domingo, 22 de mayo de 2011

Payaso con machete


No amanecí oportunista. Por eso, ningún comentario sobre Cannes. Mejor hablemos de lo que nadie más habla. Ya está aquí. Lo tengo pendiente desde hace algunas semanas. Va el texto sobre Álex de la Iglesia:

Un año muy movido resultó el 2010 para el director español nacido en Bilbao Álex de la Iglesia. Desde septiembre de 2010 —mes en que ganó el León de Plata al mejor director en Venecia— hasta su incendiario discurso de despedida como presidente de la Academia de Cine en la ceremonia de los Goya en febrero de 2011, uno pensaría que el cineasta se tomaría un descanso. No es así. Ya comienza su nuevo largometraje, protagonizado por Salma Hayek y titulado La chispa de la vida (2011). Pero fue en el crédito anterior, Balada triste de trompeta (2010), donde logró reivindicarse con sus seguidores después del desastroso enigma que significara el filme de suspenso Los crímenes de Oxford.
Vale la pena el recuento de su carrera. Mirindas asesinas (1991), guión que luego se convertiría en corto hilarante con Álex Angulo, llama la atención de Pedro Almodóvar. Es su productora El Deseo la que se encargará de volver realidad el primer largometraje de Álex de la Iglesia: Acción mutante (1992), una comedia que no niega en ningún momento su carácter de ópera prima. Mirando hacia un futuro no muy lejano, en dicha cinta, un grupo terrorista de inválidos y espantajos se alían para secuestrar a la bella hija de un magnate arruinando así la boda del año. Grito de batalla y contestataria crítica a base de carcajadas de un universo cada vez más vacuo y superficial —aunque en momentos se presente como el pataleo de un adolescente ante la sociedad que lo margina— el lema de Acción mutante sería “que se mueran los ricos, guapos y famosos”.
Unos años después aparece El día de la bestia con un humor y tono similares al de su ópera prima. Luego de recuperado el aliento tras lo que podría ser visto por los sectores más conservadores como una infantil y sacrílega provocación, este crédito semeja ser un filme mucho más logrado y perdurable que el anterior. Los profetas apocalípticos, ésos que seducen las mentes de muchos incautos, se constituyen como el principal motor de la risa y, a su vez, del comentario ácido aunque no por ello falto de inteligencia. Toda la rebeldía y la explosión de la sangre son puestas en el máximo nivel y en un plano internacional con Perdita Durango (1997), basada en la obra de Barry Gifford y protagonizada por un entonces no reconocido mundialmente Javier Bardem. Hacia el final de los noventa Álex de la Iglesia ya era un director de culto.
Llega un periodo de mayor mesura, aunque el humor violento y las referencias a la cultura popular siguen estando muy presentes en su filmografía. A lo largo de Muertos de risa (1999) Nino y Bruno —dos exitosos comediantes de los años setenta que se odian jarochamente detrás de cámaras— son además el antecedente de los dos payasos del circo en Balada triste de trompeta. Carmen Maura se convierte en la ambiciosa musa del director gracias a La comunidad (2000). El enemigo a vencer será un grupo de vecinos que ha esperado años para que un anciano ganador de la lotería muera y así ellos se hagan de su fortuna. Eso hasta que una agente inmobiliaria se les cruza en el camino. La Maura repite en 800 balas (2002). Este título no sólo se erige como la primera cinta auto-producida del bilbaíno por su compañía Pánico, es también deleite especial para aquellos que, como él, crecieron con las películas de vaqueros. Un viejo doble de estas cintas interpretado por Sancho Gracia se obstina en perpetuar sus glorias pasadas en un pueblo de ficción de Almería. Y finalmente arriba la nota alta de Álex de la Iglesia con Crimen ferpecto (2004) donde un empleado mujeriego de tienda departamental (Guillermo Toledo) es víctima de chantaje erótico gracias al entrometimiento de una fea (Mónica Cervera). Tal vez Crimen ferpecto sea su largometraje más aceptable para el gran público. Aunque sin traicionar los temas cercanos como, una vez más, la condena al consumismo y a los estándares actuales de belleza. Pero de ahí, de esa joya del humor negro el director pasa a una historia en otro idioma, ubicada en otro país y con un reparto anglófono. Los crímenes de Oxford (2008), thriller pseudo-erudito al más puro estilo Código DaVinci, en mi opinión, resulta su fracaso más estrepitoso, la cinta más decepcionante en la hasta entonces consistente y casi impoluta carrera del realizador.
Como premio para sus seguidores, Álex retorna a temas y espacios más familiares con Balada triste de trompeta, primer filme no escrito al lado del guionista Jorge Guerricaechevarría. Primero además en que le concede al actor Antonio de la Torre (Paco en Volver de Almodóvar) un protagónico. Eso después de haberla hecho prácticamente de figurante en otros filmes del director como El día de la bestia y La comunidad. La película lleva al máximo todo lo aprendido a través de los años. Aquí se nota un presupuesto mayor, donde se combinan, por supuesto, la desmesura violenta de su primer periodo con la crítica subyacente y divertida del segundo. Sin embargo, existe el riesgo de repetirse. Los temas y las situaciones no dejan de ser recurrentes.
