lunes, 3 de septiembre de 2018

De regreso en Twin Peaks (y VI)


Ya lo comenté en esta otra entrada de hace algunos años. La primera vez que vi una escena de Twin Peaks fue en abril de 1990. En esa escena aparecía el personaje de Audrey Horne bailando al son de una música enervante (“enervante” en el sentido original de la palabra, claro). “¿No es de ensueño?”, le pregunta a Donna Hayward y, sin importar quién la mire en la cafetería de Norma Jennings, la hija del magnate del pueblo se pone a bailar en cámara lenta. No imaginé entonces que unos meses después me volvería adicto a la serie. Tanto que corearía aquello de “Through the darkness of future’s past…” una y otra vez. Tanto que mi sensación de aislamiento adolescente se magnificaría por no conocer a ninguna persona de mi entorno que tuviera una mínima noción de quién era Laura Palmer ni mucho menos de quién podría ser su asesino. A un escaso mes de mi vuelta al terruño y tras varios años de vivir en otras latitudes, la promesa del baile de Audrey Horne vuelve a cumplirse cuando suben la parte 16 a Netflix el lunes 28 de agosto de 2017. Veintisiete años me separan de aquel chavillo que no sabía ni lo que veía en la televisión aquel abril de 1990. Y si veinte no son nada, según proclama el tango, veintisiete tampoco. Va esta última entrega en la cual se mezclan el éxtasis y el horror.



Parte 16: La búsqueda del señor C parece querer llegar a su fin. La imagen del camino aluzado por los faros de su camioneta se compone casi idéntica a la que nos presentó al personaje maligno durante la parte 1. Ahora no va hacia su destino solo. Lo acompaña el vástago engendrado con Audrey Horne. Y le será de mucha utilidad. Se dirigen al lugar hacia donde apuntan las coordenadas. Al menos, las dos series de números que sí coinciden, las de Ray y Jeffries. Richard ignora que se convertirá, como en pasaje bíblico, en sacrificio para salvar la vida de su maloso progenitor desconocido. A lo lejos, el tío Jerry observa el destello de su muerte. Y eso muy apenas porque está tan drogado y perdido que no atina a usar correctamente sus binoculares. “Adiós, hijo mío”, se despide el señor C luego de que Richard quede pulverizado por la electricidad. Le tendieron una trampa y ahora sí, con la certeza de qué coordenadas son las correctas, el Cooper malo se dirige hacia su verdadero destino.
Mientras Hutch y Chantal vigilan su casa, Dougie-Cooper se halla dormido en un hospital de Las Vegas. Igual al comienzo de la temporada 2. Sólo que aquí lo acompaña su familia adoptiva y su jefe de la aseguradora. Los mafiosos y sus conejitas se van a abastecer la casa de Dougie de más regalos caros. Para buena suerte de Cooper, un contador polaco se descuenta a la pareja de asesinos y la violencia desbocada (Hutch y Chantal terminan con tantos agujeros de bala como Bonnie y Clyde) da pie a la paradoja de que uno de los mafiosos se pregunte qué tipo de barrio es ése. En un momento en que la familia y el jefe lo dejan solo, Cooper por fin despierta y es el mismo de la serie original. Atrás dejó al Dougie catatónico. Gracias a su conexión a larga distancia con el Black Lodge, intercambia con Gerard una semilla dorada por el anillo verde. Cuando Janey-E, Sonny Jim y Bushnell regresen a su habitación, se sorprenderán de hallar a un hombre muy diferente en su actitud. Cooper manda a sus nuevos hijo y esposa por el carro, le pide a Bushnell su revólver y a sus amigos mafiosos, tenerle listo un avión. Empieza a escucharse la música de entrada del programa. Y al afirmar Cooper que él es el FBI, todo es perfecto. Éste es el regreso tan prometido por el subtítulo de esta tercera temporada de la serie. No se necesita ser un genio para adivinar hacia dónde se dirige el agente Dale Cooper. Tanto posponer su despertar, tuvo su recompensa.
“Falling” de Angelo Badalamenti se interrumpe de repente con el texteo del señor C a Diane Evans. En cuanto la infiltrada le envía a su cómplice las verdaderas coordenadas (las del brazo de Ruth), se levanta de la barra para dirigirse al cuarto de los agentes del FBI. Antes de que intente balacearlos, les cuenta la historia de cómo el Cooper malo la besó, la violó y la llevó a la tienda de conveniencia. No quedará duda de que esta Diane es una “tulpa”, una doble manufacturada. “¡No soy yo!”, exclama sumida en la desesperación. Al mencionar ella la comisaría de Twin Peaks, me queda claro de que la verdadera Diane Evans está ahí y es, en realidad, Naido, la mujer asiática de las plastas en los ojos y los gemiditos. No por nada, una vez quitando la “o” del final y leyendo el nombre al revés, se convierte en “Dian”. De ahí la necesidad de protegerla. La impostora se enfrenta a las armas de Tammy y Albert. Antes de que la alcancen, sin embargo, será teletransportada al Black Lodge para convertirse en la otra semilla dorada. Ahí le lanzará un último “fuck you” al manco Gerard.
En el casino de los Mitchum se da la emotiva despedida entre Cooper y su familia adoptiva, junto con la promesa de que regresará (ojalá no le tome un cuarto de siglo). Sonny Jim lo llama papá en otra crisis identitaria, la enésima de la serie. “Entraré por esa puerta roja y me quedaré en casa para siempre”, promete. Ya en la limosina, camino al aeropuerto, Cooper trata de explicarles a los hermanos Mitchum y a las conejitas lo sucedido. Lo único claro es que se dirigen a la comisaría de Twin Peaks. Mientras tanto, el Roadhouse ya tiene presupuesto otra vez y ahora es Eddie Vedder de Pearl Jam quien sube al escenario y canta bajo su verdadera identidad: Edward Louis Severson. Pero esta decimosexta parte tan repleta de estímulos no termina aún. Falta la cereza de mi pastel, como la que tragó esta misma mujer para anudar el tallo en su boca y para que la madrota Blackie la aceptara en el prostíbulo canadiense de Ben Horne. Audrey llega acompañada de Charlie, después de perderse durante horas en una discusión cíclica. De la nada, el maestro de ceremonias anuncia su baile, uno esperado por mí durante más de un cuarto de siglo. Se oye la misma música de ensoñación alternada con los dedos tronados. La luz se vuelve púrpura. Y al deleite de la nostalgia lo frena un pleito entre borrachos. Peor aún: el trastocamiento del espacio. Audrey aparece frente a un espejo en un sitio de extrema luminosidad blanca (¿el White Lodge?). Una vez más, David Lynch siempre tiene la última palabra.


Parte 17: El baile de Audrey me llenó de regocijo. Sin embargo, su interrupción augura que Lynch continuará con su ataque a la nostalgia. No puedo esperar a que sea el 4 de septiembre de 2017. Ese día suben la decimoséptima parte a Netflix.
El director del FBI Gordon Cole le hace una confesión a Albert: cómo Garland Briggs descubrió la existencia de una fuerza maligna bautizada como Jowday. O “Judy” para los cuates. Veinticinco años atrás se urdió el plan para atrapar a la entidad caníbal, un plan entre Cole, el mayor del ejército y Cooper. Según Cole, la intención del agente Cooper era “matar dos pájaros de una pedrada”. El mensaje de su antiguo subalterno no tarda en llegarle a Gordon Cole. Resurge la hora tantas veces repetida para abrir portales: 2:53 o la hora del número de la perfección (2+5+3=10). En el destino de los dos Coopers (la comisaría), Chad desea escapar, pero el borracho remedador se lo impide. Naido siente cómo el señor C se acerca y con sus mugidos deja pasmados a James y a Freddie. El Cooper malo acude al Palacio del Conejo, no halla a Naido y el vórtice del cielo lo teletransporta a la guarida del Gigante-Bombero. La cabeza flotante de Briggs lo espera dentro de la sala teatral vista en la parte 8. Una imagen de la casa de los Palmer parece indicar que ahí se encuentra la entidad maligna conocida como “Judy”. Sin embargo, el señor C se materializa en el estacionamiento de la comisaría. Ahí está el aparentemente lerdo de Andy para reconocerlo como el agente Dale Cooper. Le da la bienvenida y lo lleva a saludar a Lucy y a Frank.
El oficial Andy tiene una premonición asociada con su visita a la guarida del Gigante-Bombero. Chad escapa de su celda y, antes de que pueda herir a Andy, el guante de Freddie deja fuera de combate al traidor. Arriba, en la recepción, Lucy recibe una llamada del verdadero Cooper. Por fin comprende el avance tecnológico de los celulares y le salva la vida a Frank Truman, disparándole al señor C. Pero ya se sabe que este vehículo del parásito Bob revive gracias a los rituales de los andrajosos hombres del bosque. Cooper llega barrido con sus compinches de Las Vegas para encontrarse a la comisaría entera atestiguando cómo los pordioseros sobrenaturales le extraen el orbe oscuro al señor C. Nuestro héroe no puede enfrentarse al espíritu-parásito que asesinó a Laura Palmer. Para eso está el guante de Freddie. En duelo risible (más que nada, por los efectos especiales), Freddie se enfrenta al violento balón de futbol con la efigie de Frank Silva. Una vez pulverizado por el guante superpoderoso, Cooper le pone el anillo verde a su doble y el cuerpo desaparece. Adiós al señor C. Truman le entrega a nuestro héroe la llave del cuarto 315. También llegan Cole y los suyos. El tiempo se detiene. Cooper trata en vano de explicar lo que ocurre. Naido se metamorfosea en Diane Evans, ahora con cabellera color rojo intenso. Diane y Dale se besan. El reloj no logra avanzar más allá de las 2:53. Y el lugar se oscurece. Como diría el Frank Booth de Blue Velvet, “now is dark”. Ahora de verdad está oscuro.
Cooper, Diane y Gordon están en el cuarto de calderas del hotel Great Northern y se dejan guiar por el zumbido que tanto preocupó antes a Ben y a Beverly. La llave del 315 abre el camino a otra dimensión. Sólo Dale la franquea. Al otro lado de la puerta mágica, el manco Gerard recibe al agente Cooper con el poema ya bien conocido por los fanáticos (“Through the darkness of future’s past…”). Ese mismo que yo me repetía cuando era adolescente, compuesto de versos cuyo contenido tapizaron varias hojas de mis cuadernos de la prepa. El destello del fuego-electricidad lo conduce hasta la cafetera Jeffries, cuyos poderes fracturan el flujo del infinito y le permiten a Cooper intentar darle al segundo pájaro con la misma piedra. Es decir, retroceder en el tiempo al 23 de febrero de 1989 y salvar la vida de Laura Palmer. David Lynch vuelve a auto-citarse (ahora en blanco y negro) con una escena de la película Fuego camina conmigo. El director inserta aquí la secuencia de la última cita amorosa entre Laura Palmer y James Hurley. En medio de un paraje boscoso, aparece Cooper quien, a lo lejos, espía a la pareja. Contrasta la alta definición de la imagen digital de 2017 con lo filmado en 1992. Según sus propias declaraciones, Lynch estaba convencido en aquella época de que Sheryl Lee había dado una actuación fenomenal (digna de un Óscar) y quizás ahora, veinticinco años después, busque ofrecérsela a un público nuevo. Al abandonar a James en la esquina de Sparkwood y la calle 21 y al correr hacia el bosque, Dale Cooper le impedirá a Laura reunirse con Leo, Jacques y Ronette. De esta manera, Laura Palmer (Sheryl Lee veinticinco años mayor y con peluca de rubia platinada) reconoce a ese hombre de traje como el que se le apareció en un sueño. Compuesto por Angelo Baladamenti, el tema melódico de Laura oblige. Cooper le tiende la mano y le dice que se dirigen a casa. El blanco y negro se vuelve de colores. Y en este instante Twin Peaks se transforma en serpiente mordiéndose la cola porque Lynch nos retrocede al inicio de todo: a la casa de Josie, Pete y Catherine. Pete Martell sale a pescar y ya no hay ningún cadáver envuelto en plástico junto a la roca. Ni habrá el famosísimo “wrapped in plaaaaaastic” de Jack Nance. Qué genialidad. Qué momento de perfección.
Salto al futuro de 2017. Sarah Palmer (¿la encarnación de “Judy”?) toma uno de los retratos de Laura y lo golpea con una botella vacía. Dale Cooper no ha ganado la partida contra este mal primigenio. La aguja del disco rayado hace que Laura desaparezca y se escucha de nuevo el grito que pegó dentro del Black Lodge en la parte 2. El bosque nocturno se difumina para mostrar cortinas rojas. Por fin, en el Roadhouse, Julee Cruise canta sobre el escenario “The World Spins”, esa canción que conozco muy bien por haberla escuchado una y otra vez cuando estaba en la prepa y el estéreo del coche solía reproducir sin cesar el casete de Floating into the Night. La foto acompañante de esta misma entrada es la de ese casete, aún vivo aunque ahora intacto por ya no haber aparato electrónico que lo reproduzca. Julee Cruise canta y yo soy inmensamente feliz. Si tan sólo aquí hubiese concluido Twin Peaks: el regreso.


