viernes, 31 de diciembre de 2010

La pesadilla de la visibilidad (2 de 2)


Si algo comparto con los rucos miembros de la autobautizada Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas que reparte el monigote-consolador de oro llamado Óscar es su ridículo sentimiento de inferioridad y sin duda resabio de colonialismo que conservan con respecto a la cinematografía británica. Ya los ingleses han de estar de manera muy socarrona al tanto de esta debilidad en sus contrapartes de Hollywood. Saben bien que película que hagan con respecto a la realeza (ya sea sobre Enrique VIII, Isabel I, la reina Victoria, Isabel II, la difunta princesa Diana o quien caiga), película que cosechará no pocas menciones en la sobrevalorada ceremonia para premiar lo mejor (y a veces hasta lo más infumable) del cine hollywoodense. Sí, no lo niego. No tengo por qué hacerlo. En eso, soy igualito a esos dinosaurios babeantes, ñoños y oligofrénicos. Por esa razón, no sorprende que El discurso del rey (The King’s Speech, 2010) del británico Tom Hooper se haya sacado varias nominaciones en lo que desde hace años llaman pomposamente la “antesala” del Óscar, los Globos de Oro.
Al comienzo de la película, corren los años treinta y Jorge V (Michael Gambon) de la casa de Windsor es el soberano del Reino Unido. Su segundo hijo varón Bertie (Colin Firth), el duque de York, no tiene la menor intención de suceder a su padre. Para eso está el primogénito David (Guy Pearce). En ese inicio del filme vemos a Bertie acompañado de su esposa Isabel (Helena Bonham Carter), quien con los años sería la Reina Madre. El hombre está nervioso. Como parte de la familia real no le es posible sustraerse de ciertas obligaciones. En este caso, hacer acto de aparición en un hipódromo y echarse un discurso frente a los súbditos. El problema es que Bertie es tartamudo. Se acabaron los tiempos en que para la familia real de Inglaterra era suficiente verse bien sobre un caballo en la guerra o en un encuentro de polo. De esta forma, El discurso del rey sería de esos estudiantes mataditos que cumple con todas las tareas encargadas por el maestro Óscar: historia basada en la vida real sobre un noble de sangre azul que para colmo se enfrenta a la discapacidad. Puntos en contra: no está hecho en Estados Unidos.
El discurso del rey renueva la pesadilla de la visibilidad. Bertie en ningún momento desea hacer pública su vergüenza privada y evita en lo posible hablar frente a una audiencia multitudinaria. Quienes se regodean en las diferencias de clase de seguro no podrán ver más allá de los prejuicios. De qué se queja, refunfuñarán, este señor que sí nació en cuna de oro y que en su vida va a verse obligado a realizar un trabajo manual. Sin embargo, si somos capaces de sobreponernos a nuestras ideas fijas y si le concedemos al personaje de Bertie una poquita de la humanidad que el actor Colin Firth se esforzó tanto en darle, si el espectador de alguna manera halla algo de empatía dentro sí saldrá recompensado del cine al darse cuenta de que, ya sea realeza o vulgo, la humanidad se enfrenta a filias y fobias similares. En este caso, la de hablar en público. Y con eso la gran mayoría de los seres humanos podemos identificarnos.
Es entonces cuando entra en escena Lionel Logue (Geoffrey Rush). Isabel, luego de que su esposo haya consultado a numerosos expertos, recibe una recomendación y allá van los duques de York al sótano de un edificio sombrío y de diminuto ascensor para entrevistarse con el hombre que supuestamente obra milagros. Logue debe ir al fondo del asunto para que Bertie supere su fobia. Sin embargo, la realeza nunca pierde su dignidad confesando recuerdos infantiles traumáticos ni reiteradas burlas de familiares. Para los Windsor la ropa sucia se lava en casa. Las primeras sesiones, por esa razón, serán un fracaso. Cuando muera Jorge V y cuando más tarde suba al trono David ya convertido en Eduardo VIII, las miradas se posarán cada vez más sobre la figura apocada y gris de Bertie. Y eso porque su hermano mayor se ha enamorado perdidamente de Wallis Simpson (Eve Best), una divorciada estadounidense a la que pretende hacer su esposa. Ésta es la parte de la historia por todo el mundo conocida. Una vez que David abdique para cederle el trono al hermano tartamudo, Logue volverá a ser imprescindible, esta vez ya no para Bertie sino para Jorge VI de Inglaterra. De la discapacidad pública de un rey que ya a lo lejos huele los vientos de la Segunda Guerra Mundial, ésos que de forma amenazante se avecinan, surge con Logue una amistad que hacia el desenlace logra tumbar las barreras entre realeza y vulgo. De ahí en adelante Lionel Logue, después descubierto como un hombre sin credenciales o diplomas, estará a pesar de eso al lado del monarca cada vez que éste se halle frente a un micrófono. El joven cineasta Tom Hooper, de quien sólo se conoce un crédito cinematográfico anterior titulado The Damned United (2009), debe estar orgulloso de su trabajo.
No voy a negar que a pesar de que Hooper le hizo requetebién la tarea al maestro Óscar, ese señor tan entelarañado y polvoso que muchos deleznamos, El discurso del rey me gustó. No creo, sin embargo, que haya sido la mejor película que vi durante el 2010. Pero no soy capaz de restarle méritos. Entre ellos, la hechura por parte del director, las excelentes actuaciones de protagonistas y reparto, la ambientación y —¿por qué no?— el hecho de desvelar un episodio de la realeza británica poco conocido incluso para los ingleses. Porque aun entre los más privilegiados la inseguridad también oronda se pasea. Sino pregúntele a Isabel II que ya debe estar harta de que hagan películas sobre ella o sobre su familia.

El discurso del rey (The King’s Speech, 2010). Dirigida por Tom Hooper. Producida por Iain Canning, Emile Sherman y Gareth Unwin. Protagonizada por Colin Firth, Geoffrey Rush y Helena Bonham Carter.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=Ww-7OAdIzNk

PD: Como lo di a entender en el texto paródico de ayer, no se necesita ser una lumbrera para pronosticar una nominación de mejor actor en el caso de Colin Firth. Tampoco se necesitan muchas neuronas para hacerle al augur y afirmar que le van a dar el Óscar. ¿Por qué? Porque esta premiación se mueve mucho por las culpas pasadas y, como no se lo dieron por interpretar a un profesor homosexual en A Single Man (2009) de Tom Ford, se lo darán por hacer al rey Jorge VI en The King’s Speech (2010). Con estos perversos juegos mentales se manejan.

Nota del 30 de enero: La película se estrena en territorio mexicano el 18 de febrero.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Mi "Top 10"


