viernes, 31 de mayo de 2013

Realidad televisiva que no lo es

Voy a ser redundante en el primer párrafo de esta reseña. La palabra del título se va a repetir a continuación infinidad de veces. Y, espero, se me entienda lo que deseo expresar a pesar de la rebuznancia. Va entonces:

Como en muchas partes del mundo aquí en Montreal hay reality shows. No los veo porque son muy chafas; pero uno en especial me llama la atención cuando hago zapping porque el perfil de los concursantes es muy limitado. Demasiado limitado. Todas las personas se ven cortadas con la misma tijera. Se llama Occupation Double. Lo transmite la cadena de siglas TVA. De ésos para solteros y romances. Mucha carnita en exhibición. Y arrumacos. Y relaciones que se interrumpen o que se detonan. En privado me gusta llamarlo Prostitution Double. Broma barata y pueril de mi parte. Retomo el hilo. Así, desde el nombre dado a estas emisiones para catalogarlas, se cae en la mentira vil. La realidad imita al reality. Porque se supone que la del espectáculo es la “realidad”. Pero para hacer un buen reality no se requiere la realidad cotidiana y muchas veces gris porque al fin y al cabo se está haciendo televisión y ésta, en la mayoría de los casos, se construye como recipiente de aspiraciones y sueños irrealizables. De lo contrario, se cae la audiencia. Si en el reality show, como puedo comprobar en Occupation Double, las mujeres “reales” se encuentran hechas de silicona, extensiones, colágeno, bótox y tinte para el pelo mientras los hombres de esteroides, gimnasio, tatuajes, camas de bronceado y gel; pronto la “realidad” falsa y construida por los dineros televisivos comienza a confundirse con la otra, con la real, la gris, la cotidiana, la de las llantas, la celulitis, la vejez, la desesperación, la pobreza y la angustia existencial. Este contraste se analiza a fondo y de forma tan entretenida como entrañable en la película Reality (2012) de Matteo Garrone, el mismo director de Gomorra.
La cinta abre con una vista aérea de un carruaje de cuento de hadas. Nos encontramos en Nápoles y a partir de este momento los espectadores se toparán con realidades construidas a base de ilusiones. A la pareja la recibe gente disfrazada como si perteneciera a la corte del rey Luis XIV. Los recién casados se dirigen a la recepción de su boda. En este complejo napolitano se llevan a cabo muchas fiestas al mismo tiempo. Los invitados se hallan dentro de salones estilo rococó. Abunda la falsedad, lo kitsch y lo barato. A casi todas las bodas se aparece un ex concursante del reality show Gran hermano (Grande fratello en Italia, Big Brother incluso en México). El tipo se llama Enzo. Al final de un discurso frenético y estridente durante el cual les aconseja a los invitados seguir sus sueños como él lo ha hecho, Enzo grita: “Never give up!” Así en inglés porque seguramente resulta más cool, porque hasta en el país de la bota y del legado de la antigüedad clásica hay mentes en extremo colonizadas. “Never give up!”, frase hecha y repetida mil veces en múltiples eventos por este personaje cuya fama inventó la televisión. Luciano (Aniello Arena) lo escucha. Él es el alma de la fiesta en su familia. Payaso y travesti al unísono al abrazar a Enzo y juguetear con él. “Codiciamos lo que vemos”, resuenan las palabras del doctor Lecter desde otro filme, uno realizado a principios de los noventa. Y la mirada de Luciano, todavía vestido de mujer, se clava y se fija inmóvil en el helicóptero de Enzo mientras carga a su hija más pequeña con quien la pseudo-celebridad se acaba de tomar una foto.
Del ambiente rococó pasamos a un palacete dividido en departamentos, pero ya descascarado. Y viejo como una ruina del imperio romano. Los invitados regresan agotados luego de la boda. La cámara da vueltas alrededor del departamento mientras los familiares de Luciano se van despojando de prendas luminosas, corbatas, muletas, pestañas y maquillaje. Debajo de tales capas se oculta la gordura, la carne fofa, los vellos en la espalda y las arrugas. En algunas plantas más abajo viven Luciano, María (Loredana Simioli) y sus tres hijos. Cómo no van a vivir aquí si él es un pescadero en medio de la plaza. Ahí, frente a su pescadería, se erige un Cristo en estatua, una figura gemela a la que aparece volando en el inicio de La dolce vita. Fellini está presente en Reality. Para Luciano su negocio es como un escenario. Él siempre está de pie, en el centro y por encima de su ayudante y amigo Michele (Nando Paone). Luciano sólo se viste de mujer en las bodas. Está casado con María. Tiene dos hijas y un hijo. La mayoría, rechonchos. Como el dinero de la pescadería no es suficiente para los malos gustos familiares, con su esposa y con Michele manejan una red de intercambios que no queda muy clara; pero que involucra los robots cocineros de espaguetis y vendidos por su mujer en una tienda departamental. La vida, entonces, se halla ahíta de normalidad. Latente permanece la codicia de la fama de Enzo.
