego de que Dougie Jones saliera de su establecimiento con más de 400,000 dólares. A uno de los hermanos lo interpreta Jim Belushi y me pregunto fútilmente cómo habrían quedado estas escenas de vivir John y de encarnar los Belushi a los Mitchum —esto amerita una disculpa: acabo de ver Animal House y The Blues Brothers, una detrás de la otra, en Netflix. 2) En el fraccionamiento Rancho Rosa (sector venido a menos) los matones de Lorraine casi se cruzan con unos robacoches quienes terminan calcinados tratando de volarse el auto de Dougie. Todo esto, ante los ojos de un niño curioso, hijo de una drogadicta. 3) Por último, Jade lanza la llave del hotel Great Northern a un buzón. Como el terror de Lucy ante los celulares, esto se volverá importante en el episodio 17.
La Becky de Twin Peaks repite los patrones de conducta de su madre cuando ésta fuera la mujer del camionero maltratador y traficante de drogas Leo Johnson. El esposo de Becky es un vago cocainómano que, como Leo, tiene un coche engaña-bobas. Luego de sacarle dinero a Shelly, Becky se lo entrega a Steve y él le ofrece un poco de cocaína. Uno de esos giros tan característicos en la obra fílmica de Lynch se da cuando se escuche la canción “I Love How You Love Me” en voz de las Paris Sisters. De lo contemporáneo a la retrospectiva de los años 50-60. De la oscuridad a la luz del amor. Porque la nieta del cadáver decapitado está perdidamente enamorada de este loser.
Se revela también el propósito de las palas doradas del doctor Jacoby quien, desde las profundidades del internet, es el doctor Amp: un quejica iracundo que desafía al poder establecido y que, de paso, vende las palas para que sus clientes puedan desenterrarse y así salir de la mierda. La tuerta Nadine Hurley está fascinada con su programa. En el Roadhouse sigue sin presentarse Julee Cruise. Otro maloso (éste mucho más joven que el señor C) no respeta ley antitabaco alguna, realiza intercambios sospechosos con Chad (el policía burlón y corrupto) y acosa a una vecina de mesa. Su violencia erótica recuerda en parte a aquella escena similar entre los personajes de Laura Dern y Willem Dafoe en Salvaje de corazón. Ya se vuelve costumbre poner al final del episodio un número musical en este antro.
En toda la obra de David Lynch, los destellos de una electricidad no controlada semejan simbolizar el peligro de la dimensión alterna. Esos sonidos abren y cierran cada uno de los episodios de la serie cuando los logos de las casas productoras se despliegan en la pantalla. También dentro de la historia a contar: ¿cómo olvidarse de la lámpara defectuosa de la morgue sobre el cadáver pálido de Laura Palmer al comienzo de la serie anterior? Esto viene a cuento al concederle su llamada al señor C en la prisión. La marcación ridícula de los botones del teléfono altera los sistemas de comunicación y de vigilancia de todo el centro penitenciario. Digno representante del Black Lodge, el señor C muestra sus poderes sobrenaturales e intimida a quienes lo custodian. No va a durar mucho en este encierro inoportuno. Mientras tanto, Dougie Jones termina su día de trabajo perplejo ante la estatua del hombre que apunta la pistola. Y sigue sin despertar.


Parte 6: Este episodio y el anterior se desvelan las dos primeras semanas de junio. Después de estar embobado frente a la estatua varias horas hasta el anochecer, un policía hispano se le acerca a Dougie y a él le llama la atención su insignia. ¿Se acordará de que tuvo una similar, sólo que del departamento de policía de Twin Peaks? Una vez que lo lleven a casa, Janey-E cita a sus acreedores para saldar la deuda de juego del marido. El jefe Mullins le dio tarea a Dougie y, mientras el manco Gerard trata de despertarlo desde el Black Lodge, unas lucecitas le ayudan a trazar garabatos en los documentos de la aseguradora. Esta escena requerirá de máxima paciencia. En Filadelfia Albert busca a quien puede identificar al preso y por fin aparece la elusiva Diane. Desde el primer momento de Dale Cooper en la serie anterior, se le observa constantemente realizando grabaciones para su asistente. El personaje nunca dio la cara y los espectadores siempre se han preguntado quién es y si acaso será una invención de la mente del agente del FBI. Pero no. Es real, de carne y hueso. La espera de un cuarto de siglo da paso a la revelación del rostro de Diane. Por supuesto, a ella sólo puede interpretarla Laura Dern, actriz fetiche de Lynch (es la cuarta vez que colabora con él en un lapso que ya abarca treinta años).
Richard, el abusón del Roadhouse, es también narcomenudista al servicio de Red (Balthazar Getty, otro actor que ya ha colaborado con Lynch y de cuyos antecedentes familiares es mejor ni hablar), aquí émulo del Frank Booth de Terciopelo azul, así como pretendiente de Shelly (la mesera a la que le encantan los chicos malos). Red lo humilla con sus trucos de magia y Richard sale de ahí encabronado y hecho la mocha. Carl Rodd mudó su campamento de casas remolque de Deer Meadows a las cercanías de Twin Peaks. Aparece Harry Dean Stanton (Una historia sencilla, París, Texas), frágil y esquelético, unos meses antes de morir. He aquí las dificultades de esperar 25 años para emprender otra temporada: los habitantes de Twin Peaks empiezan a pasar a mejor vida. “He fumado durante 75 años cada puto día”, afirma Carl y luego se ríe. Da la impresión de que no lo afirma el personaje, sino el actor. Otra risueña es la mesera Heidi (ahora con varios kilos de más), quien atiende a Miriam, una maestra de escuela primaria. La pobre Miriam no imagina lo que está a punto de atestiguar al cabo de chutarse dos tartas de cereza del legendario Double R de Norma. A bordo de un camión, Richard atropella a un niño frente al poste #6 que se mudó, al igual que Carl, a Twin Peaks. Miriam es la única testigo del atropellamiento que reconoce al conductor del camión, dado a la fuga. Carl percibe una lucecita salir del cadáver del niño y la ve ascender hacia las alturas. Todos se lamentan. Todos lloran. Pero nadie llama al 911. Ni siquiera la madre del niño.
En Las Vegas Ike “the Spike” es un enano fortachón que recibe dos encargos del señor Todd: matar a Lorraine y a Dougie. La carrera de relevos de matones no termina nunca y nada cuesta, cuando pasen el testigo al siguiente, deshacerse del asesino fracasado anterior. Al enfrentarse a Bushnell Mullins (Don Murray, pareja de la Monroe en Bus Stop), otra vez Dougie sale avante de pura chiripa. Increíblemente, los garabatos le revelan a su jefe una verdad sobre Anthony, un colega corrupto. A continuación, viene la cumbre del episodio: Naomi Watts les otorga a los espectadores una escena hilarante con sólo entregar el dinero a los acreedores. “Vivimos en una época muy oscura”, afirma categórica Janey-E y los tipos se resignan a recibir una cantidad menor de la que se esperaban. El enano le propina unos cuantos piquetitos a Lorraine y, después del baño de sangre, se le enchueca el picahielos, arma mortal por la cual es famoso. Siguiendo todavía —tras varios episodios— la pista del mensaje del leño, Hawk encuentra unas hojas arrancadas del diario de Laura Palmer en el baño de la comisaría de Twin Peaks, esto alternado con el drama familiar del alguacil Frank Truman. Por último, tocan en el Roadhouse una de las más calmaditas, pero sigue sin cantar Julee Cruise. Cualquiera diría que los cantantes sobre el escenario del antro se han multiplicado como gremlins con agua. Y esto porque pasaron de una persona a una docena de conjuntos musicales. En algo tendría que haber progresado este pueblo.