La productora del programa matutino de televisión en el que trabajo, Carmenchu de los Monzones, entra angustiada al foro ya exento de camarógrafos y me manda llamar con un dictatorial tronido de sus dedos. Es jueves 30 de diciembre. Ella sabe que su programa es el rompe-récords de audiencias en la región lagunera y por lo tanto en todo el orbe. "Ay, Michelito de mi corazón, adorado de la vida," me dice con su voz dulzona, "ya casi es fin de año y como tú le sabes a eso del cine necesito que me prepares para tu sección un Top Ten". Trago saliva. Desde que caí por conjuros del azar en esta ingrata labor de reseñar películas y otros entes del entretenimiento había jurado que nunca en mi vida confeccionaría una de esas bellacas listas que tantos otros critiquillos de cuarta se dedican a hacer en diciembre de cada año. Sin embargo, sé que si no lo hago Carmenchu me liquidará. Luego me consuelo. Ni Carmenchu ni nuestro público precioso tiene por qué saber que la lista no será mía sino de los demás. Bienaventurada época de la red mundial donde puedo simplemente teclear “Top Ten 2010 Movies” para fusilarme las listas de esos otros críticos paleros y chumamedias de Hollywood pues al fin y al cabo no será muy diferente una de la otra. Al día siguiente, 31 de diciembre, frente a las cámaras, vuelvo a tragar saliva. Algunas de las cintas que recomiendo ni siquiera las he visto y espero que mi mendacidad no se delate a través de las ondas televisivas. Carmenchu se muerde las uñas. Esto deberá salir muy bien para deleite de todas las amitas de casa y los chamacos de vacaciones que nos ven desde el confortable calor de casa. Allá voy.
“Buen día, público querido que nos honra con su atención esta fresca mañana. Pues por fin llegó el fin de año y mientras ustedes desempolvaban los choninos rojos para usarlos este 31 de diciembre como nos lo recomienda nuestra psíquica de cabecera yo me di a la tarea de reflexionar sobre las mejores películas que hemos visto este año y darles así mi muy exclusivo, original, propio y humilde Top Ten del cine mundial.
En el puesto número diez tenemos a un compatriota. Así es, el “Negro” González Iñárritu, orgullosamente mexicano, nos volvió a demostrar lo excelente director que es compartiéndonos esta historia conmovedora llamada Biutiful donde un padre repleto de claroscuros y al borde de la muerte se enfrenta a diversas vicisitudes en lo que es la ciudad de Barcelona, España. Por supuesto, la cinta cuenta con la indiscutiblemente poderosa actuación del histrión de las Iberias, Javier Bár… perdón, Bardem, lo cual le valiera el premio a mejor actor en el festival de Cannes, Francia. Si usted, estimada amiga, no tuvo oportunidad de verla en La Laguna pues sólo duró una semana en cartelera, córrale a su videoclub más cercano y réntela.
En el puesto número nueve tenemos El escritor fantasma de Roman Polanski que, aunque su director sea un viejito rabo verde muy travieso y abusador de púberes canéforas, eso no nos importa porque aquí en el canal 25 Laguna no somos nada moralistas. Le aseguramos que a lo largo de este largometraje del director polaco estará usted al borde de su asiento pues trata de un primer ministro inglés interpretado por Pierce Brosnan que escribe lo que serán sus memorias. Pero no lo hace solo, no. Tiene a un escritor fantasma, como el título del filme nos lo indica, que poco a poco descubrirá una intriga de alcances internacionales donde no todo es lo que parece. Otra que usted, adorada de nuestros corazones, no puede perderse. Cómpresela al marido para entretenerlo cuando no juegue el Santos.
En el puesto número ocho está ni más ni menos que El cisne negro de Darren Arof… perdón, Aronofsky. En ella una joven bailarina de New York, Estados Unidos, tendrá que bailar el clasiquísimo ballet bailable de “El lago de los cisnes” y verá cómo poco a poco se ve invadida por la locura ante tanta presión. Este filme nos muestra que la perfección puede ser mortal. Aunque no se ha estrenado en México nosotros en su programa favorito ya tuvimos la oportunidad de viajar al otro lado y apreciarla en toda su maestría. A pesar de que tiene algunas escenas no aptas para menores le aseguramos que si va en parejita con su marido a verla cuando se estrene dejando a los chamacos con la comadre no se decepcionará. Ya desde aquí predecimos que Natalie Portman va a ganarse el Óscar a mejor actriz. Injusto sería que no fuese así. Besos y saludos desde La Laguna hasta Los Ángeles, Natalie chula.
En el puesto número siete se presenta El discurso del rey de un director cuasi novel llamado Tom Hooper. Si usted no le creyó a nuestra ídola de ídolas la Vero Castro cuando nos afirmó que los ricos también lloraban pues aquí lo va a comprobar. Y no sólo ricos y famosos sino además de sangre azul ya que quien venía a ser el padre de la reina Isabel II de Inglaterra era tartamudo, el pobre, sí, le aseguro que usted no lo sabía, y el largometraje maravillosamente ejecutado de Hooper nos cuenta el drama que este rey de nombre Jorge VI vivía cada vez que se enfrentaba a un micrófono. Espere indescriptibles ambientaciones del tiempo de la Segunda Guerra Mundial. Y no sólo cuenta con la participación de Helena Bonham Carter y de Geoffrey Rush sino que desde este humilde programa le aseguramos que el británico Colin Firth esta vez sí se va a llevar el Óscar a mejor actor a su casa. Se lo merece.
En el puesto número seis no podía faltar una historia para inspirarnos. Si usted , amiga que nos mira desde casita, se queja del frío, de la inseguridad, de lo cara que está la vida pues no se ponga gruñis, recupere la dignidad y deje de quejarse al ver la nueva cinta de quien nos trajera la gran ganadora del Óscar Quisiera ser millonario. Sí, le hablo del realizador Danny Boyle. En 127 horas Boyle nos enseña a todos los espectadores una historia de supervivencia que la conmoverá hasta las lágrimas. Qué mineros de Chile ni qué nada. En ella un explorador queda atrapado durante 127 horas, como el nombre de la película nos lo viene a indicar, en un cañón de Utah, Estados Unidos. Una verdadera inspiración para que veamos la vida con mucho positivismo y así le echemos todas las ganas para salir adelante. Y el joven actor James Franco le hará su fuerte competencia a Colin Firth por el Óscar a mejor actor. Recuerde que pronto estará en la sala de cine más cercana a su domicilio.
En el puesto número cinco hemos colocado Los niños están bien de Lisa Cholodenko. Yo sé, amiga estimada, que usted es una mujer moderna de amplio criterio que no se sorprenderá ante una comedia que tiene como centro una pareja de madres lesbianas que se enfrentan a todo tipo de situaciones chuscas y conmovedoras cuando sus hijos busquen al donador de… ejem… esperma gracias al cual tuvieron a sus retoños. Para que usted se dé cuenta de que la comunidad guey también es humana y tiene su corazoncito. Sí, ellas y ellos también son personas. Para que usted sepa que todas las familias son iguales así le tiren un poquitín por el lado disfuncional. Aquí también hay una actuación por parte de doña Annette Bening que le pondrá las cosas difíciles a Natalie Portman la noche del Óscar. Sublime es un adjetivo que no alcanza a describir lo maravillosa que está la Bening como lesbiana madura y dada al traste. Te queremos, Annette, te queremos.
A continuación otra próxima a estrenarse. En el puesto número cuatro se halla The Fighter de David O. Russell, una historia más de rags to riches como dirían los gringos, de campeón sin corona, de Rocky al puro estilo Sly Stallone, pues en ella atestiguaremos el ascenso de un púgil interpretado por Mark Wahlberg al que usted, amiga que es de mundo y está al tanto de cualquier moda musical, recordará como cantante rapero de los noventa. A su lado se encontrarán Christian Bale, mejor conocido como Batman, y la más cándida y encantadora de las actrices de Hollywood Amy Adams. Si no me cree, réntese Encantada de Disney. Yo le garantizo que si usted y su marido son fans de nuestros púgiles laguneros este filme será de su mayor agrado.
En el codiciado número tres está un prodigio taquillero de verano: El origen de Christopher Nolan. Como sé que usted además de mujer moderna es muy aguda e inteligente, de seguro fue de las pocas que le entendió a esta complicadísima trama donde unos ladrones de ideas se meten en los sueños de grandes empresarios y donde hay, para colmo, sueños dentro de otros sueños. Con unos efectos especiales de primer nivel y la gran actuación de Leonardo DiCar... perdón, DiCaprio, quien demuestra que no sólo es el niño bonito de Titanic, Nolan también nos prueba que una cinta de acción puede ser además intelectualmente desafiante. Corra a rentarla si no la vio en el cine el verano pasado.
No crea que descuidamos a los chamacos, señora bonita. En el puesto número dos no podía faltar Toy Story 3, una cinta de dibujos animados de una saga conocida que nos recuerda que no debemos dejar morir al niño que todos llevamos por dentro. En ella usted, el marido y los chamacos podrán seguir las aventuras de Woody y de Buzz Lightyear cuando Andy se vaya a la universidad. Espero que haya corrido a Cinépolis, nuestro generoso patrocinador, cuando se estrenó y que la haya visto como debe ser, en 3D, la nueva tecnología que vino a revolucionar el mundo del cine.
Y llegamos al momento más emocionante de la lista. ¿Quién será galardonada con el número uno del Top Ten cinéfilo del 2010? Apostamos a que usted no se lo imagina. Así es, amiga. Ni más ni menos que Red social de David Fincher. Tal vez no sepa, señora bonita, qué demonios es eso del Facebook pero ésta es la película que define a la generación juvenil actual, el filme que desbancará de todas las listas de críticos a El ciudadano Kane, una reliquia que ya nadie recuerda de un tal Orson Welles. Con un guión supremo, unas actuaciones memo… memorabilísimas (en especial, la revelación de Justin Timberlake) y un manejo de cámaras audaz y de entraña de David Fincher, Red social será indubitablemente la gran ganadora del Óscar. Desde mi modesta opinión, ésta debe ganar el premio de mejor película porque es un hito en la historia de la cinematografía mundial que dentro de cien años seguiremos celebrando como el portento en pantalla de plata que nos definió como generación. Ya se estrenó en el DF, Monterrey, Guadalajara, Puebla, Cancún y Cuernavaca y, según nos informan nuestros hacendosos amigos de Cinépolis, pronto se estrenará en nuestra bella Comarca Lagunera.
Y ahí lo tiene, público de casita. Éste a mi Top Ten de cine del 2010. Y como dirían en la nórdica provincia francófona de Quebec en Canadá… ¡buen cine! Hasta el próximo año.”
Salgo del foro y Carmenchu de los Monzones me abraza de emoción ante lo excelente de mi cápsula. Entonces sé que no se me notó lo charlatán. No he visto ni Biutiful ni Toy Story 3. No pienso ver The Fighter. Y además me dormí a la media hora de comenzada Red social. Rompí mi juramento de no hacer listas de éstas; pero eso ya no importa. Quién no ha vendido antes su dignidad por un plato de lentejas.