Hasta que en un centro comercial se llevan a cabo las audiciones para la próxima edición de Gran hermano. Los niños de Luciano le insisten por el teléfono. Que deje el trabajo, que haga la audición. Quieren ver a su padre convertido en una celebridad instantánea. Desde aquí se trastoca la realidad de nuestro protagonista. La anodina, claro. Luego vendrá la segunda ronda de audiciones. Ni más ni menos que en Cinecittà. Imposible no pensar en Bellissima. Pero si en la película de Visconti el sueño de una madre era convertir a su niña en estrella del cine, acá será el de un padre para convertirse a sí mismo en celebridad de reality show. No nos equivoquemos. A diferencia de sus familiares de plantas más arriba, Luciano se trata de un padre acá bien buena onda, que viste como chavo, que se pone playeras apretadas para lucir sus músculos o sus tatuajes, que lleva ropa de marca y accesorios como sombreros o boinas. Padre de familia cuyo reflejo se mira en una clase media abúlica y con tintes aspiracionales. Luciano, su esposa y sus hijos viven más allá del presupuesto mensual y, para darse el lujo de lo innecesario, se valen de triquiñuelas como las de los robots hacedores de espaguetis. En principio el apoyo lo ostenta Luciano casi incondicional. De toda la familia, de los amigos. Al fin y al cabo todos son fans del popular programa. Claro, habrá el gracioso que le hace una llamada falsa. Pero nada más.
Sin embargo, conforme avanzan los minutos del largometraje, la idea de entrar a la casa del Gran hermano se le vuelve una obsesión. Y tan enajenante que así como lo divorcia de la realidad igual sucederá con la familia. En específico, con su esposa. Al sentirse observado, este padre napolitano altera su conducta. Ante cada desconocido verá a un enviado de la producción del programa. Y aquí Garrone establece una relación tan torcida como atrayente con el catolicismo y el concepto de Dios: Dios como un espía de todos nuestros actos, como el ojo encima de la pirámide no muy disímil a los lentes de las cámaras de un reality. Esto hasta volverse nominado y al cabo expulsado de la casa-paraíso. Como puede comprobarse, el título de la cinta está utilizado con toda ironía. Ésta no es la realidad. Es “otra” realidad, una tan falsa como alterna creada por la industria de los medios. Hacia el desenlace —donde la casa del Grande fratello accede a un nivel incluso místico— se nos recuerda la irrealidad juguetona de Fellini. Empero, nos quedamos en la mera hiperrealidad creada por la todopoderosa televisión. Ésta es la vuelta de Garrone a la obra del maestro, vuelta que ya se prefigura con la estatua de Cristo en medio de la plaza.
Reality no está exenta de fallas. Tal vez contenga demasiados acercamientos de cámara a los rostros de los actores. Entiendo perfectamente el significado detrás de la fijación de la cámara en las caras de los personajes y la técnica casa muy bien con la crítica a la intrusión de los medios en la vida de desconocidos dentro de la casa del Gran hermano. Pero Garrone se pasa un poco de la raya e insiste mucho en ello. Por otro lado, el planteamiento de la relación entre Dios y los medios no se desarrolla lo suficiente ni se lleva a la profundidad deseada. Tan pronto nos lo plantea, Garrone lleva a los espectadores a la conclusión, un final susceptible de confundir a gran parte del público a menos que aceptemos que la realidad de Luciano se ha trastocado de tal forma que lo que vemos ya no está enraizado en la tierra sino en su fantasía. A pesar de dichos detalles, la cinta me deja un buen sabor y la sensación de que el realizador ha sostenido su nivel desde el anterior crédito. Reality entretiene y conmueve la mayor parte de su duración. Quizás por inercia ganó el Grand Prix el año pasado en el festival de Cannes, el mismo premio que el cineasta italiano ganara años antes con su Gomorra. Todavía no tiene fecha de estreno para México.

