domingo, 31 de marzo de 2013

miércoles, 27 de marzo de 2013

Encuentro fortuito

Aquí reproduzco otro cuento. Fue publicado en la revista Acequias en el año 2010 como se puede ver en esta entrada del blog. Pertenece a la camada de relatos que conforman los siguientes títulos también subidos a esta bitácora: "Parranda sobre ruedas", "Al infierno", "Maestro en la metrópolis azul" y "Muero por que no mueras". Próximamente subo el sexto y último de este grupo de cuentos. Va a continuación el texto de éste, el quinto:

Encuentro fortuito

No sabe lo que significa tener tanta sed y no tener derecho a beber mientras el agua fluye ante la mirada de uno, hermosa, salvadora, al alcance de sus labios.
Amélie Nothomb, “Cosmética del enemigo”

Existen agridulces momentos en la vida que nos dejan destrozados. Son momentos en los cuales nos encontramos frente a frente con la más grande belleza; con una belleza también inmensamente cruel porque siendo tan alta y placentera no se nos concede para disfrutar a plenitud con el lenguaje de los cuerpos. Ni siquiera podemos rozarla con la punta de los dedos. Ayer me percaté de que la existencia de esos momentos es verdadera. Dudé de su realidad durante casi toda mi vida. Y ahora en que creo haber llegado a una madurez que me complace en extremo, el esquema gracias al cual la he construido —la vida, no la madurez— se me vino abajo como castillo de naipes. No se han inventado aún palabras para describir ni la importancia del momento ni la vastedad de la belleza que lo hace tan catastrófico. Quizás sólo los poetas sean capaces de expresarlo con su lirismo. Y yo, por desgracia, no soy ningún poeta. Sin embargo, ayer, precisamente ayer, tuve la triste oportunidad de paladear uno de esos momentos. Y sí. Me dejó destrozado por su paradójica amalgama de éxtasis y dolor.
Desde entonces no sé cómo ordenar mis pensamientos. Incluso el párrafo anterior parece una mera divagación, un recuento de sensaciones sin hilo. Lo vuelvo a leer después de garabatearlo y entiendo muy poco. El impacto todavía es demasiado profundo. Aun al escribir estas frases, me tiembla la mano pues lo que me invade también me rebasa. Es mucho más grande que yo. Nunca me había sentido como un globo a punto de reventar. Y eso porque, después de ayer, todo en el mundo es únicamente belleza y dicha belleza tan totalizadora me duele en lo más hondo pues tras irradiar su luz resplandeciente sobre el universo vuelve otra vez a verterse y a ser contenida en una sola persona. Debí haberme subido a ese vagón del metro. Porque, de haberlo hecho, no me estaría hoy preguntando si fue casualidad o burla —¿o quizás voluntad?— divina. Acabo ahora un segundo párrafo y sigo tan incoherente como en el primero. No he avanzado en lo absoluto. Ni siquiera un paso.
Lo deseé. Deseé el momento sabiendo de antemano que no se realizaría nunca. Porque no tengo buena suerte. Porque esas cosas no me pasan a mí. Porque en contadas ocasiones mis deseos han pasado del plano onírico al de lo concreto. Deseé este encuentro fortuito como los niños codician un juguete nuevo lanzando la moneda a la fuente, como la solterona ansía la llegada del amor de su vida, como el joven poeta anhela la publicación de la primera colección de versos. Así lo deseé y lo hice con la cínica sonrisa que augura el fracaso de la ilusión, con el rezo interrumpido porque lo suplicado al supuesto poder supremo es irrealizable. Pero qué terrible es la sensación de que la plegaria ha sido atendida aunque sea sólo a medias. Algo así decía Santa Teresa sobre las plegarias. Según ella, se derraman más lágrimas por las atendidas. Truman Capote le haría eco muchísimo después con el título de su novela inconclusa. Nunca había entendido el significado de tal pensamiento. Hasta ayer. Quizás para explicar mi presente situación debiera antes explicar un poco quién soy yo. Esto es, el tipo de hombre que soy.
Ha pasado un mes desde la escritura del tercer párrafo el cual sólo ha logrado agregar más vaguedades. Sin embargo, me siento obligado a retomarlo donde lo dejé pendiente: mi personalidad. Tal vez haya tardado tiempo en seguir adelante porque a cualquier ser humano le intimida explicar el fenómeno de la existencia propia. Soy un hombre pragmático y ordenado de treinta y siete años. Cuento con un trabajo rutinario, una vida cómoda y, sobre todo, una excelente memoria. Ésas son las dos cualidades de las que más me precio: el pragmatismo y la buena memoria. Me gusta recordar los hechos exactamente como sucedieron. Sin embargo, en este particular caso, las dos virtudes antes mencionadas —de atreverme a llamarlas virtudes— me fallan. No afirmaría nunca que recuerdo la hora precisa del momento. Estaría mintiendo. Aunque puedo indicar a la perfección el lugar, sólo soy capaz de aproximarme un poco a la hora. El lugar —a donde no he vuelto para evitar que el recuerdo de su inesperado nacimiento me lacere— todavía existe. Y quizás lo siga haciendo si una hecatombe nuclear no lo destruye. Es la estación Snowdon del metro de Montreal. Y la hora aproximada fue, es y seguirá siendo en mi memoria las dos y diez de la tarde del día nueve de agosto del año dos mil cinco. Recalco lo de hora aproximada porque lo último que tenía en la mente cuando todo sucedió era cerciorarme de ella mirando el reloj.
