domingo, 31 de enero de 2010

El Edén puesto de cabeza


Esta tarde de domingo por fin me di a la tarea de terminar mi reseña sobre la estrujante Anticristo de Lars von Trier. No había podido por la carga de trabajo -inesperada pero bienvenida- de este trimestre de invierno. No sé si la voy a publicar en algún medio impreso porque creo que ya perdí mi contacto con la revista Espacio 4. Así que tendré que ventilarla sólo aquí, en el blog. Si ya recordamos una interpretación femenina formidable con Isabelle Huppert en La pianista, lo mismo podría decirse de Charlotte Gainsbourg, hija de Serge Gainsbourg y Jane Birkin. Por supuesto, a pesar de que ésta fue la actuación femenina del 2009 y de que se dio en inglés de principio a fin, no será nominada al Óscar. Ellos ya tienen a sus consentidas. Y, hablando de las que se convertirán en las mimadas del monigote dorado, Avatar sigue esta semana en primer lugar de taquilla. En fin, a cosas más interesantes. Va la reseña:

La película del gran escándalo en el festival de Cannes, edición 2009, fue sin lugar a dudas Anticristo (Antichrist, 2009) del realizador danés Lars von Trier quien formó parte del manifiesto Dogma y hasta hoy es responsable por Rompiendo las olas (1996), Bailando en la oscuridad (2000), Dogville (2003) y Manderlay (2005). Por un lado, Anticristo es la cinta merecedora del premio a mejor actriz por la valiente y desgarradora interpretación de Charlotte Gainsbourg. Y por otro la receptora del anti-premio del jurado ecuménico que por lo regular galardona aquellos filmes que promueven valores humanistas. En su contra el jurado afirmó que este largometraje era misógino y contrario a dichos valores. Von Trier enfrentó incluso el reclamo de algunos periodistas en la conferencia de prensa que siguió a la proyección del filme en la cual el director se vio en la necesidad de defenderse recordándoles a los medios que si estaban ahí era por haber sido invitados y además autoproclamándose —un poco en broma, otro tanto en serio— el mejor cineasta del mundo. Tales reacciones, donde los aplausos y los abucheos se mezclan, sin embargo, no son las primeras ni serán las últimas en la carrera del danés. Y el mote de “misógino” es uno que lleva a cuestas desde hace tiempo sobre todo por los calvarios a través de los cuales obliga a transitar a sus protagonistas femeninas.
El inicio de Anticristo es apenas el primer martillazo a la mente así como caricia para los sentidos: un prólogo tan brillante como genial en cámara lenta y en blanco y negro que nos relata el principio del descenso a los infiernos de una pareja teniendo como envoltorio musical el aria “Lascia ch’io pianga” de Händel. Mientras los esposos sin nombre hacen furiosa y durante segundos explícitamente el amor, su bebé escapa de la cuna y se deja caer desde una de las ventanas del departamento hacia una nívea muerte. La capacidad para tornar algo tan terrible en bello es lo destacable de éste, sin exagerar, quizás uno de los mejores comienzos de una película en la historia del cine contemporáneo. La arrogancia de Von Trier al menos tiene con qué ser sustentada durante los primeros minutos de su obra. En Anticristo, entonces, Willem Dafoe es simplemente “Él”, terapeuta que decide —rompiendo la regla de oro— tratar como paciente a su mujer, “Ella” (Charlotte Gainsbourg), después de la muerte del niño. A partir de ese momento se plantea la imposibilidad de sondear los vericuetos de la psique femenina. Pronto, ya en el aislamiento del bosque, ésta se rebela ante la arrogancia masculina de “arreglar” el proceso de duelo y lo hace convencida de que una maldad milenaria habita en ella. Dicho comportamiento parece sugerir a los espectadores la cercanía de lo femenino con las fuerzas indomables de la naturaleza para culminar con un instinto desbocado de culposa destrucción que se volverá en su contra.
La pareja emprenderá el viaje a “Edén”, su cabaña en el bosque donde “Ella” ha pasado el verano anterior con el niño y lo ha hecho inmersa además en una investigación académica sobre la violencia contra las mujeres a lo largo de la historia. Así Von Trier siembra diversos símbolos, muchos de ellos originados en el catolicismo, dentro de la mente de la audiencia que poco a poco —y con más de un sobresalto— hará detonar las filias y las fobias más enraizadas en nuestra conciencia colectiva. Incluso desde el cartel con el título de la película en letras rojas donde la “t” representa el sexo femenino o ese mismo título espanta-ñoños que a lo largo de la experiencia cinematográfica no encuentra ninguna explicación. Será tanta y tan críptica la simbología que al final dejará de ser una obra hasta cierto punto realista para volverse completamente interpretativa. Y el espectador se preguntará si lo que se despliega ante sus ojos no es más que la representación de un alma que atraviesa los sombríos senderos de un profundo estado depresivo, los mismos donde vagaba por confesión propia el realizador.
Además de prólogo y epílogo, la trama incluye cuatro capítulos que ilustran los cuatro pasos causados por el duelo y sólo conducentes hacia el pozo de fuego: la pena, el dolor (subtitulado “Reina el caos”), la desesperanza (subtitulado “Gino-cidio”) y los tres pordioseros (tal vez contrapartes de los reyes magos). El deterioro de la relación entre “Él” y “Ella” ya presenta su antecedente desde la violencia fundida con las relaciones sexuales unión no muy diferente a la realizada con la naturaleza cuando ésta es, en palabras de “Ella”, la iglesia de Satanás. Más adelante vendrá la sospecha de “Él”, durante su elucubración del papel que juega la ambigua figura de Satanás en la mente de la mujer y esto a causa de unas fotografías que pueden o no ser parte de un engaño. La presencia de los tres pordioseros a lo largo del periplo —pordioseros que son parte de la naturaleza, cada uno un animal (ciervo, zorro, cuervo), cada uno representando la pena, el dolor y la desesperanza— se cumple y con ellos, ya reunidos, también se cumplirá la promesa del “Gino-cidio” cuando las diversas imágenes de actos de violencia y asesinatos contra la mujer pasen del sesudo estudio de “Ella” a la realidad.
Anticristo, sin embargo, no está exenta de algunos momentos de humor involuntario (o quizás voluntario tomando en cuenta los hábitos retorcidos del director). Por ejemplo, el zorro que ominosamente anuncia que el caos reina o la ridícula pelea de Dafoe contra el cuervo dentro de las entrañas de un árbol. No así, por supuesto, muchos otros que de verdad harán erizar el vello de los espectadores o incluso llevarlos al límite del escalofrío como la automutilación del clítoris de “Ella” o su ahora sí que asfixiante muerte. Advertidos quedan quienes pretendan entrar a una sala de cine donde se exhiba Anticristo, película tal vez tan personal y simbólica que se vuelve con su epílogo —también en blanco y negro, también con Händel de fondo musical en perfecta simetría— indescifrable, inasible. El más estremecedor crédito de Lars von Trier es recomendable, sin duda, y mucho. Pero sólo para los iniciados en la filmografía del danés y, de entre ellos, sólo para los fuertes de estómago.

