martes, 25 de junio de 2013

Sólo un Jutra


Dejo aquí el enlace a mi tercera colaboración en el espacio cultural Revista Suburbia. Es una cuenta pendiente de hace años cuando descubrí la obra del director Claude Jutra. Pocos artistas del universo quebequense me entusiasman tanto como este realizador. Por esa razón quise escribir un texto largo como el que acaba de publicarse (casualmente en la misma fecha de la fiesta nacional de esta provincia francófona), un texto que le hiciera justicia a la vida y obra de Jutra. Va el enlace:
http://revistasuburbia.com.mx/2013/06/24/solo-un-jutra/

El avance de Mi tío Antonio (1971): http://www.youtube.com/watch?v=Q5y6v3YAjlQ
Enlace a la película en el sitio de la ONF: http://www.onf.ca/film/mon_oncle_antoine_en
Enlaces a Portrait sur film (2002), un documental biográfico sobre el director: http://www.onf.ca/film/claude_jutra_portrait_sur_film (en francés)
http://www.onf.ca/film/claude_jutra_unfinished_story (en inglés)

viernes, 14 de junio de 2013

Joyas que vi de chiquillo (V)

Con el verano y las vacaciones vuelve esta sección abandonada desde hace diez meses. Además del tiempo libre, el estreno del documental Room 237 me da pie para retomar el texto sobre El resplandor. Aquí va:

Ya lo he confesado en múltiples ocasiones en esta bitácora. Desde que tuve uso de razón (o quizás después, más o menos a partir de los siete u ocho años), me atrajo el género de horror en el cine. Gracias a mi afán de imaginar o de buscar imágenes sangrientas, oscuras o grotescas llegué hasta el cine de Stanley Kubrick. Empiezo la reseña con una descarada auto-cita de mi libro Vislumbre de cineastas de la sección sobre este gran director estadounidense:
“En 1980 Stanley Kubrick logra lo que pocos directores cuando adaptan un libro al cine: supera lo descrito en las páginas. El resplandor, como producto final, rebasó por mucho a la novela de Stephen King —el mismo redactor de Carrie— donde un niño se batía a duelo con un diabólico y multifacético hotel semejante a una hidra mitológica. Con la inquietante actuación de Jack Nicholson, el personaje de King —de seguro basado en sí mismo porque todos sus personajes centrales, por lo regular, son escribidores— cobró importancia. El resplandor (The Shining, 1980) presenta entonces a Jack Torrance (Nicholson) como un autor sin fama o dinero que, ávido de tranquilidad, acepta cuidar el lujoso hotel Overlook durante el invierno al lado de su esposa, Wendy (Shelley Duvall), y su hijo, Danny (Danny Lloyd). Para desgracia de los Torrance, el hotel no está tan desolado como parece y sólo Jack, en su locura, o Danny, con sus poderes psíquicos (o “resplandores”), se percatarán de la presencia de los hórridos espectros que vagan por el Overlook.
De nuevo, como en Naranja mecánica, se palpa una atmósfera nívea y, a la vez, enajenante y enclaustrada. Persiste la visión cóncava del realizador que oprime los ojos, que torna la experiencia del cinéfilo en sofocante aventura. El resplandor es una intromisión al peor infierno: el familiar. La fiebre (cabin fever) de este antiguo residente de Colorado escala en el deslumbrante encierro entre las cimas norteamericanas. Los etéreos huéspedes del Overlook provocan las tensiones de papá Torrance contra mamá y bebé Torrance. La intervención sobrenatural, en su ansia de que la familia firme el fúnebre registro, y el delirio de Jack, en su rol de ex proveedor lunático, se funden en una catarata de suspenso —o de sangre, como se ve en la escena de los elevadores. Aunque al onceavo largometraje de Kubrick le falte una porción mínima de efectividad —sin duda atribuible a la novela de King—, no escasea en momentos gratos por su estética: la plática en el baño con Grady (Philip Stone), la persecución en el laberinto. O gracias al desempeño actoral: la reprimenda a Wendy por interrumpir la escritura, el encuentro de Danny con las gemelas. El director eliminó algunos factores del libro que podrían prestarse a la burla como ciertos animales moldeados en arbustos y manipulados por el hotel. En sustitución de tales ridiculeces vino un laberinto más tarde emblanquecido por la nieve.”
Retomo la reflexión actual. Supongo que corría el año 1983. Tal vez 1984. Mi familia y yo vivíamos en Monterrey y una vez más había aparecido en nuestra casa un videodisco RCA (y ahora doble) con el rostro desquiciado de Jack Nicholson como emblema sobre la carátula. Es la misma imagen que se puede encontrar al comienzo de esta entrada bloguera. La promesa de la cinta se convertiría de verdad en un disfrute por partida doble porque (además del género de terror) la nieve y las montañas han surgido dentro de mí desde la niñez como una suerte de fetiche, como mi ideal de paisaje.
Por esa razón —la del disfrute doble— El resplandor se ha afirmado entre mis recuerdos como una suerte de filme de iniciación al terror más puro y glacial. Y si a esto agregamos el ingrediente del tema familiar dentro del largometraje se encuentra la fórmula perfecta para el niño que era hace más o menos treinta años. Cómo la pude ver a tan temprana edad, no lo sé. Tampoco lo recuerdo muy bien. Sin embargo, imagino que debió haber sido gracias a una distracción de mis padres porque digamos que ésta y otras cintas de Kubrick no son precisamente aptas para un niño de esa edad. Y menos si la vista se da sin la presencia de sus padres.
En la secuencia de entrada resuena la ominosa música de Wendy Carlos que rinde homenaje a la “Sinfonía fantástica” de Berlioz. Mientras, el espectador toma la perspectiva del ojo de un helicóptero por encima de un bocho amarillo que viaja por una carretera de paisaje montañoso. Dependiendo de la versión (pantalla cuadrada o pantalla rectangular) podremos incluso vislumbrar la sombra del helicóptero sobre la roca. El concierto termina en aullidos, tal vez los mismos de quienes habitan el hotel Overlook.
Jack Torrance —aspirante a escritor que se mantiene dando clases— acude a una entrevista para cuidar este hotel durante el invierno. En algún momento del amable intercambio se habla de un antecedente macabro, de una matanza entre familiares ocurrida en el hotel. Un apellido, el del antiguo cuidador: Grady. Desde aquí hay algo muy desquiciado en Nicholson, en su rostro: los ojos tan punzantes como dagas, la forma de sus cejas puntiagudas y la sonrisa naturalmente malévola sólo contribuyen para dar esta impresión de un hombre al borde del ataque de ira.
