martes, 31 de diciembre de 2013

lunes, 30 de diciembre de 2013

Dos en lengua “extranjera”

El adjetivo del título de esta entrada lo entrecomillo con toda intención. Desde los cánones hollywoodenses dentro de los cuales cierto monigote dorado se transforma en el premio más codiciado, hablar de una cinta en lengua extrajera significa hablar del resto del mundo. Es decir, se suele utilizar “extranjera” cuando este adjetivo incluye cualquier lengua hablada en el mundo excepto el inglés. Representa entonces cientos de películas que después pasan por varios filtros y quedan apenas un puñado. Desde ahí el proceso resulta injusto. No hablemos de los parámetros establecidos. Por ejemplo, este año la ganadora de la Palma de Oro en el festival de Cannes queda descartada simplemente porque se estrenó en octubre dentro de su país de origen. De todas maneras, un largometraje con tales temas difícilmente recibiría el tan mentado Óscar.


Desde que ganara la Palma de Oro en mayo pasado mucho se ha comentado sobre La vida de Adèle (La vie d’Adèle, 2013). Por un lado, las escenas largas y explícitas entre las dos protagonistas. Por otro, la guerra de declaraciones entre el director Abdellatif Kechiche y la actriz Léa Seydoux. Pero fuera de estas minucias ideales para la chismorreo la cinta se erige como el periplo sentimental y cargado de erotismo de la Adèle que le da título. Además se torna una historia de crecimiento a través de una pasión ineludible, de cómo a través de dicho sentimiento la protagonista pasa de adolescente a mujer. Y ante tamaña atracción el asunto del lesbianismo queda muy de lado y en contadas escenas se subraya. En ese sentido no se siente como una película con mensaje político a pesar de que le concedieran el máximo galardón del festival durante el punto álgido de las manifestaciones en Francia contra los matrimonios de personas del mismo sexo.
Basada en la historieta El azul es un color cálido de Julie Maroh, la trama (y de paso una obsesiva cámara necia en mostrarnos hasta los momentos más íntimos) se centra en la adolescente clase-mediera Adèle (Adèle Exarchopoulos). Adèle lleva una vida normal en casa con su familia y en el liceo con sus amigos. Siempre parece contener su cabello rebelde sin óptimos resultados. Y le encanta el espagueti. Al comienzo la vemos iniciar un romance con un compañero del liceo. Sin embargo y ante la insatisfacción, pronto este ligue se olvida y empieza a dejarse arrastrar por la atracción que siente hacia las mujeres. Cuando cruzando la calle se encuentre con una joven cuyo pelo de color azul la convierte en foco de atención, no se contendrá y la buscará en sus sueños y luego en la realidad. Más tarde se dará cuenta que esa chica se llama Emma (Léa Seydoux), una artista visual graduada de la universidad que se mueve entre lesbianas e intelectuales. Poco a poco comienza el amorío cuya irreprimible pasión sólo podría ser descrita como volcánica. De ahí, durante el capítulo dos y tras algunos años, se atestiguará el también inevitable fin.
Con respecto a los dos personajes, especialmente tratándose de Adèle, la cámara de Kechiche (Venus negra) intenta penetrar hasta los rincones más recónditos y se halla fija en los rostros de las mujeres. Tanto así que no pareciera darles espacio para respirar (quizás de este hecho y de las cientos de horas de metraje original vengan las quejas de Seydoux). El efecto, sin embargo, no es el del pervertido voyeur poco involucrado con lo que documenta. El cineasta tunecino pone al descubierto la humanidad de dos personajes que se aman sin límites. Y de nuevo en el caso de Adèle nos devela las incertidumbres de la adolescencia reflejadas en gestos inequívocos como una maraña de cabello rebelde, una cara iluminada ante un plato de espaguetis o una sorbida de mocos tan cotidiana como normal. A través de las tres horas del largometraje —que a pesar de la duración nunca pesan como sí podrían hacerlo con una película repleta de bombazos— presenciamos el crecimiento, el azoro ante el universo desconocido del ambiente gay y, claro, la larguísima escena de sexo explícito entre las dos protagonistas. En cuanto a su pertinencia (explicable con la intensidad que debiera reflejarse ante una pasión avasalladora), ésta ya quedará a juicio de cada espectador.
A Léa Seydoux no necesitaba conocerla un público más acostumbrado al cine de autor. Ahí están sus participaciones en cintas como Bastardos sin gloria, Medianoche en París, Adiós a la reina y próximamente la nueva versión francesa de La bella y la bestia con Vincent Cassel. Después de todo, su juventud no debe sorprender ante su incursión en el cine tratándose de una nieta de quien dirige el destino de la compañía fílmica Pathé. Quien deslumbra hasta convertirse en objeto de adoración sin duda es Adèle Exarchopoulos: por reflejar tanta inocencia dentro del erotismo, por sus labios abiertos habitantes en un rostro de naricita levantada al estilo de Peter Pan, por conducirnos en este periplo que centrándose en el amor (sin importar sexos) despliega tanta humanidad. Lo que más sorprende de su paso por Cannes es que este largometraje tan realista e inmerso en la vida interior de sus personajes haya ganado la Palma de Oro teniendo el jurado como cabeza a alguien tan contrario a este tipo de cine como Steven Spielberg.


