lunes, 30 de noviembre de 2009

Calentando motores


Actualmente estoy cocinando una reseña sobre el más reciente crédito de los Coen, Un hombre serio. Mientras la tengo lista y para ir calentando motores, voy a desenterrar lo poco que he escrito sobre ellos. Lo lamento porque de verdad son de mis directores favoritos. La reseña que subo a continuación es de mi etapa en la revista Brecha, en su suplemento la tolvanera en el cual pude publicar gracias a la generosidad de mi entonces maestro y hoy amigo Jaime Muñoz Vargas. Fueron en total 45 reseñas cinematográficas publicadas, 43 en formato de columna con el título de "El bueno, el malo y el feo", entre 1996 y 1998. Va entonces el texto que escribí cuando tenía 21 años sobre Fargo de los hermanos Coen. Como se verá, desde entonces me quejaba amargamente de la distribución del cine de autor en México y, sobre todo, en Torreón:

Joel y Ethan Coen -integrantes del cine independiente gringo- se convirtieron, hace ya casi seis años, en consentidos de Cannes cuando ganaron la palma de oro por Barton Fink. Dejando atrás el género fantástico de la entretenida El apoderado de Hudsucker, los hermanos -Joel como director, Ethan como productor y ambos como escritores- se dedicaron a rodar Fargo (1995). Como lo hiciera Gus Van Sant en Todo por un sueño, los Coen se basaron en un caso verídico para confeccionar el guión.
Jerry Lundegaard (William H. Macy) es un vendedor de automóviles tiranizado por Wade Gustafson (Harve Presnell), su pudiente suegro. Para salir de una apretada situación económica -pidiéndole, por supuesto, el rescate de Wade-, Jerry planea -junto con dos delincuentes interpretados por Steve Buscemi (Perros de reserva) y Peter Stormare- el secuestro de su esposa Jean (Kristin Rudrud). Los cadáveres empiezan a aparecer y entra en acción una mujer policía: Marge Gunderson (la Frances McDormand de Vidas cruzadas).
Fargo -nombre de la ciudad donde Jerry maquina el rapto- es una película de contrastes. La torpe malignidad de Carl (Buscemi) y Gaear (Stormare) se contrapone a la nobleza de Marge o a la buena voluntad de las personas -ya sean jóvenes de escasos recursos intelectuales, motoristas entrometidos o empleados de estacionamientos- que se les cruzan en el camino. Las blancas tierras se oponen a la carga humorística del argumento. Hasta la pareja de secuestradores -Carl, bajito y parlanchín; Gaear, corpulento y callado- son polos opuestos. El ritmo y la apropiada duración de Fargo -impredecible y envolvente- hacen que el espectador se adhiera al asiento, pero que también se carcajee con las peripecias de los personajes, la saladez de Jerry, la imbecilidad de Jean, la mala suerte de los secuestradores o la fugas así como la diminuta aparición de José Feliciano. Otro de los mayores atractivos es, además de la ambientación que muestra una nívea Dakota del Norte, Frances McDormand -esposa de Joel Coen- en su papel de detective pueblerina capaz de decir “oh, yah?” cinco veces en un mismo diálogo y con ocho meses de embarazo. No por nada los hermanos Coen, por Fargo -integrante de la XXIX muestra internacional de cine bajo el título Secuestro involuntario-, volvieron a ser -aunque en menor escala- consentidos en el último festival de Cannes llevándose el premio a mejor realización. Siendo una buena y loable cinta, tenemos la lejana ilusión -porque pareciera que ganar premios en los festivales de cine es garantía, para un filme, de no exhibirse en México- de que, a diferencia de muchas otras laureadas en Cannes -con las contadas excepciones de Tiempos violentos, El piano o Carrington (y nomás porque sí fueron distribuidas en Norteamérica)-, Fargo sea estrenada pronto en nuestro país y podamos verla con una imagen clara.

-Secuestro involuntario (Fargo, 1995). Dirigida por Joel Coen. Producida por Ethan Coen. Escrita por Joel y Ethan Coen. Actúan William H. Macy, Frances McDormand, Steve Buscemi y Peter Stormare.