Wendy, la esposa de Jack Torrance, espera su llamada en Boulder, Colorado. El mayor contraste se da con la cara lánguida y pálida de Shelley Duvall, sus labios de corazón, sus ojos bien abiertos color de miel, la gran dentadura y su frágil y delgado cuerpo como de Olivia, la de Popeye (no por nada apareció el mismo año en la adaptación fílmica “altmanesca” de este personaje de historieta al lado de Robin Williams). A ella la vemos por primera vez leyendo El guardián entre el centeno. Y fumando frente a su hijo. Algo que ahora, con la corrección política y las prohibiciones obsesivas contra el tabaco, podría pasar incluso como una forma velada de maltrato infantil. Sin embargo, no es ella la maltratadora.
Para cerrar el cuadro familiar, Danny: el niño con peinado de principito valiente que alberga en la garganta a su amigo imaginario, Tony. De niño de seguro me identifiqué con Danny no sólo porque llevaba el pelo peinado a su usanza. Sino también por su aislamiento social. Y bien que me habría gustado tener lo que entonces llamaban “poderes extrasensoriales”, término tan en desuso hoy. Tony le advierte a Danny que su padre ya ha conseguido el trabajo en el hotel. Ahí, frente al espejo, viene el trance donde el sueño de vivir en un gran hotel de lujo durante el invierno se convertirá en pesadilla, premonición del infierno familiar que les espera entre las montañas con la ahora bien conocida cascada de sangre que se cuela por el hueco de un elevador, secuencia que con los años, la recepción del filme, las influencias y las imitaciones se ha transformado en canónica para el cine de este género.
Al acudir la doctora se plantan las semillas de la violencia. Hay antecedentes de alcoholismo y verdadero maltrato familiar entre estos personajes. Frente a la doctora Wendy trata de justificar (sin lograrlo) el que su esposo le haya dislocado el hombro a Danny años atrás. En este acto predecesor a la locura se hallan latentes el remordimiento, el rencor y la culpa. Al menos desde entonces, confiesa Wendy, él dejó la bebida.
Durante el día del cierre se establecen las reglas del juego. Wendy se impresiona ante la inmensidad y el lujo del hotel. No hay mayor fantasía para una familia de clase media gringa (o de cualquier país para el caso) que vivir en un palacete, un sitio a la medida de sus grandilocuentes aspiraciones. El señor Halloran, el cocinero del hotel, le explica a Danny y por extensión al público qué es el “resplandor”, esa habilidad para leer los pensamientos y avizorar el futuro, habilidad compartida no sólo con unas cuantas personas sino también con ciertos lugares como el hotel Overlook. Sobre todo, surge con fuerza la advertencia: nunca debe entrar en la habitación 237. Por otro lado, el departamento dentro del hotel en el cual vivirá la familia es descrito como “hogareño”. Aquí se halla el núcleo de terror de toda la cinta: el padre convertido en asesino. No hay mayor miedo para un hijo que el constituido por la imagen de su padre volviéndose contra él con hacha en mano. Un mes después Jack confiesa, luego de despertarse muy tarde, su déjà vu. Se siente como si ya antes hubiera estado ahí. Desde este momento en adelante la cronología en la película de Kubrick se comprime. Ya no pasarán meses sino días. Hacia el final los inter-títulos nos hablarán incluso de horas.
Un martes Danny encuentra la ubicación del cuarto 237. Luego su madre interrumpe la escritura de Jack y se lleva una notable reprimenda verbal, primer signo de la violencia por venir. Las frases que dice Jack las puedo aún hoy repetir de memoria. Tal vez a los ocho años no tenía muy definida mi vocación. Pero ya de adolescente, cuando seguí viendo El resplandor una y otra vez, cuando se casa uno con la idea romántica del artista-escritor, no dejaba de identificarme con el abusador Jack que le dice a su esposa Wendy que se vaya a la chingada solamente porque interrumpió su escritura. Porque no a los ocho; pero sí a los quince cómo creía yo que lo escrito por mí de verdad era valioso.
El sábado Danny se encuentra, durante sus paseos rodantes por los pasillos del hotel, a las gemelas Grady. Lo invitan a jugar por siempre. Y se le muestran hechas pedacitos, cubiertas de sangre. Ésta siempre ha sido una de mis escenas favoritas de la película. Poco a poco va desapareciendo la cordura de Jack hasta que el lunes siguiente Danny entra en el departamento familiar y le pregunta si alguna vez les haría daño a él y a su madre. Jack hace eco al llamado de las gemelas. A él, en cambio, le gustaría quedarse en ese lugar por siempre. Y eso incluye a la familia. El miércoles explota la bomba: Danny entra en la habitación 437, se crea la desconfianza entre padre y madre, el rencor del maltrato sufrido años atrás resurge, las apariciones del hotel se nos presentan mucho menos sutiles (Lloyd) y tras un episodio histérico de Wendy (al que seguirán muchos más) Jack entra también en la citada habitación. La capacidad de “resplandecer” viene de familia y al padre se le aparece en el baño una mujer desnuda. Él se deja seducir por el súcubo. Al mismo tiempo, un niño de ocho años que observa estas imágenes se entera por primera vez que las mujeres tienen vellos púbicos. Halloran recibe el llamado de auxilio en Miami y en paralelo la mujer se transforma en anciana podrida de risa de bruja, risa “cacle-cacle”. Casualmente el noticiero que está viendo Halloran en la televisión aunque es uno local de Miami da un recuento pormenorizado de las crueles tormentas invernales en Colorado como su nota principal. Bueno, ni Kubrick es perfecto.
