lunes, 18 de marzo de 2013

Montrealenses (VI): suspirando en el cine por "la ville"!

Ahora que recuerdo olvidé algo en mi entrada anterior. En lo últimos meses, además de las películas citadas, también vi Beasts of the Southern Wild (Una niña maravillosa) de Benh Zeitlin y Life of Pi (Una aventura extraordinaria) de Ang Lee. [A todo esto voy a escribir un guión cinematográfico que se titule Un traductor pendejo que subestima a su audiencia otorgándole títulos repletos de melcocha.] Una niña whatever me dejó también un buen recuerdo. Aunque ya bastante brumoso pues la vi en agosto o en septiembre del año pasado. Si tuviera que volverlas a ver, de las dos fábulas prefiero la primera. La segunda está bien. No lo niego. Pero la considero un crédito menor comparándola con el resto de la filmografía del cineasta taiwanés. Sin embargo, haber visto Life of Pi en el cine me da pie al siguiente comentario:

Estoy en una sala de cine de Montreal viendo Life of Pi de Ang Lee. Los actores Irrfan Khan y Rafe Spall caminan por una calle que gracias a la arquitectura me resulta familiar. Claro, es una versión mucho más prístina y fotoshopeada de la realidad. Pero las fachadas y las escaleras exteriores de las casas de Montreal son inconfundibles. Y sutil, apenas notable y de la forma más subrepticia, se alza de entre las cabezas (la mayoría, blancas) de los espectadores un suspirito porque su ciudad (ma ville!) aparece en una película multi-premiada. Claro. Por esa misma razón se encuentra la sala casi repleta de en su mayoría momias. Al montrealense promedio le encanta el cine multi-premiado, ése que es de dizque arte.
Ah, y cómo le gusta todavía más al montrealense que la urbe donde habita se vea representada en el cine. Ya sea con su nombre propio (Life of Pi, Señor Lazhar, La versión de mi vida, Mi vecino el asesino, El violín rojo, Jesús de Montreal, Agnes de Dios, etcétera) u oculta bajo la máscara de otra ciudad de algún otro país (el bodrio ochentero de horror Feliz cumpleaños para mí [que seguramente no interesará a los esnobs], El mejor lugar del mundo de Sam Mendes o El curioso caso de Benjamin Button de David Fincher). De este último rodaje —donde hicieran pasar el barrio antiguo de Montreal por (creo) Rusia— doy fe por haber visto los preparativos del mismo de pasada hace algunos años cuando trabajaba para una escuela de idiomas ubicada en el sector.
La cinta con mayor número de suspiros presenciados por mí hasta ahora se dio con La versión de mi vida (Barney’s Version, 2010). El hotel Ritz Carlton, ¿la plaza Saint-Louis?, el edificio de departamentos Le Chateau, la estación de trenes. Cada vez que uno de estos sitios aparecía en pantalla el suspiro colectivo se emitía como señal de reconocimiento y orgullo. Como diciendo “yo también he estado ahí”, “yo sé dónde filmaron esa escena”, “ésa es mi ciudad”. Entonces me pregunto si llegan a alguna conclusión similar a la mía: que, como suele suceder en el cine, la ville no es la misma ville vista por nuestros ojos. La de Life of Pi —con su deslumbrante fotografía y sus paisajes de aparador del barrio antiguo— es Montreal maquillada y producida. No es Montreal la slush (perdón por el gali-anglicismo) de Señor Lazhar, no es la grafiteada, la de los pordioseros o los dementes, la de los baches, la del metro que a cada rato se desconchinfla, las de las manifestaciones, los motines y los nenes jugando al anarquismo. Mucho menos la del invierno cuando las banquetas se hallan cubiertas de raspado color chocolate. O la de la primavera cuando llega el deshielo y debajo de los bancos de nieve aparecen las botellas de plástico, los envases vacíos, las colillas de cigarros y la abundante basura. Ésa sí no arranca ningún suspiro. Pero quizás sí la haga más humana y encantadora que su versión fílmica. Quién sabe.