Blanca que te quiero blanca


Ya se veía venir. Llega la primera semana de diciembre y es seguro de que la nieve estará aquí, en Montreal, para entonces. Hoy la ciudad amaneció blanca. La primera nevada de muchas. Llegó el invierno. Por fin.

viernes, 27 de noviembre de 2009

La mafia de a pie y al desnudo


El siguiente texto se publicó en el número 359 de la revista Espacio 4, en el suplemento "El pez en el agua". La película ya está en DVD acá en Canadá y seguramente no tarda en salir en México en dicho formato. Va la reseña:

Excelente cosecha se dio para Italia durante el festival internacional de Cannes del año pasado. Los dos premios más importantes después de la Palma de Oro fueron a parar a manos de cineastas del mencionado país: el Gran Premio para Gomorra de Matteo Garrone y el del Jurado para Il Divo de Paolo Sorrentino, una película sobre la vida del político Giulio Andreotti. La primera, sin embargo, está basada no en la biografía imaginaria de un ex primer ministro corrupto sino en la novela-reportaje de Roberto Saviano, texto por cuyas publicación e inusitadas ventas su autor vive amenazado de muerte por la Camorra de Nápoles. La cinta dirigida por Garrone también fue co-escrita con Saviano y cuatro guionistas más pues a lo largo de ella los espectadores seguirán las vicisitudes de múltiples personajes relacionados con alguno de los muchos tentáculos de la infame organización criminal.
La trama de Gomorra (2008) inicia, previsiblemente, con una serie de homicidios. De esta forma tan característica de las cintas del género se da comienzo, ahí, en Nápoles, al interior de un centro de bronceado donde los que ya suponemos capos a eliminar están en estado de mayor vulnerabilidad. Sitio idóneo, entonces, para las ejecuciones. No hay explicación. Ni en ese momento del filme ni más tarde. No se sabrá quiénes eran estos hombres ni por qué razón los asesinaron. Pero sí estamos seguros del ambiente al que entramos: el de la mafia. En específico, el de la Camorra napolitana. Sin embargo, este principio es engañoso por su tipicidad. Lejos estamos de don Vito Corleone en El padrino (1972) o de Tony Montana, alias Cara Cortada (1983), o incluso, dentro de la pantalla de televisión, de Los Soprano (1999-2007). Éstas son las trampas de la ficción hollywoodense en las cuales caen quienes se integran a la Camorra con el sueño de igualar la fortuna y los lujos de esos fantasmas cinematográficos. La realidad de esta organización, por otro lado, es demasiado intrincada. De igual manera, será además invasora.
Contrasta el impacto de dicho inicio con la parsimonia aplicada durante el recuento de cinco historias paralelas que componen el resto del entramado de la cinta. En la primera, la cámara sigue a Toto (Salvatore Abruzzese), un adolescente que intenta convertirse en hombre tomando atajos y a través del rito de las balas. Ante los ojos de los demás camorristas, podrá lograrlo. Aunque, para él, su amigo de la infancia se transformará en enemigo y la vecina a la que le llevaba todos los días los víveres se verá traicionada para él ser aceptado y así ascender en la organización. Por otro lado, aunque no muy lejos de esa vecina, se encontrará don Ciro (Gianfelice Imparato), el temeroso repartidor del dinero designado a las familias de los presos adheridos a la Camorra. Él se debatirá entre fracciones del grupo y viejas amistades. Otro personaje a vigilar es Pasquale (Salvatore Cantalupo), un diseñador bajo el auspicio de la mafia que por sacar un ingreso más para su familia decide darles clases clandestinas a los chinos. Gracias a eso, se llevará un buen susto. La cuarta historia es la del joven Roberto (Carmine Paternoster), testigo impasible que analiza, sin reaccionar más que con la obediencia, la corrupción de altos vuelos de su jefe Franco (Tony Servillo, excelente aquí y aún más en Il Divo). Todo con el afán de salir de pobre, de hacer carrera. Él sucumbirá ante la tentación del dinero. Es aquí y al lado de Franco y Roberto donde el espectador se enfrenta a una escena de perversa hilaridad: unos niños choferes demuestran que todos somos susceptibles de ser comprados. Por último, Marco (Marco Macor) y Ciro (Ciro Petrone) son los bravucones ingenuos que no imaginan a qué se enfrentan y, tras una serie de travesuras infantiles, terminarán perdiéndose en esta madeja de ambición e iras desatadas.
Las caras, los hábitos, las minucias y, sobre todo, la manera como la corrupción va envenenando la existencia de cada uno de estos personajes se vuelve mucho más relevante que las ejecuciones o los balazos ya augurados con el sangriento principio. Lo que une las cinco historias es lo ausente, la organización criminal, esos capos poderosos ya retratados e incluso glorificados por Hollywood. Somos así testigos de cómo influye la Camorra en cada uno de los aspectos de sus vidas, hasta los más insignificantes. Por su carácter omnipresente, ni siquiera necesita aparecer ni materializarse en un supremo padrino, en un capo obeso en torno al cual gire la historia monolítica y sin aristas. Aquí todo se disemina, se fragmenta. La película entonces se aleja del artificio de lo que ya sin duda es un género cinematográfico establecido y plagado de convenciones. La cámara en mano, el estilo documental heredado del cinéma vérité y la completa falta de espectacularidad hacen que lo desplegado en la pantalla presente una contundencia innegable. Incluso dentro de la ficción y para quienes la mafia se equipara a Hollywood esto parecerá un juego con pistolas, cuerpos de mujeres en venta y dinero en abundancia. Para Marco y Ciro —personajes que proclaman “soy Tony Montana, soy Cara Cortada”— para los jóvenes equivocados de universo, confundiendo el mito con la verdad, sólo quedará una pronta muerte. En Gomorra los verdaderos protagonistas son los mafiosillos de a pie, los rostros jamás mostrados por las cintas a la orilla opuesta del Atlántico. Así, a la par del dinero ilícito, fluirá el cauce de la corrupción arrastrando consigo estas vidas miserables, patéticas. Más que admiración u horror, al contemplarlas al desnudo, sólo causarán lástima. Y, por supuesto, cualquier semejanza con la realidad nacional es, como suele decirse, mera coincidencia.

