martes, 15 de diciembre de 2009

La certeza sucumbida


El día de hoy anunciaron las nominaciones a los Globos de Oro así que comienza la carrera hollywoodense por el codiciado Óscar y de ahí saldrán premiadas algunas películas olvidables y otras no tanto. Eso no es ninguna sorpresa. Quizás haga un comentario más adelante sobre las tales nominaciones que no dejan de confirmar mis teorías sobre cómo se mueven las aguas en Hollywood. Por lo pronto, aquí va la última reseña del 2009, una cinta que se colocó entre los primeros lugares de la competencia por el Óscar y, a final de cuentas, se llevó muy poco, casi nada. De entre las salidas de la tan celebrada como podrida fábrica de sueños el año pasado, como lo digo en la reseña, ésta fue quizás la mejor. Va entonces el texto sobre La duda:

Durante un período en el que dentro de su país abundaba la política aferrada a una certeza inamovible —certeza sobre todo en los binomios del bien y del mal— el dramaturgo y guionista estadounidense John Patrick Shanley escribe en tan oscura atmósfera la antes pieza teatral y hoy cinta multipremiada dirigida también bajo su mando, La duda (Doubt, 2008). Para ello, dejó todo comentario político fuera y, a partir de algunos recuerdos de su infancia, decidió ubicar la historia en un espacio contenido y en una época ya pasada aunque con notables resonancias en la actualidad.
Al abrir la cinta estamos casi a mediados de los años sesenta en el barrio del Bronx de Nueva York. Es tiempo de transformaciones en una comunidad católica donde los orígenes más visibles son el irlandés y el italiano. Por primera vez, en un colegio regentado por monjas, se admite a un alumno negro. Algunos curas sueñan, luego de su famoso concilio, con darles una cara más amable de su organización a los feligreses: ser vistos como parte integral de la comunidad, salir a darle la mano a la gente. En la otra orilla están quienes se saben, a causa de sus votos, diferentes al resto de la humanidad y se obstinan en preservar arcaísmos. Es éste el caldo de cultivo para una confrontación.
A los pocos segundos de iniciado el filme, el espectador se da cuenta de que está presenciando el amanecer del domingo. La gente se apresura para llegar a misa. Delante del altar, se encuentra el padre Brendan Flynn (Philip Seymour Hoffman), el progresista. Es un hombre regordete, rubio y bonachón que intenta reflejar el semblante renovado de su iglesia. Entre los feligreses, está la joven y cándida hermana James (Amy Adams) aprobando todo lo dicho por él. De las últimas bancas se levanta una sombra. Con paso carcelero se va deslizando hacia adelante. Como una guardiana con cadena que es rosario, convencida de que la disciplina y la distancia son lo más adecuado para la educación y renuente al viento atronador de los cambios, la hermana Aloysius Beauvier (Meryl Streep) causa reacciones intensas en los alumnos que aun durante el domingo no son libres para hacer su voluntad. Los niños más inquietos vuelven a convertirse en estatuas y, quienes tienen el atrevimiento de dormirse, de inmediato se sientan derechitos. Mientras disciplina con férreo puño, también escucha atenta el sermón del padre Flynn. Se ve incluso complacida ante la imagen del ratón que cazará.
Todo comienza ahí, con un simple sermón sobre la duda donde ésta, para el padre Flynn, es un sentimiento que une a las personas tanto como la certidumbre. “Cuando se está perdido no se está solo”, logra el cura con estas palabras conmover a su público. Entre ellos se encuentra Douglas Miller (Joseph Forster II), el monaguillo negro que lo admira y que al terminar el sermón levanta la mirada hacia la cúpula donde una paloma trata inútilmente de alcanzar el cielo. Pasamos a una mañana de clases. Al observar en el patio del colegio, antes de la entrada, cómo un alumno se quita de encima con desprecio la mano del padre Flynn, la hermana Aloysius termina por atornillar su certidumbre. Aflora la desconfianza con respecto a este cura demasiado cercano a sus alumnos, demasiado protector con el primer estudiante negro. Despreciable liberal que usa bolígrafo, lleva las uñas largas y pone demasiada azúcar en el té. Es necesario expulsar del paraíso al intruso. El poder de la directora del colegio, sin embargo, tiene fronteras bien establecidas. Conoce bien los límites dentro de su iglesia y está consciente del segundo rango dado a las mujeres. Sabe que no puede enfrentarse frontalmente con un cura.
Mientras ellos ríen con estrépito y comen atragantándose, en el comedor de las monjas reina el silencio y precede la mesa la hermana Aloysius que, a mitad de la cena, lanza la sospecha a las demás y les pide estar alertas. La hermana James —inocente, amable y compasiva— la mira con terror y obedece sin cuestionar. Aunque está decidida a pensar lo mejor de todo mundo, es en suma influenciable por su juventud. Hará lo que la superiora le ordene y, ante los signos de que algo raro ocurrió en la rectoría entre el padre Flynn y Douglas Miller, pasará la información a la directora quien, como una fuerza divina e imparable, se convertirá en gato listo para la caza. Durante esa cena determinante, la cámara se detendrá un momento en la mirada inquisitiva de la monja. Por un instante, parecerá contemplar sin temor y desafiante al público. En el siguiente plano el padre Flynn entra por una puerta y, como cruzando miradas con la hermana, pareciera un alumno asustado ante su ira. Pero no es a ella, por supuesto, a quien mira el padre sino al ojo omnipotente suspendido en un vitral y radiante de luz. El efecto de la escena no puede ser más contundente: aquí se dará un duelo de fuerzas nada despreciable.
Cuando la hermana intente unir voluntades con la madre del muchacho, se llevará una gran sorpresa. Porque lo mejor para el hijo de la señora Miller (Viola Davis) no está dentro de lo deseado por la monja. Mientras una anhela salvar el alma, otra se conforma con salvarle la vida. Más importante aún, cuando pareciera que no podía agregarse nada más a este festín de geniales actuaciones, aparece Davis con una breve pero contundente participación. Al final, sucumbirá la certidumbre en inicio monolítica. Incluidas —y de ahí el mayor mérito de La duda— las del espectador. Shanley nos enseña aquí que para realizar una excelente cinta no se necesita mucho más allá de la historia y las actuaciones. Innecesarios son entonces los efectos visuales para envejecer y rejuvenecer o la acostumbrada visita a campos de concentración. Aunque muy merecidas las nominaciones al Oscar de los cuatro actores, parece inconcebible que no se haya nominado a la cinta porque ésta, sin duda, es una de las mejores de este año de entre toda la porquería salida de Hollywood.

La duda (Doubt, 2008). Dirigida por John Patrick Shanley. Producida por Mark Roybal y Scott Rudin. Protagonizada por Meryl Streep, Philip Seymour Hoffman, Amy Adams y Viola Davis.

¡Viva la Madre Patria! Para que se vea cómo unas actuaciones sublimes se convierten en poco menos que mierda aquí va un horrible y de risa avance de la película, horrible por estar doblado al español (peninsular, por supuesto): http://www.youtube.com/watch?v=Ocrii-YdneQ