martes, 30 de noviembre de 2010

¿Quién plagió a quién? (XV): La fresez fracasada


Va un circunloquio. ¿Quién plagió a quién? Por lo pronto, yo a un barcelonés. Acabo de leer, sentado en un vagón del metro, este fragmento de París no se acaba nunca (2003) de Enrique Vila-Matas: "Por otra parte, creo que tengo derecho a poder verme de forma diferente de como me ven los demás, verme como me da la gana verme y no que me obliguen a ser esa persona que los otros han decidido que soy. Somos como los demás nos ven, de acuerdo. Pero yo me resisto a aceptar tamaña injusticia."
La lectura de este fragmento me hizo de inmediato recordar las diferentes etiquetas que la demás gente me ha otorgado conociéndome apenas. "Nerd", por ejemplo durante los años de secundaria. Bueno y cómo no, digo ahora, dentro de un sistema educativo fallido como el mexicano no es nada difícil convertirse en uno. No se necesitan muchas neuronas. Otra etiqueta, con los años, me parece por completo ridícula por venir de quien vino. En una ocasión un "amigo" de la secundaria dijo que mis padres eran "caga-lana". Yo, por asociación, también lo era. Claro, como muchos otros, el idiota ignoraba mi historia familiar pues desde entonces no acostumbro andar pregonando asuntos que sólo le conciernen a las cinco personas que componemos mi familia. Este querido amiguito cuyo paradero hoy orgullosamente ignoro no podía ver más allá del nombre de la colonia donde hasta ahora viven mis padres. Lo más risible de todo esto es que los suyos vivían en una aledaña a la nuestra. Digamos que su resentimiento no era para tanto. Nuestros códigos postales no eran tan diferentes. Pero siendo como soy (de susceptible) su intriga surtió tal efecto que hasta la fecha siento mucha vergüenza cuando alguien con las ansias de ser discriminado brillándole en los ojitos me pregunta en qué colonia vive mi familia. A veces prefiero no responder. Al menos, a los nativos del país donde actualmente vivo les importan muy poco esas tonterías. Ver más allá de lo evidente es una capacidad que parece haber sido concedida a unos cuantos. Será eso o no a todos los pueblos del mundo les da por hacerse las víctimas.
Así que de eso se trataba. Yo era un "caga-lana" y él un pobrecito "muerto de hambre". La dicotomía fresa/naco cobró más importancia para mí a partir del año 2006 y a partir de la confección de una novela que todavía no logro terminar. En la trama de la novela dicha dicotomía lleva un rol protagónico. Por esa razón, me he visto obligado a recordar intercambios de palabras como el que tuve con mi amiguito aquél del colegio. Va otra. En cierta ocasión, en años más recientes, un amigo sí muy querido hasta la fecha afirmó categóricamente que yo nunca podría ser "naco" aunque lo intentara. Aunque no se lo dije, me sentí ofendido porque como lo afirma la cita anterior de Vila-Matas sólo yo puedo decidir lo que soy y lo que no soy. Nadie más. Sé que el comentario de mi amigo no fue malintencionado y en ningún momento afectó nuestra camaradería. Y junto a ese recuerdo me asalta el de cierto académico defensor del pueblo latinoamericano que dijo que mi padre por haber trabajado en una maquila era "de los explotadores" o el de una compañera de la maestría que en broma me preguntaba "cuántos coches habría en la cochera de casa de mis padres" o el de cierto esperpento de profesor de español que ante mi falta de apetito en una fiesta de Navidad pesadillesca escupió "de seguro tú comías en bandeja de plata". Si en algo es rica la humanidad es en pendejadas.
Todo para decir que frente a algunas personas somos nacos y frente a otras somos fresas. En cuanto riqueza, educación, privilegios (o falta de ellos) siempre hay para arriba o para abajo. Y casi hasta el infinito. Por alguna razón masoquista, la mayoría miramos hacia arriba y tragamos saliva de amargura. Para qué. Fresa o naco. Pareciera que en México no hay escapatoria a esta dicotomía tan simple por no decir atávica. El estandarte de quienes se dicen nacos puede ya vestir trajes de marca, comer en restaurantes carísimos y codearse con las estrellas de la televisión. Pero, claro, los de alcurnia dirán que sigue siendo un ñero de Tepito. La máxima encarnación de la fresez tiene por debajo de la epidermis a la personita más lumpen del mundo. El naco debe vestir, hablar, comer (y tantos otros verbos) de cierta manera. Lo mismo va para el fresa. Y cada quien se alía y apoya a quien mejor le conviene según el público a agradar. Ahí está Ricardo Rocha todas las mañanas en el radio haciendo como que malpronuncia el inglés o el francés.
No quiero detenerme mucho más en esto. Mejor tomar un ejemplo muy palpable de plagio: el de doña Lucero León Hogaza. Quien fuera Chispita y poco después virginal novia de boda televisada es para muchos una de las mujeres más fresas de México. ¿O no? Desde niña su familia, los mandamases de la televisión comercial y ella misma se han dedicado a presentarla como un dechado de virtudes. No hay más que rascarle un poco al maquillaje sobre esta creación de plástico para hallar el fracaso de la fresez, ese afán loco por reprimir lo naco, ese deseo de que nadie se dé cuenta de que los ídolos de barro también eructan, se echan pedos, explotan de ira ante una rueda de prensa, mean y cagan (y no precisamente lana). Quien vea -a diferencia del que dizque sigue siendo su esposo- Indispensable, el nuevo videoclip de la señora León Hogaza, próxima-a-ya-no-ser (todavía no porque se le cruzó el Teletón) de Mijares se dará cuenta de esto. No hay símbolo más terrible de naquez para los que se dicen fresas que imitar mal lo que está de moda (o en este caso lo que ya hasta pasó de moda) y, peor aún, tener un manejo del inglés que fútilmente se esfuerza en ocultar un acento extranjero. Indispensable, versión en español y en inglés, está lleno de todos los lugares comunes de videoclips de ídolos de barro que van desde Michael Jackson pasando por Cher hasta llegar a Lady Gaga. Mejor ni mencionemos que la cuarentona Lucerito ya no está ni para interpretar a heroínas virginales ni para andarle haciendo la competencia a Belinda. Sí, se habla de plagio. En YouTube andan diciendo unos envidiosos que la señora León Hogaza les copió el videoclip a unas coreanas (chinas diría Alicia Machado, su colega en la artisteada). Alguien también debería decirle a esta starlet por antonomasia de Televisa que la palabra "indispensable" no se traduce bien al inglés. Prácticamente el vulgo angloparlante no la maneja. Que no piense que va a ser el éxito que la convertirá en una estrella internacional en Estados Unidos con ese título tan dominguero. Ah, nada como triunfar en los Iunaited, otra aspiración también bastante naquita, diría mi paisana Cindy la Regia. Entonces, ¿quién plagió a quién? ¿Chispita a las chinas del sur? ¿O éstas a la divorciada de México? A continuación las pruebas:
El de las coreanas aquí.
El de Lucero más horrible en inglés que en español.
Y finalmente, respecto al añejo comento de mi amiguito, ya me gustaría a mí ser un "caga-lana". Pero literal. Mucha chilladera autoflageratoria y humildita, pero a quién no le gustaría cagar eso. Que no se hagan. Si no me creen, vigílenlos cuando lleguen al poder y se sirvan con la cucharota.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Familiar tragedia (2 de 2)