Gomorra (2008). Dirigida por Matteo Garrone. Producida por Domenico Procacci. Protagonizada por Gianfelice Imparato, Salvatore Abruzzese, Tony Servillo, Carmine Paternoster, Salvatore Cantalupo, Ciro Petrone y Marco Macor.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=gnmAA_MaEnM

Burlona memoria


Apenas en marzo de este año pude hacerme de un buen ahorro y con él de una tele decente (así como de un reproductor de DVD) y me suscribí al videoclub "La Boîte Noire" que está sobre la avenida Mont Royal. Alguna vez, durante mi primer año en Montreal, unos amigos me llevaron ahí (cuando el videoclub se encontraba en la calle Saint-Denis) y lamenté no tener el dinero ni para suscribirme. Este lugar es un paraíso para cualquier cinéfilo: dos pisos repletos de discos digitales; estante tras estante de cine de autor, de culto, curiosidades, novedades e incluso cine comercial. Si no hay nada que ver en el cine (lo cual en Montreal no es común) me lanzo a "La Boîte Noire" y sé que ahí encontraré algo. Ayer fui a rentar tres películas (por once dólares) entre ellas Bandidos del tiempo (1981) de Terry Gilliam. Empecé a ver la película y la experiencia me hizo pensar en los misterios de la memoria, en sus intrincados caminos y en las traiciones que muy burlona nos hace. Debí haber visto este filme en el reproductor de videodiscos (antecedente prehistórico del Laserdisc y del DVD) que le prestaban a mi papá en la RCA allá en los ochenta y de cuya colección sale la imagen que acompaña este textito. Desde entonces no la había vuelto a ver. Y, sin embargo, habiéndola visto de niño, habiéndola visto entendiéndole a medias por no tener subtítulos en español (la tecnología de entonces muy apenas daba como para desplegar imágenes en la pantalla de la tele), me acordaba perfectamente de todo lo que iba a suceder, de cuál iba a ser la siguiente escena en la película. He ahí lo extraordinario. Soy capaz de recordar con lujo de detalles una cinta que vi quizás hace más de veinte años y, en cambio, episodios de mi propia vida de hace cinco, de la época en la que llegué aquí ya se ven borrosos. Ni qué decir de episodios de la niñez o de la adolescencia. ¿Por qué la memoria es así de traicionera? ¿Por qué la ficción -algo inventado- es para mí más trascendente que la propia realidad? Ante estas preguntas mejor pongo la siguiente película.

jueves, 26 de noviembre de 2009

Ofelia y el triunfo de la ficción


Esta reseña fue la primera que me publicaron en la revista Espacio 4. La escribí hace dos años y medio. Mi opinión sobre la película a tratar no ha cambiado. Para mí es la mejor hecha por un director mexicano, la obra maestra de Guilermo del Toro. De hecho, ésta es la cinta que más veces he visto en el cine: cinco. Rompí el récord anterior de cuatro veces con los dos volúmenes de Kill Bill de Quentin Tarantino. Va el texto:

Con motivo de su salida al mercado del DVD es posible reflexionar sobre la trascendencia —fuera de premiaciones y publicidad en los medios— de la producción hispano-mexicana El laberinto del fauno (2006) de Guillermo del Toro. La historia de una niña que ama los cuentos de hadas es también un ensayo sobre el imbatible poder de la ficción y su triunfo sobre la intolerancia con la recompensa de la inmortalidad. Heredera de personajes bibliófilos de gran tradición como don Quijote, Madame Bovary y, mucho más cercano a su edad e intereses, el Bastián Baltasar Bux de La historia interminable; esta Alicia en el país de la posguerra española deberá enfrentarse a una serie de monstruos —tanto humanos como fantásticos— para alcanzar un preciado don.
Ofelia (Ivana Baquero), la joven protagonista, llega a un entorno rural custodiado por un molino y lo hace de la mano de su madre embarazada, Carmen (Ariadna Gil). Ahí conocerá a su padrastro, el capitán Vidal (Sergi López), el ogro del estrato real de la historia. Su madre le aconseja —y a veces le ordena— que deje de leer cuentos maravillosos pues ya está muy grande para esas “zarandajas”. Pronto, en el laberinto cercano al nuevo hogar, Ofelia se encuentra con el fauno (Doug Jones), ser mitológico que le hace una revelación increíble: ella es en realidad la princesa Moana y debe pasar por tres pruebas para demostrar su valía y alcanzar así el don de la inmortalidad al lado de su verdadero padre, el monarca del reino subterráneo. A la par del ideal de la niña, corre paralelo el de los rebeldes ocultos a los que combate Vidal y de quienes son informantes la criada Mercedes (Maribel Verdú) y el doctor Ferreiro (Álex Angulo).
Para quien no ama las historias escritas sobre una hoja de papel o las contadas a través del haz de luz de un proyector difícil será explicarse la actitud obsesiva de la joven Ofelia y seguramente la verá con extrañeza como lo hacen Carmen o el capitán Vidal. Habrá espectadores que incluso cataloguen su conducta como escapismo —no muy diferentes de quienes queman en la hoguera de lo pragmático a don Quijote por quijotista. Sin embargo, conforme avanza el filme, el poder de la fantasía y de la imaginación irá robándole terreno a los excesos de una realidad histórica encapsulada en los años posteriores a la guerra civil española. En un lado del espejo, Ofelia camina hacia el árbol muerto dentro de cuyas entrañas se encuentra un sapo gigante. Ésta será su primera prueba. En el otro, Vidal y sus sargentos cabalgan para cazar a los rebeldes aún aferrados al sueño de la república. Son tramas que corren paralelas y que poco a poco se irán contaminando hasta chocar entre sí y terminar otorgándole preponderancia al plano fantástico.
La ficción es, entonces, más convincente que la realidad. Sin embargo, ni una ni la otra deja de ser despiadada con Ofelia. En el universo de Del Toro los cuentos de hadas son como fueron concebidos antes de la influencia dañina y pueril de cierto Walt Disney —¿quién recuerda ya que en la “Cenicienta” original de los hermanos Grimm, entre otros detalles un tanto siniestros, una de las hermanastras se rebanaba un pedazo del talón para poder calzarse la zapatilla? Para la niña, por lo tanto, el plano de la imaginación resulta más familiar y deseable que el de la realidad ya que en este último la trascendencia se obtiene solamente a través del recuerdo de otros o depositado en las frías manecillas de un reloj. Del Toro parece hacerle una pregunta directa al capitán Vidal: ¿hay acaso alguna forma digna de morir? Si la ambigüedad se halla encarnada en la figura del fauno, no hay ninguna con respecto a Vidal, incuestionable villano de este cuento.
La inmortalidad es el tema que flota e invade cada uno de los planos de la película. Desde el relato que Ofelia regala a su hermano nonato sobre una rosa que concede dicho don hasta el en apariencia desolador desenlace —el punto de colisión entre las dos tramas— donde la protagonista decide sacrificar su vida antes que la de su hermano recién nacido. Ante la muerte de Ofelia se despliega una disyuntiva. ¿Es éste un cierre desesperanzador donde una niña como cualquier otra es asesinada por un sádico militar franquista o de verdad la princesa supera la última prueba y se reúne con sus padres en el reino subterráneo? Para Guillermo del Toro tampoco hay ambigüedad en el final de su obra fílmica. A pesar de un desenlace que pudiera parecer devastador y triste más allá de lo imaginable, el sacrificio de la niña al entregar su sangre a cambio de la de su hermano es la única llave de entrada al mundo de la inmortalidad.
El laberinto del fauno es, sin lugar a dudas y de ahí su mérito, una cinta en donde todos los elementos están equilibrados: desde las actuaciones hasta la dirección artística pasando por la excelente banda sonora. Ni el trabajo histriónico ni el del realizador está por encima del conjunto y cada una de las piezas que conforman un filme embonan en su lugar de manera adecuada. Con influencias de Goya, Lewis Carroll, entre otros; Guillermo del Toro logra crear una obra fílmica propia y original que supera lo logrado en sus anteriores créditos. Luis Buñuel —referencia obligada del cine en español— logró realizar en México algunas de las películas más interesantes que se han hecho en territorio nacional. Por ejemplo, Los olvidados y El ángel exterminador. Ahora es del Toro quien realiza el viaje de regreso —de México a España— para filmar El laberinto del fauno. Y sin menospreciar los loables esfuerzos que sus dos amigos desplegaron este mismo año —González Iñárritu con Babel y Cuarón con Niños del hombre— en el caso de Del Toro es la primera vez, quizás, en que se puede decir que un director mexicano está a la altura del cine internacional.

