miércoles, 29 de diciembre de 2010

Donde la verdad miente


En Estados Unidos pasó la cuarta temporada el verano pasado. Ahora ya está en México desde la primera. Y no doblada sino con subtítulos en español. Como debe ser. Yo lo ignoraba hasta llegar aquí y enterarme por el sitio del Canal Once del Politécnico que desde hace siete u ocho semanas comenzaron a transmitirla cada miércoles a las 11:30 de la noche. Es una creación de Matthew Weiner, productor y guionista de Los Soprano. La serie se titula Mad Men y el eslogan de la primera temporada nos dice que es el lugar donde la verdad miente. No puedo definirla sólo como eso. Se presenta además como una joya resplandeciente de la televisión. De ésas que no se hacen en México.
Conocía el programa de oídas. Apenas este año le eché un ojo. Supe hace ya bastante tiempo que la omnipresente y omnipotente conductora de tele Oprah Winfrey había entrevistado a sus actores principales en su conocidísima emisión. De dos o tres locutores de radio especializados en cine y televisión escuché comentarios muy elogiosos y apenas hace algunos meses me di a la tarea de rentar las temporadas anteriores en el videoclub. Mad Men se ubica en el Nueva York de los años sesenta y gira alrededor de una agencia de publicidad medianamente exitosa sobre la Avenida Madison cuyo nombre es Sterling Cooper.
En esta agencia trabaja como director creativo Don Draper (Jon Hamm), un hombre treinteañero, exitoso, guapo, audaz e imponente cuya tarea es hacer que la verdad mienta. Eso, claro, para hacerle comprar al público estadounidense los productos asociados con Sterling Cooper: cigarros, laxantes, desodorantes, lápices labiales y un casi infinito etcétera. En el primer capítulo no sabemos mucho de este hombre y sólo a lo largo de esos trece episodios iniciales iremos reconstruyendo la complicada personalidad (oscura, machista, confusa, contradictoria) de quien sabe que las apariencias en el mundo de la publicidad lo son todo ya que Draper se construyó a sí mismo de la nada hasta obtener la vida ideal proclamada por el mundo al que pertenece: auto en la cochera, casa en los suburbios, esposa-trofeo, dos hijos y un perro. Y ya que la construcción de su personalidad se ha hecho a través de ficciones la seguridad de su entorno en apariencia perfecto penderá de un hilo.
Al mismo tiempo que por primera vez vemos a Draper —preocupado por la cuenta de cigarros marca Lucky Strike— entrará a Sterling Cooper una nueva secretaria para ayudarlo: Peggy Olson (Elisabeth Moss). Originaria de Brooklyn y educada en el seno de una familia católica, Peggy entra a su nuevo trabajo disimulando sus ambiciones laborales (casi idénticas a las de Draper) y sintiéndose cercada por los otros empleados quienes insinúan con constancia abrumadora que para subir en esa y en cualquier otra empresa habrá que ser menos tímida y más liberal con el jefe.
Mad Men no sólo está impecablemente actuada y ambientada. También es un pretexto ideal para revisar los valores y los hechos importantes de la década en cuestión en Estados Unidos con una mirada que va desde lo irónico pasando por lo nostálgico hasta arribar a lo paródico. Éste es el momento en que no se hablaba de corrección política o sexismo en el trabajo ni se prohibía fumar en espacios cerrados. Fue aquí donde se le dijo a todo estadounidense (y por asociación a todos los países vecinos) que para ser feliz había que consumir, había que poseer lo dictaminado por la publicidad. Se venía al mundo para comprar el auto del año, la casa en el suburbio y toda la tecnología de último grito. Ante los acontecimientos actuales (contaminación, calentamiento global, corrección política) Mad Men resulta una experiencia tan voyeurista como relevante. De igual forma, en esa época, ya estaba puesta la semilla para los cambios ideológicos que en algunos rincones del planeta todavía tardan (lo cual es el colmo tras medio siglo).
Y así, al final de su día de trabajo en Manhattan, veremos a Don Draper confesar que no cree en el amor siendo ésta invención de hombres como él y poco después subir al tren suburbano que lo lleve de regreso a su idílica casa donde lo espera Betty (January Jones), la esposa amorosa de postal, el clon de Grace Kelly, el ama de casa de cabello rubio, sonrisa encantadora y buenos modales que todas las noches —llegue o no llegue al hogar su marido— le tendrá lista la cena. Y así presenciaremos cómo el padre se conmueve hasta las lágrimas ante la visión de sus hijos dormidos. Ni Draper ni ninguno de los personajes de la serie son meros arquetipos. Su complicación la llevan a extremos que sorprenden. Junto a un reparto también encomiable entre quienes se dan situaciones que van desde lo dramático hasta lo cómico, a lo largo de la serie observaremos el lento y fascinante deterioro de ese universo construido con falacias.
Tras haber navegado por entero satisfecho a través de las primeras tres temporadas de Mad Men lo único que puedo hacer es unirme a las voces que la elogian y decir que esta serie hasta donde la he visto es imperdible. Tanto así que ya me considero fanático y a las pruebas me remito: la imagen que acompaña esta entrada salió del sitio de Internet donde todos los enajenados gracias a esta serie podemos construir —como alguna vez lo hizo Don Draper— nuestro gemelo que nos represente en esos años sesenta de superficialidad, discriminación, incorrección política y humo al por mayor. Y aquí dejo además el sitio de Canal Once sobre Mad Men: http://oncetv-ipn.net/madmen/. Ojalá todas las mentiras fueran tan buenas.