viernes, 31 de mayo de 2013

Realidad televisiva que no lo es

Voy a ser redundante en el primer párrafo de esta reseña. La palabra del título se va a repetir a continuación infinidad de veces. Y, espero, se me entienda lo que deseo expresar a pesar de la rebuznancia. Va entonces:

Como en muchas partes del mundo aquí en Montreal hay reality shows. No los veo porque son muy chafas; pero uno en especial me llama la atención cuando hago zapping porque el perfil de los concursantes es muy limitado. Demasiado limitado. Todas las personas se ven cortadas con la misma tijera. Se llama Occupation Double. Lo transmite la cadena de siglas TVA. De ésos para solteros y romances. Mucha carnita en exhibición. Y arrumacos. Y relaciones que se interrumpen o que se detonan. En privado me gusta llamarlo Prostitution Double. Broma barata y pueril de mi parte. Retomo el hilo. Así, desde el nombre dado a estas emisiones para catalogarlas, se cae en la mentira vil. La realidad imita al reality. Porque se supone que la del espectáculo es la “realidad”. Pero para hacer un buen reality no se requiere la realidad cotidiana y muchas veces gris porque al fin y al cabo se está haciendo televisión y ésta, en la mayoría de los casos, se construye como recipiente de aspiraciones y sueños irrealizables. De lo contrario, se cae la audiencia. Si en el reality show, como puedo comprobar en Occupation Double, las mujeres “reales” se encuentran hechas de silicona, extensiones, colágeno, bótox y tinte para el pelo mientras los hombres de esteroides, gimnasio, tatuajes, camas de bronceado y gel; pronto la “realidad” falsa y construida por los dineros televisivos comienza a confundirse con la otra, con la real, la gris, la cotidiana, la de las llantas, la celulitis, la vejez, la desesperación, la pobreza y la angustia existencial. Este contraste se analiza a fondo y de forma tan entretenida como entrañable en la película Reality (2012) de Matteo Garrone, el mismo director de Gomorra.
La cinta abre con una vista aérea de un carruaje de cuento de hadas. Nos encontramos en Nápoles y a partir de este momento los espectadores se toparán con realidades construidas a base de ilusiones. A la pareja la recibe gente disfrazada como si perteneciera a la corte del rey Luis XIV. Los recién casados se dirigen a la recepción de su boda. En este complejo napolitano se llevan a cabo muchas fiestas al mismo tiempo. Los invitados se hallan dentro de salones estilo rococó. Abunda la falsedad, lo kitsch y lo barato. A casi todas las bodas se aparece un ex concursante del reality show Gran hermano (Grande fratello en Italia, Big Brother incluso en México). El tipo se llama Enzo. Al final de un discurso frenético y estridente durante el cual les aconseja a los invitados seguir sus sueños como él lo ha hecho, Enzo grita: “Never give up!” Así en inglés porque seguramente resulta más cool, porque hasta en el país de la bota y del legado de la antigüedad clásica hay mentes en extremo colonizadas. “Never give up!”, frase hecha y repetida mil veces en múltiples eventos por este personaje cuya fama inventó la televisión. Luciano (Aniello Arena) lo escucha. Él es el alma de la fiesta en su familia. Payaso y travesti al unísono al abrazar a Enzo y juguetear con él. “Codiciamos lo que vemos”, resuenan las palabras del doctor Lecter desde otro filme, uno realizado a principios de los noventa. Y la mirada de Luciano, todavía vestido de mujer, se clava y se fija inmóvil en el helicóptero de Enzo mientras carga a su hija más pequeña con quien la pseudo-celebridad se acaba de tomar una foto.
Del ambiente rococó pasamos a un palacete dividido en departamentos, pero ya descascarado. Y viejo como una ruina del imperio romano. Los invitados regresan agotados luego de la boda. La cámara da vueltas alrededor del departamento mientras los familiares de Luciano se van despojando de prendas luminosas, corbatas, muletas, pestañas y maquillaje. Debajo de tales capas se oculta la gordura, la carne fofa, los vellos en la espalda y las arrugas. En algunas plantas más abajo viven Luciano, María (Loredana Simioli) y sus tres hijos. Cómo no van a vivir aquí si él es un pescadero en medio de la plaza. Ahí, frente a su pescadería, se erige un Cristo en estatua, una figura gemela a la que aparece volando en el inicio de La dolce vita. Fellini está presente en Reality. Para Luciano su negocio es como un escenario. Él siempre está de pie, en el centro y por encima de su ayudante y amigo Michele (Nando Paone). Luciano sólo se viste de mujer en las bodas. Está casado con María. Tiene dos hijas y un hijo. La mayoría, rechonchos. Como el dinero de la pescadería no es suficiente para los malos gustos familiares, con su esposa y con Michele manejan una red de intercambios que no queda muy clara; pero que involucra los robots cocineros de espaguetis y vendidos por su mujer en una tienda departamental. La vida, entonces, se halla ahíta de normalidad. Latente permanece la codicia de la fama de Enzo.
