sábado, 31 de diciembre de 2011

viernes, 30 de diciembre de 2011

Dos documentales más


Si un número variado de cintas de ficción catalogadas desde la hegemonía fílmica norteamericana como “extranjeras” tienen por lo regular problemas de distribución ni qué decir de los documentales. Por esa razón hablo ahora de películas que fueron producidas en el 2010. Además de Senna, entonces, dos documentales se quedaron en mi memoria durante el 2011 que agoniza. Del chileno Patricio Guzmán tuve la oportunidad de ver Nostalgia de la luz (2010). Director también de otros largometrajes de no ficción como Salvador Allende (2004), Chile, la memoria obstinada (1997) y La batalla de Chile (1980), en este crédito reciente Guzmán visita una de las zonas más inhóspitas del planeta por la ausencia de humedad: el desierto de Acatama. Será inhóspito a causa de su aridez; pero el desierto resulta ideal para fijar la mirada hacia arriba y contemplar las estrellas. Eso lo saben quienes desde ahí realizan estudios astronómicos, quienes viven alrededor de uno de los observatorios más modernos e importantes en el mundo. El cineasta establece una relación entre los astrónomos que observan el cielo en el desierto con las mujeres que buscan sobre la árida tierra los restos de sus hijos desaparecidos durante la dictadura militar de Pinochet. De excelente calidad, Nostalgia por la luz resulta además poética y conmovedora. Requiere distribución comercial en nuestro país pues nos vendría bien a los mexicanos dirigir la mirada hacia el cono sur y recordar el sufrimiento de los países hermanos. Tal vez algo aprenderíamos de sus errores del pasado.
Además está La cueva de los sueños olvidados (Cave of Forgotten Dreams, 2010) del alemán Werner Herzog. En México se vio en el festival de Morelia hace apenas dos meses. Herzog es ya un nombre bien conocido para los cinéfilos. Algunas de sus películas más destacadas son Aguirre, la ira de Dios (1972), el refrito de Nosferatu (1979) y Fitzcarraldo (1982), todas ellas protagonizadas por el intenso actor Klaus Kiski, con quien por decir lo menos el director sostuvo una relación harto problemática. Herzog, fuera de la ficción, también se ha dedicado a rodar documentales. Uno de los más célebres del realizador alemán es Grizzly Man (2005). No hace mucho se asoció con David Lynch (en rol de productor ejecutivo) para dirigir la cinta titulada My Son, My Son, What Have Ye Done (2009) teniendo como protagonista a otro actor cuya intensidad ya comienza a ser conspicua: Michael Shannon (inolvidable como el vecino loco de Revolutionary Road). El resultado de la dupla Herzog-Lynch fue un crédito excéntrico y fuera de lo común como podía esperarse de los dos creadores; pero también bastante irregular y sin mucha trascendencia. En el 2011, dentro del género documental, Herzog nos presenta una excursión hacia las entrañas de la Tierra. Una de las características de dicho trabajo es que lo rueda en tercera dimensión, acto justificado en el hecho de que muchas de las pinturas rupestres de la gruta de Chauvet toman en cuenta la superficie sobre la que fueron elaboradas. A Werzog, a su equipo y a un grupo de especialistas se les da permiso para entrar en la cueva del sur de Francia cuyas pinturas, de estar el acceso abierto al público, se perderían. Herzog rescata el legado cultural venido de tiempos ancestrales y su pasión por hacerle descubrir al público esta maravilla se transmite tanto en su narración como en el trabajo desplegado sobre la pantalla. A ver si el próximo año todos esos bodrios tridimensionales que llegan a las salas de cine sin demora le dejan aunque sea un lugarcito en corrida comercial a la de Herzog.