Aunque quisiera ahora mismo asirla, la exactitud en el tiempo, la capacidad de destacar un solo segundo en la vida de entre tantos otros, siempre tuvo una mala opinión de mi parte. Eran las mujeres melodramáticas quienes siempre terminaban dándole importancia a tales minucias. De tantas idas y venidas, de tanto circular de las manecillas del reloj, me preguntaba cómo eran capaces de indicar la singularidad de un instante aterido en la nada del pasado. No puedo dejar de sentir vergüenza por juzgar durante tanto tiempo con demasiada severidad los comportamientos ajenos. Sigo, me doy cuenta, desperdiciando tinta para contar un hecho que pasó tan rápido y tan de repente. Me hallaba entonces en la estación Snowdon inclinado sobre mi libro. Leía el capítulo diecinueve de la novela Juntacadáveres del uruguayo Juan Carlos Onetti para distraerme antes del arribo del tren subterráneo. Estaba a punto de terminarlo. (Quizás me detuve un rato en esta frase dicha por Jorge, uno de los personajes de la historia: “La amistad se acaba enseguida y uno sigue porque sí, por pereza, porque el otro hizo cosas con uno y ahora es parte de uno”. No recuerdo por qué razón; pero cuando hojeo el libro otra vez la frase está subrayada.) Sí, leía. Ni siquiera estaba apresurado. Había tomado libre la tarde. Me la merecía. Me había sentado —solo por supuesto— en la barra de asientos sobre el andén de la línea anaranjada con dirección a Henri Bourassa; pero mi destino era la estación Lionel Groulx y, tras el trasbordo, Peel. Tenía ganas de ir al cine Paramount.
Me estoy equivocando. Hasta ahora me doy cuenta. Debería comenzar el relato minutos antes: cuando trasbordé de la línea azul a la naranja, cuando me bajé en otro andén. Venía de la estación Saint Michel después de dejarle unos documentos oficiales a una traductora. Había recorrido la línea azul entera hasta que el tren se detuvo en Snowdon para el trasbordo a la línea naranja. Bien pude haber corrido al bajar las escaleras. Sólo lo pensé. No lo hice. Es ahí donde se gestan mis conjeturas. Ahí, en la encrucijada. Pude, desde luego, haber alcanzado el tren que todavía estaba detenido y con las puertas abiertas. Dos o tres mujeres, de ésas que siempre parecen tener prisa sin justificación, corrieron y lograron introducirse en el vagón. Por alguna causa que me elude a medias, yo no quise correr. Iba con tiempo de sobra para llegar a ver la película. Es más, me dije: hay bastante tiempo, no corras, no te apresures, no finjas tener prisa, no hagas el ridículo como estas mujeres. Sin embargo, ahora me pregunto cuál fue la verdadera razón. ¿Por qué no tomé el camino más natural para ir hasta allá? ¿Por qué no trasbordé en Jean Talon y luego en Berri-UQAM? ¿Por qué recorrí la línea azul del metro de principio a fin? ¿A qué fuerza engañosa estaba tentando?
El vagón se fue con las mujeres apresuradas y todavía soy capaz de imaginármelo. Puedo verlo aún, hasta en cámara lenta. Cuando el paso atronador del tren terminó de extinguirse por el túnel, me senté. Abrí mi libro y continué con la lectura empezada desde la estación Saint Michel. Me acuerdo que, cuando el metro había pasado antes por Côte des Neiges, lo deseé. Deseé ardientemente nuestro encuentro. Vive por aquí, me había dicho, ésta es su estación, ésta es la estación por donde sus pies van y vienen, a la que entra para ir a cualquier otro punto de la ciudad, ¿qué pasaría si…? Los molestos “si” de esta vida nos carcomen como termitas la cordura. Y una vez más, entre queriéndolo y no, hice la plegaria por el encuentro fortuito pues para mí, de seguro, significaría algo. Lo deseé. Deseé el encuentro como nunca antes había deseado algo. Me es difícil no utilizar dos veces la misma palabra. Me es difícil usar otra palabra que no sea “algo”. Porque “algo” siempre conlleva ambigüedad. Ni siquiera quienes la usamos constantemente sabemos qué quiere decir. Por eso utilizo —contraviniendo los consejos de mis maestros de redacción en la escuela secundaria— “algo” y también para definir la significación del momento. Es éste: no habían pasado cinco minutos cuando escuché una voz llamándome. Escuché mi nombre. Y ahí, dentro de ese fugaz instante, se dio el encuentro. Mi deseo se realizó.