Vuelvo al tema. Pero Jack nada dice y luego de que Wendy sugiera que hay que sacar a Danny de ahí él la acusa de joderle siempre la vida y se va encolerizado. Nada como las viejas para arruinarle al gran escritor el proyecto que le dará el éxito literario, bien parece decir Jack. En el salón de oro se encuentra con Grady, el antiguo cuidador. Dentro del baño en blanco y rojo (rojo como la sangre del elevador) se da otra de mis escenas favoritas: el diálogo entre Jack y Grady. Y aquí me asalta una duda. En la entrevista de trabajo se le puso al señor Grady el nombre propio de Charles y en el baño se hace llamar Delbert. ¿Error del genio Kubrick? ¿O acaso el nombre completo del personaje era Charles Delbert Grady? Esto se presta para la enésima teoría de la conspiración, como se leerá más adelante. El cambio de nombre poco importa ante la actuación de Philip Stone, actor secundario sí aunque sin duda algo fetiche de Kubrick. De padre no agresivo sino débil aparece en Naranja mecánica. Y en Barry Lyndon se encarga de las finanzas de una familia aristocrática. Su calma para hablar de cómo “corrigió” a su familia —a sus hijas gemelas y a su mujer a hachazos— da escalofríos. La advertencia, contundente: Danny es un niño muy travieso pues intenta involucrar a un intruso, el señor Halloran. También ésta fue la primera vez que escuché en inglés la palabra nigger. Al día siguiente y a las ocho de la mañana Halloran va en camino. Wendy baja a hablar con Jack para hacer un ya legendario descubrimiento en la máquina de escribir: “All work and no play…” La conversación entre su esposo y ella termina con un golpe en la cabeza y el encierro en la gran despensa del hotel. Después Jack será liberado por estos hábiles fantasmas y cada uno de los males se desencadenan. La puerta será tumbada a hachazos y el “Here’s Johnny!” saldrá de su boca. Lo demás lo sabemos. Demasiado bien. El Overlook se quedará con el padre, aunque Wendy y Danny lograrán escapar. Recuerdo que cuando era niño la imagen más convocadora de pesadillas (además de las gemelitas ensangrentadas en el pasillo invitando a jugar por siempre) fue la de Jack congelado en el laberinto.
Y la influencia de El resplandor perdura. No sólo en los planes de precuelas ni en las parodias como la hecha por el programa Los Simpson en su especial de noche de brujas de la sexta temporada. Ahí está el recientemente estrenado documental Room 237 (2012) que a pesar de su mala calidad (simples voces de los entrevistados alternando con imágenes de la cinta de Kubrick) ha levantado muchos comentarios sobre las teorías que ahí se manejan. En mi opinión no es más que un compendio de las opiniones locas de un montón de gente que ha visto la película muchas más veces que yo y que además tiene demasiado tiempo libre. Me explico. De acuerdo con los testimonios contenidos en Room 237 a Kubrick le encantaba enviar mensajes subliminales a los espectadores a través de sus películas y El resplandor está repleto de ellos. Desde los diseños de indígenas norteamericanos en el hotel pasando por una máquina de escribir de marca alemana hasta una silla que aparece de la nada en una escena o un póster de un esquiador que algunos ven como un minotauro por eso del laberinto. Los entrevistados por el director Rodney Ascher afirman que a lo largo de El resplandor Kubrick en realidad está hablando del holocausto alemán, del genocidio de los indígenas norteamericanos o de fantasmas góticos y ávidos de encuentros sexuales. El colmo: hay quien afirma que la película es una especie de expiación de Kubrick por haber filmado en secreto la llegada a la luna y haber engañado al mundo entero con ello. El asistente personal del cineasta, Leon Vitali, ha desmentido todas estas teorías y afirmado que los detalles citados en el documental fueron en su totalidad fortuitos y nunca planeados por Kubrick. Lo único que puedo decir de dicho documental es que resulta medianamente interesante para demostrar que cada quien puede interpretar las imágenes a su manera y de acuerdo a sus antecedentes emocionales o intelectuales. Incluso ahí hallamos la genialidad y la maestría de Stanley Kubrick: en haber hilado este terrorífico festín de imágenes con la suficiente ambigüedad como para continuar fascinando a sus espectadores. Incluso tantos años después.