El avance de Nostalgia por la luz: http://www.youtube.com/watch?v=ok7f4MLL-Hk
El avance de La cueva de los sueños olvidados: http://www.youtube.com/watch?v=qfJfRx2IAYo

sábado, 24 de diciembre de 2011

Ante la bella y apocalíptica nada


Reseña sobre una película llena de desesperanza. Al final, toda la humanidad muere. Nada mejor como regalito de Navidad. Ideal preparación para el 2012. Va el texto:

Según la teoría hipocrática de los cuatro humores, la melancolía tiene como causa un exceso de bilis negra en el cuerpo del paciente. Melancolía I resulta también ser el título de un grabado de Durero de 1514, época en que el padecimiento se asociaba con Saturno. En la actualidad, se titula Melancolía (Melancholia, 2011) un largometraje de Lars von Trier. Para quien lo recuerde, la noticia invadió los titulares en mayo pasado. Quienes no lo conocían se percataron de su existencia y de que, además, Hitler le cae requetebién. O al menos lo entiende. No sabían que hacer un escándalo de las declaraciones / chistes de Von Trier en Cannes precisamente se traduce en caer en el juego del director danés. Aunque pareciera que en este último caso sí se pasó de la raya. Al menos, él así lo demostró al realizar aclaraciones a la bromita. En Cannes ya deberían estar acostumbrados. Pareciera que no se acordaron de lo dicho en 2009 durante la conferencia de prensa de Anticristo (“¡soy el mejor director del mundo!”). De plano este año lo declararon persona non grata y lo corrieron del festival. A mí, en lo particular, me importa muy poco qué tan simpáticos le resulten los nazis al cineasta danés —y eso que se dice por ahí que en mi familia hay sangre judía procedente de quién sabe qué tan lejana generación. Lo único que debe ser relevante para mí como cinéfilo es si la película dirigida por Von Trier se presenta como buena o mala. O, para el alcance de este texto, si me gusta o no. Y Melancholia (2011) es un trabajo de verdad valioso.
Sin embargo, aun con la desastrosa rueda de prensa, el jurado en Cannes no pudo obviar la presencia de una cinta de Lars von Trier en la selección del festival. Algo que, por cierto, no sucedió con Pedro Almodóvar. En la ceremonia durante la cual se anunciaron los premios le concedieron a una de las dos actrices principales de Melancholia el premio de mejor interpretación femenina. Por un lado, sí. Lo acepto. Durante el prólogo y más allá de él, Kirsten Dunst es la Ofelia de John Everett Millais flotando sobre las aguas hacia su muerte y con el ramo de novia en las manos. Por otro, no pareciera que esta actriz norteamericana esté haciendo nada nuevo con el rol de la deprimida novia Justine. Al fin y al cabo, tanto dentro como fuera de la pantalla, a Dunst le viene fácil interpretar a lánguidas y melancólicas jovencitas. Creo que Charlotte Gainsbourg, como su hermana, se desempeña un poco mejor. Aunque, claro, tal vez aquí esté entrando en juego mi preferencia por una de las dos actrices. Con respecto a la hija de Serge Gainsbourg y Jane Birkin no soy nada objetivo.
La historia del cine nunca había presentado a dos hermanas más disímiles. Dunst es rubia, de ojos azules y con un acento estadounidense. Gainsbourg es de pelo y ojos castaños, con un acento británico. Tal detalle —tan obvio como molesto en películas de menor raigambre— quedará atrás ante la calidad de la película. Vuelvo a concentrarme en el dizque polémico realizador. Ya desde hace bastantes créditos Von Trier dejó atrás, muerto y enterrado, el manifiesto Dogma. Así como lo hiciera con la escalofriante Anticristo (2009) el director danés echa mano de todos los recursos concedidos por los efectos especiales para pintar sobre la pantalla grande el horror ante la —sí muy hermosa pero igualmente apocalíptica— nada. La maravilla del planeta azul que amenazante se aproxima logra fundirse de modo perverso con el miedo ante la muerte y la destrucción total de la humanidad. No hay multitudes corriendo ni personajes sensibleros ni chabacanería estilo Hollywood. Tampoco rascacielos incendiándose. Ésta es una mansión aislada del mundo sí; pero devorada por el bosque. No pensemos que porque hay un niño deambulando por ahí (el hijo de la hermana interpretada por Gainsbourg) todo va a estar bien. Ésta, nos anuncian las notas de prensa, es una cinta de desastre. Sí. Aunque desde la mente y los sentimientos de los personajes. Y si tomamos en cuenta quién se encuentra sobre la silla del director se podría predecir que no quedará ni la más mínima partícula de este planeta. Adiós a la esperanza.
El prólogo de ocho minutos de Melancholia (con el título de Melancolía ya en España) demuestra hasta qué grado Lars von Trier se ha engolosinado con la cámara lenta y el preciosismo. Si en Anticristo formaban parte de la historia, eran relevantes y dejaban al espectador mudo de la impresión. Aquí, adelantarle piezas de la trama a través de metáforas visuales (sí, muy bellas sin duda) y en cámara lenta resulta por completo inútil para lo que el realizador pretende relatar. Habría sido mejor quizás deshacerse de ese engolosinamiento en el cuarto de edición. Está bien, se habrían perdido las referencias a Ofelia o a Pieter Brueghel el Viejo. ¿Qué más da? También variadas interpretaciones en cuanto a lo que las imágenes simbolizan: ¿una premonición?, ¿un sueño? ¿Qué más da? Sin embargo, de ahí en adelante, Melancholia mejora y mucho.