Del realizador quebequense Denis Villeneuve sólo conocía hasta hace poco la cinta Polytechnique (2009) -sobre la matanza de los años ochenta aquí en Montreal- y un corto cuyo título ya no recuerdo. El año pasado Villeneuve se dio a la tarea de adaptar al lenguaje cinematográfico una obra de teatro del franco-canadiense-libanés Wajdi Mouawad, una obra llamada Incendios. Incendies (2010), la película, al igual que Tetro (2009) de Coppola, remite sin pudores a las tragedias clásicas de la antigüedad. El punto de partida es el despacho del notario Jean Lebel (Rémy Girard) donde será leída la última voluntad de Nawal Marwan (Lubna Azabal). Jeanne y Simon, los dos mellizos de Nawal, escuchan desconcertados el testamento de la madre. La mujer les ha dejado sendas cartas dirigidas a dos hombres a los que los mellizos ni siquiera conocen: su padre y su hermano. La consigna es encontrarlos dondequiera que estén y entregarles las cartas. Todo apunta a que los familiares perdidos se hallan en Líbano, el país de origen de la madre. Jeanne (Mélissa Désormeaux-Poulin) viaja de inmediato a esa nación de Medio Oriente que aunque no se menciona en ningún momento adivinamos con facilidad por el origen del autor de la obra de teatro. Simon (Maxim Gaudette), sin embargo, tiene una reacción por completo opuesta a la de su hermana. Él no quiere saber nada de la misión y se rebela ante lo que a todas luces es un capricho o una locura de la difunta madre.
Alternando entre el presente y el pasado, entre los hallazgos de Jeanne y las retrospectivas enfocadas en el periplo escabroso de Nawal, poco a poco se hila la trama y la hija verá develarse el calvario (sí, calvario, sin hipérbole) que tuvo que sufrir la madre antes de inmigrar a Canadá. Descubriendo un dato más chocante y doloroso que el anterior Jeanne le suplicará a Simon reunirse con ella para al menos juntos apoyarse ante tantos secretos armados con sangre, silencio y horror. Al lado de Simon también llegará el notario Lebel quien fuera el jefe de Nawal durante décadas. Las revelaciones para los mellizos incluirán un crimen de honor, un hijo ilegítimo dado en adopción, las matanzas entre musulmanes y cristianos, un asesinato político seguido de una larga estancia en una de las peores prisiones del país. Y, claro, torturas y violaciones en la cárcel. Todo apuntando hacia un desenlace nada lejano de una de las obras más conocidas de Sófocles. No digo más.
Como punto a su favor tiene Villeneuve haberse interesado en una historia conmovedora y estrujante. Detrás de ella se encuentra la denuncia de una situación política cuyo trasfondo es el genocidio y cuyas ramificaciones alcanzan hasta el suelo de los países más desarrollados, ésos que no en pocas ocasiones miran por debajo del hombro a aquéllos en donde hay clima de violencia. Otro aspecto a destacar son las actuaciones femeninas. En primer lugar, una camaleónica Lubna Azabal. En segundo, Mélissa Désormeaux-Poulin. Un descalabro, a pesar de la solvente interpretación de Désormeaux-Poulin, es la elección de los mellizos. Tanto a uno como a la otra, actores quebequenses, no se les nota por ningún lado la ascendencia árabe. Así le haya hecho la lucha Villeneuve oscureciendo su cabello o poniéndoles pupilentes, lo evidente no se puede negar. Otra nota poco armónica es la mirada hacia el Líbano que (como cuando se dirige hacia otros países árabes) no deja del todo de ser algo colonialista como exclamando al público: miren el desastre del tercer mundo, miren su salvajismo contra las mujeres. Mirada que sin duda es arma de doble filo, espejo de dos caras donde el defecto se convierte en virtud y viceversa. De esta forma no falta el ya muy típico "crimen de honor" que tanto critican las sociedades progresistas, demócratas, modernas y sumamente autocomplacientes.
Al final no sé qué tan efectiva resulte la adaptación de Villeneuve. Después de todo, Incendies es originalmente una obra de teatro. Puedo imaginar que su efecto sobrecogedor en el público sería mucho más contundente al tener a los actores (de carne y hueso) al frente y sobre un escenario. No como meros reflejos en una distante pantalla. Y conservando en el entendimiento el referente teatral (más en específico el de la tragedia griega, el de Sófocles) las coincidencias para detonar la catarsis aunque no se vuelven verosímiles al menos sí serán necesarias y entendibles dentro del marco de ese género. En un referente realista una coincidencia pasa. Dos, ya no. De todas maneras, Incendies no deja de ser un filme de interés que ya ha sido elegido como el que representará al Canadá en el Óscar y por supuesto en la categoría de mejor película en lengua extranjera. A ver qué le depara la caprichosa fortuna al largometraje de Denis Villeneuve. Por lo pronto, la obra de Wajdi Mouawad recorre el mundo y ya se ha montado incluso en nuestro país.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=YDf-XuYid1A

domingo, 28 de noviembre de 2010

Familiar tragedia (1 de 2)