Anticristo (Antichrist, 2009). Dirigida por Lars von Trier. Producida por Louise Foldager. Protagonizada por Charlotte Gainsbourg y Willem Dafoe.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=eBdDcQONmkM

Culpable de voyeurismo


Sin mucho preámbulo, la siguiente reseña se publicó en su momento en la revista Espacio 4. Ah y también es sobre una película de Haneke. Va el texto:

Hace once años, el director austriaco Michael Haneke filma en Europa Juegos divertidos (Funny Games, 1997) con un reparto que incluía al difunto actor Ulrich Mühe —de notoriedad reciente con La vida de los otros— y a Susanne Lothar. La tesis detrás de aquel proyecto era atacar la engañosa representación de la violencia, en específico dentro del cine estadounidense, así como su efecto satisfactorio en el espectador de ese país.
No tengo empacho, como cinéfilo, en confesarme además voyeurista. Ese placer —el de observar algo que quizás no debería— es sin duda el que me atrae al cine, lo quiera o no. Por supuesto, todo voyeur detesta ser visto y para eso la oscuridad de la sala cinematográfica es idónea. Terrible la sensación de estar siendo, como los personajes de la pantalla, observado. En Juegos divertidos somos no sólo expuestos sino también castigados por permanecer en la butaca y no abandonar la sala de cine. La ocasión para volver a hablar de dicha película es su refrito, en manos del mismo director, aunque ahora filmado en los Estados Unidos e interpretado por actores reconocidos para el gran público. Sin embargo, es ese mismo público el que, por desgracia y a pesar de las buenas intenciones de Haneke, nunca la verá.
Juegos divertidos (Funny Games US, 2007) —traducida en nuestro país como Juegos sádicos— abre con la toma aérea de un automóvil corriendo por una carretera. En él viajan George (Tim Roth), Ann (Naomi Watts) y Georgie (Devon Gearhart), quienes conforman una familia bien avenida, culta y acomodada a la cual vemos dirigirse en el comienzo del filme hacia su casa de campo para pasar ahí el fin de semana. Son la imagen estereotípica —con perro incluido— de la familia nuclear y pequeño burguesa. A las pocas horas del arribo, ven su tranquilidad interrumpida ante la aparición de dos jóvenes, Paul (Michael Pitt) y Peter (Brady Corbet). Amables, bien vestidos, educados —uno de ellos incluso torpe— se introducen en la casa con pretextos para pronto someterlos a juegos de crueldad, persecución y muerte. Sin aviso se presentan, además de la historia y los personajes, guiños hacia la experiencia visual y hacia el propio espectador. De vez en cuando, Paul nos habla directamente para cuestionarnos de parte de quién estamos o cómo quisiéramos que terminara esta historia o si pensamos que con lo visto es suficiente o aun si las torturas inflingidas nos dan para un largometraje entero. La primera vez parece no ser cierto. Quizás sólo está mirando a su amigo. Pero al repetirse la ruptura de fronteras hacia el universo más allá de la pantalla se vuelve clara la ratonera autorreflexiva que nos tiende Haneke. La invitación al juego se extiende al público para convertirlo en cómplice y alcanza su punto máximo en la utilización de un control remoto al revertir el triunfo de las víctimas frente a sus victimarios y al darle al espectador esta suave bofetada fustigándolo por sentir placer con la muerte de uno de los torturadores.
Haneke juega también haciendo alusiones a las cintas o las series de televisión que se esfuerzan para explicar la conducta criminal a través de sobados argumentos como el abuso durante la niñez, las drogas o el incesto. Estos jóvenes criminales no tienen ningún motivo fuera de su abulia. A diferencia de las tramas típicas en las cuales los niños se salvan, aquí los criminales no ostentan ninguna contemplación. Los más débiles perecen. Primero, el perro de la familia. Después, el hijo. Se nos sigue tentando con referencias al cine visto hasta el hartazgo donde el bien siempre triunfa y los buenos exterminan a los malos. De nuevo, el cineasta nos pone a prueba y nos desafía a quedarnos para ver, sufrir o gozar más, cada vez más. Por supuesto, lo hace fuera de toda convención. Nunca es fácil enfrentarse a sus filmes. A lo largo de ellos, nos vemos invadidos por un sentimiento de incomodidad. Nunca sabemos si reír, llorar o salir corriendo. Algo así sucede con La pianista (2001) o aun con El observador oculto (2005). Para quien ya conoce su estilo, este sentimiento de zozobra no representará ninguna sorpresa. Para los incautos, la experiencia no dejará de ser angustiante, incluso nauseabunda. Y eso a pesar de que la violencia explícita en Juegos divertidos se nos escamotea, siempre se haya fuera de la intrusión de la cámara. Quizás por eso es más amenazadora.
Aún tengo reservas en cuanto a si lo hecho por Haneke es valioso o no. En general, la primera vuelta de Juegos divertidos, la de los años noventa, me agradó como experimento y nada más. Ahora, la excusa para realizar un refrito, exactamente igual pero con actores reconocidos y en inglés es que aquella cinta no atrapó al público para el cual fue planeada, el estadounidense. Sin embargo, dudo que Juegos divertidos (versión EUA) llegue de veras a ese público tan culpable de regocijarse con la violencia artificial y que, a través de la cinta, se cuestione cómo se representa o cómo reacciona ante ella. Esta segunda vuelta —aunque a su cargo esté un realizador tan apreciado por la crítica— termina siendo fútil pues el público al cual se supone está dirigida no irá ni por equivocación a verla, ya sea por falta de distribución o por simple desinterés. El gran público, ése mismo que en los años ochenta disfrutaba con Stallone o con el ahora gobernador de California, difícilmente asistirá al cine a ver la más reciente cinta de un tal Michael Haneke aunque en ella estén los familiares rostros de Watts y Roth. Eso no ocurrirá ni en Norteamérica ni aquí en México. La recepción estará limitada a los seguidores del cine de autor y nada más. Como laboratorio fílmico para conmocionar al espectador y modificar la experiencia pasiva del voyeur, Juegos divertidos resulta gratificante. Al transformarla en refrito para el público de Norteamérica, Haneke pecó de ingenuo.

Juegos divertidos (Funny Games US, 2007) Dirigida por Michael Haneke. Producida por Christian Baute y Chris Coen. Protagonizada por Tim Roth, Naomi Watts, Michael Pitt y Brady Cobert.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=Ec-70W_K77U

Haneke laureado


El viernes estrenan aquí en Montreal The White Ribbon (ni idea si la van a traducir como El listón blanco en México). Con esta cinta el director nacido alemán pero considerado austriaco Michael Haneke se hizo de la Palma de Oro en el festival de Cannes del año pasado. También le dieron hace semanas el Globo de Oro a mejor película en lengua extranjera y es casi seguro que la nominen en la misma categoría para el Óscar. Por lo pronto, van las reseñas que he escrito sobre dos películas de este realizador. La primera se publicó en el periódico La Opinión Milenio en 2002 con motivo de la llegada a Torreón de la XXXVIII muestra internacional de cine de la Cineteca Nacional. Me invitaron a reseñar todas las películas a cambio de las entradas. La primera que exhibieron y que reseñé resultó ser La pianista (2001), filme que he revalorado después de escribir este texto y al cual le he encontrado -aunque suene imposible- muchísimo humor y mérito precisamente en lo que me quejaba antes: su final ambiguo.

