jueves, 30 de septiembre de 2010

Sobre Chabrol y el tour de cine francés


No sé si el inconsciente me traicionó al reciclar mis reseñas sobre Kill Bill después de la pedera polémica sobre la participación de Tarantino en la más reciente Muestra de Venecia. Supongo que parte de mí quiso de alguna manera defenderlo a ciegas no por sus decisiones sino por su obra. En Venecia, como se sabe, se le acusó de nepotismo porque varios premios de la Muestra se los llevaron tanto sus amigos como su ex, doña Sofía Coppola. Yo hasta no ver qué tan buena o qué tan mala es Somewhere (2010), la cinta de la Coppola, no opinar. Y es que cómo cambia la perspectiva cuando el creador ya pasa a mejor vida. Se le rinden homenajes y se le borra cualquier mácula que pudiera haber tenido. Hasta sus enemigos jurados van a rendirse ante el féretro de quien hasta no hace mucho denostaban. Cómo cambia la perspectiva cuando el nepotista se nos muere, ¿no? Claude Chabrol murió el 12 del mes pasado y tenía por costumbre, hablando de nepotismo, incluir a toda su familia a la hora de hacer una película. Claro, no es lo mismo que ser presidente del jurado y terminar dándole los premios a todos los cuates. Confieso poca familiaridad con la extensa obra de Chabrol. Si acaso, antes de este año, había visto tres películas suyas y, casualmente, la primavera antes de que muriera, le empecé a seguir la pista de forma un poco más sistemática. La primera la vi hace mucho, cuando era todavía adolescente. Fue L'enfer (1994) con Emmanuelle Béart. No me entusiasmó mucho quizás porque a esa edad entendía muy poco del ritmo en el cine francés. O simple y sencillamente estaba de güeva. No sé. La segunda, ya veinteañero y cuando daba un curso de novela decimonónica, fue Madame Bovary (1991) la cual me sigue pareciendo una adaptación bastante loable. Claro, dentro de lo que el lenguaje cinematográfico nos permite frente al universo descriptivo de Flaubert. Ésta la tengo en DVD. La tercera ya fue aquí en Montreal, otra que también tenía por protagonista a Isabelle Huppert: L'ivresse du pouvoir (2006). Ésta me pareció lo suficientemente buena como para matar el tiempo y nada más. Ya la primavera pasada, viendo un estante en la Boîte Noire con el nombre de Chabrol dentro de la sección dedicada a Francia, empecé a rentar algunas de sus películas. Tanto con La fleur du mal (2003) como con La fille coupée en deux (2007) estuve en algún momento a punto de sucumbir al sueño. Digamos que de nueva cuenta el ritmo de Chabrol me pareció incomprensible. O simple y sencillamente ambas estaban de güeva. No sé. Sin embargo, como tengo una cierta debilidad por las actuaciones de doña Isabelle Huppert, Merci pour le chocolat (2000) me pareció excelente, un filme que no dudaría en comprar en DVD, como el de Madame Bovary, para abultar mi colección. El personaje de la perfecta burguesa Mika Müller en Merci pour le chocolat es otra de las deliciosas creaciones de la Huppert que uno no debería de perderse. Curioso, recordando a Chabrol, que en un plano de El encanto del erizo (L'hérisson, 2009), entre los muchos libros que la portera de un edificio para ricachones de París, mujer de apariencia tosca, se encuentre uno apenas perceptible al ojo humano que se titula simplemente Chabrol. Quiero pensar que es un homenaje inconsciente de la joven directora Mona Achache. En El encanto del erizo Paloma (Garance Le Guillermic), una niña de once años habitante del citado edificio, se nos presenta a la cámara diciendo que apenas llegue su próximo cumpleaños se suicidará. Vive aislada de su familia a los que ve como una bola de imbéciles y, claro, está obsesionada con la muerte. Lo que esta niña no sabe es que poco a poco irá descubriendo en la malencarada portera de su edificio, Renée (Josiane Balasko), a una interlocutora. Ésta a su vez hallará otra inesperada oportunidad para amar cuando se mude al edificio Kakuro Ozu (Togo Igawa), un japonés algo mayor, aunque culto y sensible. Muy recomendable sin duda. El encanto del erizo, dicho sea de paso, está programada como la película que inaugura el 14 tour de cine francés dentro de La Laguna. Esto será el próximo viernes 8 de octubre. La que sí hay que evitar dentro del tour es esa cosa llamada Coco e Igor (2009) donde la actriz Anna Mouglalis, a diferencia de la frescura mostrada en precisamente Merci pour le chocolat, está más falsa y posada que cualquier modelo de pasarela. Aquí dejo el enlace a mi opinión de mayo pasado sobre la deleznable Coco e Igor. Buen provecho a los cinéfilos de La Laguna.

El avance de El encanto del erizo: http://www.youtube.com/watch?v=4fFUb4MJgnU

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Algo de tele

Y hoy tres reflexiones sobre algunas curiosidades vistas en la tele:


Montreal en el Once
No hace mucho hice referencia al programa "Mexicanos en el extranjero" de OnceTV. Me quejaba en una entrada de "¿Quién plagió a quién?" del poco tiempo que le habían dedicado a la ciudad en la que vivo. Pues tendré que recular en lo dicho. Ahora, con el último programa trasmitido el jueves pasado y subido al Internet hace cosa de un día, resulta que la ciudad más retratada en este programa hasta ahora ha sido Montreal. ¿De cuándo acá tanto mexicano en Montreal? Con razón empezaron a pedir la visa incluso para visitar este país. La galería de personajes documentados en estos tres programas de "Mexicanos en el extranjero" incluye a una profesora de música egresada de la U de Montreal a quien le chifla jugar volibol nocturno, un actor con perro lanudo y discurso que es remedio para el insomnio, una cantante y cirquera muy locochona y medio jipiosa que ya pronuncia "dolarggg" en vez de "dólar" y un padre de familia medio yupi que se lamenta de no poder alburear a nadie y que además tuvo un momento de revelación afuera de la tienda de muebles IKEA (no la menciona; pero por los datos que da sé que se trata de esa tienda). De esta forma, si se ponen juntos los tres programas, la presencia de Montreal en la emisión es de prácticamente cuarenta minutos, más que cualquier otra de las ciudades visitadas por la producción en su búsqueda de compatriotas (entre las metrópolis están también Toronto, Nueva York, Chicago, Barcelona, Madrid, París, Berlín, Lisboa y Roma). No sé si continúe la primera temporada de "Mexicanos en el extranjero". Tenía entendido que eran trece programas y con el del jueves se cumple esta cifra. Pero que Montreal sea la primera ciudad en batir el récord no está mal. Para OnceTV, claro. Para mí en términos prácticos no sé si es buena o mala noticia. A continuación el enlace al más reciente programa:
http://www.youtube.com/watch?v=KxOI7bCncHM


Adiós, Michael Scott, adiós
Empecé a ver "La oficina" (versión gringa) hace algunos años y casi de inmediato me convertí en adicto. Compré las primeras cuatro temporadas. Después vi la quinta entera y más tarde la recibí como regalo (no recuerdo si de cumpleaños o de Navidad). Como a todas las emisiones de televisión a ésta ya se le empiezan a notar los síntomas del deceso. Ya desde la temporada cinco se empezó a notar el declive del programa. La seis, la del año pasado, de plano demostró que la inclusión de nuevos personajes no siempre es atinada. ¿A quién se le ocurrió meter ahí a Kathy Bates? Y ya al inicio de la séptima se anuncia la partida del cómico Steve Carell quien, es imposible negarlo, sostiene gran parte del peso del programa sobre sus hombros interpretando el papel de Michael Scott, el jefe idiota y egocéntrico. Lo más lógico es que, con la partida de Carell, el programa sea cancelado. Todo parece indicar, sin embargo, que los productores no quieren soltar una franquicia que de seguro les deja buenas ganancias. Ya se especula quién lo sustituirá. Nadie quiere cerrar su minita de oro. Si no, que le pregunten a los creadores de "Los Simpson". Y aunque esta séptima temporada haya iniciado bastante bien con el episodio titulado "Nepotismo", en cuanto desaparezca Carell, dejo ora sí de ver "La oficina". Sin Michael Scott eso ya no tiene ningún chiste.


Un precioso asesinato
El domingo pasado, con la emisión de inicio de la novena temporada, los de "Padre de familia" me dieron uno de los regalos televisivos que más he disfrutado últimamente. El episodio en cuestión duró una hora y estuvo dedicado a la memoria de Perry, la madre de Seth MacFarlane, el creador de la serie. Me costó mucho trabajo agarrarle el gusto a "Family Guy". Sobre todo, después de que desapareciera del aire algunas temporadas. Finalmente puedo decir que en este momento me gusta más que "Los Simpson". Tal vez tenga que ver con un asunto generacional. O quizás con mis obsesiones particulares: Stewie Griffin me recuerda mucho a un personaje que me creé a través de dibujos esperpénticos en la secundaria con el sobrenombre de "El bebé asesino". En varias ocasiones, como los especiales de Halloween de sus competidores más notables, los de "Padre de familia" se han dado a la tarea de realizar episodios especiales que se hallan en un universo alterno al de la serie. Algo así hicieron con una parodia hilarante de La guerra de las galaxias (esto, claro, con la venia de George Lucas). Ahora le tocó el turno al típico misterioso-asesinato-de-mansión-anglosajona. El humor estuvo mucho más contenido pues todos los recursos y personajes de la serie se vieron supeditados al ejercicio paródico: el pueblo entero de Quahog es invitado a una mansión para una cena en su honor organizada por el actor hollywoodense James Woods (villano de la serie en varios episodios) y cuando el anfitrión termina con un cuchillo en la espalda no hay más remedio que resolver el misterio para salvar la vida. Todos los lugares comunes del género están ahí: los créditos estilizados, los pasadizos secretos, las pistas falsas, la hilera de sospechosos y el giro de tuerca al final. Para mí, que conozco a la perfección las claves del género por mi familiaridad con la obra de Agatha Christie, resultó un manjar muy deleitable. Sólo por eso gracias a los de "Padre de familia". Y como le diría su nana a la señorita Marbles en Crimen por muerte (1976): "¿vamos a tener un precioso asesinato?". Pues sí, nada mejor.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Kill Bill: vuelve la tarantinomanía (Volumen 2)


Y por supuesto, cuando vi el segundo volumen de Kill Bill, no pude evitar escribir otro artículo al respecto (incluso mucho más largo). El texto está fechado en agosto de 2004 y si la memoria no me falla también fue publicado en la revista Acequias. Contiene mi enésimo quejumbre contra las salas exhibidoras laguneras (¿habrá sido por eso que salí huyendo del terruño?), un análisis muy del tipo de la maestría buscando circulitos bien cerrados por todas partes y la promesa todavía no cumplida de Tarantino de darnos una edición en DVD con el filme completo. Y ya por último, a pesar de su sonada muerte, que David Carradine descanse en paz. Va aquí el texto:

Siempre me he cuestionado si de veras hay películas que marquen la existencia de su espectador. Y también me he preguntado por qué razón se da este fenómeno. Sí, es un lugar común muy manido por seudo-críticos-cinematográficos-provincianos, lo sé. Pero, en mi particular caso, también es una verdad. Hace poco lo comprobé de nueva cuenta. Sí hay películas que obsesionan y aunque sean vistas decenas de veces no cansan al espectador pues siempre están dispuestas a ser reinterpretadas en una vis(i)ta más. Han sido pocas las veces en que una película ha trastornado por completo mi concepto del cine. Sucedió hace mucho con Naranja mecánica de Stanley Kubrick y más tarde con El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante de Peter Greenaway. No se diga con El ciudadano Kane de Orson Welles. Sin embargo, hay casos en los que dicho impacto resulta increíble. No hay ningún argumento racional para explicarlo. Así me sucedió —como ya lo había escrito en una reseña anterior— con la cuarta cinta de Quentin Tarantino: Kill Bill. El por qué de su huella en mí todavía no lo sé. ¿Qué elementos (psicológicos, sociológicos, biológicos, químicos, etcétera) se unen para que tenga una reacción así ante una novela, una pintura o un filme? Quién sabe. Tal vez sea esa incertidumbre lo que hace al arte misterioso y hasta divino.
Sin embargo, mi experiencia de Kill Bill Volumen 2, después de ser tan sobrecogedora la de Kill Bill Volumen 1 —como podrá apreciarse con la lectura del artículo anterior— se vio entorpecida a causa de los mercachifles de la cinematografía en La Laguna (no digo nombres ni marcas pero todos aquí sabemos quiénes son). Sí, ésta fue la película más esperada para mí en el 2004. Ni siquiera necesito que termine el año para afirmarlo. Y, para hacer mi espera más larga y mi tortura más lenta, los distribuidores locales decidieron aplazar por quién sabe qué motivos el estreno del segundo volumen del cuarto filme de Quentin Tarantino (de seguro, como siempre, esos motivos serán monetarios con nombres sí tan entretenidos aunque también tan execrables e intrascendentes como Troya o El día después de mañana). Dicho estreno, entonces, se vio atrasado aquí en Torreón dos semanas con respecto a las principales ciudades de la república. Es decir, Torreón es una ciudad de primer mundo para churrazos como Troya o El día después de mañana (las dos aparecieron por nuestras tierras en estreno simultáneo con Gringolandia y el mundo entero); pero sigue siendo el mismo rancho bicicletero de siempre para el cine de autor. De eso, no me queda la menor duda. Así que ese veintiuno de mayo del estreno nacional de la cinta, el adjetivo “nacional” sonó un poco amargo aquí en La Laguna. Al menos para mí. Fue en esos momentos cuando, a pesar de la posible condenación de los hipócritas mercachifles, pude exclamar bendita piratería. Y para que esos mismos hipócritas no vayan a denunciarme con alguna autoridad como usuario de la piratería, les diré: quédense tranquilos, cuando el largometraje se estrenó (y a pesar de haberlo visto ya más de cinco veces en VCD pirata) fui a verlo otras tres y a pagarles los morlacos que ustedes tanto desean. Y eso con ciertas dificultades. (¿Debería extenderme un poco más en este apartado quejumbroso para explicar que una de esas tres veces me topé con el argumento de que el proyector en la sala donde exhibían Kill Bill Volumen 2 se había descompuesto y gracias a cierto maguito mucho más comercial habían decidido no exhibirla en ese horario? No, mejor no. ¿De qué serviría?).
Para entrar en materia y dejar las dificultades atrás, debo decir lo siguiente: muchos prejuicios rodean al segundo volumen de Kill Bill. Habrá que hacerlos a un lado antes de abordarlo. Prejuicio uno: este volumen es una secuela. En realidad, ésta es la misma película. No la terminamos de ver el año pasado. Kill Bill Volumen 1 es sólo la primera mitad de un largometraje de aproximadamente cuatro horas. La cinta entera fue filmada sin interrupciones significativas. Por lo tanto, nadie puede aferrarse al tan manoseado argumento de “segundas partes nunca fueron buenas” para descalificarla ni tampoco podemos lanzar improperios contra Tarantino alegando que el señor quiso aprovecharse del relativo éxito de la primera para sacar más dinero en la segunda. Prejuicio dos: vamos a ver exactamente lo mismo del volumen precedente (sangre, decapitaciones, balazos, anime, saltos acrobáticos, etcétera). Es decir, veremos mucha más violencia con estilo. Lástima. ¿Cómo va a ser eso posible si, dentro de la trama, los enemigos de La Novia ya están sobreaviso? ¿Acaso los mejores asesinos del mundo la recibirán con una sonrisa? ¿Le habría convenido a Tarantino darnos más de lo mismo en la segunda mitad de su obra? Conociendo un poco la aún corta filmografía de este director, creo que no. ¿Le convenía romper el patrón en el que La Novia se enfrentaba a sus enemigos de una manera diferente? Por segunda vez, no. En este caso, en la variedad está el gusto. Y si a los adolescentes no les gusta, ni modo. Muchos de ellos de seguro la tildarán de aburrida comparada con el primer volumen. Y, en cambio, los que ansiaban esos diálogos “tarantinescos” pocas veces detectados en la entrega previa saldrán satisfechos porque aquí es donde se nos explica el origen de la kilométrica venganza. La relación entre La Novia —cuyo nombre oficial nos enteramos por fin en el capítulo nueve es Beatrix Kiddo (sí, todas esas veces que pensábamos que Bill le decía “niña” o “nena”, “kiddo”, en realidad se estaba refiriendo a su apellido, Kiddo)— y su ex jefe alcanza el punto culminante.
Aquí, en el volumen dos, La Novia (Uma Thurman) va tras las personas con las cuales estuvo involucrada de forma emocional: Bill (David Carradine), su ex amante, Budd (Michael Madsen), el hermano de éste, y Elle (Daryl Hannah), la sustituta en el corazón roto de Bill. El segundo volumen sigue una estructura idéntica al primero: preludio, cinco capítulos y epílogo. Sólo por eso, podríamos especular que, al tener frente a sí la propuesta de Miramax de dividir la obra en dos volúmenes o verla mutilada en uno solo, tal vez Tarantino decidió darles una estructura cerrada a cada una de las dos entidades. Los más observadores —o los más obsesivos— podrán percibir además una estructura de espejos que le da circularidad a toda la cinta (ya no dividida en volúmenes sino en un solo sentón de cuatro horas), una estructura que une los diez capítulos en varios círculos concéntricos los cuales dibujarán el ascenso desde el infierno de esta Novia vengativa cuyo verdadero nombre es Beatrix Kiddo. De antemano una advertencia al lector: si no ha visto Kill Bill, más vale no seguir leyendo pues muchas de las sorpresas del filme son reveladas en los siguientes párrafos para hacer más claro mi análisis.

Primer círculo: 5 y 6
En esta estructura, el círculo central estaría compuesto por el capítulo seis, “Masacre en Two Pines”, y el cinco, “Duelo en la Casa de las Hojas Azules”. Me detendré por ahora en el seis: Quentin Tarantino engañó a sus espectadores durante todo el volumen uno. En el episodio “Masacre en Two Pines” (o “Masacre en Dos Pinos”, benditos traductores) se enterarán de que la tan famosa Novia ni siquiera era una novia de verdad. El día de la masacre en la capilla Two Pines de El Paso ni siquiera era el día de su boda. Era el día del ensayo de la boda, un ensayo con vestuario incluido. Las cosas no son tan melodramáticas como las cuenta la leyenda. Es en este segmento, a la mitad del camino, donde todo lo presenciado durante los anteriores empieza a aclararse. Además de la fugaz aparición (o cameo) de Samuel L. Jackson como el organista, Tarantino le da a sus espectadores una de las escenas más enternecedoramente estrujantes de su carrera. Cuando La Novia (Uma Thurman) escucha la flauta de Bill (David Carradine) se estremece, se acerca con lentitud hacia él y, en lugar de reclamos, escuchamos susurros. El terrible villano que es capaz de dispararle a la cabeza a una mujer embarazada y que durante el primer volumen entero estuvo oculto bajo su voz, muestra su rostro. La aparición tan anunciada de un personaje medular para el argumento recuerda a aquella brillante entrada de Orson Welles en El tercer hombre. Bill, como el flautista de Hamelin con las ratas, es el encantador de serpientes (de hecho, en los créditos finales nos enteramos de que ése, “Encantador de Serpientes”, era su sobrenombre en el grupo de asesinos DiVAS). Igual efecto mágico surten las voces de los protagonistas y, con el diálogo, se obtienen pequeños pero deslumbrantes flashazos de lo que fue su relación. Una relación de amantes, sí; pero también una relación de padre-hija, de maestro-pupila y quizás hasta de padrote-prostituta. Esto último quedará mucho más claro con el personaje de Esteban Vihaio en el capítulo diez. Bill es la esencia de lo cool y en ningún momento se altera. Tampoco grita. Al contrario, su voz es suave y delicada, casi un murmullo. Pero ya todos en la sala de cine sabrán cómo va a terminar su cordial visita al ensayo. Para rematar, la cara de este hombre es la misma del Pequeño Saltamontes de la serie Kung-Fu.
Este capítulo correspondería en su reflejo especular con el último del volumen uno, el quinto del filme completo: “Duelo en la Casa de las Hojas Azules”. Los dos episodios se identifican entre sí por sus contrastes. El cinco, ubicado en Tokio, es un homenaje a los filmes de samuráis. Éste, ubicado en El Paso, al género del western. En los dos se llevan a cabo masacres: la de la boda será el detonante de la del restaurante japonés. La primera en la cronología, pero segunda en el tiempo destrozado de la cinta, se nos escamotea, no es explícita, el realizador sólo nos detalla el antecedente y al final sólo escucharemos los balazos desde afuera. La primera en el tiempo del filme, pero segunda en la cronología, es explícita, en colores vibrantes (por lo menos, así era en un principio hasta que vino la censura gringa y Tarantino le bajó el tono cambiando algunas partes —las más violentas— a blanco y negro) y es tan larga que ese capítulo, el cinco, es uno de los más extensos. Además, a lo largo del volumen uno lo más intrigante para el espectador eran esas retrospectivas de la golpiza contra La Novia que deberían haberse visto en “Masacre en Two Pines”. Cualquiera esperaría la escena completa en esta ocasión. Pero Tarantino sigue alterando los prejuicios asentados en el volumen uno y continúa con sus prestidigitaciones porque, cuando terminan los balazos, viene el silencio y el fade out hacia el siguiente capítulo: “La tumba solitaria de Paula Schultz”.

Segundo círculo: 4 y 7
El segundo círculo sería el formado por los capítulos siete y cuatro, “La tumba solitaria de Paula Schultz” y “El hombre de Okinawa”. El siete es un episodio abierto en el instante en que los dos hermanos, Bill y Budd, se reencuentran después de algún tiempo. Tarantino nos presenta aquí a uno de los personajes más complejos de la historia. Los espectadores no saben exactamente cuál fue el motivo de la separación entre los hermanos pero intuyen que quizás en él esté involucrada la masacre no vista en el capítulo seis. Bill viene a advertirle a su hermano menor: la ira de La Novia caerá muy pronto sobre él. Y en la respuesta de Budd (Michael Madsen) fulgura la complejidad del personaje. Sí, esa mujer merece su venganza, dice, pero ella también, como los integrantes ahora separados de DiVAS, merece morir. Y es que Budd, de ser uno más en el escuadrón de asesinos de su hermano, ahora, por esa misma masacre en la capilla Two Pines, es un perdedor: guardia en un club de teiboleras en California y alcohólico empedernido. Sus sentimientos son ambivalentes respecto a La Novia. Claro, la odia y, gracias a la advertencia de Bill, logra capturarla, le ofrece a Elle Driver la espada Hanzo a cambio de un millón de dólares y entierra viva a su ex cuñada por “haberle roto el corazón” a su hermano. Sin embargo, le da la oportunidad de escaparse con la linterna. ¿Por qué? Tal vez Budd está arrepentido de la masacre y, aunque le guarde rencor a su hermano por hacerlo cómplice de esa injusticia, también desea ver muerta a La Novia. De ser un asesino a sueldo del millonario grupo de Bill se convierte en un borrachín de mirada perdida y sonrisa socarrona que aguanta como una penitencia la humillación de un jefe al cual con mucha facilidad podría cortarle la lengua. ¿Por qué? Tarantino nunca se detiene en el pasado del personaje y esa explicación la deja en manos del público. Al fin y al cabo, Budd podría ser el arquetipo del hombre enigmático sacado de una vieja película de vaqueros.
Los capítulos cuatro y siete se unen gracias al objeto que sintetiza la venganza de La Novia: la espada de Hatori Hanzo (Sonny Chiba). En “El hombre de Okinawa” Beatrix debe convencer a Hatori Hanzo —quien ha jurado nunca más hacer un objeto de destrucción— para que le forje una espada con la cual pueda enfrentarse a Bill. Sólo recordarle el nombre del alumno que traicionó sus enseñanzas —tampoco se sabe con certeza pero lo podemos deducir— basta para persuadir al maestro retirado. Hanzo le confecciona la mejor espada del mundo y la masacre del capítulo cinco es un despliegue de la habilidad de la Novia y del poder de su arma. Sin embargo, es en el siete, “La solitaria tumba de Paula Schultz”, donde el objeto se pierde. La espada, entonces, cobra un papel de suma importancia para los planes de Budd pues será el señuelo para que Elle Driver, la cuarta en la lista de La Novia, cumpla con su destino y pelee contra su rival. Y aún después del siete el arma seguirá siendo importante como un fetiche del tema de la película. La obtención de la espada y su pérdida serían frases que con facilidad resumirían estos dos episodios.