Montrealenses (VIII): manif para todo(s)

Viví en Montreal 13 años. Ya no vivo ahí. Pero uno de los aspectos que más me sorprendió fue el descontento general. Uno como heredado de Francia. No por nada aquélla era también la Nouvelle France. Conforme la primavera iba dando los primeros síntomas de sacudimiento de pereza, se empezaban a dar las primeras manifestaciones. Los recuerdos ya lejanos se me empalman y no me creo capaz de dar una lista por orden cronológico: los agentes de policía ataviados con pantalones de camuflaje durante años, los empleados de los servicios de transporte público suspendiendo la actividad del metro o de los autobuses y así, hasta el infinito. Los estudiantes, los de las guarderías, los funcionarios. Sólo me faltó atestiguar una de niños. Sorprendente el descontento en un país del llamado primer mundo. El colmo es la manifestación contra la brutalidad policiaca en la que, sin falta, los manifestantes terminan denunciando los actos que ellos mismos provocan. Manifestarse pareciera entonces ser una manera más de abatir el aburrimiento, un instrumento no para reformar los vicios de la sociedad, sino para pasar el rato. Incluyo aquí otro ejemplo sacado de la novela que actualmente escribo:

"No podía creer lo que veía en la pantalla de la televisión durante el noticiero de la tarde. Pero sí. Ése era el pabellón de la universidad donde mi amiga y yo dábamos nuestros cursos nocturnos. Reconocí el sótano, los elevadores y, en el costado opuesto del pasillo, una isla de asientos circundada por máquinas expendedoras de comida chatarra. En las imágenes se veía el caos total entre los elevadores y los asientos. Un lugar convertido en pandemonio. Por un lado, un tumulto de estudiantes mezclados con vándalos de semblantes ocultos bajo paliacates y antifaces. Del otro, filas de policías. Y en medio de ellos algunos profesores desesperados intentando calmar los ánimos entre los bandos enemigos, listos para irse a los golpes y a los macanazos. Agradecí que esa noche del 8 de abril no nos tocara impartir clase ni a mí ni a mi amiga. ¿A qué mierda de país había inmigrado? ¿No se suponía que éste era el primer mundo? ¿Y, dentro del mismo, el país del discurso incluyente y pacificador? ¿Aparte de todas las exigencias docentes, uno debía de erigirse como negociador en el caso probable de motín?
Horas después me enteré más a detalle de lo acontecido. Eso gracias a una mesa redonda en Radio Canadá. Para ese 8 de abril el movimiento ya se hallaba fragmentado. Gran parte de los estudiantes quería volver a las aulas y terminar su sesión de invierno. En cambio, quienes se encontraban bajo amenaza de expulsión (los más beligerantes), estaban listos para interrumpir las clases a como diera lugar. Esa tarde los agentes de seguridad tenían la orden de evitar que los huelguistas irrumpieran en los salones con sus matracas y trompetas. Pronto los forcejeos sembraron tal pánico que el rector llamó a la policía. La presencia policiaca (las huellas de los cerdos hollando el sagrado recinto) atizó aún más el fuego por aquello de la “autonomía” universitaria. Hubo connatos de arrestos contra algunos jóvenes. Al grito de “¡liberen a nuestros camaradas!”, el resto del estudiantado comenzó a cercar a la seguridad y a los policías hasta darse la confrontación difundida por todos los noticieros locales bajo el muy sensacionalista título de "¡Crisis en la (inserte aquí el nombre de la bien conocida institución montrealesa cuyas siglas son casi idénticas a las de la UNAM)!"
La vergüenza no cedió ahí. Los enmascarados tomaron el pabellón y levantaron barricadas frente a las puertas de vidrio para impedirles el acceso a los policías. Hicieron pintas sobre las paredes, destrozaron pupitres y sólo les faltó encender una fogata al interior. A las horas vino la andanada de los agentes antimotines. Por las calles se oían los cánticos de quienes apoyaban a los huelguistas. Proclamaban que la calle les pertenecía únicamente a ellos y remataban con un sonoro “fuck la police!” Las puertas de vidrio se quebraron y los invasores fueron evacuados con gases lacrimógenos. A causa del desarreglo y el vandalismo, las clases de ese pabellón se anularon un par de días. Hubo más confusión entre los profesores. Los correos electrónicos fueron y vinieron cuando ya debía retomar mi curso. Unos me anunciaban un cambio de aula. Otros contradecían el mensaje precedente. Al final del incordio, sí pude dar mi clase en el salón de costumbre, uno donde si fijábamos la vista lo suficiente distinguíamos acaso el palimpsesto de las pintas sobre las paredes. Esa tarde mis alumnos y yo nos presentamos con rostros angustiados, sin saber a ciencia cierta si a media clase irrumpirían gritones con matracas, trompetas, aerosoles y una manada de perros rabiosos. Amigos, bienvenidos al pintoresco mundo académico de Quebec: la crème de la crème."

lunes, 21 de mayo de 2018

De regreso en Twin Peaks (I)

Tal vez sea un reflejo de lo que pasa (y, de muchas maneras, sigue pasando) en mi vida. Pero el retorno al pueblo (ficticio, se entiende) de mi adolescencia no puede obviarse, aunque el trauma del final de su tercera temporada me haya durado un año. Como ya di cuenta en otro texto, la serie de televisión Twin Peaks marcó mi imaginación al comienzo de los años 90. Así que, cuando en octubre de 2014 sus creadores anunciaron por Twitter que habría una tercera temporada, reaccioné con pesimismo: no, nunca se va a hacer, es sólo una vana ilusión. Y tan pronto David Lynch amenazó con alejarse del proyecto cuando la cadena Showtime no colmara todas sus exigencias financieras, me pareció lo más natural del mundo. Una vez que las partes en conflicto se reconciliaron y se empezara a grabar la serie, me preparé para la decepción: no va a estar a la altura, se tornará un ejemplo más de nostalgia barata, ni siquiera un genio incomprendido como Lynch es capaz de volver a escalar hasta esas alturas. Nada, sin embargo, me preparó para enfrentarme a Twin Peaks: el regreso (2017). Abordo la serie (¿o peliculota de 18 horas?) por partes y de a varias por cada entrada bloguera.