Reality (2012). Dirigida por Matteo Garrone. Producida por Matteo Garrone y Domenico Procacci. Protagonizada por Aniello Arena, Loredana Simioli y Nando Paone.

viernes, 24 de mayo de 2013

La barca del tío Mud



Desde hace dos años a la fecha el actor de origen texano Matthew McConaughey está haciendo algo muy raro: está actuando. Todo pareciera indicar que cambió de agente o tuvo una epifanía o se está haciendo mayor o su esposa brasileña le ordenó dejarse de pendejadas. Tal vez el nuevo agente le está pasando consejos sobre cómo ganar ese monigote dorado tan codiciado por todos en Hollywood: hacerla de malo, bajar de peso, cambiar la imagen de imbécil, involucrarse en el cine independiente gringo, ser un hombre de familia. Quién sabe. Porque la pseudo-carrera (“pseudo” en cuanto a su calidad artística, claro) de McConaughey había sido desde hace bastante tiempo un chiste colectivo. Hasta en series animadas como American Dad se han burlado más de una vez de su estupidez. Los críticos de cine se han reído igual cantidad de veces de sus intervenciones en comedias románticas y en cómo en cada uno de los afiches de éstas sale con expresión de galán despreocupado recargándose sobre su novia o sobre una pared invisible. Los pecados fílmicos de McConaughey son numerosísimos. ¿No fue él acaso quien protagonizó Sahara al lado de Penélope Cruz, bodrio incluso para quienes los producen? Así estará esa bazofia.
Pero en 2011 McConaughey interpretó un rol central en la cinta de William Friedkin Killer Joe. Para quienes no lo recuerden Friedkin es un realizador que estuvo en los cuernos de la luna durante los setenta, el artífice de cintas como Contacto en Francia (1971) y El exorcista (1974). Es decir, un cine nada cercano al género de la comedia romántica boba. Killer Joe se sumergía en las profundidades más pantanosas de la llamada “white trash” gringa. El hijo de una familia pobretona —de ésas que viven en casas rodantes— tiene una deuda con mafiosos y para cobrar un seguro de vida contrata al asesino Joe del título. La víctima, su propia madre. Como no cuenta con el dinero para los mafiosos, menos para Joe y él quiere cobrarse con la hermana del protagonista. La cinta es de bajo presupuesto, violenta y sádica. En suma, un ejemplo entretenido de la serie B. Sorprendente resultó que quien durante años protagonizara comedias románticas se volviera ahora un asesino despiadado. De ver Killer Joe pocos espectadores olvidarán la escena del pollo. Hasta yo me sentí incómodo con ella. El año pasado McConaughey continúa con este afán —muy similar por cierto a los emprendidos antes por otros actores hollywoodenses como Mel Gibson, Brad Pitt o George Clooney— de hacernos olvidar el inicio de su carrera, no considerarlo otro galán de moda y tomar su trabajo en serio. McConaughey se tardó más que sus colegas, sin embargo. Así, bajo la dirección de Jeff Nichols, el actor texano encabeza el reparto de Mud (2012).
Mud está configurada como una historia de crecimiento. En ella Ellis (Tye Sheridan) se le presenta al espectador en su protagonismo. Es un muchacho de catorce años que al lado de su mejor amigo Neckbone (Jacob Lofland) descubre en un islote en medio del Misisipi una barca sobre un árbol puesta ahí por las fuerzas crueles de la naturaleza. Sin embargo, la barca sobre el árbol tiene dueño: un hombre que se hace llamar Mud (McConaughey). El hombre aparenta ser un indigente. A pesar de que bien pudiera también ser peligroso, Ellis siente una cercanía con este antihéroe aislado y escondido del mundo. Pronto se entera que está ahí esperando a su novia Juniper (Reese Witherspoon) y que además varias personas lo están persiguiendo. Ellis, sobre todo, y Neckbone, en segundo plano y con mayor reticencia, deciden ayudar a Mud. Primero llevándole víveres. Después como mensajeros. Al mismo tiempo Ellis atestigua cómo se va apagando el matrimonio de sus padres y además se enamora de una chica tres años mayor siguiendo en más de un aspecto el modelo del hombre de la barca en el árbol.
Bajo la batuta de Nichols el reparto entero otorga excelentes actuaciones. Destaca por supuesto McConaughey. Pero también Tye Sheridan. Aunque lo que más admiré de Mud fue el despliegue de la narrativa. El periplo de Ellis se desarrolla con cada caída de otra capa, con cada personaje nuevo que entra a escena y añade información. El suspenso —aunque no podría clasificar la cinta dentro de dicho género— aumenta y en ese sentido no puede uno dejar de preguntarse qué pasará después. El cineasta aparece entonces aquí como un hábil cuenta-cuentos.
Este joven director salta a la escena al mismo tiempo que se da el cambio radical en la carrera de McConaughey. Nichols se vuelve conocido con Atormentado (Take Shelter, 2011), película protagonizada por Michael Shannon y Jessica Chastain. Otro buen ejemplo del cine independiente de los Estados Unidos, por cierto. Finalmente Mud se presentó dentro de la selección oficial en el festival de Cannes del año pasado y hasta ahora, un año después, sale en corrida comercial en Estados Unidos y Canadá. En México se titulará El niño y el fugitivo y su fecha de estreno está prevista para el 21 de junio. Como otra jocosa nota al pie además de ese nombre vende-tramas, ésta era la cinta que se estrenaba casi a la par del escándalo mediático de Witherspoon y su esposo.

