miércoles, 30 de diciembre de 2015

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Simpatía por los monstruos


En mi última colaboración con la revista Siglo Nuevo me ocupo de dos películas del director mexicano Guillermo del Toro: El laberinto del fauno y, la más reciente, La Cumbre Escarlata. Agradezco a esta publicación haberme permitido publicar en sus páginas estos textos sobre cine durante los últimos dos años y fracción. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1175759.guillermo-del-toro.html

viernes, 13 de noviembre de 2015

Danny Boyle


En mi penúltima colaboración con la revista quincenal Siglo Nuevo hago un recorrido por las películas más recientes del director británico Danny Boyle: 127 horas, En trance y Steve Jobs. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1167894.danny-boyle.html

viernes, 23 de octubre de 2015

Gótico redivivo a medias



Ésta será mi última reseña de una película reciente. Las razones, creo, quedan claras en este artículo publicado en la revista Acequias. No se trata de una crisis de los 40 ni nada por el estilo. Desde hace tiempo —más de un año ya— el fenómeno cinematográfico ha dejado de tener la fascinación de antes. La última película que me conmovió (La gran belleza) fue hecha en 2013. Si a eso agrego el hecho de que casi nunca se me ha retribuido por este trabajo siento que el retiro con respecto a esta actividad debió haberse dado mucho antes. Quizás no debí haber permitido que se usara mi trabajo para llenar espacios periodísticos durante 19 años a cambio de nada. Y sé, además, que debo dejar este tipo de textos para dedicar mi poco tiempo libre a la narrativa, género por el cual empecé a escribir a los 14 años. Es muy probable que a esta desgana se deba también mi opinión sobre la siguiente película, la de un compatriota cuya obra cinematográfica admiro mucho. Así que con ésta me despido:

La Cumbre Escarlata (Crimson Peak, 2015) es el intento de Guillermo del Toro de revivir el cadáver ya bastante pútrido del relato gótico. En el cine su influencia es indudable y en numerosas ocasiones se ha recurrido a la literatura de este género para alimentar historias desplegadas sobre la pantalla de plata. En el caso del mexicano, todavía no estoy muy seguro si el intento falló o no. Después de todo, cada uno de los elementos necesarios está presente: la mansión en decadencia con una o varias ánimas lloronas incluidas, la llave reveladora de información oculta, el secreto vergonzoso de la familia aristocrática, la inocencia pisoteada de la heroína, la imagen de la joven mujer pálida de cabellos sueltos entre tinieblas y con un candelabro en la mano. La pregunta reside en si vale la pena o no resucitar este género en la época actual. Y sin mayores modificaciones. Recuérdese, por ejemplo, el ridículo resultado obtenido con una reciente adaptación de una novela gótica, El monje, aquel bodrio de 2011 dirigido por Dominik Moll y protagonizado por Vincent Cassel. Pero no. Tratándose del cineasta mexicano no habrá nada ridículo —salvo quizás el retrato de la madre de los aristócratas. Habrá sí, en cambio, una obsesión de enamorado en cada detalle de la dirección artística. El problema reside en que no muchos en el público compartirán tal enamoramiento.
Al inicio de la cinta Edith Cushing —cuyo apellido es una referencia obvia a uno de los actores más identificados con el género, Peter Cushing— anuncia temblorosa y ensangrentada que ella cree con firmeza en los fantasmas porque ha comprobado que son reales. Esta introducción recuerda en mucho a El espinazo del diablo. La primera aparición, cuenta Edith (Mia Wasikowska), ocurre poco después de la muerte de su madre. Así llega una advertencia sobre los peligros que encierra la Cumbre Escarlata. Siendo niña, esto no significa nada para ella. Años después, los espectadores se hallan en Buffalo y otra vez en el siglo XIX. Edith se ha convertido en una mujer cuyo mayor deseo es ser escritora. A través de su creatividad habla la del realizador cuando afirma que su novela, la cual intenta transcribir de manuscrito a máquina, es una historia de amor con fantasmas y no al revés. No un relato de fantasmas con un romance como algo accesorio. La reflexión meta-cinematográfica se hace con toda intención para indicarles a los espectadores el verdadero género de la cinta, el romance gótico. Para hacer la historia de amor realidad llegan a la ciudad dos foráneos provenientes de Inglaterra: Thomas y Lucille Sharpe. Todas las señoras gringas suspiran por el lord Byron de cuarta y sin riquezas. Sin embargo, la intención firme de Thomas (Tom Hiddleston) es casarse con Edith aun en contra de los deseos de su tanto pudiente como renuente futuro suegro (Jim Beaver). Con el matrimonio Thomas lograría cristalizar las ambiciones de su familia de dos. Una familia cuya decadencia se ve reflejada en su ropa y, allende el océano, en la propiedad, Allerdale Hall. Así, tras una muerte inesperada y ante la sorpresa de su admirador Alan McMichael (Charlie Hunnam), Edith será llevada hasta Inglaterra, hasta la mansión Allerdale Hall: ese lugar aislado y decadente también conocido como la Cumbre Escarlata llamada así por los naturales porque debajo yace la arcilla roja que Thomas pretende extraer con su ingenio de inventor y, claro, la fortuna de Edith. Nadie imagina que el cerebro moviendo los hilos del galán-títere es la aparentemente fría Lucille (Jessica Chastain), la hermana de Thomas.
Quienes acudan al cine buscando los sustos constantes y convencionales del horror fílmico moderno se verán decepcionados pues, como ya lo advierte el cineasta a través de Edith la trama, se ciñe a las reglas del género gótico sin vacilación alguna. De esta forma, los sustos están racionados. También en entrevistas Guillermo del Toro ha afirmado que su cine siempre ha alternado entre proyectos de temas para adultos más personales (su obra en español) y otros de temas para adolescentes más comerciales (su obra en inglés). De acuerdo con estas mismas declaraciones La Cumbre Escarlata sería el primer trabajo fílmico en el que un estudio importante le permite al mexicano hacer un filme de corte maduro en inglés. Aquí tal vez reside mi primera duda ante la cinta. Quizás por hallarse en la frontera entre el cine de autor y el comercial el asunto no cuaje del todo. La timidez de la violencia —contenida hasta el clímax donde se revelan los secretos— con respecto a sus anteriores créditos en español y la clasificación en Estados Unidos (PG-13), apuntan al deseo de apelar a un público mucho más amplio e incluso adolescente. Tratándose además de un género bastante manido y en muchos aspectos pasado de moda, la trama se vuelve muy predecible y no hay ningún personaje lo suficientemente atractivo como para dejar en un segundo plano el defecto anterior. Y sí, aunque la hechura de la película es de una exquisitez encomiable, se tiende un poco hacia lo hiperbólico con los decorados, el vestuario y ni se diga los fantasmas generados por computadora. Ante todo esto sólo puedo concluir que a Guillermo del Toro le viene bien la austeridad, cualidad antes vista en su obra en español. Eso no quita momentos de franca belleza. Desde la romántica con el vals entre los amantes sosteniendo la mecha que no se apaga. Hasta la escalofriante con la genial imagen de la arcilla roja, del mismo color de la sangre, exudando por cada rincón alrededor de la casa. También muy en el fondo me pregunto si mis sentimientos encontrados ante La Cumbre Escarlata se deban a que algunos conceptos se podrían haber perdido en la traducción de la mente del realizador al guión en inglés, colaboración con Matthew Robbins (mismo guionista de Mimic). Quién sabe.
Hay además un constante e incómodo sentimiento de lo ya visto: en esa bañera de Allerdale Hall tan parecida a la de Ofelia en El laberinto del fauno, en esa flotante y sangrante herida de uno de los fantasmas tan similar a la de Santi en El espinazo del diablo. Ya extendiéndome al reparto, ni qué decir de los lazos entre la actriz protagonista y el género a desglosar. Años antes Mia Wasikowska hizo Jane Eyre al lado de Michael Fassbender y además aparece como protagonista en Lazos perversos (Stoker) de Chan-wook Park, una historia de innegables influencias góticas aunque, a diferencia de La Cumbre Escarlata, un poco más modernizada y menos tímida con el sexo y la violencia. Agradezco mucho, por otro lado, ese enamoramiento del mexicano hacia sus temas. No hay pretensión desmedida ni soberbia detrás de este noveno crédito como director. Sólo hay alguien sumamente enamorado de sus aficiones. Nada criticable en efecto. Sin embargo, será una minoría entre los espectadores quienes estén preparados a abrazar sin reticencias este romance gótico. Lo que Guillermo del Toro logró con los cuentos de hadas en El laberinto del fauno por desgracia no se materializa con la misma contundencia en Crimson Peak. Desde ya estoy esperando que el cineasta mexicano concluya su trilogía sobre la Guerra Civil Española y nos dé un episodio más de esta serie que empezó con El espinazo del diablo y que halló su maestría con El laberinto del fauno. La Cumbre Escarlata entra a la corrida comercial mexicana a partir del 30 de octubre.

