miércoles, 1 de diciembre de 2010

Danny Boyle y su sentimentalismo escatológico


Pues el domingo pasado fui a ver la última película de Danny Boyle y, antes de comentarla un poco, desentierro esto que escribí hace más de una década sobre una de sus cintas más emblemáticas: Trainspotting. No lo hago sin justificación.

Sublime abismo
La vida en el abismo (Trainspotting, 1996) tiene como protagonistas a un heroinómano escocés llamado Mark Renton (Ewan McGregor) y a sus relaciones con las mujeres, con el futbol, con su familia, con sus amigos; pero, sobre todo, con la droga. No por nada opina refiriéndose a la heroína: “multipliquen el mejor orgasmo que hayan tenido en su vida por mil y ni así se acercan”. El espectador, a través de los ojos de Renton, puede observar sus circunstancias: los padres clasemedieros con sus propias adicciones, como el válium; la adolescente precoz, Diane (Kelly MacDonald); o la aliviante hipodérmica hundida en el antebrazo. Eso sí, Mark Renton no desprecia la compañía de sus fieles amigos: Sick Boy (Jonny Lee Miller), un codicioso güero oxigenado y fanático de Sean Connery; Tommy (Kevin McKidd), un triunfador que, por decepciones amorosas, cambiará el deporte y los paisajes por los químicos; Spud (Ewen Bremner), un idiota arruinador de entrevistas laborales sacado de La venganza de los nerds; y Begbie (Robert Carlyle), un hooligan que mantiene su cuerpo limpio pero provoca peleas y descalabros en los bares. Para tanta conducta antisocial no hay explicaciones freudianas, ni motivos porque, como dirían los personajes, “¿quién los necesita cuando se tiene heroína?”.
Trainspotting, término para el vacío pasatiempo británico de calcular las llegadas de los trenes, es de las pocas cintas que, tratando el tema de la drogadicción, no tienen como personaje principal a una maestra milagrosa o a un ex dependiente. La perspectiva de Mark es la de un heroinómano de hueso colorado y sin remordimientos. “Elegí no elegir la vida, elegí algo distinto”, confiesa desde el principio. Su impavidez ante las muertes del niño de Allison (Susan Vidler) y de Tommy lo indican. Este dato y el carisma de Renton le otorgan una objetividad muy apreciable al argumento, objetividad que, sólo en Gringolandia, pudo ser confundida con una glorificación a las drogas. El sarcasmo, la irreverencia y el humor escatológico son otras armas utilizadas por el guionista John Hodge, nominado al Óscar, para seducir. Algunas imágenes cómicamente memorables son: Mark y su exploración en el atascamiento de heces para recuperar unos supositorios, la bañada que les da Spud a sus suegros durante el desayuno con sustancias orgánicas poco agradables o el peregrinaje inconsciente del protagonista al hospital por una sobredosis luego de prometerle desintoxicación al juez y con la voz de Lou Reed cantando: “¡qué día tan perfecto!”. Es preciso aclarar que el largometraje está dirigido por Danny Boyle –cineasta británico, realizador de Tumba al ras de la tierra— y toma sus bases de la novela de Irvine Welsh que provocó un fenómeno contracultural en Escocia. Afirmar que La vida en el abismo es sólo una película sobre adictos sería limitarla. Como Tumba al ras de la tierra, también con Ewan McGregor, muestra lo vulnerable que son las relaciones, entre los que se hacen llamar amigos, ante el dinero y la ambición. Afirmar que La vida en el abismo es la Naranja mecánica de los noventa sería exagerar, aunque la secuencia donde Tommy y Spud hablan de sus novias en una disco emule el famoso bar Korova donde Alex y sus droogies bebían leche más “drencron”, estimulante ideal para la ultra-violencia. A pesar de ello, Trainspotting, o La vida en el abismo, o Dile no a la heroína o te revolcarás en el baño más cochino de Escocia –como tal vez le hubieran querido poner los traductores más puritanos— es una excelente película.