Parte 18: Mi felicidad es inversamente proporcional al enojo de Julee Cruise. Y la entiendo. Es de entenderse que, siendo la voz participante de varias de las bandas sonoras del universo lyncheano (Blue Velvet, Twin Peaks y Fuego camina conmigo), se queje ante sus escasos minutos de aparición. En cambio, los otros cantantes o grupos se echaron sus rolas enteras. Pobre Julee. Y no sólo eso me hace caer de la nube. Porque un momentito, por favor. ¿Qué significa esto? ¿Significa que David Lynch acaba de borrar todo lo ocurrido desde la muerte de Laura Palmer? ¿El Twin Peaks de mis añoranzas dejó de existir? Del éxtasis paso al horror. Esto no puede ser y, avasallado por el miedo, pongo la última parte.
La parte 18 abre con el señor C en llamas dentro del Black Lodge. La semilla dorada de Dougie, combinada con el pelo de Cooper y la electricidad, produce otro Cooper, uno vuelto a nacer. Ese doble cruza la puerta roja de la casa familiar de Las Vegas y cumple su promesa. Se rencuentra con Janey-E y Sonny Jim. Volvemos al inicio. Es decir, al manco Gerard preguntando a Cooper: “¿es futuro o es pasado?” Laura murmura en su oído y pega otra vez el grito de la parte 2. Leland le pide encontrarla. Y del Black Lodge Cooper sale por donde debió haberlo hecho con Annie Blackburn 25 años atrás. Ahora es Diane quien lo recibe. Las pistas del Gigante-Bombero empiezan a cobrar sentido. A 430 millas de andar por la carretera los destellos de electricidad teletransportan a Cooper y a Diane hacia otra realidad. De nueva cuenta, se observan halos de luz que iluminan una carretera nocturna. La pareja llega a un motel. Mientras Dale va a la recepción, Diane se queda en el coche y se observa a sí misma a la distancia, junto a una columna de la entrada del motel. Entran a una habitación, se besan a oscuras, resuenan los primeros versos de “My Prayer” de los Platters (recuérdese la parte 8) y hacen el amor. Ella le pone las manos sobre la cara como para esculpirle un nuevo rostro y la cámara sobre la faz de Laura Dern enfoca en primer plano mientras la actriz fija la vista en el techo. Dale Cooper despierta en otra habitación y en otro motel. Por la nota junto al teléfono se percata de que ya no es Cooper sino Richard. La nota la firma Linda. “Richard y Linda”, había dicho el gigante en la parte 1. Así como “dos pájaros y una piedra”. Nuestro héroe está en un pueblo de Texas llamado Odessa. Se detiene en una cafetería: “Judy’s” (referencia al ente maligno). Luego de descontarse a dos vaqueros abusones, pregunta por la mesera que tiene el día libre. Pide su dirección. Cuando acude a su casa, aparece de nuevo el poste 6, que ahora se ha mudado a esta localidad del sur de Estados Unidos.
Una doble de Laura Palmer le abre la puerta a Cooper. La rubia le había dicho en la parte 2: “estoy muerta y, sin embargo, vivo”. Detrás de ella, el cadáver de un hombre. La mujer rubia dice llamarse Carrie Page, aunque él insista en llamarla Laura. Cooper le promete llevarla lejos, a Twin Peaks, a la casa de su madre. El agente del FBI sigue intuiciones y pistas en esta línea del tiempo que corre de forma paralela a la de la serie original. Ella accede para escaparse de los problemas acarreados por el cadáver. Por lo menos, Lynch edita el viaje de vuelta hasta Twin Peaks o esto podría haber durado 18 horas más. De nueva cuenta, Cooper maneja un carro a través de una carreta oscura, con una mujer al lado. Después de largos minutos llegan al pueblo y pasan por el Double R de Norma. Pero la doble de Laura Palmer no reconoce nada. Se detienen frente a la casa de la familia Palmer. Tampoco la reconoce. Cooper cree haber logrado su cometido, el de los dos pájaros y la piedra: destruir a Bob, salvar la vida de Laura y llevarla de regreso a casa. La todopoderosa Judy pudo habérselo impedido al final de la parte 17. Pero ahora, cumpliendo el pedido de Leland de encontrar a Laura, sí la dejará en su casa. Otra vez, la toma de la mano y la lleva hasta la puerta. Pero nada es lo que parece. Les abre una desconocida de apellido (¡sorpresa del Black Lodge!) Tremmond que afirma ser la propietaria de la casa y no conocer a Sarah Palmer. Además, esta señora Tremmond le compró la casa a una señora (¡segunda sorpresa!) Chalfont. Frances Bay apareció antes en este papel doble y nunca quedó claro si era la señora Tremmond o la señora Chalfont. Da igual. Nunca habrá una explicación lógica. La puerta se cierra. La pareja se aleja de la casa sumida en la confusión. Cooper pregunta: “¿en qué año estamos?”. Sigue sin entender qué salió mal. Carrie-Laura contempla la casa. El eco de su madre en una vida paralela la llama por su verdadero nombre (“¡Laura!”). La rubia tiembla y pega otro grito bestial. Surge el último destello de electricidad que oscurece tanto la casa como el mundo entero. Éste es el final de Twin Peaks: el regreso.
Y yo maldigo a David Lynch. Por avivar mi nostalgia para luego matarla. Por pintarme este dedo medio como fanático de la serie. Por dejarme otra vez en suspenso, con más preguntas que respuestas. Porque estoy seguro de que tendrán que pasar otros 25 años para enterarme de qué va a pasar ahora con el agente Dale Cooper. ¿Por qué no pudo terminarse esto en la parte 17?

domingo, 12 de agosto de 2018

De regreso en Twin Peaks (V)


Hay grandes diferencias entre este presente y aquel pasado. Empiezo por lo más indiscutible: en el nuevo Twin Peaks las imágenes captadas por la cámara digital cubren toda la pantalla de las televisiones actuales, en forma de rectángulo. En cambio, en el viejo, el de hace un cuarto de siglo, las pantallas televisivas de entonces eran cuadradas. Lo anterior es como lamentarse porque en esos ayeres yo era un adolescente y ahora ya las canas, las entradas y la tripa han hecho su aparición. Sin embargo, en un nivel más profundo y fuera de la forma geométrica dibujada por la luz de las pantallas, el regreso se torna batalla constante entre la tentación de la nostalgia y su ataque directo por parte de David Lynch. El director y su coguionista Mark Frost nos escatiman a los fanáticos las apariciones de los personajes originales y las escenas en el pueblo. Es decir, se lanzan en contra de la moda de darle al público cuarentón el espejismo de la juventud. Como intentan series del estilo de Stranger Things. Más bien, ellos le otorgan mucho mayor peso a lo onírico y a lo irracional que a lo paródico. Dentro de la abundancia de personajes, Lynch no se olvida del todo del carácter telenovelesco a parodiar (recuérdese Invitation to Love en la serie original). Aunque tal carácter se encuentre en estado de explosión, igual a una bomba atómica. Son abundantes los triángulos amorosos: Steven-Gersten-Becky, Bobby-Shelly-Red, Audrey-Charlie-Billy, Norma-Ed-Nadine, etcétera. Sin embargo, en ninguno se profundiza porque en El regreso predomina más bien el misterio policiaco con oscuros tintes de surrealismo. Y, sobre todo, el retorno al pueblo del estado de Washington, casi en la frontera con Canadá.
David Lynch también insiste en el tema del doble. Desde hace décadas ha explorado sus aristas: Jeffrey Beaumont y Frank Booth en Terciopelo azul, Laura y su prima Maddie en el Twin Peaks original, Renee-Alice en Lost Highway junto con los personajes del saxofonista Fred Madison y el mecánico Pete Dayton. Es decir, el doble que se transforma en otro: donde un hombre son dos y dos mujeres son una. Igual sucedía en Mulholland Drive con los personajes dobles de Betty-Diane y Rita-Camilla. Ni se diga Nikki Grace en Inland Empire, el caso de una actriz que se desdoblaba en muy diversas personalidades. Tanta insistencia en el doble, en la lucha entre el lado oscuro y el luminoso, indica que en Twin Peaks: el regreso todo va preparándose para que el señor C y Dougie se enfrenten y, finalmente, el héroe pueda vencer al maligno espíritu-parásito Bob y hacerle justicia a Laura Palmer. No obstante, Lynch posterga hasta lo insostenible el despertar de Dougie-Cooper. Es obvio que esperará hasta el último momento para pintarnos a un Cooper parecido al de antes. Y, en cuanto al significado de la Rosa Azul, el director tal vez haya estado preparando esta tercera temporada desde hace algunos años porque al reverso de la caja con los bluray de toda la serie original y de Fuego camina conmigo aparece ni más ni menos que la tan mencionada rosa. Las siguientes partes (estrenadas los días 6, 13 y 20 de agosto de 2017) revelarán buena parte del enigma:


Parte 13: Esta decimotercera hora, tan temida por los supersticiosos, abre en la aseguradora de Las Vegas. El tren formado por Dougie, los hermanos Mitchum y las tres conejitas no parece ir al mismo ritmo de la delirante y juguetona música incluida por Lynch, también a cargo del diseño sonoro. Eso no importa porque de igual manera Anthony se queda azorado ante el insólito cuadro. Dougie sigue vivo y los mafiosos, tan amigotes de él. De hecho, vienen como tres reyes magos a ofrecerle regalos a Bushnell Mullins. Anthony se comunica con Duncan Todd y él, ya desesperado ante tanto atentado fallido, le ordena liquidar a Dougie. También hay regalos para Janey-E y Sonny Jim. La felicidad del niño no queda tan evidente en los nuevos jueguitos del jardín. Menos con ese ominoso reflector que ni siquiera le pone la suficiente atención como para seguirlo atentamente y que, una vez más, no cuadra con los movimientos del escuincle ni con la música como de cajita musical proveniente de El lago de los cisnes. Las objeciones anteriores no importan porque Janey-E está demasiado contenta como para reclamarle otra ausencia de días a su catatónico esposo. En el lado oeste de Montana el señor C alcanza a Ray. Él se halla resguardado en una guarida-granja-bodega por una horda de maleantes. A los matones los comanda un pelón alto. Según las reglas del juego, hay que ganarle al calvo fortachón en las vencidas para defenestrarlo como jefe de la banda. De ganar en las vencidas, al señor C sólo le interesa que le entreguen a Ray. Tras otra secuencia hilarante (réferi bizco incluido y varios “la posición de inicio es la más confortable”), el pelón termina con el rostro hundido de un puñetazo y la horda se desentiende de Ray. Mientras está siendo interrogado, la banda observa a través de una pantalla gigante y, de pura casualidad, aparece Richard Horne entre la multitud. Este conmovedor rencuentro entre padre e hijo (ambos malos-malosos de Malolandia) ya se veía venir. A Ray lo envió Jeffries para eliminar al señor C, explica, porque lleva algo adentro que les interesa (el espíritu-parásito Bob, obvio). También en el bolsillo trae la sortija verde que ya no podrá ponerle en la mano. Por fin, el villano le sonsaca las coordenadas. El problema ahora es si podrá confiar o no en su veracidad. Finalmente, antes de morir de un balazo, Ray le dice que Jeffries está en “El holandés”. Corte a Las Vegas: Anthony pasa por la oficina de los tres policías lelos, quienes acaban de tirar a la basura las huellas dactilares de Dougie, y les pregunta por uno de los cómplices del señor Todd. Luego de conseguir un veneno supuestamente indetectable, el inexperto homicida se encuentra con Dougie a la entrada del trabajo, afuera del lugar donde venden las tartas de cereza. Esta vez, por sentirse maravillado ante la caspa de su colega, Dougie salva la vida. A Anthony le remuerde la conciencia y así, de la nada, confiesa todas sus triquiñuelas frente a Bushnell, exhibiendo el complot con el señor Todd.
En la cafetería de Norma, el Double R, Bobby halla a Ed Hurley junto a la dueña. Lynch saca del retiro a Everett McGill y me recuerda que este actor tenía cabello de douchebag mucho antes que los hípsters lo pusieran de moda. Ya ni Ed ni Bobby parecen acordarse del puñetazo que uno le dio al otro en el Roadhouse un cuarto de siglo antes. Por lo visto, la pareja Norma-Ed sigue sin poder disfrutar plenamente de su amor. Esto queda claro cuando Walter, el tipo de las franquicias, interrumpe la conversación y le da un beso en la boca a Norma. Bobby y Ed se ven obligados a retirarse a otra mesa. Sin embargo, creo que no durará mucho este idilio porque, mientras Walter representa el corporativismo rampante, Norma se erige como la defensora de los valores tradicionales. En tanto ella defiende sus tartas de cereza afirmando que están preparadas con amor, el advenedizo argumenta que “el amor no siempre deja ganancias”.
Nadine Hurley se rencuentra con su ídolo de internet, el doctor Amp, cuando éste observa una de sus palas doradas en el aparador de la tienda de cortinas mudas. En la segunda temporada se les prendió el foco a los sustitutos de Lynch (gente tan ocurrente) y le inventaron a Nadine una fuga psíquica hacia los años de la prepa. Incluso la empataron con el patán de Mike. Y ahí, en calidad de único psiquiatra del pueblo, se encontraba Jacoby a su lado. Una vez más, la intervención del doctor le da esperanzas a la mujer tuerta para cavar con la pala dorada y así “desenterrarse de la mierda”. A la vez, Sarah Palmer bebe como cosaco y fuma como chacuaco en su casa. Sobre la pantalla gigante se repite en secuencia interminable el fragmento de una transmisión de una pelea de box de los años 50. Así como la Diane Evans que se nos muestra no corresponde a la imaginada, Audrey Horne deja de sentirse cómoda en su piel. En algo recuerda a la amnésica Rita de Mulholland Drive. Para Audrey y Charlie el tiempo no corre. Éste se halla estático porque los vemos enfrascados en la misma discusión de la parte 12. Audrey ya no insulta ni sobaja: se encuentra vulnerable. Es otra afectada, dentro del mundo lyncheano, de una crisis de identidad. Por fin, al escenario del Roadhouse sube un músico originario de Twin Peaks. Es el ex motociclista James Hurley, quien repite la edulcorada canción “Just You and I”. La voz aguda de James lleva a las lágrimas a la mujer de la que está enamorado, esa amiga de Shelly de la parte 2. Pero ni Donna ni Maddie le hacen los coros como lo hicieran en aquella inolvidable escena del episodio 2 de la segunda temporada. El personaje de Maddie Ferguson —la prima-gemela de Laura, presencia de inspiración hitchcockiana con eso de que en Vértigo había un Ferguson y una Madeleine— no podría aparecer porque Leland también la mató y, en el caso de Donna, la actriz que la interpretó (Lara Flynn Boyle) ya no tiene un rostro presentable para los estándares de la televisión gringa. Así sean los estándares de David Lynch. Y, al terminar, la cámara vuelve al tío de James, Ed Hurley, sentado junto a un mostrador de su gasolinería, para cerrar la parte 13 de forma silenciosa, quizás lamentándose por la imposibilidad de su amor con Norma y comiéndose su sopa del Double R.


Parte 14: Los nostálgicos suspirarán ante la escena en la que Gordon Cole llama a la comisaría de Twin Peaks y tiene un jocoso intercambio con Lucy, la secretaria. Cuando ella le comunique a Frank Truman, éste le hablará de la existencia de dos agentes Cooper, según lo escrito en las páginas encontradas del diario secreto de Laura Palmer. Ya la habitación de los del FBI en Dakota del Sur parece una base de operaciones en miniatura. Albert despejará más dudas sobre la Rosa Azul: una rosa azul no se da en la naturaleza y es una copia manufacturada (como Dougie Jones), a la que Tammy se refiere como “tulpa”, palabra tibetana que evoca “cosa conjurada”, “emanación mágica” o “fantasma”. Otro momento de humor se produce con Cole, su aparato para sordos y el limpiador de ventanas. Diane Evans se presenta también en la habitación (hablando de la reina de Roma o ¿la reina del Black Lodge?) y, ante la esperada pregunta sobre Las Vegas, revela que Janey-E es su hermana. Cuando se retira, Gordon les cuenta su sueño en blanco y negro con Monica Bellucci a Tammy y a Albert. Lo dicho por la italiana (“el soñador que sueña y vive dentro de un sueño, pero ¿quién es el soñador?”) me recuerda en algo a un cuento de Borges. Pero lo importante es que aquí irrumpe desde 1992 la escena de Fuego camina conmigo, una secuencia que en aquel momento sólo podía interpretarse como una ocurrencia para incluir a David Bowie en la trama del filme. Ahora cobra una importancia inesperada y mayúscula: Jeffries entra a la oficina de Filadelfia y apunta con el dedo al agente Dale Cooper preguntando “¿Quién crees que es ése de ahí?”. De nueva cuenta, la identidad y el doble.
En Twin Peaks, tras arrestar a Chad y conducirlo a una celda, los policías emprenden su excursión hasta el Palacio del Conejo. De otro palacio fue expulsada la mujer asiática de las plastas en los ojos (parte 3), listada en los créditos como “Naido”. Los policías la encuentran desnuda, entre niebla y electricidad, en el lugar indicado por el mensaje del mayor Briggs. A las 2:53 se abre el portal en forma de vórtice que teletransporta a Andy hasta la guarida del gigante, quien aquí se hace llamar el Bombero. Esto, imagino, ante el peligro representado por el fuego-electricidad. Él le concede a Andy varias premoniciones. El policía las observa en una pantalla circular en el techo, como un tragaluz vuelto bola de cristal. Algunas escenas de la parte 8 se repiten (“Gotta light?”). A su regreso, Andy sabe exactamente qué hacer para proteger a Naido. Estos portales conducen a realidades diversas y alternas según la zona geográfica, ya sea que trasladen al Black Lodge o a la guarida del gigante (¿el White Lodge?). Una vez bajo custodia, Naido termina enfundada en una bata rosa de Lucy y protegida por una celda de la comisaría. Entre los gemiditos de Naido y los remedos de un borracho herido, a Chad le espera una noche infernal. El Bombero aparece de nuevo en la historia contada por Freddie Sykes, el colega de James en el hotel Gran Northern. Se aclara un poco por qué este personaje de acento británico (¿cockney?) se encuentra en Twin Peaks y por qué lleva siempre un guante. Sarah Palmer visita un bar y, ante el acoso de un camionero, se desprende el rostro (tal y como lo hiciera Laura ante Cooper en el Black Lodge al inicio de esta temporada) y le da una ligera mordida al tipo. Debajo de la máscara de piel, Laura irradia luz. Su madre, en cambio, esconde un monstruo dientón. La mordida es tan ligera que Sarah deja al camionero sin cuello. Si Leland Palmer albergaba en su cuerpo la presencia del espíritu-parásito Bob, ¿por qué su mujer no podría ser el ente femenino caníbal nacido con la energía nuclear? Sobre todo, si Sarah resulta ser la adolescente de la parte 8. Corte al Roadhouse. Esta vez, la conversación entre dos muchachas sí parece relacionarse con lo visto. Al menos, se mencionan los nombres de Billy y Tina, personajes que preocupan tanto a Audrey Horne. Y en el escenario se presenta Lissie (pareciera la hija negada de Melissa Etheridge) para cantar “Wild Wild West”.


