domingo, 26 de septiembre de 2010

Kill Bill: vuelve la tarantinomanía (Volumen 1)


Pues este fin de semana, luego de recuperarme del clásico primer embate del otoño (un catarro ligero pero persistente) y además de la acostumbrada visita al videoclub y a una sala de cine, tuve suficiente tiempo libre para revivir una muy querida y con cada año más lejana afición. Entre mis películas-tótem de la primera década del siglo XXI -además de El laberinto del fauno que fui a ver a diferentes salas de cine de Montreal la obscena cantidad de cinco veces- se halla Kill Bill de Quentin Tarantino la cual considero una película de cuatro horas pues así fue concebida por su autor desde el principio. Por supuesto, tan pronto la vi (cuatro veces en distintas salas de cine de Torreón) me temblaba la mano de las ansias por escribir algo al respecto. Esto fue en enero de 2004 y el texto se publicó en su momento en la revista Acequias:

Hasta no hace mucho tiempo, solía burlarme de todos esos fanáticos —muchos de ellos de los países más desarrollados y otros tantos de nuestros propios países— que atestan las salas de cine los días de estreno de seriales fílmicos como los de La guerra de las galaxias, The Matrix, Harry Potter o El señor de los anillos. Me parecía inconcebible que un grupo de personas se prestara a la humillación de esperar afuera de la taquilla durante horas para adquirir los boletos de la primera función de estos seriales —casi siempre, función de medianoche— y que, para colmo, se prepararan para la exhibición de dichas cintas confeccionando disfraces de Yoda o de alguno de los cuatro hobbits para presentarse el día del estreno con tan lucidoras pintas. También debo confesar que durante todo el 2003 nunca sentí gran entusiasmo por ir al cine. ¿Para qué aguantar de nuevo la fórmula tantas veces vendida en todo tipo de géneros y subgéneros (drama, comedia romántica, terror, ciencia ficción, musical, thriller, comedia de pastelazo, etcétera)? Tampoco, durante gran parte del año pasado, entendía esa rara actitud de salir corriendo a uno de los múltiples complejos cinematográficos que ya tienen el privilegio de haberse asentado en La Laguna para analizar el más reciente estreno de la semana. ¿Es posible estar al día ante la avalancha de porquerías que, sobre todo en ciudades como la nuestra, se empeñan en distribuir los mercachifles? Además, dentro de una sala llena de seres humanos que se obstinan en sacarme de la evasión que representa para mí la experiencia cinematográfica (una risa por aquí, un celular más adelante, alguien que se levanta de la fila y pasa enfrente de mi asiento para comprar palomitas o ir a orinar) no disfruto del todo la experiencia y por eso he preferido durante los últimos años el cine en casa y en completo silencio. Sólo me basta recordar el día que fui a ver El señor de los anillos: El retorno del rey para volver a mi regla de no unirme a las hordas y esperar un año a rentar la película para así sopesarla sin la parcialidad del fenómeno colectivo encima. Eso no quiere decir que el tan mentado por estos días larguísimometraje no me haya gustado. Y no es que estas burlas, esta apatía a medias, este afán de disfrutar mis películas en soledad hayan terminado por completo. Sin embargo, la perspectiva sobre las multitudes embobadas cambia cuando uno forma entusiasta parte de ellas. A veces sin quererlo. Y es que en diciembre de 2003 hubo una experiencia cinematográfica que resultó para mí tan inesperada como chocante y se llamó Kill Bill: La venganza. Volumen 1 (2003). Sería redundante decir que, para mí, simple aficionado al cine, ésta es la película del 2003, sin importar Óscares, Globos, Leones, Osos, Conchas o Palmas de Oro (de hecho, no creo que vaya a ganar ninguno de estos galardones). Tampoco me interesan los alegatos que esgrimen la violencia, la exageración o la falta de diálogos “tarantinescos” estilo Perros de reserva para destronar esta cinta del lugar que merece. Me afectó a mí y, aunque suene egoísta, si afectó o no a los demás, me importa muy poco.
Hasta hace unos meses, si me hubieran preguntado por el director Quentin Tarantino habría pensado de inmediato en la expresión aquella de “llamarada de petate”. Al menos, eso parecía después de Jackie Brown, la cinta que siguió a su entrada triunfal al panteón de los autores cinematográficos con Pulp Fiction. Sí, habría dicho, Pulp Fiction es una gran obra, uno de esos clásicos instantáneos, indudable ganadora en Cannes, como la llamarían muchos otros escupidores de datos fílmicos; pero, ¿qué pasó después con Tarantino? Jackie Brown decepcionó a muchos de sus seguidores. Seguramente porque esperábamos otro Pulp Fiction (aunque ya en una segunda o tercera vuelta, aislada del mitote que rodeó la segunda película de Tarantino, la tercera se sostiene bastante bien). Y, durante varios años, el nuevo héroe de todos los empleados-de-tiendas-de-video-que-sueñan-con-ser-directores guardó silencio. No, ninguna carrera cinematográfica se sostiene con destellos aislados. Eso, hasta el 2003. Eso, hasta Kill Bill.