Una pasión muy diferente alimenta la historia de El gran maestro (Yi dai zong shi, 2013). Aquélla se dirige no hacia otro ser humano sino hacia las artes marciales. Tanto así que logra sublimar cualquier pasión erótica. Y esto tratándose del director que le concedió a los espectadores una de las cintas más románticas de principios de este siglo: Deseando amar (2000). Después de que sus colegas del mundo asiático hicieran lo suyo durante años con éxitos como El tigre y el dragón de Ang Lee y Héroe de Zhang Yimou, Wong Kar-Wai regresa a las artes marciales. De los primeros cineastas considerados en occidente como “autores” que además decidiera abordar un género de clase B (el kung-fu), Wong Kar-Wai se dio a la tarea de filmar en los años noventa Ashes of Time (1994), una de las cintas de artes marciales de mayor altura estética y con un reparto multiestelar de actores chinos. Ya desde antes el realizador ha sido conocido y premiado en el mundo occidental por diversos filmes. Pensemos por ejemplo en la ya citada Deseando amar.
Este año que termina Wong Kar-Wai se enfrenta a su mayor reto: volver a las artes marciales y con un presupuesto de proporciones titánicas convirtiendo la obra fílmica en una de las más caras en la historia de su país. Basada en la vida de Ip Man (Tony Leung) —el hombre que fuera el maestro de Bruce Lee— la más reciente cinta del realizador hace un recorrido de años a lo largo de la vida del personaje histórico. El enfoque, sin embargo, se tornará hacia el artificio como es costumbre en la filmografía del cineasta. El planteamiento será lugar común en el género. Primero se da la contienda de las diferentes escuelas de artes marciales. Un maestro ya en el atardecer de la vida pretende reunirlos a todos, confrontarlos y elegir a alguien que continúe con sus enseñanzas. No obstante, antes de que una persona pueda erigirse como el sucesor del gran maestro, vendrá la invasión japonesa. Con ella, las muertes de las personas a quienes más ama Ip Man. No sólo eso. Un aprendiz despechado matará al maestro y la hija del viejo jurará venganza a pesar de las enseñanzas del padre. Así, en otro de los roles principales, se halla la estrella china Ziyi Zhang como Gong Er, una joven cuyo amor a su padre la obliga a dedicar su vida a la venganza.
Mientras en Ashes of Time abundaban el desierto, el sudor y el desaliño de los combatientes, en El gran maestro las peleas presentan un contraste atractivo: por un lado la dureza de los golpes a corta distancia y por el otro, la elegancia y el terciopelo del vestuario. Si ya antes sus colegas y compatriotas han trasladado las peleas de artes marciales a diferentes épocas y ambientes, Wong Kar-Wai les otorga a los espectadores un encuentro de kung-fu con abrigos de piel y bajo la nieve mientras un tren recorre una estación. Aclamada ya en su país de origen, es posible que El gran maestro alcance la nominación al premio Óscar por mejor cinta en lengua extranjera. Al menos, como se informó en días pasados, ya la obra de Wong Kar-Wai se encuentra en la lista corta luego de ser filtrada por los mandamases académicos de Hollywood. Si gana algo o no ya se verá cuando sea la sobrevalorada premiación. Mientras tanto estas dos cintas en lengua extranjera ya pasan por México o cuentan con fecha tentativa de estreno en nuestro país. Para El gran maestro, el 10 de enero. Para La vida de Adèle, fechas diversas con la muestra de cine de la Cineteca Nacional y, hablando de su estreno comercial, el 14 de febrero.

La vida de Adèle (La vie d’Adèle, 2013). Dirigida por Abdellatif Kechiche. Producida por Brahim Chioua, Abdellatif Kechiche y Vincent Maraval. Protagonizada por Adèle Exarchopoulos y Léa Seydoux.

El gran maestro (Yi dai zong shi, 2013). Dirigida por Wong Kar-Wai. Producida por Jacky Pang y Wong Kar-Wai. Protagonizada por Tony Leung y Ziyi Zhang.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Dos cintas con actores veteranos

Acercarse al invierno de la vida convoca diversas reacciones. Entre ellas, sin embargo, algunas muy comunes: mirar hacia atrás y darse cuenta de los arrepentimientos, de lo que quedará sin remedio pendiente. Si algo en común tienen las dos cintas de las que hablo a continuación es —además de la vejez de sus personajes protagonistas y de ese impulso de viajar para saldar las deudas del pasado— el tema de las relaciones entre padres e hijos.