Este cuento y los demás se encuentran en el libro electrónico e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU

sábado, 23 de marzo de 2013

Retrato gótico de familia

Es de veras una casualidad que en la misma semana haya visto dos cintas cuyos referentes principales sean el romanticismo y, en especial, el relato gótico. Esto coincide además con los temas que imparto en el curso que menos me gusta dar en uno de los lugares donde trabajo. La primera película (muy olvidable) se titula El monje (Le moine, 2011) y fue realizada por Dominik Moll, director de Un amigo como Harry. La segunda se llama Stoker.
Para entender mejor la trama de la segunda me detengo un poco en la primera a pesar de que no sea el tema principal de esta entrada bloguera. Servirá para explicar mejor a qué me refiero con lo de gótico. En El monje Vincent Cassel interpreta al hermano Ambrosio, un hombre recto, piadoso, santo e incólume en su fe que toda su vida ha vivido en un monasterio de monjes capuchinos. Todo se desarrolla en la época del barroco español. Los sermones de Ambrosio le dan bastante fama. Pronto tendrá incluso admiradoras. Dos tratan de acercarse a él. Una es la enviada del demonio, una de las hijas de Eva. Otra, un ángel cercano a la Virgen María. Poco a poco la incorruptibilidad de Ambrosio se desbarrancará hasta convertirlo en un adorador de Lucifer. Así de extremo es el cambio de este personaje. El resultado no es digno de elogios. Esto en cuanto a lo cinematográfico. No me refiero en realidad a los temas de la trama, una cuyas bases se encuentran en el movimiento artístico de Fausto, Frankestein, Poe, lord Byron, Don Juan Tenorio y Drácula con cuyo autor la segunda película comparte apellido. Y aunque como El monje presenta elementos del relato gótico, Stoker es otro cantar. Otra calidad. Otra visión.
El director coreano Chan-wook Park se da a conocer internacionalmente con Oldboy (2003), largometraje ya refriteado en Hollywood y pronto a estrenarse teniendo a la cabeza del reparto al actor Josh Brolin. Nada injustificada la notoriedad del coreano, por cierto. Y quizás su propuesta más interesante para mí sea el siguiente crédito: Señora Venganza (2005). Estas dos cintas —al lado de una anterior, Señor Venganza (2002)— forman parte de la hoy llamada “trilogía de la venganza”. Dicho acto se halla presente en Stoker, primera cinta hablada en inglés del cineasta. Sus antecedentes también los encontramos en el cine estadounidense. En el de Lynch. Además en el de Hitchcock. Pero más allá del siglo XX, como lo mencioné antes, en el gótico del XIX. En tal sentido la historia no parecería nada del otro mundo, nada novedoso. Sin embargo, aquí la propuesta adquiere el primer plano. Lo estético saltará frente a nuestros ojos con tanta contundencia que será imposible de ignorar. Luego de Oldboy y de Señora Venganza sé que una cinta de Park será un festín para los ojos. Stoker (2013) no es una excepción en su filmografía.
El relato se cierra como un círculo. Cuando comienza la película presenciamos el final, no el principio. India Stoker (Mia Wasikowska) se encuentra de pie en medio de una carretera y nos informa que lleva puestos los zapatos de su tío, el cinturón de su padre y la blusa de su madre. Es un rompecabezas de sus seres más cercanos. ¿Queridos también? Pero esto no es un bonito retrato de familia. Si tan sólo supiéramos lo que hace India en medio de esa carretera y a unos pasos de una patrulla. No me adelanto. También nos dice que desde pequeña tiene la habilidad de escuchar los sonidos que otras personas no pueden. Lejanos, subterráneos. Del viento, de insectos, de animales. Richard, su padre, la ha llevado al bosque a entrar en contacto con la voz de la naturaleza (otro resabio del romanticismo decimonónico). No diré para qué. El día del cumpleaños dieciocho de la muchacha Richard (Dermot Mulroney) muere en un accidente automovilístico. Luego del funeral, durante la escena en la cocina, India me recuerda a Alicia, la del país de la maravillas. Se halla sentada sobre una silla que la vuelve una enana. Y aunque es el mismo rostro de la heroína de Tim Burton no queda rastro de felicidad al crujir la cáscara de un huevo cocido. India Stoker es de esas adolescentes “raras” de la preparatoria: cabello negro como cortina sobre su faz, introvertida, vestida a la antigüita, con grandes resentimientos contra los que sí encajan en la sociedad y siempre llevando esos incómodos zapatones bicolores que alguien le ha regalado en el día de su cumpleaños desde su nacimiento. A ese alguien divisa a lo lejos dentro del cementerio como espectro que empaña la tristeza en algún momento del entierro de Richard. De vuelta al gentío invasor de la mansión familiar, Evelyn (Nicole Kidman), la madre siempre distante y distraída, la manda llamar para presentarle a su tío Charlie (Matthew Goode). Un tío Charlie homónimo al de Sombra de una duda (1943) de Hitchcock. Ése a su vez era un homónimo de su sobrina más querida. Y