Parte 15: Cualquiera, aunque sea un escéptico frente al estilo de Lynch, debería admitir que esto empieza a ponerse emocionante. Sobre todo, conforme el señor C se acerca a Twin Peaks. Ahí, en el pueblo, Nadine Hurley camina sonriente y determinada hasta la gasolinería de su esposo Ed. Gracias a la pala dorada del doctor Amp acaba de “desenterrarse de la mierda” y por fin le da su libertad a este parco mecánico. Así que aquí culmina el hilo narrativo del ex psiquiatra y su negocio de palas pintadas de dorado: en la felicidad de Ed y Norma. Él se apresura y va al Double R. Suena otra canción melosa de los 60: “I’ve Been Loving You Too Long”, en la voz de Otis Redding. Pareciera que el corporativista Walter se interpondrá entre Norma y Ed. Él, imitando a su creador Lynch, se pone a meditar junto a la barra del diner. ¿Es capaz de controlar el destino y deshacerse de Walter? Ese obstáculo humano es salvado pronto y la ya algo añosa pareja se besa apasionadamente. Shelly los observa, cafetera en mano, con una sonrisa en los labios.
En “El holandés” habita otra cafetera. Pero de tamaño gigante. Este sitio aludido por Ray no es otro que la parte superior de la tienda de conveniencia. Allá se aventura el señor C. Los hombres del bosque lo conducen a través de corredores oscuros, dentro de los cuales destella la electricidad. Interior y exterior se confunden. Una puerta lo lleva a un motel muy similar al de Teresa Banks en Fuego camina conmigo. La mujer que habla al-revés-voltiado le abre otra puerta. En el cuarto ocho (¿símbolo del infinito?) se encuentra con Philip Jeffries, ahora en forma de cafetera gigante. Una voz similar a la de David Bowie se escucha. La cafetera lo identifica como Dale Cooper y se da otro flashback a esa escena de la película de 1992 en la que aparece el difunto cantante. Ahí se niega a hablar de una tal Judy. El señor C quiere saber más sobre ella. Empero, la cafetera trae su propio diálogo deshilachado. Para encontrarse con Judy (ya se veía venir) le da unas coordenadas. El teléfono teletransporta al señor C al exterior y a la realidad no onírica: una cabina telefónica. Richard ya le ha dado alcance y le apunta con una pistola. Al señor C le queda clara la identidad de este hijo perdido. Lo golpea y le ordena que se suba a la camioneta con él. Este rencuentro entre padre e hijo no se desarrolla de forma nada sentimental.
Mark Frost pasea a su perro en el bosque de Twin Peaks cuando se encuentra a la conmocionada parejita de Steven y Gersten. Por su vestimenta, parecerían venir de un baile de música country. Él tiene una pistola y no oculta su intención suicida. Ella trata de convencerlo de que no se mate. Pero el consumo de alcohol y de drogas es quizás demasiado para que el final de este triángulo amoroso no sea trágico. Y así como Amanda Seyfried mira al cielo extasiada en el auto de Steven en la parte 5, Alicia Witt mira las copas de los pinos tras el disparo. Tan poco tiempo aparecieron estos personajes que no importa si viven o mueren. Mientras tanto, la música de ZZ Top resuena en el Roadhouse, aunque ellos no se presentan. Quizás no haya presupuesto para traerlos (todo se gastó en Nine Inch Nails) y sólo las bocinas ratifican su lejana influencia. Los amigos James y Freddie se meten en problemas por el atrevimiento del primero y el guante super-poderoso del segundo. Los torpes agentes del FBI en Las Vegas batallan para encontrar a Dougie (bastaba con decirles que estaba casado con una tal Janey-E) y Chantal se deshace del ineficiente Duncan Todd con un balazo explosivo a su maniquí. Tan pronto el señor C se vaya acercando a su meta, Dougie debe despertar. Ya Lynch ha postergado este momento demasiado y, para apremiar al verdadero agente Dale Cooper, usa una escena de su película favorita de la época dorada de Hollywood: Sunset Boulevard (conocida en el mundo hispano ya sea como El crepúsculo de los dioses o El ocaso de una vida). En la para mí (y para muchos también) obra maestra de Billy Wilder, otro director (Cecil B. DeMille interpretándose a sí mismo) menciona el nombre de “Gordon Cole”. Tan pronto escuche esas dos palabras, después de echarse media rebanada de pastel de chocolate, Dougie-Cooper tomará el tenedor y lo introducirá en un contacto eléctrico. La descarga hará gritar a Janey-E, cuya vida, hasta ahora, se había tornado idilio perpetuo.
La muerte de Margaret Lanterman, la señora del leño, contiene una carga emocional doble porque es evidente que la actriz que la interpreta, Catherine Coulson, la sigue en la travesía hacia el más allá. Tanto así que actualmente un grupo de cineastas busca la manera de financiar un documental sobre la difunta actriz. Así, en tanto expira, la luz de su cabaña en el bosque parpadea y, como su vida, se apaga. El duelo de Hawk, sus colegas policías y Lucy por el deceso de Margaret se convierte en uno de los momentos más tristes de Twin Peaks: el regreso. Sin embargo, Lynch no pierde el tiempo en instantes lacrimógenos y la discusión estática entre Audrey y Charlie parece salida de una comedia de situaciones, como un ritual del que no son capaces de huir. El dilema de ponerse o no el abrigo para ir al Roadhouse culmina con violencia física entre los esposos. Ahí mismo, en el multicitado antro del pueblo, un grupito hípster toca música tenebrosa, una canción titulada “Axolotl” (sin comentarios ante esta incursión del náhuatl en Twin Peaks). Una chica asiática de lentes es expulsada de su mesa por un par de motociclistas grandotes y abusivos. Ella se arrastra por el suelo y grita. ¿Tan malo es el grupito hípster? Parece que sí. Y yo ya perdí toda esperanza de que Julee Cruise vuelva a cantar en este mismo escenario.

miércoles, 25 de julio de 2018

De regreso en Twin Peaks (IV)



Salen las nominaciones a los premios Emmy y era de esperarse que Twin Peaks: el regreso no cosechara ni un puñado. Las academias (ya sean de cine o de televisión) siempre le cobran caro a Lynch su falta de convencionalidad, su predilección por el surrealismo y el no inmiscuirse en “coyunturas” (tan horrible palabra) políticas como sí lo hace una serie en el tono de, por citar un ejemplo, El cuento de la criada. Si acaso, se obtienen menciones a la dirección y a la escritura. En esta última ahí se encuentra Mark Frost al lado del director.
A mí llega por fin el bluray tan esperado, el de Fuego camina conmigo (1992). Esta cinta, precuela de la historia original, es la cabeza de Jano de Twin Peaks porque mira en direcciones opuestas: hacia el futuro y hacia el pasado de la serie. Más le vale a quien intente abordar la tercera temporada darle una revisión a aquella cinta (para muchos, me incluyo, una obra fracasada) que pretendía erigirse como inmersión más profunda y descarnada en el universo de la serie. Ahí aparecen por primera vez el anillo verde del Black Lodge, la parte superior de la tienda de conveniencia con un par de hombres del bosque, el movedizo poste #6 en el campamento de casas remolque de Carl, y, sobre todo, Phillip Jeffries (David Bowie con acento sureño-americano). Además de los motivos recurrentes del fuego (ya presente desde su título) y la electricidad. Las escenas no incluidas del bluray la convertirían en una película de cuatro horas en la cual se ve a Dale Cooper en mono-diálogo con Diane (nunca se escucha la voz de la secretaria) o a los Palmer en una cena familiar (cena atípica por decir lo menos), punto del filme donde el noruego predomina notablemente.
Durante otra corta secuencia en el aserradero figuran una rediviva Josie Packard (Joan Chen) y Pete Martell (Jack Nance, fiel al universo lyncheano desde Eraserhead hasta su muerte en 1996). Tampoco olvido la incomprensión de la secretaria Lucy ante ciertos medios de comunicación (eco de la idea del doble) y los tratos amorosos de la primera víctima de Bob, Teresa Banks (interpretada por Pamela Gidley, actriz recientemente fallecida). Pero, sobre todo, hay un par de escenas extendidas con el enano bailarín replicando la secuencia del manco Gerard en el Black Lodge (“¿es futuro o es pasado?”) o aquélla con el personaje de Bowie quien, en la serie actual, figura como titiritero de la buena (¿o quizás mala?) suerte del señor C. Pero desde 1992 se plantaron las semillas de esta tercera temporada con la desaparición del agente Chester Desmond (Chris Isaak), quien investigaba el caso de Teresa junto con los de la Rosa Azul, ésos que volverán a convertirse en pistas importantes en la parte 12. En este mismo episodio hay indicios sobre quién pudiera ser la adolescente de la enigmática parte 8. Aquí voy de nuevo: falling, falling.