La Cumbre Escarlata (Crimson Peak, 2015). Dirigida por Guillermo del Toro. Producida por Guillermo del Toro et al. Protagonizada por Mia Wasikowska, Jessica Chastain, Tom Hiddleston y Charlie Hunnam.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

viernes, 25 de septiembre de 2015

Vestida para amar: desmemoria y tema de moda

A veces la humanidad parece no tener memoria. Como si todo esfuerzo mnemotécnico se lo hubiera dejado a las máquinas. Ahí, entre discos duros y uesebés, se halla todo el conocimiento de la humanidad. Ése que, además, no es necesario para sobrevivir el día a día. Gracias a lo anterior algunos temas —que, no lo neguemos, han estado presentes desde el inicio de la humanidad— semejan ponerse de moda. O se nos imponen a través de condicionamientos. Casi siempre, mediáticos. Actualmente ése es el caso del travestismo. Y sus variantes: transexualidad, transgénero y etcétera. Si hay etcéteras, claro. A causa de la visibilidad de un ex atleta estadounidense del que muy poco se hablaba fuera de su relación como padrastro de unas señoritas que salen en programas de un canal de cable de nicho (televisión más que restringida en sus alcances) y cuyos únicos talentos discernibles de dichas señoritas son tomarse autorretratos con sus teléfonos inteligentes y tener unas nalgas muy grandes; gracias al padrastro de las citadas muchachas se ha puesto de moda hablar del tema. El cine no puede quedarse atrás y ya listas para la carrera del premio más codiciado hay varias candidatas cuya historia gira en torno a la diversidad sexual. Ahí están, por ejemplo, Carol con Cate Blanchett o Freeheld con Julianne Moore y Ellen Page. Pero enfocándose en el transexualismo destaca sobre todo The Danish Girl (2015) con Eddy Redmayne y Alicia Vikander. Mala noticia para estos créditos si usamos de verdad la memoria y nos remontamos a otros como Laurence Anyways (2012), Albert Nobbs (2011), Transamérica (2005), Los muchachos no lloran (1999), Mi vida en rosa (1997), Las aventuras de Priscilla, reina del desierto (1994) o El juego de lágrimas (1992). Y en los setenta cómo olvidar a La Manuela en El lugar sin límites, el doctor Frank-N-Futer en El show de terror de Rocky o Divine en Pink Flamingos. Y, en el Hollywood más comercial y donde el travestismo no se hacía por deseo sino por inmaculada necesidad, Tootsie (1982), Victor / Victoria (1982) e incluso si viajamos hasta el final de la época dorada Una Eva y dos Adanes (1959). Eso sin contar, en nuestro idioma, varias de las películas de Pedro Almodóvar. Más todavía si extendemos el enfoque a otras disciplinas artísticas y miramos hacia a las primeras décadas del siglo XX con el Orlando (1928) de Virginia Woolf o a los tiempos del teatro isabelino. O más atrás todavía, hacia la antigüedad, con el gobierno de la reina-faraón Hatshepsut. Pero bastará con no agotar la lista ni vagar tan lejos en el tiempo y estacionarse en el año pasado con Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014) de François Ozon, el mismo director de filmes como 8 mujeres, Angel, Potiche, En la casa y Joven y bella.
En un ambiente pequeño burgués y de ciertos resabios de moralidad judeocristiana —ése en el que mejor florecen las transgresiones de los personajes del director— muere Laura (Isild Le Besco), la mejor amiga de Claire (Anaïs Demoustier) quien forma un matrimonio sólido aunque sin hijos con Gilles (Raphaël Personnaz). La difunta deja atrás a su viudo David (Romain Duris) y a una bebé llamada Lucie. Aunque Claire no se permite admitirlo el sentimiento albergado por su amiga muerta iba más allá de la amistad. Por accidente Claire descubre un día que a David le gusta vestirse de mujer y, bajo la excusa de que la bebé necesita una presencia femenina, se justifica ante la amiga de su difunta esposa. Como buena señora pequeño burguesa la primera reacción de Claire es el rechazo, incluso diagnosticándole una enfermedad mental al viudo. Porque así se lo pide David, Claire le oculta la verdad a Gilles. Pero pronto, conforme frecuente a David —luego convertido en Virginia— Claire irá desplazando la pasión sentida por Laura hacia esta “nueva amiga”.
Últimamente el tema de moda se ha centrado en los problemas surgidos dentro de una pareja heterosexual en la cual el hombre confiesa sentirse más cómodo asumiéndose como mujer. Lo mismo ocurre en Laurence Anyways de Xavier Dolan. En ambos filmes el personaje principal no es tanto el hombre transexual sino más bien la mujer que por amor debe adaptarse a la nueva realidad de quien antes fuera su marido. A diferencia del citado largometraje quebequense, Ozon le da un giro de tuerca a lo antes expuesto al plantear el inicio de una relación entre Claire, una mujer cuya sexualidad fluctúa entre dos aguas y David, el hombre transexual (o sólo travesti) que, a pesar de eso, se sigue sintiendo atraído por las mujeres. La intención de Ozon nunca es hacer de la historia un drama desgarrado (a la manera de Dolan). Al contrario. La cinta se halla repleta de momentos de humor: David enfrentándose a esta nueva etapa vital donde no escasean los desajustes del tacón o de la peluca. O aquéllos de verdadera incomodidad no solamente para Claire sino además para los espectadores: el encuentro erótico, clandestino y en el clímax frustrado entre los protagonistas dentro de un cuarto de hotel. A final de cuentas y aunque muy en su estilo, Ozon pareciera agregar muy poco si se hace uso de la memoria y se recuerdan bien todos los títulos cinematográficos que aquí presento al inicio de esta entrada. Sin embargo, no se puede negar que se adelantó a la moda impuesta por la visibilidad de Caitlyn Jenner. También se anticipa al director británico Tom Hooper que, con The Danish Girl, pretende de nueva cuenta hacerse de varios premios hollywoodenses tras créditos como El discurso del rey y Los miserables. Eso aunque en su paso por el festival de Venecia la cinta haya sido acusada de fría y mediocre por la crítica más exigente. Las aspiraciones de Ozon nunca apuntan ni apuntarán hacia Hollywood. Está más que claro que el francés nunca ganará un Óscar. Pero si el espectador deja sus prejuicios en la entrada estará ante un producto de excelente hechura que arrancará una que otra sonrisa, desplegará alguna escena de corte hitchcockiano, divertirá un rato y quizás haga reflexionar sobre el rol que a los transexuales se les da dentro de la sociedad y la familia modernas. Fuera de eso, Una nueva amiga no contribuye mucho con la ya nutrida filmografía del francés. La cinta forma parte del menú del 19º Tour de Cine Francés y se exhibe en México a partir de septiembre.

Una nueva amiga (Une nouvelle amie, 2014). Dirigida por François Ozon. Producida por Eric y Nicolas Altmayer. Protagonizada por Anaïs Demoustier, Romain Duris y Raphaël Personnaz.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Regalo viviente

Hay varios prejuicios, para bien o para mal, frente a los actores que se lanzan a la tarea de dirigir un largometraje. La crítica es demasiado cruel intuyendo que no tienen las neuronas suficientes para emprender la tarea o, en el otro extremo, se vuelve condescendiente con eso de que su labor frente a la cámara ya es conocida para ellos. Del lado de Hollywood no hay que olvidar nombres como los de Mel Gibson (alguien cuya labor como realizador ya ha sido olvidada tras algunos escándalos mediáticos) o Clint Eastwood (todavía sobrevalorado por los paleros hollywoodenses). El caso más reciente y también más a la mano es el del australiano Joel Edgerton. Edgerton se dio a conocer en el cine británico cuando protagonizó Kinky Boots (2005) al lado de Chiwetel Ejiofor (12 años esclavo). A partir de ahí ha aparecido en cintas comerciales siempre en roles secundarios (¿quién se acuerda ya de su tío Owen en El ataque los clones?) o más recientemente incluso de antagonista (en El gran Gatsby, Éxodo de Ridley Scott o aun en la apenas estrenada Black Mass con Johnny Depp). En el país de origen, sin embargo, su carrera incluye créditos como productor y guionista. Ahora, a través de una producción independiente, salta por primera vez a la silla del director con un thriller no del todo despreciable.
La apariencia de la pareja protagonista de El regalo (The Gift, 2015) es perfecta. Simon (Jason Bateman) y Robyn (Rebecca Hall) acaban de mudarse a California. Él es un hombre exitoso, el ganador típicamente estadounidense con un trabajo remunerado más allá de los sueños de cualquier padre de familia. Para colmo Simon tiene una esposa bella y una casa de lujo con vista a un valle. Sin embargo, no tiene hijos. Robyn es una mujer originaria de Chicago (ciudad donde antes vivían) a quien le ha ocurrido un incidente nada claro al inicio. Eso la ha dejado incapacitada para trabajar como diseñadora de interiores. La mudanza obedece a esa crisis de la que ninguno de los dos habla. Así, la pareja regresa al lugar donde él creció. Mientras compran artículos para el recién estrenado hogar, a Simon se le acerca un hombre y, después de no reconocerlo, se identifica como Gordo (Edgerton), un antiguo compañero de la escuela. Un sentimiento de incomodidad surge en Simon ante este perdedor de antaño. Pronto Gordo empezará a aparecer frente a la puerta del matrimonio para dejar regalos de bienvenida. Muchas veces lo hará por la mañana cuando Robyn esté sola en la casa. Eso detonará la desconfianza de Simon. Cuando le pida a Gordo que deje de inmiscuirse en su vida y se aleje de su mujer, los regalos cambiarán igualmente de tono. La unión de la pareja se irá desquebrajando conforme Simon se niegue a contarle a Robyn qué fue lo que ocurrió con Gordo cuando estaban juntos en la escuela.
Bajo la premisa de que la gente no cambia en su esencia desde los días de la escuela preparatoria y de que desde entonces se establece el binomio ganador / perdedor tan socorrido en la sociedad retratada, El regalo hila su telaraña. Como en cualquier cinta del género nada es lo que aparenta y varios sustos estremecerán a los espectadores antes de la revelación final. La idea fija de que el abusador (o, como se le llama hoy en inglés sin traducir, el “bully”, el que maltrataba a todos en la prepa) lo seguirá siendo incluso en la madurez nunca se contradice. Edgerton tiene buena mano para dirigir dentro de las convenciones del género. Después de todo ya cuenta con la experiencia luego de interpretar a un personaje que cambia de protagonista a sospechoso en el thriller australiano Wish You Were Here (2013). A más de uno le agradará la experiencia cinematográfica creada por El regalo. Eso, a menos que el espectador no haya visto demasiadas películas de este tipo.
Porque quizás la mayor falta de esta ópera prima sea apelar a la desmemoria. Como El conjuro dentro del terror, la cinta de Edgerton agradará plenamente a quienes menos frecuentan el género de suspenso. Después de todo, El conjuro se hizo con retazos de otros esfuerzos fílmicos de mayor trascendencia como El exorcista, El horror de Amityville e incluso la muy pueril Poltergeist (la original de los ochenta, claro, no el refrito). De igual forma, durante momentos clave, El regalo recuerda a otras cintas del género, otras cuya huella no ha desaparecido del todo. Aunque, claro, ésa sea la apuesta. La desconfianza ante el vecino metiche fue un tema recurrente en la obra de Roman Polanski. Ahí están tanto El bebé de Rosemary como El inquilino. Tratándose de la venganza que subyace desde tiempos de la escuela, no hay que olvidar la coreana Oldboy cuyo éxito inspiró recién un muy mediocre refrito por parte de Spike Lee.
Para mí lo más valioso en El regalo es la actuación de la británico-estadounidense Rebecca Hall. Aunque sus decisiones frente a ciertos proyectos fílmicos nunca ha sido la más acertada (The Awakening o Trascender) esta actriz no ha desaprovechado las oportunidades de trabajar con directores de renombre: con Christopher Nolan en El gran truco y con Woody Allen en su rol más memorable hasta ahora como la Vicky de Vicky Cristina Barcelona. El director no sólo explota la belleza y la vulnerabilidad de Robyn también le otorga a Jason Bateman el papel de Simon, alejado de la comedia (Juno, la serie Arrested Development, el bodriazo Quiero matar a mi jefe) gracias al cual el actor muestra un lado más oscuro —aunque quién sabe si tan efectivamente como el mismo Bateman lo hubiera deseado. Al menos Joel Edgerton no pretende iniciar su carrera como director con un proyecto de ambiciones desmedidas. A ver si, además de esfuerzos cada vez más destacados como actor, empieza a despuntar como cineasta. El tiempo lo dirá.