Tetro (2009) -o lo que podría denominarse "La aventura argentina de Francis Ford Coppola"- les hace eco en su historia a las antiguas tragedias griegas. Y ya más cercana en el tiempo es como una París, Texas donde dos personajes se funden en uno. Y para marcar diferencias con la película de Wim Wenders la de Coppola se encuentra ubicada no en el sur de Estados Unidos sino en una Argentina vista, claro, a través de ojos extranjeros.
Me resistí durante varias semanas a ver Tetro y eso porque en esta nueva etapa tan personal como independiente de Coppola Juventud sin juventud (Youth Without Youth, 2007) -la cual sí vi y en el cine- se erige como una de las peores porquerías jamás filmadas por el estadounidense de origen italiano. O quizás por cualquier estadounidense. De Coppola aprecio mucho Apocalipsis. Y aun con sus defectos Drácula. El Padrino (las dos partes) me parecen filmes en cierta medida sobrevalorados. Sé que en esto formo parte de un grupo minoritario con tanto Óscar y tanto adepto. Pero así es. Pocas veces he visto estos dos filmes y no creo que en un futuro cercano vaya a revisitarlos. De la tercera parte mejor ni hablar.
Volviendo al tema Tetro es la historia de dos hermanos que han vivido separados porque uno de ellos (Vincent Gallo) decidió años atrás "divorciarse" de su familia, romper todo contacto con ellos e irse a vivir muy, muy lejos: a la Argentina. En algún momento de su pasado promesa luminosa de las letras, este hombre se hace llamar Tetro y vive ahora en sempiterna depresión al lado de Miranda (Maribel Verdú). Así y en muletas lo haya su hermano menor Bennie (Alden Ehrenreich) al comienzo de la cinta. Conforme avance la bellísima composición en blanco y negro -con algunos destellos en color que a través de la danza ilustran el pasado de Tetro- nos iremos dando cuenta de que el protagonista ha huído tanto de la sombra cruel de su padre como de su inalcanzable notoriedad. Tetro y Bennie son los hijos del gran Carlo Tetrocini, un famoso director de orquesta cuya arrebatadora personalidad consume la estrella de todos a su alrededor. Y es alrededor de Tetro y Miranda que se haya toda una hilera de personajes locales que semejan compartir la locura del protagonista (entre ellos, los argentinos Rodrigo de la Serna y Leticia Brédice). Incluso habrá ahí una enigmática mecenas de la literatura llamada Alone y cuyo rostro es idéntico al de la española Carmen Maura. Bueno, hasta doña Susana Giménez, la conductora de televisión, tiene un cameo por ahí.
Al fondo de todo este mar de dolor que refleja el semblante cansado de Tetro se haya un secreto de familia que al final le será revelado a Bennie. Bennie cuya intromisión molestará más y más a Tetro. Sin duda, tras el desastre de Juventud sin juventud -de la cual, confieso, estuve a punto de hacer lo que jamás he hecho en el cine (salirme) y todo por lo desagradable que resultó para mí como experiencia fílmica- cualquier cosa que rodara Francis Ford Coppola se convertiría en un acierto. Así, de cajón. Por puritita inercia. Tetro tiene más que ofrecer que la anécdota del robo que sufrió su director en Buenos Aires. No será quizás de las notas más altas en la carrera de Coppola; sin embargo, pareciera que luego de la libertad total y sin bridas desplegada en Juventud sin juventud -haciendo de dicha libertad algo críptico e imposible de digerir- con Tetro retorna a un tono mucho más mesurado e inteligible y, por supuesto, todavía dentro del tema de lo familiar. Aunque el entorno de esta familia se vuelque ya no hacia el crimen organizado sino hacia lo artístico, factor que de alguna forma acerca a los personajes a la locura. No por nada una de las escenas más memorables ocurre en un manicomio, el mismo lugar donde Miranda y Tetro se conocen. A pesar de que este último crédito no sea deslumbrante sí es encomiable que un director que pudiera tener a la mano todo el apoyo de sus amigos en Hollywood haya decidido aventurarse hacia otras latitudes. Tetro llega a las salas de México con la edición 52 de la muestra internacional de cine.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=2THfj1BdqIM

viernes, 26 de noviembre de 2010

Por enésima ocasión... ¿ya para qué?


Hoy se estrenaron en La Laguna Biutiful de Alejandro González Iñárritu y La última estación de Michael Hoffman. De la primera no puedo opinar porque no la he visto. Acá se estrena hasta finales de diciembre seguramente con la aspiración de participar en la carrera por el premio Óscar. De la segunda, de nueva cuenta, me enoja lo tardísimo de su estreno porque no bromeo si digo que yo la vi en el primer trimestre de este año. De hecho, hice un comentario que se encuentra aquí. Aunque no es genial, en general me gustó. Pero, como digo en mi texto, soy muy parcial cuando se trata del retrato fílmico de las vidas de los escritores.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Santo revolucionario