Tercer círculo: 3 y 8
El lazo entre los capítulos ocho, “La cruel tutela de Pai-Mei” y tres, “El origen de O-Ren”, formaría el tercer círculo. El ocho es uno de los capítulos más divertidos de toda la obra aunque sea comenzado con una solemne escena donde Bill demuestra sus dotes de narrador al contarle a La Novia la leyenda de Pai-Mei. Gordon Liu, a quien vimos morir en el primer volumen como Johnny Mo, regresa en una parodia exagerada y caricaturesca del maestro de artes marciales cuyo sadismo es una de sus principales características. Aquí es donde los espectadores más despistados podrán denostar a la cinta. Si se toma en serio al personaje de Pai-Mei, se está condenado a no entender en lo absoluto este episodio de Kill Bill (o el largometraje entero en el peor de los casos). No hay que olvidar el juego paródico propuesto desde el principio del primer volumen. Síntesis de todos esos maestros inmensamente crueles de las artes marciales, Tarantino manipula de manera ambigua la figura de Pai-Mei. Por un lado, transmite la obediencia ilimitada que La Novia debe tenerle si desea sobrevivir el entrenamiento; por el otro, no es posible ignorar lo caricaturesco y ridículo que resulta el personaje (la abundancia de sus cejas, el peinado estrambótico y el jugueteo constante con su barba). Sí, homenaje al mismo tiempo que parodia. En este capítulo también se sientan las bases para enfrentar a los últimos dos nombres en la lista de La Novia: Elle Driver y Bill.
El homenaje —otro motivo más allá de lo recurrente durante los diez episodios— es sólo uno de los elementos que alían los capítulos tres y ocho: “El origen de O-Ren” y “La cruel tutela de Pai-Mei”. Por una parte, tenemos el anime, y por la otra, las películas de kung-fu: China y Japón con un sabor oriental algo pasteurizado. Pero otro engranaje los hace girar juntos y es el tema del aprendizaje de una asesina. Ya se vio, a través de aquel grandioso anime del primer volumen, a través de un género venido de Japón, cómo O-Ren (Lucy Liu) venga la muerte de sus padres y después se convierte en una homicida a sueldo. Se atestiguó además por qué razones esta niña asustada se transforma con los años en una de las mejores serpientes venenosas del mundo. Presenciamos por qué razones una asesina quiere ser la número uno. Ésta es la historia de una venganza proyectada hacia el pasado. Ahora, en el capítulo ocho sabremos cómo la Novia también se convierte en una víbora mortífera a través de las enseñanzas de Pai-Mei y cómo este cruel maestro que odia a las mujeres caucásicas y gringas termina convencido de que Beatrix es probablemente la mejor alumna que ha tenido. Pai-Mei, escondido entre las montañas chinas, le facilitará otras armas a La Novia, además de la espada Hanzo, para vencer a sus oponentes. Ella ha perdido su “acero japonés”, sí. Pero eso no será importante si la heroína tiene a disposición sus puños para escapar de la tumba de Paula Schultz. Ésta, la de Beatrix, es la historia de la venganza en el presente y, por supuesto, habrá una en el futuro. Sin embargo, eso quedará claro más adelante, en el quinto círculo.

Cuarto círculo: 2 y 9
En el cuarto círculo se encontrarían “Elle y yo”, el capítulo nueve, y “La Novia cubierta de sangre”, el dos. Desde el título del nueve Tarantino está jugando con el significado de las palabras. Sin duda, resulta interesante que el pronombre personal “yo” (“I”) sea palabra homófona en inglés de “ojo” (“eye”) pues son precisamente los ojos (el ausente y el sano) los que destacan en la asesina más traicionera, malvada e imponente del grupo DiVAS. Elle Driver (Daryl Hannah) es la peor villana de este volumen y, en sí, su personaje nos promete la pelea más emocionante. Elle detesta a Beatrix aunque afirme su respeto por ella como profesional del homicidio (según dijo durante su rápida aparición de enfermera en el volumen uno). Después de todo, Driver vino a sustituir a La Novia como la amante de Bill. De ser la dos, con la masacre de Two Pines, se transformó en la número uno. Quizás su sueño sea estar a la altura de su predecesora. Al menos, ante Bill. Sin embargo, antes de que Budd sucumba por la picadura de la Mamba Negra —artimaña para que las sospechas de la muerte recaigan sobre Beatrix; después de todo, su sobrenombre en DiVAS era precisamente “Mamba Negra”—, Elle confiesa que se siente decepcionada de no haber enfrentado a la mejor guerrera en el campo de batalla y, sobre todo, de que su mayor contrincante haya caído a manos de un pelagatos traicionero como él. Sin embargo, la Driver es tan traicionera como su actual y moribundo cuñado. A diferencia de La Novia, que en el volumen uno encaró a Vernita y a O-Ren en duelo y siguiendo los códigos de honor establecidos por las cintas de samuráis o los westerns, Elle es capaz de cualquier estratagema con tal de salir victoriosa del enfrentamiento. Elle podrá respetar a Beatrix, pero es difícil pensar que el respeto sea mutuo.
El personaje interpretado por Hannah transita con soltura entre el capítulo dos y el nueve. Su primera aparición se dio en el volumen uno mientras silbaba complaciente en el hospital de El Paso, durante aquel homenaje técnico a Brian DePalma, poco después de la masacre en la capilla y cuando estuvo a punto de matar a una Novia en coma. Además de la presencia de Elle Driver, en los episodios dos y nueve se frustran los homicidios anunciados. El primero, Elle contra Beatrix. El teléfono celular de Bill impide la introducción del “regalo” de Elle en el cuerpo de La Novia durante la secuencia del hospital (porque para Bill asesinar a una contrincante mientras duerme lo rebajaría). Elle, como ya vimos, afirma tenerle respeto a La Novia. Pero en realidad no respeta a nadie. Por algo mata a traición a Budd. Y años antes hizo lo mismo con Pai-Mei, el maestro de Beatrix. Al enterarse La Novia, en una ominosa escena que remite a otras películas donde el alumno debe vengar la muerte de su maestro, se da el otro homicidio frustrado. Una de las peleas más esperadas finaliza con un anticlímax. ¿Por qué Beatrix no mata a Elle Driver? ¿Por qué después de la ira contra sus enemigos mostrada en el primer volumen se limita a sacarle el ojo sano? Quizás La Novia no la mata porque le ha perdido el respeto. Su contrincante en la batalla es una traicionera, ha transgredido los códigos de honor y no está a su altura. Aunque sí alcanza a vengar la muerte de su maestro Pai-Mei sacándole el otro ojo. De ahí la homofonía entre “yo” y “ojo” en el idioma original del filme.
En estos dos episodios también es relevante la identidad de La Novia. Dentro de la capilla, en “La Novia cubierta de sangre”, el personaje central deja de ser Arlene Maquiavelli —su alias para huir de Bill—, antes de poder transformarse en la señora de Tommy Plympton, y pasa a ser La Novia. Es así bautizada por las autoridades tejanas gracias al vestido usado en el ensayo. Y durante todos estos capítulos la hemos conocido como La Novia. Cuando algún personaje ha dicho su nombre verdadero (Vernita, O-Ren, Bill) éste era ocultado por el director con un pitido molesto más que nada para atraer la atención sobre su identidad. Pero ahora, durante el capítulo nueve, Elle Driver dice al fin el nombre de La Novia: Beatrix Kiddo. Así, esta mujer cambia de identidad como cambia de sobrenombres: Mamba Negra como integrante de un grupo de asesinos, Arlene Maquiavelli como fugitiva del mismo, la señora de Tommy Plympton como una ilusa sin pasado, La Novia como furia vengativa y por último volverá a ser Beatrix Kiddo y, sobre todo, Mami.

Quinto círculo: 1 y 10
Los capítulos diez, “Cara a cara”, y uno, “2”, trazarían el siguiente círculo. Si en otros episodios China y Japón parecían observados a través de un lente con enfoque inverosímil, algo semejante sucederá en México, el país donde se halla Bill. ¿Qué hace aquí, por ejemplo, una canción como “Tu mirá”? La última escala de La Novia, antes de enfrentarse a su ex jefe, ex amante y ex maestro, es la de la “cabaña” del padrote Esteban Vihaio (Tarantino intenta otro juego con tal apellido, un juego nada efectivo para nosotros pues Vihaio tal vez lo pronunciaría un anglo parlante como “viejo”). Éste es, entonces, el México pasteurizado de Robert Rodríguez, “hermano” de Tarantino de acuerdo con los créditos finales del primer volumen —aunque sí deberíamos agradecer que en este México los personajes tomen tequila y preparen sándwiches con pan Bimbo. Esteban es un reflejo de la personalidad de Bill. Como dice La Novia, el padrote es una figura paterna más del homicida. Y Bill, como su modelo, también es un padrote. Sin embargo, él, en lugar de prostitutas, recluta asesinas. De ahí que afirmara antes que la relación entre Bill y Beatrix también se da en el plano padrote-prostituta. Si Gordon Liu repite papel con Pai-Mei, ¿por qué no iba a hacer lo mismo el actor norteamericano Michael Parks? En el volumen uno era el sheriff Earl McGraw y ahora será el empresario retirado cuyo origen queda en la duda pues ese mismo acento de supuesto mexicano lo hizo Parks en la serie Twin Peaks cuando interpretó a un quebequense. Sin embargo, lo importante es que Esteban le indica el camino a Beatrix para hallar a Bill. El espectador llega al momento de la catarsis y hasta de eso se burla Tarantino cuando en boca de Bill hace un guiño autoreferencial: “Antes de que esta historia de venganza sangrienta llegue a su clímax, voy a hacerte algunas preguntas”.
Cuando Beatrix arribe a la lujosa guarida de Bill, se llevará la gran sorpresa que al final del volumen uno nos estremeció tanto: la hija que La Novia creía muerta, está viva. La historia de Beatrix Kiddo alcanza el punto álgido en este instante. La asesina queda guardada unos minutos para dar paso a la madre (esa doble personalidad sobre la que más adelante hablará Bill en su largo discurso sobre los superhéroes de los cómics). El preludio del primer volumen cuenta en blanco y negro cómo Bill le dispara a Beatrix en la cabeza mientras ella le dice que el bebé que espera es suyo. Tras el estridente balazo, entra el oportuno y tristísimo tema de Nancy Sinatra, “Bang, Bang (My Baby Shot Me Down)”. El inicio de la aventura se ve reflejado en el “bang, bang” de la pequeña B. B. con su pistola de juguete cuando La Novia apunta a Bill con la suya, la de verdad. De esta manera, la reunión con la niña concuerda con el instante de la pérdida. Y la última pelea da inicio aquí, cuando Bill le presenta a la niña a Beatrix. La hija de los dos asesinos (bautizada adecuadamente en el guión original como B. B. Gun o, en cristiano, “Escopeta de salvas”) es el arma psicológica que le queda a Bill para defenderse de su ex pupila. El reencuentro de los antiguos amantes remite de inmediato al capítulo con el que abre el volumen dos, el de “Masacre en Two Pines”, dándole circularidad a esta segunda parte sin afectar la del conjunto entero, la de los diez capítulos. Cuando la criaturita está dormida y, una vez dadas las explicaciones, Bill y Beatrix se enfrentarán en un duelo de espadas. El enfrentamiento dura escasos segundos. Bill es el mejor espadachín. Pero ella (a final de cuentas la heroína de la historia) tendrá un as bajo las yemas de sus dedos, un as otorgado por Pai-Mei. Si ya le rompió una vez el corazón a este killer sentimental —por citar el título de la noveleta de Luis Sepúlveda— ¿por qué no podría volver a hacerlo?
En el penúltimo círculo se verán encadenados los capítulos “Cara a cara” y “2” por los ojos de las niñas. El episodio uno y el diez se corresponden por las presencias de Nikki, la hija de Vernita Green, y B. B., la hija de La Novia. En “2”, La Novia hizo lo posible por no matar a Vernita (Vivica A. Fox) enfrente de la niña porque, después de todo, Beatrix escapó del grupo a causa de su maternidad y hasta cierto punto, una vez conocida la larga explicación, Vernita es la Víbora Mortal con la que más se podría identificar. Logró lo que La Novia no pudo: ser madre y retirarse del negocio. Sin embargo, La Novia fracasa y la niña ve cómo muere su madre. No le sucederá lo mismo en el diez. Beatrix esperará a que su hija se duerma para alcanzar el objetivo codiciado desde su renacimiento del coma: matar a Bill. Con estos dos capítulos, Tarantino siembra las semillas para la venganza del futuro, la que podría ser, ahora sí, la secuela de Kill Bill; otra cinta donde Nikki le tome la palabra a La Novia con aquello de “Te estaré esperando” y trate de vengar la muerte de su madre en B. B. Gun. Pero, para eso, los fanáticos de Kill Bill tendremos que esperar mucho más en comparación con los de Harry Potter o La guerra de las galaxias. Según Tarantino, ese proyecto no lo retomará hasta dentro de quince años.