La pianista, una cátedra de actuación
En Lumière y compañía (experimento cinematográfico de 1995 donde se reunió a 40 directores reconocidos detrás de la cámara de los hermanos Lumière), el realizador alemán Michael Haneke responde, cuando se le pregunta por qué filma, que dirigirle a un cineasta tal cuestión es como preguntarle a un ciempiés por qué camina. El ciempiés está condenado a tropezar mientras busca una respuesta. Lo mismo podría ocurrirle a los espectadores cuando traten de explicar el significado de La pianista (La pianiste, 2001).
Erika Kohut (Isabelle Huppert), una maestra de piano de Viena, tiraniza a sus alumnos a través de la disciplina y la práctica. Por esa razón, es admirada y temida. Pero Erika se encuentra subyugada a su vez por la sofocante relación con su madre (Annie Girardot) y, a pesar de su perfecta fachada de trabajo y rectitud, por prácticas anómalas que van desde el voyeurismo hasta el masoquismo pasando por la mutilación. Una noche, siempre con su madre como guardián, da un concierto privado para una familia pudiente y conoce a Walter Klemmer (Benoît Magimel). El joven, sin vislumbrar la podredumbre encerrada en el cuerpo de Erika, se siente atraído y pronto se convierte en su alumno.
La premisa de La pianista es simple. Hasta podría ser vista como un lugar común: detrás de la razón de los seres humanos, se esconden el delirio y la enfermedad. En principio, deslumbra el potencial mostrado por la cinta durante su introducción. Pero Haneke no logra sostener la fuerza de esta primera parte. Por un lado, la culpa la tienen esas exageraciones de la realidad que dice utilizar para hacerla más clara. En ocasiones, su afán raya en la inverosimilitud. Por otro, se encuentra Erika, un enigma perturbador sin nivel resolutivo. Hacia el final, su máscara de fortaleza se rompe y parece ansiar un rol tradicional dentro de su relación amorosa con Walter. Entonces surgen las dudas de si en verdad esta mujer es capaz de amar. De nuevo, la atacará la fingida indiferencia de una atmósfera y un basurero interior imposibles de transformar. Por último, el regreso a su mundo cerrado y autodestructivo con un último acto de odio contra sí misma.
Un arma de doble filo para la cinta es su ambigüedad. Haneke deja a los espectadores varios hilos desatados y ya dependerá de cada uno la conclusión a la que llegue. A veces, al dejar un artista a la deriva a sus receptores, provoca en ellos el naufragio. Tal vez, la excusa de exhibir un personaje tan patológico como Erika también justifique la inestabilidad de la segunda parte. Admirable es, empero, la destreza del director para templar con el humor —a veces blanco, otras muy negro— ciertas escenas colmadas de patetismo y truculencia. La actuación de Huppert es extraordinaria y sin duda merecedora del premio como mejor actriz en Cannes. Tal es el peso de su presencia que, en cierta forma, opaca a Magimel, también galardonado en dicho festival. En suma, La pianista es un crédito para Haneke tan provocador como deprimente. Habrá que seguirle los pasos a este ciempiés.

La pianista (La pianiste, 2001) Dirigida por Michael Haneke. Producida por Veit Heiduschka. Protagonizada por Isabelle Huppert, Benoît Magimel y Annie Girardot.

¿Quién plagió a quién? (V)


¿La guerra de las galaxias a La fortaleza escondida? ¿O La fortaleza escondida a La guerra de las galaxias?

Las huellas del terrible y confesado crimen a continuación:
http://www.youtube.com/watch?v=TVlM5wbA6WU
http://www.youtube.com/watch?v=9gvqpFbRKtQ

viernes, 29 de enero de 2010

Voluble clima


Increíbles los cambios de temperatura que se pueden dar en una semana en una urbe tan septentrional como ésta. La foto de la izquierda -del edificio donde está la línea aérea Transat- la tomé desde mi ventana apenas el lunes en que la temperatura subió a los primaverales diez grados y en que Montreal vio lluvia en enero lo cual no es nada usual. La foto de la derecha la tomé esta mañana de viernes poco después del amanecer. Hoy Montreal se despertó con diecisiete grados bajo cero con factor viento de menos treinta. El edificio Transat no se alcanza a ver completo porque lo cubre el hielo que se hizo sobre el vidrio de mi ventana durante la noche. Un enero muy benigno termina cruel con ora sí que un cambio climático extremo. ¿Qué se le va a hacer? En días como éstos mejor salir a caminar.

miércoles, 27 de enero de 2010

Péguenle al ex-gordo


A los valientes que llevaron al cine no hace muchos años la trilogía de El Señor de los Anillos (Peter Jackson, Philippa Boyens y Fran Walsh) les han llovido insultos de cinéfilos tras el estreno de su más reciente colaboración Desde mi cielo (The Lovely Bones, 2009) basada en la novela homónima de Alice Sebold -que debo decir nunca he leído y jamás he escuchado hablar de. La mayoría de las quejas vienen precisamente de quienes sí han leído la citada novela y se toman muy a pecho la adaptación del neozelandés. Ni la crítica ni la taquilla han sido entusiastas con este crédito de Jackson quien, desde sus andanzas con los hobbits, está irreconocible luego de haber perdido quién sabe cuántos kilos.
Yo fui a ver Desde mi cielo el fin de semana pasado y a mí no me pareció tan despreciable. La protagonista y narradora se llama Susie Salmon (como el pescado) y es una adolescente de los años setenta que ha sido asesinada por un vecino y que nos cuenta su historia desde una especie de limbo new age y políticamente correcto en el cual se halla atrapada por no querer soltar los últimos lazos que la unen a su pasado. Desde ahí, desde ese paraíso particular no exento de paisajes macabros, será testigo de cómo sus padres (Mark Wahlberg y Rachel Weisz), su abuela (Susan Sarandon), su hermana menor (Rose McIver) e incluso su asesino (Stanley Tucci) se enfrentan al hecho de su muerte.
Sorprende de nueva cuenta la actuación de una actriz tan joven como Saoirse Ronan en el papel de Susie y ya se le augura una larga y exitosa carrera. Tucci, como ya es su costumbre, nos da también una interpretación loable -fuera de sus muy notorios pupilentes verdes. La historia, por otro lado, no está despojada de todo interés al adentrarse en la que podría ser la mente de una chica de catorce años luego de ser asesinada. Temas como la familia, la vida después de la muerte, la culpa e incluso la justicia se tratan de manera si no profunda al menos no torpemente y con ciertas dosis de suspenso. Sin embargo, una conformación de reparto algo extraña (¿quién le cree el papel de padre a Wahlberg?, ¿por qué el director desaprovechó de esa manera a Susan Sarandon?), un final muy al estilo de Ghost: la sombra del amor con todo y sustitución corporal e intervención divina y justiciera le restan méritos a una cinta que pudo haber sido mucho más interesante. Y, de nuevo, como con el refrito de King Kong Jackson decepciona aunque no tanto como las críticas en contra nos hacen creer.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=ikUWKi0W5_g

domingo, 24 de enero de 2010

Hecha a la medida para el oropel


Saco a colación la siguiente reseña porque la jovencísima actriz de nombre impronunciable Saoirse Ronan -que se diera a conocer en todo el mundo por su excelente participación en Atonement (2007)- acaba de protagonizar la más reciente película de Peter Jackson (para más señas el que dirigió El Señor de los Anillos). Más adelante entonces escribo algo sobre Desde mi cielo (2009) y por ahora aquí dejo el comentario a Expiación, en aquel entonces publicado en la revista Espacio 4. Me equivoqué en mis predicciones porque, ya se sabe, No es país para viejos fue la que ganó el Óscar a mejor película aquel año:

Será la consentida del oropel, la que se llevará la rebanada más grande ya sea del balón o del monigote dorados (eso, si la huelga de escritores lo permite). El triunfo, ya lo dicen algunos aduladores insistentes, se le concederá a Expiación (Atonement, 2007), filme que en nuestro país será distribuido con el innecesario, risible, mocho y estúpido subtítulo de Deseo y pecado. La citada obra fílmica se convertirá —sin duda y según auguran los pseudo-expertos que se dedican a predecir el puntaje final de las principales auto-premiaciones hollywoodenses— en la gran ganadora. Después de todo, contiene cada uno de los ingredientes que agradan en la despiadada fábrica de sueños: una ambientación de época, un elegante y refinado acento inglés y, sobre todo, un amor trágico que con dificultad llegará a realizarse. Es hora de sacar los pañuelos desechables y ponerse a llorar.
Sin embargo, a pesar de que pudiéramos acercarnos al segundo largometraje del inglés Joe Wright con reticencia y escepticismo, lo cierto es que no es en lo absoluto un esfuerzo despreciable. Sobre todo si en lugar de concentrarnos en la historia lacrimógena de los amantes frustrados lo hacemos en la de la niña que se convirtió en escritora. Después de todo, el verdadero título de la película no es ni Deseo ni Pecado —les guste o no a las distribuidoras fílmicas o a esos entes despreciables empleados por éstas que en base a especulaciones mercadotécnicas alteran los títulos originales— sino simplemente Expiación, tal y como lo concibió en un principio el autor de la novela, Ian McEwan. La dichosa expiación se centra entonces exclusivamente en el personaje de Briony Tallis (interpretada en carrera de relevos por Saoirse Ronan, Romola Garai y Vanessa Redgrave).
Cuando Briony Tallis tiene trece años vive rodeada de privilegios en una impresionante mansión victoriana. Esos privilegios la hacen en suma egocéntrica. Pero la niña mimada posee también una potente imaginación que a veces no controla. En el momento en que la película abre al acertado son de las teclas de una máquina de escribir —son que la acompañará durante toda su vida— Briony acaba de terminar una obra de teatro. En el camino hacia la sala de estar donde se encuentra su madre se topa con Robbie Turner (James McAvoy), el hijo del ama de llaves, el hombre del que la joven autora se halla un poco enamorada. Sin embargo, es Cecilia (Keira Knightley), la hermana mayor de Briony, quien ha trastornado los pensamientos de Robbie por completo. Para colmo, aquel verano de 1935 es uno de los más cálidos y húmedos en Inglaterra. Una serie de equívocos, confusiones y hasta mentiras piadosas —y no tanto— se empieza a tejer esa jornada en la que al final Briony acusará a Robbie de un crimen que no cometió. A partir de ese momento, los tres personajes vivirán durante años las consecuencias de lo hecho a lo largo de aquel aciago día.
En renovada mancuerna con Joe Wright después de Orgullo y prejuicio (2005), Knightley encarna en un principio a una iracunda y antipática Cecilia Tallis. La joven actriz se desempeña de manera adecuada como orgullosa aristócrata al lado del Robbie Turner de McAvoy, poco menos que un santo a lo largo de la estival jornada de 1935. Así, ambos personajes se tornarán mucho más humanos en la segunda parte ante los horrores de la guerra. Resalta en especial la extensa escena sin cortes de la evacuación de Dunkirk (Dunquerque) donde Robbie espera por fin subir al barco que lo llevará de regreso a Inglaterra y a los brazos de Cecilia. Quien da rondas fuera del centro de esta historia de amor es Briony quien, a los dieciocho años y ya interpretada por Garai, se convierte en enfermera con la esperanza de tener como paciente a un herido Robbie y así reparar el daño que les ha hecho a él y a su hermana mayor. En sus ratos libres se dedica a escribir un manuscrito titulado “Dos figuras junto a una fuente” como catarsis ante lo ocurrido cinco años atrás.
Más allá de la historia romántica y trágica, el largometraje habla con su final de las posibilidades de transformar la realidad a través del mundo otorgado por la ficción. Así lo da a entender el director en una entrevista realizada en el pasado festival de Toronto, aunque la máquina publicitaria alrededor de su película se obstine en contradecirlo. El punto central de Expiación es el poder inconmensurable de la narrativa. Para eso es necesaria la última interpretación, la de la veterana Vanessa Redgrave, convertida en Briony escritora y mujer condenada a una enfermedad mental que se enfrenta quizás por última vez a un entrevistador para hablar de su más reciente novela también titulada, como el filme que miramos, Expiación. La semilla de esta novela es el manuscrito que escribía durante la guerra. La autora está decidida a contar por fin la verdad absoluta y a dejarla clara así como a darle una segunda oportunidad al amor entre su hermana Cecilia y Robbie. Queda claro entonces que lo visto a lo largo de la cinta es también lo contado por Briony en esa novela dolorosamente autobiográfica, novela no exenta de ciertos trazos ficcionalizadores. Es ahí, en el aguijón de las cuentas pendientes, en donde se halla la médula de la cinta y lo que le otorga al crédito de Joe Wright una vuelta de tuerca más allá de cualquier otra de amores contrariados y sobrevalorada por el Óscar (recuérdese, de hace una década, el nefasto efecto de Titanic). Sí, tal vez Expiación esté hecha a la medida para ganar este tipo de galardones; sin embargo, no habrá pocos espectadores más exigentes que hallen en ella un valor inesperado y hasta digno de encomios.

