viernes, 31 de diciembre de 2010

La pesadilla de la visibilidad (2 de 2)


Si algo comparto con los rucos miembros de la autobautizada Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas que reparte el monigote-consolador de oro llamado Óscar es su ridículo sentimiento de inferioridad y sin duda resabio de colonialismo que conservan con respecto a la cinematografía británica. Ya los ingleses han de estar de manera muy socarrona al tanto de esta debilidad en sus contrapartes de Hollywood. Saben bien que película que hagan con respecto a la realeza (ya sea sobre Enrique VIII, Isabel I, la reina Victoria, Isabel II, la difunta princesa Diana o quien caiga), película que cosechará no pocas menciones en la sobrevalorada ceremonia para premiar lo mejor (y a veces hasta lo más infumable) del cine hollywoodense. Sí, no lo niego. No tengo por qué hacerlo. En eso, soy igualito a esos dinosaurios babeantes, ñoños y oligofrénicos. Por esa razón, no sorprende que El discurso del rey (The King’s Speech, 2010) del británico Tom Hooper se haya sacado varias nominaciones en lo que desde hace años llaman pomposamente la “antesala” del Óscar, los Globos de Oro.
Al comienzo de la película, corren los años treinta y Jorge V (Michael Gambon) de la casa de Windsor es el soberano del Reino Unido. Su segundo hijo varón Bertie (Colin Firth), el duque de York, no tiene la menor intención de suceder a su padre. Para eso está el primogénito David (Guy Pearce). En ese inicio del filme vemos a Bertie acompañado de su esposa Isabel (Helena Bonham Carter), quien con los años sería la Reina Madre. El hombre está nervioso. Como parte de la familia real no le es posible sustraerse de ciertas obligaciones. En este caso, hacer acto de aparición en un hipódromo y echarse un discurso frente a los súbditos. El problema es que Bertie es tartamudo. Se acabaron los tiempos en que para la familia real de Inglaterra era suficiente verse bien sobre un caballo en la guerra o en un encuentro de polo. De esta forma, El discurso del rey sería de esos estudiantes mataditos que cumple con todas las tareas encargadas por el maestro Óscar: historia basada en la vida real sobre un noble de sangre azul que para colmo se enfrenta a la discapacidad. Puntos en contra: no está hecho en Estados Unidos.
El discurso del rey renueva la pesadilla de la visibilidad. Bertie en ningún momento desea hacer pública su vergüenza privada y evita en lo posible hablar frente a una audiencia multitudinaria. Quienes se regodean en las diferencias de clase de seguro no podrán ver más allá de los prejuicios. De qué se queja, refunfuñarán, este señor que sí nació en cuna de oro y que en su vida va a verse obligado a realizar un trabajo manual. Sin embargo, si somos capaces de sobreponernos a nuestras ideas fijas y si le concedemos al personaje de Bertie una poquita de la humanidad que el actor Colin Firth se esforzó tanto en darle, si el espectador de alguna manera halla algo de empatía dentro sí saldrá recompensado del cine al darse cuenta de que, ya sea realeza o vulgo, la humanidad se enfrenta a filias y fobias similares. En este caso, la de hablar en público. Y con eso la gran mayoría de los seres humanos podemos identificarnos.
Es entonces cuando entra en escena Lionel Logue (Geoffrey Rush). Isabel, luego de que su esposo haya consultado a numerosos expertos, recibe una recomendación y allá van los duques de York al sótano de un edificio sombrío y de diminuto ascensor para entrevistarse con el hombre que supuestamente obra milagros. Logue debe ir al fondo del asunto para que Bertie supere su fobia. Sin embargo, la realeza nunca pierde su dignidad confesando recuerdos infantiles traumáticos ni reiteradas burlas de familiares. Para los Windsor la ropa sucia se lava en casa. Las primeras sesiones, por esa razón, serán un fracaso. Cuando muera Jorge V y cuando más tarde suba al trono David ya convertido en Eduardo VIII, las miradas se posarán cada vez más sobre la figura apocada y gris de Bertie. Y eso porque su hermano mayor se ha enamorado perdidamente de Wallis Simpson (Eve Best), una divorciada estadounidense a la que pretende hacer su esposa. Ésta es la parte de la historia por todo el mundo conocida. Una vez que David abdique para cederle el trono al hermano tartamudo, Logue volverá a ser imprescindible, esta vez ya no para Bertie sino para Jorge VI de Inglaterra. De la discapacidad pública de un rey que ya a lo lejos huele los vientos de la Segunda Guerra Mundial, ésos que de forma amenazante se avecinan, surge con Logue una amistad que hacia el desenlace logra tumbar las barreras entre realeza y vulgo. De ahí en adelante Lionel Logue, después descubierto como un hombre sin credenciales o diplomas, estará a pesar de eso al lado del monarca cada vez que éste se halle frente a un micrófono. El joven cineasta Tom Hooper, de quien sólo se conoce un crédito cinematográfico anterior titulado The Damned United (2009), debe estar orgulloso de su trabajo.
No voy a negar que a pesar de que Hooper le hizo requetebién la tarea al maestro Óscar, ese señor tan entelarañado y polvoso que muchos deleznamos, El discurso del rey me gustó. No creo, sin embargo, que haya sido la mejor película que vi durante el 2010. Pero no soy capaz de restarle méritos. Entre ellos, la hechura por parte del director, las excelentes actuaciones de protagonistas y reparto, la ambientación y —¿por qué no?— el hecho de desvelar un episodio de la realeza británica poco conocido incluso para los ingleses. Porque aun entre los más privilegiados la inseguridad también oronda se pasea. Sino pregúntele a Isabel II que ya debe estar harta de que hagan películas sobre ella o sobre su familia.

El discurso del rey (The King’s Speech, 2010). Dirigida por Tom Hooper. Producida por Iain Canning, Emile Sherman y Gareth Unwin. Protagonizada por Colin Firth, Geoffrey Rush y Helena Bonham Carter.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=Ww-7OAdIzNk

PD: Como lo di a entender en el texto paródico de ayer, no se necesita ser una lumbrera para pronosticar una nominación de mejor actor en el caso de Colin Firth. Tampoco se necesitan muchas neuronas para hacerle al augur y afirmar que le van a dar el Óscar. ¿Por qué? Porque esta premiación se mueve mucho por las culpas pasadas y, como no se lo dieron por interpretar a un profesor homosexual en A Single Man (2009) de Tom Ford, se lo darán por hacer al rey Jorge VI en The King’s Speech (2010). Con estos perversos juegos mentales se manejan.

Nota del 30 de enero: La película se estrena en territorio mexicano el 18 de febrero.