martes, 26 de agosto de 2014

Los Coppola: tres generaciones detrás de la cámara


En mi más reciente colaboración (la número 13) con la revista Siglo Nuevo escribo sobre tres cineastas estadounidenses que forman parte de una misma familia: Francis Ford, Sofia y Gia Coppola. Dejo a continuación el enlace al artículo:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1028103.los-coppola.html

viernes, 1 de agosto de 2014

La decadencia del imperio “arcandiano”

Además de Claude Jutra, Denys Arcand durante muchos años les abrió el camino más allá de sus fronteras a los directores quebequenses. Bien conocidos son sus logros en el mundo de la cinematografía mundial con créditos como La decadencia del imperio americano (1986), Jesús de Montreal (1989) y Las invasiones bárbaras (2003). Hace más o menos quince años me entusiasmé mucho cuando me familiaricé con el cine de Arcand. De Amor y restos humanos (1993) —una película descubierta en un maratónico festival de cine— pasé a las otras cintas, las más importantes. Ésas que cité anteriormente. En mi libro Vislumbre de cineastas le dediqué un capítulo entero a la filmografía “arcandiana”. En parte su cine tuvo una pequeña dosis de culpa al decidir irme a vivir a Montreal. Ahora, por desgracia, pareciera que el brillo de Arcand está de capa caída.
Todo lo contrario si miro hacia los logros recientes de muchos de sus compatriotas más jóvenes: Jean-Marc Vallée, Denis Villeneuve, Philippe Falardeau y Xavier Dolan. Desde que por Las invasiones bárbaras Denys Arcand ganara el premio Óscar a mejor cinta en lengua extranjera, tres largometrajes salidos en Quebec estuvieron nominados a la misma terna en años consecutivos: La mujer que cantaba, Señor Lazhar y Rebelle. Luego de un silencio de siete años tras la muy olvidable L’age des ténebres (2007) y después de la notabilidad de otros cineastas de su provincia, Denys Arcand se despereza y da a conocer en su tierra natal Le règne de la beauté (2014). Con ella se confirma que el realizador quebequense se encuentra de verdad en decadencia.
Al inicio de El reino de la belleza un arquitecto originario de Quebec recibe un premio en París. Uno se preguntaría si hay un dejo de colonialismo en esto. Tal vez sería interpretar de más el asunto. Durante la recepción al arquitecto se le acerca una antigua conocida y dicho encuentro se vuelve pretexto para la retrospectiva. Décadas antes Luc (Éric Bruneau) vive plácidamente en la región de Charlevoix al lado de su mujer Stéphanie (Mélanie Thierry) y rodeado de amigos que, en el puro estilo de Arcand, forman parte de una élite intelectualoide aunque provinciana. Stéphanie es una profesora de educación física cuya sensibilidad destila por sus poros. Algo le molesta a pesar de su situación idílica: un hombre que la ama, paisajes esplendorosos, una casa de diseño moderno, amistades aparentemente sinceras y una vida despreocupada de cenas y actividades al aire libre. Aquí se da el primer engolosinamiento de Arcand deteniéndose en esa belleza del título representada por montañas, lagos y bosques de la región. Sin embargo, no todo estará bien en este ensayo de paraíso. Luc hará un viaje de trabajo a Toronto para participar como jurado en un concurso de arquitectura y ahí conocerá a Lindsay (Melanie Merkosky). Ella lo obligará a dudar de su estabilidad con Stéphanie a través de únicamente dos noches apasionadas. O, al menos, pasión es lo que intenta desplegar el cineasta sobre la pantalla. Quizás sin lograrlo. El recuerdo de Lindsay conmocionará a Luc mucho más que haber visto a Stéphanie besar a la novia de Isabelle (Marie-Josée Croze), la doctora lesbiana amiga de la pareja. Claro, porque al fin y al cabo son jóvenes quebequenses acá bien progresistas.
Como puede verse con la trama, Arcand se aleja por completo de sus temas acostumbrados. Muchos de ellos apuntaban a una crítica social ácida aunque no exenta de humor. En el presente crédito no habrá los embates contra una intelectualidad soberbia o una iglesia estancada en el pasado o una sociedad de consumo. Aunque sí un poquito contra el sistema de salud de Quebec. Todos aquellos izquierdosos de su generación se verán entonces decepcionados ante una historia de amor hasta cierto punto banal. O, más bien, increíblemente banal. El mayor error del cineasta quebequense no resulta alejarse de lo familiar sino hacerlo de una forma anodina y poco conmovedora. Quizás tan pobre resultado se deba al reparto de actores. En suma difícil se vuelve sentir empatía hacia el personaje interpretado por Bruneau, un histrión cuya solvencia es más que cuestionable. Tampoco Merkosky se erige como parangón del deseo femenino que seduce al exitoso arquitecto. Incluso los encuentros supuestamente pasionales entre ambos tienden al acartonamiento y a la artificialidad. Cómo no reírse ante dos cuerpos desnudos y entrelazados que tienen como escenario de postal una visión perfecta y nocturna del centro de Toronto. Tan bonita que hasta la imprimieron en el cartel publicitario. Si hay ironía en el preciosismo no encontró Arcand la manera de transmitirla. Por otro lado, concederle un papel insignificante fuera de su lesbianismo a Croze —una actriz que el mismo director ayudó a internacionalizar gracias a su participación en Las invasiones bárbaras— es un traspié todavía mayor. Sin duda, la también actriz de La escafandra y la mariposa se halla en este largometraje de Arcand por completo desperdiciada. Quien con su talento logra salvar algunas secuencias es Mélanie Thierry. La susceptibilidad de su personaje resulta creíble aun cuando los besos con la novia de la doctora se sientan sacados de la manga. Tal vez lo anterior se explique con la experiencia de varios filmes realizados en Europa. En el caso de Thierry, no estaremos tratando con una novata ni con alguien que acostumbre hacer series de televisión de muy baja calidad. Al verla deprimida, uno le cree. Si todo lo anterior no fuera suficiente, la abundancia de escenas donde Luc y Stéphanie practican deportes raya en el humor involuntario: caza, pesca, hockey, tenis, etcétera. Si no se trataba de humor involuntario sino más bien de un comentario sarcástico por parte del director respecto al estilo de vida de la pareja tampoco queda claro. Aliado de la parsimonia, Arcand nos va conduciendo hacia un desenlace anticlimático donde parece que va a suceder algo (un accidente automovilístico, un intento de suicidio, una ruptura) y al final no pasa nada. Con una historia vacía y que suscita muy poco interés, el espectador se enfrentará a un muy bello comercial turístico para la región de Charlevoix en Quebec. Y si se queda a que pasen los créditos, hasta con un catálogo de casas de diseño moderno y ecológico. Ahora en pleno declive y ya superado por la competencia de su propia provincia, Denys Arcand muestra que tal vez fuera de los mensajes de compromiso social tenga muy poco que decir. Una verdadera lástima.

El reino de la belleza (Le règne de la beauté, 2014) Dirigida por Denys Arcand. Producida por Denise Robert y Daniel Louis. Protagonizada por Éric Bruneau, Mélanie Thierry, Melanie Merkosky y Marie-Josée Croze.