El laberinto del fauno (2006). Dirigida por Guillermo del Toro. Protagonizada por Ivana Baquero, Sergi López, Ariadna Gil y Maribel Verdú.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Como la película de Hitchcock: I confess


Sí, lo confieso. Leí los libros. Vi las películas. Y me divertí como enano. Recalco lo de enano. Hace algunos años cayó en mis manos el "controvertido" libro El código Da Vinci y de controvertido no le encontré nada. Aclaro que lo leí traducido al español. Pero me divertí leyéndolo. Maté algunas horas de aburrimiento. Y en cuanto lo terminé supe que harían la película. Aquel rally pseudo-erudito donde los personajes corren de un país a otro en busca de pistas y tesoros con aquel héroe antipáticamente profesoral y aquel narrador que nos subestima como lectores estaba que ni mandado hacer para Hollywood. La película decepcionó. Pero también la vi y no me resultó aburrida.
Este año hice lo contrario: primero vi la película Ángeles y demonios basada en la novela homónima de Dan Brown. Y ya después, el día que viajé de Montreal a Torreón este verano para ser preciso, me eché la novela. (Cuando estoy en un avión no me interesa leer nada pesado, al contrario, entre más ligero y básico sea el texto, mejor.) Me hizo reír. No sólo por la trama. Sino también porque comprobé que el discurso de Brown era tan pobre en español como en inglés.
Pero ante todo esto me surge la pregunta de si este tipo de productos literarios o cinematográficos tienen cabida en nuestro mundo. Si no le roban espacio a otros, quizás de mayor valía. Si los que nos decimos escritores o narradores no despreciamos estos productos porque nuestros colegas esperan que así lo hagamos. O por pura pose. Quién sabe. Lo cierto es que cuando fui a ver al cine Ángeles y demonios, lo confieso, caí en la trampa. Me dejé engañar. Como si no me hubiera echado todas la novelas (o todas menos una) de Agatha Christie. Como si no hubiera ya leído El código Da Vinci. Porque el patrón con el que están cortadas estas dos aventuras del profesor Robert Langdon es el mismo: un tan sabio como ruco erudito que posee un increíble secreto es asesinado brutalmente al comienzo, el homicidio detona el involucramiento de Langdon con una joven mujer versada en alguna fascinante disciplina -simbología, física, etcétera-, ambos correrán como locos de sitio en sitio emblemático buscando pistas o tesoros, habrá dos fuerzas contendiendo por el tal tesoro -sectas secretas, la iglesia, etcétera- y al final un giro de tuerca que no habríamos podido prever porque, por supuesto, nada es lo que parece. Esto, claro, contado con el discurso más simple y pueril que pueda imaginarse sazonado con datos engaña-bobos.
Este diciembre, si decido comprar El símbolo perdido para mi viaje de Torreón a Montreal, comprobaré si Dan Brown volvió a aplicar su fórmula del éxito. Y por último confieso que hoy compré el DVD de Ángeles y demonios. Todo para que el señor Brown -productor ejecutivo de los filmes basados en sus libros- siga revolcándose en el dinero obtenido por su "controvertida" obra. O si no al menos para resolver el misterio de su éxito.

Increíble homenaje a Poe


En enero de este año fue el bi... (perdón) el segundo centenario del nacimiento de Poe, padre del cuento moderno. Quizás el homenaje más increíble que se le haya hecho al autor estadounidense se llevó a cabo en el Festival de la OTI en México en 1988. La canción: "Un grito". Interpretada por: Carmín. (¿?)
http://www.youtube.com/watch?v=3CGqxNpCvvA
Fragmentos de notarse en esta canción:
"Edgar Allan Poe, me llamo yo", "Miles de libros me ha enseñado que él escribió", "En un helado mausoleo me siento derretir".

lunes, 23 de noviembre de 2009

Alfombra en los elevadores

Éste es el primer síntoma (además del frío) de que la primera tormenta de nieve se aproxima: la alfombra en los pisos de los elevadores. Vivo en el piso veintiséis de un edificio en el centro de Montreal y hoy pusieron las alfombras en los elevadores. Por supuesto, para entrar y salir, agarro el elevador, nunca las escaleras. (Temo en lo más profundo el día que tenga que bajar hasta la calle por esas escaleras.) Después de dos años y meses de vivir aquí sé que ese signo augura la nieve. La primera tormenta de nieve siempre toma por sorpresa a los montrealenses. Hay caos vial, derrapamientos y choques el día en que vuelve, luego de muchos meses, la tan bella como peligrosa nieve. Y para los demás, para los peatones (entre los que me incluyo) significa caminar sobre una superficie multiforme, andar por las banquetas en fila india, apresurarse en busca del refugio caluroso del hogar con la esperanza de que debajo de la nieve no esté el más temido hielo. Nos hemos desacostumbrado a la nieve. La memoria nos falla. Y nos tratamos de convencer de que quizás no regrese, quizás no vuelva hasta diciembre. O hasta enero. (Hace algunos años se quejaban porque hasta después de navidad cayó la nieve.) Pero ya se acerca. Tarde este año, pero llegará la primera tormenta. Lo sé porque los elevadores de mi edificio ya tienen su alfombra.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Bastardo al ataque