al igual que aquella Charlie Newton de Hitch India Stoker pronto descubrirá que el tío perdido al que nunca ha conocido porque se la ha pasado viajando alrededor del mundo no es (reza el lugar común) lo que aparenta. A diferencia de Teresa Wright ante Joseph Cotten a esta joven el peligro encarnado por el tío Charlie la seducirá. Al fin y al cabo India es una bomba a punto de explotar. El incestuoso triángulo se verá complicado con la atracción que Evelyn siente por su cuñado, versión más impetuosa y sofisticada del marido difunto. Y, claro, gente del entorno de los Stoker empezará a desaparecer sin explicación. He aquí un muy retorcido retrato de familia. Setenta años luego de la obra de Hitchcock, Park tendrá la libertad para explorar la relación tío-sobrina como quizás hubiera querido el maestro del suspenso de no haber existido en su época una censura tan férrea en el sistema hollywoodense.
La apariencia de este mundo retrógrado, campirano y estadounidense se erige como rascacielos en su artificialidad. Similar a la forma en que tío y madre se imponen por su altura ante India. En ese sentido los rostros tanto de Kidman como de Goode son perfectos para este universo de exteriores retocados. Nos encontramos ante muñecos de cera. Uno percibe desde el comienzo la falsedad del entorno. El espectador está consciente de la tensión entre lo mostrado y lo oculto. Y esto último es la podredumbre de los personajes. La joven protagonista sin embargo no permanecerá impoluta a lo largo del viaje al submundo de la psique. Todo lo contrario. India aprenderá rápido de la podredumbre de su familia, se dejará corromper por ella gustosa y además la usará a su favor para sobrevivir. Incluso se insinúa con el argumento que la maldad está presente desde antes. Quizás se lleve en las venas. Por lo tanto —ya sea naturaleza o educación— Stoker se lee también como una historia de aprendizaje. Frank Booth con su sadismo y Dorothy Vallens con su masoquismo corrompen a Jeffrey Beaumont en Terciopelo azul (1986). Lo conducen hacia el universo de los escarabajos agresivos y las orejas cortadas. Al final apoyado en la virtud de Sandy Williams el héroe mata al dragón y el bien vence al mal. El equilibrio se restaura. En el caso de India la corrupción se llevará más allá del límite. Aquí no quedará pureza que salvar. O qué una mujer no es capaz de conservar su pureza aún a costa de las atrocidades que cometa. Tal vez en esto radique lo interesante de la ambigüedad del largometraje.
El lado preciosista de Stoker no apunta únicamente a una denuncia de una cáscara hermosa que esconde lo podrido del ser humano. La cinta no languidece en un solo nivel. Los colores, los símbolos, la referencias, todo en fin se utiliza de un modo irónico tan punzante que me sorprendí riendo en momentos muy extraños. Retorcidos aun. Qué otra reacción es de esperarse al mirar cómo una araña de delgadísimas patas se acerca a los zapatones bicolores de India, va ascendiendo hacia el muslo y sin que ella se inmute halla cobijo en su entrepierna. Y qué hay del paraguas amarillo, deslumbrante objeto ante un día gris de torrencial lluvia, dejado por el tío Charlie en el portón para que India lo abra y se proteja hasta llegar a la entrada de la mansión. Ni qué decir de las poéticas transiciones. Cómo olvidar la escena en que el pelo de Nicole Kidman se convierte en un trigal. O cómo nos engaña Park cuando vemos a India caminar detrás del autobús escolar en que anteriormente la hemos visto para trastocar su entorno y revelarlos que en realidad la muchacha camina hacia la mansión seguida de cerca por el carro del tío Charlie.
La debilidad de Stoker la detecto en la resolución del conflicto. Una vez descubierto el secreto del tío Charlie el asunto resulta algo pueril. Pero en esta sinrazón, en esta locura de igual manera salen a relucir los extremos del romanticismo: un personaje es como niño inocente y juguetón en un momento, en el siguiente se transforma en un asesino despiadado. A mí no me agradó la retrospectiva para explicar el supuesto origen del mal. Sin embargo, es una falta tan pequeña que como espectador me inclino a perdonarla. Porque el resultado final desplegado sobre la pantalla es más que óptimo. Stoker no producirá unanimidad entre el público. Al contrario. Esta combinación de lo retorcido con lo bello desestabilizará a más de uno. Habrá mucho odio contra la cinta. No hay ningún personaje para redimir. Nadie con quien simpatizar. Un buen número de gente se saldrá de la sala antes de que llegue su conclusión. Eso no la demerita. Las opiniones de afuera (incluso la mía) no empañan su brillo. Algo más la transforma en una obra encomiable: directores de otras latitudes del mundo atraen el llamado de Hollywood y fracasan. Traicionan su estilo tan pronto pisan la tierra del ensueño. Hay que agradecer que ése no fuera el caso de Chan-wook Park. La película se estrena en México el 5 de abril bajo el muy pedestre título de Lazos perversos.

