viernes, 24 de septiembre de 2010

El canto de la soledad


El texto que reproduzco a continuación es otro de los que antecedieron a la confección de los contenidos en el volumen Miel de maple. Es (deformadamente) evocador de dos años de vida en residencias universitarias. De ahí la imagen que acompaña esta entrada. Volviéndolo a leer me doy cuenta de que es también un ancestro no muy lejano de dos relatos antitéticos de la camada de Miel de maple, uno titulado "La madrileña" y otro, "Objeto perdido". Créase o no se publicó en el periódico La Opinión Milenio. Va entonces esta cosa:

Es una puta. Así de plano y sencillo. Es esa pirujona y vasta sombra que se menea en las paredes de mi departamento. Su abaratado espectro navega todas las noches por el océano sólido y blanco que se cierra sobre mí y que, a veces, intenta ahogarme. La miro. Ahí anda otra vez la chapucera. Se ríe. Trato de agarrarla. Pero la muy ladina huye. Parece atravesar el muro acuoso. (Aclaro: para ella es acuoso y para mí es sólido). Aunque, creo, no atraviesa uno, sino los cuatro al mismo tiempo. Se va y atormenta a los inquilinos de las otras habitaciones. Yo vivo aquí. En un edificio aséptico de cuatro plantas. Edificio de limpieza primermundista en su relativa totalidad. Impecable por fuera y, todavía en los pasillos, da esa impresión. Falta asomarse a cada buhardilla. La dificultad estriba en que todas están cerradas. Lo más fácil, si no se tiene acceso a alguna de ellas, es asomarse al cuarto de la basura. Las buhardillas, como me gusta llamarlas aunque no lo sean, están bonitas. No me quejo. Algún amigo me dijo hasta parecen de hotel. A pesar de ese enunciado, venido de tiempos remotos (el principio del año escolar), tal vez los otros cuartos no difieran mucho del mío que ahora, al escribir, es una porqueriza. No lo dudo. Será el invierno. A todos nos llega. Y, seguido del invierno, ella. La puta. La soledad.
Estoy seguro de que casi todos los del edificio tratan de vencerla. Los acabo de escuchar. Pasan enfrente de mi número 121 a cada rato con sonrisitas ingenuas. Pero no pueden acabar con ella. Por eso, ya ni trato. Sólo escribo. Desde Aristóteles se nos dijo que éramos seres sociales. A lo mejor desde antes. Pocos se atreven a contradecir el lugar común porque éste es el país de la buena educación. Aunque sospecho que cuando las puertas se cierran y las cortinas de las ventanas se corren esas amantes lesbianas de la educación que se llaman buenas costumbres se quedan allá afuera, en los pasillos, tristes y aburridas. Allá permanecen y esperan caer hacia el fondo del bote de la basura el condón usado. Por eso digo que mejor hay que echarle un vistazo al tal cuarto (el de la basura). Sin embargo, afuera la educación siempre está ahí. Canta “buenos días” y “¿cómo estás?” de una manera tan melosa que hasta a mí, al principio, me sedujo. Ellos y yo vivimos bajo el resguardo de Olympus Hall —construido, según sé, para los juegos invernales del 88—; somos las miserables solitarias de un intestino olímpico, de un chorizo de concreto, y nos desvivimos por ahuyentar a la puta. Siempre termino preguntándome qué armas utilizan las sonrisitas si al contacto con la piel de otro o de otra parecen derretirse. Ya sé. A veces se dan la mano. Nada más. Ella se carcajea de esos intentos tan fútiles, del saludo lejano y de aquel inmóvil preservativo que enmudece en el estómago del bote de basura, que ni siquiera se atreve a platicar con la cáscara de plátano.
A mí me trajo hace dos semanas un pedazo de carne rollizo, blanco y de mejillas sonrosadas. La muy puta me lo trajo para distraerme de su sombra. La carne era dura, jugosa, estupenda. Me la lancé sobre el cuerpo y me la restregué. A la soledad, como hija mayor de la chingada que es, le encantó ver cómo mi pito se erigía para escabullirse entre los múltiples y salados orificios de esa ternera. Las terneras magníficas, olorosas y saboreables se dan en el primer mundo. Pero son tan inmaculadas, tan limpiecitas que me hacen añorar la podredumbre de casa. Los y las demás, mis vecinos, harán lo mismo o se dejarán hacer. Me pregunto si acaso alguien levanta el auricular y marca el número (¿el de First Class Escorts?) por voluntad propia. Tal vez a todos nos aterroriza el semblante amargo de la mancornadora. Quizá no debería asustarnos ya. De repente, se me ocurre que es un invento, que su cara es bella. A veces, es el rostro de la libertad. Después vuelve a sus muecas. Me trae de nuevo otro pedazo de carne y mi bote de basura termina con el látex usado en el fondo, ése mismo látex que dejó en mi buzón un activista durante la semana del sexo seguro. No sé si platique con la cáscara de plátano. A lo mejor no porque ya nunca compro fruta.