Nota al pie: Mañana, ya en serio y para despedirse del 2010, un comentario sobre The King's Speech, titulada en España como El discurso del rey.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Donde la verdad miente


En Estados Unidos pasó la cuarta temporada el verano pasado. Ahora ya está en México desde la primera. Y no doblada sino con subtítulos en español. Como debe ser. Yo lo ignoraba hasta llegar aquí y enterarme por el sitio del Canal Once del Politécnico que desde hace siete u ocho semanas comenzaron a transmitirla cada miércoles a las 11:30 de la noche. Es una creación de Matthew Weiner, productor y guionista de Los Soprano. La serie se titula Mad Men y el eslogan de la primera temporada nos dice que es el lugar donde la verdad miente. No puedo definirla sólo como eso. Se presenta además como una joya resplandeciente de la televisión. De ésas que no se hacen en México.
Conocía el programa de oídas. Apenas este año le eché un ojo. Supe hace ya bastante tiempo que la omnipresente y omnipotente conductora de tele Oprah Winfrey había entrevistado a sus actores principales en su conocidísima emisión. De dos o tres locutores de radio especializados en cine y televisión escuché comentarios muy elogiosos y apenas hace algunos meses me di a la tarea de rentar las temporadas anteriores en el videoclub. Mad Men se ubica en el Nueva York de los años sesenta y gira alrededor de una agencia de publicidad medianamente exitosa sobre la Avenida Madison cuyo nombre es Sterling Cooper.
En esta agencia trabaja como director creativo Don Draper (Jon Hamm), un hombre treinteañero, exitoso, guapo, audaz e imponente cuya tarea es hacer que la verdad mienta. Eso, claro, para hacerle comprar al público estadounidense los productos asociados con Sterling Cooper: cigarros, laxantes, desodorantes, lápices labiales y un casi infinito etcétera. En el primer capítulo no sabemos mucho de este hombre y sólo a lo largo de esos trece episodios iniciales iremos reconstruyendo la complicada personalidad (oscura, machista, confusa, contradictoria) de quien sabe que las apariencias en el mundo de la publicidad lo son todo ya que Draper se construyó a sí mismo de la nada hasta obtener la vida ideal proclamada por el mundo al que pertenece: auto en la cochera, casa en los suburbios, esposa-trofeo, dos hijos y un perro. Y ya que la construcción de su personalidad se ha hecho a través de ficciones la seguridad de su entorno en apariencia perfecto penderá de un hilo.
Al mismo tiempo que por primera vez vemos a Draper —preocupado por la cuenta de cigarros marca Lucky Strike— entrará a Sterling Cooper una nueva secretaria para ayudarlo: Peggy Olson (Elisabeth Moss). Originaria de Brooklyn y educada en el seno de una familia católica, Peggy entra a su nuevo trabajo disimulando sus ambiciones laborales (casi idénticas a las de Draper) y sintiéndose cercada por los otros empleados quienes insinúan con constancia abrumadora que para subir en esa y en cualquier otra empresa habrá que ser menos tímida y más liberal con el jefe.
Mad Men no sólo está impecablemente actuada y ambientada. También es un pretexto ideal para revisar los valores y los hechos importantes de la década en cuestión en Estados Unidos con una mirada que va desde lo irónico pasando por lo nostálgico hasta arribar a lo paródico. Éste es el momento en que no se hablaba de corrección política o sexismo en el trabajo ni se prohibía fumar en espacios cerrados. Fue aquí donde se le dijo a todo estadounidense (y por asociación a todos los países vecinos) que para ser feliz había que consumir, había que poseer lo dictaminado por la publicidad. Se venía al mundo para comprar el auto del año, la casa en el suburbio y toda la tecnología de último grito. Ante los acontecimientos actuales (contaminación, calentamiento global, corrección política) Mad Men resulta una experiencia tan voyeurista como relevante. De igual forma, en esa época, ya estaba puesta la semilla para los cambios ideológicos que en algunos rincones del planeta todavía tardan (lo cual es el colmo tras medio siglo).
Y así, al final de su día de trabajo en Manhattan, veremos a Don Draper confesar que no cree en el amor siendo ésta invención de hombres como él y poco después subir al tren suburbano que lo lleve de regreso a su idílica casa donde lo espera Betty (January Jones), la esposa amorosa de postal, el clon de Grace Kelly, el ama de casa de cabello rubio, sonrisa encantadora y buenos modales que todas las noches —llegue o no llegue al hogar su marido— le tendrá lista la cena. Y así presenciaremos cómo el padre se conmueve hasta las lágrimas ante la visión de sus hijos dormidos. Ni Draper ni ninguno de los personajes de la serie son meros arquetipos. Su complicación la llevan a extremos que sorprenden. Junto a un reparto también encomiable entre quienes se dan situaciones que van desde lo dramático hasta lo cómico, a lo largo de la serie observaremos el lento y fascinante deterioro de ese universo construido con falacias.
Tras haber navegado por entero satisfecho a través de las primeras tres temporadas de Mad Men lo único que puedo hacer es unirme a las voces que la elogian y decir que esta serie hasta donde la he visto es imperdible. Tanto así que ya me considero fanático y a las pruebas me remito: la imagen que acompaña esta entrada salió del sitio de Internet donde todos los enajenados gracias a esta serie podemos construir —como alguna vez lo hizo Don Draper— nuestro gemelo que nos represente en esos años sesenta de superficialidad, discriminación, incorrección política y humo al por mayor. Y aquí dejo además el sitio de Canal Once sobre Mad Men: http://oncetv-ipn.net/madmen/. Ojalá todas las mentiras fueran tan buenas.

martes, 28 de diciembre de 2010

La pesadilla de la visibilidad (1 de 2)


Pues en unas horas me salió la siguiente reseña sobre El cisne negro de Darren Aronofsky. En mi opinión una película interesante, aunque dispersa e irregular, con momentos muy buenos (incluso geniales) y otros de risa loca. Por lo que se ve, será de las consentidas del Óscar. Así de flojo ha estado este año el cine hollywoodense. El texto a continuación:

Todo empieza con el sueño de una mujer. Estar sobre el escenario y representar un ballet tan icónico como “El lago de los cisnes” debería colmarla de una insondable sensación de éxtasis y, sin embargo, todo se arruina al sentirse perseguida por una presencia alada, oscura y amenazante. Esto ya no es sueño sino pesadilla. Y es que la persecución —no importa que la persecución resulte verdadera o imaginaria— es una constante a lo largo de El cisne negro (Black Swan, 2010), quinto largometraje del cineasta neoyorquino Darren Aronofsky, el mismo de Pi (1998), Réquiem por un sueño (2000), La fuente de la vida (2006) y El luchador (2008). Y al igual que la persecución también son constantes los ojos que siempre están observando a Nina Sayers (Natalie Portman). Y, en muchos sentidos, porque se siente observada y porque desea el aplauso y la aprobación de quienes la observan, Nina está esperanzada en alcanzar la perfección en su arte, en el dificultoso mundo del ballet. Todos los actos de su vida van dirigidos a esa meta. Es lógico tratándose de una bailarina entrenada desde la infancia. Y la primera persona que la ha observado con obsesiva ternura desde entonces es Erica (Barbara Hershey), la madre. Casualmente otra bailarina aunque ésta haya tenido que retirarse. Esa presión sonriente, la de la madre que vive a través del éxito de la hija, no puede ser ignorada. Erica mantiene a su hija en una habitación rosada donde abundan los peluches y los juguetes, la mantiene suspendida en la niñez exenta de toda pulsión sexual. A Nina la persigue la cámara de Aronofsky tanto como su madre. La cámara quisiera estar dentro de su mente. Pero es imposible. Aunque el director lo intente. Quién sabe si Aronofsky salga airoso del atrevimiento de intentar reproducir en imágenes el declive mental de una joven paranoica y al borde de la locura, quizás porque la locura es lo más difícil de retratar en el cine. Fijada en su nuca, la cámara sigue a Nina mientras cruza la explanada hacia el gran teatro de Nueva York que alberga a la compañía de ballet para la cual trabaja. Los ojos fríos y congelados que la observan desde un cartel gigantesco son los de la ya veterana prima ballerina Beth Macintyre (Winona Ryder en un papel pequeño pero contundente tras su muy personal escándalo cleptómano de hace ya varios años). Aquí, mientras se detiene frente al cartel de una soberbia Beth, Nina le da un aire a cierta Eve Harrington (sí, la clásica admiradora roba-carreras de All About Eve o La malvada en México) aunque quizás menos hipócrita y suplicante. Thomas Leroy (Vincent Cassel) es el director de la compañía, así como cliché de todos los hombres franceses nunca avergonzados de su pronunciado acento, su energía sexual, su descaro; esa caricatura siempre lista para seducir a las jóvenes bailarinas. Quizás Beth, tan próxima como renuente al retiro, haya sido la primera de todas. Por algo Leroy la llama su “pequeña princesa”. Nina quiere figurar, ser la prima ballerina, ser la escogida del director, ser la consentida del profesor, protagonizar así en un doble papel la versión de “El lago de los cisnes” de Leroy. Pero la muchacha es toda dulzura, pureza, vulnerabilidad. Una frágil muñeca, una porcelana en miniatura de cajita musical. Sí, perfecta para el rol del cisne blanco. En cambio, el cisne negro es la seducción, el instinto, la crueldad, el engaño. Leroy le exige a Nina proyectar todo eso. Pero Lily (Mila Kunis, la chica boba de la serie That 70’s Show y la voz de Meg en Padre de familia ahora en su primer rol cinematográfico importante) entra a la mitad de la audición haciendo ruido y la distrae. Nina pierde la concentración y fracasa. Irá de regreso a los brazos de Mamá con lágrimas en los ojos. Una entrevista que termina con beso mordelón en la oficina de Leroy cambiará eso. Aquel mordisco a los labios de su maestro a lo mejor encierra la energía requerida para interpretar al cisne negro. Leroy duda y le concede el papel doble que fracturará la cordura de Nina.
Por alguna razón Aronofsky decide abarcar con su quinto largometraje un variado catálogo de tópicos: la dominación materna, la perfección dentro del arte, la reprimida pulsión sexual, el descenso hacia la más profunda locura, el cruel mundo del ballet y en especial la búsqueda del lado oscuro. Ahí es donde El cisne negro entra en los terrenos del lugar común, en las manidas clasificaciones del “ello” y el “súper-yo” freudianos, de la enésima ocasión en que se recrea la bipolaridad al estilo "doctor Jekyll y señor Hyde". Siendo Nina Sayers la típica figura encima del pastel rosado, tendrá que bucear —bajo la presión de su maestro— en los sentimientos más reprimidos para de alguna forma liberar su instinto. Esa transformación de su mente se encarnará en una laceración de la piel de su espalda, otro signo del lado oscuro que su madre intenta mutilar al recortarle las uñas. Nina encuentra a su gemela liberada en Lily, la bailarina de San Francisco, la que liga, fuma, bebe y se desvela, la tatuada, la artista que no es perfecta —como le dice Leroy— en su técnica; pero que exuda sensualidad. Así como Nina entró admirada al camerino de Beth como alguna vez lo hiciera Eve Harrington al de Margo Channing, así como la joven anhela muy dentro de sí desbancar a la veterana, la protagonista pronto creerá que el único objetivo de Lily es sustituirla. Será su rival. Nina caerá pronto en un sentimiento ambiguo donde se debate entre la desconfianza y la sorpresiva atracción hacia el cuerpo de Lily. Luego será su amante. Por esta variedad de temas, donde vemos que incluso la ambigüedad sexual se roza, la quinta obra de Aronofsky se convierte en una película dispersa, de explosión no controlada donde no parece haber un punto de enfoque ni contención, donde el oriundo de Brooklyn parece querer golpearle a la piñata en todas direcciones para ver si así le atina y se le presenta la cascada de dulces. En momentos El cisne negro recuerda a The Red Shoes (1948) de Michael Powell, en otros a la citada All About Eve (1950), en otros incluso a Mulholland Drive (2001) de David Lynch. Aunque incluya secuencias de verdadera maestría y que escapan a cualquier clasificación, escenas que me hacen pensar como espectador que estoy ante un genio del cine, existen por desgracia otras donde el humor involuntario no puede negarse: pinturas gritonas y parlantes al estilo de Munch, iris de color rojo, sustos que no son sustos. Y a pesar de que dichas escenas formen parte del retrato de la locura no dejan de estar hechas, en mi opinión, con muy poco tino. Eso sin contar los continuos engaños a los que las cintas sobre la locura nos tienen acostumbrados. Ése es el gran peligro de llevarla al cine. Cuando el demente imagina una serie de acontecimientos (una herida, una relación sexual, una aparición, un perseguidor) y al público se le persuade de que eso (tan terrible, tan emocionante, tan conmovedor, tan erótico) es la realidad, al mostrarse luego como mero delirio la decepción puede ser tan fuerte que el público opte por desconectarse a medias o por completo de lo desplegado en pantalla. Por otro lado, sí, hay que reconocerlo, está la excelente actuación de Natalie Portman. Si un personaje estaba hecho a la medida de la menuda actriz estadounidense ése era el de Nina. No conforme éste es de esos roles que vuelven chiflado al queridísimo Óscar: un personaje que requiere un trabajo físico exhaustivo, una dieta para bajar quién sabe cuántos kilos y escenas eróticas con hombres o con mujeres. Sobre todo, un personaje que se sumerge en el subsuelo más horripilante de la conciencia. Además de ser nominada Natalie Portman a mejor actriz para el Globo de Oro, El cisne negro ha sido también mencionada en las categorías de actriz de reparto (Kunis), dirección y película dramática.
La conclusión de El cisne negro —donde las miradas de los otros (las de nosotros los espectadores y las de ellos, los espectadores ficticios de “El lago de los cisnes”) cuentan tanto como las de los personajes alrededor de Nina— no será muy diferente a la de El luchador. Tampoco a la delirante de Réquiem por un sueño. Ahí la artista recipiente de los codiciados aplausos estará a disposición de su público para el sacrificio final. Nina, inmersa ya en el delirio más pronunciado, hará hasta lo imposible y pasará por encima de quien se le ponga enfrente para presentarse en el teatro el día en que se estrene su muy particular “Lago de los cisnes”. Incluso encima de quienes piensa son sus perseguidores. Sin embargo, a Nina la perfección podría costarle la vida. Ésta sin duda es la pesadilla de la visibilidad. Ser vista para ser consumida en el fuego del sacrificio. Para terminar, la más reciente cinta de Darren Aronofsky tiene como fecha tentativa de estreno en territorio mexicano el 11 de febrero.