El inglés Stephen Frears ha sido desde el comienzo de su carrera un realizador de capacidad solvente. Así, solvente a secas. Difícil pensar en él como el creador de una gran y deslumbrante obra maestra. Pensemos por ejemplo en su filmografía: Mi hermosa lavandería (1985), Relaciones peligrosas (1988), la horripilante en el peor de los sentidos El secreto de Mary Reilly (1996) y más recientemente La reina (2006) o Tamara Drewe (2010). La mayoría de los créditos buenos. Uno que otro deleznable. Aunque su contribución al cine ha sido lo bastante trascendente para llamar la atención de la crítica y del público. De nueva cuenta una película suya se menciona ahora con frecuencia al hablar de las inminentes premiaciones de Hollywood. La mención se hace sobre todo con respecto a la actriz Judi Dench.
La historia de Philomena (2013) se deriva de la de En el nombre de Dios o The Magdalene Sisters (2002), aquella cinta de Peter Mullan que provocara lo que ahora veríamos como un escándalo menor (luego de tantos de proporciones mayores) dentro de la iglesia católica. Philomena Lee (Judi Dench) fue en su juventud una de esas jóvenes explotadas por monjas irlandesas ante la supuesta ignominia de tener un hijo ilegítimo. El niño le fue arrebatado para darlo en adopción a un matrimonio norteamericano. Ahora, cinco décadas después, la mujer ha decidido romper el silencio y confesarle la verdad a su hija Jane. Por otro lado, está el periodista político caído en desgracia de nombre Martin Sixsmith (Steve Coogan). Una vez que Jane conoce por casualidad a Sixsmith le ofrece la increíble historia de su madre. Él, a pesar del desempleo, se halla renuente a escribir sobre un personaje de “interés humano”. Cínico, a veces grosero y de un humor mordaz, Martin no desea compartir su tiempo con una sencilla mujer irlandesa que, a pesar de los abusos sufridos, conserva tanto su fe como el respeto al clero. Además pasar de la política en Washington o Moscú a un relato lacrimógeno le parece la peor de las degradaciones. El desempleo lo persuade.
En la búsqueda de información sobre su hijo, Philomena estará acompañada por Martin en un periplo que llevará a esta pareja dispareja al otro lado del Atlántico. De ida. Y luego de regreso al inicio de la historia. Basado en un recuento verídico, Frears hace las modificaciones necesarias para crear un diálogo más cercano entre los dos personajes principales. En el plano de la realidad, Martin Sixsmith nunca acompañó a Philomena Lee en su viaje por Estados Unidos. A causa de esta desviación del camino de la estricta verdad la película ha sido criticada. Suena superficial la objeción cuando en nada esencial afecta y, más bien, ayuda a compensar la pesadez de la tragedia de Philomena.
Difícil tarea enfrentarse en duelo actoral con un titán como Judi Dench. Pero Steve Coogan (más conocido como comediante en Gran Bretaña) sale avante y embona en la trama a la perfección para equilibrarla y no tornarla en una telenovela barata. Esa malicia y rencor contra la iglesia del maleado periodista encuentra su contraparte en la figura compasiva de la anciana. La relación, sin embargo, no se encuentra exenta de roces como en el momento culminante del segundo regreso al convento en el cual Philomena reclama para sí su historia ante la agresividad de Sixsmith contra una monja ya muy mayor. Si alguien debe estar ofendido contra la institución católica es ella, la madre a la que le quitaron a su hijo. Y sin embargo, a diferencia del periodista, Philomena conserva la calma. No muy diferente a una madre reprendiendo un desplante de un niño maleducado. Tal vez el hijo perdido (no carnal, aunque sí espiritual) de Philomena Lee haya estado más bien al lado de ella durante el viaje.