Lazos perversos (Stoker, 2013). Dirigida por Chan-wook Park. Producida por Ridley y Tony Scott. Protagonizada por Mia Wasikowska, Nicole Kidman y Matthew Goode.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=KKrOTWKuhpI

Charlie Newton

Me autocito con descaro. Presento a continuación la primera reseña de mi libro Vislumbre de cineastas. Con la siguiente entrada del blog se entenderá por qué lo hago. Hablo de Alfred Hitchcock. Es un texto que escribí hace más de una década:


"El quinto trabajo de Hitchcock, con la etiqueta “Hecho en EUA”, fue Sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943). En ella, Charlie Newton (Teresa Wright) es la hija mayor de una familia de Santa Rosa. Su rutina es bastante inmaculada: desayunar, comer y cenar en familia; organizar conversaciones con los vecinos al aire libre; corretear detrás de Ann (Edna May Wonacott) y Roger (Charles Bates), sus hermanos; cuchichear con las amigas; ponerle las pantuflas a papi Joseph (Henry Travers); ayudar a mami Emma (Patricia Collinge) con los quehaceres o sólo ruborizarse cuando su padre conversa con Herbie (Hume Cronyn) sobre el crimen perfecto. Estos rituales se verán alterados cuando su tío Charles Oakley (Joseph Cotten), hermano menor de su madre y a quien le debe el nombre, arribe de manera abrupta al pueblo. La inocente niña no tarda en enterarse de que su tío es, en realidad, un caza fortunas, un asesino de viudas alegres. En delante tendrá que, además de sus obligaciones diarias, cooperar con la policía, serle leal a su tío (por quien quizás esté enamorada), salir airosa de cocheras humeantes y ocultarle todo a su sensible familia.
Sombra de una duda amarra desde un principio y mantiene el interés, aunque, de repente, se vuelva ingenua. Los instantes bien logrados, como la llegada de la joven Charlie a la biblioteca o los pequeños “accidentes” que sufre, no son pocos. La historia del siniestro tío es idónea para los pacientes y los que añoren aquellos tiempos en los que la vida pueblerina representaba lo sublime y la urbe, lo corrompido. Por ejemplo: mientras los hermanos menores de Charlie, con sus caras ratoniles, escudriñan libros científicos y Emma Newton aprende a utilizar el teléfono, el tío Charles habla sobre la inutilidad de las viudas denotando así sus instintos asesinos. La sagrada y angelical familia le abre las puertas de su casa al demonio y sólo la hija se da cuenta. El bien y el mal están delineados como en un cuento de hadas. El tío Oakley y Charlie se enfrentan en una lucha en la que, desde el comienzo, se sabe que ella saldrá airosa porque “el bien siempre acaba con el mal”. Tal deducción le resta sorpresa al argumento. Sin embargo, la división entre el amor y el odio no es tan nítida. La relación entre tío y sobrina sufre serias mutaciones, se transporta de un lado a otro y se debate en las entrañas de ambos. El tío Charlie ama a su sobrina y, sin embargo, debe matarla para proteger su secreto. Charlie ama a su tío. Pero se convertirá en su cómplice si no lo denuncia. Son dos caras de una misma moneda. Son dos seres tan unidos que llegan a adivinarse los pensamientos y las emociones con base a conductas y miradas. Con probabilidad, el error del cineasta fue restarle importancia a la tirante relación entre la dulce Charlie Newton y su tío pródigo. Sombra de una duda podrá desmerecer por su maniqueísmo, pero es esencial para entender la visión de Hitchcock ya que fue su obra más personal y una de sus favoritas."