Envié esta reseña a Espacio 4 (no sé si se haya publicado) y en una versión más corta a la revista Players of Life:

El festival de Cannes del presente año tuvo entre sus estrenos el más reciente crédito de uno de los cineastas estadounidenses que ya desde hace tiempo es visto con agrado en aquel continente. Éste es uno de los pocos seleccionados de dicho festival que se verá sin mucha dilación en nuestras tierras gracias a la maquinaria mercadotécnica detrás de él: Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009). Así, su inquieto creador está de regreso después del fracaso de taquilla que significó su dúo con Robert Rodríguez en el 2007, el experimento Grindhouse. Y lo hace en grande a pesar de provocar un sinfín de especulaciones con Bastardos sin gloria, filme en borrador desde hacía diez años por ser su película de guerra, su incursión en el espinoso y manidísimo tema de los nazis. Sin embargo, el largometraje de Quentin Tarantino no deja de ser lo que en el 2003 fue Kill Bill: una película cuyo argumento gira alrededor de la venganza. A diferencia de aquélla, Bastardos tal vez sea, por su reparto, la más europea de las cintas dentro de la filmografía de este realizador norteamericano.
El título es robado de una cinta italiana casi homónima: Quel maledetto treno blindato (1978). Casi homónima en su título en inglés por eso de que la de Tarantino incluye en la misma lengua dos misteriosas faltas de ortografía que el propio director se ha negado a explicar en sus entrevistas. Sin embargo, la trama —una vez alejada de aquella antecesora— está compuesta por cinco capítulos (también muy a la usanza de Kill Bill). Bastardos sin gloria comienza casi confrontando al victimario con la víctima. Otro “casi” que como un vuelco de la fortuna nos llevará al piromaniaco clímax de consumar la revancha. El planteamiento es éste: durante la ocupación nazi en Francia, el coronel Hans Landa (Christoph Waltz) se aparece en la granja lechera del señor LaPadite (Denis Ménochet), un hombre que oculta a una familia judía. Tras ser descubiertos los clandestinos, la única sobreviviente es la hija, Shoshanna (Mélanie Laurent) quien después se establece en París, hereda una sala de cine y jura venganza. A la par, el teniente Aldo Raine (Brad Pitt) reúne a un grupo de asesinos —después identificados por los nazis como los Bastardos— para cobrarse la muerte de otros judíos y recolectar cientos de cueros cabelludos. Las dos historias convergerán involucrando a diversos actores: Fredick Zoller (Daniel Brühl), un joven soldado nazi convertido en héroe y consecuentemente en estrella de cine; el teniente Hicox (Michael Fassbender), un espía británico infiltrado de dudoso acento alemán con la misión de unirse al comando de Raine; Bridget von Hammersmark (Diane Kruger), una famosa y bella actriz que a su vez es doble agente y, sí, hasta los mismísimos Hitler (Martin Wuttke) y Churchill, este último interpretado por Rod Taylor, el ya veterano actor de Los pájaros y La máquina del tiempo. Los ingredientes típicos del estilo “tarantinesco” están presentes sin ninguna timidez: el llamado mexican stand-off de las cintas de vaqueros, la herida sangrante pero no curada e incluso los amantes en bandos opuestos disparándose como si las balas fueran manifestaciones del deseo. La figura que destaca muy por encima de las demás es el maquiavélico coronel Landa. No fiel a su costumbre de revivir carreras sino en este caso de catapultarlas, Tarantino nos presenta a Christoph Waltz quien ha estado trabajando como actor en Europa los últimos treinta años y hasta ahora su rostro se vuelve conocido para el gran público. Y no muy por debajo de él se encuentra Mélanie Laurent encarnando a Shoshanna y de quien tal vez se recordará la escena en donde se pinta el rostro cual apache antes de la batalla mientras en el sorprendente fondo musical se escucha la voz de Bowie. Apenas una muestra de una banda sonora tan genial como en los otros créditos del cineasta. Y, aunque los Bastardos le den título a la obra, éstos quedan relegados a un segundo rol, hecho que quizás denuncie unos de los pequeños defectos de la cinta: su dispersión.
Como cualquier filme de Tarantino, éste se transforma en una carta de amor al séptimo arte. Las referencias escapan incluso a quien se considere experto. Algunas son serias. Otras tan disparatadas como rendirle homenaje al cineasta Hugo Stiglitz incluyendo a un personaje con ese nombre entre los Bastardos. Algunas más, como la matanza final en la sala de cine, tan ambiguas como divertidamente violentas. Por eso, sin conocer las reglas del juego paródico o sólo despreciando los referentes expuestos por el director, se está en peligro de no apreciar con plenitud su obra. Y sin embargo Bastardos sin gloria no deja de ser sumamente entretenida y en el humor, en el pastiche, en la genial utilización de la música, en los elementos hiperbólicos se alcanza un alto nivel artístico. Los puntos bajos son contados: uno que otro fragmento de música ya escuchado en Kill Bill, la variedad de hilos narrativos y quizás que aspectos recurrentes en la filmografía del estadounidense se están volviendo ya repetitivos. A pesar de eso, sólo un director con esta “bastardía” (en el sentido de “desvergüenza”) se habría atrevido a tomar tantas licencias históricas, a convertir el tema de los nazis en un western, en algo sacado de una tira cómica. No tan destacable como Pulp Fiction (1994) o la propia Kill Bill, pero sin duda su obra más europea por haber tenido bajo su arbitrio a actores como Waltz —ganador del premio a mejor interpretación masculina en Cannes—, Laurent, Fassbender y Brühl haciéndolos hablar en diferentes idiomas, convirtiendo así la experiencia cinematográfica en multilingüe y, en el puro estilo del realizador, jugando a la par con los errores voluntarios de los subtítulos. A final de cuentas, infaltable para el menú de este otoño.