El resplandor (The Shining, 1980). Dirigida y producida por Stanley Kubrick. Protagonizada por Jack Nicholson, Shelley Duvall, Danny Loyd y Scatman Crothers.

El avance (un genial ejercicio de contención en nada parecido a los de ahora que prácticamente nos cuentan toda la cinta): http://www.youtube.com/watch?v=piQFD4gz9l8
Avance que imita el anterior, el del documental Room 237: http://www.youtube.com/watch?v=gL1fTlH81gU

miércoles, 5 de junio de 2013

De padres y legados


En esta entrada dejo el enlace a mi segunda colaboración con Revista Suburbia. Escribo sobre la cinta El lugar donde todo termina (The Place Beyond the Pines, 2012) del director de Triste San Valentín, el estadounidense Derek Cianfrance. Si no cambian la fecha a última hora, la película se estrena en México este viernes 7 de junio y va a ser distribuida en nuestro país por Canana. Dejo aquí el enlace a mi reseña:
http://revistasuburbia.com.mx/2013/06/04/de-padres-y-legados/

El avance de la película: http://www.youtube.com/watch?v=zTHVggiYm8s

Nota del 5 de junio: la fecha de estreno se retrasó una semana. Ahora será el 14 de junio.

martes, 4 de junio de 2013

Love Thy Neighbour

Reproduzco a continuación otro cuento publicado el año pasado en el número 59 de la revista literaria Estepa del Nazas. De nueva cuenta, el texto pertenece a la camada de relatos de largo aliento que conforman los siguientes títulos también subidos a esta bitácora: "Parranda sobre ruedas", "Al infierno", "Maestro en la metrópolis azul", "Muero por que no mueras" y "Encuentro fortuito". "Love Thy Neighbour" es el sexto y último cuento de esta primera camada. El título en inglés proviene de Neighbours, un corto del cineasta canadiense Norman McLaren. Espero, durante el verano, tener la oportunidad de avanzar en algún cuento de la segunda camada. Va el texto:

Love Thy Neighbour

D’ici, Montréal ne fait pas mal
Monique Proulx, “Les aurores montréales”