El regalo (The Gift, 2015) Dirigida por Joel Edgerton. Producida por Jason Blum y Joel Edgerton. Protagonizada por Jason Bateman, Rebecca Hall y Joel Edgerton.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Blomkamp: extraterrestres y crítica social


En mi vigésima cuarta (y quizás última) colaboración con la revista Siglo Nuevo escribo sobre la obra del director sudafricano Neill Blomkamp. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1152374.el-camino-de-la-ciencia-ficcion.html

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Los dramas modernos de Farhadi


En mi siguiente colaboración (la 23) con Siglo Nuevo me ocupo de las tres cintas más recientes del cineasta iraní Asghar Farhadi. Subí a esta bitácora una reseña más extensa de A propósito de Elly (2009) en julio. En el artículo recién publicado también hablo de dos de sus trabajos más conocidos: Una separación y El pasado. Va a continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1148777.los-dramas-modernos-de-farhadi.html

miércoles, 26 de agosto de 2015

Las guerrillas cotidianas de Audiard


En mi colaboración más reciente (la 22) con la revista quincenal Siglo Nuevo hablo de la carrera del cineasta francés Jacques Audiard. Su séptima película Dheepan (2015) ganó en mayo pasado la Palma de Oro del festival internacional de Cannes; pero en el artículo me ocupo sobre todo de dos de sus trabajos anteriores: Un profeta y Metal y hueso. Va a continuación el enlace al texto:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1143562.las-guerrillas-cotidianas-de-audiard.html

jueves, 13 de agosto de 2015

Moore: contra el poder corporativo


En mi colaboración más reciente con la revista quincenal Siglo Nuevo hablo de la carrera del documentalista estadounidense Michael Moore. La misma semana de la publicación el cineasta anunció en su cuenta de Twitter que va a presentar su nuevo documental, Where to Invade Next (2015), en el festival de Toronto. Va a continuación el enlace al texto:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/1140368.moore-contra-el-poder-corporativo.html

jueves, 6 de agosto de 2015

Porquerías que vi de chiquillo (VII)