Sombra de una duda (Shadow of a Doubt, 1943). Dirigida por Alfred Hitchcock. Producida por Jack H. Skirball. Protagonizada por Teresa Wright, Joseph Cotten y Patricia Collinge.

martes, 19 de marzo de 2013

lunes, 18 de marzo de 2013

Montrealenses (VI): suspirando en el cine por "la ville"!

Ahora que recuerdo olvidé algo en mi entrada anterior. En lo últimos meses, además de las películas citadas, también vi Beasts of the Southern Wild (Una niña maravillosa) de Benh Zeitlin y Life of Pi (Una aventura extraordinaria) de Ang Lee. [A todo esto voy a escribir un guión cinematográfico que se titule Un traductor pendejo que subestima a su audiencia otorgándole títulos repletos de melcocha.] Una niña whatever me dejó también un buen recuerdo. Aunque ya bastante brumoso pues la vi en agosto o en septiembre del año pasado. Si tuviera que volverlas a ver, de las dos fábulas prefiero la primera. La segunda está bien. No lo niego. Pero la considero un crédito menor comparándola con el resto de la filmografía del cineasta taiwanés. Sin embargo, haber visto Life of Pi en el cine me da pie al siguiente comentario:

Estoy en una sala de cine de Montreal viendo Life of Pi de Ang Lee. Los actores Irrfan Khan y Rafe Spall caminan por una calle que gracias a la arquitectura me resulta familiar. Claro, es una versión mucho más prístina y fotoshopeada de la realidad. Pero las fachadas y las escaleras exteriores de las casas de Montreal son inconfundibles. Y sutil, apenas notable y de la forma más subrepticia, se alza de entre las cabezas (la mayoría, blancas) de los espectadores un suspirito porque su ciudad (ma ville!) aparece en una película multi-premiada. Claro. Por esa misma razón se encuentra la sala casi repleta de en su mayoría momias. Al montrealense promedio le encanta el cine multi-premiado, ése que es de dizque arte.
Ah, y cómo le gusta todavía más al montrealense que la urbe donde habita se vea representada en el cine. Ya sea con su nombre propio (Life of Pi, Señor Lazhar, La versión de mi vida, Mi vecino el asesino, El violín rojo, Jesús de Montreal, Agnes de Dios, etcétera) u oculta bajo la máscara de otra ciudad de algún otro país (el bodrio ochentero de horror Feliz cumpleaños para mí [que seguramente no interesará a los esnobs], El mejor lugar del mundo de Sam Mendes o El curioso caso de Benjamin Button de David Fincher). De este último rodaje —donde hicieran pasar el barrio antiguo de Montreal por (creo) Rusia— doy fe por haber visto los preparativos del mismo de pasada hace algunos años cuando trabajaba para una escuela de idiomas ubicada en el sector.
La cinta con mayor número de suspiros presenciados por mí hasta ahora se dio con La versión de mi vida (Barney’s Version, 2010). El hotel Ritz Carlton, ¿la plaza Saint-Louis?, el edificio de departamentos Le Chateau, la estación de trenes. Cada vez que uno de estos sitios aparecía en pantalla el suspiro colectivo se emitía como señal de reconocimiento y orgullo. Como diciendo “yo también he estado ahí”, “yo sé dónde filmaron esa escena”, “ésa es mi ciudad”. Entonces me pregunto si llegan a alguna conclusión similar a la mía: que, como suele suceder en el cine, la ville no es la misma ville vista por nuestros ojos. La de Life of Pi —con su deslumbrante fotografía y sus paisajes de aparador del barrio antiguo— es Montreal maquillada y producida. No es Montreal la slush (perdón por el gali-anglicismo) de Señor Lazhar, no es la grafiteada, la de los pordioseros o los dementes, la de los baches, la del metro que a cada rato se desconchinfla, las de las manifestaciones, los motines y los nenes jugando al anarquismo. Mucho menos la del invierno cuando las banquetas se hallan cubiertas de raspado color chocolate. O la de la primavera cuando llega el deshielo y debajo de los bancos de nieve aparecen las botellas de plástico, los envases vacíos, las colillas de cigarros y la abundante basura. Ésa sí no arranca ningún suspiro. Pero quizás sí la haga más humana y encantadora que su versión fílmica. Quién sabe.