Partes 1 y 2: ¿De qué manera expresar este sentimiento de euforia al escuchar una vez más la música del inicio de la serie, la compuesta por Angelo Baladamenti? ¿O será Balada-mente? Qué mal chiste. Escucharla y saber que este inicio no pertenece a un episodio viejo, ésos que he visto y vuelto a ver tantas veces de 1992 a la fecha. A tal música la preceden imágenes de esa serie anterior: la promesa de Laura Palmer hecha al agente Dale Cooper de encontrarse 25 años después y los pinos, ocultos tras la niebla, en uno de los dos famosos Picos Gemelos captados con la cámara de un dron. Tal vez ya nada queda del aserradero y al pájaro que ladeaba la cabeza se lo comen los gusanos hace mucho, pero gracias a la tecnología digital vemos las montañas que le dan su nombre al pueblo, así como la cascada a unos pasos del hotel Great Northern, ahora desde un ángulo inconcebible en los 90. ¿Será verdad el retorno sin las trampas de la nostalgia, sin toparse con fútiles intentos de revivir un pasado visto como glorioso, sin sentirse envejecido, sin caer en tristezas lacrimógenas porque ya la mitad de la vida se ha ido? ¿O los años de experiencia no han servido para nada y caeré (falling… / falling…) una vez más en la trampa de otro espejismo? Aparecerán también el pasillo de la preparatoria, un destello en cámara lenta de la alumna que gritaba al enterarse de la muerte de Laura Palmer y, finalmente, el retrato de la joven asesinada, como reina de baile en la vitrina de los trofeos escolares.
Según Lynch, la división por partes es una mera imposición del formato televisivo. A Twin Peaks: el regreso su director no la considera una serie, sino una película de 18 horas. Si es así, ésta tal vez sea su obra más ambiciosa. Quién sabe si también se trate de la obra maestra en la cual se despliegan todos los temas que han alimentado su carrera en el cine y en la televisión. El formato obliga a la cadena Showtime a desvelar un puñado de episodios el día del estreno, el 21 de mayo de 2017. En Canadá se podrán ver al día siguiente por la plataforma CraveTV. En el caso de México, por Netflix.
Las letras de introducción al programa aparecen (idénticas a las de hace un cuarto de siglo), así como las notas de “Falling” de Baladamenti. Me resulta inalcanzable llegar a la cuenta exacta de cuántas veces he escuchado estas notas. O, para el caso, las de cualquier canción del álbum Falling into the Night de Julee Cruise, el de cajón para mí durante los últimos años de la prepa y los primeros de la carrera. Don’t let yourself get hurt this time y, sí, sé que volveré a salir herido. Aquí vamos otra vez. Después de tanto tiempo.
Quien siguió la serie en los 90 sabe que al final de la segunda temporada el agente Dale Cooper (Kyle MacLachlan) se quedó atrapado en el Black Lodge y que, en su lugar, salió un doble malvado posesionado con el espíritu de Bob, el asesino de Laura Palmer. Ahora el excéntrico ex agente del FBI se halla en una dimensión en blanco y negro con el gigante, quien le da algunas de sus pistas enrevesadas y lo manda de nuevo al Black Lodge. “¿Es futuro o es pasado?”, pregunta Gerard, el hombre manco, y ésta parece una advertencia para todos los espectadores. Ahora más que nunca el creador de este mundo imaginario va a subvertir los conceptos del tiempo y del espacio. No sólo eso. Lynch y Mark Frost (su guionista televisivo de cabecera) abren varias vetas narrativas en diferentes puntos geográficos: en Nueva York, en Dakota del Sur y en Las Vegas. La influencia del pueblito del noroeste estadounidense ya no se limita a Seattle o a la frontera con Canadá. El universo de Twin Peaks se ha expandido más allá de lo digerible por la mente humana.
La cámara de cristal de Nueva York encapsula a un ente femenino caníbal que se come las cabezas de una parejita cachonda. Esto recuerda a las películas slasher, aunque con elementos metafísicos. Así muere Tracey, prendada al vigilante de la cámara y encarnada por la niña de La niñera, ya bastante grandecita y en cueros. En Dakota del Sur se dan una serie de lyncheanas peripecias (nunca exentas de humor) para encontrar un cadáver. Más bien, pedazos de dos: la cabeza de una mujer y el cuerpo decapitado de un hombre, colocados sobre una cama, uno junto al otro, como para armar una quimera. No muy lejos de ahí, los espectadores conocerán al señor C, tanto doble maligno de Cooper como vehículo del espíritu-parásito Bob. La música y las luces de su auto no nos dejan lugar a dudas sobre su maldad. Es una introducción al personaje que recuerda varias tomas de Lost Highway. Pero el señor C no está perdido. Todavía no. Al contrario. Durante estos 25 años ha reclutado a un ejército de personajes de dudosa reputación (nada disímiles a los de Wild at Heart) a los cuales utilizará para impedir que el verdadero Cooper salga de su encierro. Ataviado con chaqueta de cuero, maquillaje oscuro y cabello largo recogido con un broche en forma de calavera, el señor C recoge en un cuchitril a unos renuentes Ray y Darya e incrimina a un director de escuela en el crimen de la mujer-cabeza. Este villano está en todo. Quizás su red perversa se extienda hasta Las Vegas, ciudad donde el señor Todd (el tipo asustadizo de Winkie’s en Mulholland Drive) parece recibir un encargo de este malo-maloso de Malolandia.
Mientras tanto y a cuentagotas, se da la emoción de volver a ver a algunos de los personajes de la serie original: el doctor Lawrence Jacoby recibiendo un envío de docenas de palas, Ben Horne con nueva asistente en el hotel Great Northern, su hermano Jerry dedicado al tráfico (y al consumo) de drogas y Lucy en su puesto de la comisaría blandiendo el apellido de Andy. Pero, sobre todo, una casi difunta Margaret Lanterman (la célebre señora del leño) dándole un mensaje a Hawk sobre el agente Cooper. Todos ellos, ya sea viejos o arrugados o canosos. Al verlos, me consume un sentimiento de añoranza por una fuente de la juventud perdida.
Sheryl Lee (la intérprete del rol de Laura Palmer) no se salva de pegar otro grito escalofriante, aunque se halle encerrada con Cooper en la dimensión desconocida del Black Lodge. Todos le dicen al del FBI que ya puede salir. Si el arrimado a los días apesta, ¿qué se puede decir del que permanece 25 años? Pero el doble corrupto del brazo-árbol lo transporta a la cámara de cristal de Nueva York, poco antes de que aparezca el monstruo caníbal y Tracey muera (“¿es futuro o es pasado?”). De ahí, el pobre Cooper pasará a otra realidad flotante para dejarnos en suspenso sobre su destino. Estas dos primeras partes culminan con una escena en el Roadhouse, sitio de reunión nocturna del pueblo. Aparecen rostros familiares como los de James y Shelly, pero no es Julee Cruise quien canta el cierre sobre el escenario, sino Chromatics. Los dientes de la cantante rubia recuerdan a los de Isabella Rossellini en Terciopelo azul. Con una multitud de personajes (entre novatos y veteranos) y varios puntos geográficos a cubrir, quizás sean demasiados desafíos para una primera entrega, un primer fragmento, episodio o lo que sea. Se ve que Lynch desea confundirnos hasta el hartazgo. No quisiera estar en los zapatos de quienes se encuentran con Twin Peaks: el regreso en Netflix y la ven sin ningún antecedente sobre ella.