La incursión en el cine de las imágenes generadas por computadora —o CGI por sus siglas en inglés— se da hace más o menos 30 años. La primera vez fue en aquella porquería ochentera dirigida por Barry Levinson y titulada El secreto de la pirámide (1985) o Young Sherlock Holmes (por cierto, idea de los años de juventud del protagonista que Hollywood no tarda en reciclar con eso de que el detective de Arthur Conan Doyle ya ha sido modernizado, parodiado y envejecido en últimas fechas). En esa época apareció una larga serie de películas de ciencia ficción y de fantasía. Tenían la intención obvia de repletar las salas de cine de adolescentes con déficit de atención y poca memoria cuyo único motivo al entrar en dichos establecimientos era matar el tiempo y llenarse el estómago de palomitas y Coca-Cola. Un momento de déjà vu hace que me detenga. Después de todo y en su esencia, nada cambia. Y sí. Antes de que las pantallas igualmente se colmaran con las ahora ya célebres y manidas CGI había bodrios como el que viene a continuación: Krull (1983). La porquería anterior fue El abismo negro de Disney.
Si Mahoma no va a la montaña espacial…
Gracias a Netflix será posible analizar Krull a fondo. Yo la vi montones de veces gracias a la tecnología ya difunta del videodisco. Incluso la imagen que precede a estas líneas es la de la carátula en ese formato. Krull es la cinta con las locaciones más diversas, un vestuario que volvería verde de la envidia a Cachirulo, un croma no muy disímil al de sus programas, pésimo maquillaje para cíclopes y ni hablemos de los monstruos movidos a través de stop-motion. A Krull le da el nombre un planeta de apariencia futurista-medieval que está siendo invadido por una bestia cabezona y hocicuda. Un coro de voces femeninas se escucha mientras aparece el emblema de diosa triunfante de Columbia Pictures. Pronto la música se torna celebratoria y la estrella-símbolo del póster surca los cielos espaciales (si es que hay tal cosa) y cruza frente a los ojos de los pequeños y azorados espectadores para así darles el título de la película. Entran los créditos iniciales y aparece una formación rocosa que viaja por el espacio exterior, mezcla entre nave espacial y montaña. La montaña errante del espacio exterior aterriza en el planeta Krull cuando la banda sonora ha cambiado a otra melodía. Esta vez, ominosa. Queda claro que esa montaña ambulante alberga algo maligno. Un narrador con acento inglés habla de una bestia y de su fortaleza oscura. Pronto repite las palabras de una antigua profecía: una princesa elegirá a un príncipe como su consorte y el hijo de ambos reinará en toda la galaxia trayendo consigo una era de paz y armonía. En la actualidad, dentro de este género de fantasía medieval planetaria, podríamos colocar piezas como El señor de los anillos o El hobbit. Quién sabe si Peter Jackson vio esta bazofia siendo joven y en cierta medida se inspiró para mejorar los hoy horrorosos (d)efectos especiales de Krull.
La princesa prometida y su pelirroja permanente
La princesa de la profecía se halla junto al balcón de un castillo blanco. Es una mujer pelirroja de cara redonda. Gracias al cielo en Krull y a pesar de vivir en una especie de Edad Media alterna, ya se inventaron las permanentes. La princesa habría combinado bien con una mascota raza poodle. Tal vez no halla perros en Krull para brindarle compañía a la realeza. Tras un diálogo con el rey, su padre, queda claro que hay un matrimonio en puerta para la muchacha. Se pretende sellar una alianza con otro reino casando a la princesa Lyssa (Lysette Anthony) con el príncipe Colwyn. Pero en esta Edad Media también ya pasó el período romántico y, gracias al mismo cielo proveedor, Lyssa y Colwyn están muy enamorados. La princesa afirma sobre el matrimonio: “es mi elección”. Qué alivio al pensar que la damisela sí se casa por amor y no sólo para sellar una alianza entre reinos. Hasta aquí los habitantes de Krull hablan como oriundos de las islas británicas. Pronto llega el héroe Colwyn (Ken Marshall) con su padre y su cortejo. Sin embargo, además de la espada, blande un acento gringo dispar con quienes lo rodean. Ken Marshall es el antecedente de Kevin Costner en el Robin Hood (otro príncipe, pero de ladrones) de 1991. El héroe y la damisela se reúnen. Tras la escena en la que discuten cómo será su vida de casados, se da el primer beso con la previsible música melosa de fondo.
Wedding Crashers From Hell
El día de dos soles se difumina ante la noche de la boda. Nótese el maniqueísmo: no imaginan en el refugio de su castillo blanco que de la Fortaleza Negra están saliendo armados hasta los dientes (si es que tienen) los Slayers (o Asesinos en castellano), colados infernales más indeseables que Owen Wilson y Vince Vaughn. Entre brumas y luz un viejo observa a los Asesinos a la distancia. No tienen una cara discernible sino una cabeza hueca, además de visor en forma de trébol y cuellos de armadura puntiagudos. Mientras se acercan, la ceremonia está en su instante climático. En esta Edad Media alternativa el fuego planetario no se extingue con el agua y tampoco quema a quien lo toca. Aquí en lugar de declaración estilo “lo que ha unido…” los esposos deben pasarse el fuego el uno al otro a través de sus manos. Antes de que Lyssa pueda pasarle el fuego a Colwyn suena la alarma. Los cabeza-hueca-asesinos hacen explotar la entrada del castillo y escalan por sus paredes sin ni siquiera tocarlas. La batalla se da entre espadas y rayos láser. Cuando a un esbirro le quiebran la cabeza hueca de ahí sale un creatura que recuerda a los aliens en su versión más pequeña. Los dos reyes, el príncipe y sus ejércitos muy apenas pueden enfrentarse a los Asesinos. Para ayudar a su padre, el príncipe en mallitas de colores gris y negro (que, mención aparte, serían la sensación en un bar léder) se tira de una cuerda con tal habilidad que ni Douglas Fairbanks ni Tarzán cinematográfico en sus mejores tiempos. Aunque intenta escaparse, los Asesinos capturan a la princesa (si no, no habría película). “¡Colwyyyyn!”, grita. Hasta un gallo se echa la muchacha en el tercer intento. Un rayo láser inoportuno no le permite al héroe rescatar a su damisela y cae inconsciente, todo posado, al pie de una escalera. Los Asesinos se van llevándose a la muchacha pelirroja. El vocabulario de estos seres invasores se reduce a un chillido espeluznante cuando mueren o al uga-uga de éxtasis cuando van en camino hacia la fortaleza. La trama queda clara. El detonante es el rapto de una princesa. ¿Dónde he visto esto antes?
La comunidad del Glaive
Tras la boda frustrada y la matanza Ynyr el anciano (una versión más del viejo sabio como Obi-Wan Kenobi o Gandalf) toma el emblema del rey y despierta al bello durmiente con un ungüento sanador. La consigna es asumir el trono y salvar al planeta de la bestia invasora. El joven héroe al principio hace berrinche y lloriquea. “¡No tengo reino!”, y tal como le sucediera a su novia se le sale un gallo. Ynyr (Freddie Jones, actor que interpretara años antes al cancerbero de John Merrick en El hombre elefante de David Lynch) le explica que sólo podrá salvar al planeta y a la princesa si se faja las mallitas apretadas y mata a la Bestia. Sólo un arma tan poderosa como el místico Glaive le ayudará en la hazaña. Si ya historias más antiguas habían agotado todos los tipos de armas —desde el martillo de Thor o la espada Excalibur de Arturo hasta el anillo de Frodo pasando por el sable láser de Skywalker— preferible que en Krull sea una estrella con cinco hojas afiladas que además funciona como un búmeran. Eso sí emocionará a los chiquilines de los ochenta. Colwyn tendrá que subir una montaña sagrada tan cabrona que se defiende aventando piedras rodantes a quien intente subirla. Pero sólo unas cuantas. En sus entrañas correrá un río de lava de donde el héroe debe sacar el Glaive, lo cual no constituye una empresa tan laboriosa en este planeta donde el fuego —aunque no se extingue nunca con el agua— no quema. Colwyn mete la mano como si de un río de mierda se tratara y sin mucho esfuerzo saca el arma cubierta de lodo prehistórico. Pedazo a pedazo el lodo caerá para revelar el brillo de esta estrella de cinco picos. Ynyr le advierte que no debe usarla hasta que llegue el momento preciso. O sea, hasta que esté frente al enemigo. Se presenta otro obstáculo. La Fortaleza Oscura de la Bestia es más errante de lo que los espectadores nos imaginábamos al principio. Tan paranoica resulta que cada día aparece en un lugar diferente. ¿Qué hacer entonces para rescatar a la princesa? Si un viejo sabio no era suficiente ahora habrá que visitar a un anciano vidente ciego, primo lejano de Tiresias. Ante demasiada tensión y seriedad se topan junto a un arroyo con un acompañante gracioso sacado quizás de los pudrideros de los aspirantes a formar parte del elenco de Monty Python: Ergo, el magnífico. La única habilidad de este personaje, además de ser medianamente chistoso, es transformarse en animal. Aunque no lo hace de forma muy exitosa ya que cuando trata de convertir a Colwyn en un ganso parlante el hechizo se le revira. Transformación, por cierto, realizada de forma torpe porque, recuérdese bien, todavía no se había perfeccionado el famoso morphing tan explotado en Terminator 2 (1991). Los tres aventureros entran a la cueva de los ladrones. Dos hachas lanzadas con pericia increíble atrapan al pobre Ergo. Entre los 8 o 9 ladrones sólo hay dos bastante reconocibles: Liam Neeson y Robbie Coltrane (Hagrid en las películas de Harry Potter). El líder Torquil (Alun Armstrong) será más difícil de reconocer hoy en día aunque haya interpretado infinidad de papeles segundones. Más recientemente un mayordomo muy mamón y creído hacia el final de la quinta temporada de la serie Downton Abbey. Todos estos ladrones tendrán nombres tan ridículos y olvidables como los de los enanos de El hobbit: Kegan, Rhun, Eirig, Turold, Nennog. Difícil no caer en la tentación de inventarles otros nombres: Kagan, Nenote, Tolosio, Gremlin, Tick, Rhum, Stitch, etcétera. No pasan muchos minutos antes de que se descubra que Colwyn es el nuevo rey. Les ofrece la libertad a cambio de su fuerza como pequeño ejército. La comunidad del Glaive está casi ensamblada. Ya sabemos que varios ladrones de este ejército insignificante morirán durante la aventura. No importa. Ni siquiera me acordaría de sus nombres.
