martes, 30 de junio de 2015

sábado, 27 de junio de 2015

Hablar bajo

Hacia el final de la cinta Ave Fénix (Phoenix, 2014) —sexto largometraje del cineasta alemán Christian Petzold— corre 1945 y una mujer baja de un tren cuyo destino es Berlín. Sobre el andén se vuelve a reunir con sus amigos del pasado. Esas mismas personas que la dieron por muerta en el campo de concentración de Auswitch. Detrás de ellos se halla el esposo quien, luego de los abrazos y lágrimas de los otros, se acerca a ella con lentitud. Tras mirarse a los ojos largo tiempo los antiguos pianista y cantante se abrazan delicadamente y con ternura. Sin embargo, el abrazo ante las miradas de los amigos no es más que una pantomima, una ficción teatral, espectáculo sin aplausos al concluir, puesta en escena para los presentes que suponían difunta a la mujer. Todo ha sido maquinado por el marido. Para ella, sin embargo, aquello es una realidad con la máscara de ficción. Luego de este rencuentro en la estación de tren, vendrá la escena culminante de la película. Tal vez una de las más intensas y memorables que haya visto en los últimos años. En ella, la mujer cantará “Speak Low”. O, en español, “Hablar bajo”. Para alcanzar dicha secuencia Petzold ha construido un edificio de pausas y silencios cargados con el dolor de una mujer que no logra ser reconocida por el amor de su vida. La cima del edificio: la maravillosa escena climática en la que la identidad de la protagonista se revela por fin ante su esposo traicionero.
El realizador de Jerichow (2008) y Barbara (2012) presenta de nuevo una historia situada en el pasado de su país natal. Pero si en Barbara ya se había ocupado de la división entre este y oeste alemanes durante los años ochenta, aquí se centrará en una herida mucho más patente y transcendental: el ocaso de la Segunda Guerra. La premisa es digna de una telenovela argentina de los años noventa con Grecia Colmenares titulada Manuela —plagio vil de Rebecca de Hitchcock, por cierto. A Berlín regresa ayudada por su mejor amiga una mujer desfigurada. Nelly Lenz (Nina Hoss) va a vivir a la casa de Lene (Nina Kunzerdorf) después de una cirugía reconstructiva de su rostro. Desde el primer momento Nelly le pide al doctor no darle una cara nueva sino la misma que tenía antes. Esto porque no quiere ser otra. Especialmente, para su marido Johnny (Ronald Zehrfeld). Si el plan de la amiga consiste en viajar juntas a Palestina, el de Nelly es quedarse en Berlín y volver a los brazos de Johnny aunque Lene le diga una y otra vez que fue él quien la denunció a los nazis. Una vez que lo encuentre —atendiendo mesas en un club nocturno llamado, como el filme, “Phoenix”— Johnny no la reconocerá e incluso le propondrá hacerse pasar por la esposa muerta para enriquecerse. Nelly se presta al juego albergando la esperanza de que en algún momento de su entrenamiento para convertirse en ella misma Johnny la reconozca. Mientras tanto, prepararán el regreso de la Nelly espuria teniendo como público a los antiguos amigos de la pareja.