El cisne negro (Black Swan, 2010). Dirigida por Darren Aronofsky. Producida por Scott Franklin, Mike Medavoy, Arnold Messer y Brian Oliver. Protagonizada por Natalie Portman, Vincent Cassel, Mila Kunis y Barbara Hershey.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=5jaI1XOB-bs

Nota del 26 de enero: Qué casualidad. Nomás se anuncian las nominaciones a ese premio sobrevalorado y de inmediato se adelantan las fechas de estreno de las nominadas. El cisne negro se estrena el viernes 28 de enero en territorio mexicano.

lunes, 27 de diciembre de 2010

Cholodenko y una familia de tantas


En la tradición de tragicomedias sobre familias “disfuncionales” (así clasificadas por quienes cándidamente creen que no forman parte de una de ellas) y al estilo de aquella joyita del 2006 titulada Pequeña Miss Sunshine —aunque tal vez exenta de su avasallador encanto— llega con la LII muestra internacional de cine Los niños están bien (The Kids Are All Right, 2010) de la realizadora estadounidense Lisa Cholodenko.
La trama sería la delicia de ínclitos personajes nacionales como el cardenal Norberto Rivera o el conductor Esteban Arce: los hijos adolescentes de dos madres lesbianas deciden averiguar quién fue el donador de semen para que su nacimiento se hiciera realidad y al encontrarlo, al acercarlo a la familia se dan una serie de situaciones que van de lo cómico hasta lo dramático. Nic (Annette Bening) es la principal proveedora del hogar, una doctora exitosa de mediana edad particularmente preocupada y tensa porque la hija, Joni (Mia Wasikowska que por su figura y su fragilidad recuerda a una más joven Gwyneth Paltrow), está a punto de dejar la casa familiar e irse a la universidad. Por otro lado, está Jules (Julianne Moore), supeditada a las decisiones de Nic y quien ha visto sus proyectos de vida sucumbir ya sea por falta de constancia o por cuidar de los niños. Finalmente está Laser (Josh Hutcherson), el hijo menor, que preocupa a sus madres por el tipo de amigos que lo rodean y que es el único interesado en saber quién es su padre (o en este caso su “donador”). Así entrará a la vida familiar Paul (Mark Ruffalo), un soltero algo rebelde, muy despreocupado y hasta ecologista, y lo hará para sin quererlo y a veces queriéndolo descontrolarlo todo.
Mientras la veía me preguntaba cómo envejecerá con los años Los niños están bien. Fue algo similar a lo que me ocurrió con Red social de David Fincher. Ésta, claro, con respecto al fenómeno “Facebook”. A pesar de lo que la directora y su co-guionista Stuart Blumberg hayan declarado en entrevistas, existe una posición ideológica evidente detrás de la trama de la cinta: el que una familia fundada por dos madres lesbianas enfrenta a final de cuentas los mismos problemas que una tradicional (si es que el concepto de familia “tradicional” existe o alguna vez existió). Aunque aparente ser bienintencionada y quizá un poco oportunista, el asunto de la maternidad lesbiana no deja de sentirse como un truco para atraer las miradas (tanto de aprobación como de condena) sobre la cinta. Si sustituimos a Nic por Nicolás, si intercambiamos a la pareja homosexual por una heterosexual sin la capacidad para reproducirse, estaremos ante un largometraje común y corriente sobre relaciones familiares de los que hay al por mayor en el cine estadounidense. Bienaventurado será el día en que una familia como la conformada por Nic y Jules ya no atraiga miradas ni de condena ni de morbo ni de aprobación políticamente correcta. Para colmo, pareciera que la homosexualidad vista por los guionistas resulta ser tan tambaleante como mesa con tres patas rotas pues al sentirse Jules abandonada por Nic buscará una suerte de refugio sexual con Paul lo cual detonará el lado dramático del filme: el de las posibles rupturas. Así, de repente, un personaje que se nos presenta desde el principio como lesbiana, el de Jules, y que cada dos segundos al comienzo le dice “amor”, “cariño” o “corazón” a su co-estrella para que no nos quede a los espectadores ninguna duda de que estas dos actrices heterosexuales se aman en el plano de la ficción; así, de repente, Jules se lanza a encuentros físicos salvajes, torpes y sudorosos con Paul. Total, que algo no embona aquí. Eso sin contar lo apocado y gris que resulta al final el personaje de Laser quien, después de todo, es el que insistió en encontrar al padre biológico. No todo está perdido. Quien sí termina convenciendo y al mismo tiempo conmoviendo es Nic en la piel de una Annette Bening tan buena y experimentada que le otorga a los espectadores un personaje memorable y no despojado de claroscuros. Tal vez esta actuación sea lo que termine compensando la entrada al cine. Merecida entonces su reciente nominación al Globo de Oro que con las otras en las categorías de película de comedia y guión nos demuestran lo liberal y políticamente correcto que anda Hollywood en últimas fechas, abrazando esta película independiente y de tema controversial para los mochos. Sí, Los niños están bien entretiene, nos saca algunas risas y algunas lagrimitas. Pero de seguro sólo dejará huella en quienes tiendan a escandalizarse con una familia tan “disfuncional”, una familia al fin y al cabo como tantas otras. Ni modo. Pequeña Miss Sunshine sigue siendo insuperable.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=bdDSqgZ87fM

domingo, 26 de diciembre de 2010

Campion: estreno atrasadísimo en México


Por este silencio no tengo otras excusas que el final del cuatrimestre académico y el regreso a casa. Comienzo entonces autocitándome descaradamente en el apartado sobre Jane Campion de mi libro Vislumbre de cineastas:

“La segunda película de Campion fue An Angel in my Table –protagonizada por Kerry Fox (Tumba al ras de la tierra) y ganadora del León de Plata de Venecia. En ella recrea la biografía de la escritora Janet Frame. Sin embargo, el filme que le valió a Campion notoriedad, así como la Palma de Oro en el festival de Cannes, fue El piano (The Piano, 1993). En su tercer largometraje, la directora presenta a Ada McGrath (Holly Hunter) como protagonista. Ella es una mujer muda y de origen escocés que llega a Nueva Zelanda, durante el siglo XIX, con su hija Flora (Ana Paquin) para vivir con su flamante y no conocido esposo: Stewart (Sam Neill). Bajo su frágil y pálida apariencia física, Ada esconde una voluntad incontrolable la cual la ata al piano que trajo consigo de Escocia –su única forma de expresión. Cuando por el lodo, la lluvia y las distancias el instrumento va a parar a manos de George Baines (Harvey Keitel), Ada se prestará a intercambios carnales con tal de recuperar cada una de las teclas que conforman su postiza voz. Esta musical prostitución será pronto remplazada por sentimientos verdaderos.
El azul circula a lo largo de El piano y se desplaza a los otros dos filmes aquí citados de la realizadora. En estos tonos, la Campion enmarca sus historias. Magnífica ambientación y deleitables composiciones de Michael Nyman, el colaborador de Peter Greenaway hasta Los libros de Próspero, contribuyen al ritmo narrativo. Desde los seis años, Ada deja de usar su voz sin razón alguna. El padre le advierte que el día en que se proponga dejar de respirar será su último. Por eso, ella teme a su voluntad, esa gigantesca bestia que alberga su diminuto cuerpo y que la separa de su esposo y de las matronas de la región maorí. Estos seres intolerantes y desconfiados se sorprenderán con las costumbres de la recién llegada –como tallar un teclado falso sobre la mesa. Ada y su desproporcionado interior no lograrán separarse ni unirse hasta la lucha climática, el sacrificio marino del piano. El adorado instrumento musical, ahora monstruosa concha de playa, la conducirá hasta la cabaña de Baines. Los personajes de la cineasta cambian de actitudes durante la cinta. El deseo de George Baines por la escocesa, a la cual obtiene a través del piano, se desvanece para ser sucedido por el amor. El trueque erótico entre los dos “te hace a ti ramera y a mí, infeliz”. Luego de la separación con respecto a Baines vendrá el sometimiento de Stewart, la búsqueda de la protagonista por llenar un vacío ya sea con el espejo, con la hija o con el esposo en principio ignorado. Ada McGrath retiene el control de sus relaciones. Flora, al comienzo, es la extensión de la madre: se aferra a sus faldas y actúa como ella. Al visitar Ada con mayor frecuencia la cabaña, Flora manifestará signos de moralismo y de apego al padrastro. Destaca Holly Hunter, la actriz principal, del congruente reparto. De notarse también es la forma como utiliza sus expresiones y sus manos para transmitir los pensamientos de Ada. Dicha participación llevó a sus manos numerosos premios de mejor actriz. Bien merecido si se agrega que la Hunter persiguió a la realizadora para obtener el papel. Jane Campion concluye su gran obra con una cita del poeta inglés Thomas Hood: “Existe el silencio en que no se escucha ruido alguno / y el silencio en que no puede haber ruido alguno / es la fría tumba / de las profundidades el mar”. El piano –filme plagado de pasión, viajes interiores y fuerza descomunal— compartió en 1993 la codiciada Palme d’Or de Cannes con Adiós, mi concubina de Chen Kaige.”