El niño y el fugitivo (Mud, 2013). Dirigida por Jeff Nichols. Producida por Lisa Maria Falcone, Sarah Green y Aaron Ryder. Protagonizada por Matthew McConaughey, Tye Sheridan, Jacob Lofland y Reese Witherspoon.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=7DaNlTFHZgQ

Nota del 20 de junio: El estreno de la cinta se retrasó como de costumbre en verano. Ahora tiene fecha prevista para el 28 de junio. Quién sabe si así será.

Nota del 25 de junio: Lo dicho. Veo por el sitio de Cinemex que la fecha volvió a cambiar. Ahora el estreno está previsto para el 5 de julio. Y así seguirá cambiando para darle cabida a cintas más taquilleras. Da igual.

jueves, 23 de mayo de 2013

Súper 8 (III): La guerra de las galaxias


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Gatsby y Hollywood: el dinero y la desmemoria


Gracias a la invitación de Yohan Uribe empiezo a participar en el espacio cultural Revista Suburbia con una columna. Mi primer texto es una reseña extensa sobre El gran Gatsby de Baz Luhrmann. La cinta se estrena el 31 de mayo en México. Dejo aquí el enlace:
http://revistasuburbia.com.mx/2013/05/21/gatsby-y-hollywood-el-dinero-y-la-desmemoria/

El avance de la película: http://www.youtube.com/watch?v=sN183rJltNM

sábado, 18 de mayo de 2013

Shakespeare alternativo


A continuación presento un texto que escribí en 1997, poco después de que la cinta se estrenara. Luego de ver El gran Gatsby, filme del mismo director, debo decir que nada ha cambiado. Ni su cine. Tampoco mi opinión sobre su obra. Para mí las películas de Baz Luhrmann siguen siendo como una patada en los güevos. Va entonces el comentario:

Alégrense, jóvenes laguneros. La generación X, Y, Z, o como se le quiera denominar, ya puede agradecerle a Hollywood por acercarlos a uno de los gigantes de la literatura. México entero le rinde homenaje a Baz Luhrmann, productor, director y adaptador de la hidrofílica y reciente versión de Romeo + Julieta, por considerarnos en la filmación de esta joya y por tener la idea de unir los diálogos en inglés antiguo con imágenes plagiadas de una estulticia llamada MTV.
El argumento es ya bastante conocido. Basta decir que Romeo es interpretado por Leonardo DeCaprio, actor nominado al Óscar en 1993 por ¿Quién ama a Gilbert Grape?, y Julieta es encarnada por Claire Danes, joven actriz vista en Mujercitas y en la serie de televisión La vida de Ángela (My So-Called Life). Aunque DeCaprio y Danes prometan mucho, no opacan el contraste entre lo que se escucha y lo que se ve, entre las rebuscadas conversaciones y la saturación de imágenes. El mestizaje entre lo barroco y lo moderno exhibe escenas de vandalismo, noticieros, helicópteros, altas construcciones, contaminación ambiental (no por nada la filmaron en el DF), fanatismo religioso y húmedos arrumacos. Fuera de Romeo y Julieta, los otros personajes parecen sacados de una tira cómica. Capuleto (Paul Sorvino) es un hombre obeso, borracho y autoritario. Su esposa es una distinguida dama que, luciendo batas y pelucas, corre y profiere berreos destemplados buscando a su hija. Fray Lorenzo fue transformado en un sacerdote buena onda (Pete Postlethwaite) de espalda tatuada y camisas tropicales. Paris (Paul Rudd) es un mequetrefe homosexualoide al servicio de Capuleto. Teobaldo (John Leguizamo) es un cholo con finta de mexicano. Y, para acabar de amolarla, Mercucio es un negro travestido. También se le ocurrió a Luhrmann incluir alusiones gratuitas a la drogadicción y una secuencia orgiástica después convertida en video musical. Lo que sí dejó en el limbo fue explicarnos por qué los guardias de seguridad de los Capuleto dejaron escapar a Romeo, por qué la madre de Julieta no escuchó el chapuzón cuando el flamante yerno cayó al agua o por qué los jóvenes amantes de Verona Beach, si eran tan ricos, se juntaban con pandilleros. Supremas jaladas. Tampoco son apreciables las alteraciones al texto original en el cual Mercucio no le ofrece esa pastillita psicotrópica, con un corazón en el centro, a Romeo o donde no se excluye la escena de la muerte de Paris. El instante más burdo es el final, el doble suicidio de los amantes, que debió ser lo más estrujante de la cinta. La dulce niña despierta de su sueño, con una tierna sonrisa mira a su amante y no logra evitar que su Romeo, ajeno a esta resurrección, se trague el veneno. ¡Qué dolorosa falta de sincronía!
La nueva versión de Romeo + Julieta, aunque sea preferible a la mediocre El rescate por la novedad de sus imágenes y por no caer en el tedio, es de las cintas feas y sólo convence al adolescente gringo (o mexicano) que no ha visto más allá de Beavis y Butthead -caricaturas consagradas por MTV, donde se burla de sus televidentes-, que ríe con el humor físico de Jim Carrey y que ansía un Macbeth en manos del grupo Marilyn Manson donde aparezcan seres andróginos en zancos, rostros deformes, brujas satánicas en sucios trajes de ballet y un líder fascista cantando "The beautiful people".