Cíclope, ciego y niño
Mientras tanto la princesa Lyssa deambula por los recovecos de la Fortaleza Oscura. Luego de dar algunos pasos se halla atrapada ante el borde de un abismo y dentro del iris de un ojo tan gigante como falso. Una voz ronca y atemorizante le habla. La bestia oji-roja, bocona, dientona y de prominente cabeza recuerda en algo a las creaciones de H. R. Giger (en especial, la más famosa, ésa que “protagonizara” Alien de Ridley Scott cuatro años antes). Le ofrece a Lyssa todo su poder, gobernar la galaxia entera juntos. Claro, con tal de que olvide a Colwyn y se depose con ¿él? ¿ella? La veleidosa fortaleza pasa de un paraje montañoso a uno nevado. Aquí surge la pregunta de si la formación rocosa tiene la maravillosa capacidad de tele-transportarse, ¿qué necesidad había del viaje espacial del inicio de la cinta? De vuelta a la comunidad. A lo largo de su periplo hacia la morada del vidente, Ergo se da cuenta de que un cíclope de pésimo maquillaje los acecha. No se sabe si el tátara-tátara-tataranieto de Polifemo es amigo o enemigo. Ante el miedo de Ergo, Ynyr cuenta la leyenda de los cíclopes, su mito original. Según el sabio, cual ángeles caídos, un grupo de humanos le dieron su segundo ojo a la Bestia a cambio del don de la adivinación. Pero la Bestia los traicionó (qué mala suerte que no previeron eso) y sólo se les concedió el poder de adivinar el día de su muerte. Desde entonces buscan vengarse de la Bestia. Cruzando un bosque se topan con una gran piedra. En una secuencia que de nuevo hacia el futuro remite a El señor de los anillos y a la entrada de la comunidad en la mina de Moria, Ynyr llama a gritos al vidente y éste les concede traspasar la piedra para entrar en su morada. El vidente ciego se hace acompañar de un niño —que a diferencia de algunos de los ladrones sabemos que sí sobrevivirá a la aventura— y un bastón con unas campanillas de sonidos bastante irritantes. A través de una esmeralda que hace girar y levitar, el anciano ciego pretende decirles dónde aparecerá la Fortaleza Oscura al siguiente día. De la esmeralda surge una proyección nada disímil a la de la princesa Leia saliendo a R2D2 (o Arturito para los cuates mexicanos). Gracias a la proyección se va armando la fachada de la fortaleza. Pero… ¡oh, desgracia! Una garra estilo monstruo-de-la-laguna-verde destruye la esmeralda y sopla fuertemente. Quién sabe por dónde se cuela el viento huracanado de la Bestia que casi hace volar las barbas postizas de los dos ancianos. Ahora habrá que ir a quién sabe qué lugar apartado para eludir el poder de la Bestia. Más de un viejo sabio no aguanta la película y ya sospecho que el vidente cieguito —por aquello de que los diminutivos suenan menos agresivos— colgará los tenis pronto.
Arenas movedizas y espantosa visión
A estas alturas de la película se agotan los escenarios naturales. He visto parajes montañosos, nevados, desérticos y boscosos. Sólo faltaba el pantano. Ahí van Colwyn y sus amigos. El viejo vidente apenas camina con su bastón ruidoso. La Bestia les tiene preparada una emboscada. Los Asesinos emergen del pantano, lanzan rayos láser y cuando son atacados sacan chispas rojas. El cíclope acosador salva a Ergo y aprovecha para hablar por fin con él. Todo indica que es amigo y se unirá a la comunidad del Glaive. Tratándose el escenario artificial de un pantano se vuelve obligatoria la escena de quien se hunde en arenas movedizas. “¡Estira la mano, ladrón #7!”, podría exclamar el héroe. Dice otro nombre. Pero es demasiado esfuerzo recordarlo. El nuevo rey no logra salvarlo. Mientras, la Bestia mañosa aprovecha para mandar a un doble maligno del vidente. ¿Cómo reconocer al doble? Fácil: él tiene globos oculares completamente negros y de repente las uñas se le ponen más largas que las de Niurka Marcos. A pesar de estas obviedades, sólo los chiquilines en el trance de ver la cinta notarán estas diferencias entre los dos videntes ciegos. Un primer intento de matar a Colwyn se le frustra al doble maligno. Más tarde arguye que sólo lo puede acompañar quien busca el conocimiento. Aquí se da una escena que me aterrorizará en sueños toda la vida. Colwyn hace de lazarillo al vidente maligno. Éste abre los globos oculares negros y las uñas le crecen. “¡Aquí está el conocimiento que buscas!”, grita e intenta enterrarle las uñotas en el cuello. Al menos hay alguien no tan estúpido en la tropa. El cíclope, a pesar de tener solamente un ojo, descubre el cadáver del vidente original cuando las arenas movedizas lo escupen —la carne vieja no ha de saber nada bien— y vuelve corriendo hecho la mocha para lanzar su tridente y salvarle la vida al héroe. El doble, tras ser alcanzado por el tridente, lanza el chillido gutural característico de los Asesinos y se derrite no sin antes darle su rostro un aire al hombre elefante. El duelo del niño se resuelve en un segundo: “Somos tu familia ahora”. Y Ergo se convierte en el perro de los zapatos Hush Puppies para consolar al pequeño. Nótese que el director de esta cinta tiene su corazoncito.
Dobles tentaciones
De vuelta al escenario boscoso. Ynyr sabe de otra forma para conocer el destino de la Fortaleza Oscura. Haberlo dicho antes. Sin embargo, parte solo. Una de las muchas esposas de Liam Neeson —con domicilio cerca del bosque— aparece y trae consigo a varias mujeres para hacerles compañía a los aventureros. No vayamos a dudar de su hombría. Quién sabe cómo se comunicó Liam con su mujer. Habrá sido por paloma mensajera, señales de humo o telepatía. Tal vez haya en esta Edad Media planetaria un medio de comunicación infalible que haga aparecer a las mujeres de una escena a la otra. Da igual. Ésta es la hora de las tentaciones paralelas. Una chica que la esposa de Liam apenas conoce (¡alarma!) se acerca a Colwyn con comida. Mientras tanto, la Bestia cachonda y desesperada por casarse ha tratado de seducir a Lyssa sin éxito. En el rincón más recóndito, tenebroso y huesudo (por la decoración) de la fortaleza la Bestia adopta el plan que debió seguir desde el principio del cortejo. En lugar de ofrecer riquezas y poder, se transforma en Colwyn. Claro, su poder de metamorfosis es limitado. No puede cambiar su voz ronca ni sus globos oculares completamente rojos. Lyssa no es tan tonta ni la permanente le ha freído tanto el cerebro como para no darse cuenta de que Colwyn no está frente a ella. El plan fracasa de nuevo. Bajo el disfraz le muestra cómo la enviada del mal trata a su vez de seducir al héroe. El príncipe virtuoso y fiel rechaza a la chica. Vengan de nuevo los ojos por entero negros y las uñas de Niurka. Está punto de matarlo. Pero se detiene. Tan irresistible es Colwyn que la enviada del mal confiesa haberse enamorado de él. Aunque apenas lo conozca desde hace dos minutos. Y aunque su vida peligre al traicionar a la Bestia. Lyssa se burla del truco fallido y la Bestia no duda en hacer soplar su viento huracanado para convertir en polvo a la traicionera y mediocre seductora. Si los premios no han logrado persuadir a la princesa, veremos cómo le va con las amenazas. Mientras ella no acepte casarse con ¿ella? ¿él? gente inocente del planeta Krull morirá a manos de los Asesinos.
La Llorona de la telaraña