Para conmemorar el centenario de la Revolución el Cinéma du Parc -que, como ya lo he dicho en otras ocasiones, se halla debajo del edificio en donde vivo- programó algunas películas mexicanas del 18 al 25 de noviembre. Entre ellas, Revolución (2010), serie de cortos estrenada, creo, en la tele mexicana y que ya se puede ver también en YouTube. Fuera de ésta, ninguna otra toca el tema en sí. Hay filmes de Jodorowsky (El Topo, La montaña sagrada), Buñuel (Nazarín, La ilusión viaja en tranvía, El gran calavera), Reygadas (Luz silenciosa) y González Iñárritu (Amores perros). Y ayer a las tres de la tarde una cinta de El Santo: Santo y Blue Demon contra los monstruos (1970) de Gilberto Martínez Solares. Obvio que ésa era para mí la imperdible. Las otras las puedo rentar. Incluso algunas las tengo. Pero, me pregunté, ¿en qué otra ocasión iba a presentarse una de El Santo en algún cine de Montreal?
Bajé a eso de las dos porque la correa (compuesta por eslabones de plástico) de mi reloj se había roto una semana antes. Subiendo por las escaleras de la estación Mont Royal la correa se atoró con algo y uno de los eslabones de plástico dejó de servir. Yo tenía algunos repuestos guardados. Hasta hace poco noté que, en el centro comercial que está abajo, hay una relojería. Llevé el reloj, la correa y los eslabones de repuesto. El relojero me pidió esperar alrededor de veinte minutos porque a su parecer ése sería un trabajo muy, muy difícil. Caminé unos pasos hacia la sección de la comida donde hay algunos incómodos asientos y ahí me puse a leer el libro que acabo de comprar, el del chileno Rivera Letelier que ganó este año el Premio Alfaguara y que tiene en su portada un fotograma de Simón del desierto (1965) de Luis Buñuel. Estaba con un ojo al libro y otro a la entrada del Cinéma du Parc, todavía cerrada. Aproximadamente a las dos y media la gente empezó a merodear el acceso a las salas de cine. Me asaltó la indecisión. O iba a la incipiente fila para garantizar mi lugar en la que entonces imaginé sería la repleta sala donde darían la película de El Santo o regresaba de una vez a la relojería a ver si ya estaba lista la correa de mi reloj. Cuando me levanté ya había al menos unas ocho personas formadas frente a la entrada de vidrio del Cinéma du Parc. Fui con el relojero. Seguía trabajando y murmurando no sé qué cosa en francés. Al cabo de cinco o seis minutos me dijo que pronto estaría lista la correa. Pasaron otros cinco minutos y finalmente me devolvió el reloj con la correa reparada. Me cobró quince dólares alegando que aquello era una ganga. Yo se lo creí y le pagué. Cuando regresé a la entrada del cine la fila había crecido enormemente. Al menos, así me pareció. Caminé hasta el final de la cola, agarré mi lugar y, mientras esperaba, continué con la lectura. Al diez para las tres, empezó a caminar aquella serpiente de seres humanos. El acceso al cine se había abierto. Ya para entonces me olía a que ese gentío no iba precisamente a ver la película de El Santo. No, claro que no. Lo supe después. En realidad iban a ver una compilación de los mejores comerciales del mundo. Cuando por fin llegué a la sala correspondiente sólo había ahí dos o tres personas. Al final, terminamos siendo siete. Estando aún encendidas las luces, entró un hombre algo pasado de peso. Llevaba puestas, además de ropa normal, una playera de la selección nacional con el nombre del Chicharito en el lomo y, claro, una máscara de El Santo. Además cargaba un cinturón de luchador al hombro. Incluso antes de que empezara a hablar dije para mis adentros: "Pinche payasito de la tele". En un francés con buen acento aunque atolondrada gramática -lo cual delataba su origen mexicano- explicó quién era El Santo. A ratos hablaba como si El Santo fuera él informándonos cuándo hizo su primera película, entre otros datos similares. De repente, se salía del personaje y hablaba del luchador en tercera persona. No pude saberlo con seguridad porque el susodicho nunca se quitó la máscara. Pero creo haber reconocido en su voz a un conductorcete de cuarta que hace un programa de televisión en una cadena multicultural de Montreal, un programa llamado algo así como "Foco latino". Quién sabe. La tortura no duró mucho. El Santo apócrifo se calló y dejó la sala. Finalmente pudimos disfrutar del verdadero Santo. Y, claro, en mi caso, reír de lo lindo.

La joya está en YouTube comenzando con este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=DOepnYpN06Q

viernes, 19 de noviembre de 2010

Un profeta en Torreón


No pensé que pudiera ocurrir. Pero pasó por fin. Aunque ya sabemos que las circunstancias serán siempre las mismas en La Laguna para cualquier película de este calibre. Quien se precie de amar el cine, cualquiera que se autodenomine cinéfilo en tierras laguneras debe correr a ver este fin de semana Un profeta de Jacques Audiard. Está en Megamax, en una sola función y en sala VIP. A pesar de eso, vale mucho la pena. Sigo firme. Continúo afirmando sin ninguna duda de que ésta es la mejor película en lo que va del 2010. Tampoco dudo en afirmar que el próximo viernes desaparecerá de la cartelera torreonense. Dejo un enlace a mi reseña del verano pasado aquí.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Montrealenses (V): no me gusto el invierno, quiero la playa


"No me gusto el invierno, quiero la playa". Qué contundencia. Qué manejo del idioma castellano. Quien escribe esto escuchó la frase anterior de una señora montrealense ya entrada en añitos y lo hizo hará algunos otoños. La señora de marras llevaba meses estudiando español en una escuela de Montreal que permanecerá convenientemente en el anonimato. Por fin llegó al nivel más avanzado. "No me gusto el invierno, quiero la playa", me dijo la anciana con esa cara de infinita depresión que casi todos los montrealenses blanden apenas cambia el horario, apenas comienza el frío, apenas los días se les hacen cortos con el retraso de una hora en el reloj. Como si no lo supieran. Como si no pasara cada año con nada sorprendente puntualidad. Y sobre todo como si el dichoso y en todas partes citado invierno fuese eterno. Se semeja a la llegada de un dignatario importante de otro país, alguien que viene a transformarles la existencia: ya comienza, ya viene, ya está aquí, ya falta poquito para que se largue. La expectativa les consume las entrañas. Y si hace algo de calor en estos meses miran al cielo esperando ver nieve y murmurando: cómo tarda este señor tan tardado. El invierno. No hay otro tema de conversación en los elevadores o en la fila del café o en las noticias. Hoy hace frío, mañana nieva, pasado hará viento helado. Abríguese bien. El colmo es hablar de la estación incluso antes de que ésta llegue. Preguntarse si será cruel o benigno el invierno. Tratar de predecir cuándo será la primera tormenta de nieve. Sacar la ropa adecuada ante la primera provocación del termómetro. Sobre todo, dejarse abatir por la depresión antes de que caiga la primera viruta de esa cosa blanca. Con tanta histeria colectiva de seguro ciertas palabras mágicas resulten el antídoto contra la invernal tristeza: Va-ra-de-ro, Pun-ta Ca-na, Can-cún. Turismo en un país hispano aquí es playa, sol y mar. Hay quien se deprime porque no tiene nada que comer. Hay quien lo hace porque su vida corre peligro si sale a la calle. Hay quien se abandona a la languidez porque baja la temperatura en un termómetro. Qué le vamos a hacer. Finalmente esta antigua estudiante mía soñaba con ir al sur (a ese brumoso en su definición y cálido en su clima sur) para despejar su atormentada mente del invierno. "No me gusto el invierno, quiero la playa". Sólo ruego que no lo haya hecho en Playa del Carmen, en el Grand Princess más en específico, el fin de semana pasado.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Amalric: ¿Otro actor más detrás de la cámara?