La obertura de Tristán e Isolda de Wagner acompaña al espectador más allá del preludio fílmico. Entramos ahora sí al meollo. Melancholia es además un díptico. En la primera parte, titulada “Justine” se nos muestra la boda de la hermana rubia (Dunst), la de acento gringo. En la segunda parte, titulada “Claire” la trama se centra en la otra hermana (Gainsbourg), la morena de acento británico, la dueña de la mansión, ante la amenaza del planeta azul. El principio del díptico (“Justine”) es muy simple. La boda de Justine se convierte poco a poco en un desastre. Los novios llegan tarde por andar bromeando en la limusina. La madre de la novia (Charlotte Rampling) avergüenza a todos con su amargo discurso (“disfrútenlo mientras dure”). El padre (John Hurt) se emborracha y abraza a dos rechonchas invitadas. El esposo de Claire (Kiefer Sutherland) se queja de su familia política. Eso sin contar el episodio con el jefe (Stellan Skarsgård) y el nuevo empleado (Brady Cobert) de la agencia publicitaria donde trabaja Justine. La nota cómica la da el organizador de la boda (Udo Kier) quien durante la velada entera se rehúsa a mirar a la novia como zahiriéndola por su tardanza. En medio de la conmoción Justine mira hacia la noche y descubre un brillo inédito, nunca antes percibido. ¿Cuál de todas es esa estrella? La fiesta culmina con el abandono del novio (Alexander Skarsgård), reacción entendible ante una mujer que anímicamente está en otro sitio aunque intente sonreír y afirme a cada minuto que es muy feliz con la boda. Tras la entrada de la segunda parte (“Claire”) y el regreso de Justine a la mansión, nos enteramos de que la estrella de aquella noche era en realidad un planeta bautizado ya como Melancolía y diez veces mayor que la Tierra. El planeta se aproxima al nuestro. La mayoría de los científicos opinan que simplemente pasará de largo sin causar daños a la Tierra. Los agoreros del fin del mundo saltan hambrientos ante la oportunidad y afirman que Melancolía, el planeta azul que estuvo oculto detrás del sol cual asaltante traicionero, chocará contra la Tierra dándole así muerte a la humanidad.
La aguda y ya legendaria depresión de Von Trier sigue dando frutos —haya sido o no verdadera. Menos macabros que los de Anticristo. La visión del universo, empero, sigue siendo en esencia la misma. Estamos solos. Somos insignificantes. Cuando durante el prólogo esa inmensa bola azul se coma al planeta Tierra no hay estridencias ni delirios. La aniquilación de la humanidad, vista desde la distancia. Quizás desde el ojo todopoderoso de un dios silente. Solamente la romántica música de Wagner resuena y se apaga. Adiós a siglos de guerras y destrucción irracional. La mujer y la naturaleza vuelven, como en Anticristo, a sostener una relación simbiótica. Dunst, además de tenderse desnuda a mitad de la noche bajo la luz azul que el sol refleja sobre Melancolía, prevé los acontecimientos antes de que ocurran. “La vida en la Tierra es única y no por mucho tiempo”, le anuncia a Claire. En cualquier otro contexto es solamente una joven ojerosa y débil constatando una verdad común para el ser humano: la de la inevitabilidad de la muerte. Sin embargo, el “no por mucho tiempo” podría describir también sólo días. U horas. Nadie sabe a ciencia cierta si Melancolía se estrellará contra la Tierra. Justine, antes en tenso combate para sonreír y mostrarse dichosa ante los rituales insulsos de quienes la rodean, se siente al fin tranquila. Los melancólicos, dice el propio Von Trier, no tienen nada que perder y se muestran estoicos ante el desastre. La otrora sensata Claire, teniendo un hijo pequeño (Cameron Spurr) y encajando a la perfección con las convenciones del mundo, se sume sin remedio en la desesperación. Todavía más cuando su esposo la deje para escapar al más allá. El peligro de que la humanidad sea aniquilada desquicia a Claire.
Melancolía llegó a mí en el mismo fin de semana en que vi La piel que habito. A diferencia de la cinta de Pedro Almodóvar, como espectador, pasé suficiente tiempo con los personajes —en especial con Justine, Claire y su hijo Leo— como para que me importe el destino de los tres al final del largometraje. Es decir, Melancolía —a pesar de preciosismos, detalles algo inverosímiles y estilo artificial— logró conmoverme pues implícitos en las imágenes se hallan asuntos muy humanos: la muerte, la decadencia y el mismísimo fin del homo sapiens. La última media hora me resultó imposible respirar. Sentí una opresión similar a la de Anticristo aunque mucho menos agresiva y violenta. Aquí no hay mutilaciones genitales. Acabó siendo una opresión más bien subyacente y espectacular que encuentra su clímax con la última escena: Melancolía comiéndose a la Tierra. Esta vez, sin embargo, desde la perspectiva de estas dos disímiles hermanas. La más reciente cinta de Von Trier podrá cosechar reconocimientos en Europa. No lo hará en los Estados Unidos. Y no sólo porque el estilo simbólico y la temática desesperanzadora del danés no sean del agrado de Hollywood. Esta vez los otorgadores de premios se escudarán con las bobaliconas declaraciones del director en mayo pasado, declaraciones que a muchos de ellos afectan directamente. A pesar de la estupidez y la intolerancia tanto de unos como de otros, Melancholia es un periplo estrujante a los límites de la humanidad que, por su hermosura, nadie debería perderse. Claro, con fecha de estreno desconocida en nuestro país.