La única persona con la visión y el poder para adivinar dónde aparecerá la Fortaleza Oscura es la viuda de la telaraña. El viejo sabio entra a la inmensa y pegajosa guarida. Como era de esperarse, emergerá de entre las profundidades de este abismo una araña gigante y translúcida, como hecha de cristal. Esta araña quizás resulte ser ascendiente de la golosa Shelob de Peter Jackson en El retorno del rey. Aunque este ente patón no es producto de la computadora sino del stop-motion. Y vaya que se nota. Lyssa también se llama la viuda e Ynyr grita su nombre. Una vez identificado el visitante le da vuelta a su mágico reloj de arena y le concede tiempo para trepar hasta el centro de la telaraña. Mientras la arena caiga la araña no se moverá. Las articulaciones de Ynyr no se hallan en tan óptimas condiciones como para trepar con la rapidez suficiente. Menos cuando se le rompe una liana. Finalmente alcanza el centro y puede sentarse a platicar con su antiguo amor. A través del espejo la ve no como una mujer cubierta de maquillaje para hacerla envejecer sino como cuando era joven y tenía el rostro de la actriz londinense Francesca Annis (Macbeth de Polanski, Dunas de Lynch y un largo etcétera en cine y televisión). “¿Qué crees?”, le dice ella, “después de que me dejaste tuve un hijo tuyo y lo maté”. Por haberse convertido en la Llorona intergaláctica de una época medieval alternativa la tienen castigada ahí. Ynyr persuade a esta Lyssa blandiendo el argumento de que hay que salvar a los jóvenes que se aman como alguna vez se amaron ellos. “Mañana en el Desierto de Hierro”, da su augurio la viuda. Viene el sacrificio de los antiguos amantes. La viuda rompe el reloj de arena. Toma la materia huidiza y se la da a Ynyr. “Éstas son las arenas de mi vida”, dice. Le han sido concedidas para rescatar a la otra Lyssa. Pero como el tiempo, conforme la arena caiga de la mano de Ynyr, la vida del viejo sabio se extinguirá. Ya se está poniendo muy poético y filosófico esto. Uno sólo pagó su entrada para pasar el rato y llenarse el estómago de palomitas y Coca-Cola. Ynyr va hasta el campamento de Colwyn y grita la información antes de expirar y de que caiga el último puñado de arena de su palma. ¿Qué les da a los viejos sabios de estas jaladas de fantasía por morirse antes de que termine la película? Tal vez dirán que no les pagan suficiente por salir en estas basuras.
Yeguas que echan fuego y croma cachirulesco
La Fortaleza Oscura de la Bestia reaparece en el Desierto de Hierro que, aunque desierto, alberga en su centro un campo florido ideal para final de película. Quiere decir que la tortura no está lejos de terminarse. El campamento boscoso está a miles de leguas del desierto. No hay manera de llegar allá antes de que terminen el día y la noche. El cíclope tiene una idea: yeguas de fuego. O más bien, yeguas que al cabalgar echan fuego. Domarlas no debería ser tan fácil tratándose de seres mitológicos. Pero ya que el tiempo de la cinta se prolonga demasiado y hay que arribar al ansiado desenlace (la pelea entre Colwyn y la Bestia), lazos normales serán suficientes. El cíclope se despide de ellos pues le ha llegado su hora. El fuego despedido por las yeguas cuando cabalgan se prestará igualmente a burlas. Se encontrará superpuesto y de una manera muy burda. La cabalgata en Krull será recordada como uno de los peores cromas en la historia del cine. Por fin atisban la Fortaleza Oscura. Hay que entrar antes de que amanezca y la muy paranoica cambie de lugar. Los Asesinos vuelven aparecer con sus cabezas huecas para detenerles el ascenso. El cíclope cambia de opinión y decide morir volviendo a ayudar a esa bola de desconocidos. Durante la escalada muere Hagrid; pero esta vez no hay tiempo para duelos. El cíclope les abre paso y queda atrapado entre los pliegues de una entrada al mismo tiempo rocosa y corrediza. “Llegó mi hora”, son sus últimas palabras. Injusto que no sobreviva quien tanto contribuyó a la comunidad. En cambio, el niño… Mejor no decir nada. No nos acusen de odiar a los niños. Ya dentro de la fortaleza un rayo láser inoportuno también asesina al ahora invencible héroe de acción Liam Neeson. No era posible pedir más (y sobrevivir a la aventura) en su debut cinematográfico. Al menos, se habrá dicho el actor, pasó casi al final del largometraje. De los 9 ladrones que tenía Colwyn sólo le quedan 3. El piso de la fortaleza se abre y Ergo y el niño se separan del grupo. Al fin a Ergo le sale bien un hechizo y se convierte en tigre para proteger al chiquilín de los Asesinos. Recuérdese que en este tipo de cintas los niños, a diferencia del cíclope o de Liam Neeson, no deben morir. No importa que hayan sido más estorbo que ayuda. En el corazón huesudo de la Fortaleza Oscura —un domo con paredes translúcidas— está presa la princesa Lyssa. Ahí, tras la jodida espera de una hora con cuarenta minutos, por fin Colwyn saca el Glaive y lo lanza para perforar el domo óseo. Mientras el héroe se encuentra ocupado con dicha tarea, un ladrón gordo se recarga contra la pared con tal mal tino que resulta ser mágica y traspasable. Los tres ladrones restantes acaban en una mazmorra rodeados de palos con puntas afiladas que, poco a poco, se les acercan para empalarlos. De repente se detienen como distraídos de su labor asesina. El gordo imprudente vuelve a regarla y, por supuesto, es el primero en morir empalado. El director otorga a sus espectadores tensión en tres frentes: el tigre Ergo y el niño ante los Asesinos, Colwyn a punto de rencontrarse con su princesa prometida y los dos ladrones a cinco centímetros de una incómoda muerte. ¿Serán los pequeñuelos de los ochenta capaz de seguir estas tres líneas paralelas? Claro. Como si no hubieran visto La guerra de las galaxias cientos de veces. Como si las novelas de caballería no se hubieran inventado siglos atrás.
La elegía de la Bestia
Los jóvenes amantes vuelven a encontrarse. Pero la Bestia no anda muy lejos. Rompiendo cualquier sentido de la proporción y cada una de las leyes de física, del domo huesudo de fondo vacío emerge inmensa la bestia cabezona y hocicuda para enfrentar al héroe Colwyn. Además de ojos rojos, cabeza prominente, hocico de dientes afilados y garras como alas de vampiro, la bestia dragona escupe bolas de fuego para defenderse de los ataques giratorios del búmeran de cinco picos. En un descuido se le clava en el pecho. “¡ARRRRGGGHHHHHHH!” obligatorio y desplome seguido. Sin embargo, el arma no vuelve a la mano de su dueño. Por mucho que Colwyn extienda cada falange de la mano hasta casi hacerlas reventar por el esfuerzo, la estrella no regresa a él. El siguiente truco se lo plagian de otro género. El de terror. No queda de otra que ir por el Glaive. Y como en final de película de horror donde el asesino revive repentinamente, cuando Colwyn está a punto de desenterrar el arma del supuesto cadáver, la garra larga y huesuda se lo impide. Los palos puntiagudos vuelven a moverse. Los Asesinos se acercan amenazantes al niño cuando el tigre ya está herido. Colwyn y Lyssa huyen y entran a una gruta (rara la geografía de esta Fortaleza Oscura). Se ven rodeados de estalactitas y estalagmitas. El héroe ya no tiene arma con qué defender a su princesa. Pero ella le dice: “No es el Glaive, eres tú”. De haberlo sabido, diría Colwyn, no habría metido la mano en ese río de mierda. El fuego del matrimonio los salvará. Antes de que la distraída Bestia ataque, ella le pasa el fuego que no quema. Termina así la ceremonia al inicio interrumpida. Colwyn toma el fuego de la mano de su flamante esposa y lo lanza contra la Bestia. De esta forma el mal termina achicharrado y ahora sí muerto. ¿O muerta?
A correr hacia el campo florido
Pero la diversión no ha terminado. Así como el villano en todas las películas de fantasía está ligado a su planeta / guarida / castillo, así la Fortaleza Oscura empieza a auto-inmolarse pedacito a pedacito. Nada difícil para el departamento de los (d)efectos especiales incinerar al monigote cabezudo de látex. Éste sí será un trabajo difícil. A salvo de los palos puntiagudos que perdieron sus instintos asesinos con la muerte de la Bestia, los dos ladrones aún vivos se reúnen con Colwyn y Lyssa. Después encontrarán al niño y a Ergo, ya otra vez humano y herido. A correr se ha dicho entre la lluvia de rocas y los temblores. Incluida va la secuencia del derrumbe de un puente con todo y detenimiento de los corredores para que se entienda que ninguno de ellos cayó al precipicio. La salida se las da el fuego matrimonial que, a pesar de que no quema, funciona como bomba y abre un boquete a la fortaleza. Los pedazos de la nave-montaña ascienden hacia el espacio exterior de donde vinieron. El planeta Krull está a salvo de la invasión. El niño, los dos ladrones, Ergo, el héroe y la princesa corren por el campo florido. Exhaustos sobre el mismo ven los últimos restos de la Fortaleza Oscura desaparecer hacia el cielo. Ergo se queja de sus heridas. La princesa, ahora doctora, dice que se pondrá bien. “¿Ganamos?”. Y ellos son los últimos en enterarse que sí. Colwyn nombra al ladrón líder “Lord Marshall” de Krull. Abundan las risas. Y el narrador, ausente desde el inicio de la película, nos indica que la profecía se cumplirá. Música celebratoria. Créditos finales. Fin de esta bazofia de fantasía.
No hay vida después de Krull
Actualmente el actor más famoso entre el reparto de este bodrio es Liam Neeson. Ken Marshall y Lysette Anthony, la pareja protagónica, volvieron a las brumas del anonimato. El artífice de tamaña porquería, el director Peter Yates, no se conformó con este crédito —de acuerdo con IMDB con uno de los mayores presupuestos de la época— sino que además perpetró el peor sacrilegio contra la literatura española: una adaptación televisiva de Don Quijote (2000) protagonizada por John Lithgow y Bob Hoskins. La imitación a La guerra de las galaxias no se limitó a algunas coincidencias narrativas. El fenómeno del merchandising, tal como pasara con El abismo negro, también se dio en el caso de Krull. En particular el videojuego de Atari que, aunque yo no tenía en casa, recuerdo haber jugado seguramente porque algún amigo me lo prestó. Era tan malo como el de E.T., el extraterrestre. Al menos, los juegos de Krull no terminaron enterrados en un desierto de Nuevo México. El colmo sería que Hollywood sí desenterrara pero el recuerdo de Krull realizando un remake repleto de imágenes generadas por computadora. Ahí sí estaríamos ante el final de los tiempos.