Parte 3: No sé qué pensar de esto. La primera impresión del regreso a Twin Peaks se ha diluido. Un extraño sentimiento en el que se aparean la decepción y el entusiasmo se apodera de mí. Éste ya no es el Lynch contenido por las riendas de una cadena televisiva como la ABC. No. Éste es el Lynch de Cabeza borradora, de Inland Empire o incluso el de Fire Walk with Me, su intento de continuación de la serie de 1992. La amenaza de despedirse del proyecto surtió el efecto deseado y Showtime le dio la libertad entera. No sé si podré reconciliar la nostalgia del primer Twin Peaks con esta propuesta tan sumida en las profundidades del surrealismo. Me armo de valor y pongo la tercera parte.
Hay una entrada diferente, mucho más corta que el preludio de la parte 1. Una bruma hecha del retrato de Laura se despeja para revelar las montañas y los pinos. Luego cae la cascada para culminar con las cortinas rojas y el piso de diseño zigzagueante del Black Lodge. El último crédito: dirigida por David Lynch. Vaya si no. Otra bruma, una morada, le espera al Cooper volador. Al difuminarse, se revela una realidad del mismo tono. El protagonista entra a una fortaleza como suspendida por encima de un océano palpitante. Si en el Black Lodge todos hablan raro, aquí Lynch recurre a un efecto disímil para desestabilizar al espectador: como el de un videodisco rayado. Una mujer asiática sin ojos (parecen haberle puesto encima unas plastas de carne para luego cosérselas) emite incómodos gemiditos como su único instrumento de comunicación. Se escuchan golpes de estruendo contra una puerta metálica. La asiática conduce a un confuso Cooper hacia arriba. La azotea da hacia el espacio exterior y para nada corresponde con la fortaleza vista antes. La muda acciona un interruptor y salva a Cooper del estruendo en cómico autosacrificio. En eso, la cabeza flotante del mayor Garland Briggs (ya imaginamos dónde quedó su cuerpo) pasa por ahí para exclamar: “¡Rosa azul!” De vuelta al interior, Ronette le indica la eléctrica salida a Cooper quien se hace chiquito (mientras le humea la cabeza) y se escabulle por un contacto. En línea paralela, el señor C (una vez que haya asesinado a Darya en la parte 2) da volteretas en su coche y vomita garmonbozia (¿sopa de elote?). No es nada fácil resistirse a intercambiar la piel con su doble. Aunque él ya lo tenía previsto. Se aclara el motivo de la línea narrativa de Las Vegas: un tercer Cooper, bajo el nombre de Dougie Jones, es un ser humano manufacturado que entrará al Black Lodge en lugar del Cooper bueno. Pásenme un churro de la verde para poderle entender a todo esto. Además, no estoy muy convencido de este giro de la historia. Empieza a parecerse a Lazos de amor con Lucerito.
El Cooper que emerge del contacto eléctrico en Las Vegas se comporta muy diferente al de la serie anterior. Agilidad mental: cero. Igual sucede con la física. Apenas se mueve, tarda en reaccionar cuando le hablan y sólo repite las últimas palabras que le dijeron. Una prostituta negra con la que Dougie estaba le ayuda a ponerse los zapatos. Ella no semeja extrañarse mucho cuando lo observa con peinado, cuerpo y ropa diferentes. Afuera de esa casa de citas en venta y dentro del fraccionamiento venido a menos, los esperan matones. Él se salva de pura chiripa por recoger la llave del hotel Grand Northern, ésa que tuvo guardada en el bolsillo de su saco durante 25 años. En Dakota del Sur, al apestoso y vomitado señor C lo recoge la policía. Este hecho lanza a los espectadores a otro punto geográfico: Filadelfia y las oficinas del FBI. Ahí estará el artífice de Twin Peaks, encarnando al jefe sordo de Cooper, Gordon Cole. A un lado de la mesa, el cáustico Albert (Miguel Ferrer) y la nueva recluta de Cole, Tammy (la hermosa cantante Chrysta Bell, curvas de sirena y voz inolvidable del desenlace de Inland Empire con “Polish Poem”). Aparte de recibir noticias sobre el doble asesinato en Nueva York, Cole responde una llamada en la que le comunican que acaban de encontrar al agente Dale Cooper. Sí, él, su subordinado. Después de 25 años de estar desaparecido. En paralelo, la prostituta Jade lleva a Dougie a un casino y él, gracias a la ayuda de sus amigos del Black Lodge, se convierte en el señor Jackpots: luego de jalar la manivela de cada una de las máquinas tragamonedas, éstas escupen sin excepción un cuantioso premio. Hasta una ruca indigente y grosera (en algún momento, le pinta un dedo medio a Cooper) se lleva su buen dinerito. Y él, para celebrarlo y a imitación de otro ganador, exclama helloooooo! ante cada máquina. Así, una y otra y otra vez, a lo largo de seis largos minutos. Sin duda, para Lynch, una de las condiciones impuestas a Showtime para poder embarcarse en esta aventura de revivir Twin Peaks era contar con el tiempo suficiente para detener su cámara y obligarnos a contemplar lo cómico, lo absurdo, lo onírico. Eso, sin importar cuánto se expanda. Por segunda vez, este episodio culmina en el Roadhouse: un grupito de pinta cincuentera se instala en el escenario. Yo me pregunto: ¿y Julee Cruise? Éste es uno de pocos vistazos a la vida en el pueblo. Lynch apenas nos regala a los nostálgicos una escena en la que el doctor Jacoby pinta sus palas de dorado en un tendedero que gira de forma mecánica y otra donde Lucy resuelve el misterio de un conejito de chocolate tan desaparecido como Cooper. Presiento que me va a costar muchísimo trabajo agarrarle el gusto a este Twin Peaks moderno.

lunes, 30 de abril de 2018

Porquerías que vi de chiquillo (VIII)


Cuando vi la película que analizo a continuación, no estaba nada familiarizado con la obra de Alfred Hitchcock. Especialmente, con sus dos versiones de El hombre que sabía demasiado (The Man Who Knew Too Much), la británica con Peter Lorre y la hollywoodense protagonizada por Doris Day y Jimmy Stewart. Por este desconocimiento lógico, el plagio jocoso de las dos (o una, según se vea) películas de Hitch me sorprendió tanto siendo niño. Y quizás sea demasiado severo al utilizar el sustantivo “plagio”. Después de todo, sir Alfred se copió a sí mismo cuando en los 50 decidió volver a filmar la cinta de 1934 a todo color, con presupuesto de estudio de Hollywood y con la voz de la Day cantando “Qué será, será”. Va a continuación una nueva porquería, la octava, de título Juego sucio (Foul Play, 1978). Y su análisis no podía ser poquitero.