Sexto círculo: la venganza y la leona
El último círculo encerrará las otras circunferencias y estará constituido por dos frases. En la reseña anterior, la del primer volumen, mencioné la cita de Viaje a las estrellas con la que Tarantino, minutos antes del balazo en la cabeza, abre Kill Bill: “La venganza es un manjar que se sirve mejor frío”. Al final del segundo volumen, cuando termine la película con madre e hija abrazadas frente a la televisión, vendrá la frase “La leona se ha reencontrado con su cachorra y todo está bien en la selva”. Esta frase es gemela del “epígrafe” del primer volumen. Con la leona (el emblema que Hanzo inscribe en la espada de Beatrix) cierra el círculo más grande dentro del cual quedan encapsulados los otros, dándole así a toda la obra una estructura circular y perfectamente cerrada.
Tengo que admitirlo. Quizás esta estructura especular de círculos concéntricos no haya sido la intención de Tarantino. O tal vez sí, tal vez lo planeó muy bien. Lo más probable es que sean especulaciones de alguien que ha visto demasiadas veces Kill Bill. Sin embargo, gracias a la división de la película en dos tomos y al buen tino del director, Kill Bill Volumen 1 y Kill Bill Volumen 2 funcionan también como entidades independientes. Después de todo, cada una posee su introducción, su desarrollo y su final. Ya veremos qué tal le queda a Tarantino la edición completa de la cinta, presentada en el festival de Cannes en mayo pasado. En mi opinión, la estructura se presenta mejor ante los ojos del tarantinómano cuando termina por cerrarse. Y si habrá pronto o no en las salas de cine una edición especial para las cuatro horas de Kill Bill importa poco. Al fin y al cabo, sí hay películas, completas o divididas, que marcan la existencia.

Kill Bill: La venganza. Volumen 1 y Volumen 2 (Kill Bill: 2003 y 2004). Dirigida por Quentin Tarantino. Protagonizada por Uma Thurman y David Carradine.

El avance del volumen dos: http://www.youtube.com/watch?v=NSR7xRGBnOE

Nota del 29 de septiembre: Un día después de subir esta entrada, me entero de la inesperada muerte de la mujer que fungió como editora en todos los filmes de Quentin Tarantino, Sally Menke. Que también ella descanse en paz.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Kill Bill: vuelve la tarantinomanía (Volumen 1)


Pues este fin de semana, luego de recuperarme del clásico primer embate del otoño (un catarro ligero pero persistente) y además de la acostumbrada visita al videoclub y a una sala de cine, tuve suficiente tiempo libre para revivir una muy querida y con cada año más lejana afición. Entre mis películas-tótem de la primera década del siglo XXI -además de El laberinto del fauno que fui a ver a diferentes salas de cine de Montreal la obscena cantidad de cinco veces- se halla Kill Bill de Quentin Tarantino la cual considero una película de cuatro horas pues así fue concebida por su autor desde el principio. Por supuesto, tan pronto la vi (cuatro veces en distintas salas de cine de Torreón) me temblaba la mano de las ansias por escribir algo al respecto. Esto fue en enero de 2004 y el texto se publicó en su momento en la revista Acequias:

Hasta no hace mucho tiempo, solía burlarme de todos esos fanáticos —muchos de ellos de los países más desarrollados y otros tantos de nuestros propios países— que atestan las salas de cine los días de estreno de seriales fílmicos como los de La guerra de las galaxias, The Matrix, Harry Potter o El señor de los anillos. Me parecía inconcebible que un grupo de personas se prestara a la humillación de esperar afuera de la taquilla durante horas para adquirir los boletos de la primera función de estos seriales —casi siempre, función de medianoche— y que, para colmo, se prepararan para la exhibición de dichas cintas confeccionando disfraces de Yoda o de alguno de los cuatro hobbits para presentarse el día del estreno con tan lucidoras pintas. También debo confesar que durante todo el 2003 nunca sentí gran entusiasmo por ir al cine. ¿Para qué aguantar de nuevo la fórmula tantas veces vendida en todo tipo de géneros y subgéneros (drama, comedia romántica, terror, ciencia ficción, musical, thriller, comedia de pastelazo, etcétera)? Tampoco, durante gran parte del año pasado, entendía esa rara actitud de salir corriendo a uno de los múltiples complejos cinematográficos que ya tienen el privilegio de haberse asentado en La Laguna para analizar el más reciente estreno de la semana. ¿Es posible estar al día ante la avalancha de porquerías que, sobre todo en ciudades como la nuestra, se empeñan en distribuir los mercachifles? Además, dentro de una sala llena de seres humanos que se obstinan en sacarme de la evasión que representa para mí la experiencia cinematográfica (una risa por aquí, un celular más adelante, alguien que se levanta de la fila y pasa enfrente de mi asiento para comprar palomitas o ir a orinar) no disfruto del todo la experiencia y por eso he preferido durante los últimos años el cine en casa y en completo silencio. Sólo me basta recordar el día que fui a ver El señor de los anillos: El retorno del rey para volver a mi regla de no unirme a las hordas y esperar un año a rentar la película para así sopesarla sin la parcialidad del fenómeno colectivo encima. Eso no quiere decir que el tan mentado por estos días larguísimometraje no me haya gustado. Y no es que estas burlas, esta apatía a medias, este afán de disfrutar mis películas en soledad hayan terminado por completo. Sin embargo, la perspectiva sobre las multitudes embobadas cambia cuando uno forma entusiasta parte de ellas. A veces sin quererlo. Y es que en diciembre de 2003 hubo una experiencia cinematográfica que resultó para mí tan inesperada como chocante y se llamó Kill Bill: La venganza. Volumen 1 (2003). Sería redundante decir que, para mí, simple aficionado al cine, ésta es la película del 2003, sin importar Óscares, Globos, Leones, Osos, Conchas o Palmas de Oro (de hecho, no creo que vaya a ganar ninguno de estos galardones). Tampoco me interesan los alegatos que esgrimen la violencia, la exageración o la falta de diálogos “tarantinescos” estilo Perros de reserva para destronar esta cinta del lugar que merece. Me afectó a mí y, aunque suene egoísta, si afectó o no a los demás, me importa muy poco.
Hasta hace unos meses, si me hubieran preguntado por el director Quentin Tarantino habría pensado de inmediato en la expresión aquella de “llamarada de petate”. Al menos, eso parecía después de Jackie Brown, la cinta que siguió a su entrada triunfal al panteón de los autores cinematográficos con Pulp Fiction. Sí, habría dicho, Pulp Fiction es una gran obra, uno de esos clásicos instantáneos, indudable ganadora en Cannes, como la llamarían muchos otros escupidores de datos fílmicos; pero, ¿qué pasó después con Tarantino? Jackie Brown decepcionó a muchos de sus seguidores. Seguramente porque esperábamos otro Pulp Fiction (aunque ya en una segunda o tercera vuelta, aislada del mitote que rodeó la segunda película de Tarantino, la tercera se sostiene bastante bien). Y, durante varios años, el nuevo héroe de todos los empleados-de-tiendas-de-video-que-sueñan-con-ser-directores guardó silencio. No, ninguna carrera cinematográfica se sostiene con destellos aislados. Eso, hasta el 2003. Eso, hasta Kill Bill.
Se ha dicho que la idea original surgió durante el rodaje de Pulp Fiction, que fue ahí donde la actriz Uma Thurman —la piel del personaje de Mia Wallace— se convirtió en la musa de Tarantino. Algunos fanáticos (tan apasionados como los que mencionaba al comienzo) especulan que las DiVAS de Kill Bill (DiVAS, siglas para lo que en español significaría Escuadrón Asesino de Víboras Mortales) no son más que un clon maligno de Fox Force Five, el programa piloto (muy similar a la serie Los ángeles de Charlie) en el que participó Mia sin tener éxito. Sea verdad o mentira, Kill Bill resulta ser una licuadora de géneros con los que Quentin Tarantino se identifica. No pocas veces en su carrera ha sido tildado de fusil. Las cintas de kung-fu, el spaghetti western de Sergio Leone y hasta el anime han sido algunas de las fuentes más citadas para referirse al “cuarto filme de Quentin Tarantino” (como la misma publicidad lo ha manejado en, tengo entendido, una referencia fílmica más que a muchos espectadores se nos escapa pues ¿quién más ha coleccionado en su mente la cantidad de joyas y de basuras vistas por Tarantino?). Cuando comenzó mi afición al cine, a eso de los seis o siete años, los gustos correspondían a la edad: Disney, George Lucas, Spielberg, Hollywood, etcétera. Sin embargo, entre los héroes emblemáticos del celuloide tenía a Bruce Lee y a Clint Eastwood, entre los pilares cinematográficos a Operación Dragón (1973) y a El bueno, el malo y el feo (1966). Más tarde, cuando a los veinte años me tragué la idea de ser crítico de cine, me olvidé por completo del kung-fu y del western, los desterré de mis gustos por su maniqueísmo, por su simplicidad. Eran aficiones de niño y con los niños se quedaban. Tarantino y Kill Bill hicieron algo que parecía imposible: revivir en mí algo del gusto por ese tipo de cintas.
En cualquier otra reseña hablaría con un tono más impersonal de la cinta y a estas alturas ya habría escrito algo sobre el argumento para todos los lectores que no hubieran tenido oportunidad de acercarse al largometraje en cuestión. Así de ominosa fue esta experiencia cinematográfica. Me obligó a escribirle una reseña algo heterodoxa. Kill Bill, como su innecesario subtítulo en español se obstina en recordarnos, es la historia de una venganza. Una mujer sólo conocida durante este primer volumen —en el segundo sabremos su verdadero nombre— como La Novia (Uma Thurman) es golpeada salvajemente —el día de su boda con todo y embarazo avanzado— por cuatro de sus ex colegas de DiVAS, el famoso Escuadrón Asesino de Víboras Mortales. Tales ex colegas son Oren-Ishii (Lucy Liu), Vernita Green (Vivica A. Fox), Budd (Michael Madsen) y Elle Driver (Daryl Hannah). El creador de este grupo tan selecto de homicidas profesionales es Bill (la voz de David Carradine) quien cariñosamente remata a la joven con un balazo en la cabeza. Éste es el inicio de la cinta. Y no sé si llamarla cinta o cintas. He aquí otro asunto espinoso para los fanáticos de Tarantino: el guión original tenía alrededor de doscientas cuartillas y al terminar de rodarse la película excedía en mucho el tiempo de duración estándar por todos conocido: de una hora y media a dos horas. La casa distribuidora de los trabajos de Tarantino, Miramax, le propuso dividirla en dos volúmenes. Los adictos se preguntaron si esto no era más que un truco publicitario para sacarles dinero (el doble) y, como muchos de ellos también fueron a ver en diciembre pasado El retorno del rey (con una duración de alrededor de tres horas y media que pareció no afectarle demasiado en taquilla), terminaron convencidos de que o Miramax les había mentido o, aún peor, Tarantino los había traicionado. Volviendo al argumento, La Novia no muere. De eso se entera el público en el segundo capítulo, titulado “La novia cubierta de sangre”. Aunque desde antes podría presumirse el dato. ¿Cómo va a morir la protagonista? Esto no es Psicosis. Uma Thurman no muere, no. Pero sí pasa cuatro años de su vida en coma mientras es violada por un enfermero y todos aquellos que le paguen la cantidad de setenta y cinco dólares por necrofílico acostón. Un día despierta y decide asesinar a los que le hicieron daño. Hace una lista de cinco nombres y el último en morir será, por supuesto, Bill, el padre del bebé que esperaba. El guión original está dividido en diez capítulos (sí, como muchos fanáticos y después de ver el volumen uno cuatro veces en celuloide y otras tantas en VCD pirata, me conecté a Internet, encontré el guión, lo bajé y no resistí la tentación de leerlo completo). El primer capítulo, una vez terminado el preludio de la bala en la cabeza de La Novia, se titula simplemente “2”. De nuevo, Tarantino juega con la cronología y en lugar de mostrarnos el duelo entre La Novia y la primera mujer en su lista, nos lleva al segundo encuentro, el que sostiene con Vernita Green. Quizás lo hace porque la pelea con Vernita no es tan espectacular, larga y sangrienta como el espectáculo reservado en la Casa de las Hojas Azules. Lo mejor se lo reserva para el final. Lo cierto es que, después del primer capítulo, son pocos o casi nulos los saltos en la cronología. De esta forma, a lo largo del primer volumen, La Novia logra vengarse de dos de sus enemigas: Vernita y Oren-Ishii. Ésta en primer puesto por ser la más fácil de encontrar tratándose de la líder única en el mundo criminal de Japón.
Debo decir que todos los capítulos de los cinco presentados en este primer volumen me emocionaron y me arrancaron risas. Sin embargo, encontré especialmente atractivo el capítulo tres: “El origen de Oren”. Esta sección del filme fue elaborada en anime, colaboración de Tarantino con un estudio japonés (también aprovecho para confesar una corta afición al anime en mi adolescencia que fue reactivada con este corto animado dentro del largometraje). Y como todo buen anime, además de la sangre y la violencia, además de la crueldad y los asesinatos, además de una historia de venganza dentro de otra, la música resulta de suma importancia para agudizar los sentimientos del espectador. Tarantino escoge un fondo musical de western para decirnos cómo Oren se convirtió en asesina. Y sí. La historia la hemos visto hasta el hartazgo en westerns y en series japonesas de animación: los padres de Oren son asesinados por un mafioso y ella sobrevive porque estaba oculta debajo de la cama. Quién sabe por qué Tarantino lo logra. Y en gran medida son la estilización, el montaje y muchas veces la música los que le ayudan. La banda sonora de su cinta también está llena de referencias. Basta con fijarse en la melodía que aparece durante el capítulo cinco “Duelo en la Casa de las Hojas Azules”, el más extenso, cuando La Novia aterriza en Tokio (cita a la serie El avispón verde donde aparecía Bruce Lee) o cuando la protagonista vence a Oren en un duelo de espadas (ahí se escucha una baladita melosa en japonés que me recuerda mucho a los cierres típicos del anime). [Ya ahora en 2010 manejo el dato de que la balada sale directamente de otra cinta de venganza, la japonesa Lady Snowblood, otro ancestro directo de Kill Bill.]
Al reparto tampoco le reprocho nada. Podríamos detenernos en la idea de que Tarantino quiere revivir la carrera de Daryl Hannah como lo hizo con la de John Travolta en Pulp Fiction. A pesar de que el director ya ha confirmado en muchas entrevistas que ésa no era su intención al asignarle el papel de Vincent Vega a Travolta, el dato persiste. De cualquier manera, si revive o no la carrera de Hannah, eso no se sabrá hasta el estreno del segundo volumen en donde su papel resulta mucho más predominante. Lo que sí es que tiene un gran deseo por rendirle homenaje a las estrellas del cine de acción oriental al incluirlas en papeles pequeños pero claves: Sonny Chiba como Hatori Hanzo, Gordon Liu como Johnny Mo y Chiaki Kuriyama como Gogo Yubari. En una ocasión lo dijo el realizador. Kill Bill transcurre en un universo paralelo que poco tiene que ver con la realidad. Es un universo fílmico donde de un cuerpo decapitado manan chorros de sangre y donde una mujer tiene la capacidad de dejar fuera de combate a una veintena de asesinos (no, aunque se llamen “Los 88 locos”, no son ochenta y ocho, sólo les gusta hacerse llamar así. Por lo menos, eso dice el guión original). Es dentro de tal ambigüedad entre la parodia y el homenaje a todas sus fuentes en donde radica la fuerza de Kill Bill.
En un largometraje donde las peleas tienen un peso mayor frente a las actuaciones, no fueron las más importantes las que me dejaron entusiasmado (la de Vernita o la de Oren), sino una pelea que podríamos considerar menor para la trama: la de Gogo Yubari. No es por menospreciar las otras. También me dejaron bastante complacido. Sin embargo, Gogo es la encarnación de una diosa iracunda con piel de oveja. Gogo es la guardaespaldas personal de Oren por tratarse ésta de la cabeza de todos los clanes criminales de Tokio. Basta eso para imaginarse su peligrosidad. Lo gracioso es que ella se presenta como una jovencita malencarada de diecisiete años con todo y uniforme colegial. Debajo de tan incitador fetiche hay una psicópata capaz de destripar a cualquier empresario que quiera ligársela. Su arma preferida: una cadena con bola de acero. Mi única queja se resume en que este encuentro debió haber durado un poco más. En alguna revista leí que Kill Bill era como un juego de video. Así, en cada nivel, La Novia debe derrotar al “jefe” que se interponga a su paso para continuar con la siguiente etapa del juego. Como alguien familiarizado durante parte de la infancia y de la adolescencia con nombres como Atari, Nintendo y Sega, debo estar de acuerdo con la comparación. Para mí, Gogo Yubari sería el “jefe” más divertido de vencer.
Kill Bill ha dividido a los admiradores de Tarantino. ¿Quién puede tomarse en serio el zoom a los ojos de La Novia cada vez que se enfrenta con un enemigo del pasado, la música infantil cuando se acerca a la casa de los Bell, aquella frase de “tal vez no dures ni cinco minutos” vista hasta la saciedad en westerns, películas de kung-fu y series de animación antes de un duelo? ¿Se pueden pedir más de esos diálogos estilo Perros de reserva que aunque divertidos y audaces no tienen nada de profundos en una cinta donde lo importante es cortar cabezas, brazos y piernas? Vayamos aún más atrás: la entrada de los hermanos Shaw seguida de otra (una setentera) anunciando la película y, por último, la pantalla en negro mientras se escucha la respiración agitada de La Novia y la aparición del siguiente enunciado: “La venganza es un manjar que se sirve mejor frío”. ¿La cita? “Viejo proverbio klingonés”, dice Tarantino. Una referencia más, esta vez al ámbito de Star Trek. Con tal comienzo, ¿se puede tomar en serio Kill Bill? Como apunté anteriormente, esta cinta me hizo reír muchos más que cualquier comedia de pastelazo o cualquier programita alburero del Canal de las Estrellas. Quizás ésa sea su intención. Le recomendaría a todos aquellos que esperaban más de la cuarta película de Tarantino que sean pacientes y, cuando se estrene, vayan a ver su quinta, la de guerra, Inglorious Basterds. ¿Por qué el humor y la parodia no pueden ser una forma artística tan loable como las solemnes? ¿Por qué la irrealidad, la caricatura, la exageración, el juego intertextual no reciben tantos reconocimientos? Por otro lado, hay quienes se quejan de la falsedad del ingrediente oriental en Kill Bill. De seguro el japonés de Uma Thurman o de Lucy Liu es pésimo. Tal vez las cintas de acción hechas en China o en Japón son mucho más auténticas y sus actores mucho más atléticos. El problema de nueva cuenta es de percepción. Sí, quizás este sabor oriental de la película está tan digerido y masticado como el mexicano en la Frida de Salma (perdón, la Frida de Julie Taymor). Pero los que no hemos nacido en el oriente o los que no hemos visto grandes dosis de acción en el cine no lo sabremos hasta reencarnar y tener la suerte de alimentarnos con dicha cultura. Éste es, en fin, un argumento que no se puede rebatir. Otra vez, si Kill Bill emociona a los demás o no, me importa poco.
Una mala noticia acaba de surgir para todos nosotros, los tarantinómanos, los que nos quedamos con la boca abierta al final del volumen uno con tamaña revelación melodramática en voz de David Carradine. En principio se anunció el estreno del volumen dos de Kill Bill para febrero de 2004 en Norteamérica (eso significaría un estreno en marzo para México). Ya sea por estrategia publicitaria o porque de veras le ganó el tiempo a Tarantino en el cuarto de montaje con su editora Sally Menke, lo cierto es que, después de varios días de rumores durante las vacaciones de Navidad, Miramax ha aplazado la fecha de estreno hasta el 16 de abril (hasta mayo en México). Las reacciones en Internet no se han hecho esperar. Hay quienes les aconsejan a los más ofendidos por este retraso que no se alteren tanto y que tomen el siguiente premio de consolación: por lo menos, los tarantinómanos no tenemos que esperar un año o hasta tres como los fanáticos de El señor de los anillos, Harry Potter y La guerra de las galaxias.