Se ha dicho que la idea original surgió durante el rodaje de Pulp Fiction, que fue ahí donde la actriz Uma Thurman —la piel del personaje de Mia Wallace— se convirtió en la musa de Tarantino. Algunos fanáticos (tan apasionados como los que mencionaba al comienzo) especulan que las DiVAS de Kill Bill (DiVAS, siglas para lo que en español significaría Escuadrón Asesino de Víboras Mortales) no son más que un clon maligno de Fox Force Five, el programa piloto (muy similar a la serie Los ángeles de Charlie) en el que participó Mia sin tener éxito. Sea verdad o mentira, Kill Bill resulta ser una licuadora de géneros con los que Quentin Tarantino se identifica. No pocas veces en su carrera ha sido tildado de fusil. Las cintas de kung-fu, el spaghetti western de Sergio Leone y hasta el anime han sido algunas de las fuentes más citadas para referirse al “cuarto filme de Quentin Tarantino” (como la misma publicidad lo ha manejado en, tengo entendido, una referencia fílmica más que a muchos espectadores se nos escapa pues ¿quién más ha coleccionado en su mente la cantidad de joyas y de basuras vistas por Tarantino?). Cuando comenzó mi afición al cine, a eso de los seis o siete años, los gustos correspondían a la edad: Disney, George Lucas, Spielberg, Hollywood, etcétera. Sin embargo, entre los héroes emblemáticos del celuloide tenía a Bruce Lee y a Clint Eastwood, entre los pilares cinematográficos a Operación Dragón (1973) y a El bueno, el malo y el feo (1966). Más tarde, cuando a los veinte años me tragué la idea de ser crítico de cine, me olvidé por completo del kung-fu y del western, los desterré de mis gustos por su maniqueísmo, por su simplicidad. Eran aficiones de niño y con los niños se quedaban. Tarantino y Kill Bill hicieron algo que parecía imposible: revivir en mí algo del gusto por ese tipo de cintas.
En cualquier otra reseña hablaría con un tono más impersonal de la cinta y a estas alturas ya habría escrito algo sobre el argumento para todos los lectores que no hubieran tenido oportunidad de acercarse al largometraje en cuestión. Así de ominosa fue esta experiencia cinematográfica. Me obligó a escribirle una reseña algo heterodoxa. Kill Bill, como su innecesario subtítulo en español se obstina en recordarnos, es la historia de una venganza. Una mujer sólo conocida durante este primer volumen —en el segundo sabremos su verdadero nombre— como La Novia (Uma Thurman) es golpeada salvajemente —el día de su boda con todo y embarazo avanzado— por cuatro de sus ex colegas de DiVAS, el famoso Escuadrón Asesino de Víboras Mortales. Tales ex colegas son Oren-Ishii (Lucy Liu), Vernita Green (Vivica A. Fox), Budd (Michael Madsen) y Elle Driver (Daryl Hannah). El creador de este grupo tan selecto de homicidas profesionales es Bill (la voz de David Carradine) quien cariñosamente remata a la joven con un balazo en la cabeza. Éste es el inicio de la cinta. Y no sé si llamarla cinta o cintas. He aquí otro asunto espinoso para los fanáticos de Tarantino: el guión original tenía alrededor de doscientas cuartillas y al terminar de rodarse la película excedía en mucho el tiempo de duración estándar por todos conocido: de una hora y media a dos horas. La casa distribuidora de los trabajos de Tarantino, Miramax, le propuso dividirla en dos volúmenes. Los adictos se preguntaron si esto no era más que un truco publicitario para sacarles dinero (el doble) y, como muchos de ellos también fueron a ver en diciembre pasado El retorno del rey (con una duración de alrededor de tres horas y media que pareció no afectarle demasiado en taquilla), terminaron convencidos de que o Miramax les había mentido o, aún peor, Tarantino los había traicionado. Volviendo al argumento, La Novia no muere. De eso se entera el público en el segundo capítulo, titulado “La novia cubierta de sangre”. Aunque desde antes podría presumirse el dato. ¿Cómo va a morir la protagonista? Esto no es Psicosis. Uma Thurman no muere, no. Pero sí pasa cuatro años de su vida en coma mientras es violada por un enfermero y todos aquellos que le paguen la cantidad de setenta y cinco dólares por necrofílico acostón. Un día despierta y decide asesinar a los que le hicieron daño. Hace una lista de cinco nombres y el último en morir será, por supuesto, Bill, el padre del bebé que esperaba. El guión original está dividido en diez capítulos (sí, como muchos fanáticos y después de ver el volumen uno cuatro veces en celuloide y otras tantas en VCD pirata, me conecté a Internet, encontré el guión, lo bajé y no resistí la tentación de leerlo completo). El primer capítulo, una vez terminado el preludio de la bala en la cabeza de La Novia, se titula simplemente “2”. De nuevo, Tarantino juega con la cronología y en lugar de mostrarnos el duelo entre La Novia y la primera mujer en su lista, nos lleva al segundo encuentro, el que sostiene con Vernita Green. Quizás lo hace porque la pelea con Vernita no es tan espectacular, larga y sangrienta como el espectáculo reservado en la Casa de las Hojas Azules. Lo mejor se lo reserva para el final. Lo cierto es que, después del primer capítulo, son pocos o casi nulos los saltos en la cronología. De esta forma, a lo largo del primer volumen, La Novia logra vengarse de dos de sus enemigas: Vernita y Oren-Ishii. Ésta en primer puesto por ser la más fácil de encontrar tratándose de la líder única en el mundo criminal de Japón.