Sic transit gloria mundi
Un coche lujoso recorre las colinas de San Francisco al anochecer. Tras apearse, el arzobispo de la ciudad entra a su mansión y lo recibe su ama de llaves (interpretada por Frances Bay, actriz no tan fetiche de David Lynch, nacida en Alberta y quien figurara como la tía de Jeffrey en Blue Velvet y como la misteriosa señora ¿Tremond? ¿Chalfont? en Twin Peaks). Después de darle las buenas noches a la señora Russel de forma condescendiente, el jerarca eclesial se dispone a escuchar un disco del Mikado sin saber que pronto la locución latina que da título a este fragmento se materializará en él: su gloria como mandamás de la iglesia romana terminará antes de lo previsto. Un doble suyo aparece en el espejo y, ya sea éste o un asesino de mocasines beige, No-importa-quién le lanza un puñal al abdomen. Sabemos desde aquí que el cadáver del arzobispo permanecerá oculto mientras el reflejo espurio tomará su lugar. El nombre de la película en letras amarillas con una incómoda prolongación de la letra “Y” y las primeras notas de la ópera de Gilbert y Sullivan se interrumpen al abrirse una botella de champán. La locución latina se transforma en nuestra protagonista. Gloria Mundy (Goldie Hawn) es una recién divorciada en esta fiesta plena de luz que con rostro circunspecto toma una de las copas de la bandeja. Esa seriedad sólo dura hasta que logra atisbar al comediante Chevy Chase (con patillas y peinado de casco espacial) en el extremo opuesto de la reunión. Sonrisas y miradas coquetas se intercambian. Pero cuando el alto y torpe galán de barba partida rompa un montón de vasos, Gloria perderá el interés en él y se topará con el reproche de su amiga y anfitriona que le aconseja ser menos cerrada ante la posibilidad de un nuevo amor. El comediante que en aquella época estuviera entre los cuernos de la luna gracias al programa Saturday Night Live y aquí realiza su debut cinematográfico ni siquiera finge no haber escuchado la conversación entre mujeres y trata de abordar sin éxito a nuestra protagonista quien se retira de la fiesta dejando al otro con un palmo de narices. El descapotable vocho amarillo (tan amarillo como el resto de los créditos que ahora empiezan a aparecer) recorre el hermoso paisaje costero de California mientras se escuchan las notas de “Ready to Take a Chance Again” interpretada por el entonces epítome de la heterosexualidad cursi Barry Manilow. La misma tonadita que se convirtiera en un éxito en 1978 y que fuera nominada al Óscar por mejor canción. La misma que muchos años después derritiera los corazoncillos-caricatura de los señores de Padre de familia, quienes se ponen a cantarla a grito pelado en su cantina de costumbre, “La almeja borracha”. A mitad del camino, nuestra bibliotecaria recién divorciada decide seguir el consejo de su amiga y, a pesar de que pudiera hallarse ante un Ted Bundy cualquiera, decide recoger a un autoestopista. Quien quita y este desconocido al que se le ha descompuesto el coche sea el amor de su vida. En ningún momento Gloria se percata de los atisbos de Scotty (Bruce Solomon) al espejo retrovisor ni que un automóvil negro de lujo los sigue desde hace rato. Menos cuando ya en San Francisco él tome su cajetilla Marlboro, introduzca ahí un rollo fotográfico (un MacGuffin) y le pida a la heroína guardársela para después. Tras quedar de verse en un cine más tarde, Gloria tampoco se da cuenta de que apenas cierre la puerta del coche Scotty sale hecho la mocha cuando los del otro automóvil traten de darle alcance en un centro comercial (intensa música de persecución oblige). Ésta y muchas veces más.

Asesinos (enanos y albinos) entre nosotros
Asesinos entre nosotros, así se titula una de las películas del programa doble del cine frente al cual se citan Gloria y Scotty. Después de esperarlo entre la lluvia, ella decide entrar sola a la sala. Al llegar su cita, tampoco notará que viene herido. Tal vez le hagan falta lentes nuevos a esta rubia debilidad. Cuando Scotty pide su cajetilla, ella le responde que no le permitirán fumar en la sala. Cuando él aluda al rollo fotográfico, ella le empezará a contar la trama de la película que están viendo. Y las malas interpretaciones seguirán sin parar. El pobre hombre apenas podrá advertirle a Gloria que habrá un asesinato y que se cuide de un enano (“no creo que salga ningún enano en esta película”) antes de que por fin el tipo se desvanezca sobre su hombro, ella observe las palomitas ensangrentadas y grite como loca con tan mal tino que su chillido coincida con un homicidio en la pantalla que a su vez haga gritar también a la audiencia entera del cine. Se entiende que ésta es una comedia de suspenso, pero esto es el colmo. Tan inconsciente de su medio resulta esta güera boba que tampoco se percatará de dos siniestros personajes a la entrada de la sala y, por supuesto, ya se sabe, cuando regrese con el gerente una vez interrumpida la proyección de la cinta, el cadáver habrá desaparecido. El bigotudo y cachondo señor ni siquiera le cree a Gloria que haya estado acompañada por un hombre y hasta insinúa que es una adicta a la mariguana. Al alejarse del cine, la risible música de persecución vuelve a hacer de las suyas: el auto negro tratará de atropellarla y otro sobresalto más se producirá al entrar a su edificio pues Burgess Meredith, el entrenador de Rocky, le meterá un buen susto. Aquí el venerable ruquito interpretará el rol de casero. Gloria le cuenta sus aventuras nocturnas en el cine y él las descarta como una mala broma por parte del autoestopista. Una serpiente pretende incomodar al espectador para que piense que estos asesinos son tan astutos que lograron echarles una víbora venenosa a nuestra protagonista y a su amable casero en la sala de estar. Pero no. Se trata de Esmé, la mascota del anciano. Qué alivio. Ya en el departamento propio la tele de Gloria anuncia una visita papal a EUA mientras un zoom nos indica que los malandros del cine vigilan el edificio. Quién dijo que los geo-localizadores no se habían inventado en los 70. Al día siguiente, tanto Gloria como su colega Stella (Marilyn Sokol) parecen bibliotecarias que ni por curiosidad abren un libro. Tras reprocharle su ingenuidad (al menos el cineasta no se olvidó de apuntar a este gran defecto de la protagonista), le advierte que “la violación no es un acto sexual, es un acto de violencia” y pronto saca de su bolsa la mercancía que catapultará a Gloria a la modernidad setentera y fémino-liberada: una alarma contra sátiros agarra-tetas, un aerosol lacrimógeno y el Puño de Poder (unos nudillos de bronce). Sin embargo, ninguno de los tres objetos de defensa personal va a parar a la bolsa de Gloria. Eso vendrá (de forma muy conveniente) algo después. Un poco antes de que cierre la biblioteca, una dulce viejecita con una pluma de papagayo en el sombrero le dice a nuestra heroína que un enano la estaba buscando. Eso no parece tener gran efecto en ella a pesar de la advertencia de Scotty. No llama a la policía ni sale corriendo del lugar, sino que se queda a apagar las luces y terminar de repartir libros en los estantes. Desde detrás de uno de ellos, aparece el mocasín beige presente en el homicidio del arzobispo. Ya la película nos prepara para otro momento emocionante: un rostro albino nada amigable aterroriza a Gloria. Más cuando por la altura piense que se trata precisamente de un enano. Pero no. El hombre se le pone enfrente y, a causa de su estatura normal, nuestra tonta protagonista confía en él, deduciendo que se trata de un visitante más de la biblioteca. Qué contorsiones habrá tenido que realizar este matón para que su cara quedara exactamente enfrente del tercer estante de abajo hacia arriba. Sin embargo, tal desafío a las leyes de la física poco importa. Con eso de que habla como merolico, recoge libros y paraguas y se levanta del suelo, la bibliotecaria ni por enterada se da cuando el siniestro (no por el color de piel, claro) individuo saque un pañuelo y, para colmo, un bastante ancho recipiente con cloroformo. De algo le sirve el paraguas, tan amarillo como su vocho. Tanto como para darle un par de coscorrones al albino y salir corriendo. Nota al pie: gracias a esta película me enteré de que existían albinos en este nuestro mundo.