Otros días, le temo. Dicen: puede acabar con la vida. Dicen: detrás de su sombra viene la de la muerte. No sé. Pero sí supe de un tipo. También vivía en nuestro santuario incoloro. Era holandés. Se mató. No por amor a una vieja o por fracasar en sus estudios. No. Tenía demasiada ropa interior sucia en el departamento y no se atrevía a salir de él para lavarla. Al final, se le terminó la ropa interior limpia. Tal vez se enamoró de ella (de la soledad, no de la ropa interior) y por eso ya ni quería ver la luz. Quizá le tuvo tanto miedo que se quedó en el útero imaginario de su buhardilla. A lo mejor las miradas de afuera sólo le recordaban la soledad. Quién sabe. Cuando a mí se me termina la ropa interior limpia, abro un cuaderno y escribo. Mancho el papel para que a mi ropa interior sucia se le quiten las manchas. No funciona. Al principio, sí ahuyentó a la soledad. Aunque no por mucho tiempo. No escribo para darme esperanzas, ni para asesinar a la mariposa gigante y oscura que aletea sobre mí. Escribo por inercia. En cuanto a la ropa, ni modo. A lavarla otra vez. Para colmo, este año subieron el precio de la lavadora y la secadora. Cuestan, cada una, un dólar por uso (un dólar canadiense sí, pero dólar al fin y al cabo). Ahora me siento, mancho papeles con palabras inconexas y me vuelve a visitar la puta. Me conviene olvidarla. No puedo. Imagino que me mira (porque no tiene ojos o, por lo menos, yo no alcanzo a verlos). Me pregunto si se burlará de los signos, de mis huellas de voz. El hecho me parece extraordinario. Por fin, ella habla y dice:
—Eres la repetición de lo que otros han dicho. Muerdes. Te revuelcas. Suspiras los hervores nauseabundos. Ellos salen del caldo de la envidia. Esperas con ansias el fracaso de otros y cuando llegue, si es que llega, lo celebrarás con euforia. Las nubes carcomen la poca luz de tu entendimiento y las insultas. Vituperas su lento proceder. Ya no hay nada que sea original. Eres lo que otros fueron. Dejas caer la tinta sobre el papel como si eso pudiera salvarte de la mierda. Te miras absorto en las letras que riegas sobre la blancura, una blancura interrumpida por renglones. Algo se te escapa. Tratas de salvar lo inasible, lo invisible. Eso intentas y atrapas el vacío en inútiles palabras, en vano flujo de tinta. El cuaderno no es más que el testigo mudo de tus desdenes y lágrimas. Lo pueblas de signos. Sólo tú podrás leerlos. Son signos rotos, mutilados. Trocitos de nada. Trocitos de ti. Esperas el día en el que llegue el traductor de signos. Ahora ya no están en los cuadernos, sino en tu piel.
El látigo de su lengua se ensaña. La voz deja de salir de ella y se filtra a través de las cuatro níveas paredes. El humor melancólico empieza a dibujar letras sobre mi cabeza, mi estómago, mi pecho, mi yo. No se detiene:
—Sobre tu epidermis danza la inutilidad desatada. Los signos juegan con tus enclenques músculos, se debaten con el vello que te cubre de arriba a abajo. Mira cómo lo apartan. Sólo con los ojos, las manos y luego la lengua, tu lector interpretará mensajes o, al menos, creerá interpretarlos. Porque los mensajes bailarán como ahora, atosigarán tu cuerpo y torturarán los sentidos. Ni una caricia sobre otra va a ser suficiente. El juego habrá terminado —el látigo de su lengua se hunde en las profundidades de la cama y de ellas empieza a elevar un cuerpo diferente al mío pero idéntico en las letras; ella sigue con su rezo—. Ahora sudas, las caricias se multiplican, los signos se empiezan a borrar de tu piel. Tu sudor los limpia. Descubres que no tienes dos manos sino cuatro. Ni diez dedos, sino veinte. Tú también te has multiplicado en el milagro viviente de la fundición carnal —¿o dijo fundación?—. Encuentras nuevos signos que no son palabras. Te deleitas por fin en tu otro ser que, aunque repetido, fue, es y será.
Calla. Calla y me deja sin ella. La soledad me deja solo. El cuerpo diferente-a-mí-pero-idéntico-en-las-letras se va también. Después de lanzarme a un estado diáfano y de armonía perfecta, retorna a las profundidades de la cama. Las caricias se guardan en el silencio. La fundición (¿o dijo fundación?), extinta. Sé que se ha ido para atosigar a los otros. Ella, sin explicármelo, me concede visiones. Ese tercer ojo es su memoria y mi intromisión. Veo. Veo cómo la chava del 343 acaricia los senos de su compañera. Veo cómo la inválida del 232 le manda un correo electrónico a un supuesto asesino en serie. Veo cómo el hindú del 454 se masturba frente al televisor. Veo cómo el mexicano del 121 los ve a todos. Veo. Visiones me concede ella sin explicármelo. Vuelve a reírse. De mí. De ellos. De nosotros. De ella. Recorre cada buhardilla y hace de sus habitantes marionetas. El canto de la puta vuelve a filtrarse por las paredes y el marco de la puerta. Quiero cantar a su lado. Me dicen en conjunción mi voz y la de ella lejana:
—Rompe la memoria. Rompe los retratos. Tal vez así no te acuerdes de ella / mí ni del inminente regreso ni de las burlas. Rompe la memoria. Rompe los retratos. Rómpete.
Regreso al silencio. Me rompo: escribo.

Cálgary, invierno del 2000