Bastardos sin gloria (Inglourious Basterds, 2009). Dirigida por Quentin Tarantino. Producida por Lawrence Bender. Protagonizada por Christoph Waltz, Mélanie Laurent y Brad Pitt.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=5sQhTVz5IjQ

Educar en tiempos de globalización


La siguiente reseña se publicó en la revista Espacio 4:

El festival de Cannes se erige cada mayo como referente de la cinematografía mundial a pesar de las políticas, los amarres y las controversias que pueda causar. De las últimas cinco películas premiadas con la Palma de Oro, su premio más codiciado, diré que todas me han parecido al menos interesantes. Unas más que otras de acuerdo con un criterio, el mío, subyugado por un montón de circunstancias: el humor, la disposición, las expectativas e incluso la sala de cine donde haya sido vista. De Fahrenheit 9/11 (2004) salí con un sentimiento de náusea tan grande que nunca más he podido verla; náusea no por su calidad, por supuesto, sino por lo denunciado ahí. El niño (2005), recuerdo, no imprimió una gran huella en mi mente pero tampoco me desagradó. Vientos de libertad (2006) me aburrió muchísimo quizás por retratar una realidad social demasiado alejada en tiempo y espacio o tal vez por la falta de subtítulos teniendo como banda sonora un acento irlandés demasiado marcado. Cuatro meses, tres semanas, dos días (2007) como experiencia fue excelente y así lo dejé asentado en una reseña anterior.
Toca el turno ahora a La clase (Entre les murs, 2008), Palma de Oro del año pasado. Entre otros galardones, también fue nominada al Óscar como mejor película extranjera en este constante, desesperado y fallido intento de la Academia hollywoodense para legitimizarse y adquirir cierto prestigio. Un dato curioso antes de zambullirme en el tema es que hacía un poco más de dos décadas que una película manufacturada en el país galo no recibía el máximo galardón del festival. Por otro lado, está lo tardío de su estreno en nuestro país. Como cualquier producto del cine de arte, ha tenido serios problemas de distribución. Su corrida por el circuito comercial ha sido postergada sempiternamente en México a través de constantes cambios en la fecha de su estreno para beneficiar, sin duda, a las cintas taquilleras del verano. Eso me hace suponer que la máxima ganadora en el mismo festival en mayo pasado, El listón blanco (2009) de Michael Haneke, se distribuirá dentro de uno o dos años. Eso si bien le va.
La clase, dirigida por Laurent Cantet (Vers le sud, 2005), surge del libro de François Bégaudeau donde documentaba un año de sus vivencias como profesor de francés en una escuela secundaria de París. Bégaudeau —de quien se pueden encontrar viejas colaboraciones como reseñista de libros en la televisión francesa dentro del sitio Youtube— colaboró con un grupo de guionistas luego de que su libro fuera leído por Cantet quien ya desde antes acariciaba la idea de filmar dentro de los muros de una escuela. El largometraje, a pesar de su apariencia de documental, se filmó en su totalidad en una secundaria del vigésimo distrito de París. La trama cubre un año escolar en el aula del profesor François Marin (Bégaudeau). Los espectadores serán testigos de los problemas con los estudiantes, adolescentes de quince años. Estos alumnos de muy diversos orígenes representan el fenómeno de la inmigración en los países desarrollados. Desde la utilización del nombre Bill para explicar un asunto gramatical siendo después confrontado por Esmeralda (Esmeralda Ouertani) y Khoumba (Rachel Régulier) —quienes no muy amablemente solicitan la utilización de nombres más adecuados a sus países de origen— hasta la violenta rebeldía de Souleyman (Franck Keïta) que tal vez desemboque en su expulsión del plantel y, más tarde, en su deportación. Cuestionamientos a la autoridad, inclusión y exclusión por venir de otro país, confusiones lingüísticas que provocan graves conflictos de comunicación, el terrible peso de la disciplina dentro de un ambiente que presume ser democrático, la poca o mucha compasión dentro de un sistema que mantiene reglas absurdas así como la sorpresa de quien aprende sin necesidad del profesor, por mera curiosidad, y la decepción de quien no ha aprendido nada y acaricia la idea de no continuar con el paso hacia liceo son sólo algunos de los temas que de forma tan sutil como inteligente plantea la cinta de Cantet.