A tricotar con Cara-cortada
La organización criminal que mató a Scotty y que anda tras el rollo fotográfico debe reclutar, entre enanos y albinos, en los sectores más conspicuos de la población sanfranciscana. La corretiza se prolonga por las calles de la ciudad. Nadie se preocupa de que Gloria no haya tenido tiempo de cerrar con llave la biblioteca. Al fin y al cabo, ninguna persona entrará al lugar a volarse unos cuantos libros. A menos que haya mucho escritor hambriento en San Francisco. La voz de Manilow vuelve a hacer acto de presencia con “Copacabana”. Esto tan pronto Gloria entre en un bar y le pida a Dudley Moore llevarla a casa. Aquí, en su debut estadounidense, el actor cómico de Gran Bretaña no es todavía Arturo, el millonario seductor sino Stanley, un donjuán frustrado que en su hambre canina malinterpreta la petición de Gloria. Dentro de su departamento, se dará una de las escenas de ligue patético más memorables en la historia del cine: mientras Gloria observa con binoculares lo ocurrido en la calle, Stanley (lector ávido y confeso de la revista Penthouse) baila al son de “Stayin’ Alive” de los Bee Gees, se va desnudando y despliega todos los artefactos de las artes amatorias: una cama plegable con fanfarria, espejo encima y, a guisa de cabecera, cariátides impúdicas cuyos pechos son luces de colores; un armario equipado de juguetes sexuales, látigos y muñecas inflables y, además, un proyector Súper 8 para pasar cintas pornográficas. Una vez que el par de perseguidores hayan abandonado el sector, Gloria se vuelve y contempla el cuadro rematado con Stanley, los pantalones abajo y sus calzones de corazoncitos a la vista. “No tenía ni idea de que hubiera tal diversidad”, exclama la güera Hawn. Y no, no parece tener ni idea de gran cosa. Pronto los ánimos de Stanley se desinflan tal como lo hará una de sus muñecas, ésa que en las fingidas pantaletas tiene escrita la palabra “¡Yes!”. La diversión de esta noche no termina aquí. A pesar de hallar la puerta de su departamento abierta, Gloria entra tan quitada de la pena pensando que su casero, el señor Hennessey, está adentro. No tuvo suficiente con las emociones anteriores. Después de una inspección bastante superflua de su hogar y de correr la cortina de la bañera muy al estilo de Hitchcock, se tranquiliza. No pasan ni cuatro segundos para toparse con otro hombre mal encarado, uno con una gran cicatriz en el rostro. Entre enanos, albinos y deformes te veas. Luego de zarandearla un poco, ella confiesa que Scotty únicamente le dio una cajetilla de cigarros. El tipo de la cara cortada la encuentra, se cerciora de que el rollo esté en su interior, se la mete en el bolsillo de su gabardina y se apresta a ahorcar a Gloria con una bufanda demasiado larga. Con la distracción de un reloj cucú y gracias a que el cesto de sus utensilios para tricotar está lo suficientemente cerca de su mano, ella le clava unas agujotas al de la cicatriz (este acto de violencia no le pide nada al cometido contra Lucía Méndez en Más negro que la noche, memorable película mexicana de horror donde también figuraba una biblioteca como escenario para lo macabro). Sabemos que, aunque haya un cuerpo inerte, en este tipo de películas el cadáver recobrará la vida y nos dará un segundo válgame-dios. Mientras Gloria llama a la policía, el estoico asesino se desentierra las ajugas del abdomen, vacía los bolsillos de su gabardina junto a la chimenea, agarra el atizador y ahí, oculta entre las hojas de una planta, queda abandonada la cajetilla. Un grito más de la rubia, un lanzamiento de cuchillo como el que vimos al comienzo, el atizador cayendo al suelo, el rostro del falso albino desde una ventana abierta y el desvanecimiento de Gloria se mezclan en un torbellino de imágenes que convergen en la cámara lenta de su caída. Fade out. ¿No podría ser este fade out por el resto de la duración de esta bazofia? Nota al pie: la cinta aludida con la adición de este personaje de cara cortada no es, obvio, la Scarface de ese otro imitador de Hitchcock, Brian de Palma. Ésa apenas estaría en la mesa de proyectos a finales de los 70. Se trata, más bien, de la versión anterior de 1932 protagonizada por Paul Muni. Nota de la nota al pie: ya Hollywood amenaza con realizar otro refrito de Scarface. Esta vez el protagonista va a ser interpretado por Diego Luna. Se vale reír.