Me tomo un tiempito de las revisiones de exámenes parciales -que esta semana se juntaron como tormenta perfecta en los dos lugares donde trabajo- para despejarme escribiendo algo sobre lo último que he visto en cine:

Por experiencia tiendo a desconfiar de los actores que saltan sin vergüenza alguna a la silla del director, que no le tienen mucho respeto al oficio, que se sienten tocados por los dioses tanto así como para atreverse a estar detrás de la cámara y dirigir. Uno de los ejemplos a mi juicio más deleznables por la sobrevaloración que Hollywood se ha encargado de otorgarle es el del ya decrépito Clint Eastwood. Lo siento mucho, admiradores de dicha momia. Desde que vi Río Místico (2003) -que para mí, como cinéfilo, fue punto menos que una patada en los testículos provocadora del más intenso vómito- decidí vetar al señor Eastwood y nunca más en mi vida pagar por ver una cinta de este individuo. Y lo he cumplido sin ningún problema de conciencia. Ni hablemos de su colega Mel Gibson. Ahora que se ve envuelto en escándalos matrimoniales, ¿los aficionados del séptimo arte se acordarán de las porquerías que hizo? Uno debió quedarse en las de vaqueros y el otro en las de policías desquiciados.
Otro ejemplo más reciente y en nuestro país es el de Abel de Diego Luna, una película que aunque no es pésima (como podría esperarse), tampoco es para andarla presumiendo en el extranjero. Eso a pesar de los premios que haya ganado en festivales. Luna tendrá de seguro muy buenas relaciones públicas. Y más allá de eso (relaciones públicas) opino que no hay mucho más en Abel. En fin.
Tal vez por tratarse de un actor convertido en director el público y la crítica sean más condescendientes y a pesar de que la obra pudiera ser mediocre, tirándole a malona, decidan encumbrar al osado histrión.
A mí me sorprendió por ejemplo que en mayo pasado el actor francés Mathieu Amalric ganara el premio a mejor director en el Festival de Cannes con una cinta llamada Tournée (2010). Fue una sorpresa doble porque ni enterado estaba de que Amalric fuera también cineasta. (Si revisamos su filmografía nos daremos cuenta de que está compuesta sobre todo de cortometrajes.) Amalric no es sólo el director del filme en cuestión sino también su protagonista. En él interpreta a Joachim Zand, un ex productor de la televisión francesa que acaba de regresar de los Estados Unidos. No viene solo. Al contrario. Viene acompañado de un séquito de bailarinas de "Nuevo Burlesque" con las que planea realizar una gira -de ahí el título de la cinta- en algunas ciudades de Francia. A lo largo de la trama, además de algunos números de las bailarinas, veremos a Joachim luchar no sólo contra las voluntades de sus mujeres sino además lidiar con su pasado que incluye a dos hijos pre-adolescentes y, por lo que se ve, un matrimonio fallido. Las mujeres de Joachim, dedicadas a desnudarse a la antigüita sobre un escenario, no serán tampoco el prototipo de la belleza americana: algunas de ellas con sobrepeso, otras tatuadas, ninguna -a juzgar por su anatomía- convencida de los implantes de senos. En la frescura de estas actrices no profesionales -muchas de ellas también bailarinas en el plano de la realidad- radica el gran mérito de Tournée. Destaca Mimi Le Meaux (Miranda Colclasure), la sirena entre cuyas abundantes carnes se perderá la cordura de Joachim. Sin embargo, la película -desde el punto de vista narrativo- contiene grandes lagunas, como si en algún momento Amalric hubiese perdido el rumbo ante tanta fascinación por su corte de odaliscas. El espectáculo de este hombre flaco y chaparrito rodeado de potables féminas será sorprendente durante algunos minutos -como lo fue cuando recibiera el premio en Cannes- pero tal vez no sea suficiente para la duración natural de un largometraje. Ya el futuro nos dirá si valió la pena recibir ese premio a mejor director porque, incluso con sus defectos, Tournée es preferible a lo que otros actores han hecho cuando se atrevieron a sentarse en la silla del realizador.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=NvoE-R8u3Dk

domingo, 14 de noviembre de 2010

Dirige, Woody, dirige


Oscuros y difíciles de descifrar son los senderos de la creación. Sobre todo, tratándose de la frecuencia con la que un artista crea. Hay algunos que tardan años en darle forma a su obra. Otros parecen presionados por una actitud empresarial gracias a la cual se sienten obligados a producir con constancia abrumadora: una novela tras otra, un cuadro tras otro, una cinta tras otra. O más que a lo empresarial se lo deberán al afán de trascender. Quién sabe qué sea lo mejor. Yo no lo sé. Después de todo, cada quien es diferente, cada quien posee sus muy particulares procesos creativos. De esta forma, si le echamos un vistazo a la filmografía de Woody Allen y nos detenemos en el número de créditos, el señor parecería un prodigio. Al menos una película al año logra dirigir este estadounidense ya archiconocido por todos los cinéfilos. ¿Es eso bueno o malo? Quién sabe. Lo cierto es que no faltará la ocasión en que algún espectador despistado confunda una película de Allen con otra. O se diga a sí mismo: creo que esto ya lo he visto antes en otro de sus filmes. Esa sensación me asaltó mientras veía su más reciente comedia Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010).
No hay un centro medular en la historia sino muchos hilos que seguir en la renovada estancia del director en Europa. Estamos en Londres. Helena (Gemma Jones), luego de ser abandonada por su marido de varios años Alfie (Anthony Hopkins), acude con una vidente para determinar cada uno de los pasos de su vida. Alfie, por su cuenta y en intensa crisis de mediana edad, se consigue una prostituta a la que intenta convertir en su señora de aparador y así sentirse más joven. Sally (Naomi Watts), la hija de Helena y Alfie, también tiene problemas en su matrimonio con Roy (Josh Brolin), un escritor cuya obra provoca cada vez menos entusiasmo en el mundo editorial. Mientras ella se siente atraída por su jefe (Antonio Banderas) en una galería de arte, él mirará obsesionado por la ventana de su departamento a una vecina (Freida Pinto). Todo se presta a situaciones graciosas y a risas inteligentes. Como acostumbra el director en sus tramas hay una clase acomodada e intelectual, intercambio de parejas, prostitutas redimidas (o sin redención posible) y absurdo al por mayor. Sin embargo, este nuevo crédito agrega poco a la carrera de Allen y resulta nada memorable a diferencia de, por ejemplo y en otro género cinematográfico, Match Point (2005), el último de su filmografía que a mi juicio merece ser visto más de una vez. Finalmente, Conocerás al hombre de tus sueños es un divertimento un poco menos vergonzoso para pasar el rato. La película llegará a las salas de México con la muestra de la Cineteca Nacional.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=OLLbzJC_mp4