Parte 10: Richard ataca a Miriam en su casa remolque, la deja por muerta y acude a su cómplice Chad en la comisaría para interceptar la carta en la cual la adoradora de los niños denuncia su delito. Harry Dean Stanton canta “Red River Valley” y a este segmento tan conmovedor lo interrumpe el voluble matrimonio de Becky y Steve. Así como hay un trío de policías lelos en Las Vegas, hay también tres conejitas idas al servicio de los Mitchum. Muy a gusto se la pasan estos mafiosos dándoles órdenes. Ellas las cumplen en cámara lenta y con la mirada perdida. Eso hasta que Candie, tratando de matar a una mosca, golpea sin querer a uno de los hermanos con un control remoto. Luego de curarse la herida, ve un reportaje en la tele a lado de a su nada parecido carnal Bradley (Jim Belushi): sobre la pantalla los dos reconocen a Douglas Jones como el señor Lotería y juran vengarse de él. Una visita al doctor inspira a Janey-E para intentar hacerle el amor a Dougie. El intento culminará en otra escena hilarante.
La identidad de Richard se devela: es uno de los Horne, el hijo de la ausente Audrey. Y no se porta precisamente como un nieto ejemplar. Menos cuando su abuela Sylvia le niegue la cantidad de dinero que necesita para huir del pueblo. Esto teniendo como fondo al retrasado mental del tío Johnny con un osito de peluche enfrente (sin duda, diseñado por el propio Lynch) que, con su cabeza esférica transparente y su acento británico a lo Eric Idle, le pregunta sin cesar cómo se encuentra hoy. Está visto que nada bien. De vuelta en Las Vegas, Duncan Todd nomás no le atina a la hora de contratar al asesino que logre liquidar a Dougie y manda llamar a su cómplice Anthony Sinclair (Tom Sizemore), el colega corrupto en la aseguradora. La misión de Anthony, si es que la conejita Candie se lo permite con su verborrea sobre el aire acondicionado del casino, consiste en despertar el odio contra Dougie en el alma mafiosa de los Mitchum. Ellos juran una peor venganza. Al interior del hotel de Buckhorn, Gordon Cole abre la puerta de su habitación para toparse con una imagen de Fuego camina conmigo: Laura Palmer, histérica y llorosa, luego de darse cuenta de que el violador Bob es en realidad su padre Leland. La imagen se difumina para darle paso a Albert. Ante la traición de Diane, los del FBI deciden mantenerla cerca para vigilarla. La siguiente en tocar a la puerta es la sirena Tammy quien, a través de una fotografía, confirma la presencia del señor C en el edificio de Nueva York en el que se encontraba la cámara de cristal. Todo empieza a conectarse y, dentro de la ilógica, a cobrar sentido.
De regreso en Twin Peaks, Margaret Lanterman (la señora del leño) declara a Laura como “la elegida” confirmando así lo visto en la parte 8 dentro de la guarida del gigante: ese orbe dorado y brillante lanzado al globo terráqueo y opuesto al de Bob. Una presencia familiar del Club Silencio de Mulholland Drive (“Llorando”) se presenta en el Roadhouse, acompañada por Moby en la guitarra eléctrica: Rebekah del Rio. Caireles, vestido negro con el diseño zigzagueante del Black Lodge en color blanco, labios pintados de carmín frente a un micrófono de los años 50, un poco más madura y gordibuena que en el Club Silencio, Rebekah canta “No Stars”. Ésta es una canción bilingüe. De su voz se escapa de vez en cuando un español pocho. La letra habla de una noche llena de “estreias”. Al menos, el canto de Rebekah es un paliativo ante la persistente ausencia de Julee Cruise.



Parte 11: Unos niños sacados de los años 50 (porque no tienen smarphones pegados a las palmas de las manos) juegan beisbol y encuentran a una agonizante Miriam entre unos arbustos. Esto se está volviendo un rosario de homicidios frustrados. Después de una secuencia de acción por parte de Shelly (o, en realidad, por parte de la doble de la actriz Mädchen Amick), su hija Becky, consumida por los celos, va a cazar a la hija del doctor Hayward con quien Steve le pone el cuerno. La última vez (y tal vez también la primera) que los fanáticos de Twin Peaks vimos al personaje de Gersten Hayward fue en el primer episodio de la segunda temporada. Allí se encontraba, 25 años más joven, apenas una adolescente, disfrazada de hada-princesa tocando en el piano familiar “Get Happy” ante un frenético Leland. Pero la actriz Alicia Witt ya tiene experiencia de muchos años con Lynch pues a muy tierna edad apareció en el primer fracaso cinematográfico del director (Dunas, a punto de ser refriteada por Denis Villeneuve). Ahí Alicia encarnaba a Alia, la hermana-bebé parlante y milagrosa de Kyle MacLachlan. Aquí ni ella ni Steve hablan, sólo están expectantes ante los gritos y los disparos de una Amanda Seyfried que no está de humor como para cantar los éxitos de Abba.
Los del FBI, Diane y el detective local (también prestado de Mulholland Drive, por cierto) llevan a Bill Hastings al sitio en el que él y Ruth se encontraron con Garland, el uniformado ahora sin cabeza. Ante tanto decapitado, el infeliz Bill no presagia lo que le espera porque en ese lugar habrá varios descubrimientos sobrenaturales: un portal en forma de vórtice hacia la madriguera de los hombres del bosque (“hombres sucios y barbados”), el cadáver de Ruth con números tatuados sobre uno de sus brazos y la cabeza (no borradora sino borrada) del pobre Hastings. Más tarde, ante el sueño húmedo de cualquier policía (café y donas), Diane aprovecha la oportunidad para memorizar los números en el brazo de Ruth gracias a una foto que le tomó Albert. En el Double R —todavía propiedad de Norma Jennings, a quien hasta ahora apenas hemos visto sonreír y hacer cuentas— se reúne la familia Briggs. Una vez más, se confirma que Becky repite los patrones de su madre. A ésta la llegada del narcotraficante Red no la detiene a la hora de dejar a su ex y a su hija con la palabra en la boca. La sorpresa será doble cuando Shelly regrese y se escuchen más disparos. Bobby, antes rebelde sin causa y ahora brazo duro de la ley, se enfrentará en la calle a otras apariciones lyncheanas: un niño travieso y ataviado como camionero (¿ecos de Leo Johnson?) con cara de pocos amigos y una joven vomitada ante las estridencias de la mujer (¿su madre?, ¿su abuela?) que la conduce a una cena importantísima.
Mientras tanto, Truman y Hawk estudian un mapa indígena preparándose para la excursión encomendada por el mensaje del mayor Briggs. Se habla de electricidad y de fuego. La señora del leño advierte precisamente que hay fuego en el sitio hacia el cual se dirigen. Corte a Las Vegas. El jefe de la aseguradora manda a Dougie con los Mitchum para que les entregue un cheque reconciliador. Por suerte y gracias a la oportuna intervención del manco Gerard desde el Black Lodge, el catatónico lleva también una tarta de cereza, ingrediente esencial en el menú de cualquier fanático twinpeakero. Se da un interludio nada característico en la obra de Lynch durante el cual se escucha la alegre “Viva Las Vegas”. La tarta no sólo le salva (una vez más) la vida a Dougie, sino que también lo hace compadre de los dos hermanos mafiosos. La parte 11 concluye con el regreso de la viejita pandrosa, ahora toda emperifollada y muy agradecida con el señor Lotería. De nuevo, se rompe la tradición de rematar con un número musical en el Roadhouse.


Parte 12: El director Gordon Cole se lleva su cava de vinos a cada misión del FBI y, al calor de las copas, él y Albert invitan a Tammy a formar parte de una fuerza especial dedicada a resolver los casos de la Rosa Azul (aquí muy apenas se empieza a aclarar aquella añeja referencia de Fuego camina conmigo). La propuesta se replica en Diane quien les responde con un “Let’s rock”, mismo mensaje escrito por un sobrenatural lápiz de labios en la multicitada película, dentro del campamento de casas remolque y en el mismo lugar en que desapareció el agente Chester Desmond tras intentar recoger el anillo verde de Teresa Banks. Se reafirma la sospecha de que Diane, como el señor C, es agente no del FBI sino del Black Lodge. Hasta ahora a Sarah Palmer sólo la hemos visto borracha e hipnotizada frente a su tele gigante. Hoy va a una tienda de conveniencia de Twin Peaks para abastecerse de más pisto y pronto pierde los estribos para traumatizar a la cajera y al cerillo. Se comporta como si una voz le hablara o como si un ente habitara dentro de ella. Quizás sea un grillo-lagartija. Su edad bien podría corresponder a la de la adolescente de la parte 8, varias décadas después. La visita de Hawk (de las pocas veces en que vuelve a escucharse el tema musical de Laura Palmer) confirma que algo raro le sucede a la madre de la “elegida”. Aires de anticipación ante la imagen —tan memorable como la del búho o el viento contra los pinos— del abanico de techo en la casa de los Palmer. Grace Zabriskie, como pocas actrices en la tropa Lynch, sabe inspirar temor en los espectadores. Ya lo hizo antes en la piel de este mismo personaje y lo volvió a hacer como la vecina extraña de Laura Dern en Inland Empire.
Dougie interviene apenas unos segundos en este episodio: Sonny Jim le lanza una pelota de beisbol a la cabeza y ni con el golpe despierta. Ben Horne se entera por Frank Truman de las travesuras de su nieto Richard. “No tuvo un padre”, advierte el millonario hotelero. Esta frase levanta sospechas. Quizás Richard sea el producto de aquella visita del señor C a una Audrey comatosa, un cuarto de siglo atrás. Ben le da la llave de la habitación 315 a Truman y promete ocuparse de los gastos médicos de la pobre Miriam. David Lynch bebe vino y hace arrumacos con una francesa que me resulta muy parecida a Isabella Rossellini en sus buenos tiempos. Albert viene a interrumpirlo y la francesa pospone su salida de la habitación de Cole con coqueteos y sonrisas. Cuando la mujer por fin se va, el subalterno enuncia el mensaje de texto recibido por Diane sobre Las Vegas. Lynch no desaprovecha la oportunidad para echarse unos chistoretes. Los puntos geográficos tienden lazos cada vez más estrechos. Al menos, un homicidio no se frustra: el del alcaide de Dakota del Sur por una bala disparada por Hutch. La pareja de matones lo habrían torturado de no tener Chantal tanta hambre. Pero se conforman con el hecho de que su hijito haya sido testigo del asesinato. La tuerta Nadine Hurley, desde su oficina del negocio de cortinas silenciosas, sigue fascinada con el programa del doctor Jacoby-Amp-Pulgarcito. Ya me la imagino comprando una de las palas doradas para salir de la mierda.
Y por fin aparece Audrey Horne. Como con todos los actores de la serie original, el tiempo no pasa en vano. Pero igual Sherilyn Fenn conserva algo del atractivo de antaño. Al final, Audrey no se casó con aquel magnate interpretado por Billy Zane (adición tan gratuita de la segunda temporada) sino con Charlie (Clark Middleton). Como en el caso de Tim Roth, Middleton es otro préstamo de Quentin Tarantino. Él apareció en Kill Bill: Volumen 2 durante la escena del entierro de La Novia. Era el enano compinche de Budd. Audrey insulta y sobaja a su marido. Y pareciera que ni se acuerda de que tiene un hijo matón. Más bien, le pide a Charlie llevarla al Roadhouse a buscar a su amante Billy quien lleva varios días desaparecido. Audrey obliga a su esposo a llamar a una tal Tina para obtener información. Mientras tanto, Diane recuerda las coordenadas en el brazo del cadáver y las digita en una aplicación localizadora de su teléfono. ¡Oh, sorpresa! Apuntan a Twin Peaks. Ahora más que nunca todas las líneas narrativas (Las Vegas, Dakota del Sur, Nueva York) y, en realidad, todos los caminos llevan al pueblito del estado de Washington. Para terminar, Chromatics repite tocada en el Roadhouse. Y yo me pregunto qué hizo Ana de la Reguera para colarse en el mundo de Twin Peaks. Como en el caso de la conversación de las drogadictas al final de la parte 9, la suya con una chica asiática se siente divorciada del resto. Quizás ésta sea la única aparición de la actriz mexicana en esta película de 18 horas. Algo es algo, pensará ella. Por lo menos podrá presumir de que alguna vez David Lynch la dirigió. A ver si en un futuro ella sí se gana un Emmy y vemos su triunfo como propio.