Ora sí, tras la introducción anterior, venga lo nuevo (o no tanto, quién sabe):
Habiendo hablado antes y en variadas ocasiones de estrenos atrasadísimos en nuestro país, con la LII muestra internacional de la Cineteca vino a México también el más reciente crédito de Jane Campion. Traducido simplonamente en español como El amor de mi vida, Bright Star (2009) tiene como tema central el amorío entre el poeta romántico inglés John Keats y la joven Fanny Brawne, amorío que escandalizara a la sociedad victoriana una vez se hiciera pública la correspondencia entre los dos.
Cuando Charles Brown (Paul Schneider) llega al lado de John Keats (Ben Whishaw) a quedarse en el mismo sector londinense donde viven los Brawne de inmediato la joven Fanny (una Abbie Cornish que recuerda en algo al rostro de Nicole Kidman, antes del bótox, en Retrato íntimo de una dama), la hija mayor y mujer aspirante a lo que ahora denominaríamos diseñadora de modas, siente interés por la obra del poeta, obra que ha sido vapuleada por los críticos y por otros colegas. Aunque al principio en diferentes lados del espectro tratándose él de un escritor y ella de una muchacha interesada en la moda, poco a poco irán soltando las defensas. En especial Fanny que se abandonará a la lectura de la poesía de John Keats y después le solicitará lecciones para entender mejor el género literario. Sin embargo, la cercanía de estos dos jóvenes no tendrá la aprobación de quienes les rodean. Por un lado, la familia de Fanny que, aunque ven al joven artista con benevolencia y gracia, saben que carece por completo de fortuna. Por otra, Charles Brown que, como novia celosa, opina que Fanny sólo distrae al genio de sus obligaciones como poeta. Pronto se formará un triángulo extraño entre Fanny, Brown y Keats donde este último vendrá a ser el objeto de deseo. El frágil y flemático Keats, por supuesto, escuchará a medias las palabras de advertencia de su amigo y cederá a las constantes visitas de Fanny.
No por primera ocasión la directora neozelandesa se ocupa del nacimiento del amor dentro de una sociedad dominada por las reglas y el pudor, una sociedad anglosajona donde imperan las costumbres victorianas y en la cual intempestivamente explota la pasión. Así Bright Star, durante su primera mitad, se despliega como una cinta de ejecución correcta donde destacan sin duda las buenas actuaciones por parte de los jóvenes amantes y se arma además el largometraje entero como estético homenaje dedicado a un poeta relevante para la Inglaterra del romanticismo, un poeta cuya estrella fue tan refulgente pero tan fugaz como la del título en el idioma original. Todo eso está muy bien hasta que llega la segunda mitad del filme donde los impedimentos para ver realizado su amor en las mentes de Keats y Fanny parecen en suma artificiales y en algo esa artificialidad arruina el ritmo de la historia tornándolo monótono. Tanto así que hasta el momento culminante de la muerte del joven poeta por tuberculosis en Italia se nos escamotea. Ni siquiera se le muestra al espectador. Por otra parte, en mi particular caso, tanto hacía que había visto Bright Star en el cine que, para redactar este comentario, tuve que rentarla en su formato devedé y verla de nuevo para refrescarme la memoria lo cual durante la última media hora de experiencia cinematográfica me costó muchísimo trabajo. El esfuerzo se concentró en no sucumbir ante el sueño. Quizás le haría bien a Jane Campion en este punto de su carrera dejar descansar un poco las historias decimonónicas. El amor de mi vida, según el sitio de Cinemex, se estrena en corrida comercial en el DF el 7 de enero.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=X0nx5Iu6KQo

domingo, 12 de diciembre de 2010

La Palma de Oro 2010


Como ya lo mencioné en un artículo no muy lejano, no siempre sucumbo ante las laureadas en el festival internacional de cine de Cannes. Sí, hay cintas que fueron premiadas con la Palma de Oro que me estremecen hasta la fecha. El listón blanco de Michael Haneke o Cuatro meses, tres semanas, dos días de Cristian Mungiu son claros ejemplos. Hay otras, sin embargo, que me han dejado indiferente. Otras tantas, sólo perplejo. Es natural frente a cualquier manifestación artística. La lectura que podamos o no darle nunca deja de ser la nuestra y, por lo tanto, sumamente subjetiva. Y, ante la galardonada en 2010 con dicho premio La leyenda del tío Boonmee (Loong Boonmee raleuk chat) de Apichatpong Weerasethakul, tengo la obligación (al menos para conmigo) de explicarme por qué sí o por qué no resulta una experiencia relevante. Un crítico bastante esnob describe su ritmo como de una “lentitud ceremonial”. Lentitud, sí. Vaya que sí. Lo de ceremonial, no lo sé. Seguramente no poseo las referencias culturales —respecto al continente asiático— para decirlo. Lo cierto es que el filme tailandés es en extremo particular.
Si la muestra de cine número 52 de la Cineteca Nacional llega a Torreón con el próximo año y si por azares del destino yo estoy allá en esa época (evento improbable) y si por una casualidad algún medio impreso despistado me invitara a reseñar la muestra entera (evento aún más improbable), haría de tripas corazón —como suele decirse— con el filme tailandés. ¿De qué trata La leyenda del tío Boonmee, la que fue en mayo pasado máxima ganadora en Cannes no sin cierta sorpresa? Pues del tío Boonmee (Thanapat Saisaymar), obvio. Por una enfermedad de los riñones que lo tiene atado al engorroso proceso de la diálisis, este hombre que posee y administra una plantación en medio de la selva se encuentra también entre la vida y la muerte. Lo acompañan su cuñada Jen y su enfermero-asistente-e-imagino-sobrino Tong. A causa de la cercanía a ese umbral de todos tan temido se le aparecen su esposa muerta y su hijo, éste transformado en un simio-fantasma cuyos ojos despiden luz roja por la noche. Eso, créase o no, es apenas el comienzo de lo que algunos de inmediato clasificarán como “raro”.
Recordando las creencias de cualquier pueblo indígena alrededor del mundo acerca de la vida y la muerte, remitiéndonos a aquel tiempo en que los seres humanos conservaban tanto el respeto ante como el contacto con la naturaleza y los animales, el director tailandés nos acerca de manera enigmática, bella y delicada a una cultura dentro de la cual sobreviven aún la magia, las ánimas y las transformaciones. En algo me recordó a la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo. Aunque aquí las ánimas no parecen hallarse en pena ni estar contaminadas por un sentimiento de culpa producto del catolicismo. Aquí la muerte no significa desgarradura ni reproches ni arrepentimientos ni angustias. Otra perspectiva, al menos, se agradece. Después de todo es el referente cultural de Tailandia y la religión que prevalece, el budismo. El cineasta además de tener mano libre para difuminar los límites entre lo mágico y lo real no busca tampoco una historia lineal ni exenta de apéndices. Además del relato intercalado donde el hijo de Boonmee cuenta cómo se convirtió en simio-fantasma, aparece (tal vez sin mucha relación a la principal) la historia de una princesa que termina gozando de lo lindo gracias a un pez juguetón. Cuando llegue el momento del periplo al más allá, el fantasma de la esposa muerta guiará a Boonmee y a sus acompañantes (Jen y Tong) hacia una gruta, evidente evocación del retorno al origen, de la vuelta al seno de la madre. De ahí en adelante, se nos presentará una prolongación tal vez innecesaria que incluye la incursión de Tong a un monasterio budista y el desdoblamiento de dos personajes dejándonos así con un final tan anticlimático como críptico.
No me avergüenzo al confesarlo. La leyenda del tío Boonmee, como experiencia cinematográfica, terminó siendo interesante, sí, aunque no creo repetirla en el futuro. No me agrada quedar tan perplejo frente a una obra artística, tanto que como espectador no pude apropiarme de ella. Digamos que no le agarré el gusto al cine de (agárrense que ahí viene su nombre otra vez) Apichatpong Weerasethakul. Lo más probable es que nunca más vuelva a verla. Salí de la película tailandesa con la lógica tan enredada que al siguiente día fui casi corriendo a ver un largometraje más inteligible, el conocido ya sólo por las siglas HP7-A. Para mi desgracia, estos maguitos adolescentes ya se volvieron muy intensos y dramáticos. Esa excursión hacia el cine comercial fue como presenciar el fin del mundo. Al final ni en una ni en la otra le atiné.