domingo, 17 de marzo de 2013

La razón traicionada

En estos últimos meses de silencio bloguero he visto y dejado pasar (con toda intención) algunas películas que no me he dado a la tarea de reseñar. Hay cuestiones mucho más apremiantes: un trabajo que sí está siendo redituado, una inútil huelga estudiantil que me obligó a trabajar más de la cuenta el semestre de otoño, un cansancio físico y mental que no se acaba por completo a pesar de que mi ritmo de trabajo disminuyó desde finales de enero. Vuelvo a lo importante: el cine. Entre las primeras cintas, las vistas, están The Master de Paul Thomas Anderson, Skyfall de Sam Mendes, El hobbit: un viaje inesperado de Peter Jackson, Ana Karenina de Joe Wright, Los miserables de Tom Hooper, Amour de Michael Haneke, Django sin cadenas de Quentin Tarantino, Lo imposible de Juan Antonio Bayona y La reina infiel de Nikolaj Arcel. Entre las segundas se hallan filmes que sé de antemano (y sí, muy prejuiciosamente, no lo oculto) que no disfrutaré porque no comulgo en ningún aspecto con la ideología de sus directores o son sólo obras que intuyo como imposición de la maquinaria embauca-bobos hollywoodense, ésa puesta en marcha desde finales del 2012 y hasta el 24 de febrero de 2013. Entre los títulos aludidos están Argo, La noche más oscura, Juegos del destino, El vuelo, por supuesto Lincoln y alguno más que se me olvida. Son largometrajes que ni hoy ni en el futuro pienso ver. Sé que no me agradarán así que ¿para qué perder mi poco tiempo con sus historias, sus personajes y sus directores? De los primeros, los vistos, sí puedo opinar. Y en pocas palabras unos más y otros menos me dejaron algo de decepción. De la más reciente película de Anderson admiro sus actuaciones aunque no tanto el despliegue de la narrativa. Eso es de esperarse con este director estadounidense. Sí, como a muchos otros, Los miserables me hizo llorar como niño de pilmama; pero nunca más la volvería a ver por su duración. Las más comerciales me dejaron un buen sabor de boca (incluso Skyfall), aunque a El hobbit le faltó mucha edición. Parece la versión extendida. Lo mismo podría decir de Django, cinta en la cual desde la desaparición de dos de los tres personajes más carismáticos (y ninguno de ellos es el protagonista) dejó de interesarme por completo. Además de que gracias a ella confirmé que Tarantino nunca debería de actuar. Ni en sus propias películas ni en las ajenas. Lo imposible tampoco me desagradó, aunque como más de uno cuestiono el cambio de nacionalidad de la familia. En suma, pude habérmela ahorrado luego de ver su avance pues con él se sabe todo lo ocurrido en la trama. Amour también me conmovió y obviamente no puedo negar sus virtudes. Sin embargo, conozco ya tan bien el cine de Haneke que sus trucos dejaron de sorprenderme. Si es que se puede hablar de “trucos” al hablar de la obra de Haneke. Ana Karenina fue otra sorpresa agradable. Quizás el único director con el que mejor ha hecho mancuerna Keira Knightley es Wright. Aunque, ¿de verdad se necesitaba la enésima adaptación al cine de la novela de Tolstoi? Hay ante tanta apatía y grisura de mi parte una deslumbrante excepción. De todas las citadas, la que más me ha entusiasmado ha sido la danesa En kongelig affære (2012). Sí, me resisto a invocarla una vez más con su título en México. Ya se verá por qué.
En A Royal Affair (prefiero el título en inglés) se demuestra que todo reformista ansía el poder para cambiar la realidad de sus congéneres, para darle a la humanidad entera un mundo mejor. Empero, cuando lo tienen en sus manos no saben hacer otra cosa con él más que comportarse como jerarcas absolutos. Eso le sucede al doctor Johann Friedrich Struensee (Mads Mikkelsen). La escena clave de este personaje salido del siglo de las luces se da cuando traiciona los ideales por los que ha luchado. Tiene dos contrapesos: en una mano, la capacidad para manipular a un rey; en la otra, una caricatura política donde se le ve retozando con la reina. Su reacción (visceral, por completo alejada de la Razón con mayúscula), anular la libertad de prensa. Pero ésta no es en realidad su historia. El filme no se trata de los hombres que en su desproporcionado orgullo confiaron ciegamente en la razón dieciochesca. Struensee ni siquiera es la voz cantante de este relato de la Ilustración. Dicha voz será más bien la de una mujer. Al comienzo la observamos escribir una misiva repleta de confesiones a sus hijos, los herederos de un trono. El flashback obliga.