Debo decir que todos los capítulos de los cinco presentados en este primer volumen me emocionaron y me arrancaron risas. Sin embargo, encontré especialmente atractivo el capítulo tres: “El origen de Oren”. Esta sección del filme fue elaborada en anime, colaboración de Tarantino con un estudio japonés (también aprovecho para confesar una corta afición al anime en mi adolescencia que fue reactivada con este corto animado dentro del largometraje). Y como todo buen anime, además de la sangre y la violencia, además de la crueldad y los asesinatos, además de una historia de venganza dentro de otra, la música resulta de suma importancia para agudizar los sentimientos del espectador. Tarantino escoge un fondo musical de western para decirnos cómo Oren se convirtió en asesina. Y sí. La historia la hemos visto hasta el hartazgo en westerns y en series japonesas de animación: los padres de Oren son asesinados por un mafioso y ella sobrevive porque estaba oculta debajo de la cama. Quién sabe por qué Tarantino lo logra. Y en gran medida son la estilización, el montaje y muchas veces la música los que le ayudan. La banda sonora de su cinta también está llena de referencias. Basta con fijarse en la melodía que aparece durante el capítulo cinco “Duelo en la Casa de las Hojas Azules”, el más extenso, cuando La Novia aterriza en Tokio (cita a la serie El avispón verde donde aparecía Bruce Lee) o cuando la protagonista vence a Oren en un duelo de espadas (ahí se escucha una baladita melosa en japonés que me recuerda mucho a los cierres típicos del anime). [Ya ahora en 2010 manejo el dato de que la balada sale directamente de otra cinta de venganza, la japonesa Lady Snowblood, otro ancestro directo de Kill Bill.]
Al reparto tampoco le reprocho nada. Podríamos detenernos en la idea de que Tarantino quiere revivir la carrera de Daryl Hannah como lo hizo con la de John Travolta en Pulp Fiction. A pesar de que el director ya ha confirmado en muchas entrevistas que ésa no era su intención al asignarle el papel de Vincent Vega a Travolta, el dato persiste. De cualquier manera, si revive o no la carrera de Hannah, eso no se sabrá hasta el estreno del segundo volumen en donde su papel resulta mucho más predominante. Lo que sí es que tiene un gran deseo por rendirle homenaje a las estrellas del cine de acción oriental al incluirlas en papeles pequeños pero claves: Sonny Chiba como Hatori Hanzo, Gordon Liu como Johnny Mo y Chiaki Kuriyama como Gogo Yubari. En una ocasión lo dijo el realizador. Kill Bill transcurre en un universo paralelo que poco tiene que ver con la realidad. Es un universo fílmico donde de un cuerpo decapitado manan chorros de sangre y donde una mujer tiene la capacidad de dejar fuera de combate a una veintena de asesinos (no, aunque se llamen “Los 88 locos”, no son ochenta y ocho, sólo les gusta hacerse llamar así. Por lo menos, eso dice el guión original). Es dentro de tal ambigüedad entre la parodia y el homenaje a todas sus fuentes en donde radica la fuerza de Kill Bill.
