domingo, 23 de mayo de 2010

La plena madurez de Haneke


Pues solamente faltan algunas horas para que se anuncien los premios en el festival de Cannes, edición 63. Se habla de la película de González Iñárritu; pero la competencia está fuerte. Quién sabe. En lugar de especular sobre películas que no veré hasta dentro de quién sabe cuántos meses, mejor cuelgo esta reseña que como dije anteriormente retrasé demasiado por la carga de trabajo. La cinta la vi en enero y hasta ahora me di a la tarea de reseñarla. Lo que no menciono en el artículo es que también ganó el Globo de Oro como mejor película en lengua extranjera, lo cual ante la Palma de Oro en Cannes importa un cacahuate. Ah, y lo mejor de todo es que sigue sin tener fecha de estreno en México. A lo mejor los distribuidores nos conocen muy bien porque ya anticipo algunos de los comentarios de siempre: "está muy lenta", "no le entendí", "qué güeva de película". Entonces, todos aquellos condicionados por la máquina hollywoodense abstenerse por favor. Va la reseña:

El director Michael Haneke llega a Cannes el año pasado con una filmografía desafiante y muy consolidada en la maleta. Con toda su madurez, como un cineasta que nunca ha subestimado a su público, el austriaco nacido en Alemania se presenta en el mismo festival donde a finales de los ochenta llamara la atención su ópera prima El séptimo continente (1989), el mismo festival en donde hace tan sólo algunos años se le reconociera con un gran premio del jurado gracias a La pianista (2001), película por la cual los dos actores protagónicos ganaron sendos premios de interpretación. Haneke arriba en 2009 a la edición sesenta y dos del festival cinematográfico francés con La cinta blanca (Das weisse Band, 2009) y se lleva la Palma de Oro, eso a pesar de que Un profeta de Jacques Audiard parecía ser la consentida de todos los críticos. Con este gesto, el jurado galardona no sólo la que quizás es la obra maestra de un gran director europeo sino también su carrera entera, conformada por once largometrajes tan inquietantes como inteligentes —excepto tal vez su refrito estadounidense de Funny Games. El último de la lista resaltará por encima de los otros gracias a su factura tan perfecta que lo convierte —aunque el término ya esté bastante manido— en un clásico instantáneo.
Desde que La cinta blanca comienza, teniéndonos a los espectadores a oscuras por el negro de la pantalla, la voz de un viejo (Ernst Jacobi) nos advierte que lo que está a punto de contarnos es una reconstrucción de lo vivido por la experiencia propia muchos años atrás; pero también a través del recuento de otras personas, no pocas veces distorsionado. Por eso tanto el prisma de los recuerdos, tanto la larga distancia en el tiempo de lo acontecido como la mediación de terceras personas, le otorgan al relato un elemento que ya parece imprescindible en la obra de Michael Haneke: la ambigüedad. Siempre convencido de que este ingrediente de la receta fílmica involucra necesariamente e incluso a su pesar al espectador como lo hacen desde hace décadas ya otras manifestaciones artísticas —la música, la pintura, la literatura— el director inicia su periplo hasta ahora más acabado y maduro a la usanza de una novela del siglo XX con un narrador nunca omnisciente y nada seguro de los hechos. Es de esperarse, de esta manera, que los “misterios” planteados a lo largo de la cinta encuentren solución —si es que acaso el motivo detrás de todo el planteamiento es tal objetivo— sólo en las deducciones del espectador y no, como suele tenernos acostumbrados Hollywood, a través de una explicación detallada donde ningún cabo quede suelto. Quizás el motivo detrás de la historia tejida por el ingenio de Haneke sea mucho más profundo y tan lejano a la resolución de ciertos “misterios” de aldea como el cielo de la tierra. Porque los asuntos del cielo mucha influencia tendrán dentro de la trama.
Para contar esta historia de un pueblo alemán de principios de siglo XX, las referencias pictóricas del cineasta serán las fotografías de la época en blanco y negro, mismas que le sirven como excusa para trasladar dicha ausencia de color a la pantalla grande y por primera vez trabajar con esta textura visual. La vida en la apacible aldea se ve alterada, nos lo dice nuestro narrador y en aquellos años maestro de la escuela (Christian Friedel), por varios acontecimientos inexplicables. El primero de ellos es recreado inmediatamente, luego de la introducción: el doctor (Rainer Bock) cae de su caballo y se rompe la clavícula. El accidente, sin embargo, es causado no por el azar sino por un fino cordón que alguien, con toda intención, ha atado a dos árboles. El arma del delito poco después desaparece. Pareciera que una de las figuras más