Kill Bill: La venganza. Volumen 1 (2003). Dirigida por Quentin Tarantino. Producida por Lawrence Bender. Protagonizada por Uma Thurman y David Carradine.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=-czwy-aVbbU

viernes, 24 de septiembre de 2010

El canto de la soledad


El texto que reproduzco a continuación es otro de los que antecedieron a la confección de los contenidos en el volumen Miel de maple. Es (deformadamente) evocador de dos años de vida en residencias universitarias. De ahí la imagen que acompaña esta entrada. Volviéndolo a leer me doy cuenta de que es también un ancestro no muy lejano de dos relatos antitéticos de la camada de Miel de maple, uno titulado "La madrileña" y otro, "Objeto perdido". Créase o no se publicó en el periódico La Opinión Milenio. Va entonces esta cosa:

Es una puta. Así de plano y sencillo. Es esa pirujona y vasta sombra que se menea en las paredes de mi departamento. Su abaratado espectro navega todas las noches por el océano sólido y blanco que se cierra sobre mí y que, a veces, intenta ahogarme. La miro. Ahí anda otra vez la chapucera. Se ríe. Trato de agarrarla. Pero la muy ladina huye. Parece atravesar el muro acuoso. (Aclaro: para ella es acuoso y para mí es sólido). Aunque, creo, no atraviesa uno, sino los cuatro al mismo tiempo. Se va y atormenta a los inquilinos de las otras habitaciones. Yo vivo aquí. En un edificio aséptico de cuatro plantas. Edificio de limpieza primermundista en su relativa totalidad. Impecable por fuera y, todavía en los pasillos, da esa impresión. Falta asomarse a cada buhardilla. La dificultad estriba en que todas están cerradas. Lo más fácil, si no se tiene acceso a alguna de ellas, es asomarse al cuarto de la basura. Las buhardillas, como me gusta llamarlas aunque no lo sean, están bonitas. No me quejo. Algún amigo me dijo hasta parecen de hotel. A pesar de ese enunciado, venido de tiempos remotos (el principio del año escolar), tal vez los otros cuartos no difieran mucho del mío que ahora, al escribir, es una porqueriza. No lo dudo. Será el invierno. A todos nos llega. Y, seguido del invierno, ella. La puta. La soledad.
Estoy seguro de que casi todos los del edificio tratan de vencerla. Los acabo de escuchar. Pasan enfrente de mi número 121 a cada rato con sonrisitas ingenuas. Pero no pueden acabar con ella. Por eso, ya ni trato. Sólo escribo. Desde Aristóteles se nos dijo que éramos seres sociales. A lo mejor desde antes. Pocos se atreven a contradecir el lugar común porque éste es el país de la buena educación. Aunque sospecho que cuando las puertas se cierran y las cortinas de las ventanas se corren esas amantes lesbianas de la educación que se llaman buenas costumbres se quedan allá afuera, en los pasillos, tristes y aburridas. Allá permanecen y esperan caer hacia el fondo del bote de la basura el condón usado. Por eso digo que mejor hay que echarle un vistazo al tal cuarto (el de la basura). Sin embargo, afuera la educación siempre está ahí. Canta “buenos días” y “¿cómo estás?” de una manera tan melosa que hasta a mí, al principio, me sedujo. Ellos y yo vivimos bajo el resguardo de Olympus Hall —construido, según sé, para los juegos invernales del 88—; somos las miserables solitarias de un intestino olímpico, de un chorizo de concreto, y nos desvivimos por ahuyentar a la puta. Siempre termino preguntándome qué armas utilizan las sonrisitas si al contacto con la piel de otro o de otra parecen derretirse. Ya sé. A veces se dan la mano. Nada más. Ella se carcajea de esos intentos tan fútiles, del saludo lejano y de aquel inmóvil preservativo que enmudece en el estómago del bote de basura, que ni siquiera se atreve a platicar con la cáscara de plátano.
A mí me trajo hace dos semanas un pedazo de carne rollizo, blanco y de mejillas sonrosadas. La muy puta me lo trajo para distraerme de su sombra. La carne era dura, jugosa, estupenda. Me la lancé sobre el cuerpo y me la restregué. A la soledad, como hija mayor de la chingada que es, le encantó ver cómo mi pito se erigía para escabullirse entre los múltiples y salados orificios de esa ternera. Las terneras magníficas, olorosas y saboreables se dan en el primer mundo. Pero son tan inmaculadas, tan limpiecitas que me hacen añorar la podredumbre de casa. Los y las demás, mis vecinos, harán lo mismo o se dejarán hacer. Me pregunto si acaso alguien levanta el auricular y marca el número (¿el de First Class Escorts?) por voluntad propia. Tal vez a todos nos aterroriza el semblante amargo de la mancornadora. Quizá no debería asustarnos ya. De repente, se me ocurre que es un invento, que su cara es bella. A veces, es el rostro de la libertad. Después vuelve a sus muecas. Me trae de nuevo otro pedazo de carne y mi bote de basura termina con el látex usado en el fondo, ése mismo látex que dejó en mi buzón un activista durante la semana del sexo seguro. No sé si platique con la cáscara de plátano. A lo mejor no porque ya nunca compro fruta.
Otros días, le temo. Dicen: puede acabar con la vida. Dicen: detrás de su sombra viene la de la muerte. No sé. Pero sí supe de un tipo. También vivía en nuestro santuario incoloro. Era holandés. Se mató. No por amor a una vieja o por fracasar en sus estudios. No. Tenía demasiada ropa interior sucia en el departamento y no se atrevía a salir de él para lavarla. Al final, se le terminó la ropa interior limpia. Tal vez se enamoró de ella (de la soledad, no de la ropa interior) y por eso ya ni quería ver la luz. Quizá le tuvo tanto miedo que se quedó en el útero imaginario de su buhardilla. A lo mejor las miradas de afuera sólo le recordaban la soledad. Quién sabe. Cuando a mí se me termina la ropa interior limpia, abro un cuaderno y escribo. Mancho el papel para que a mi ropa interior sucia se le quiten las manchas. No funciona. Al principio, sí ahuyentó a la soledad. Aunque no por mucho tiempo. No escribo para darme esperanzas, ni para asesinar a la mariposa gigante y oscura que aletea sobre mí. Escribo por inercia. En cuanto a la ropa, ni modo. A lavarla otra vez. Para colmo, este año subieron el precio de la lavadora y la secadora. Cuestan, cada una, un dólar por uso (un dólar canadiense sí, pero dólar al fin y al cabo). Ahora me siento, mancho papeles con palabras inconexas y me vuelve a visitar la puta. Me conviene olvidarla. No puedo. Imagino que me mira (porque no tiene ojos o, por lo menos, yo no alcanzo a verlos). Me pregunto si se burlará de los signos, de mis huellas de voz. El hecho me parece extraordinario. Por fin, ella habla y dice:
—Eres la repetición de lo que otros han dicho. Muerdes. Te revuelcas. Suspiras los hervores nauseabundos. Ellos salen del caldo de la envidia. Esperas con ansias el fracaso de otros y cuando llegue, si es que llega, lo celebrarás con euforia. Las nubes carcomen la poca luz de tu entendimiento y las insultas. Vituperas su lento proceder. Ya no hay nada que sea original. Eres lo que otros fueron. Dejas caer la tinta sobre el papel como si eso pudiera salvarte de la mierda. Te miras absorto en las letras que riegas sobre la blancura, una blancura interrumpida por renglones. Algo se te escapa. Tratas de salvar lo inasible, lo invisible. Eso intentas y atrapas el vacío en inútiles palabras, en vano flujo de tinta. El cuaderno no es más que el testigo mudo de tus desdenes y lágrimas. Lo pueblas de signos. Sólo tú podrás leerlos. Son signos rotos, mutilados. Trocitos de nada. Trocitos de ti. Esperas el día en el que llegue el traductor de signos. Ahora ya no están en los cuadernos, sino en tu piel.
El látigo de su lengua se ensaña. La voz deja de salir de ella y se filtra a través de las cuatro níveas paredes. El humor melancólico empieza a dibujar letras sobre mi cabeza, mi estómago, mi pecho, mi yo. No se detiene:
—Sobre tu epidermis danza la inutilidad desatada. Los signos juegan con tus enclenques músculos, se debaten con el vello que te cubre de arriba a abajo. Mira cómo lo apartan. Sólo con los ojos, las manos y luego la lengua, tu lector interpretará mensajes o, al menos, creerá interpretarlos. Porque los mensajes bailarán como ahora, atosigarán tu cuerpo y torturarán los sentidos. Ni una caricia sobre otra va a ser suficiente. El juego habrá terminado —el látigo de su lengua se hunde en las profundidades de la cama y de ellas empieza a elevar un cuerpo diferente al mío pero idéntico en las letras; ella sigue con su rezo—. Ahora sudas, las caricias se multiplican, los signos se empiezan a borrar de tu piel. Tu sudor los limpia. Descubres que no tienes dos manos sino cuatro. Ni diez dedos, sino veinte. Tú también te has multiplicado en el milagro viviente de la fundición carnal —¿o dijo fundación?—. Encuentras nuevos signos que no son palabras. Te deleitas por fin en tu otro ser que, aunque repetido, fue, es y será.
Calla. Calla y me deja sin ella. La soledad me deja solo. El cuerpo diferente-a-mí-pero-idéntico-en-las-letras se va también. Después de lanzarme a un estado diáfano y de armonía perfecta, retorna a las profundidades de la cama. Las caricias se guardan en el silencio. La fundición (¿o dijo fundación?), extinta. Sé que se ha ido para atosigar a los otros. Ella, sin explicármelo, me concede visiones. Ese tercer ojo es su memoria y mi intromisión. Veo. Veo cómo la chava del 343 acaricia los senos de su compañera. Veo cómo la inválida del 232 le manda un correo electrónico a un supuesto asesino en serie. Veo cómo el hindú del 454 se masturba frente al televisor. Veo cómo el mexicano del 121 los ve a todos. Veo. Visiones me concede ella sin explicármelo. Vuelve a reírse. De mí. De ellos. De nosotros. De ella. Recorre cada buhardilla y hace de sus habitantes marionetas. El canto de la puta vuelve a filtrarse por las paredes y el marco de la puerta. Quiero cantar a su lado. Me dicen en conjunción mi voz y la de ella lejana:
—Rompe la memoria. Rompe los retratos. Tal vez así no te acuerdes de ella / mí ni del inminente regreso ni de las burlas. Rompe la memoria. Rompe los retratos. Rómpete.
Regreso al silencio. Me rompo: escribo.

Cálgary, invierno del 2000

domingo, 19 de septiembre de 2010

Montrealenses (IV): tatuados hasta los huesos


Por haber nacido en uno de los muchos faros de la moda aunque quizás en el menos conspicuo, el montrealense no se ha sustraído a la locura de los tatuajes. El montrealense se hace tatuar los brazos, las piernas, el cuello, los tobillos, la espalda, el pecho e incluso las partes más ocultas de su anatomía para así impresionar a su pareja en la desnudez de la cama. Y sobre su epidermis blandirá calacas, dragones, personajes animados, caritas risueñas y hasta símbolos chinos que ni siquiera entiende. Bien le habrían podido tatuar "pendejo" en chino y ni cuenta se daría. Sí, hoy día todos se tatúan. Aquí y en todas las otras grandes metrópolis del mundo. ¿Por qué? Pues, aquí entre nos, porque está de moda y de la moda, lo que caiga, aun si no te acomoda, aun si te incomoda. Pero ya en público el montrealense nunca admitiría ser un automáta más de la manipulación de los medios, del reino ilimitado donde actualmente supremas reinan la imagen y la apariencia. No. Por eso dice que se tatúa porque es bien rebelde, rete-anticonvencional y, claro, muy muy muy muy auténtico. Nada grita a los cuatro vientos "¡soy auténtico!" como abandonarse al dolor y presumir exhibicionista el nuevo tatuaje. Aunque lo de presumirlo no pueda hacerlo durante los meses del invierno. Por eso, el verano es excusa ideal para encuerarse y mostrar el "arte" sobre su piel. Anticonvencional- uno se muere de ganas de informarle- habría sido hacerse los tatuajes décadas atrás cuando nadie se dejaba pintar de forma permanente la piel, cuando los únicos que lo hacían dentro de la sociedad occidental eran los convictos, los reos, los enajenados. Hoy día hasta la abuelita más recatada. Hasta el más ñoño confiesa con el pudor asomándosele por el colorete de sus mejillas que tiene un tatuaje de una mariposita sonriente en la pantorrilla. Nomás en los ranchos provincianos de México se atreverían a correr a alguien del trabajo o a lo menos calificarlo de cholo porque tiene uno o dos monos horrendos pintados en el antebrazo. Hoy en día, el tatuaje -como las historietas- son el arte y sus autores, los artistas. Quién osaría descalificar la hermosura de una calaca con semblante de pocos amigos y un puro entre los dientes. Al morirse el tatuado, deberían cortarle el pedazo de piel y exhibirlo en el Louvre. Tatuémonos hasta los huesos que al fin y al cabo, si le llega el arrepentimiento al montrealense tan anticonvencional ahí están los tratamientos láser de miles de dólares para deshacerse de las pinturitas. Al fin y al cabo, ser auténtico también está de moda.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Increíble homenaje a Cervantes