Melancholia (2011). Dirigida por Lars von Trier. Producida por Meta Louis Foldager y Louise Vesth. Protagonizada por Kirsten Dunst, Charlotte Gainsbourg, Kiefer Sutherland, Alexander Skarsgård y Cameron Spurr.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=wzD0U841LRM

viernes, 23 de diciembre de 2011

Increíble recomendación: Senna


Recomendar un largometraje entre cuyos productores está la cadena de deportes ESPN jamás me había ocurrido desde que comencé a escribir sobre cine hace más de quince años. Pero lo increíble ocurrirá antes de que termine este 2011. Escribo entonces un comentario muy rápido sobre Senna (2010) sólo porque sin duda fue una de las películas más destacadas de las que vi durante el año que termina. Ya el crítico inglés Mark Kermode salió a defenderla en su blog luego de enterarse de que no está entre las finalistas en la categoría de mejor documental de los premios Óscar. Lo más seguro es que este crítico aproveche la omisión para premiarla en sus Kermode Awards que él mismo inventó y que concede cada año a actores y películas para contrarrestar los que él considera olvidos del Óscar. Aquí tiene razón. Senna es un excelente documental porque logra contar bien una historia e involucrar incluso al espectador que jamás ha escuchado hablar de su protagonista, Ayrton Senna. El documental tiene todos los ingredientes de una buena historia: un héroe, un villano (o más de uno) y, por supuesto, un final trágico (por todos conocido). Si a mí —que en general desdeño el deporte y todo aquél que lo practique más de media hora al día— logró conmoverme es porque el documental me condujo a un espacio por debajo de lo epidérmico y lo hizo utilizando todas las herramientas narratológicas necesarias. Además sí pasó por las salas cinematográficas de Torreón en una estancia fugaz. Pero pasó. De seguro pronto llegará al DVD. Fue dirigido por Asif Kapadia.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=rYINTosWmy8

martes, 20 de diciembre de 2011

Legitimar la serie B: Drive


Con más tiempo libre, empiezan a salir las reseñas cinematográficas que tenía pendientes. Con ésta me vi obligado a hacer un esfuerzo de memoria porque vi la película en septiembre. Aquí va, por fin, un texto nuevo:

Echándoles una ojeada tan rápida como desdeñosa a las nominaciones de los Globos de Oro resalta como cada año el enigma de las nominaciones dobles para una sola persona. En este 2011 a punto de terminar, destacaría la doble nominación del actor oriundo de la provincia canadiense de Ontario Ryan Gosling. Tiene una mención como mejor actor en un drama por The Ides of March o en mexicano Poder y traición (por eso de que ¿quién sabe qué chingados sean Los idus de marzo?, ¿verdad?) y otra al mejor actor en una comedia por Loco y estúpido amor o en su idioma original Crazy, Stupid, Love. Lo más irónico es que quizás la actuación más encomiable de este joven histrión no haya sido ninguna de las anteriores —ambas con el auspicio de las grandes campañas de márketing de los estudios hollywoodenses— sino más bien la que desarrolló bajo el mando de un director de origen danés en el largometraje de subgénero Drive (2011).
Con sus constantes apariciones en revistas (tanto impresas como televisivas) del corazón se podría pensar que Ryan Gosling está al nivel de sus antiguos compañeros del Club de Mickey Mouse (entre los más conspicuos están las cantantes de pop Britney Spears y Christina Aguilera así como el también cantante y mediocre aspirante a actor Justin Timberlake) o incluso al nivel de su tocayo y compatriota de apellido Reynolds con quien más de un despistado lo confunde. Sin embargo, a diferencia de sus ex compañeros del Club de Mickey Mouse o de su compatriota, Gosling ha demostrado cierta habilidad histriónica. Eso, claro, sin descuidar la imagen pública apareciendo con toda la intención en cintas mucho más comerciales. Al fin y al cabo si se le conoció fuera del circuito de las adolescentes gringas fue gracias a aquella olvidable cursilería llamada Diario de una pasión. Pero Gosling también se ha atrevido a realizar papeles en cintas de corte independiente (Half Nelson, Lars and the Real Girl). En el caso de Drive, una B movie de alto presupuesto. Aunque lo anterior suene contradictorio. Claro, era predecible que a Gosling lo nominarían por productos del mainstream como la cinta dirigida por George Clooney o por una comedia romántica donde le hacía réplica al comediante Steve Carell. Eso no quita que su desempeño del año pasado en créditos como Triste San Valentín o incluso Crimen en familia hayan sido los que le valieran elogios por parte de la crítica cinematográfica más especializada e incluso la más incisiva.
Al igual que en cualquier cinta del subgénero clase B (o B movie) por Drive desfila una serie de personajes de dudosa ética. Eso incluye también al protagonista. No falta el mecánico soñador (Bryan Cranston, el papá del sitcom Malcolm, el de en medio) quien además de figura paterna para el protagonista lo meterá en graves problemas a lo largo de la trama. Ni el mafioso de estilo refinado (Albert Brooks). Mucho menos el simio matón malencarado (¿quién mejor que Ron Perlman para este papel?), ese gánster judío que aspirará a ser el mafioso refinado. Ni el chicano (Oscar Isaac) acabado de salir de prisión y además buscado por otro grupo de mafiosos. Ni la muchacha pechugona (Christina Hendricks de la serie Mad Men) que por su venusino atractivo se hallará en medio de los balazos. No es posible ignorar a la chica inocente, la redentora del protagonista, su interés amoroso: Carey Mulligan, joven actriz inglesa de Enseñanza de vida (2009). Además está la violencia: extrema, descarnada, nada complaciente. Drive, sin embargo, refleja un presupuesto sino multimillonario al estilo Michael Bay sí con bastante apoyo financiero. Así se demuestra que, desde hace décadas, algunas B movies han saltado sin dificultad al circuito del cine de arte o incluso al del cine hollywoodense.