respetables dentro de la aldea, la del médico, ha recibido un ataque irracional y furibundo. No son pocas las figuras de alta jerarquía dentro de este lugar. Ahí está el barón (Ulrich Tukur), latifundista de la región del cual los granjeros dependen, hombre que ejerce el poder temporal por encima de cualquier otro habitante de la aldea. Por otro lado, se encuentra el pastor (Burghart Klaussner), el poder espiritual, hombre de férrea disciplina que en ningún momento permite faltas de conducta, mucho menos en sus propios hijos. Sin embargo, mucho más abajo en esta sociedad jerarquizada estarán las miradas penetrantes y curiosas de los niños y los jóvenes. Esos mismos que casualmente acuden el día del accidente a la casa del doctor para preguntarle a Anna (Roxane Duran), la hija, si pueden ayudarle en algo. A Sigi (Fion Mutert), el hijo del barón, se le ve en compañía de ellos antes de esfumarse en el aire durante un festival y reaparecer flagelado.
De nueva cuenta, como en anteriores filmes de Haneke, la clave está en la violencia. Un acto de furia desproporcionada tal vez tenga su origen en las pequeñas agresiones que toleramos o justificamos por ser parte de nuestro sistema de valores, incluso de nuestra cotidianidad no exenta de hipocresía. Desde comportamientos tan nimios como exigirle a unos niños llevar una cinta blanca como símbolo de su pureza o mentirle a otro sobre la muerte de su madre hasta la represión de un sistema religioso sin intersticios para la libertad. Tras ir a la casa del doctor, Klara (Maria-Victoria Dragus) y Martin (Leonard Proxauf) —dos de los muchos hijos del clérigo— son reprendidos y físicamente castigados. Los métodos de disciplina del puritano pastor tendrán su reflejo en los enigmáticos acontecimientos, tan provocadores de espanto como de chisme. Si Klara y Martin reciben de su padre una serie de fuetazos por no llegar a tiempo a cenar, por qué el indolente hijo del barón no habría de recibirlos también, por qué el barón en apariencia bondadoso pero desentendido ante la muerte de la mujer de un granjero no habría de sufrir un castigo a través de su angelical heredero. Si Martin es amarrado a la cama cada noche para evitar caer en la tentación del onanismo, por qué la partera (Susanne Lothar) y amante clandestina del doctor no debería padecer las mismas ataduras a través de Karli (Eddy Grahl), su hijo, a pesar de que éste tenga síndrome de Down. No, no hay cabida para la compasión cuando se trata de ejercer la justicia divina. Y nada de esto queda claro. Sólo se sugiere. Y ésta, además, es la interpretación de quien escribe. Cada espectador es susceptible de llegar a la suya. Mas conforme avance el filme nos daremos cuenta de las faltas por las cuales el doctor sufrió su accidente. Pero, otra vez, nada es seguro. Lo que sí es cierto es que el mencionado grupo de niños y jóvenes será la generación que décadas más tarde siga a Adolf Hitler. Hay un respiro. De entre todo este mal soterrado destaca la relación del maestro de la escuela con Eva (Leonie Benesch), la niñera de otro pueblo. Recordemos una vez más quién es nuestro filtro narrativo, recordemos que ésta es precisamente la versión del maestro.
La hechura y el relato, tanto en fondo como en estructura, convierten La cinta blanca en un objeto precioso y fascinante del cual es casi imposible retirar la mirada. Poco importan la duración o los silencios o incluso la cámara con enfoques sorpresivos, lugares comunes ya del cine del austriaco. La cinta blanca es también un ejercicio del intelecto y de los sentidos tan logrado y tan loable que de muchas maneras hace olvidar el traspié cometido por Haneke con Funny Games US (2007). La combinación entre jóvenes actores —unos sin experiencia, otros con ella— es excelente mostrándonos en pantalla rostros muy adecuados para la época retratada. Con este recuento de las semillas del nazismo, el realizador por un lado revive un microcosmos ya ido que semeja ser asfixiante y, sin duda, lo es. Sin la asfixia, esto no sería una obra de Michael Haneke. Por otro, sin embargo, en los linderos de la realidad de la filmación, expande su habilidad volviendo a su lengua materna tras un período francés y teniendo bajo su mando a un reparto inigualable y equilibrado. El gran autor austriaco ha inaugurado la que podría ser una muy interesante etapa de madurez. Desde hoy, estamos esperando más filmes de éstos.

La cinta blanca (Das weisse Band, 2009). Dirigida por Michael Haneke. Producida por Michael Katz. Protagonizada por Christian Friedel y Burghart Klaussner.

En avance con subtítulos en inglés: http://www.youtube.com/watch?v=JUj9gDtA9HQ
Escena escalofriante subtitulada en español entre Martin y su padre el clérigo: http://www.youtube.com/watch?v=rIdQkOjrt3M