Ah. Qué tiempos aquéllos. Corría el año 1982. Nos encontrábamos bajo el mando del estimado presidente José López Portillo en plena bonanza. Y sus igualmente ilustres secuaces del ramo televisivo urdieron la más deleitable trampa para los chiquilines de la época, entre los que me encontraba yo por entonces de apenas siete años cumplidos. Como citaban a los jesuitas los creadores de la serie Up, "dénme al niño a los siete años y les daré al hombre". Fue sin duda una poderosa mente a la que se le ocurrió trasladar las emociones y el dramatismo del festival OTI al objetivo del público infantil. Y así surgió el festival "Juguemos a cantar", encabezado por el bien recordado don Raúl Velasco. Cómo no sucumbir ante el fino gozo. Lucerito cantaba sonriente el tema principal. La ahora máxima estrella de la canción, Lorenzo Antonio, ganó el concurso ante protestas de reverendos nacos que consideraban al chantajista Juanito Farías y a su "Caballo de palo" como el campeón sin corona. Y cómo no si misteriosamente se le fue la pista a mitad de la canción y el humilde y morenito niño, sacando fuerzas de flaqueza, continuó la interpretación a capella demostrándole a todos que sí cantaba. Pero de eso a concederle el primer lugar ante la galanura criolla de Lorenzo Antonio. ¡Por favor! Y quién podría olvidar el mensaje ecologista de la pequeña Sandra López con su "Como gaviota". O a las Vicuñitas que le cantaban al entonces geniecillo de la música popular, Sergio Andrade, "agüita de coco, que está muy buena, agüita de coco y nada más". Tanto talento desplegó aquel encomiable antecendente de la hoy blandengue y gastadísima "Academia" que al mercado salió el LP para que todos los peques pudiéramos corear en nuestras casas las canciones que ya nuestra madre y maestra (la tele) nos había adelantado en transmisión nacional. Y dentro de aquel hermoso repertorio sale un increíble homenaje a la obra cumbre de Miguel de Cervantes Saavedra y lo hace en voz de Lolita Cortés. "Don Quijote y Sancho Panza" no ganó; pero le anunció a todo México que esta niña tenía un talento inusual para su corta edad, tanto como para después convertirse en jueza y luego en directora de "La Academia". Y es que, aunque haya participado en quién sabe cuántas obras musicales, nuestra madre y maestra (la tele) nos obligará a recordarla sólo como eso, como "académica". Para que no se olvide que alguna vez doña Lola Cortés les rindió homenaje a los dos emblemáticos personajes, va aquí el enlace a "Don Quijote y Sancho Panza". Claro, pulse bajo su propio riesgo. Incluye aparición de la ardillita Barcel al final:
http://www.youtube.com/watch?v=UHI9_tj2W4Y

jueves, 16 de septiembre de 2010

Ser cool


De entre los aniversarios que quizás sí me gusta celebrar están los relacionados con la conclusión de proyectos, de textos. A veces, cuando se puede, incluso de libros. Hace un poco más de diez años terminé la maestría en la Universidad de Calgary y regresé al terruño. En aquel momento, me arrepentí. Ahora ya no sé si fue una buena o una mala decisión. Lo cierto es que el retorno me dio pie para pensar en la experiencia que acababa de tener en un país extranjero y para escribir algo al respecto. Los primeros intentos de resumir en palabras las ideas que tenía entonces en la cabeza fueron varios relatos cortos que en ningún momento presentaban la estructura clásica de un cuento. Éstos y otros textos que siguieron los leí en el taller literario de la UIA Laguna (¿o Torreón?) que en aquel tiempo coordinaba mi buen amigo Jaime Muñoz Vargas. El aniversario número diez del comienzo de la escritura de Miel de maple, mi único libro de cuentos publicado, está a la vuelta de la esquina. Yo seré el único que lo celebre. Igual pasará con los treinta y cinco que ya me esperan este doce de octubre. Por eso desempolvo este texto que escribí en Calgary meses antes del retorno. Nunca se publicó pues sus alcances son en suma limitados. Queda sólo como testimonio de una década que ya se me fue y de un pedazo de mi vida al que no me aferro.

Ser cool
Ser cool parece ser lo más importante en esta época. Si no se es cool simplemente no se es. Antes si no se era ser humano no se era. Hoy tenemos que ser cool, además de ser seres humanos, para ser. Hasta un gato puede ser cool. El gato que manejaba era cool en los ochenta allá, más abajo de la frontera. Ahora ya no. Un gato es cool si le están haciendo experimentos. Entonces toda la gente que de veras es cool se reúne y protesta para salvar al gato, porque, después de todo, es como ellos, es cool. Los y las que visten fleece y pantalones Cargo son así. La mayor parte de los jóvenes los llevan, aunque algunos son más cool que otros. Ser cool es muy importante en estos tiempos. Ya estamos en el siglo XXI y hay que aprender a ser cool. Algunas personas matan para ser así. Otras se dejan morir. Yo he sabido de chorros de muchachas que hojean las revistas, ven a las modelos. Saben que ellas son cool porque están en las revistas. Si no ¿cómo salen en ellas? Entonces se comparan. Las modelos son muy, pero muy flacas. Ellas no. Entonces dejan de comer o cuando comen, vomitan para ser como las modelos, para ser cool. Algunas se mueren, otras terminan en clínicas donde les dicen qué comer y les dicen que, cuando coman, no vomiten. Había una muy famosa en Columbia Británica. Pero ya la cerraron. Dicen que la dueña era fascista. Ser fascista, no es ser cool. Tampoco ser racista, machista, homofóbico, maltratador de animales o antiecológico. Por eso, si no reciclas, no eres cool. Yo ayudo mucho a reciclar.
Casi todos los jóvenes son cool porque ellos saben divertirse. Beber y coger es cool. Pero beber y coger demasiado no. A veces me pregunto dónde está la frontera, cuando se trata de beber y de coger, entre lo cool y lo no-cool. Si se bebe hasta emborracharse y gritar como hiena loca se es cool. Pero si se muere de congestión alcohólica, no. Al otro día, el que muere de congestión alcohólica sale en los periódicos. Los padres y las madres se lamentan. Algunos hasta protestan por el consumo de alcohol en las preparatorias y en las universidades. Pero sólo algunos porque muchos otros tienen licorerías. Coger es cool. Algunos piensan que coger mucho y con muchas personas. Pero para que sea cool se ponen un condón. Coger sin condón y agarrar sida no es nada cool a menos que se le haga mucha publicidad al caso, salga en el periódico y mucha gente se junte para protestar por la falta de compasión y de medicamentos. Pero eso como que es de los ochenta, como el gato que manejaba. Eso ya no es cool, porque ya nadie puede pensar que no haya compasión o medicamentos para la gente que tiene sida. Además de que ya ni siquiera salen en los periódicos. A nadie le sorprende porque todos estamos informados sobre el sida. Algunas personas, sobre todo mujeres, piensan que sólo es cool coger si se está enamorado. Por eso digo que cuando se trata de coger y de beber es medio ambigua la cosa. Yo creo que reciclar es lo más cool del mundo. También los que hacen protestas por nuestros derechos son muy cool.
Ahorita me voy a ir a trabajar. Mucha gente como yo en los países que no son cool, como África o Sudamérica, terminan en manicomios o, como decimos aquí, clínicas. Manicomio no es una palabra cool. A mí me ofende mucho y a otras personas también. Por eso es mejor decir clínica. Al rato me voy a trabajar. Voy a recoger papel para reciclar. Voy a la universidad con mis amigos Ron y Don. Yo les digo Ronnie y Donnie. Pero no les gusta que les diga así. Ellos son como yo. Los tres juntos ayudamos a reciclar papeles, porque en la universidad se escribe mucho, se hacen fotocopias de a mil y no es justo que nos quedemos sin árboles por eso. Nosotros recogemos todo el papel y lo llevamos al lugar donde lo reciclan. Así trabajamos y ganamos dinero. Así, no nos morimos de hambre como los que son como nosotros pero que viven en los países no-cool como África o Sudamérica. Lo que sí es cool de países como Sudamérica es la playa. Todos los jóvenes que son cool se van a las playas cuando aquí hace mucho frío. Y es que aquí el frío dura demasiado y en esos países lo que dura es el calor. A lo mejor algún día yo voy a esas playas. Sería cool.
Creo que lo cool entra primero por los ojos y ya después entra por los oídos, o por la boca, o por el tacto, o por la nariz. Antes la gente combinaba su ropa. Llevaban zapatos del mismo color que la camisa o la blusa. Algunos, los más viejos, lo siguen haciendo. Pero ser viejo no es tan cool como ser joven. Hoy, los jóvenes ya no se preocupan tanto. La ropa no tiene que combinar, pero es mejor que sea de marca. Lo malo es que yo hace mucho que no sé qué marcas les gustan a los que son cool. Creo que Guess les gusta mucho porque en la tele sacan comerciales con gente muy cool.
Algunos piensan que Ricky Martin y la vida loca son cool. Otros no, otros sienten que se cagan de asco cuando oyen a Ricky Martin. Esos piensan que Shania Twain es muy cool. Aunque a ellos no les importa tanto lo que oyen, sino lo que ven. Otros piensan que Alanis Morisette o The Tragically Hip son lo máximo. A ellos les importa más lo que oyen y no lo que ven. Ron piensa que lo más cool que le puede entrar por la boca es una hamburguesa de A&W. A veces, cuando vamos a la universidad está friegue y friegue con que quiere ir al centro de estudiantes a comprarse una hamburguesa papá (porque ahora están vendiendo toda la familia hamburguesa: la bebé, el hijo, la mamá, el papá y el abuelo). Pero siempre le decimos que no tenemos tiempo de ir allá. Su hermana piensa que lo más cool que se puede llevar a la boca es otra cosa. Don cree que lo más cool es el pastel de Tim Hortons que anuncian en la tele porque le echan cajeta encima. Lo más cool que la gente se lleva a la boca es el café, sobre todo en invierno. También en Tim Hortons venden café. A otros les gusta el de Second Cup. De todas formas, el café es cool. Lo que no es tan cool es de donde lo sacan, porque dicen que ahí hay mucha violencia y matan a mucha gente.
La violencia no es cool. Por eso los Estados Unidos ya no son tan cool como antes. Porque a cada rato matan a alguien y, peor aún, a cada rato matan a alguien en las preparatorias. Aquí se asustan mucho cuando los jóvenes que no son cool ponen páginas fascistas o satánicas en el Internet, o cuando amenazan con matar a sus compañeritos de la escuela. El año pasado dos chicos mataron a muchos otros en Colorado. Después de unos días, uno mató a otro cerca de aquí, en un pueblo que se llama Taber. Por eso, tenemos mucho miedo de que lo que no es cool de los Estados Unidos se nos pegue.
Creo que lo menos cool que nos puede entrar por la nariz es el pedo de otro. Pero no es nada cool protestar ni siquiera hacer el menor gesto para apartar el pedo de la nariz. Es falta de educación. Hay gente muy loca que viene de otros países que hace cosas que no son cool con el tacto. Por ejemplo, los que vienen de Sudamérica saludan con la mano y si son mujeres con un beso. Si lo hacen ellos, para nosotros es cool. Y si uno quiere ser cool con ellos lo tiene que hacer. Pero hacerlo entre nosotros no lo es. Aunque hay gente que sí lo hace. Porque eso es lo más cool de Canadá, somos muy tolerantes con lo cool y con lo que no lo es tanto. Ahora que empezó el 2000, me hice el propósito de ser más cool. Espero lograrlo.