Romeo + Julieta (Romeo + Juliet, 1996) Dirigida, adaptada y producida por Baz Luhrmann. Protagonizada por Leonardo DeCaprio, Claire Danes, Paul Sorvino y Pete Postlethwaite.

domingo, 12 de mayo de 2013

El arte de narrar a la manera de Ozon

Como ya lo afirmé en una entrada anterior lo visto por mí en el cine durante el periodo de las risibles premiaciones hollywoodenses me dejó en general decepcionado. Nadie se salvó. Casi nadie. Ni siquiera mis directores preferidos. En realidad, debería decir su obra.
Esto tal vez porque este año escolar fue tan difícil como el anterior. Aunque en otros aspectos. Me sentí con las manos atadas. Veía una película y ni tiempo para un comentario corto aquí. Si acaso la despachaba con un tuiter. A veces ni eso. Mucho menos contaba con el tiempo para una reseña en serio. La decepción quizás resultó mayor al enfrentarme a los créditos más recientes de dos de mis directores favoritos. Me remonto entonces al año 2010 cuando vi y reseñé El listón blanco (2009) de Michael Haneke y Un profeta (2009) de Jacques Audiard. Los dos largometrajes dejaron una profunda huella en mi psique. Por esa razón al enterarme el año pasado de la presencia de sendos largometrajes de estos cineastas en el festival de Cannes me empecé a preparar para la espera. Y sí, luego de varios meses, comprobé que tanto Amour (2012) de Haneke como Metal y hueso (2012) de Audiard son excelentes cintas. Sin embargo, los anteriores créditos de ambos fueron en mi opinión tan notables que los recientes me dejan un cierto sabor amargo. No es la primera vez que esto ocurre. Tampoco será la última. Luego de revisar el catálogo entero de un creador con quien simpatizo suele suceder que al enfrentarme a una creación nueva que resucita sus temas recurrentes albergo la sensación de no estar ante nada del otro mundo. Nada innovador. Nada para reinventar dichos temas. Así volvió a ocurrirme recientemente con En la casa (Dans la maison, 2012) de François Ozon.
Y de veras me sorprende sobremanera. Pero es cierto. En la casa contiene todos esos asuntos que en ocasiones anteriores me han fascinado: el poder persuasivo de la narrativa, la crítica ácida contra la pequeña burguesía y, claro, el voyeurismo. ¿Qué cineasta que se precie de serlo no hace tal auto-referencia y cae en los terrenos del voyeurismo, filia compartida con la audiencia? Una película que presenta tales elementos tendría que haberme arrancado elogios en automático. Sin embargo, no dejan de ser los mismos elementos vistos (tal vez para mí ya hasta el hartazgo) en otros créditos de Ozon. En la lista de sus cintas se pueden contar, entre otras, Los amantes criminales (1999), Bajo la arena (2000), 8 mujeres (2002), Swimming Pool (2003), Sólo los niños van al cielo (2009) y Potiche (2010).
Estamos en la primera reunión del año escolar de los maestros. El director anuncia un inusitado cambio susceptible de alterar por completo la vida de esa escuela. Los alumnos llevarán de ahora en adelante uniformes. Uno de los profesores no puede disimular su asco. Así, cuando da segundo inicio Dans la maison, estamos a la salida / entrada del liceo Gustave Flaubert. Los alumnos uniformados se confunden unos con otros bajo el nombre dado a la institución. Desde esta toma, imposible eludir a uno de los más grandes autores de la literatura universal. Además de crítico de su clase: la pequeña burguesía. En el liceo que lleva tan ilustre nombre empieza el año escolar y el señor Germain (Fabrice Luchini) tiene el ánimo marchito ante la nueva oleada de estudiantes desinteresados, rebeldes, distraídos, estúpidos y sobre todo mediocres. Él es el profesor de francés (de literatura francesa, se entiende). Cada año los niños escriben de forma más básica, se queja ante su mujer Jeanne (Kristin Scott-Thomas), una curadora que trabaja en cierta galería de arte con problemas graves para vender cualquier obra. Según ella la culpa es del nombre de la galería: “El laberinto del minotauro”. Germain está hastiado de sí mismo, de sus obligaciones laborales y en primer grado de la mediocridad de los estudiantes reflejada en el nivel de sus composiciones. Eso hasta recibir una extraordinaria. El texto de Claude Garcia (Ernst Umhauer) le llama mucho la atención. En él este adolescente solitario de dieciséis años describe con sarcasmo la relación con su mejor amigo, Rapha Artole (Bastien Ughetto). Rapha es pintado en los escritos de Claude como un chico normal. Demasiado normal: un bobo ingenuo y frecuentemente