Si me dejo engañar por la primera impresión de Drive (la música y los créditos en letras rosa fosforescente de la entrada) caería en el error de que me encuentro ante una boba película ochentera con Molly Ringwald como heroína. Nada más disímil. Como en los western, como en otras cintas de este talante, nuestro protagonista no tiene nombre. Simplemente es el conductor (Gosling). Y él sólo maneja. Y lo hace muy bien. Durante el día además de mecánico en el taller de Shannon (Cranston) es un doble, un stuntman. Al igual que Kurt Russell en A prueba de muerte de Quentin Tarantino, otro cineasta reivindicador de la serie B. En el plató se dedica a ponerse una máscara de látex y a chocar autos para las filmaciones hollywoodenses. Por la noche, con su rostro alargado y descubierto, palillo de dientes metido en la boca y guantes de cuero calzando las manos, recibe parte del botín cuando los ladrones lo contraten para conducir el auto durante la estresante huída. Y en esto y en nada más es muy bueno. El conductor, a pesar de prestar su habilidad para trabajos sucios, es también un hombre generoso. Al notar la soledad de su vecina Irene (Mulligan) —madre soltera con un marido hispano en la cárcel— se le acerca para tenderle la mano. Tampoco habría que subestimarlo. Parece gratuito, falsamente bravucón y hasta risible el alacrán amarillo que se halla desplegado sobre su chamarra color gris brilloso. Aunque ángel protector con Irene y su pequeño hijo, cuando se requiera se tornará en una bestia asesina. Los dos extremos se tocan en la loable escena del elevador. Visto desde esta perspectiva, el chofer de Drive podría ser el hijo adoptivo del Travis Bickle de Taxi Driver (1976). La deuda con Scorsese no se niega.
Gosling aprovecha entonces su notoriedad para hacer mancuerna con un director europeo que realiza Drive en Hollywood no sin sortear bastantes obstáculos (uno grande fue la “franquicia” Rápido y furioso). Aunque el director Nicolas Winding Refn sea de origen danés, no hay nada en Drive de la tradición Dogma ni mucho menos de la filmografía más reciente de, por ejemplo, Lars von Trier. Una estupidez —muy común entre la crítica estadounidense— resulta meter a todos los cineastas de un mismo país en un cajón común. Al ver Drive llego a concluir que su tradición obedece al cine estadounidense de bajo presupuesto. Sin embargo, en su narración resulta mucho más europea. Hay largos silencios introspectivos. El realizador nos escatima los momentos de acción desbordada y siempre mantiene su sutilidad con respecto a los personajes principales. Tal vez por eso —por combinar adecuadamente dos tradiciones— haya ganado Nicolas Winding Refn el premio al mejor director en Cannes este año. Como suele suceder en todas las premiaciones fílmicas, ahí se repartió el pastel con presunta ecuanimidad —esta costumbre se lleva a cabo desde en los lugares donde se presentan películas de cierta trascendencia (como Cannes) hasta en Hollywood (Globos, Óscar). En estos últimos ejemplos, dicho sea de paso, casi siempre son galardonadas cintas de lo más convencional. Drive encierra un interés nada despreciable para el cinéfilo aunque, sospecho, no es de lo más destacado del año 2011. Desde mi punto de vista, podría colocarla al nivel de otra ganadora a mejor dirección en Cannes: Tournée (2010), la del actor francés Mathieu Amalric. Ya el idilio entre Cannes y la serie B gringa lleva años en su punto álgido. Quizás para el festival europeo se constituya en la forma de legitimar un género que poco a poco se ha ido colando tanto en el mainstream como en el llamado cine de repertorio, una forma más de afirmar que, por encima de lo hecho en Hollywood con una fórmula preestablecida, siempre estarán dentro de su gusto estos subgéneros para proponer un giro nuevo. Por algo le habrá dedicado Nicolas Winding Refn su primera película hollywoodense a Jodorowsky.

