domingo, 19 de septiembre de 2010

Montrealenses (IV): tatuados hasta los huesos


Por haber nacido en uno de los muchos faros de la moda aunque quizás en el menos conspicuo, el montrealense no se ha sustraído a la locura de los tatuajes. El montrealense se hace tatuar los brazos, las piernas, el cuello, los tobillos, la espalda, el pecho e incluso las partes más ocultas de su anatomía para así impresionar a su pareja en la desnudez de la cama. Y sobre su epidermis blandirá calacas, dragones, personajes animados, caritas risueñas y hasta símbolos chinos que ni siquiera entiende. Bien le habrían podido tatuar "pendejo" en chino y ni cuenta se daría. Sí, hoy día todos se tatúan. Aquí y en todas las otras grandes metrópolis del mundo. ¿Por qué? Pues, aquí entre nos, porque está de moda y de la moda, lo que caiga, aun si no te acomoda, aun si te incomoda. Pero ya en público el montrealense nunca admitiría ser un automáta más de la manipulación de los medios, del reino ilimitado donde actualmente supremas reinan la imagen y la apariencia. No. Por eso dice que se tatúa porque es bien rebelde, rete-anticonvencional y, claro, muy muy muy muy auténtico. Nada grita a los cuatro vientos "¡soy auténtico!" como abandonarse al dolor y presumir exhibicionista el nuevo tatuaje. Aunque lo de presumirlo no pueda hacerlo durante los meses del invierno. Por eso, el verano es excusa ideal para encuerarse y mostrar el "arte" sobre su piel. Anticonvencional- uno se muere de ganas de informarle- habría sido hacerse los tatuajes décadas atrás cuando nadie se dejaba pintar de forma permanente la piel, cuando los únicos que lo hacían dentro de la sociedad occidental eran los convictos, los reos, los enajenados. Hoy día hasta la abuelita más recatada. Hasta el más ñoño confiesa con el pudor asomándosele por el colorete de sus mejillas que tiene un tatuaje de una mariposita sonriente en la pantorrilla. Nomás en los ranchos provincianos de México se atreverían a correr a alguien del trabajo o a lo menos calificarlo de cholo porque tiene uno o dos monos horrendos pintados en el antebrazo. Hoy en día, el tatuaje -como las historietas- son el arte y sus autores, los artistas. Quién osaría descalificar la hermosura de una calaca con semblante de pocos amigos y un puro entre los dientes. Al morirse el tatuado, deberían cortarle el pedazo de piel y exhibirlo en el Louvre. Tatuémonos hasta los huesos que al fin y al cabo, si le llega el arrepentimiento al montrealense tan anticonvencional ahí están los tratamientos láser de miles de dólares para deshacerse de las pinturitas. Al fin y al cabo, ser auténtico también está de moda.