Si saco a colación el vergonzoso texto anterior -porque además de lo mal escrito confieso ahora que Trainspotting ha envejecido lo mar de bien- es porque Boyle no ha dejado de ser escatológico, aunque cada vez se vuelva más sentimental. De la filmografía del inglés me gusta casi todo con contadas excepciones. Entre las contadas excepciones no está incluso la muy celebrada Quisiera ser millonario (Slumdog Millionaire, 2008) cuyos premios son la prueba más palpable de cómo a Hollywood le encanta coleccionar prestigio a través de directores que siempre han sido considerados independientes. No vayamos muy lejos. Veamos lo que pasó con los Coen, también galardonados por el Óscar como para que no se dijera que ellos no premian la calidad. Boyle logra, dentro de sus películas más destacadas, el equilibrio perfecto entre lo escatológico y lo que con una cucharada más de azúcar sería cursi, entre lo grotesco y lo sentimental. Lo hace sí, además, con un estilo visual tan atrevido que semeja venir más de las entrañas que del intelecto. A pesar del Óscar ganado en años recientes, desde sus inicios aparece como muchos dentro del nicho de la cinematografía independiente. En mi opinión, sigue formando parte de esa categoría.
A pesar de que su obra me gusta, entré con mucho escepticismo a ver 127 Hours (2010), su más reciente crédito. Lo hice porque no siento ninguna empatía por los aficionados a los deportes extremos, por quienes adoran el alpinismo o la exploración de cañones o montañas, esos odiosos entusiastas del great outdoors como se diría en inglés que no en pocas ocasiones arriesgan sus vidas. Al contrario. Más que indiferencia, me causan enojo. Y, además, me dije, de historias de superación ya Hollywood nos tiene hasta la reverenda madre al resto del mundo. Dudaba, para colmo, de la capacidad de Boyle para sostener el dilema del hombre atrapado por la roca más allá de la duración normal de un cortometraje.
Aron Ralston (James Franco) se levanta de madrugada tras escenas de grandes desplazamientos en diferentes partes del mundo. Se prepara para salir a una excursión más y, para su desgracia, no logra encontrar su navaja suiza. Se dirige, primero en automóvil, después en bicicleta, hacia un cañón en Utah. Escucha música, se saca fotos, se encuentra con dos muchachonas a las que les muestra un oasis bajo la roca y luego de que ellas lo inviten a una fiesta de fin de semana cerca de ahí Aron las deja y continúa con su excursión. Todo va bien hasta que por andar payaseando tropieza con una roca que sin aviso se desprende y la muy maldita le cae encima del antebrazo dejándolo atrapado. Atrapado en completa soledad y en medio de la nada. Hasta aquí, si acaso, la primera media hora del filme. El resto, la cámara permanecerá encima de Franco entre las paredes rocosas para contarnos esta historia de un sobreviviente. Fue a partir de este instante en la cinta en que comencé a preguntarme si Boyle lograría cautivar mi atención o no. Porque, por lo pronto, ya el tal Ralston me había caído como patadón en la ingle.
Cuál fue mi sorpresa cuando de manera en extremo sutil todo desembocó en el resultado previsto; pero para mí con una perspectiva diferente. Porque Danny Boyle manipula los sentimientos, sí. Sin embargo, no lo hace de una manera tan burda como un Spielberg o un Cameron. No, al contrario. Con una agilidad tan maliciosa como subrepticia, el dilema de Ralston (morir en el cañón o encontrar una forma de salvar la vida) se me fue colando en la conciencia hasta terminar convencido. El concepto detrás del entramado de la cinta se revela y resulta simple: por muy arrogante e independiente que se sea, todos necesitamos de todos. A sacar el kleenex. Antes de eso, sin embargo, Boyle nos dará nuestras buenas dosis de lo grotesco. Cuando se le termine el agua a Aron, por ejemplo, tendrá que beber su propia orina. Cuando se dé cuenta de que no hay escapatoria, tendrá que cortarse el antebrazo con una navajita diminuta y chafa que venía como regalo con una linterna china. Tanto la visión como el trance no serán nada bonitos.
No exenta de interés (si hay que chutarse otra historia más de supervivientes ésta es muy recomendable) aunque tampoco constituyéndose en su obra maestra, los agoreros del Óscar comienzan a decir que habrá nominaciones para Boyle y para James Franco. Al segundo, émulo moderno de James Dean por su físico, al menos ya lo invitaron a la ceremonia como presentador. Fuera de eso, yo de verdad no sé qué tan consciente de su efecto en Hollywood esté Danny Boyle. Lo que sí puedo afirmar es que el británico, así se llene los bolsillos de monigotes áureos, me seguirá pareciendo mucho menos antipático que los Spielberg o los Cameron de este mundo.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=OlhLOWTnVoQ

Nota del 10 de diciembre: Ya con título en español y según el sitio de Cinemex 127 horas de Danny Boyle se estrena en nuestro país el 25 de febrero, dos días antes de la ceremonia de entrega de los premios Óscar. ¿Casualidad?