Drive (2011). Dirigida por Nicolas Winding Refn. Producida por Michel Litvak et al. Protagonizada por Ryan Gosling, Carey Mulligan, Bryan Cranston y Albert Brooks.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=KBiOF3y1W0Y

PD: Según el sitio de Cinépolis Drive se va a llamar en México El conductor y se estrena el 27 de enero.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Macabra cirugía de un Pigmalión


Estoy muy oxidado en lo referente a la escritura. Eso incluye el lado más doloroso para mí de dicha falta de productividad: no poder escribir ficción, admitir que no podré terminar mi novela este año. Y también abarca el lado no tan angustiante: el de la reseña de cine. Cada vez que retomo mi verdadera vocación, tras meses de gris ausencia, me siento tan culpable como inseguro. Así que a ver cómo sale este texto:

La semana pasada fui a ver la más reciente película de Pedro Almodóvar luego de algunas semanas de ayuno fílmico, semanas de incesante trabajo de preparación de clases y no menos de exámenes por revisar. Esto último no es relevante para lo que escribo. No seré yo de los que pierden la dignidad quejándose amargamente de cualquier capricho de la fortuna. Retomo el hilo. Desde hace ya varios años el clamor —éste sí queja a veces— de más de un cinéfilo es que Pedro Almodóvar se repite. Lo anterior, debo confesarlo, no me había incomodado. Después de todo, ver una película de Almodóvar había sido como retornar a un universo al cual a base de constantes visitas ya me resulta familiar e incluso confortable (créanlo o no todos aquéllos a quienes el mundo almodovariano les sigue poniendo los pelos de punta por su despliegue de colores, drogas, transexualismo, pasión y melodrama). Los quejumbrosos, me decía, argumentan nula originalidad. Yo me convencía llamándolo estilo. Y seguía regresando a aquel mundo multicolor sin inconformidades. Sin embargo, no sentí lo mismo con su más reciente crédito: La piel que habito (2011).
En primera instancia no me lo logro explicar. ¿No está acaso ahí, sobre la pantalla, una escena que replica la violación entre aberrante y graciosa de Kika (1993), aquella cinta que tanto hiciera revolotear las buenas conciencias gringas a causa de la citada secuencia? Y si de maternidades paralelas se trata ¿no hay por ahí una mujer de cierta edad que confiesa ser la verdadera madre de no sé qué personaje protagonista? ¿O la otra madre que se niega a admitir que su hijo ha muerto y lo continúa buscando pues siente que sigue vivo? Ni qué decir de aquel plano afuera de una clínica con el letrero gigante anunciando: “Maternidad”. Y en cuanto a la representación de la masculinidad extrema, ¿no se pasea por ahí un hombre disfrazado de tigre —el bruto macho cabrío— que ya de antemano sabemos que terminará en la tumba, al igual que el Paco de Volver (2006) o incluso su gemelo muy anterior el Antonio de Qué hecho yo para merecer esto (1984)? Claro, tampoco pueden faltar los jóvenes que se meten drogas para ponerse a tono (otro lugar común almodovariano). Eso sin contar lo que para algunos será el giro de tuerca de la trama. Digo para algunos porque para muchos otros, más enterados por notas del periódico o de revistas especializadas en cine, será solamente un elemento más ya visto en otros filmes del director manchego. Ese elemento que, para no delatar por completo la sorpresa, podríamos llamar “metamorfosis”.
La cinta da inicio mostrándonos a Vera Cruz (Elena Anaya) en una habitación, aislada del mundo; pero en el proceso de estirar su compacto cuerpo como si se preparara para la guerra. Sus custodios son la sirvienta Marilia (Marisa Paredes en rubia platinada) y el doctor Robert Ledgard (Antonio Banderas con pelo relamido), cirujano plástico de altos vuelos, propietario de esta lujosa finca a las afueras de Toledo. Ledgard experimenta la creación de una nueva piel resistente a quemaduras en el cuerpo de Vera. Cuando el hijo criminal de Marilia, Zeca (Roberto Álamo), irrumpa en la propiedad en ridículo disfraz de tigre y con ganas de hacer destrozos, el equilibrio