El sufrimiento de la gente pequeña
Fade in. El galán torpe de la fiesta contempla a nuestra protagonista y ella, a él. En uno de los castings más sorprendentes en la historia del cine (sin incluir el de Diego Luna), Chevy Chase es un teniente de la policía de San Francisco de nombre Tony Carlson. Su compañero es Brian Dennehy, de quien Chevy se cuidaría si supiera que en los 90 iba a interpretar en una película para la televisión a uno de los asesinos seriales más infames en el imaginario criminal estadounidense: John Wayne Gacy o el payaso “Pogo” (por cierto, inspiración de Stephen King para el de Eso). Gloria vuelve en sí y les cuenta lo ocurrido. Una vez más, el cadáver se ha esfumado. Y, una vez más, nadie le cree. Ni siquiera el detective que desde el principio del filme se quiere acostar con ella. A diferencia del gerente del cine que apenas insinuó una predilección por la mariguana, Tony le pregunta si se tomó alguna droga alucinógena. El interrogatorio se va entre gracejadas y confusiones que habrían sido la envidia del propio Hitch si tan sólo no hubiera muerto. Aunque, pensándolo bien, este sentido del humor no se encuentra muy lejano al de algo tan chistosín como su último crédito, Trama macabra (cómo olvidar el guiño final, directo a la cámara, de Barbara Harris). Al otro día, más consejos de Stella y la entrega de sus artefactos de defensa personal. Más tarde, el cloroformo de verdad cumple su cometido. Pronto nuestra protagonista despertará encerrada en un cuarto sucio y con pedazos de periódicos distribuidos por el suelo. Un gordo pelón que lee cómics la custodia al otro lado de la puerta. A ninguno de sus secuestradores se les ocurrió revisarle la bolsa para cerciorarse de que no tuviera en su poder el rollo fotográfico. De otra forma, habrían encontrado los utensilios de defensa personal que tan convenientemente Stella le dio esa misma mañana. La alarma confunde al pelón y tanto el aerosol como el Puño de Poder lo dejan momentáneamente fuera de combate. Con los tacones en la mano, por aquello de que llueve a cántaros (no puede faltar un aguacero en este tipo de cintas), Gloria se trepa a la escalera exterior de emergencia. Unas ancianas que juegan al Scrabble ni siquiera atisban sus manoteos al otro lado de la ventana. Sobre todo, porque una de ellas está muy entretenida deletreando la palabra fuck. A nuestra heroína se le está acabando el tiempo porque por la calle se ve circular la nada discreta limosina negra de la cual se apean el albino y su secuaz. Mientras tanto, la otra ruca completa la palabra de su amiga: fucker. Qué gracioso es ver a un par de abuelitas deletrear palabras obscenas en el tablero del Scrabble. Ya no hay tiempo para quedarse a ver si una de las señoras deletreó correctamente motherfucker o no. “¡Allí está!”, grita el calvo bigotón convocando al albino a la ventana. La intervención divina le pone a Gloria un camión cargado de material blandito para que caiga en ídem y pueda volver a escaparse de sus perseguidores. Esto se vuelve repetitivo para la mitad de la cinta. Ante la queja en la comisaría, Tony la acompaña a su departamento y le prepara un Martini albino (es decir, leche caliente). Cuánto mensaje subliminal. Ya al proponerle llevarla en brazos a la cama, el detective vuelve a toparse con el mismo palmo de narices del principio. La historia desopilante de la protagonista comienza a cobrar credibilidad: en la mañana Tony halla uno de sus tacones frente al edificio en el cual la tenían secuestrada. Fergie (Dennehy bajo el apodo de cierta princesa caída en desgracia por tratarse del sargento Ferguson) averigua el apellido de quien renta la ex guarida de los malosos. Ese nombre lleva a Chevy Chase a develar la verdadera identidad de Scotty, un policía encubierto a punto de descubrir un complot magnicida. La palabra “enano” vuelve a emerger de entre las profundidades más intrincadas del thriller. Tony sale corriendo para proteger a su rubia debilidad. Mientras tanto, ella le abre la puerta al tan esperado patojo: “preferimos que nos llamen gente pequeña”, replica. Si tan sólo el chaparro personaje sacara de una vez una pistola de su maleta y acabara con esta tortura de buena una vez. Pero no. Habla de descanso eterno y de acercarla a Dios y ya veo venir otra gracejada que culmina con el pobre enanito pataleando, agarrándose con las uñas del marco de la ventana y recibiendo su buena tanda de escobazos. Y no. El chiste no cesará hasta descubrirse el dato de que en realidad es un vendedor de biblias que va a terminar como momia, vendado de pies a cabeza, en el hospital. Qué tiempos aquéllos en que no era políticamente incorrecto burlarse del sufrimiento de la gente pequeña. Mejor ni mencionar la visita de Gloria al hospital.

Boat’s a rockin
En la comisaría Tony ya tiene identificados a los criminales. Ahora el problema es averiguar a quién quieren enviar al otro mundo. Fergie interviene con la identificación de la placa de la limosina negra y volvemos al comienzo: la mansión del arzobispo de San Francisco. No sería mala idea que los personajes de esta cinta prestaran más atención a la noticia de la visita papal. Sobre todo, si andan hablando de magnicidios. Quizás así se acabe la película. Sería mucho pedir. Los inteligentes policías deciden llevar a su único testigo de los crímenes a la mansión. Extrañamos a Frances Bay quien ha sido sustituida por Rachel Roberts (la criada de la princesa Dragomiroff en Asesinato en el Expreso de Oriente de Sidney Lumet). Su amabilidad no engaña a nadie. En el teléfono el arzobispo espurio habla precisamente de la visita del papa. Ante la cuestión del paradero de su vehículo automotor, él le echa la culpa del robo de la limusina al pelón de tupido bigote. En cuanto nuestros protagonistas se vayan, el tono entre la mujer y el supuesto arzobispo cambia bastante y la cámara nos muestra que todos los matones se encuentran reunidos con ellos. Cuánta gente malosa. El teniente Tony aprovecha este punto muerto del filme para por fin seducir a Gloria. Su hogar resulta ser un yate. Ahí se la lleva con el pretexto de protegerla. Entre chistorete y chistorete (si hicieran un refrito de esta porquería deberían contratar al ex gordo payaso de Guardianes de la galaxia para el protagonista masculino y, en este caso, su ex mujer sería ideal para sustituir a Goldie Hawn pues la muchacha ésa Anna Faris ya tiene experiencia en eso, aunque haya preferido ahora tener de pareja ficticia a Eugenio Derbez), entre copa y copa y entre un beso y otro, las notas de “Ready to Take a Chance Again” anuncian el tan esperado acostón que, por ser ésta una película familiar (clasificación PG, excepto durante la escena con Dudley Moore), permanece alejado de nuestras miradas. Sólo faltó el letrero que anunciara If this boat is a rockin, don’t come a knockin. Los malhechores siguen tratando de atrapar a la escurridiza rubia y esta vez, en lugar de capturarla a ella, secuestran a Fergie, un sargento de la policía sanfranciscana. Buena técnica para eludir más años de condena. De nueva cuenta, Gloria cae redondita en la trampa, con paraguas amarillo y vestido de madrina de boda con escote triangular casi hasta el ombligo. “¡Corre, Gloria! ¡Es una trampa!”. De nuevo, música de persecución que la conduce a una sala de masajes aledaña donde (San Francisco es un pañuelo) volverá a encontrarse con Dudley-Stanley. Muy familiar la película, pero no puede sustraerse del entorno en el cual fue filmada. ¿Qué pervertido lleva binoculares a una sala de masajes? “No le digas a nadie que me viste aquí. Es mi primera vez. Te lo juro”. Ella le pide a un renuente Stanley llamar a la policía y, tras dejarla sola, aparecen la peluca y los pupilentes falsos del temible albino. Poco puede hacer Stanley para evitar que la horda se lleve a la ingenua protagonista. Para algún propósito serviría ponerla a ella y a su amiga en una biblioteca pública: Stella le enseña a Tony unos recortes importantes sobre la malvada y nueva ama de llaves del arzobispo al mismo tiempo que Stanley entra a la comisaría. Por enésima vez el detective sale corriendo para rescatar a la damisela en apuros. En su misión reclutará al casero viejito y karateca quien se deshace del MacGuffin (la cajetilla) lanzándolo al fuego. No se los vaya a fumar su mascota-serpiente. Adiós al rollo fotográfico cuyo contenido jamás conoceremos. Ojalá esté refundido en algún infierno cinematográfico, sir Alfred. Y esto, por haber engendrado a tanto émulo mediocre.