Krull (1983). Dirigida por Peter Yates. Producida por Ron Silverman. Protagonizada por Ken Marshall y Lysette Anthony.

miércoles, 22 de julio de 2015

Desaparición junto al mar

Conforme la obra de Asghar Farhadi crece queda en evidencia su predilección por los dramas modernos. Ésos donde no hay maniqueísmos ni oráculos. En ellos ningún personaje representa la luz o la oscuridad. Mucho menos están hechos para un público infantilizado hambriento de un menú limitadísimo compuesto de superhéroes o franquicias. El guionista y director iraní se vuelve entonces conocido a nivel internacional con Una separación (2011), película por la cual gana el premio Óscar a mejor cinta en lengua extranjera. Esto es, en lengua no inglesa. Ya desde antes y en el circuito de festivales Farhadi había dejado huella con su crédito precedente: A propósito de Elly. El también realizador de la más reciente El pasado (2013) muestra una vez más la cotidianidad de su país de origen así como la constante lucha entre la modernidad y la tradición. Y “una vez más”, claro, lo digo retrospectivamente porque en muchos países A propósito de Elly se distribuye después del éxito de Una separación.
Primero se escuchan gritos en un túnel. No son de dolor sino de alegría. De un auto a otro estas personas aúllan de manera festiva. Lo anterior contradice por completo las historias de opresión con tanta frecuencia relatadas en este lado del mundo, el occidental. Estamos en Irán. Ese país tan mistificado por los medios de comunicación. El mismo presentado y animado por Marjane Satrapi en Persépolis (2007). Y sí. Las mujeres portan un velo para ocultar su cabeza. Aunque estas mujeres de los autos recorriendo el túnel lo hacen parcialmente. Y, sin embargo, gritan de júbilo porque se dirigen hacia la libertad del mar y del fin de semana. Lo hacen con sus esposos, sus amigos y sus hijos. Además, se están reuniendo con un antiguo compañero que ha estado lejos del país durante varios años.
A propósito de Elly (Darbareye Elly, 2009) arranca de forma muy simple: un grupo de amigos decide pasar el fin de semana a las orillas del Mar Caspio. Entre ellos va una extraña. Elly (Taraneh Alidoosti), la maestra de su hija menor, ha sido invitada por Sepideh (Golshifteh Farahani) con la intención de que conozca a Ahmad (Shahab Hosseini), el recién divorciado del grupo que acaba de regresar de Alemania. Sin embargo, los antiguos amigos de la universidad saben muy poco sobre ella. La llaman Elly; pero ése es su sobrenombre. Es más joven que los demás, algunos casados y con hijos. Desde el comienzo ella debe enfrentarse no sólo a la incomodidad de encontrarse entre personas ajenas sino además la constante carrilla que pretende empatarla con Ahmad.
Luego de una primera confusión llegan a la casa junto a la playa. Como está muy descuidada, se ven en la obligación de ordenar y limpiar. La fiesta continúa: bailes, comida, juego de caras y gestos, etcétera. Algo oculta Elly. Por teléfono le pide a su madre que no le informe a nadie de su viaje. La carrilla va en aumento. Tanto que a la mujer que se ocupa de rentarles la casa le dicen que Elly y Ahmad son recién casados. Una mentira en broma. Más tarde, a causa de esto, se detonará una posible tragedia. Al segundo día la trama da una vuelta de tuerca cuando Elly desaparece. Más tarde saldrá a la luz información a propósito de esta mujer culminando además en una serie de recriminaciones y angustias. Un descuido cambia la celebración por lágrimas: mientras Elly protesta diciendo que debe regresar en ese momento a casa, una de las mujeres le pide que vigile a un niño que nada en el mar. Elly se acerca a otras dos niñas. Hacen volar un papalote. Ella toma control del objeto volador. Yendo y viniendo sobre la arena de la playa y sonriente es como el espectador la ve por última vez. Inmediatamente después las niñas dan la alarma: su hermano se está ahogando. Todos los hombres corren a tratar de salvarlo. Una vez que lo logran se preguntan dónde está Elly. ¿Se habrá ahogado tratando de salvar al niño? ¿O sólo se fue sin despedirse?
El tono del filme se altera por completo después de la desaparición. El contraste con la festividad, incluso banal, de la primera mitad del filme no puede ser mayor. A propósito de Elly se torna a partir de aquí un drama donde se acumulan las mentiras y, al hacerlo, poco a poco saldrá a la luz la verdad sobre la mujer desaparecida. Excepto su nombre real. La culpabilidad apunta hacia Sepideh por haberla invitado. Quien con mayor fuerza la recrimina es su esposo Amir (Mani Haghighi). Luego será el resto del grupo. Cuando entre en escena otro personaje masculino, un hombre ligado a Elly, todo se centrará en el honor. Mientras en la primera parte nos damos cuenta de que estos personajes son capaces de habitar en cualquier sociedad del planeta, en la segunda el realizador aterriza en su país natal. Ese mismo en el que el honor de una mujer tiene una importancia inconmensurable. Farhadi enmascara el comentario social sobre la desigualdad entre hombres y mujeres con una historia donde destacan la tensión y el suspenso. Muchas reseñas hablarán de un thriller psicológico. Pero esto no le resta puntos pues por debajo de la brillante técnica se agazapa un drama humano y realista donde no hay héroes ni villanos. Las cuestiones de honor se interponen en el camino hacia la verdad la cual, para desgracia de los presentes en este fin de semana trágico, no será nada fácil de digerir. A propósito de Elly ganó en su momento el Oso de Plata al mejor director en la Berlinale.