entre los habitantes del lugar se quebrará para dar paso a sus deseos reprimidos. También será la excusa perfecta para el flashback. En tales secuencias nos enteraremos de la doble tragedia de Robert Ledgard: por un lado, la muerte de su esposa luego de un accidente automovilístico que la dejara deforme a causa de las quemaduras. Por el otro, la locura y el subsecuente deceso de su hija Norma (Blanca Suárez) luego de una violación interrumpida —espejo de aquélla entre el mismo Antonio Banderas y Eva Cobo en Matador (1986). Y, claro, se le muestra al espectador el meollo de la trama: la venganza de Ledgard contra Vicente (Jan Cornet), el joven modisto que supuestamente violó a Norma.
A más de uno —como ocurrió con Carmen Maura hace cinco años— le parecerá atractivo el gancho de la reunión de Almodóvar con quien fuera su actor fetiche en los años ochenta y principios de los noventa. Banderas se desempeña bien en su rol del doctor Ledgard. Sin embargo, también demuestra que, como histrión, no ha avanzado casi nada desde aquella última participación en una cinta del manchego —Átame (1990)— para luego probar suerte en Hollywood. En ese sentido, la reunión no tuvo resultados que puedan calificarse como extraordinarios.
Sin duda, la idea del cambio de piel, de la transformación hecha a un ser humano —cuya epidermis es resistente a las quemaduras tras un proceso cruel— resulta interesante. Más ejemplificado con las figurillas vendadas que Vera esculpe en su habitación. Ni se diga el complejo de Pigmalión que Ledgard se resiste en un principio a admitir, ése donde el creador se obsesiona con su creación. Sin embargo, se requiere quizás una conexión más profunda con los personajes (además de un excelente trabajo actoral) para dirigir lo descabellado hacia el camino de la verosimilitud. Aquí hay una distancia, una frialdad que, claro, es de esperarse en un thriller; pero que no permite la empatía también necesaria en un filme de venganza como éste. Al fin y al cabo, en su tono La piel que habito se parece más a La mala educación (2004).
Aunque ya sea bien conocido, no revelaré aquí el giro de tuerca que ocurre hacia la mitad de la cinta con la esperanza de que sí sorprenda a otros espectadores. Soy de la opinión que esta “metamorfosis” habría sido mucho más convincente con dos histriones cuyo parecido hiciera más verosímil que en realidad se trata de la misma persona. Quién sabe. Y, siguiendo con el asunto de la verosimilitud, sólo en una película de Quentin Tarantino (más en específico en el anime de Kill Bill) había visto que alguien fuera capaz de dispararle por debajo de una cama y sin mirar a otra persona (y además acertar en el corazón) . Empero, éste es el final lógico donde la venganza se consume y que conducirá a una lacrimógena e inconclusa reunión con la madre (ecos de Penélope Cruz y Carmen Maura en Volver, por cierto). A final de cuentas, esta tenebrosa lectura de Pigmalión no iba a tener un final tan feliz para el doctor Ledgard. Ya se sabía.
Al salir de la sala de cine quise analizar por qué el largometraje no había dejado mayor huella en mí. Es cierto que es imposible para cualquier cineasta complacer incluso a quienes lo seguimos desde hace décadas. En mi opinión Almodóvar llevaba ya varios excelentes créditos al hilo: desde Todo sobre mi madre (1999) hasta Volver. Incluso Los abrazos rotos (2009) —crédito menospreciado por algunos críticos— me agradó. No así La piel que habito. A pesar de todo, el largometraje presenta unos estándares de calidad impecables. Obvio, se trata de Pedro Almodóvar. Un trabajo así en un novato sorprendería y cosecharía elogios al por mayor. Pero, por desgracia, ya la leyenda “un film de Almodóvar” contiene una carga de expectativas bastante grande. En esta ocasión, sin embargo, creo que no las colmó.

La piel que habito (2011). Dirigida por Pedro Almodóvar. Producida por Agustín Almodóvar y Esther García. Protagonizada por Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes y Jan Cornet.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=zlZgGlwBgro