Expiación (Atonement, 2007). Dirigida por Joe Wright. Producida por Tim Bevan, Eric Fellner y Paul Webster. Protagonizada por Saoirse Ronan, Keira Knightley, James McAvoy, Romola Garai y Vanessa Redgrave.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=ATtSfe_DaJU

Imaginario Terry Gilliam


Cuando murió Heath Ledger se dijo hasta el cansancio en los medios que estaba trabajando en una cinta de Terry Gilliam y que había dejado inconclusa su participación en ella. Gilliam poco después anunció que tres actores lo suplirían en el rol como homenaje: Johnny Depp, Jude Law y Colin Farrell. Ahora está próxima a estrenarse en México la mencionada cinta que lleva por título El imaginario mundo del doctor Parnassus (2009).
Gilliam nos presenta en su más reciente cinta, como acostumbra, una historia dentro de los limítes de la fantasía y enmarcada por una imaginación desbordante. El doctor Parnassus (Christopher Plummer) viaja con su grupo de saltimbanquis presentando un espectáculo ya en decadencia: un enano, un recogido de la calle y su hija adolescente. Lo hace perseguido por el demonio (el cantante Tom Waits) al que le ha vendido el alma de la hija con tal de ser inmortal. En su camino se encuentran con un ahorcado que puede o no haber perdido la memoria y que más adelante es bautizado como Tony (Heath Ledger). Para salvar a su hija, Parnassus debe a su vez robarle cinco almas al demonio dentro de su mundo imaginario al cual se accede a través de un espejo mágico. Es aquí donde también Tony se transforma en los otros tres rostros que tendrá (Depp, Law y Farrell en ese orden).
Fiel a su estilo Gilliam, sin embargo, presenta una película más a la altura de sus intentos más recientes y, por desgracia, no de la gran calidad de la que es considerada como su obra maestra Brazil (1985). Para quienes vayan únicamente con el gancho de ser el último trabajo de Heath Ledger se verán también decepcionados no sólo porque su actuación no es nada del otro mundo, sino porque difícilmente se sentirán cómodos ante el fascinante, imaginativo y visualmente delirante universo creado por Gilliam. Más actractivas en cualquier caso resultan las actuaciones de Lily Cole como Valentina, la hija del doctor, e incluso Andrew Garfield como Anton, el muchacho recogido por la compañía. Y, en cierta forma, ésta es una película sólo recomendable para los aficionados a la obra del director.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=OFxqw0jbC2Y

viernes, 22 de enero de 2010

Nine... ¿una vida de pasión?


Quien viera el cartel que nos tienen preparado los distribuidores en México para Nine (2009) -subtitulada artificiosamente "Una vida de pasión"- pensaría que la gran obra que inspiró dicho musical, 8 1/2 (1963) de Federico Fellini, era un despliegue incesante de mujeres en ropa interior. Pero no es así. Y fuera de dos o tres escenas de este tipo, Nine -programada para estrenarse en febrero- tiene muy poco que ofrecer al espectador. Eso a pesar de sus múltiples nominaciones y la inclusión de un reparto más que reconocido.
El error del director de cine Rob Marshall, el mismo de Chicago, fue tomar como fuente un musical de Broadway que en ningún momento hubiera podido superar el filme que lo inspiró. Ni siquiera como musical. Y aun para quienes vayan a ver Nine y jamás hayan oído hablar de Fellini ni hayan visto 8 1/2 encontrarán la cinta poco interesante e incluso nada estimulante hacia el final. A diferencia de Chicago, Nine contiene si acaso uno o dos excelentes números musicales. En especial, el de la cantante Fergie -haciendo aquí a una Saraghina demasiado esbelta (y eso que engordó para el papel)- titulado "Be Italian". El peor número: el de una Kate Hudson que se nota, a pesar de estar ensayadísima, incómoda y fuera de lugar. Su "Cinema Italiano" es punto menos que vomitivo.
Además de que Nine constituye un oso de proporciones mayúsculas para Daniel Day-Lewis quien debería dedicarse exclusivamente a actuar y nunca jamás a cantar, mucho menos tratar de interpretar el papel -incluso en un musical en donde se supone que la interpretación puede ser artificiosa- de un director italiano en crisis ya que el acento que sale de su boca es una mezcla rara entre acento británico e italiano. Ni qué decir de Judi Dench (una inglesa interpretando a una francesa) o Marion Cotillard (una francesa a una italiana) o Penélope Cruz (una española a una italiana). Quizás para salvar todos estos obstáculos relacionados con la nacionalidad decidieron incluir a Sophia Loren, mero factor decorativo, en el reparto.
Y, sin embargo, todo lo anterior es lo de menos.
La película de Rob Marshall es simplemente aburrida, exenta de todo lo que su subtítulo en México nos prometerá: pasión.
Preferible mil veces, en lugar de fumarse homenajes apabullantes por su mediocridad, es volver a disfrutar de una verdadera obra maestra: 8 1/2.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=pSG9mWbD1_I