sábado, 2 de junio de 2018

De regreso en Twin Peaks (III)

Los homenajes para conmemorar el aniversario del estreno de Twin Peaks: el regreso (2017) empiezan a aparecer en el ciberespacio. La cadena Showtime programa para hoy, 2 de junio, un maratón de 18 horas (de las 4:30AM a las 10:00PM), especial para todos aquellos que deseen freír su cerebro como huevo en sartén ardiente. Así como su predecesora, esta continuación de la serie es vista como una suerte de clásico instantáneo que se atreve a romper con las convenciones de la televisión. Y eso, tras un cuarto de siglo, tras el boom de las plataformas digitales y tras la migración de los actores del cine a las series televisivas. Ningún desprestigio ni degradación significa ahora aparecer en una de ellas. Atrás quedan los días en que Lynch recupera del cuasi-olvido a antiguas glorias de Hollywood como Richard Beymer y Russ Tamblyn (ambos de Amor sin barreras). Aun con el muy posible éxito, hubo quienes no quisieron retornar a sus papeles de antes: el caso más notable fue el de Michael Ontkean. Pero también están Piper Laurie, Lara Flynn Boyle y Michael J. Anderson, cuyo baile en el onírico Black Lodge se convirtió en otro de los momentos más recordados de Twin Peaks. Por sus desavenencias con Lynch fue remplazado por el brazo-árbol parlante y diseñado a través de computadora. Y, hablando de los personajes, ¿dónde se quedaron Windom Earle, Dick Tremayne, Annie Blackburn, Lana Milford, John Wheeler y todos esos otros fascinantes habitantes de Twin Peaks, añadidos en la segunda temporada? Ésos mejor que no vuelvan. En fin. Que sigan los homenajes. Aquí continua el mío:



Parte 7: Mientras Jerry Horne se encuentra drogado y perdido en el bosque, Hawk pone al día al alguacil Truman. El hallazgo de las hojas perdidas del diario secreto de Laura Palmer en el baño de la comisaría me remite de nueva cuenta a Fuego camina conmigo. Ahí, durante un sueño, Annie Blackburn se le aparece a Laura y le advierte que Cooper, el bueno, se quedó atrapado en el Black Lodge. Ya que el doctor Hayward (Warren Frost, el padre de Mark, el co-guionista) examinó al Cooper malo 25 años atrás, Truman se comunica con él a través de Skype. Hasta ahora, el doctor es el único miembro de la familia Hayward que ha aparecido en este renacimiento de Twin Peaks. Su participación se torna también otro homenaje final ante el fallecimiento de un actor poco después de terminarse las grabaciones. Como Catherine E. Coulson (la señora del leño), Harry Dean Stanton (Carl) y Miguel Ferrer (Albert). El doctor confirma el comportamiento extraño de aquel agente Cooper además de que menciona a otro personaje importante de la serie anterior: Audrey Horne. Lo último que supieron los espectadores de ella fue que se había encadenado a la puerta de la bóveda de un banco poco antes de que ahí explotara una bomba. El doctor Hayward confirma que Audrey estuvo en coma y que quizás Cooper fue a visitarla al hospital antes de desaparecer. Al mismo tiempo, Andy anda tras la pista del camión que se dio a la fuga luego de atropellar al niño.
La teniente Knox llega del Pentágono a Dakota del Sur para cerciorarse de la existencia del cadáver decapitado y confirma con las autoridades locales que se trata de Garland Briggs. Lo inexplicable: aunque el mayor murió unos días antes, su edad no corresponde a la del cuerpo. Por los pasillos de la morgue deambula la presencia amenazante de un pordiosero (similar al de una celda vecina a la de Bill Hastings, casi idéntico al agazapado detrás de la cafetería Winkie’s en Mulholland Drive). Este merodeo de un ser sobrenatural en mucho recuerda al del manco Gerard en el hospital de Twin Peaks tras la muerte de Laura Palmer. Lynch exprime soluciones inusitadas a las dificultades. Ya que el deceso del actor Don S. Davis en 2008 le impedía en principio incluir su personaje dentro de la nueva serie, decide extender la sombra de Briggs a través del descubrimiento surreal de su cadáver sin cabeza.
Corte a la oficina de Cole-Lynch en el FBI. No debería de extrañar que detrás de él se halle una imagen de un hongo nuclear y, del otro lado, un retrato de Franz Kafka. Albert entra para comunicarle que fracasó con Diane y los dos la visitan en su departamento. Esta ex asistente del FBI, displicente y rencorosa, en nada se parece a la imaginada por mí cuando Cooper levantaba sonriente su grabadora y le hablaba a través del micrófono. Esta mujer reparte fuck you’s sin distinción de rangos. Aun así, Gordon Cole logra persuadirla para que los acompañe a la prisión de Dakota del Sur. Durante el vuelo, Tammy recibe una lección sobre la huella invertida del señor C, a su vez relacionada con el dedo anular (“el dedo espiritual”, alecciona Cole). Lo anterior explica el motivo por el cual Gordon dudó de su identidad: el falso Cooper saludó a su otrora jefe con yrev (“yum”) en lugar de very (“muy”). Un pelo tan blanco como el de Diane sólo lo tuvo Leland Palmer en la serie original luego de que asfixiara a Jacques Renault (durante el salto entre la primera y la segunda temporadas). Alguna relación tendrá Diane Evans con el Black Lodge. Innegables el odio y el horror cuando esta mujer se enfrente al preso. “Ése no es el Dale Cooper que yo conocía”, le anuncia temblorosa a Gordon al salir. Y promete contarle más después. Viéndose amenazado por el FBI, el señor C chantajea y amenaza a Murphy, el alcaide del centro penitenciario, para que los deje en libertad a él y a Ray.
En Las Vegas los tres chiflados Fusco —un trío de hermanos-policías lelos— visitan a Dougie en la aseguradora. Investigan el caso de su autobomba. El jefe y Janey-E salvan la situación. Pero, a la salida del edificio, el enano calvo y musculoso ataca y, por un instante, Dougie despierta. Sus instintos de antiguo agente especial del FBI le salvan la vida y, con la ayuda del brazo-árbol, Ike huye para dejar atrás un trozo de la palma de su mano. Sin embargo, pronto Dougie-Cooper vuelve a la realidad catatónica y decepciona a los fans ya hartos de esta larga espera. Mientras tanto, la llave del cuarto 315 llega a su lugar de origen, el hotel Grand Northern, y la cámara da un vistazo a la alegre vida doméstica de Beverly, la asistente de Ben Horne.
Un hombre barre la basura en el Roadhouse. Este acto se extenderá dos minutos con quince segundos. Definitivamente, Lynch despliega toda la libertad creativa para detenerse contemplando el barrido. Hasta que el hermano de los Renault conteste el teléfono y reafirme las actividades favoritas de estos migrantes francocanadienses: drogas y prostitución. La aparición fugaz de Walter Olkewicz me obliga a preguntarme si Jacques Renault volvió de la tumba. Pero no. En los créditos está listado como Jean Michel Renault. ¿Un hermano gemelo? ¿Otro doble manufacturado? Quizás los hermanos Renault, como las familias de Quebec de antaño, son multitud y aquí estaríamos hablando de los siguientes integrantes del clan quebeco: Jean-Paul (el mayor, interpretado por Michael Parks, muerto cuando intentaba vengarse de Cooper), Jean-Bernard (la mula poco efectiva de Leo Johnson) y los gemelos Jean-Jacques (el ultimado por Leland en el hospital) y Jean-Michel (el ganón que se quedó con el negocio del Roadhouse). Tras esta digresión sobre la familia Renault, el episodio culmina con la libertad de Ray y del señor C. Los créditos corren en el restaurante de Norma.