Hasta que en un centro comercial se llevan a cabo las audiciones para la próxima edición de Gran hermano. Los niños de Luciano le insisten por el teléfono. Que deje el trabajo, que haga la audición. Quieren ver a su padre convertido en una celebridad instantánea. Desde aquí se trastoca la realidad de nuestro protagonista. La anodina, claro. Luego vendrá la segunda ronda de audiciones. Ni más ni menos que en Cinecittà. Imposible no pensar en Bellissima. Pero si en la película de Visconti el sueño de una madre era convertir a su niña en estrella del cine, acá será el de un padre para convertirse a sí mismo en celebridad de reality show. No nos equivoquemos. A diferencia de sus familiares de plantas más arriba, Luciano se trata de un padre acá bien buena onda, que viste como chavo, que se pone playeras apretadas para lucir sus músculos o sus tatuajes, que lleva ropa de marca y accesorios como sombreros o boinas. Padre de familia cuyo reflejo se mira en una clase media abúlica y con tintes aspiracionales. Luciano, su esposa y sus hijos viven más allá del presupuesto mensual y, para darse el lujo de lo innecesario, se valen de triquiñuelas como las de los robots hacedores de espaguetis. En principio el apoyo lo ostenta Luciano casi incondicional. De toda la familia, de los amigos. Al fin y al cabo todos son fans del popular programa. Claro, habrá el gracioso que le hace una llamada falsa. Pero nada más.
Sin embargo, conforme avanzan los minutos del largometraje, la idea de entrar a la casa del Gran hermano se le vuelve una obsesión. Y tan enajenante que así como lo divorcia de la realidad igual sucederá con la familia. En específico, con su esposa. Al sentirse observado, este padre napolitano altera su conducta. Ante cada desconocido verá a un enviado de la producción del programa. Y aquí Garrone establece una relación tan torcida como atrayente con el catolicismo y el concepto de Dios: Dios como un espía de todos nuestros actos, como el ojo encima de la pirámide no muy disímil a los lentes de las cámaras de un reality. Esto hasta volverse nominado y al cabo expulsado de la casa-paraíso. Como puede comprobarse, el título de la cinta está utilizado con toda ironía. Ésta no es la realidad. Es “otra” realidad, una tan falsa como alterna creada por la industria de los medios. Hacia el desenlace —donde la casa del Grande fratello accede a un nivel incluso místico— se nos recuerda la irrealidad juguetona de Fellini. Empero, nos quedamos en la mera hiperrealidad creada por la todopoderosa televisión. Ésta es la vuelta de Garrone a la obra del maestro, vuelta que ya se prefigura con la estatua de Cristo en medio de la plaza.
Reality no está exenta de fallas. Tal vez contenga demasiados acercamientos de cámara a los rostros de los actores. Entiendo perfectamente el significado detrás de la fijación de la cámara en las caras de los personajes y la técnica casa muy bien con la crítica a la intrusión de los medios en la vida de desconocidos dentro de la casa del Gran hermano. Pero Garrone se pasa un poco de la raya e insiste mucho en ello. Por otro lado, el planteamiento de la relación entre Dios y los medios no se desarrolla lo suficiente ni se lleva a la profundidad deseada. Tan pronto nos lo plantea, Garrone lleva a los espectadores a la conclusión, un final susceptible de confundir a gran parte del público a menos que aceptemos que la realidad de Luciano se ha trastocado de tal forma que lo que vemos ya no está enraizado en la tierra sino en su fantasía. A pesar de dichos detalles, la cinta me deja un buen sabor y la sensación de que el realizador ha sostenido su nivel desde el anterior crédito. Reality entretiene y conmueve la mayor parte de su duración. Quizás por inercia ganó el Grand Prix el año pasado en el festival de Cannes, el mismo premio que el cineasta italiano ganara años antes con su Gomorra. Todavía no tiene fecha de estreno para México.

Reality (2012). Dirigida por Matteo Garrone. Producida por Matteo Garrone y Domenico Procacci. Protagonizada por Aniello Arena, Loredana Simioli y Nando Paone.