Carolina Matilde (Alicia Vikander) recuerda cuando salió de su natal Inglaterra para convertirse en la reina consorte del monarca danés, Christian VII (Mikkel Boe Følsgaard). Estamos en el último tercio del siglo XVIII. Pronto sus ilusiones quedarán desquebrajadas cuando se dé cuenta de que no solamente el rey está loco sino que no tiene ningún empacho a la hora de humillarla o engañarla con otras mujeres. Christian es como un niño mimado. Sólo quiere embriagarse, pelear y visitar burdeles. Y él hubiera preferido tener una esposa más ciega y mucho más desenfadada. Para cuando llega el príncipe heredero la relación se ha roto irreparablemente. La corte se preocupa por la salud mental del rey. Pero más de uno se interesa en hacer deslizar la corona de Dinamarca hacia otra cabeza. Juliana María (Trine Dyrholm), la madrastra, y su perro faldero —así como recalcitrante opositor de las ideas de la Ilustración— Ove Høegh-Guldberg (David Dencik) preferirían que el joven y manipulable medio hermano del rey jalara las riendas del reino. Cuando le son presentados una serie de eminentes doctores Christian simpatiza de inmediato con Johann Struensse, habitante de una colonia alemana y no-tan-en-secreto hombre de la Ilustración. El doctor se muda a palacio. Ante la absurda petición del rey de que convierta a Carolina Matilde en una mujer divertida el doctor tiene una audiencia con la reina. Ella detesta a Struensse. Lo ve como el alcahuete de su marido. Pero pronto descubre en su librero, escondido detrás de los volúmenes de medicina, El contrato social de Rousseau. Todo ha cambiado. En este momento comenzará la complicidad tanto mental como física de los dos futuros amantes: hijos de la Razón que tratarán de mejorar el mundo. O al menos la nación donde viven.
A Royal Affair es un triunfo del cine de Dinamarca. El equilibrio entre la historia de amor y cómo ésta termina contradiciendo los ideas de la Ilustración la trasforma en un drama absorbente y conmovedor. También tiene el mérito de develar ante los espectadores de otras partes del mundo un episodio poco conocido de la Europa del siglo XVIII. Inútil sería aquí recalcar lo obvio de los méritos de producción. En las actuaciones hallo sin duda más méritos que elogiar. No sorprende en un actor experimentado como Mikkelsen. El suyo es un rostro que ha venido en años recientes a simbolizar el cine nórdico-europeo alrededor del mundo con roles en largometrajes tanto del propio país (Después de la boda de Susanne Bier, La caza de Thomas Vinterberg) como de los ajenos (desde Casino Royale hasta el bodriazo Furia de titanes). La joven sueca Vikander les concede a los cinéfilos una segunda actuación notable en el año después de su Kitty en la nueva versión de Ana Karenina, otra cinta de época (aunque diferente, claro: decimonónica). Ahora de actriz en un rol protagónico. A pesar de su novatez convence de forma absoluta. Igual pasa con Følsgaard, otro joven actor que deja en su debut cinematográfico una buena impresión. Sobre todo, por los matices de locura reflejados en la personalidad del rey: desde la simple bufonería hasta los destellos de lucidez. A Royal Affair está dirigida por el danés Nikolaj Arcel siendo éste su quinto largometraje y el que más proyección internacional le ha dado. Ahí está la nominación al sobrevalorado monigote dorado de Hollywood por la mejor película en lengua extranjera. La cinta se materializa bajo el auspicio de Zentropa, la casa productora de Lars von Trier.
Por último, una vez más la ridiculez de los distribuidores mexicanos se hace patente cuando leo el título elegido en nuestro país: La reina infiel. Título que, como se acostumbra, refleja sólo la sensiblería y, digamos, el lado romántico de la historia. El presentado en inglés (A Royal Affair) —que imagino será equivalente al original en danés— puede leerse de las dos maneras pues la palabra affair hace referencia tanto al “asunto real” como a la “aventura real”. Fuera de ese detalle que no es de ninguna manera su responsabilidad, la película de Arcel es de lo mejor del más reciente cine de época.

La reina infiel (En kongelig affære, 2012). Dirigida por Nikolaj Arcel. Producida por Meta Louise Foldager. Protagonizada por Alicia Vikander, Mads Mikkelsen y Mikkel Boe Følsgaard.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=EDWNKpWQNg8