Parte 8: ¿O será la parte 7-b? No hay número musical al final de la siete y eso me hace pensar que quizás, al iniciar la ocho, veo en realidad una prolongación de la predecesora. En la carretera, Ray le escatima a Cooper, el malo, la información que necesita. Ray pide dinero a cambio de esos números que, según presume, se sabe de memoria tras sacárselos a la secretaria de Bill Hastings. Durante una parada técnica, Ray aprovecha un descuido del señor C para dispararle. Los pordioseros sobrenaturales aparecen de la nada y se agrupan para llevar a cabo un ritual de sanación. Ray sale huyendo y los espectadores se enteran de que si actúa tan temerariamente es porque está bajo el auspicio de Philip Jeffries. Aquí viene el número musical pospuesto: Nine Inch Nails en el escenario del Roadhouse. Vaya que la selección de grupos ha mejorado mucho. Para que éstos se presenten en un pueblito del noroeste gringo, a los Renault restantes debe irles muy bien de narcotraficantes y padrotes. Al terminar la canción, el señor C resucita.
Y ahora sí comienza la parte ocho: blanco y negro, letras. 16 de julio de 1945. White Sands, Nuevo México. Flashback al nacimiento de la maldad. El hongo nuclear en la pared de la oficina de Cole se materializa. Pareciera que Lynch quiere plantear una historia de origen para “ese mal” que se oculta en los bosques de Twin Peaks. Otro desafío se les presenta a los novatos a la serie: darle coherencia a lo desplegado durante esta mirada retrospectiva de tres cuartos de hora. ¿Y cómo se relaciona esto con lo visto hasta ahora? David Lynch no acostumbra dar respuestas. Tampoco las dará aquí. Ni modo. A tratar de interpretarlo.
El estallido de la bomba nuclear lleva a la cámara al interior del hongo. Se genera una alteración de la materia que desemboca en el exterior de la tienda donde se reúnen todos los pordioseros. Hay que recordar que Mike y Bob (los primeros espíritus malignos de los cuales se tiene noticia en la serie original) vivían arriba de una tienda de conveniencia. El monstruo caníbal femenino escupe una masa gelatinosa con una efigie esférica de Bob. En la fortaleza morada se encuentran la señorita Dido y el gigante. Se mueven lentamente circundados por objetos que bien pudieron haber salido en una escena de Eraserhead, la ópera prima del director. Dentro de una especie de sala de cine el gigante observa lo anterior: el nacimiento del mal (la bomba, el ente femenino, Bob y los pordioseros). Tal vez como para equilibrar los pesos de la balanza, un orbe dorado con el rostro de Laura Palmer da su salto a la Tierra para así darle batalla a la esfera oscura de Bob.
Adelanto a 1956. Una creatura alada, mezcla entre grillo y lagartija, sale de un huevo en medio de las arenas de Nuevo México. Una pareja de adultos conduce un automóvil por una carretera oscura cuando de repente el pordiosero se les acerca y les pregunta si tienen fuego (“Gotta light?”), fuego y electricidad como elementos dañinos de la realidad alterna. El pordiosero los aterroriza. Mientras tanto, unos adolescentes regresan de su cita. La muchacha se despide del chico y entra a su casa a escuchar la radio (“My Prayer” de los Platters). El pordiosero irrumpe en la estación radial. Como mantra diabólico, sigue pidiendo fuego y, ante el terror de quien se le ponga enfrente, les fractura el cráneo con la mano limpia. Interrumpe la canción de los Platters y agarra el micrófono Quien esté escuchando la radio, caerá en un estupor cuando escuchen la voz del pordiosero decir: “Ésta es el agua y éste es el pozo”. Las palabras por recitar evocan el poema aquél de “fuego camina conmigo” dicho por Bob, Gerard (Mike) y otros personajes de la serie original (ése que yo me sabía de memoria en la prepa). De nueva cuenta, nótese la presencia del fuego. El grillo-lagartija aprovechará la oportunidad para entrar en el cuerpo de la joven a través de su boca. Parecería una forma de preservar el mal nacido (¿o el malnacido?) del arma atómica. ¿Será posible que esta muchacha de Nuevo México haya crecido para convertirse en una habitante de Twin Peaks? Al rodar los créditos, me percato que el pordiosero está listado como un “hombre del bosque” (Woodsman). En Fire Walk with Me hay una escena en la parte superior de la tienda de conveniencia. Ahí están reunidos varios espíritus del Black Lodge: los ya conocidos como el enano (el árbol-brazo), Bob, la señora Tremond y su nieto, además de dos personajes incógnitos pero listados como hombres del bosque (de hecho, el actor alemán Jürgen Prochnow interpretaba a uno de ellos). Con el retorno de Twin Peaks Lynch multiplica el número tanto de realidades alternas como de entes oscuros. Y todo comenzó con la idea de un cuarto de cortinas rojas y piso de diseño zigzagueante donde se hallaba una Venus púdica flanqueada por dos sillones. Ni qué decir de la obsesión del director con una época en particular: los años 50, los de su niñez y adolescencia. No importa cuál de sus créditos elijan los espectadores ni en qué época estén situados, siempre habrá un vestido, una chamarra, un auto o una casa que semejen estar sacados de aquella década.


Parte 9: Atrás queda la retrospectiva en blanco y negro. Como si hubiera sido un intermedio a la mitad de la serie o peliculota de 18 horas. El señor C llega a una granja, ya con la sangre tiesa. Ahí hallará a dos personajes prestados de un filme de Quentin Tarantino, dos cómicas presencias de aquel universo cinematográfico: Chantal (Jennifer Jason Leigh, a quien ya habíamos visto cuando asesinaron a Darya) y su esposo Hutch (Tim Roth). Son una pareja de matones al servicio del señor C. A Hutch no le importa compartir a su mujer con el jefe. Entretanto, el ejército se comunica con Cole para enterarlo del descubrimiento sobre Briggs. Minutos después el alcaide Murphy le avisa de la gran evasión del Cooper malo. A partir de aquí los puntos geográficos se conectan y me obligan a adivinar una convergencia en Twin Peaks. El atentado lleva a Dougie-Copper y a Janey-E a la comisaría de los lelos. Más de uno se pregunta si Dougie despertará con esos tacones rojos, tan similares a los de la coqueta Audrey Horne. Al menos, a uno de los tres chiflados Fusco se le ocurre tenderle una trampa para hacerse de sus huellas dactilares. También logran arrestar al enano Ike, aunque ya el señor Todd (por órdenes del Cooper maloso) maquina el siguiente plan para liquidar al cándido pero suertudo Dougie.
De vuelta en Twin Peaks, los policías acuden con Betty Briggs (Charlotte Stewart, fiel a Lynch desde hace 40 años cuando encarnara a la Mary X de Eraserhead). La mamá de Bobby les dice que su esposo dejó una pista que ahora reciben Hawk, el segundo alguacil Truman y su hijo. “Sabía que todo resultaría bien”, afirma la viuda del decapitado Briggs al mirar a Bobby. Éste es el espejo de uno de los momentos más emotivos de la serie original, aquél cuando el mayor Briggs le cuenta a Bobby el sueño sobre su futuro, ése en el que era feliz. Cuando el objeto cilíndrico dejado por el mayor se abra, revelará indicaciones de tiempo y espacio. Entre las mismas, una hora: 2:53. Es decir, una de las pistas del gigante, así como la hora en la que el señor C vomitó sopa de elote durante la tercera parte. Lynch se luce también como actor en el papel de Gordon Cole cuando en la morgue le lanza una risible mirada de desconcierto a Diane tras ella rehusarse a no fumar. Bien engañados los tiene porque textea a escondidas con el señor C. Más explicaciones a pistas antes inconexas: Bill Hastings y la bibliotecaria (la mujer-cabeza) tenían un blog en el que sacaban a la luz la existencia de una dimensión desconocida. Con el interrogatorio de la agente Tammy Preston a Bill, Matthew Lillard da quizás la actuación de su carrera. La otra realidad, cuya semilla era el cuarto de cortinas rojas, se expande sin límites: ahora abarca sitios muy diversos. También se releva la información sonsacada a la secretaria de Hastings. Díganse unas coordenadas que tanto Briggs como el señor C necesitan. Bueno, el primero ya no. En el hotel Gran Nothern un zumbido raro entretiene a Ben y a Beverly. Hasta ahora, todos los miembros de la familia Horne (Ben, Sylvia, Jerry y hasta Johnny) han aparecido. Todos salvo Audrey. Tal vez siga en coma. Y si el malvado señor C la visitó en el hospital, como afirma el doctor Hayward, ¿cuáles habrán sido las consecuencias de esa visita? La conversación de unas drogadictas en el Roadhouse, al igual que la parte ocho, no semeja guardar ninguna relación con las diferentes líneas narrativas a seguir. Las tres mujeres de los sintetizadores (Au Revoir Simone) vuelven a cerrar el episodio. Ya las agrupaciones musicales comienzan a repetirse. Y de Julee Cruise, ni sus luces.

lunes, 28 de mayo de 2018

De regreso en Twin Peaks (II)



Parte 4: El episodio abre en el casino. Más y más máquinas tragamonedas, hellooooo’s! de Cooper, alarmas de gozo y mega-premios. Al menos, David Lynch tiene la cortesía de editarlos y de no detenerse en todo esto media hora. El señor Lotería acaba de ganar 29 mega-premios, además de dos para la viejita pandrosa. Le entregan el dinero y le ofrecen un servicio de limusina. Dougie-Cooper sólo puede identificar su casa por la puerta roja, tan roja como las cortinas del Black Lodge, el hogar doble marcado por ese color. El búho que pasa volando recuerda a uno de los animales más icónicos de la serie y aquella pista del gigante de “los búhos no son lo que parecen”, la clave para identificar a Leland Palmer como el asesino Bob. La puerta roja se abre y sale a la calle otra de las antiguas colaboradoras de Lynch, Naomi Watts (Betty-Diane en Mulholland Drive), aquí en el rol de la esposa de Dougie. El enojo de Janey-E desaparece ante la bolsa llena del dinero ganado en las máquinas. “Éste es el más maravilloso de los días más horribles de mi vida”. Horrible por la desaparición de Dougie (no de 25 años, sino de un par de días) y porque su hijo Sonny Jim pasó el cumpleaños sin el papá.
Denise Bryson reaparece en un alto puesto en el FBI y Cole va a entrevistarse con ella. Pero David Duchovny se ve mucho más falso de mujer que hace un cuarto de siglo. Su intervención en el Twin Peaks original (como agente transexual de la DEA) precedió a la fama otorgada por el programa de Los expedientes secretos X. El mal sabor de boca pasa pronto y es seguro que el personaje de Denise no volverá a aparecer en esta tercera entrega. Si acaso, es apenas un guiño para los nostálgicos. Ahora en el pueblo hay dos alguaciles Truman. No es que algún espíritu maligno del Black Lodge haya manufacturado una copia de Harry S. Estos alguaciles son hermanos porque el actor canadiense Michael Ontkean no quiso salir del retiro ni mucho menos participar en este resurgimiento de la serie. Así que Lynch y Frost le inventaron al buen alguacil un hermano que (casualmente) también es policía y lo pusieron en su lugar pretextando una enfermedad grave de Harry. El chistorete sobre el terror de Lucy ante los celulares —en realidad, ante la idea terrorífica del doble— tendrá su génesis en una escena editada de Fire Walk with Me y, aunque aquí me parezca intrascendente, cobrará mucha importancia en la parte 17. Para nuestra sorpresa, Bobby Briggs se unió al cuerpo de policía y, al desplegar Hawk las evidencias sobre el caso Palmer, se le vendrán las lágrimas a los ojos con tan sólo observar el retrato de su antigua novia, Laura. Por primera vez en TP: el regreso, vuelvo a escuchar el tema musical de la difunta, compuesto también por Baladamenti. Bobby nos confirma la lejana muerte de su padre y, además, recuerda que Cooper fue el último en ver al mayor Briggs con vida. Olvidable la escena de Michael Cera como Wally Brando, el hijo de Lucy y Andy, cuya filiación se puso en duda durante la segunda temporada.
De vuelta en territorio desértico, pasa una eternidad para que Dougie mee, se vista y desayune con Sonny Jim. Los distraídos no captarán las reminiscencias a su vida pasada, como agente del FBI: el pulgar hacia arriba, un tarro para galletas en forma de búho y, sobre todo, el café. Ni siquiera la deliciosa bebida caliente saca al agente Dale Cooper de su letargo. Más vale que lo haga pronto o los fanáticos de la serie nos podemos encabronar con Lynch. A través de Gordon Cole, el director se da los mejores diálogos y las situaciones más cómicas: bastantes chistes en el estilo de “el sordo no oye, pero compone”. Gordon Cole fue una presencia intermitente en la serie original. Pero aquí pareciera haberse convertido en uno de los protagonistas. Hay una atmósfera de lo inconfortable bien lograda cuando Albert, Tammy y él van a visitar al señor C a la cárcel de Dakota del Sur. Nadie está convencido de que ése sea el verdadero Cooper y sólo hay una persona capaz de identificarlo. ¿Quién podrá ser?
La segunda mención al agente Phillip Jeffries me obliga a detener este episodio y desempolvar un viejo videocasete de Fire Walk with Me (1992). Una vista más de esta película que en su momento juzgué desarticulada, me revela la repetición de las frases crípticas emitidas en el Black Lodge: el brazo ya no encarnado por un enanito sino por un árbol raro y afirmando “yo soy el brazo y sueno de esta forma”, así como la reticencia a hablar de los casos de la Rosa Azul. Además de un trío de agentes desaparecidos: Chester Desmond (Chris Isaak), Jeffries (ni más ni menos que David Bowie) y, finalmente, Dale Cooper. El episodio culmina con la intervención musical del trío femenil Au Revoir Simone en el Roadhouse. ¿Y Julee Cruise?, sigo interrogándome.