A propósito de Elly (Darbareye Elly, 2009). Dirigida por Asghar Farhadi. Producida por Simaye Mehr, Mahmoud Razavi y Asghar Farhadi. Protagonizada por Golshifteh Farahani, Taraneh Alidoosti y Shahab Hosseini.

viernes, 17 de julio de 2015

A merced de los demás (II)

Aquí van algunos otros fragmentos de este mal relato titulado "A merced de los demás". Vienen todos los lugares comunes respecto a la ficción: "cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia", "estos personajes son sólo invenciones y no comparten ninguna opinión conmigo", "este texto no tiene ni un ápice de autobiografía", etcétera. El relato no está completo. Faltan dos fragmentos que he decidido no publicar porque, como dije en la entrada anterior, tratan de "anécdotas" demasiado recientes y las realidades satirizadas ahí se hallan todavía muy cercanas en el tiempo. Por desgracia, creo que esos dos fragmentos son quizás los más divertidos. O, al menos, así me lo parecen a mí. Van a continuación los otros fragmentos:

Primera parte

Siente que no tiene valor. Porque no posee ni un auto ni una casa y porque mientras espera que su situación en ese país se normalice los ahorros se reducen con pasmosa rapidez. La sociedad moderna sólo le otorga valor a un ser humano por lo hondo de su bolsillo y por su potencial como consumidor de bienes y servicios. Quien no consume, no es nadie. Es una conspiración, se dice, donde los medios, los escaparates de las tiendas y aun los transeúntes en las calles se han conjurado para humillar al que menos compra. Ahí, ella no valía porque no tenía nada. Y al no tener nada no podía consumir. Y cuando le llaman por teléfono a la hora de la cena en lugar de reclamar por interrumpir su comida o su programa; escucha la cantaleta de la voz en el teléfono, ésa del agente de tele-mercadeo al otro lado de la línea y termina explicando con vergüenza que no está interesada y se reserva el motivo como si fuese una falta terrible. Porque no tengo ingresos. Porque el dinero me resulta escaso en estos días. Porque soy una paria expulsada del paraíso y de la simbiótica y perfecta relación entre el trabajo y el consumo. Porque espero que una maldita oficina burocrática se apiade de mí y me conceda el derecho de trabajar en este país.
Sus estudiantes en la Maison de L’Amitié le agradaban. Se daba cuenta de que aquélla era una profesión generosa que podía emprender y desempeñar a un buen nivel sin mayores problemas. Conforme las clases se fueron acumulando comprendió la función de la Casa de la Amistad, un lugar que acogía a refugiados. Incluso una tarde se quedó alrededor de dos horas más ahí platicando con una compatriota. La mujer le contó su historia de violencia. Cómo huyó del país con sus dos hijos, cómo con muchas dificultades llegó hasta el Canadá y una vez aquí pidió refugio. Un destello de envidia se le enquistó en el cerebro en el trayecto del regreso a casa. El refugiado, a diferencia del inmigrante, también estaba obligado a esperar. Sin embargo, sus gastos se encontraban cubiertos por el gobierno o por las instituciones de beneficencia. Voluntarios ayudaban a esa mujer con los trámites burocráticos. Ella, en cambio, le había tenido que pagar a un despacho de consultores. Y nadie le daba techo ni comida. Se sintió mal consigo misma. Claro, nunca había sufrido violencia. Si es que la historia de aquella paisana era verdadera. Quién sabe.
* * *
                Si algo lo había hecho feliz ese año de deleznable espera, eso había sido el Cinéma du Parc. Fiel a una programación de cine de autor, cercano a su diminuto departamento, barato en la matiné, escondido, doblemente subterráneo, íntimo y único para él; como un tesoro conocido y disfrutado sólo por los conocedores de su existencia, fuente de alegría, de calma, silencioso durante la exhibición de la película y ésta, con sus poderes mágicos de persuasión, cómo era capaz de hacerle olvidar lo incierto de su porvenir. Su único lujo y sin embargo también su único maná en un páramo de indiferencia. Por qué los conflictos de los personajes fílmicos adquirían tanta fuerza hasta parecer harto reales. Rogó más de una vez en la misa en español, aquélla a la que iba caminando como en peregrinación todos los domingos hasta Côte-des-Neiges, que el Cine del Parque nunca dejara de acompañarlo en sus vicisitudes, que los grandes y mercantilistas complejos no se lo tragaran, que quienes tenían el buen tino de manejarlo no lo dejaran huérfano por los caprichos de la voraz ley de la oferta-demanda, que Dios siempre bendijera al buen Cinéma du Parc.
            Aquéllos debieron ser los días más eternos de su vida. Las horas pasaban con una parsimonia apabullante. Llegó un momento en que no supo cómo matar el tiempo pues era imposible pasárselo doce horas seguidas en una sala de cine no siendo la entrada gratis. Y con un puñado de canales en la tele tampoco. Aquel estado de lasitud trocaba el ambiente y le daba un hálito de misticismo. Se acostumbró a construir fortalezas de la nada y a tejer en su mente la trama más sinuosa. También volvía a soñar con lo que le faltaba, con lo que nunca podría tener: el futuro. En él se vio sumergido en una prosperidad protectora y anhelada. Una sólo asequible a través de la inmigración y los sacrificios que conlleva. Hallarse en ese estado de sopor y en muchas ocasiones a merced de los demás —con la intención de llenar tanto la mitad izquierda como la derecha del refrigerador— era el paso transitorio para, en uno o dos años, acceder a las comodidades ahora vistas únicamente detrás de un aparador.
En aquella época se hizo amigo de un vecino del edificio. Era libanés. Estaba casado y tenía un hijo. Se conocieron en el cuarto de las lavadoras y ante las mismas preocupaciones por el dinero surgió la amistad. El plan maestro del libanés para convertirse en millonario cambiaba cada semana. Era estudiante de maestría en sistemas computarizados (o algo similar) en la Universidad Concordia. Una semana se trataba de uno de esos chanchullos de pirámide. Otra, el tele-mercadeo. Una más, las famosas start-up y las redes sociales. Finalmente, los billetes de lotería. Que en Canadá no eran billetes sino tickets impresos con varias series de números en ellos. Su vecino insistía en comprar los del 649, cada miércoles y cada sábado. A él le parecía un gasto innecesario. Muy apenas le seguía la corriente y compraba si acaso una o dos series de números. En cambio su amigo, a pesar de tener mujer e hijo recién nacido, se gastaba hasta veinte dólares cada vez que iban.
Y ni siquiera caminaban al dépanneur de la esquina, no. No quería que el dueño de la tienda lo tildara de pobre. Caminaban como hasta cinco cuadras para ir a otro dépanneur donde no fuera conocido su amigo y donde mucho menos fuera la mujer a hacer las compras y al dependiente le saliera el comentario de que su esposo dos veces por semana se gasta hasta veinte dólares en el 649. Y hasta allá acompañaba al vecino. Al fin y al cabo no había nada más que hacer. Y, claro, al siguiente día verificaban juntos los resultados en el sitio de Loto-Quebec. Y nada. Ni siquiera un rembolso módico. Ni siquiera otro juego de lotería gratis. Y a despedazar el billete. Y a tirarlo a la basura. Qué pérdida de dinero.
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            Pero sus días no estaban exentos de oscuridad. En ellos, había ciertas horas en que hallaba inexplicable la espera en la que las autoridades de inmigración la habían confinado. Sabía que en el famoso sistema de puntos su calificación debía ser de las más altas y le era sumamente difícil entender por qué las puertas del país sí se abrían y de manera automática a quienes pedían asilo político y no a ella. Ella no había llegado a refugiarse extendiendo la mano sino a trabajar, a integrarse, a enriquecer el país. No a mermarlo. No deseaba compasión sino sólo una oportunidad para hacerse de una vida próspera. Y estaba convencida de su ventaja pues así lo habían asegurado esos portavoces de Canadá que iban por todo el mundo invitando a la inmigración. Eso le afirmaron cuando visitaron su ciudad en el norte de México. Ella encontraría un buen trabajo tan pronto le dieran la residencia permanente. Era productiva, joven, con ansias de trabajar por un sueldo justo y así mejorar su calidad de vida, aunque fuese un poquito. ¿No era ése el sueño de cualquier persona al venir aquí? Pero mientras tanto, ¿qué?: las horas vacías, los gastos, los trabajos eventuales y clandestinos, los departamentos diminutos, los cupones, los “produtos” Sélection Mérite (“produtos”, así, sin la C, como en México los produtos Soriana o Sin Marca, sin “C” por aquello de la falta de “calidá”), los meses de vacas flacas convertidos poco a poco en un año y la angustia por la pregunta: cómo hacerse del pinche dinero.
            No lo llama magia. Pero es una cualidad parecida a ésta lo que tiene la ciudad. Con cada cambio de luz, es capaz de hallar maravillas en los edificios, en los árboles, en las nubes y a veces en los rostros de los más viejos. Entonces, cuando llegan a ocurrir este tipo de revelaciones, su decisión se fortalece y desea no abandonarla nunca más y quedarse a vivir en ella el resto de sus días. Y, cuando desde lejos le preguntan si el frío no la desquicia, sólo se encoge de hombros como si fuera posible para ellos captar ese movimiento a través del teléfono pues para qué desperdiciar saliva y decir que es una enamorada de la veleidad de las estaciones y aunque el invierno dure tanto el cambio tremendo que representa es suficiente como para aceptarlo y algunas veces incluso a disfrutarlo. ¿No es eso preferible a la monotonía de una estación? La nieve, las carencias, ¿no son precios pequeños por vivir en una ciudad tan vibrante y tan multifacética como Montreal? Sí, había días en que por Montreal valía la pena hacer cualquier sacrificio. Ésta es una ciudad donde se puede mirar hacia arriba, solía decirse mientras caminaba sin rumbo por sus calles.
            Pero ni así se sacaba el verbo de los pensamientos. Esperar se había convertido en un vocablo odioso. En el intermedio, cuando no sucedía nada y en el que la vida se había congelado. Dentro de ese lapso, aunque tratara de desengañarse con teorías sobre familiaridades morfológicas, tampoco cabía la esperanza. Si tan sólo ese espacio en blanco de su biografía pudiera colmarlo con una afición. El cine, por ejemplo. Pero no podía. Se preguntaba por qué si a la humanidad se le había ocurrido desarrollar tan maravilloso y deslumbrante invento cómo no habían pensado otorgarlo gratis e ininterrumpido sólo por el cambio de bobina. No, porque mucho antes la humanidad había inventado el trabajo —muy por encima del ocio generador de vicios— y el intercambio de monedas por él. Ahogada por la interminable espera y dentro de esta sí morfológicamente familiar desesperación, encontraba el respiro en las funciones al aire libre de un festival cinematográfico.
            Sin embargo, las dos horas ahí a la intemperie, sentada sobre los peldaños de la Place des Arts, no eran suficientes. Entonces se entregó a una forma más barata de contarse historias: los sueños. Ya fuese despierta o dormida, a veces empezaba en un estado y culminaba con el otro. El único problema consistía en recordarlos al amanecer. Había transitado de la forma más poco aprovechable de contarse historias hasta la más barata sin siquiera pasar por la intermedia: los libros. Para qué. Otros objetos de lujo. Así vio pasar los últimos meses de la espera entre trabajos intermitentes y sueños difíciles de rememorar. Unos días antes de que de nuevo y hundida en un sueño lúcido se le quedara mirando al anuncio de los laboratorios, le llegó la noticia de que los trámites habían concluido y que la visa de residente permanente había llegado al despacho de los consultores. Sólo faltaba un requisito, le advirtió la secretaria al entregarle el sobre lleno de documentos, tenía que viajar a la frontera y en un truco de absurda burocracia salir y volver a entrar al país como si fuera la primera vez que arribaba.
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Hubo un momento en que ya no pudo comprar más números de la lotería. Tanto así que cambió el horario para lavar la ropa y con eso evitar encontrarse al vecino. Más le valía cuidar el dinero porque la falta del mismo comenzaba a reflejarse en la ropa interior. Por ahí andaban en su cajón ya cinco o seis calcetines con hoyos. Y dos o tres calzones presentaban un elástico guango, de tan estirado que aun con los pantalones puestos la prenda interior se le iba bajando hasta quedar a nivel de media nalga. Para entonces el mismo menú se repetía hasta el cansancio. Faltaba poco. Debía faltar muy poco para obtener la visa de residente. Entonces, pensó, todo se va a arreglar como por intervención divina. Obtendría un buen trabajo, el departamento con vista y cuarto aparte, la ropa interior nueva. Todo lo pregonado como necesario. Y a pesar de los calzones desgastados y una mala alimentación en lo que sí siguió desembolsando dinero fue en su único bien superfluo: el cine. Con el cine aprendió a soñar, a oscuras y al aire libre.
            Ante la gente estuvo transitando de una soledad a otra, a través de dos idiomas ajenos, el inglés y el francés, y no aterrizando en ninguna de las dos realidades porque ninguna le pertenecía, ¿no es acaso él un “alófono” como los llamaban las dos soledades, las dominantes? Qué término más imbécil. Agrupar a personas de orígenes tan disímiles dentro de una misma categoría basándose únicamente en criterios lingüísticos. Ahí, en Quebec, sólo había de tres sopas: francófono, anglófono o el resto, bautizados como “alófonos”. Tal vez por eso también logró entablar amistad con el libanés.
De nuevo se lo topó un fin de semana en que pensó que no había nadie en el cuarto de lavado. Ya vergüenza le daban sus garras. Entonces lo encontró ahí y se lo contó. Su vecino lo había hecho. Acudió a los laboratorios que ofrecían aquella cantidad de dinero para que uno se convirtiera en conejillo de indias. Lo habían sometido a toda suerte de análisis y finalmente le habían administrado medicamentos. A final de cuentas, tenía que esperar un tiempo para regresar y volver a someterse a otros análisis. Al cabo le darían el dinero prometido. La única incomodidad, un encierro de horas. Tal vez días. Su vecino había encontrado ahí a todo tipo de personas. Desde el estudiante en busca de ahorro para irse de spring break, pasando por el profesor desempleado (sin ofender al presente, claro, mon ami), músicos callejeros, artistas circenses y, aunque no lo creyera, hasta algunos jubilados cuya pensión no era suficiente para las vacaciones en el ignoto Sur, ése con mayúsculas al que acudían tales snowbirds para olvidarse del frío. Que se animara a hacerlo. Qué podría salir mal.
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            Welcome to Canada! Tras tanto tiempo aguardando esa bienvenida el instante había sido francamente anticlimático. No escuchó fanfarrias ni sintió mariposas revoloteándole en el estómago. Había tomado el siguiente autobús de regreso a la ciudad con sus papeles sellados. Los siguientes pasos resultaron la mar de simples a comparación de lo vivido con anterioridad: sacar el número de seguro social y la tarjeta médica. El CV ya lo tenía preparado. Pero luego de algunas semanas de repartirlos en diferentes escuelas la búsqueda había resultado infructuosa.
Una amiga que trabajaba en una escuela de idiomas la invitó a una cena. La amiga —una peruana de Iquitos— le había consultado a la coordinadora del programa de español y la mujer no había puesto objeción. Qué mejor manera de ampliar la búsqueda de trabajo que haciendo relaciones. Ahí, en la cena de fin de cursos, conocería a otros profesores de español y tal vez le darían un buen consejo. Quien quita y consiga intercambiar correos electrónicos o números de teléfono y a la larga le salga una excelente oportunidad para trabajar en un cégep o una universidad.
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Años antes de que Marina lo hiciera, Vázquez entró en el departamento académico para dejar ahí su CV con la secretaria del mismo. Era en una universidad, en el de lenguas modernas, donde pensó que por ser hablante “nativo” del idioma tendrían que contratarlo. ¿Cuántos profesores de español cuya lengua materna era el español habría en la ciudad de Montreal? Decenas. No, pronto se daría cuenta que cientos. Y sintió que tal vez se enfrentaba a un mercado de sobrepoblación. Había una lista de los cursos del semestre anterior en un periódico mural. Título: Invierno 2004. Recorrió con el dedo los apellidos de los profesores de español de aquella excelsa institución educativa del primer mundo: O’Reilly, McKenna, Bouchard, Desjardin, Perron, Angelopoulous, Rodriguez, Perez. Más de la mitad, al menos por lo que podía percibirse por sus apellidos, no tenían como lengua materna el español.
Nada se había resuelto como por dádiva divina ni como respuesta a una plegaria. Había llevado su CV a distintas instituciones sin resultados óptimos. Incluso a un centro comunitario donde sabía que no le pagarían ni veinte dólares la hora. Aun así siguió yendo al cine. En especial a la función de medianoche. Allí vio El show de terror de Rocky, La montaña sagrada y otras rarezas nocturnas. Finalmente le llamaron. Era para dar una clase los sábados por la mañana en una escuela de idiomas. De inmediato se dio cuenta de que la coordinadora de español sufría de una enfermedad grave: la desorganización. No sólo eso. Los cuadernos que utilizaban en lugar de libros de texto —por ser aquéllos mucho más baratos— estaban repletos de errores ortográficos. Había que pasar la vergüenza de informarles a los alumnos que esto o aquello era un error y que debían corregirlo a mano. Sin embargo, se veía que la coordinadora era una buena mujer. Trataba de ayudarlo llamándolo cuando algún otro profesor enfermaba. Le echaba la mano pues sabía que ésta constituía su única fuente de ingresos.
También les empezó a dar clases a alumnos particulares o de empresas. Con frecuencia llegó a ir a los rascacielos del centro y ahí le enseñaba a un grupo antes o después de la hora del almuerzo. Pero aquellos clientes resultaban los generadores de mayores problemas. Sobre todo, económicos. Como con los estudiantes de antaño, no faltaba la cancelación por aquello de que el trabajo se les había acumulado o por aquello de que se iban de vacaciones al ignoto Sur. Con eso desestabilizaban el presupuesto de la semana. Cuando pensó que dejaría de hacerlo tan pronto obtuviera la residencia, la vida austera continuaba. Igual que antes se fijaba en los precios de los víveres. Coleccionaba cupones. Sintiendo la amargura atorada en la garganta vio un reportaje en la televisión sobre historias de fracaso de inmigrantes —el doctor haciéndola de taxista, la maestra trabajando de afanadora— y en todo les dio la razón. Canadá —o sus vendedores a lo ancho del mundo— mentía. Las puertas no se abrían tan fácilmente. En el reportaje hablaban de un sitio en Internet (notcanada.com) donde ese tipo de historias abundaban, donde los inmigrantes daban sus testimonios de desilusión, donde el rencor ante el engaño de la promesa de una vida mejor en Canadá se desbordaba. Tras consultar el sitio marcó el teléfono de su vecino libanés para preguntarle la dirección de los laboratorios.