El hombre llevaba viviendo cerca de siete años en ese edificio cuando sintió haber rebasado el límite de sus fuerzas. Al despertarse aquel amanecer —el anterior a la madrugada de su muerte— su cuerpo y la cama formaban imanes de polos opuestos como si una parte central suya quisiera permanecer clavada al colchón hasta el fin de la eternidad. Si tan sólo pudiera quedarse ahí todo el tiempo, bajo la protección de la sábana y de la cobija. Si tan sólo allá afuera no estuviera cayendo y acumulándose en montones la nieve. Si tan sólo tuviera el valor de hacerse desaparecer del planeta sin que implicara esfuerzo alguno. Todo eso se dijo. Entonces pensó en algo mucho mejor. Si se atrevía de verdad a tomar una decisión tan definitiva, si ya de por sí iba a suicidarse, ¿por qué no invitar en el infinito viaje a sus vecinos? Tal vez fuera cierto y algunos de ellos, los recién llegados, pagarían por los desmanes que otros —los de hace cinco años, los de hace cuatro y así sucesivamente— le habían inflingido con tanto dolo. Pero, concluyó, ¿qué se le va a hacer? Cada septiembre cambiaban de rostro como mutantes del espacio exterior aunque en esencia fueran los mismos: un sartal de ruidosos desconsiderados. ¿Qué se le va a hacer? En la vida siempre pagan justos por pecadores, ¿no? No sería él quien en primer lugar alterara la regla.
Para el hombre, tras los casi siete años vividos ahí, referirse al edificio del número treinta y cinco sesenta y tres de la avenida Lorne era como hablar de un organismo vivo e independiente de quienes lo habitaban. A veces, no imaginaba el inmueble como esa construcción de débiles divisiones —finas cual papel a ciertas horas— ni como aquel renglón en los libros de avalúo del ayuntamiento que indicaban el nombre del dueño, el valor en setecientos sesenta y cinco mil dólares así como el número de apartamentos. No, no pensaba en nada de eso. Más bien construía en la mente el rompecabezas del organismo conformado por una serie de voces discordantes y babélicas, de ruidos aturdidores y molestos que perturbaban su paz. Paz en quien sólo deseaba eso. Y silencio también. Desde hacía ya casi siete años había llegado por primera vez al edificio con una inútil colección de expectativas en la maleta. La vida, creía, iba a ser mucho mejor en aquella región del país. Estaba dispuesto a intercambiar su espacio con tal de no seguirse preocupando por nimiedades. Gracias a esa mudanza se acabarían las incertidumbres y el aburrimiento. Y una vez instalado ahí ya se veía, cinco años después, con una casa, un auto, una familia y, muchas décadas en el futuro, disfrutando una vida de retiro con pensión estimable y, ¿por qué no?, dentro de ese estatus celestial del jubilado, de regreso en su terruño. Todas aquellas metas tan dulces se habían poco a poco convertido en recalcitrante amargura. La abulia le había trocado las buenas intenciones por fracaso y rutina.
Su edificio era tal vez uno de los peores de la ciudad. Se ubicaba sobre la avenida Lorne a una calle de McGill en el barrio de los estudiantes, calificado popularmente como “gueto” sin serlo en realidad. El inmueble contenía dieciocho apartamentos de una sola pieza. Algunos de ellos divididos sólo por tablaroca. De seguro lo último proyectado por los constructores fue la insonorización. Dentro del suyo —el número doce— en el baño y sobre la taza del inodoro, había una abertura que daba a un espacio vacío. Al asomarse por aquella ventana no veía un bello paisaje sino sucias tuberías con manchas de orígenes indescriptibles, un tragaluz en la cima de todo y un basurero improvisado abajo. Algunas veces, cuando las otras ventanas interiores estaban —junto con la suya— abiertas, era capaz de escuchar a sus vecinos e incluso hilar algunas de sus pláticas. Y había noches en las cuales las voces lo cercaban. Las escuchaba sobre su cabeza, a un lado e incluso desde el sótano. La lista de sus molestias iba en aumento durante las horas del día y de forma paulatina se fueron amontonando también a través de los años: los pisotones de elefante en el techo así como en el pequeño pasillo afuera de su apartamento, los golpes injustificados contra la pared, los timbrazos por el intercomunicador, las remodelaciones, los gritos y las risas a partir de la medianoche. Para colmo, la manada del último año parecía ser la más aberrante y escandalosa.

Este cuento y el resto de la camada se encuentran en el libro e/spiral/e (I)http://www.amazon.com/dp/B00F3KCXWU