Parte 5: Ahora entiendo que TP: el regreso tiende puentes mucho más firmes con Fire Walk with Me que con la serie original. En internet venden el bluray de la película con las escenas editadas y sopeso la utilidad de comprarlo para comprender mejor lo que veo. Ni modo. A esperar el envío y a ver, mientras tanto, las partes que siguen.
Lorraine —la mujer contratada por el señor Todd para asesinar a Dougie-Cooper— no está nada contenta al principio de la quinta parte y en Dakota del Sur los forenses extraen el anillo de Dougie del estómago del cuerpo decapitado. Si hay un objeto que aparece y desaparece en Fire Walk with Me (sobre todo, luego del homicidio de Teresa Banks) es el anillo verde del Black Lodge. En la prisión y frente al espejo, queda confirmado que el señor C es el vehículo del espíritu-parásito Bob. De vuelta en Twin Peaks: si Bobby ahora es policía, su amigo Mike será un empresario que le da una lección de vida a un desaliñado e informal aspirante a trabajador. Steve resulta ser el esposo de Becky (Amanda Seyfried), la hija de Shelly y Bobby. En Las Vegas, cuando Janey-E lleve a Dougie a su trabajo en una aseguradora, él se quedará embobado ante la estatua de un hombre que apunta una pistola. Ni siquiera esto lo incita a recordar su pasado. Sin embargo, durante una peculiar junta con su jefe, se desperezan las habilidades de Cooper para desenmascarar a un colega mentiroso. Esto me recuerda a la escena del interrogatorio del entonces joven Bobby cuando Cooper le digita a Harry en un tatarabuelo de los smartphones: “está mintiendo”.
Tres acontecimientos importantes en Las Vegas: 1) Aparecen los hermanos dueños del casino con sus conejitas idas como acompañantes. De entenderse que no estén nada felices luego de que Dougie Jones saliera de su establecimiento con más de 400,000 dólares. A uno de los hermanos lo interpreta Jim Belushi y me pregunto fútilmente cómo habrían quedado estas escenas de vivir John y de encarnar los Belushi a los Mitchum —esto amerita una disculpa: acabo de ver Animal House y The Blues Brothers, una detrás de la otra, en Netflix. 2) En el fraccionamiento Rancho Rosa (sector venido a menos) los matones de Lorraine casi se cruzan con unos robacoches quienes terminan calcinados tratando de volarse el auto de Dougie. Todo esto, ante los ojos de un niño curioso, hijo de una drogadicta. 3) Por último, Jade lanza la llave del hotel Great Northern a un buzón. Como el terror de Lucy ante los celulares, esto se volverá importante en el episodio 17.
La Becky de Twin Peaks repite los patrones de conducta de su madre cuando ésta fuera la mujer del camionero maltratador y traficante de drogas Leo Johnson. El esposo de Becky es un vago cocainómano que, como Leo, tiene un coche engaña-bobas. Luego de sacarle dinero a Shelly, Becky se lo entrega a Steve y él le ofrece un poco de cocaína. Uno de esos giros tan característicos en la obra fílmica de Lynch se da cuando se escuche la canción “I Love How You Love Me” en voz de las Paris Sisters. De lo contemporáneo a la retrospectiva de los años 50-60. De la oscuridad a la luz del amor. Porque la nieta del cadáver decapitado está perdidamente enamorada de este loser.
Se revela también el propósito de las palas doradas del doctor Jacoby quien, desde las profundidades del internet, es el doctor Amp: un quejica iracundo que desafía al poder establecido y que, de paso, vende las palas para que sus clientes puedan desenterrarse y así salir de la mierda. La tuerta Nadine Hurley está fascinada con su programa. En el Roadhouse sigue sin presentarse Julee Cruise. Otro maloso (éste mucho más joven que el señor C) no respeta ley antitabaco alguna, realiza intercambios sospechosos con Chad (el policía burlón y corrupto) y acosa a una vecina de mesa. Su violencia erótica recuerda en parte a aquella escena similar entre los personajes de Laura Dern y Willem Dafoe en Salvaje de corazón. Ya se vuelve costumbre poner al final del episodio un número musical en este antro.
En toda la obra de David Lynch, los destellos de una electricidad no controlada semejan simbolizar el peligro de la dimensión alterna. Esos sonidos abren y cierran cada uno de los episodios de la serie cuando los logos de las casas productoras se despliegan en la pantalla. También dentro de la historia a contar: ¿cómo olvidarse de la lámpara defectuosa de la morgue sobre el cadáver pálido de Laura Palmer al comienzo de la serie anterior? Esto viene a cuento al concederle su llamada al señor C en la prisión. La marcación ridícula de los botones del teléfono altera los sistemas de comunicación y de vigilancia de todo el centro penitenciario. Digno representante del Black Lodge, el señor C muestra sus poderes sobrenaturales e intimida a quienes lo custodian. No va a durar mucho en este encierro inoportuno. Mientras tanto, Dougie Jones termina su día de trabajo perplejo ante la estatua del hombre que apunta la pistola. Y sigue sin despertar.


Parte 6: Este episodio y el anterior se desvelan las dos primeras semanas de junio. Después de estar embobado frente a la estatua varias horas hasta el anochecer, un policía hispano se le acerca a Dougie y a él le llama la atención su insignia. ¿Se acordará de que tuvo una similar, sólo que del departamento de policía de Twin Peaks? Una vez que lo lleven a casa, Janey-E cita a sus acreedores para saldar la deuda de juego del marido. El jefe Mullins le dio tarea a Dougie y, mientras el manco Gerard trata de despertarlo desde el Black Lodge, unas lucecitas le ayudan a trazar garabatos en los documentos de la aseguradora. Esta escena requerirá de máxima paciencia. En Filadelfia Albert busca a quien puede identificar al preso y por fin aparece la elusiva Diane. Desde el primer momento de Dale Cooper en la serie anterior, se le observa constantemente realizando grabaciones para su asistente. El personaje nunca dio la cara y los espectadores siempre se han preguntado quién es y si acaso será una invención de la mente del agente del FBI. Pero no. Es real, de carne y hueso. La espera de un cuarto de siglo da paso a la revelación del rostro de Diane. Por supuesto, a ella sólo puede interpretarla Laura Dern, actriz fetiche de Lynch (es la cuarta vez que colabora con él en un lapso que ya abarca treinta años).
Richard, el abusón del Roadhouse, es también narcomenudista al servicio de Red (Balthazar Getty, otro actor que ya ha colaborado con Lynch y de cuyos antecedentes familiares es mejor ni hablar), aquí émulo del Frank Booth de Terciopelo azul, así como pretendiente de Shelly (la mesera a la que le encantan los chicos malos). Red lo humilla con sus trucos de magia y Richard sale de ahí encabronado y hecho la mocha. Carl Rodd mudó su campamento de casas remolque de Deer Meadows a las cercanías de Twin Peaks. Aparece Harry Dean Stanton (Una historia sencilla, París, Texas), frágil y esquelético, unos meses antes de morir. He aquí las dificultades de esperar 25 años para emprender otra temporada: los habitantes de Twin Peaks empiezan a pasar a mejor vida. “He fumado durante 75 años cada puto día”, afirma Carl y luego se ríe. Da la impresión de que no lo afirma el personaje, sino el actor. Otra risueña es la mesera Heidi (ahora con varios kilos de más), quien atiende a Miriam, una maestra de escuela primaria. La pobre Miriam no imagina lo que está a punto de atestiguar al cabo de chutarse dos tartas de cereza del legendario Double R de Norma. A bordo de un camión, Richard atropella a un niño frente al poste #6 que se mudó, al igual que Carl, a Twin Peaks. Miriam es la única testigo del atropellamiento que reconoce al conductor del camión, dado a la fuga. Carl percibe una lucecita salir del cadáver del niño y la ve ascender hacia las alturas. Todos se lamentan. Todos lloran. Pero nadie llama al 911. Ni siquiera la madre del niño.
En Las Vegas Ike “the Spike” es un enano fortachón que recibe dos encargos del señor Todd: matar a Lorraine y a Dougie. La carrera de relevos de matones no termina nunca y nada cuesta, cuando pasen el testigo al siguiente, deshacerse del asesino fracasado anterior. Al enfrentarse a Bushnell Mullins (Don Murray, pareja de la Monroe en Bus Stop), otra vez Dougie sale avante de pura chiripa. Increíblemente, los garabatos le revelan a su jefe una verdad sobre Anthony, un colega corrupto. A continuación, viene la cumbre del episodio: Naomi Watts les otorga a los espectadores una escena hilarante con sólo entregar el dinero a los acreedores. “Vivimos en una época muy oscura”, afirma categórica Janey-E y los tipos se resignan a recibir una cantidad menor de la que se esperaban. El enano le propina unos cuantos piquetitos a Lorraine y, después del baño de sangre, se le enchueca el picahielos, arma mortal por la cual es famoso. Siguiendo todavía —tras varios episodios— la pista del mensaje del leño, Hawk encuentra unas hojas arrancadas del diario de Laura Palmer en el baño de la comisaría de Twin Peaks, esto alternado con el drama familiar del alguacil Frank Truman. Por último, tocan en el Roadhouse una de las más calmaditas, pero sigue sin cantar Julee Cruise. Cualquiera diría que los cantantes sobre el escenario del antro se han multiplicado como gremlins con agua. Y esto porque pasaron de una persona a una docena de conjuntos musicales. En algo tendría que haber progresado este pueblo.