Desde su asociación con Almodóvar al inicio de su carrera, se le ha comparado con su entonces mecenas, como si cualquier cineasta salido de la Península Ibérica tuviera que pasar en los a veces bizcos ojos del mercado internacional por ese filtro. La comparación es injustificada por completo pues desde el primer crédito, desde incluso el corto Mirindas asesinas Álex de la Iglesia establece sus propias obsesiones y temas, alejados de los del manchego. Por otro lado está Quentin Tarantino. Como lógico adjetivo el hecho de que el estadounidense, siendo presidente del jurado en septiembre pasado en Venecia, haya elogiado la obra del español. Tanto así que luego del festival se habló mucho de nepotismo. Hay quienes desde la hegemonía yanqui llaman a de la Iglesia mero imitador de Tarantino. Hay obvias afinidades; pero la referencia hispánica —la cual es muy fácil que se le escape a una audiencia anglosajona— descarta también este limitado enfoque. El bilbaíno no es un simple wanabe. Su filmografía lo respalda.
Es entendible entonces que Tarantino haya disfrutado Balada triste de trompeta pues al comienzo se establecen vínculos con la reescritura paródica de los anales históricos de Bastardos sin gloria y muy pronto, una vez pasado el prólogo, se independiza por completo de esta posible antecesora. La primera escena le presenta al espectador un circo donde dos payasos, durante la Guerra Civil, intentan hacer reír a los niños. Uno de ellos, el Payaso Tonto (Santiago Segura) es en cuestión de segundos llevado, frente a los ojos de su hijo Javier, por los republicanos para que pelee con ellos. De ahí, tras un sangriento asalto con machete contra los franquistas, el payaso es capturado por el enemigo y encarcelado. Luego de recomendarle a su hijo la opción de la venganza a través de los barrotes, el joven retraído actúa y así le queda una marca de por vida. Todo esto intercalado con una de las secuencias más geniales de créditos del cine hispano. Pasan los años. Son los setenta ahora. Javier (Carlos Areces), el hijo del Payaso Tonto, ha crecido para ingresar a un circo donde será, a diferencia de su padre, el Payaso Triste. Sergio (Antonio de la Torre), su jefe y quien sí hace el papel del Payaso Tonto, le dice amenazante que si él no fuera payaso sería un asesino. Entre los dos hombres tan dispares —uno tímido y el otro extrovertido, uno en apariencia tierno y el otro irascible— estará Natalia (Carolina Bang, actual pareja del director), la atractiva acróbata. Plena de nostalgia por estar ubicada en los años de la juventud del bilbaíno, la trama se hila con este triángulo amoroso entre el Triste, el Tonto y la Chica de la Banda. Más de una risa arrancará el rostro compungido de Javier ante el riesgo de que Sergio descubra su infidelidad con Natalia. La situación se irá degradando hasta que el instinto homicida de Javier aflore y se dé un duelo de machetazos y metralletas. El reparto lo completan algunas caras que ya se han vuelto indispensables para cualquier filme de Álex de la Iglesia: Manuel Tallafé, Sancho Gracia, Enrique Villén y hasta la grandiosa Terele Pávez. La comicidad, además del reparto, también tiene como cómplices las referencias históricas y de la cultura popular (la mordida al generalísimo en un día de caza, la inserción de la melodía interpretada por Raphael que le da su título a la cinta). De Balada triste de trompeta hay que destacar el ritmo trepidante y la potencia infalible para entretener. En esos aspectos, de la Iglesia se encuentra en excelente forma. Para mí, cinéfilo que ya antes había visto todos sus créditos —unos más frescos que otros en mi mente— no deja de parecerme que ciertos recursos ya se han vuelto harto repetitivos: la rivalidad entre dos payasos (Muertos de risa), la relación amor-odio entre un hombre y una mujer (Crimen ferpecto), los símbolos religiosos que hacen diminutos a los personajes (El día de la bestia), el clímax final en las alturas (La comunidad) y, claro, nunca puede faltar en la obra del español la multitud que huye despavorida ante el peligro (fuego, balazos, lo que sea). Por eso es de esperarse también que una parte del público, ése que desconoce las manías y el sentido del humor del cineasta, se sienta excluido y clasifique la película como mero producto de un demente. Ellos sin duda dejarán disgustados la sala de cine antes del final. Lo cierto es que ya nadie negará que quien comenzó como el chico travieso del cine español desde hace años ha construido una obra importante y trascendente, una filmografía reivindicatoria del humor y, más en específico, de lo que él llama la comedia terrorífica.

Balada triste de trompeta (2010). Dirigida por Álex de la Iglesia. Producida por Vérane Frédiani, Gerardo Herrero y Franck Ribière. Protagonizada por Carlos Areces, Antonio de la Torre y Carolina Bang.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=Ura85FQoUl4
El cortometraje Mirindas asesinas: http://www.youtube.com/watch?v=_RkAPjJsDaY