domingo, 22 de noviembre de 2009

Educar en tiempos de globalización


La siguiente reseña se publicó en la revista Espacio 4:

El festival de Cannes se erige cada mayo como referente de la cinematografía mundial a pesar de las políticas, los amarres y las controversias que pueda causar. De las últimas cinco películas premiadas con la Palma de Oro, su premio más codiciado, diré que todas me han parecido al menos interesantes. Unas más que otras de acuerdo con un criterio, el mío, subyugado por un montón de circunstancias: el humor, la disposición, las expectativas e incluso la sala de cine donde haya sido vista. De Fahrenheit 9/11 (2004) salí con un sentimiento de náusea tan grande que nunca más he podido verla; náusea no por su calidad, por supuesto, sino por lo denunciado ahí. El niño (2005), recuerdo, no imprimió una gran huella en mi mente pero tampoco me desagradó. Vientos de libertad (2006) me aburrió muchísimo quizás por retratar una realidad social demasiado alejada en tiempo y espacio o tal vez por la falta de subtítulos teniendo como banda sonora un acento irlandés demasiado marcado. Cuatro meses, tres semanas, dos días (2007) como experiencia fue excelente y así lo dejé asentado en una reseña anterior.
Toca el turno ahora a La clase (Entre les murs, 2008), Palma de Oro del año pasado. Entre otros galardones, también fue nominada al Óscar como mejor película extranjera en este constante, desesperado y fallido intento de la Academia hollywoodense para legitimizarse y adquirir cierto prestigio. Un dato curioso antes de zambullirme en el tema es que hacía un poco más de dos décadas que una película manufacturada en el país galo no recibía el máximo galardón del festival. Por otro lado, está lo tardío de su estreno en nuestro país. Como cualquier producto del cine de arte, ha tenido serios problemas de distribución. Su corrida por el circuito comercial ha sido postergada sempiternamente en México a través de constantes cambios en la fecha de su estreno para beneficiar, sin duda, a las cintas taquilleras del verano. Eso me hace suponer que la máxima ganadora en el mismo festival en mayo pasado, El listón blanco (2009) de Michael Haneke, se distribuirá dentro de uno o dos años. Eso si bien le va.
La clase, dirigida por Laurent Cantet (Vers le sud, 2005), surge del libro de François Bégaudeau donde documentaba un año de sus vivencias como profesor de francés en una escuela secundaria de París. Bégaudeau —de quien se pueden encontrar viejas colaboraciones como reseñista de libros en la televisión francesa dentro del sitio Youtube— colaboró con un grupo de guionistas luego de que su libro fuera leído por Cantet quien ya desde antes acariciaba la idea de filmar dentro de los muros de una escuela. El largometraje, a pesar de su apariencia de documental, se filmó en su totalidad en una secundaria del vigésimo distrito de París. La trama cubre un año escolar en el aula del profesor François Marin (Bégaudeau). Los espectadores serán testigos de los problemas con los estudiantes, adolescentes de quince años. Estos alumnos de muy diversos orígenes representan el fenómeno de la inmigración en los países desarrollados. Desde la utilización del nombre Bill para explicar un asunto gramatical siendo después confrontado por Esmeralda (Esmeralda Ouertani) y Khoumba (Rachel Régulier) —quienes no muy amablemente solicitan la utilización de nombres más adecuados a sus países de origen— hasta la violenta rebeldía de Souleyman (Franck Keïta) que tal vez desemboque en su expulsión del plantel y, más tarde, en su deportación. Cuestionamientos a la autoridad, inclusión y exclusión por venir de otro país, confusiones lingüísticas que provocan graves conflictos de comunicación, el terrible peso de la disciplina dentro de un ambiente que presume ser democrático, la poca o mucha compasión dentro de un sistema que mantiene reglas absurdas así como la sorpresa de quien aprende sin necesidad del profesor, por mera curiosidad, y la decepción de quien no ha aprendido nada y acaricia la idea de no continuar con el paso hacia liceo son sólo algunos de los temas que de forma tan sutil como inteligente plantea la cinta de Cantet.
Los puntos a favor de La clase se hallan sobre todo en la autenticidad de sus actores no profesionales. Jóvenes sí; pero bien ensayados. A diferencia de ciertas producciones nacionales de directores mexicanos algo presuntuosos que emplean actores no profesionales cuyo termómetro de expresividad marca bajo cero. Al contrario, los adolescentes de esta secundaria ensayaron durante meses, desde noviembre hasta junio de 2006, y únicamente los mejores fueron seleccionados para aparecer en pantalla. El resultado es fresco, cotidiano, nada artificioso y auténtico. Nada de rostros impasibles sin expresión. Nada de melodramas ni sentimentalismos tampoco. Bégaudeau, el otro lado de la ecuación ante esta jubilosa colectividad, no actúa. No necesita hacerlo. Simplemente se interpreta a sí mismo. Sólo enseña.
En su contra —y esto quizás sólo se aplique a quien escribe esta reseña— viene con el hecho de que la impresión dejada por la película es leve. La experiencia, en suma, no es la de una ganadora de la Palma de Oro. Sin embargo, eso no reside en la película sino en mí que desde los tres años hasta la fecha nunca he interrumpido mi contacto con diversos ambientes académicos ya sea como estudiante o como profesor. La atmósfera educativa me resulta entonces tan familiar que incluso se vuelve, desde mi percepción, banal. Y si la enseñanza fuera de verdad mi vocación y no la escritura, de seguro estaría saltando de gusto por un filme como La clase. Pero, sin duda también, de haberse estrenado antes del otoño habría sido para muchos cinéfilos —y aquí sí me incluyo— un oasis en el árido desierto del verano recetado por Hollywood.

La clase (Entre les murs, 2008). Dirigida por Laurent Cantet. Producida por Caroline Benjo y Carole Scotta. Protagonizada por François Bégaudeau, Esmeralda Ouertani, Rachel Régulier y Franck Keïta.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=t8HWJqgMAhU