Globos de Oro 67


Iba a escribir un comentario sobre las nominaciones a los Globos de Oro. Qué bueno -teniendo ya a la mano la lista de los ganadores- que ni las fiestas ni el desgano causado por la bronquitis que padecí desde Año Nuevo me permitieron hacerlo porque habría sido una verdadera pérdida de tiempo. Cuando era chico y apenas comenzaba a interesarme más a fondo por el cine, le seguía la pista a estos premiuchos hollywoodenses, me echaba cada año las ceremonias de premiación y siempre hacía berrinche porque las películas que a mí me gustaban terminaban perdiendo ante cursilerías, mediocridades, gringadas o churros. El último berrinche lo hice hace algunos años cuando El laberinto del fauno de Guillermo del Toro perdió el Óscar a mejor película en lengua extranjera frente a La vida de los otros. Un filme con un final poco convencional, muy osado y abierto. Frente a otra bastante buena; pero con un final más que complaciente y hasta ñoño. Ese día juré no volver a echarme las aburridas ceremonias de premiación de los Globos o de los Óscares. Y lo he cumplido. Sin embargo, no puedo sustraerme a mencionar en mis reseñas si alguna película ha ganado uno o dos o tres de estos premios.
En los últimos años se ha comentado que dichas ceremonias tienen cada vez menos audiencia y eso porque las premiadas no han sido cintas taquilleras. Y es verdad. Pareciera que los Globos y el Óscar han querido de cierta forma legitimizarse premiando directores o películas que han florecido dentro del radio de acción del cine independiente o incluso el europeo. A veces se atreven a imitar las pautas establecidas por Cannes o algún otro festival internacional. Sin embargo, tras la entrega del Óscar del año pasado la tendencia cambió. Anunciaron que incluirían diez obras en la terna de mejor película en lugar de cinco. Eso porque todos los fanáticos de Batman pusieron el grito en el cielo cuando no fueron complacidos. Con la lista de las premiadas de los Globos se confirma la tendencia donde sin duda este año se condecorará lo taquillero. Aunque hay que agregar algo más al respecto. Sí, se considera que los Globos son la antesala del Óscar; pero eso no quiere decir que no vaya a haber discrepancias entre unos y el otro.
1) Avatar ganó mejor película dramática frente a The Hurt Locker (una gringada bélica más sobre Irak o Afganistán o lo que sea que, por cierto, jamás veré), Precious (otra gringada afroamericana e inflada por su productora ejecutiva Oprah Winfrey; tampoco la veré), Amor sin escalas (la favorita de la crítica que tampoco veré simple y sencillamente porque en ella está de protagonista el infumable George Clooney) y Bastardos sin gloria. En pocas palabras la taquilla le ganó a la calidad. Así de simple.
2) Sandra Bullock, mejor actriz dramática. Estaba al lado de la actriz gorda de Precious y tres inglesas -la veterana Hellen Mirren y las jóvenes Emily Blunt y Carey Mulligan. Otra vez, la taquilla frente a la calidad. Bullock gana por una cinta que también parece ser una gringada complaciente de superación personal con cierto toque afroamericano.
3) Jeff Bridges, mejor actor dramático. Estaba al lado de George Clooney, Colin Firth, Morgan Freeman y Tobey Maguire. Con que le haya ganado a Clooney, me da gusto. Pero tampoco veré la película por la que ganó. Todo lo que huela a música country me da náuseas.
4) The Hangover o ¿Qué pasó ayer?, mejor película musical o de comedia. Otra vez la taquilla imperó. Sin comentarios. El que esta comediucha de adolescentes-adultos en Las Vegas haya ganado no los merece.
5) Meryl Streep, mejor actriz en un musical o en una comedia. Estaba en la terna con Sandra Bullock, Marion Cotillard, Julia Roberts y... ¡Meryl Streep! Este asunto de las dobles nominaciones en los Globos es un misterio para mí. Y sí, se ha llegado al colmo de que la señora Streep estornuda y le dan un premio.
6) Robert Downey Jr., mejor actor en un musical o en una comedia. Se enfrentaba a Matt Damon, Daniel Day-Lewis, Joseph Gordon-Levitt y Michael Stuhlbarg. Qué decir. A Hollywood le encantan las historias de retornos desde el infierno. Y la de Downey Jr. ha sido de las más sonadas.
7) Mo'nique, mejor actriz de reparto. Mo'nique... ¿Eso es un nombre? Estaba junto a Penélope Cruz, Vera Farmiga, Anna Kendrick y Julianne Moore. La señora Mo'nique o como se llame le debe su Globo de Oro a Oprah Winfrey. Punto. Ah y no volveremos a oír hablar de ella en el mundo del cine nunca más.
8) Cristoph Waltz, mejor actor de reparto. Se enfrentaba a Matt Damon, Woody Harrelson, Christopher Plummer y Stanley Tucci. Éste sí, merecidísimo. No lo necesitaba. Ya lo habían premiado en Cannes.
9) The White Ribbon o El listón blanco o La cinta blanca o como le pongan en México, de Michael Haneke, mejor filme en lengua extranjera. Estaba frente a Los abrazos rotos, Un prophète, La nana y Baaria. Otra vez, el intento desesperado para legitimizarse premiando a la ganadora de la Palma de Oro en Cannes.
10) James Cameron, mejor director. (Se vale reír) Se enfrentaba a Kathryn Bigelow (¿quién?), Clint Eastwood (el decrépito señor también estornuda y lo nominan), Jason Reitman (para que no digan que no le hacen caso a la crítica gringa) y Quentin Tarantino. Sólo una pregunta: ¿nos acordaremos de la maravillosa y profunda obra de Cameron dentro de diez o veinte años cuando toda la técnica digital de efectos especiales desplegada en sus filmes haya sido más que superada? O quizás dos: ¿nos acordaremos fuera de los recuentos estúpidos de cuánto dinero han ganado sus cintas?
11) Jason Reitman, mejor guión. Estaba frente a Neill Blomkamp, Mark Boal, Quentin Tarantino y Nancy Meyers. Ésta fue la terna que los Globos le concedieron a la crítica gringa que ha estado inflando la película Amor sin escalas desde hace algunos meses. Como siempre esta categoría es la rebanada del pastel para los independientes.
El resto de los premios de cine (animación, canción) no me interesa comentarlos.
A ver qué sorpresitas nos reservan las nominaciones al Óscar.
Lo que sí es casi seguro es que Avatar estará entre las diez nominadas a mejor película.

sábado, 16 de enero de 2010

De la discriminación a la empatía


Pocas veces me he ocupado de la filmografía quebequense a pesar de vivir aquí. Sobre todo, porque también en muy contadas ocasiones traspasa fronteras. No sólo por la falta de distribución. Sino porque resulta a veces muy local, indescifrable para el resto del mundo. Incluso, el resto del mundo francófono. Sin embargo, en el caso de C.R.A.Z.Y.(2005) de Jean-Marc Vallée la película sí traspasó fronteras, se presentó en varios festivales y gozó de una distribuición extensa. Va entonces aquí la reseña sobre la cinta -a colación por el estreno de The Young Victoria- que se publicó hace algunos años en Acequias:

Claude Jutra fue uno de los más destacados cineastas de la provincia francófona de Québec en Canadá. El realizador y actor —conocido sobre todo por dirigir Mi tío Antonio (1971)— decide morir en las aguas del río San Lorenzo al rechazar un futuro en que sus capacidades mentales iban a estar minadas. No soportó vivir con Alzheimer y se suicidó en noviembre de 1986. Quedan de él, además de su recuerdo, la obra cinematográfica, un pequeño parque conmemorativo con su nombre sobre la calle Prince-Arthur de Montreal y los premios Jutra, el equivalente en Québec del Óscar desde hace ocho años.
A principios de 2006 dos títulos destacan —cada uno con catorce nominaciones— para los Jutra: Maurice Richard de Charles Binamé, cinta biográfica estrenada en otoño pasado sobre uno de los grandes héroes del deporte canadiense, el jugador de hockey con el sobrenombre de “The Rocket”; y C.R.A.Z.Y. de Jean-Marc Vallée, película con un estreno un poco más lejano y representante frente al Óscar en la categoría de mejor filme en lengua extranjera sin obtener, dicho sea de paso, la citada mención. Mientras la primera abre y termina en perfecto círculo con el motín de 1955 en Montreal, la segunda comienza precisamente cinco años después con la noche de Navidad en la que su curioso héroe nace. Para ambas son los años de la llamada Revolución Tranquila, la misma época en que Claude Jutra surge y se establece como precursor del cine moderno dentro y fuera de los confines de Québec.
Mi tío Antonio —exhibida en México hace más de tres décadas durante la II Muestra Internacional de Cine— se centraba en Benoît, un muchacho huérfano que miraba el universo —durante las festividades navideñas— desde las ventanas de la única tienda de un pueblo minero de Québec. Su historia era de crecimiento frente a realidades como la muerte, el sexo, el matrimonio, la hipocresía, la miseria y el dolor. En fin, un bildungsroman en imágenes. Si algo comparten las cintas de Claude Jutra y Jean-Marc Vallée es este elemento: la maduración del personaje central. Aunque se trate de otra época —los cuarenta contra los sesenta y setenta— y otro espacio —lo rural contra lo urbano— ambas blanden el conocimiento propio como arma persuasiva. Sin embargo, el obstáculo con el que se tendrá que enfrentar Zachary Beaulieu, el eje de C.R.A.Z.Y., es la discriminación.
Por desgracia la discriminación es una constante en todos los pueblos. La necesidad de asociación del género humano, la formación de fraternidades y las imposiciones de un grupo mayoritario a una minoría de los conceptos de lo aceptable y lo normal culminan casi siempre en el acto de suprimir aquello que distinga y haga diferente a cada individuo. La convicción de pertenecer a un grupo selecto y a veces, lamentablemente, considerado superior conduce a actitudes excluyentes con respecto a aquellos que se encuentran en la periferia. Lo desconocido siempre da miedo. Es, al fin y al cabo, un sentimiento natural, casi instintivo. Se vuelve más fácil explicar la alteridad a través del estereotipo o el prejuicio antes de filtrarla con la razón, mucho menos con la empatía. Desde la infancia el ser humano aprende cómo discriminar, desde entonces se forman colectividades que son como escudos contra la insignificancia propia ante el cosmos, desde los primeros años la sociedad perpetúa distinciones por motivos diversos ya sean la raza, el sexo, la clase social, el origen, la religión, las tendencias sexuales o la poca adaptabilidad a cierto modelo de belleza impuesto por un mundo consumista. No importa, la exclusión se da sin falta y la más devastadora de ellas es quizás la que se da hacia el interior.
A final de cuentas, es mucho más sencillo alinearse, camuflarse, no distinguirse entre la maleza, formar una unidad en la que sea imposible destacar; todo eso es preferible a nadar contracorriente. No es difícil observar resignación e indolencia frente a estos pactos tácitos desde la escuela primaria hasta la universidad. Ahí se despliegan la misma ropa, los mismos gestos, las mismas actitudes. La individualidad cuesta demasiado y hay que ocultarla. Para quien vive, por lo tanto, en una sociedad que posee un cierto tipo de discriminación enraizada hasta el tuétano, el sentimiento de autoflagelación y auto-negación se convierte en odio. Odio hacia el interior y hacia el exterior. El camino conducente al oasis de la tranquilidad es largo y tortuoso. Es ése el camino gemelo que no exento de humor debe recorrer el protagonista de C.R.A.Z.Y. (2005). Al final de la travesía, los seres humanos se dan cuenta de la verdad que antes eran incapaces de admitir. No hay quien no haya sido víctima de la discriminación sea por su apariencia o por su ideología. No hay tampoco quien no haya sido victimario aún con el pensamiento. En diferentes momentos se puede ser, frente a ella, víctima o victimario. Los roles son intercambiables. Igual le pasará a Zachary Beaulieu.
C.R.A.Z.Y. transcurre a lo largo de los sesenta, se detiene gran parte en los setenta y culmina en los ochenta siguiendo el argumento escrito por el director Jean-Marc Vallée en colaboración con François Bulay. Con el lente de la cámara, seguimos el crecimiento de Zachary Beaulieu (Marc-André Grondin), el cuarto en una familia clase-mediera, tradicional y católica de cinco hijos varones dentro de los suburbios del norte de Montreal. Nacido bajo el signo de la Nochebuena de 1960, Zac debe cargar con esa fecha a cuestas de tal modo que termina detestando la celebración de su cumpleaños por dos razones: tener el nacimiento del niño Jesús opacando el suyo y nunca recibir los regalos que desea —entre ellos, una carriola de bebé. Explicables son entonces sus ensoñaciones durante la misa de gallo en las cuales la congregación entera canta “Sympathy for the Devil” de los Rolling Stones y él asciende a las alturas. Por lo menos, las del templo. Un golpe en la cabeza de recién nacido lo distingue de los demás hermanos pues de dicha calamidad se nutre la creencia del supuesto poder para curar enfermedades ajenas, creencia preservada sobre todo por Laurianne (Danielle Proulx), su madre. Tal vez por eso, la relación entre Zac y su padre, Gervais (Michel Côté), es tan cercana. Para él, el progenitor es prácticamente un héroe. Y ni siquiera la obsesión de Gervais por los discos de Patsy Cline o el hecho de que imite a Charles Aznavour cada Navidad con la misma canción lo alejan del hijo. Al fin y al cabo, ambos aman la música.
El idilio no está exento de asperezas. A Gervais le preocupa que su niño sea “muy sensible”, que deseé una carriola como regalo de Navidad en lugar de artículos para jugar hockey, que sus hermanos mayores le digan maricón. Sobre todo, Raymond (Pierre-Luc Brillant), el delincuente de la familia y su peor enemigo. La declaración bélica se da poco después del nacimiento del quinto hijo, Yvan. Cuando Gervais descubre a Zac vestido de mujer y siendo demasiado maternal con su hermano menor, se acaban los mimos para el consentido. Desde ese gélido instante, una vez declarada la guerra, da inicio el proceso de auto-negación en el que Zac buscará complacer a Gervais y se instituye también el silencio compartido de la familia para disimular lo que en la infancia era evidente. Por miedo al rechazo de los suyos, especialmente el de su padre, Zac va transformando su personalidad dando sólo cabida a conductas aceptables para el entorno. Por accidente, cuando es todavía un niño, Zac rompe un disco de colección de Patsy Cline que pertenecía a Gervais, el tesoro más preciado para un hombre lleno de prejuicios machistas aunque amoroso con sus vástagos. Ya durante la adolescencia el fantasma del disco y de ver a su pequeño hijo travestido se fundirán en un solo recuerdo. A mediados de los setenta, Zac se convierte en un adolescente como cualquier otro: fuma, sueña, se pelea con sus hermanos, enamora a su mejor amiga, escucha música a todo volumen. Sin embargo, en su inconsciente, no ha podido cambiar. No importa cuántas veces le ruegue a Dios hacerlo. No importa que le pida a una entidad divina desdibujada que su don de curación sea efectivo por primera vez en una “enfermedad” propia. Su padre y sus hermanos mayores le recuerdan a menudo el rol que está destinado a cumplir. No soportan, por ejemplo, que admire e imite al andrógino David Bowie del glam. Al menos, la madre está, incondicional, de su lado.
Más adelante en el filme, quien es víctima de ese acoso se convertirá en victimario y lo hará sólo para ajustarse a los lineamientos de su comunidad suburbana. Sin embargo, conforme pasen los años, la insatisfacción del protagonista irá haciendo mella en él hasta no poder evadir más el asunto de sus dudas emocionales y ése será el primer paso hacia la aceptación, al menos, la propia. Cerca del final, Zac se encontrará a sí mismo en la lejanía que le propone un viaje a Tierra Santa y se topará azarosamente con algo más, el objeto que restituirá la relación rota con su padre; una relación que, aunque no perfecta —como nos lo indica el narrador durante el desenlace— sí tenderá un puente de acercamiento hacia la compasión mutua. Quizás en el rango ideal del onirismo cinematográfico, la discriminación desaparezca y dé paso a la empatía.
El tono de la película ni siquiera roza el escándalo o los radicalismos políticos. Esta tragicomedia familiar se desarrolla a través de un punto de vista equilibrado entre la liberación y lo tradicional aunque la perspectiva, por supuesto, será la otorgada por uno de sus miembros. A pesar de eso, Vallée no deja la templanza a un lado. Con dificultad ofenderá, entonces, al público y de ahí deba tal vez su éxito a grandes masas en la provincia quebequense. La dupla entre padre e hijo se halla también en un punto medio. Michel Côté representa con admirable aptitud al hombre del Québec de antaño, el Québec de las familias numerosas, los miles de campanarios y el conservadurismo. Marc-André Grondin, a pesar de su juventud, lleva con ligereza sobre los hombros el peso entero de la trama. Un notable ejemplo es la escena en que, como cualquier adolescente frente al sueño de ser una estrella de rock, emula a David Bowie cantando “Space Oddity”. Es tanto el éxito de la actuación de Grondin en C.R.A.Z.Y. que se habla incluso de que Québec tiene en este joven actor a un Gael García Bernal. Redondeadas están las dos actuaciones de padre e hijo con la de Danielle Proulx, en piel de madre sí; pero además en piel de fuerza catalizadora que mantiene unidas las piezas de una familia a punto de romperse. Como destacables podrían también describirse la dirección de arte recreando una época de transiciones y la banda sonora donde aparecen desde Pink Floyd hasta Pérez Prado.
Es cierto que una camada de filmes sobre la diversidad sexual ha estado presente en cartelera comercial y en más de una premiación. Basta mencionar en orden de resonancia Secreto en la montaña, Capote, Transamerica, Desayuno en Plutón y C.R.A.Z.Y. —esta última dentro del aún limitado circuito quebequense (limitado, claro, para los productos fílmicos de la propia provincia). Sin embargo, la temática tiene poco de novedosa en el cine. Ahí está como antecedente más próximo en el tiempo la nada despreciable My Summer of Love (2004). Tal vez lo sorpresivo es que algunos de estos largometrajes se hayan integrado a la hegemonía del Óscar. Quizás para quienes van al cine exclusivamente para entretenerse y mascar palomitas tal distribución sorprenda y hasta escandalice, pero hay múltiples cintas precursoras que pueden ser citadas por quienes el séptimo arte es algo más que una afición. Y si antes un trofeo tan cuestionado como el Óscar se dedicó a ignorar trabajos con temáticas espinosas, no debería extrañar que ahora intente a través de cualquier medio lavar su imagen ante una crítica más punzante. Al fin y al cabo, a nadie le gusta que lo comparen con el poco incluyente Bush.
Siendo la discriminación ubicua —incluso en las sociedades que tienen como lema el multiculturalismo y la tolerancia— las reacciones frente a tales largometrajes serán variadas, tal vez hasta coloridas y con seguridad hablarán más de la posición de los espectadores frente al tema que la de los propios cineastas. C.R.A.Z.Y. (2005), empero, no hunde la cabeza hasta el fondo en el mal llamado “estilo de vida gay” pues se trata más bien de una historia de maduración. Maduración en general y sin etiquetas. Lo importante para Vallée, fuera de un liberalismo descarnado e irracional por parte del protagonista, parece ser el lazo afectivo con la unidad familiar y, en específico, con la figura paterna. Ya con el premio al mejor filme canadiense en el festival de Toronto bajo el brazo, se le augura entonces a la película de Jean-Marc Vallée buena suerte a la hora que se otorguen los premios Jutra, símbolos del arte cinematográfico en ese vasto e inmenso norte.