Aunque el punto de partida pueda ser el de un melodrama televisivo e inverosímil eso no empaña en lo absoluto la experiencia sentida con Ave Fénix. Aunque podamos restarle puntos en cuanto a historia, la ejecución en este caso se volverá lo más importante. Sí, se trata de un melodrama. Pero contenido. No desbordado como acostumbran las telenovelas latinoamericanas. Por lo tanto, mucho más convincente. También se halla mezclado con marcados tintes de suspenso. El ritmo y la sensibilidad de la película son, entonces, netamente europeos. Si por una parte el planteamiento estira al límite la credulidad del espectador, Petzold evita los lugares comunes. Por ejemplo, la revelación nunca vista del “nuevo” rostro de Nelly, el momento en que el doctor le quita los vendajes tras la cirugía se nos escatima. Nelly en la piel de Nina Hoss se presenta luego como una mujer temerosa que acaba de pasar por un trauma de proporciones mayúsculas. Ya convertida en la actriz fetiche de Petzold (ha aparecido en la mayoría de los créditos del director), Hoss hace pareja una vez más con Ronald Zehrfeld. Y, mientras en Barbara era él quien buscaba enamorarla a ella, aquí los roles se invierten. Nelly lo buscará a él entre los ladrillos de la ciudad devastada y los claroscuros nocturnos. Ave Fénix remite a diversas fuentes cinematográficas: Casablanca por el momento histórico y El tercer hombre por la urbe en proceso de reconstrucción, el deseo de Johnny —cuya corpulencia recuerda a Orson Welles—  de aprovecharse de la situación y el uso expresionista de la fotografía. Más de un crítico ha apuntado también hacia la dirección de Hitchcock y Vértigo. Pero habría que agregar que él a su vez ya se había inspirado en Pigmalión. De ahí las fuentes se podrían remontar hasta el mito helénico de hacerse una mujer a la medida. Para colmo de esta nostalgia fílmica, el rostro de Hoss recuerda al de una de las más legendarias actrices de su país: Marlene Dietrich. Si Ave Fénix se hubiera rodado durante la época dorada de Hollywood o durante el período retratado quizás habría tenido como protagonistas a Dietrich y Welles.
Pronto la tercera en discordia desaparecerá. Lena —la amiga jurista orgullosa de sus raíces judías y con la amargura contra los perseguidores enquistada en la garganta— no seguirá molestando como la voz de la conciencia. Una vez que lo localice, Nelly podrá acercarse a Johnny, cuya identidad se ha también transformado y ahora exige que le llamen Johannes. El duro entrenamiento para volver a ser Nelly no logra sacarle la venda de los ojos al marido. Ni siquiera en el instante en el que, cual Cenicienta tardía, Nelly se calce sus propios zapatos y Johannes compruebe que son del número correcto. El hecho de que no la reconozca confirma no sólo su traición ante los nazis sino además que la utilizó como instrumento en sus giras cuando eran músicos antes de la guerra. Serán los sirvientes y no los sofisticados amigos de Nelly quienes digan su nombre y la abracen de inmediato. Tras la charada en la estación de tren, a Nelly sólo le quedará su arte (el canto) para retomar su lugar y materializar esa anagnórisis tan deseada por ella. Nelly cantará “Speak Low” para manifestar su verdadera voz y, por lo tanto, recobrar su identidad, su “yo” inamovible. Al igual que en el caso de Barbara, la conclusión se sentirá un poco abrupta. Sin embargo, su contundencia resulta al mismo tiempo inobjetable. Y tanto en lo abrupto como en lo inobjetable encontrará el final de Ave Fénix su perfección. La película fue presentada el año pasado en el festival de Toronto. Obtuvo el premio de la crítica (FIPRESCI) en el más reciente festival de San Sebastián. Aún no tiene fecha de estreno para México.