sábado, 13 de noviembre de 2010

Tropezón de Alejandro Amenábar


Ni siquiera cumple esta bitácora un año y ya la descuidé al por mayor. Gajes del oficio (no de éste, sino del de profe de español). Esta semana salió acá en devedé la más reciente película de Alejandro Amenábar: Ágora (2009). Antes de algunas líneas al respecto, reproduzco aquí un comentario que hiciera sobre su ópera prima, comentario escrito hace ya bastantes años.

Voyeurismo, snuff y otras anomalías
Por las estrategias mercantilistas de las casas distribuidoras un filme español que formó parte de la XXIX muestra internacional de cine fue colocado en las tiendas de video antes de hacerlo en las salas cinematográficas de La Laguna. Como si fuera una cinta snuff –género clandestino y criminal existente en los países del primer mundo por el cual se graba el asesinato de una persona para luego vender copias a los admiradores del marqués de Sade—, Tesis (1996) se limitó al formato VHS y a la pantalla chica.
En la ópera prima del director español Alejandro Amenábar, Ángela (Ana Torrent) es una estudiante de ciencias de la información en Madrid y, buscando ayuda para ese requisito que la mayoría de los universitarios odian, acude a Figueroa (Miguel Picazo), un maestro, para ayudarle a sacar imágenes sádicas de la videoteca ya que su investigación es sobre violencia en el entorno familiar. Tras la muerte de Figueroa al ver la cinta, Ángela y un desparpajado amante de los géneros fílmicos más satanizados, Chema (Fele Martínez), descubren que la película es de las llamadas snuff y, casi sin quererlo, se lanzan a encontrar al asesino. Conforme la protagonista recaba información, sus sospechas irán condenando a Bosco (Eduardo Noriega), el dueño de una cámara como la que se usó en el crimen; a Castro (Xavier Elorriaga), el sustituto de Figueroa; a Yolanda (Rosa Campillo), la novia celosa de Bosco, y al propio Chema.
Aunque esta Tesis, ganadora de siete premios Goya en su país natal, tenga varios antecedentes –los más cercanos en la perturbadora Matador de Pedro Almodóvar y los más lejanos, sin contar el cine negro hollywoodense, en Trauma de Michael Powell— eso no le quita novedad ni mucho menos méritos. Trauma (o Peeping Tom, por el nombre de aquel desobediente personaje relacionado ocularmente con lady Godiva) fue una película arruinadora de carreras para Powell y presentó a un asesino que se placía en grabar, no en video sino en súper ocho, el momento en que degollaba a sus víctimas. El Mark Lewis de Trauma fue, en 1960, uno de los primeros directores y actores en la ficción cinematográfica del ahora temido snuff. Pero él, en cambio, no ofrecía en el mercado negro homicidios de celuloide. Desde el comienzo de Tesis, su director exhibe el morbo de Ángela cuando ella baja del metro y se le advierte que no mire a las vías porque hay un hombre partido a la mitad. Más delante, cuando esté frente a la televisión prendida y a los gritos documentos de Vanessa (Olga Margallo), la involuntaria estrella del cruel video, los sentimientos dispares de repulsión y curiosidad terminan seduciéndola. Amenábar no confunde su oposición al cine comercial –“hay que darle al público lo que pide” y podría agregarse: “hasta cintas snuff”. El joven cineasta tampoco se vuelve parte de los criticados filmando escenas sanguinolentas para estremecer a la gente o sólo asquearla, como Almodóvar lo hizo en la primera escena de Matador. Al contrario, la angustia y el suspenso crecen conforme el festín de lo hemático, las tripas al aire y las torturas despiadadas se dejan a la imaginación. A diferencia de otros thrillers, Tesis no es predecible y aprovecha al máximo los recursos recurrentes (luces que se apagan, persecuciones, lluvia con relámpagos, etcétera) de las cintas de suspenso sin necesidad de presupuestos millonarios o cantidades exageradas. Este género sigue sin agotarse gracias a un puñado de producciones anuales. A pesar de su presencia en los videoclubs antes que en las salas de cine de la Laguna, Tesis no se quedó entre las películas feas.