C.R.A.Z.Y. (2005). Dirigida por Jean-Marc Vallée. Producida por Pierre Even y Jean-Marc Vallée. Protagonizada por Marc-André Grondin, Michel Côté y Danielle Proulx.

El avance doblado al español: http://www.youtube.com/watch?v=EwBk-hEgzkc

Victoria joven


Protagonizada por Emily Blunt -joven actriz inglesa a la que vi por primera vez en My Summer of Love (2004)- y dirigida por Jean-Marc Vallée -realizador quebequense conocido por su anterior crédito C.R.A.Z.Y. (2005)- The Young Victoria (2009) es la historia de los años de juventud de la monarca inglesa. Pieza de ajedrez movida por múltiples intereses, Victoria sólo anhela ser libre cuando por fin su tío muera y ella pueda reinar. Sobre su nación. Pero también sobre su propio destino. Producida por Martin Scorsese y por ni más ni menos que Sarah Ferguson, la duquesa de York, la cinta no será una obra maestra. Pero sí un disfrutable paso más en la carrera de un director que por lo menos lleva ya dos créditos interesantes.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=GFiI5moxmIQ

¿Quién plagió a quién? (IV)


¿Eduardo Olmos Castro al Gato Risón? ¿O el Gato Risón a Eduardo Olmos Castro?

viernes, 15 de enero de 2010

Avatar (bla, bla, bla)


Hoy apareció en el programa de Oprah Winfrey el director de cine (¡canadiense, canadiense!, gimen todos los medios... canadienses, claro) James Cameron. Eso porque a la señora se le ocurrió después de quién sabe cuántos años de no hacerlo ir a una sala de cine de verdad (no a la de su casa) y ver Avatar (2009) en 3D. Por supuesto, su reacción fue previsible. La película, para ella, es ni más ni menos que el fenómeno cinematográfico de la década. Qué década. Del siglo. Todos hablan de Avatar. Evo Morales, el Vaticano, los rusos. Todos opinan sobre ella. Que si es un manifiesto contra el capitalismo, que si trata de religiones sospechosamente asociadas al culto a la naturaleza, que si es anti-americana, que esto, que lo otro. Y hablan simplemente porque no nos podemos evadir de la maquinaria publicitaria que precede y sucede el estreno de la cinta, hablan porque todas esas personas han tenido acceso a la obra. Pero lo cierto es que hablan de algo de muy poca sustancia.
La experiencia cinematográfica de Avatar, siento contradecir a alguien de la altura y de la influencia de Oprah Winfrey, no es muy diferente a la de cualquier otra película en tercera dimensión. Ésta, quizás, es la que más gente a acarreado a las salas de cine. En eso radica la diferencia con otras. Y fuera del aspecto técnico Avatar tiene poco que ofrecer en cuanto a cuestiones narratológicas se refiere: una persona que ya no pertenece del todo al ambiente a la cual fue condicionada a vivir traspasa las barreras hacia otro mundo completamente ajeno, uno de mayor libertad y equilibrio; ahí se enamora de quien no debería y junto a dicha pareja enfrenta un cataclismo de proporciones mayores y al final logran o no salvarse. Ésa era la trama de Titanic. Ésa es la trama de Avatar. Nótese la originalidad.
De ahí podemos saltar a otros puntos que ya han sido criticados. Por ejemplo, la verosimilitud. ¿Es posible la transculturación del protagonista en cuestión de meses en el caso de una civilización ya no digamos terrestre sino extraterrestre? ¿Y que para colmo este "intruso" se convierta al final en su líder en contra de los destructores ecológicos? Algo no camina aquí. En fin. Sí, Avatar es entretenida. Le llena a uno la pupila si pocas veces ha visto películas en tercera dimensión. Pero no deja de ser una taquillera más de las muchas que nos venden como el gran fenómeno cinematográfico de la historia del cine.

jueves, 7 de enero de 2010

Todavía en Torreón

No me fui. El sábado me comenzaron los síntomas de una bronquitis que apenas me está dejando. Así que no pude salir de aquí. Será hasta el domingo. Está bien siempre y cuando llegue antes del inicio de clases.