Ave Fénix (Phoenix, 2014). Dirigida por Christian Petzold. Producida por Florian Koerner von Gustorf y Michael Weber. Protagonizada por Nina Hoss, Ronald Zehrfeld y Nina Kunzerdorf.

“Speak Low” interpretada por Hoss: http://www.youtube.com/watch?v=XqFBbFVRfPc

martes, 23 de junio de 2015

Giros de género

La crítica generalizada contra la mayoría de las películas producidas en Hollywood se da no sólo por la forma troglodita en que acaparan los reflectores y las salas de cine alrededor del mundo —especialmente durante el verano— sino también por su falta de innovación, originalidad o apuesta por temas más arriesgados, por seguir con constancia enervante fórmulas bien delineadas con el afán de retacarse los bolsillos de dinero y por sólo contemplar al cine como un negocio, no como un arte. Ésta también ha sido la crítica que en innumerables ocasiones y durante los últimos casi 19 años aparece en muchos de mis escritos al respecto. Todo se agota en un momento dado y mi relación con la reseña cinematográfica, al menos, ya tiene una fecha de caducidad: septiembre de este año. Por lo relativo a la mentalidad hollywoodense, trato de ocuparme de otras latitudes en mis textos sobre cine. Resulta, creo, mucho más refrescante buscar propuestas provenientes de otros lugares del mundo. Únicamente por el hecho de que el espectador —en este caso, yo— tiene al menos la opción de sorprenderse con ellas. Va entonces con este escrito un ejemplo: Hagen y yo, cinta destacable por la transformación de sus géneros y por partir de un punto determinado (incluso manido) y, sin embargo, concluir en otro opuesto. En el apartado de los datos inútiles, Hagen y yo también será recordada como la cinta que rompe el récord del mayor número de perros utilizados para rodar un largometraje: casi 300 y, dicho sea de paso, sin la utilización de imágenes creadas por computadora.
Hagen y yo (Fehér isten, 2014) arranca con una situación típica de película infantil: la niña separada de su mascota. Lili (Zsófia Psotta) es una chica húngara de más o menos 13 años. Sus padres se han separado hace tiempo. Mientras su madre parte del país durante tres meses para asistir a una conferencia en Australia, Lili se va a vivir al departamento de su padre. Él trabaja en un rastro. El único problema de la mudanza se centra en quien acompaña de forma inseparable a la niña. En esta Hungría, dentro un futuro ficticio, existe un impuesto que hay que pagar por tener perros de razas cruzadas. Éste es el caso de Hagen, el perro de Lili. En el ínter entre el inicio y el giro de género se dan situaciones también bastante obvias de este tipo de largometrajes. Como el ensayo de la orquesta en la que participa Lili: la niña trompetista debe ensayar con sus compañeros y cuidar al perro al mismo tiempo dándose así la típica interrupción y enojo del conductor de la orquesta. Ahí la niña se solidariza con el animal y juntos abandonan el lugar sin importarle a Lili su participación en un concierto futuro. Cuando Hagen es denunciado por una vecina del padre, los empleados de la perrera acuden al domicilio. La condición para no llevarse al animal consiste en pagar una multa. Entonces el padre, para evitar dicho pago, abandona a Hagen a su suerte frente a los ojos llorosos de Lili. Aquí empezaría el cuento infantil, la trama vista tantas veces en películas animadas de Disney donde el niño o la niña en cuestión emprende la búsqueda para reunirse una vez más con su querida mascota. Pero el destino de Hagen en las calles de esta ciudad nunca sería tema de una cinta de los citados estudios: hasta una sangrienta pelea entre perros habrá. Y ni se diga una serie de muertes nada naturales.
Como una fábula que poco a poco se degrada a cinta de acción —incluso de terror y venganza— Hagen y yo esconde más de una lectura para los espectadores. Esto conforme la cámara siga el periplo de Hagen por las calles de Budapest. En su cruento camino el perro reclutará a todos los descastados de razas cruzadas para lanzar un ataque feroz contra los humanos de la ciudad. Hacia el final la película adquirirá incluso tintes apocalípticos cuando los animales furiosos se adueñen de las calles de Budapest. Atmósfera del fin del mundo preestablecida en la escena inicial del filme en la cual Lili transita las calles vacías en su bicicleta y es sorprendida por la jauría comandada por su otrora mascota. Cuando ama y bestia se rencuentren en la secuencia climática Lili ya no estará ante su can alegre sino frente a un asesino con sed de sangre que no dudará en cobrarse el abandono. Ahí la niña tendrá quizás que elegir entre su padre y Hagen. La única manera de resolver esta confrontación, además de la música, será ponerse al nivel de los animales perseguidos y mirar el mundo a través de sus ojos.
El esfuerzo en la hechura —ése en el que destacan la utilización de casi tres centenas de perros— remite al deseo de realizar cine a la vieja usanza, como se rodaba hasta hace algunas décadas: en tiempos cuando para mostrar cómo caía una locomotora sobre un puente se dinamitaba uno entero o cuando para subir un barco por una montaña se tenía que hacer eso precisamente (recuérdese la locura de Herzog en Fitzcarraldo). Éste es un cine que no depende por completo de efectos especiales y que, por su realismo, resulta mucho más convincente. El mensaje nada sutil sobre cómo la humanidad trata a los seres vivos considerados inferiores encuentra su equilibrio con las situaciones descarnadas en las que se verá sumido Hagen. Eso sin contar la empatía que el animal logra causar a pesar de luego convertirse en un asesino. La cinta de Mundruczó se podría leer además como metáfora de las diversas tensiones en la Europa contemporánea: raciales, culturales, religiosas y económicas. Hagen y yo fue la película ganadora de la selección “Una cierta mirada” en el festival de Cannes del año pasado. En México se exhibió con la 58 Muestra Internacional de Cine. Según el sitio de Cinemex, su estreno comercial en nuestro país está previsto para el viernes 3 de julio.

Hagen y yo (Fehér isten, 2014). Dirigida por Kornél Mundruczó. Producida por Viktória Petrányi y Eszter Gyárfás. Protagonizada por Zsófia Psotta, Sándor Zsótér y los perros Luke y Bodie.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=VGBu3etfQKo

Nota del 30 de julio: Como es costumbre con los distribuidores mexicanos la fecha de estreno se pospuso para dar cabida a los bodrios veraniegos. Ahora se estrenará en México el 14 de agosto. Eso, si algún día de verdad se estrena.

miércoles, 17 de junio de 2015

Transgresión con ojos de niños: Lynne Ramsay


En mi colaboración más reciente con la revista Siglo Nuevo hablo sobre la obra cinematográfica de la directora escocesa Lynne Ramsay. Una disculpa por las erratas en el texto. Su apellido es Ramsay, no Ramsey. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1124896.transgresion-con-ojos-de-ninos-lynne-ramsay.html