Cálgary, marzo del 2000

miércoles, 15 de septiembre de 2010

La sombra sobre la cama


Para no soltar el género, ésta es la penúltima reseña publicada en la revista Espacio 4 que me queda en el archivo. La escribí hace más de dos años. Es sobre una cinta de Ang Lee quien, además de excelente director, tiene la extraña capacidad de hacer que ninguno de sus filmes se parezcan entre sí. A continuación el texto:

Desde que el espectador aprecia su avance, Lujuria y traición (Se, jie, 2007) del director Ang Lee se percibe como una película de antaño y no sólo por la ambientación en el Shangai de la década de los cuarenta sino también por su tono y su ritmo. Son los ojos de un perro guardián los que dan la bienvenida a este periplo, ojos vigilantes no muy diferentes a los del enemigo a vencer: el señor Yee (Tony Leung). Seremos testigos de una China invadida por los japoneses y, entre los privilegiados que colaboran y además son vistos como traidores por sus compatriotas, se encuentra Yee en cuya casa, sin embargo, vive su amante y enemiga Wong Chia Chi (Wei Tang). Nada de esto queda claro cuando aparecen frente a la mesa de mahjong cuatro mujeres jugando y conversando a la vez sobre las dificultades para conseguir ciertos productos durante el racionamiento. Cuando Yee entra a saludarlas e intercambia miradas con una de ellas —quien por cierto no es su esposa, la señora Yee (Joan Chen)—, la joven interrumpe la jugada y pronto es vista entrar en una cafetería atendida por occidentales, hacer una llamada y después sentarse con inquietud teniendo como fondo musical un tango. La retrospección obliga para explicar lo sucedido.
Llamar a la ganadora del León de Oro en el pasado festival de Venecia “un thriller de espionaje” es en realidad simplificar los alcances de la obra de Lee, realizador inclasificable pues navega con aparente facilidad a través de diversos géneros, historias y países y, a pesar de ello, con pocos fracasos estéticos en su haber. Ahora el cineasta regresa a su terruño para relatar una historia original de Eileen Chang —un cuento traducido al formato de profundo aliento del largometraje— en un contexto muy preciso que salpica a la cinta con tintes tanto eróticos como del género negro y que, sin embargo, se mezclan entre sí para volverla una entidad diferente y difícil de catalogar. La segunda metamorfosis incluida en este paquete y la más fascinante es la del personaje central, Wong Chia Chi, quien recuerda su pasado en esa cafetería del comienzo. Ahí contrastará la imagen de la mujer elegante con la de la jovencita desamparada que huye de Shangai a Hong Kong para alejarse de la invasión nipona. A la distancia del destartalado vehículo en el que se sube con una amiga, logra avistar a quien conocerá después y parecía entonces destinado a ser el amor de su vida: Kuang Yu Ming (Lee-Hom Wang). Pero él estará más interesado en sumarse a la resistencia que a besar a la heroína. El radicalismo político lo enceguecerá sin remedio.
La primera parte de la cinta trascurre entre la inocencia y la frescura del grupo teatral comandado por Kuang Yu Ming —y del que Wong Chia Chi formará parte— para culminar en lo que parece una travesura política de universitarios cuando decidan llevar el teatro a la vida y así, a través de Tsao (Kar Lok Chin), entablar amistad con el señor Yee. La meta es asesinarlo. Dicha jugarreta sale mal tras una escena maestra por parte de Lee en la que la falsa señora Mak —interpretada en juego de cajas chinas por Wong Chia Chi— está a punto de conducir a Yee hacia la ratonera: el interior de la casa donde lo esperan sus verdugos. El hombre frío e implacable no sucumbe ante el deseo. No es una rata sino un astuto perro guardián que sabe cuidarse mejor que a sus amos. Ni siquiera en la oscuridad de una sala de cine lograrían acorralarlo. La ruptura del grupo se firma con sangre y Wong Chia Chi huye a Shangai para, tres años después, serle encomendada la misión antes inconclusa. A pesar del terror aún presente tras el homicidio de Tsao por parte de quienes fueron sus amigos, la muchacha acepta volver a interpretar para Kuang Yu Ming el papel de la señora Mak. Ahora no están solos. Los supervisa un grupo de idealistas dispuestos a cualquier bajeza con tal de alcanzar el objetivo. Sorpresiva para el público y para Wong Chia Chi es la iniciación en las relaciones carnales con Yee: un brutal ultraje que no deja a nadie indiferente. Convertirse en amantes lleva a los personajes hacia el sendero de las transiciones. Sólo en el éxtasis caerá el antifaz del perro guardián de los japoneses. La guerra se traslada al imperio de la cama.
Como en anteriores créditos de Lee, hay miradas que interpretar, sentimientos en los cuales hurgar, movimientos para adivinar. Intermitente con los restaurantes atendidos por geishas, los clandestinos lugares de reunión de la resistencia y la casa de los Yee cuyo centro es la mesa de mahjong; se halla palpitante el erotismo violento al que se entregan los enemigos. Nada quedará del amor platónico sentido por la joven. Ahora quien la posee de verdad y la termina quebrantando no es Kuang Yu Ming sino Yee. Poco a poco, la lujuria da paso al amor. Ella no podrá permitir que ultimen al villano cuando esté preparada la otra ratonera. Incluso a él, ante el segundo fracaso de la misión, le será muy difícil firmar sentencias de muerte. Al final, sólo se imprimirá de manera fugaz la sombra sobre la cama que alguna vez ocupó Wong Chia Chi. Por el nivel de tensión manejado, su estética y el trabajo histriónico de la debutante Wei Tang, vale la pena seguir con cuidado el camino propuesto por Lee. No resulta fácil. Hay a quien le parecerá inútil el trayecto por la falta de coordenadas. Sin embargo, para quien preste atención la experiencia resultará fructífera. Como cómplice de Lujuria y traición se halla de nueva cuenta el mexicano Rodrigo Prieto, también premiado en Venecia por la mejor fotografía. Ang Lee se ha convertido ahora en el niño mimado de dicho festival pues obtuvo por segunda vez el León de Oro. La primera fue apenas hace algunos años con Secreto en la montaña, otra historia de amor donde lo sugerido era más elocuente que lo mostrado. Desde ahora, estamos esperando el siguiente filme del taiwanés.

Lujuria y traición (Se, jie, 2007). Dirigida por Ang Lee. Producida por William Kong y Ang Lee. Protagonizada por Tony Leung, Wei Tang, Lee-Hom Wang y Joan Chen.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=CizN-DvGhrc

Viva un accidente geográfico, cabrones


No por nada me considero misántropo. Y de entre los muchos sentimientos colectivos que me son imposibles de digerir está el nacionalismo. Simplemente no lo comprendo. Ni el propio ni el ajeno. No sé con qué se come ni muchos menos para qué me sirve. Y esto no es de ayer. Sino desde siempre. Desde que me ponían en la escuela primaria a cantar una letra decimonónica ininteligible para un niño, a asolearme los lunes rindiéndole tributo a un pedazo de tela, a pegar estampitas en un álbum con las caras compungidas de unos señores de extrema solemnidad y algo etéreos. Todo tan absurdo, tan sin sentido. Para qué. Si mi nacimiento no es otra cosa que producto de un azar, si haber nacido en México no es más que un accidente geográfico. Para qué. Claro, al preguntarme mi nacionalidad no titubeo. Soy mexicano. A quien lo dude le enseño el pasaporte. Y esto no es a mi pesar. Ni tampoco me causa placer. No soy de los reverendos payasos que con todo su sentimiento de inferioridad responden "soy ciudadano del mundo". No. Soy mexicano. El gentilicio está exento de vergüenza. No importa qué tan deteriorada se muestre hacia el exterior la situación de mi país. Sin embargo, tampoco hay orgullo. ¿Orgulloso de qué? Nadie escoge el gentilicio que le toca. Nadie construye desde cero la nación que ya está ahí: ensamblada, imaginada y hecha desde muchos años antes. Y por otros. Para bien o para mal. Si no implicó ningún esfuerzo propio, ¿dónde queda el orgullo? Nadie tiene por qué convertirse en embajador de algo o de alguien que no le convence. Si esto es así, si a mí no me costó ningún trabajo el gentilicio (como no me costó trabajo ni esfuerzo nacer) por qué tendría que sentir orgullo. Por este maldito razonamiento que no me abandona, no puedo compartir el afán del mexicano en el extranjero que hace hasta lo imposible por recrear lo no recreable en su nuevo ámbito: buscar tortillas de maíz recién hechecitas en no sé qué refundido barrio, decorar el departamento con artesanías ridículas traídas desde el terruño, repletar el reproductor multimedia con música de mariachis y trompetas estridentes. Si eso no les atraía cuando vivían en el país, a qué se debe esta incongruencia de retomarlo en el extranjero con fanática obsesión como si vivir fuera pudiese desdibujar su insegura y tambaleante mexicanidad. Todo en mi opinión tan banal, tan inútil. Para qué. Para rellenar, quizás, un vacío que en su debilidad no pueden combatir con nada más que con símbolos impuestos, condicionamientos producto de una mente colectiva ajena. Porque fue a alguien más (no a ellos) a quien se le ocurrió poner un símbolo de la dominación azteca al centro del "lábaro patrio", fueron otros los que urdieron la ficción del país con su maniqueísmo ramplón, sus héroes y sus villanos, con sus himnos, pedestales y pedas, traiciones y tradiciones, fechas y fechorías patrias. Para qué. Para que esta noche un napoleónico (por su estatura) líder quiera impresionarnos con vozarrón de "hombrezote" que no es (lo será a medias) dando el muy previsible grito rodeado de artificios armados (muy al estilo de Bush Jr.) para que se nos olvide que tuvo y todavía conserva rabiosos detractores desde el 2006. Qué valentía. En México somos muy dados a descalificar cualquier cuestionamiento como el que ahora hago con palabras -palabras que son burdas y poco pensadas etiquetas- que van desde las más hipócritamente diplomáticas ("cosmopolita", "sofisticado", "de mundo") pasando por las más típicas ("malinchista", "traidor", "vendepatrias") hasta culminar con las más pueriles ("amarguéitor", "abuelito", "aburrido", "raro", "antisocial") porque se supone, dentro y fuera de México, que el mexicano no desaprovecha la oportunidad por más nimia que ésta sea para festejar. Así se caiga el país a pedazos. Festejemos aunque nos vayamos al más refundido averno. También, según estas estúpidas generalizaciones que tratan vanamente de nulificar tanto la voluntad individual como el valor de cada ser humano para ir contracorriente, por llevar el gentilicio mexicano yo debería ser impuntual, tirar basura en la calle, alburear a quien se me ponga enfrente, repetir incesantemente lugares comunes o frases hechas repetidas hasta el hartazgo por generaciones anteriores. Ésas tan llenas de sabiduría que rezan: "como México no hay dos", "como La Laguna ninguna" (ésta todavía más descabellada), "que la Virgencita de Guadalupe te bendiga", "el muerto y el arrimado al tercer día apesta", "a la mejor cocinera se le queman los frijoles", "masaje con final feliz", "pórtate bien y si no... (ya sabemos el desenlace)", "Pedrito Infante, ídolo del pueblo", "María Bonita", etcétera, etcétera y un nunca finalizado etcétera. Para qué. Ora sí que para qué chingaos. Habrá quien me refute y me diga que el azar del nacimiento no lo es todo. Ahí está todo lo que nos nutre (la cultura, la literatura, la música, la pintura, los bailes, las costumbres, la lengua). Y ahí sí me verán recular. Tendrán razón. Es mucho más fácil para mí decir "mi lengua es mi patria". Y cómo no si es mi instrumento de trabajo, lo que me hace vivir tanto material como espiritualmente. Y sí, admitiré que no tengo la razón. Sólo los imbéciles creen tenerla, sólo ellos no albergan dudas. Claro, no les contestaré a los ídem lo anterior. El mexicano también es educado. ¿O no? Pero aun así no entiendo la razón de salir a gritar otra frase hecha como "¡Viva México, cabrones!" hoy por la noche. No sé con qué se come esto (adelante, alburéenme, pendejos, me vale madres), no sé para qué nos sirve. No nos hace mejores personas. No contribuye en nada con nuestro crecimiento. O al menos el mío que, no lo niego, es el que más me importa. Vivan los accidentes geográficos, cabrones. Yo, con su permisito, me desconecto como lo he hecho en años anteriores y como lo seguiré haciendo por el resto de mi vida.