boquiabierto que necesita con urgencia la ayuda del otro en matemáticas. Eso será la excusa para que Claude entre en la perfecta y suburbana casa de los Artole y así conozca a los padres de su amigo, el primero y original Rapha Artole (Denis Ménochet) y Esther (Emmanuelle Seigner), epítome de la mujer de la clase media. El padre es un reverendo idiota cuya energía no aparenta tener límites, un hombre obsesionado con la cultura china. La madre, fanática de la decoración de interiores, le atrae a Claude como sólo suelen hacerlo las señoras Robinson de este mundo. Tan pronto lee la composición Germain decide convertirse en el tutor de Claude, quedarse después de las clases para ayudar al joven a mejorar su estilo. Aunque su labor no es del todo desinteresada. Puesto que la realidad se confundirá con la ficción en la obra del alumno, lo más deseado por Germain es resolver la interrogante de qué pasará en la vida de los Artole. Sea el retrato o no fiel a la realidad. Se improvisa un taller literario donde él le presta libros y le da consejos sobre cómo afinar incluso la historia. El joven Claude se da cuenta de inmediato del poder de fascinación que sus textos ejercen sobre el profesor. Incluso, sobre la esposa del profesor. Durante toda la cinta el espectador tiene el presentimiento de que algo explotará. Ya sea en la casa de los Artole. O tal vez en la de Germain. Conforme avance el intercambio de libros y textos, la hoja en blanco de la personalidad de Claude se irá llenando con su intrusión en la vida familiar de los Artole. A esto se le llama envidia de la mala y a causa de la normalidad percibida.
Ozon explora de nueva cuenta temas recurrentes en su filmografía: esa mirada tan crítica como morbosa hacia la familia nuclear y su insatisfacción sexual (léase sobre todo Sitcom), la persuasión a veces torcida del arte de narrar sobre la voluntad humana (aquí pienso en Swimming Pool o en Angel). Lo curioso es que el filme abre puentes hacia el mundo hispano: la historia no es original. Más bien, una adaptación libre de la obra de teatro El chico de la última fila del dramaturgo español Juan Mayorga. Tal vez a tal puente se deba la Concha de Oro en San Sebastián. Y sí. Claude siempre se sienta en la última fila, lugar ideal para el voyeur. Germain hacía lo mismo de joven: ves a todos y nadie te ve.
Así el relato por entregas de Claude se convertirá en una tentación demasiado poderosa para el señor Germain. Tanto que el profesor de literatura estará dispuesto a tirar por la ventana su ética como académico con tal de mantener al alumno entrometido en la casa y continuar leyendo la historia de los Artole. Y él lo justificará ante Jeanne argumentando que sólo ayuda al muchacho a convertirse en un escritor de verdad, lo que —dicho sea de paso— Germain nunca pudo lograr. Bueno, sólo una vez. Y por muy poco tiempo. Parte de la tentación la conforma el peligro que representa el intruso (Claude en cuerpo, Germain en alma) escudriñando los rincones más escondidos de la mente de una familia nuclear. De esta forma el alumno usurpa el rol del maestro y manipula a su tutor para obtener sus propios deseos. Sólo al final nos enteraremos de cuáles son.
Con tales temas; con un reparto que incluye al genial Fabrice Luchini de Molière o Las mujeres del sexto piso, a la inglesa Kristin Scott-Thomas (Hace mucho que te quiero, Mi nombre es John Lennon) hablando en francés de nuevo, a Emmanuelle Seigner de Polanski (La escafandra y la mariposa) como objeto del deseo adolescente y a Denis Ménochet (Bastardos sin gloria) como papá descerebrado y entusiasta; con el ambiente escolar que —luego de trabajar en varios de ellos en los últimos quince años— creo conocer y, para colmo, con la dirección de François Ozon me sigo preguntando por qué En la casa no me convenció por completo. Sé y afirmo su excelencia como obra cinematográfica. Esta calidad se arma como un cine sofisticado, inteligente y de un humor mordaz. Sólo me lo explico, repito, con el hecho de conocer casi al dedillo la filmografía del francés. Éstos son los lamentables perjuicios que deja adivinar de antemano —como con los casos de Audiard y de Haneke— los trucos del mago. No. A final de cuentas mi comentario no se da el lujo de la objetividad. No logro borrar lo subjetivo. Y a ver qué más me depara el cine de Ozon ahora que presente otro crédito más, Jeune et jolie (2013), en el festival de Cannes. Y vamos a ver si yo vuelvo a la vida cuando se acabe mi año escolar en el lugar donde trabajo.