¿No oye esos aplausos?
Tony y el abuelito karateca dejan fuera de combate al calvo, quien ahora está irreconocible de chofer: atavío de uniforme, peluca y lentes oscuros. El detective se mete en el sótano de la mansión y ahí encuentra a Fergie (a quien muchos ya veíamos tres metros bajo tierra con eso de que el pareja del detective protagonista siempre termina muerto). Ahí su colega le cuenta el plan entero. En la ópera planean asesinar al papa y el arzobispo es en realidad su hermano gemelo. Otra licencia más. Vaya que resulta conveniente para una organización criminal anti-religiosa contar con la ayuda del hermano gemelo de un arzobispo. De repente estalla un tiroteo con el matón a quien apodan el Enano. Tan pronto éste pase a mejor vida, Rachel Roberts apunta una pistola contra la sien de Gloria y paraliza a Tony. Al rato, nuestros héroes se hallan dentro de la sala de la mansión. Aunque no muy cómodos: están amarrados con unos nudos tan ridículos por lo blandengue. Suenan las notas retumbantes del Mikado mientras el santo padre hace su entrada al teatro de la ópera. El albino con mirada amenazante observa la procesión papal desde las alturas. Rachel y el arzobispo falso, como buenos villanos de película, les explican sus motivos a Tony y a Gloria: atacar el corporativismo de la religión institucionalizada. Aparte de comunistas, ateos. Quién entre el público gringo podría estar de acuerdo con estos malandros. La explicación los absorbe a tal grado que no notan la presencia de un viejito que anda a gatas por la sala. El señor Hennessey le avienta una botella de agua mineral Perrier al hermano del arzobispo y le atina a la cabeza. Hora de que la Roberts y Burgess Meredith se enfrenten en un duelo de artes marciales que pondría verdes de la envidia a Bruce Lee y a Jackie Chan. En este duelo habrá incluso mordidas de chamorro y destrucción gratuita de arte flamenco. Hasta terminar la bruja malvada guardadita en las entrañas de un piano. De vuelta en el teatro, el director de orquesta resulta ser el lascivo Dudley Moore. Otro momento de gran emoción se produce cuando Gloria y Tony, una vez liberados por el casero, salgan disparados a la ópera para salvarle la vida al sumo pontífice que, mientras tanto, cabecea al son de las melodías de Gilbert y Sullivan sacando en cada cabezada los dientes de caballo (aquí al vicario de Cristo lo interpreta un actor no profesional, un magnate de San Francisco que difícilmente puede negar la menorah de su sinagoga, qué casting tan ecuménico). La secuencia a alta velocidad es comparable a la de Barbra Straisand y Ryan O’Neal en La chica terremoto por tratarse de la misma urbe. La de Juego sucio se erige apenas en pálido reflejo de su predecesora. Aun en cuanto a comicidad: un restaurante italiano en ruinas (en el que, obvio, no podían saltarse el clásico: “Mamma mia, Luigi!”), cambio a una camioneta de un vaquero con casita de madera en la parte trasera, una nueva maniobra destructiva deja al ídem de medianoche sin techo (su decepción se dibuja con el irónico aliento de una armónica para darle más énfasis a la burla campirana). Luego le toca el turno a una limosina donde vienen de pasajeros dos japoneses bastante ancianos. Pareciera que el trayecto de Tony y Gloria hacia el teatro incluye cada uno de los clichés imaginables en Estados Unidos hacia foráneos del campo o de países extranjeros. Los problemas de comunicación entre Gloria y sus polizontes se resuelven al mencionar el programa de televisión Kojak, con eso de que Tony es como del detective televisivo y le da un aire a Telly Savalas. Todo lo anterior en paralelo con la preparación meticulosa del albino para perpetrar el magnicidio. No muy lejos, los japoneses vienen zurrándose de la risa. Lástima que no se pueda decir lo mismo del público que está siendo sometido a tamaño suplicio. Ya en el teatro y acompañados de una hilera de policías (que quién sabe de dónde salieron), nuestros protagonistas recrean la escena tan famosa de El hombre que sabía demasiado (segunda versión). A medias. Aquí, para que nadie invoque al plagio, no habrá cañón de pistola detrás la cortina de un palco ni una güera a lo Doris Day gritando antes de que los platillos choquen el uno contra el otro. Sí hay rubia, pero ninguno de los colegas de Tony cuestiona qué demonios hace ahí la novia del teniente. Tampoco importa el dilema ético que representa que un policía tenga una relación amorosa con la testigo del delito a investigar. Y esta imprudencia se vuelve evidente cuando de nueva cuenta la dejen sola y el albino aproveche la oportunidad para capturarla. De tan redundante, debo admitir esto que ya se volvió chistoso. Para darle más sobresalto al asunto, el malandro se lleva a Gloria a las alturas de la tramoya. A este director y guionista le gusta rizar el rizo. Esto es como ver, además de la cinta multicitada de Hitchcock, Con M de muerte, Los 39 escalones e Intriga internacional. Todas juntas y con el tono comicón de Trama macabra. Algunos balazos suenan, un policía negro queda muerto y atrapado entre las cuerdas de la tramoya, pero nada de esto parece tener mucho efecto allá abajo en el escenario, menos como para detener la representación. Si acaso, un par de actores mira hacia arriba. Tony salva otra vez a Gloria disparando desde el escenario y atinándole al albino que tantos dolores de cabeza le ha dado a su amada. El decorado de un navío desciende antes de tiempo con todo y los dos cadáveres suspendidos entre las cuerdas. Estupefacción del auditorio entero. Hasta que su santidad, quizás bastante corto de vistas como para detectar la presencia de la muerte, empieza a aplaudir. El montón de paleros le sigue la corriente. No hay que contradecir al santo padre. Tony ordena cerrar el telón para que él y Gloria se reúnan detrás del mismo. Sin embargo, el persistente telón se levanta otra vez (“¿no oye esos aplausos?”, le chilla el gerente del teatro al tramoyista) para descubrir al elenco entero y a nuestra parejita dándose un apasionado beso. El director de orquesta se hace el occiso al reconocer a la rubia debilidad y, sobre todo, al observarle (sin binoculares) la insignia al señor que tiene pegado a los labios: teniente, policía de San Francisco. Más y más aplausos. Caravana oblige. Y, por supuesto, también la cursilería de Barry Manilow oblige: and I’m ready to take a chance agaaaaaain!

Créditos en amarillo
Créase o no, esta porquería setentera fue nominada a siete Globos de Oro. Por supuesto, no ganó ninguno y por eso lo que sí se ganó fue un lugar al lado de ¿Quién teme a Virginia Woolf? y El padrino III como las cintas nominadas en el mayor número de categorías sin haber ganado un miserable Globo. Tampoco el Óscar fue para Manilow. La carrera de su director y guionista, Colin Higgins, se extendió unos años más. Dato que no resulta curioso si agregamos que la película ganó cerca de 45 millones de dólares en la taquilla estadounidense. Los suecos le encontraron el hilo negro y la tradujeron en su idioma como La chica que sabía demasiado. Higgins ya había escrito en 1971 el guión de Harold y Maude (Ruth Gordon, gloriosa), la cual no le permitieron dirigir. Después de Juego sucio, su ópera prima, sí logró dirigir Cómo eliminar a su jefe (1980) y La casa más divertida de Texas (1982). Sin embargo, murió a los 47 años a causa de la epidemia del sida. A pesar de sus defectos y de ser un homenaje bastante fallido a sus fuentes de inspiración, hay algo de ingenuidad en su hechura. Para mí, Foul Play queda como el testimonio de una época en que, gracias al innegable carisma de gente como Goldie Hawn y Chevy Chase, Hollywood se podía salir con la suya sin tanta pirotecnia. Esos tiempos maravillosos en que las cumbres de la comedia no eran personitas como Seth Rogen o Amy Schumer.

Juego sucio (Foul Play, 1978). Escrita y dirigida por Colin Higgins. Producida por Edward Milkis y Thomas Miller. Protagonizada por Goldie Hawn y Chevy Chase.