En un largometraje donde las peleas tienen un peso mayor frente a las actuaciones, no fueron las más importantes las que me dejaron entusiasmado (la de Vernita o la de Oren), sino una pelea que podríamos considerar menor para la trama: la de Gogo Yubari. No es por menospreciar las otras. También me dejaron bastante complacido. Sin embargo, Gogo es la encarnación de una diosa iracunda con piel de oveja. Gogo es la guardaespaldas personal de Oren por tratarse ésta de la cabeza de todos los clanes criminales de Tokio. Basta eso para imaginarse su peligrosidad. Lo gracioso es que ella se presenta como una jovencita malencarada de diecisiete años con todo y uniforme colegial. Debajo de tan incitador fetiche hay una psicópata capaz de destripar a cualquier empresario que quiera ligársela. Su arma preferida: una cadena con bola de acero. Mi única queja se resume en que este encuentro debió haber durado un poco más. En alguna revista leí que Kill Bill era como un juego de video. Así, en cada nivel, La Novia debe derrotar al “jefe” que se interponga a su paso para continuar con la siguiente etapa del juego. Como alguien familiarizado durante parte de la infancia y de la adolescencia con nombres como Atari, Nintendo y Sega, debo estar de acuerdo con la comparación. Para mí, Gogo Yubari sería el “jefe” más divertido de vencer.
Kill Bill ha dividido a los admiradores de Tarantino. ¿Quién puede tomarse en serio el zoom a los ojos de La Novia cada vez que se enfrenta con un enemigo del pasado, la música infantil cuando se acerca a la casa de los Bell, aquella frase de “tal vez no dures ni cinco minutos” vista hasta la saciedad en westerns, películas de kung-fu y series de animación antes de un duelo? ¿Se pueden pedir más de esos diálogos estilo Perros de reserva que aunque divertidos y audaces no tienen nada de profundos en una cinta donde lo importante es cortar cabezas, brazos y piernas? Vayamos aún más atrás: la entrada de los hermanos Shaw seguida de otra (una setentera) anunciando la película y, por último, la pantalla en negro mientras se escucha la respiración agitada de La Novia y la aparición del siguiente enunciado: “La venganza es un manjar que se sirve mejor frío”. ¿La cita? “Viejo proverbio klingonés”, dice Tarantino. Una referencia más, esta vez al ámbito de Star Trek. Con tal comienzo, ¿se puede tomar en serio Kill Bill? Como apunté anteriormente, esta cinta me hizo reír muchos más que cualquier comedia de pastelazo o cualquier programita alburero del Canal de las Estrellas. Quizás ésa sea su intención. Le recomendaría a todos aquellos que esperaban más de la cuarta película de Tarantino que sean pacientes y, cuando se estrene, vayan a ver su quinta, la de guerra, Inglorious Basterds. ¿Por qué el humor y la parodia no pueden ser una forma artística tan loable como las solemnes? ¿Por qué la irrealidad, la caricatura, la exageración, el juego intertextual no reciben tantos reconocimientos? Por otro lado, hay quienes se quejan de la falsedad del ingrediente oriental en Kill Bill. De seguro el japonés de Uma Thurman o de Lucy Liu es pésimo. Tal vez las cintas de acción hechas en China o en Japón son mucho más auténticas y sus actores mucho más atléticos. El problema de nueva cuenta es de percepción. Sí, quizás este sabor oriental de la película está tan digerido y masticado como el mexicano en la Frida de Salma (perdón, la Frida de Julie Taymor). Pero los que no hemos nacido en el oriente o los que no hemos visto grandes dosis de acción en el cine no lo sabremos hasta reencarnar y tener la suerte de alimentarnos con dicha cultura. Éste es, en fin, un argumento que no se puede rebatir. Otra vez, si Kill Bill emociona a los demás o no, me importa poco.
Una mala noticia acaba de surgir para todos nosotros, los tarantinómanos, los que nos quedamos con la boca abierta al final del volumen uno con tamaña revelación melodramática en voz de David Carradine. En principio se anunció el estreno del volumen dos de Kill Bill para febrero de 2004 en Norteamérica (eso significaría un estreno en marzo para México). Ya sea por estrategia publicitaria o porque de veras le ganó el tiempo a Tarantino en el cuarto de montaje con su editora Sally Menke, lo cierto es que, después de varios días de rumores durante las vacaciones de Navidad, Miramax ha aplazado la fecha de estreno hasta el 16 de abril (hasta mayo en México). Las reacciones en Internet no se han hecho esperar. Hay quienes les aconsejan a los más ofendidos por este retraso que no se alteren tanto y que tomen el siguiente premio de consolación: por lo menos, los tarantinómanos no tenemos que esperar un año o hasta tres como los fanáticos de El señor de los anillos, Harry Potter y La guerra de las galaxias.

Kill Bill: La venganza. Volumen 1 (2003). Dirigida por Quentin Tarantino. Producida por Lawrence Bender. Protagonizada por Uma Thurman y David Carradine.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=-czwy-aVbbU