Los puntos a favor de La clase se hallan sobre todo en la autenticidad de sus actores no profesionales. Jóvenes sí; pero bien ensayados. A diferencia de ciertas producciones nacionales de directores mexicanos algo presuntuosos que emplean actores no profesionales cuyo termómetro de expresividad marca bajo cero. Al contrario, los adolescentes de esta secundaria ensayaron durante meses, desde noviembre hasta junio de 2006, y únicamente los mejores fueron seleccionados para aparecer en pantalla. El resultado es fresco, cotidiano, nada artificioso y auténtico. Nada de rostros impasibles sin expresión. Nada de melodramas ni sentimentalismos tampoco. Bégaudeau, el otro lado de la ecuación ante esta jubilosa colectividad, no actúa. No necesita hacerlo. Simplemente se interpreta a sí mismo. Sólo enseña.
En su contra —y esto quizás sólo se aplique a quien escribe esta reseña— viene con el hecho de que la impresión dejada por la película es leve. La experiencia, en suma, no es la de una ganadora de la Palma de Oro. Sin embargo, eso no reside en la película sino en mí que desde los tres años hasta la fecha nunca he interrumpido mi contacto con diversos ambientes académicos ya sea como estudiante o como profesor. La atmósfera educativa me resulta entonces tan familiar que incluso se vuelve, desde mi percepción, banal. Y si la enseñanza fuera de verdad mi vocación y no la escritura, de seguro estaría saltando de gusto por un filme como La clase. Pero, sin duda también, de haberse estrenado antes del otoño habría sido para muchos cinéfilos —y aquí sí me incluyo— un oasis en el árido desierto del verano recetado por Hollywood.

La clase (Entre les murs, 2008). Dirigida por Laurent Cantet. Producida por Caroline Benjo y Carole Scotta. Protagonizada por François Bégaudeau, Esmeralda Ouertani, Rachel Régulier y Franck Keïta.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=t8HWJqgMAhU

Ríe la edad de un zambo gurú

En honor a una de las mejores películas de suspenso El bebé de Rosemary de Roman Polanski -y en especial a la frase: "el nombre es un anagrama"- bauticé este blog y esta entrada. Como siempre soy el último de la fila. Desde hace ya varios años algunos amigos, colegas o conocidos también escritores de La Laguna han estado escribiendo bitácoras de este tipo y yo, ya sea por falta de tiempo o por falso pudor, me rehúsaba a hacerlo. Por un tiempo tuve un sitio de Geocities donde conservaba algunos textos: cuentos, reseñas de cine, ensayos, etcétera. Desde el mes pasado, todos los sitios de Geocities desaparecieron. No es que me importara. Desde hacía cuatro años que no actualizaba esa página de Internet. Ahora inauguro este blog con la urgencia de soltar la mano y quizás aferrándome a la esperanza de que de esta manera pueda recuperar el ritmo de escritura que alguna vez tuve hace ya varios años, cuando rondaba los veintitantos, antes de llegar a la ciudad donde ahora vivo: Montreal. Ni qué decir del espacio que la red ofrece. Aquí los lectores hallarán reseñas de cine, textos cortos, reflexiones y alguna que otra anécdota de estos últimos cinco años de experiencias en una de las ciudades más cosmopolitas, inasibles y diversas culturalmente de Norteamérica. Sin más por ahora, queda inaugurado este espacio.