Y a lo que sigue. Al tropezón de mayúsculas proporciones. Aunque tal vez no tanto si contamos a la gente que lo presenció. Alejandro Amenábar llevaba ya en su haber al menos cuatro créditos bastante loables: la citada Tesis, Abre los ojos (1997), Los otros (2001) y Mar adentro (2004). Después, durante varios años, se obsesionó con la astronomía y la filosofía. En específico, las de las postrimerías del imperio romano. Se interesó en especial en Hipatia, filósofa y astrónoma, habitante de Alejandría en dicha época. Mi pregunta es: ¿se puede realizar una historia sobre filosofía y astronomía durante el imperio romano que al mismo tiempo de relevante resulte divertida? Quizás sí. Desde mi punto de vista Amenábar, sin embargo, no lo logró. Tal vez no se pueda. Quién sabe. Cuando se trata de filmar una cinta histórica sobre los romanos o los griegos la línea del ridículo (con tantas pelucas de caireles, falditas romanas, armaduras brillantes y espadas de juguete) a veces se hace invisible. Todo se va al traste si no se tiene un reparto de actores lo suficientemente capaces para convencernos y hacernos obviar lo ridículo de la situación. Actores que logren persuadirnos, conmovernos. Rachel Weisz, quien interpreta a Hipatia, es bastante solvente. Eso no cabe duda. No así quienes la acompañan: una bola de novatos que van desde la sobreactuación hasta el pasmo perpetuo. Difícil sacar el trabajo adelante si la actriz principal se ve rodeada de monigotes poco experimentados en el histrionismo. O que son simples entes decorativos. Y mejor ni hablemos de los acentos. Algunos británicos, otros por completo indescifrables en su origen.
Así, con tal vez el mayor presupuesto que haya detentado en su carrera, Alejandro Amenábar se dio a la tarea de filmar esta historia ubicada en Egipto bajo el imperio romano, a finales del siglo IV. Hipatia, a pesar de ser mujer, enseña astronomía y filosofía en tiempos turbulentos. Hay constantes peleas de poder entre los paganos, los cristianos y los judíos de Alejandría. Hipatia vive dedicada a resolver el misterio de los astros: ¿la Tierra es plana o redonda?, ¿es el centro del universo o gira alrededor del sol?, ¿por qué el sol parece alejarse en ciertas épocas del año y en otras acercarse? Un joven esclavo llamado Davus (un pésimo Max Minghella) y un discípulo (un tal Oscar Isaac que tampoco se queda atrás) la desean. Ya sabemos que -en estos tiempos de intolerancia religiosa y persecución de toda mujer que busque el conocimiento- la historia de Hipatia terminará mal. Muy mal.
Para colmo ahí estarán las hordas de paganos, judíos y sobre todo cristianos dándose de palos o de pedradas unos a otros como niñitos de secundarias rivales. Sabemos que eran tiempos de intolerancia. Pero parecería que el tema se trata de forma más bien epidérmica. Y ante la bandera que intenta blandir la trama, resulta incluso más absurdo que esta inocua película haya provocado quejas de los pocos cristianos que la vieron por la "mala imagen" a una religión que por lo visto y según los quejosos no se ha transformado en siglos. Son ellos los que quedan en ridículo y no los sicarios pandrosos y violentos del filme. Y, volviendo al tema, ahí están (desligados por completo de las supuestas historias de amor que se hilan a su alrededor sin saberlo) los momentos de epifanía en que Hipatia -de la forma más banal del mundo- descubre que la Tierra gira alrededor del sol y no de forma circular sino elíptica. Ni siquiera a la famosa destrucción de la biblioteca de Alejandría se le da la dimensión de proporciones épicas que merece. Tanto así que ésta habría podido ser una película para la televisión. Habrá ganado quién sabe cuántos Goyas en España; pero lo cierto es que fuera de ahí (y eso que la película está hablada en inglés) el paso de Ágora tanto en la taquilla como en la crítica especializada fue bastante gris. Quizás un gran presupuesto le terminó haciendo daño a Amenábar. Tal vez algunas obsesiones no deberían ser filmadas.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=dYgwR7QCBZc

Nota del 19 de noviembre: Por el programa de radio de los británicos Simon Mayo y Mark Kermode -cuyo enlace dejo aquí- me acuerdo de que la gran Trauma (Peeping Tom, 1960) de Michael Powell cumple este año su onomástico número cincuenta y al menos en Inglaterra regresa a las salas de cine. Seguramente en el futuro saldrá alguna edición especial en devedé. Yo ya tengo la de Criterion. En este avance de la cinta se podrá ver que es una obra ideal para los voyeurs a los que nos gusta el cine:
http://www.youtube.com/watch?v=LAZZmclLdo8

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Algo que durante años ha querido ser una novela


Y mirando hacia el futuro durante los últimos seis años he estado trabajando en una novela. De entre los personajes que nacieron con el libro Miel de maple sobrevivió uno, un tal Víctor Bórquez Trujillo que fue enviado a Canadá por su familia luego de que causara uno de esos accidentes automovilísticos que hace algún tiempo eran pan nuestro de cada fin de semana en La Laguna. El cuento termina cuando Víctor, apenas graduado de la prepa, es despedido por su madre en el aeropuerto de Torreón. Este fragmento de la novela comienza en el año 2025 cuando un Víctor ya maduro y muchos años después cuenta qué fue de su vida en Canadá. Como dije anteriormente, es un texto que todavía estoy trabajando:

Cuando mis padres me mandaron a Canadá la vida en Torreón no era muy diferente a como es en estos tiempos. A pesar de que han pasado muchos años. Siempre supe que Torreón, con el tiempo, sólo cambiaría en la piel no en sus vísceras. En aquel entonces, al igual que ahora, la vida del lagunero de clase media-alta consistía en organizar su carne asada el fin, ir a orearse a Galerías Laguna, a Cuatro Caminos o ya después al Intermall, presumir que se conoce aunque sea de vista a los dueños de Soriana o de Lala, estar afiliado al PAN incluso cuando no se participe activamente en política, apoyar por supuesto a los Guerreros del Santos, inscribir a los hijos en el Tec de Monterrey o en la Ibero o ya de perdida en la UVM o en la UAL, ponerles guaruras a esos mismos niños cuando se iban de rol a la Central o de antro a Don Quintín. Ésa era más o menos mi vida cuando tuve que irme.
Llegué a Vancouver con cuarenta mil dólares gringos en una cuenta de banco y como diez mil en cheques de viajero en julio del noventa ocho. Tenía apenas dieciocho años. Al principio lo sentí como un premio. Y eso a pesar de los muchos errores que había cometido en Torreón. Me pasé varias semanas familiarizándome con la ciudad. Ya en septiembre, como no queriendo, me inscribí en una escuela de idiomas para practicar el inglés y, sobre todo, para que mis papás no dijeran que no estaba haciendo nada allá, que desperdiciaba mi vida yéndome por ahí de vago. Sus sospechas no eran infundadas. El inglés necesario ya lo sabía y con lo que practicaba en la calle no me hacía falta ningún curso. Al principio y teniendo ese dinero en la cuenta del banco, no tenía escasez de nada. Vivía bien, tomaba mis clases de idiomas migrando de una escuela a otra, me reventaba con mis amigos de todas partes del mundo, cogía como loco y gastaba el resto de la lana de mis papás en revistas, discos, películas y gadgets de todo tipo. Así pasó como un año y medio. Cuando mis padres me dijeron que ya las autoridades se habían olvidado por completo del accidente y de la muerte de Tito, yo ya no quería regresar a Torreón. Después de vivir en una ciudad tan chingona y tan de primer mundo como Vancouver, ¿cómo me iba yo a regresar al rancho? Los primeros meses fueron muy amables en su insistencia. Pero al cabo mi papá empezó a amenazar con que ya no me pasaría más billetes. Por su lado, mi mamá me decía que no me preocupara, que ella se encargaría de enviarme el dinero necesario para mi manutención a como diera lugar, que si estaba contento en Canadá, que allá me quedara. Al fin y al cabo, por ahí había dos o tres de sus amigas que le seguían recordando lo ocurrido conmigo.
Siguió mandándome dinero mientras pudo, aunque no era tanto como antes. Se me acabaron los lujos. Tuve que cambiarme de departamento constantemente y, lo peor, compartirlo con otros mexicanos. Era la época en que Canadá se ponía de moda: el dólar canadiense estaba muy por debajo del gringo y resultaba más barato mandar a los hijitos de papá allá para que estudiaran inglés uno o dos semestres. Estaba bien en régimen austero; pero no niego que extrañaba lo bueno de antes, los privilegios que tenía en casa de mis papás: el coche a la puerta, las sirvientas, las televisiones en cada cuarto, las vacaciones en Cancún, todo eso. Pasaron varios meses y llegó un momento en que ya no lo soporté. Entonces decidí viajar. Yo sabía que no podría aguantar mucho más esa pésima situación económica y que pronto tendría que regresarme al rancho, vivir en casa de mis papás, meterme en la universidad y seguir con la vida de antes. Así que ésa era mi última oportunidad para conocer el Canadá desde el Pacífico hasta el Atlántico. Vendí todas mis chivas y me dirigí al este. Crucé por las montañas Rocosas, pasé por Calgary. De ahí a Regina. Luego vino Winnipeg. Después Toronto y Ottawa. Al llegar a Montreal en noviembre del dos mil, ya me quedaba muy poco dinero. Era imposible seguir viajando más al este como lo había previsto en mi plan original. Además, empezaba el invierno. No me quedó otra salida más que llamarles a mis papás para que me compraran un boleto de avión de regreso al maldito terruño. Estaba a punto de hacerlo cuando la conocí.
Montreal no era una ciudad a la que yo hubiera planeado ir. Si no sabía francés yo, ¿qué tanto me hubiera interesado? Ni siquiera pensé que me iba a quedar ahí tantos años. Podría repetir todos los lugares comunes sobre esa ciudad: la isla de las dos soledades, la cosmopolita, la multicultural, la híbrida entre norteamericana y europea, la Babel moderna. A mí no me importaba gran cosa nada de eso. A mí lo que me importaba era que el tiempo se me estaba terminando y muy pronto tendría que volver. Eso sí. Mi papá tenía opiniones muy fuertes sobre Montreal. ¡Montreal!, gritó cuando se enteró que me había quedado a vivir un rato en esa ciudad, ¡dicen que ahí hay mucho joto! Mi mamá, en cambio, estaba desilusionada. Ya se había hecho a la idea de que volviera y, sobre todo, que lo hiciera cambiado, más maduro y sobre todo normal, sin esos excesos de violencia o de desmadre que me daban de chico. Fue por Marie-Claude que me quedé. Ella era tan inasible como la ciudad. En uno de sus muchos cafés nos conocimos.
Un día de tormenta invernal, con el culo congelado y la nieve hasta las rodillas, me metí en un café y me senté en un rincón con mi taza de chocolate para calentarme un rato. A la media hora entró una muchacha alta, flaca, rubia y pálida envuelta en una gabardina negra ya blanqueada por la nieve con un gorro azul marino, unas botas moradas y unos guantes multicolores que no combinaban para nada con la gabardina. Pidió su café, se lo dieron y se sentó desgarbada en la mesa de al lado. Nomás me vio y de alguna manera que todavía desconozco, reconoció mi origen y me habló en mi idioma. Se llamaba Marie-Claude Bouchard. Era seis años mayor. Le encantaba el español y quería practicarlo con quien se le pusiera enfrente. Estudiaba una maestría en Ciencias Políticas en la Universidad Concordia. Era hija de un quebequense y una anglófona de Kitchener, Ontario.
Desde el principio supe que Marie-Claude estaba hecha de otra pasta, de algo que yo, como Montreal, nunca entendería. Nunca quería más, siempre menos. Decía que en esta vida no había venido a quitarle al mundo, sino a darle de regreso, que entre menos tomara del mundo y de la humanidad mejor. Según ella, nos estábamos acabando el planeta y lo mejor era reducir todas nuestras necesidades a las mínimas. De su boca escuché por primera vez el término calentamiento global. Por supuesto, estaba involucrada en movimientos sociales y adoraba al idiota del Che. Era una jipi trasnochada. Yo le decía que debió haber nacido en los años cuarenta para ser joven durante los sesenta. Tampoco podía estarse tranquila mucho tiempo. Tan pronto ahorramos dinero en el invierno —ella haciendo traducciones, yo de conserje ilegal— y vino la primavera, nos fuimos hacia el oriente, a seguir el viaje que yo había dejado interrumpido. Nos dirigimos hacia Quebec, la capital. Luego vinieron Fredericton en Nuevo Brunswick, Charlottetown en la Isla del Príncipe Eduardo, Halifax en Nueva Escocia y, por último, llegando al fin al último extremo del Canadá, San Juan de Terranova. Viví con ella como un gitano, como un vagabundo. Pero ese verano fui el hombre más feliz sobre la Tierra.