En la casa (Dans la maison, 2012). Dirigida por François Ozon. Producida por Claudie Ossard, Eric y Nicolas Altmayer. Protagonizada por Fabrice Luchini, Ernst Umhauer y Kristin Scott-Thomas.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=mTe8G6aXg38

Nota del 25 de julio: En México la película de Ozon se estrenará con el 17o. Tour de Cine Francés.

sábado, 11 de mayo de 2013

Estepa 60

Recibí como una excelente noticia que la revista literaria de la Comarca Lagunera Estepa del Nazas ya se encuentre en la red. Dejo aquí el enlace a su sitio donde se pueden hallar todos los números publicados hasta la fecha.
En su número más reciente, el 60, aparecen textos de Daniel Maldonado, Sául Rosales, Jaime Muñoz Vargas, Silvia García Urzúa, Jacobo Tafoya, Ivonne Gómez Ledezma, Carmen Macías, José Cháirez, Juan de Dios Rivas Castañeda, Bun Alonso, Arcelia de la Torre Barrón, Édgar González, Luis Felipe Rodríguez, Ligia Macías y Nadia Contreras. Como de costumbre la revista se adquiere de forma gratuita en las oficinas del Teatro Isauro Martínez.
En el número 60 también aparecen unos fragmentos del primer capítulo de mi segunda novela La Revuelta de los Júniors. Novela inédita, por cierto. Algunos de los dichos fragmentos ya los había dado a conocer en esta bitácora. Lo de la revista me sirve entonces de pretexto para subir los enlaces a todo el material de la novela publicado aquí, en el blog.
Seis mono-diálogos de don Víctor Bórquez Trujillo: 1, 2, 3, 4, 5 y 6
Perfiles de los júniors: Bobby Gil, Richy HamseCharly SolísEddy Moreno.