El avance subtitulado en español: http://www.youtube.com/watch?v=pLB_lo5YCU4

Nota al pie: La leyenda del tío Boonmee ya pasó por la Ciudad de México con la muestra. El listón blanco (cuya reseña se halla aquí y que, espero, pronto se publique en el próximo número de la revista Estepa del Nazas) por fin tiene como fecha de estreno en el DF el 24 de diciembre. Yo la vi hace casi un año, la tengo en DVD hace seis meses y si mis cálculos no me fallan tal vez llegue a las salas de cine de Torreón a principios del 2012. Eso si llega.

Código de conducta del cinéfilo


Desde que lo conocí por YouTube haciéndole esta entrevista a Guillermo del Toro y desde que compartí con él la opinión de que El laberinto del fauno había sido sin duda la mejor película del año 2006, el crítico inglés Mark Kermode se ha convertido en uno de mis favoritos. En el programa radial que tiene en la BBC con Simon Mayo los escuchas les ayudaron a confeccionar un código de conducta. Después apareció este video recreando el código en el blog de Kermode. Muy bueno. Aunque si ellos, que son ingleses, se quejan de la conducta de quienes acuden al cine no me imagino cómo reaccionarían de tener que chutarse una cinta en alguna sala de México en día de dos por uno.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Estrenos de viernes


Hoy, 10 de diciembre, hay estrenos aquí, allá y acullá con eso de que el año agoniza. En Torreón lo único visible (y eso que no es nada buena) resulta ser Ágora de Alejandro Amenábar, película de la que ya hablé hace algunas semanas y cuyo comentario se encuentra aquí. En México algún genio le puso el sutil subtítulo de "La caída del imperio romano".
Siguiendo con las sutilezas de nuestros traductores y con otro tanto de oportunismo por el reciente aniversario de su muerte se estrena en México DF Mi nombre es John Lennon (Nowhere Boy, 2009) de la inglesa Sam Taylor-Wood. A final de cuentas, ya sea con un estreno o con el otro, estamos ante un fin de semana que se presenta, aun en el cine de autor, flojo y más que flojo.
Nowhere Boy comienza cuando un jovencísimo y muy rebelde John (Aaron Johnson) pierde a su tío George -la única figura paterna- y se queda solo al lado de su tía Mimi (Kristin Scott Thomas). Las diferencias tanto generacionales como de carácter separan cada vez más a la viuda del adolescente inquieto hasta que éste busque a la hermana de Mimi, la madre que lo abandonó siendo un niño: Julia (Anne-Marie Duff). Al ser una mujer cariñosa, divertida, liberal, todavía joven, llena de energía y risueña -en completo contraste con la tía Mimi- John quisiera irse a vivir con Julia y con la familia que ya formó al lado de Bobby (David Morrissey). Éste no verá con muy buenos ojos la presencia del hijastro en casa. A la par de estas vicisitudes familiares, veremos surgir el nacimiento de la legendaria agrupación musical de la que John formará parte. Es ahí donde todo el género de las cintas biográficas entra a colación con esos momentos climáticos (e incluso redundantes) a los que nos tienen acostumbrados las llamadas biopics, ésos donde los personajes retratados hacen lo que su destino les marca. Ahí veremos el encuentro de John con Paul (Thomas Brodie-Sangster) y sus primeros conciertos juntos.
La ópera prima de la cineasta Sam Taylor-Wood, Mi nombre es John Lennon echa mano del melodrama y de no pocas insinuaciones edípicas, sobre todo, en las escenas de contemplación entre el muchacho y su madre perdida. Se planteará por supuesto el choteadísimo dilema de quién es en realidad madre: si la mujer que da a luz o aquélla que se ve casi obligada a recoger al sobrino y a educarlo. Detrás de la cámara, Taylor-Wood semeja estar tan fascinada por la presencia de Aaron Johnson que en ocasiones John Lennon se nos presenta injustificadamente como un efebo apetecible por el que estas dos hermanas, de manera algo incestuosa, se debaten. Tanto así que luego de la hechura de la película no sorprende que Taylor-Wood y Johnson se hayan convertido en pareja a pesar de la diferencia de edad. Pero ya lejos de chismes de revista del corazón Nowhere Boy, a pesar de su hechura y de sus actuaciones, resulta ser poco memorable y tal vez por esa razón no esté a la altura como para rendirle homenaje a quien retrata. A final de cuentas, una decepción.
Ah y en el DF este fin de semana se estrena también Red social. Los agoreros siguen con sus aclamaciones desmedidas incluso atreviéndose a compararla con ni más ni menos que El ciudadano Kane (se vale reír). Sí, es buena (a secas). Sí, va a ser multinominada para quién sabe cuántas categorías en el Óscar (como para resarcir el daño hecho cuando nada le dieron a la de Benjamin Button). Y sí, lo sigo afirmando de manera radical, la película tiene desde antes de nacer fecha de caducidad. En algunos años ya ni nos acordaremos de ella. Algo que, si me permiten recordar, no ha sucedido con la obra cumbre de Orson Welles. El comentario a Red social de David Fincher se encuentra en este enlace.

El avance de Nowhere Boy: http://www.youtube.com/watch?v=xHlbnjP8Wl4

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Danny Boyle y su sentimentalismo escatológico


Pues el domingo pasado fui a ver la última película de Danny Boyle y, antes de comentarla un poco, desentierro esto que escribí hace más de una década sobre una de sus cintas más emblemáticas: Trainspotting. No lo hago sin justificación.