sábado, 4 de mayo de 2013

Recordar u olvidar: el robo de un Goya

Hay varios adjetivos para describir el cine de Danny Boyle: contundente, trepidante, ácido, cruel, escatológico en su artificialidad y —¿por qué no?— hasta una suerte de maestro hipnotizador (su cine y él por añadidura). Sobre todo —lástima, tengo que acudir al inglés— el cine de Danny Boyle tiene muchísimo punch. Éste es un director que deja al espectador noqueado, pocas veces le concede tregua y (aunque a veces acierte y a veces no) por lo regular la experiencia cinematográfica de la cual es artífice resulta sumamente entretenida. Ahí se encuentran los filmes más destacados desde 1994 cuando se inaugura su carrera con la ópera prima Tumba al ras de la tierra: Trainspotting, La playa, 28 días después, Slumdog Millionaire y 127 horas. Boyle tiene ahora, por aquello de ser un experto hipnotizador, un crédito nuevo titulado En trance (Trance, 2013). Vale decir que dicha película la hizo en sus descansos de la preparación para la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos en Londres del año pasado. Y sí, se concibe como un mero divertimento. Cómo no siendo una cinta que gira alrededor del robo de una pintura de un tal don Francisco de Goya y Lucientes. Y si en el mencionado filme afirman que Goya es el padre del arte moderno pues ya desde ahí me tendrán comiendo de su mano cual ávido animal.
Simon Newton (James McAvoy) es sólo al comienzo nuestro narrador cuya perspectiva poco confiable nos conduce a través del mundo de las subastas de arte. Algo ha de saber. Trabaja como subastador. Y por algunos problemas económicos-adictivos no claros al inicio Simon necesita mucho dinero. Conforme avance la cinta nos daremos cuenta que está asociado con una banda de mafiosos liderada por Franck (Vincent Cassel) para robar durante una subasta Vuelo de brujas de Goya. El asalto (planeado hasta en su más mínimo detalle) no sale exactamente como Franck lo había anticipado. Simon recibe un golpe en la cabeza. La amnesia fílmica obliga. Incluso Boyle la justifica cuando uno de los mafiosos más tarde grita: “¡La amnesia son pendejadas!” A final de cuentas nuestro dudoso héroe no recuerda dónde escondió la pintura. Ni siquiera la tortura infligida por sus cómplices logra sacarle ese recuerdo de la cabeza. Hasta aquí —a pesar de la ya bien conocida estética trepidante del realizador que tan bien casa con música tecno— lo verosímil. Pero el asunto del robo se lleva hasta los terrenos del inconsciente a través de la hipnosis. Entonces entra a escena la femme fatale del género: Elizabeth Lamb (Rosario Dawson). No será el típico objeto del deseo. Aunque es una hermosa y exótica terapeuta con acento estadounidense en plena calle Harley de Londres, se viste como bibliotecaria. No lleva casi maquillaje. El pelo recogido. Es una profesional. Y su especialidad es la hipnoterapia. Elizabeth asegura que es capaz de recuperar el secreto guardado en el inconsciente de Simon. En estos momentos ya se empiezan a pisar los terrenos de lo fantástico, incluso lo delirante. Lo acepto. Al fin y al cabo, esto es el cine. Y esto es una película de Danny Boyle. Y en algo, afirma el director, se parece la hipnosis al cine.
A través de En trance se perciben los deseos lúdicos del cineasta ante una tarea descomunal como la de ser el director artístico de la ceremonia de apertura de los juegos olímpicos en su país. Esta cinta se convirtió en su escape ante ese “servicio a la nación”, como quizás él mismo lo llamó durante una entrevista. Queda por lo tanto en evidencia la extraordinaria habilidad del director porque si una cinta hecha en descansos se ve tan bien y entretiene de principio a fin, ¿qué terminaría haciendo Boyle de tener toda la concentración puesta en un solo proyecto? El espíritu juguetón del realizador se manifiesta además en los diferentes géneros que roza a lo largo de cada uno de los trances en los que se sumerge Simon: thriller por supuesto, pero también cinta de terror, de acción, drama y hasta ¿comedia romántica? Me detengo ahí: en dicho trance Simon se ve con una bella muchacha y como pasajero de un auto rojo ante un campo de girasoles. Luego es llevado a una sala donde se exhiben obras de arte robadas como El concierto de Vermeer o Tormenta sobre el mar de Galilea de Rembrandt. Todo culmina cuando se detona otro recuerdo. Y volvemos a la realidad del thriller.
Lo más entretenido, sin embargo, se resume sobre todo en los giros de tuerca que nos obligan a sopesar a los personajes principales desde otro punto de vista. Incluso uno opuesto. Un villano puede convertirse en héroe. O viceversa. La devoradora de hombres en víctima. En una nota al pie, qué bien se aprovecha Boyle de nuestros prejuicios con respecto a la ya larga carrera fílmica de Cassel (Mesrine) interpretando gánsters y tipos rudos. Más allá del intercambio de roles, el universo masculino-exterior del inicio (una banda de gánsters, un plan perfecto, la determinación de los asaltantes, el narrador, la música tecno que altera los sentidos, golpes, tortura, sitios oscuros apenas iluminados por el neón) se verá envuelto y eclipsado por el femenino-interior (el consultorio luminoso de Elizabeth, su ropa reluciente, blanca, incluso recatada, la calma al comenzar los trances, la seducción y hasta una referencia artística sobre la ausencia del vello púbico de la mujer en la tradición pictórica del desnudo femenino). Esto último hasta Goya y su Maja desnuda. Goya, sólo Goya.
Pronto el núcleo de la película pasa del robo de Vuelo de brujas a una reflexión sobre lo que el protagonista decide recordar y olvidar. Si lo anterior no es suficiente Boyle lanza a sus personajes a una conclusión de taquicardia rebasando los límites de lo hiperbólico por su espectacularidad. Siendo un thriller psicológico (y uno verdaderamente bueno) las metáforas visuales de los espejos, las ventanas translúcidas y los omnipresentes monitores (televisiones, cámaras, tabletas electrónicas) apuntan al lugar común de “nada es lo que aparenta”. En trance, sin embargo, no se erige como una obra maestra. No del todo. No creo que supere en ningún momento lo logrado por Boyle con, digamos, Trainspotting. Tampoco está al nivel de su crédito más comercial y exitoso en la tierra de los ensueños, ése que le valiera el Óscar de mejor director: Slumdog Millionaire. En trance recuerda sin embargo al Danny Boyle primerizo, al novato inquieto de hace veinte años que se diera a conocer con Tumba al ras de la tierra. Esto por sus temas. Esto por ese triángulo de personajes ambiciosos que, como las brujas de Goya, se degradan hasta transformarse en caníbales. Lo anterior se explica muy bien al conocer el dato de que el guión original de En trance se gestó en aquella época, a mediados de los noventa. Pero en cuanto a la contundencia de su cine, no hay duda de que detrás de estas imágenes que no le dan tregua al espectador se halla un cineasta maduro y con toda la maestría a su alcance.

En trance (Trance, 2013). Dirigida por Danny Boyle. Producida por Danny Boyle y Christian Colson. Protagonizada por James McAvoy, Rosario Dawson y Vincent Cassel.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=qjK9lxBrqaY