Sublime abismo
La vida en el abismo (Trainspotting, 1996) tiene como protagonistas a un heroinómano escocés llamado Mark Renton (Ewan McGregor) y a sus relaciones con las mujeres, con el futbol, con su familia, con sus amigos; pero, sobre todo, con la droga. No por nada opina refiriéndose a la heroína: “multipliquen el mejor orgasmo que hayan tenido en su vida por mil y ni así se acercan”. El espectador, a través de los ojos de Renton, puede observar sus circunstancias: los padres clasemedieros con sus propias adicciones, como el válium; la adolescente precoz, Diane (Kelly MacDonald); o la aliviante hipodérmica hundida en el antebrazo. Eso sí, Mark Renton no desprecia la compañía de sus fieles amigos: Sick Boy (Jonny Lee Miller), un codicioso güero oxigenado y fanático de Sean Connery; Tommy (Kevin McKidd), un triunfador que, por decepciones amorosas, cambiará el deporte y los paisajes por los químicos; Spud (Ewen Bremner), un idiota arruinador de entrevistas laborales sacado de La venganza de los nerds; y Begbie (Robert Carlyle), un hooligan que mantiene su cuerpo limpio pero provoca peleas y descalabros en los bares. Para tanta conducta antisocial no hay explicaciones freudianas, ni motivos porque, como dirían los personajes, “¿quién los necesita cuando se tiene heroína?”.
Trainspotting, término para el vacío pasatiempo británico de calcular las llegadas de los trenes, es de las pocas cintas que, tratando el tema de la drogadicción, no tienen como personaje principal a una maestra milagrosa o a un ex dependiente. La perspectiva de Mark es la de un heroinómano de hueso colorado y sin remordimientos. “Elegí no elegir la vida, elegí algo distinto”, confiesa desde el principio. Su impavidez ante las muertes del niño de Allison (Susan Vidler) y de Tommy lo indican. Este dato y el carisma de Renton le otorgan una objetividad muy apreciable al argumento, objetividad que, sólo en Gringolandia, pudo ser confundida con una glorificación a las drogas. El sarcasmo, la irreverencia y el humor escatológico son otras armas utilizadas por el guionista John Hodge, nominado al Óscar, para seducir. Algunas imágenes cómicamente memorables son: Mark y su exploración en el atascamiento de heces para recuperar unos supositorios, la bañada que les da Spud a sus suegros durante el desayuno con sustancias orgánicas poco agradables o el peregrinaje inconsciente del protagonista al hospital por una sobredosis luego de prometerle desintoxicación al juez y con la voz de Lou Reed cantando: “¡qué día tan perfecto!”. Es preciso aclarar que el largometraje está dirigido por Danny Boyle –cineasta británico, realizador de Tumba al ras de la tierra— y toma sus bases de la novela de Irvine Welsh que provocó un fenómeno contracultural en Escocia. Afirmar que La vida en el abismo es sólo una película sobre adictos sería limitarla. Como Tumba al ras de la tierra, también con Ewan McGregor, muestra lo vulnerable que son las relaciones, entre los que se hacen llamar amigos, ante el dinero y la ambición. Afirmar que La vida en el abismo es la Naranja mecánica de los noventa sería exagerar, aunque la secuencia donde Tommy y Spud hablan de sus novias en una disco emule el famoso bar Korova donde Alex y sus droogies bebían leche más “drencron”, estimulante ideal para la ultra-violencia. A pesar de ello, Trainspotting, o La vida en el abismo, o Dile no a la heroína o te revolcarás en el baño más cochino de Escocia –como tal vez le hubieran querido poner los traductores más puritanos— es una excelente película.

Si saco a colación el vergonzoso texto anterior -porque además de lo mal escrito confieso ahora que Trainspotting ha envejecido lo mar de bien- es porque Boyle no ha dejado de ser escatológico, aunque cada vez se vuelva más sentimental. De la filmografía del inglés me gusta casi todo con contadas excepciones. Entre las contadas excepciones no está incluso la muy celebrada Quisiera ser millonario (Slumdog Millionaire, 2008) cuyos premios son la prueba más palpable de cómo a Hollywood le encanta coleccionar prestigio a través de directores que siempre han sido considerados independientes. No vayamos muy lejos. Veamos lo que pasó con los Coen, también galardonados por el Óscar como para que no se dijera que ellos no premian la calidad. Boyle logra, dentro de sus películas más destacadas, el equilibrio perfecto entre lo escatológico y lo que con una cucharada más de azúcar sería cursi, entre lo grotesco y lo sentimental. Lo hace sí, además, con un estilo visual tan atrevido que semeja venir más de las entrañas que del intelecto. A pesar del Óscar ganado en años recientes, desde sus inicios aparece como muchos dentro del nicho de la cinematografía independiente. En mi opinión, sigue formando parte de esa categoría.
A pesar de que su obra me gusta, entré con mucho escepticismo a ver 127 Hours (2010), su más reciente crédito. Lo hice porque no siento ninguna empatía por los aficionados a los deportes extremos, por quienes adoran el alpinismo o la exploración de cañones o montañas, esos odiosos entusiastas del great outdoors como se diría en inglés que no en pocas ocasiones arriesgan sus vidas. Al contrario. Más que indiferencia, me causan enojo. Y, además, me dije, de historias de superación ya Hollywood nos tiene hasta la reverenda madre al resto del mundo. Dudaba, para colmo, de la capacidad de Boyle para sostener el dilema del hombre atrapado por la roca más allá de la duración normal de un cortometraje.
Aron Ralston (James Franco) se levanta de madrugada tras escenas de grandes desplazamientos en diferentes partes del mundo. Se prepara para salir a una excursión más y, para su desgracia, no logra encontrar su navaja suiza. Se dirige, primero en automóvil, después en bicicleta, hacia un cañón en Utah. Escucha música, se saca fotos, se encuentra con dos muchachonas a las que les muestra un oasis bajo la roca y luego de que ellas lo inviten a una fiesta de fin de semana cerca de ahí Aron las deja y continúa con su excursión. Todo va bien hasta que por andar payaseando tropieza con una roca que sin aviso se desprende y la muy maldita le cae encima del antebrazo dejándolo atrapado. Atrapado en completa soledad y en medio de la nada. Hasta aquí, si acaso, la primera media hora del filme. El resto, la cámara permanecerá encima de Franco entre las paredes rocosas para contarnos esta historia de un sobreviviente. Fue a partir de este instante en la cinta en que comencé a preguntarme si Boyle lograría cautivar mi atención o no. Porque, por lo pronto, ya el tal Ralston me había caído como patadón en la ingle.
Cuál fue mi sorpresa cuando de manera en extremo sutil todo desembocó en el resultado previsto; pero para mí con una perspectiva diferente. Porque Danny Boyle manipula los sentimientos, sí. Sin embargo, no lo hace de una manera tan burda como un Spielberg o un Cameron. No, al contrario. Con una agilidad tan maliciosa como subrepticia, el dilema de Ralston (morir en el cañón o encontrar una forma de salvar la vida) se me fue colando en la conciencia hasta terminar convencido. El concepto detrás del entramado de la cinta se revela y resulta simple: por muy arrogante e independiente que se sea, todos necesitamos de todos. A sacar el kleenex. Antes de eso, sin embargo, Boyle nos dará nuestras buenas dosis de lo grotesco. Cuando se le termine el agua a Aron, por ejemplo, tendrá que beber su propia orina. Cuando se dé cuenta de que no hay escapatoria, tendrá que cortarse el antebrazo con una navajita diminuta y chafa que venía como regalo con una linterna china. Tanto la visión como el trance no serán nada bonitos.
No exenta de interés (si hay que chutarse otra historia más de supervivientes ésta es muy recomendable) aunque tampoco constituyéndose en su obra maestra, los agoreros del Óscar comienzan a decir que habrá nominaciones para Boyle y para James Franco. Al segundo, émulo moderno de James Dean por su físico, al menos ya lo invitaron a la ceremonia como presentador. Fuera de eso, yo de verdad no sé qué tan consciente de su efecto en Hollywood esté Danny Boyle. Lo que sí puedo afirmar es que el británico, así se llene los bolsillos de monigotes áureos, me seguirá pareciendo mucho menos antipático que los Spielberg o los Cameron de este mundo.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=OlhLOWTnVoQ

Nota del 10 de diciembre: Ya con título en español y según el sitio de Cinemex 127 horas de Danny Boyle se estrena en nuestro país el 25 de febrero, dos días antes de la ceremonia de entrega de los premios Óscar. ¿Casualidad?