No muy lejana en sus personajes y en su temática se encuentra Nebraska (2013) del estadounidense Alexander Payne. La carrera de Payne no tendrá tantos créditos como la de Frears. Aun así ha logrado también cosechar reconocimiento en la tierra de los ensueños. Desde el ácido retrato de la vida preparatoriana en Election (1999) pasando por Las confesiones del Sr. Schmidt (2002) y su gran éxito independiente Entre copas (2004) hasta Los descendientes (2011), en no pocas ocasiones se ha mencionado su trabajo con respecto a las premiaciones hollywoodenses. Un fenómeno similar se está dando ahora con Nebraska y esto a pesar de que la película no incluye grandes estrellas como gancho para hacer estallar la taquilla ni mucho menos multimillonarios recursos y, para colmo, está filmada en blanco y negro.
Ésta será también la historia de otro viaje. En algo Nebraska recuerda a Una historia sencilla (1999) de David Lynch. Aunque aquí no hay rencuentro familiar entre hermanos sino un acercamiento enriquecedor entre un padre y su hijo. Lo de enriquecedor en principio pareciera referirse a la posibilidad de ganarse un millón de dólares. Pero ya se sabe cómo engañan las apariencias. Éste es un relato mucho más intimista y melancólico. Woody Grant (Bruce Dern) está convencido por una carta publicitaria que ha ganado un millón de dólares y está obstinado en viajar hasta Montana para cobrarlo. Aunque sea a pie. Toda su familia le dice que la carta es un embauco. Nadie está dispuesto a viajar con él tantos kilómetros. Su familia incluye a Kate (June Squibb) —una esposa con una lengua más filosa que un cuchillo cebollero— a Ross (Bob Odenkirk) —un hijo conductor de noticias— y al menor, David (Will Forte) cuya novia lo acaba de abandonar y cuyo trabajo en una tienda de electrónicos lo tiene sumido en la más gringa mediocridad. Por eso, David es la única persona de la familia con disposición para llevarlo a Montana.
Se concreta así el viaje durante el cual no sólo la relación entre Woody y David dejará de enfriarse sino que también el padre regresará como héroe a su pueblo natal, lugar de paso hacia el destino final. En el pueblo su familia extendida (hermanos, cuñadas, sobrinos) y además el amigo de antaño Ed (interpretado por Stacy Keach quien fuera Mike Hammer en los ochenta) no tan de inmediato pero sí reclamarán algo del dinero que Woody supuestamente ha ganado. Debajo del humor provocado por un hombre cuyas capacidades mentales se van perdiendo y su hijo perdedor a los cuales se agregará la imprudente-en-sus-comentarios madre, corre un río oscuro donde se mezclan la melancolía, el desamor, los malos entendidos, la pobreza y las frustraciones. De esta forma, David entiende que mostrarse condescendiente con la obstinación de su padre le dará al viejo una de sus últimas satisfacciones en la vida: la de ser tratado como un héroe en su pueblo natal, regresar al origen siendo por fin “alguien” ante la familia extendida y los ancianos compadres del bar que frecuentaba en su juventud.
Luego de una larga carrera cinematográfica repleta de roles secundarios Bruce Dern recibe de la mano de Payne uno de esos personajes para los que se espera toda una vida. El mismo actor lo confiesa en una entrevista. Tanto así que recibe en mayo pasado el premio a mejor actor en el festival de Cannes. Sorprende además otra especialista en papeles secundarios, June Squibb, como la abusadora verbal del envejecido alcohólico cuyos comentarios hirientes hacia todos provocan la mayor parte de las risas. Y también Will Forte, más conocido como ex integrante del reparto del programa de comedia Saturday Night Live. El regreso de Woody se replica en el artífice de la obra. La vuelta es también para el director quien rueda en su estado natal, el mismo que le da su título a la cinta.
Y finalmente algo que también tendrán en común Philomena y Nebraska serán los nominaciones a premios por actuación de los dos actores principales. Bien es sabido cómo reditúa hacerles justicia a actores veteranos a los cuales se les debe mucho haciéndolos aparecer en las nominaciones al premio Óscar. A pesar de y no gracias a eso, dos cintas muy recomendables.

Philomena (2013). Dirigida por Stephen Frears. Producida por Steve Coogan, Tracey Seaward y Gabrielle Tana. Protagonizada por Judi Dench y Steve Coogan.

Nebraska (2013). Dirigida por Alexander Payne. Producida por Albert Berger y Ron Yerxa. Protagonizada por Bruce Dern, Will Forte y June Squibb.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Dos cineastas quebequenses en Hollywood

Un fenómeno muy extraño de nacionalismo se da cuando un realizador no nacido en Estados Unidos (o en cualquier otro país anglosajón) comienza a hacer cine en Hollywood. Más cuando atrae la atención de la crítica y, mejor aún, de los premios más cacareados por esta industria. Fenómeno nada nuevo en México con los casos de Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro y Alfonso Cuarón allá a principios de 2007. Aquí en Quebec y en especial este año ocurre algo similar con los cineastas Denis Villeneuve y Jean-Marc Vallée. Tanto así que algunos opinadores fílmicos se han sumado al coro y ya auguran sendas nominaciones al Óscar por la labor detrás de la cámara.


Denis Villeneuve alcanzó los favores de Hollywood tal vez más rápido que su colega. Luego de Polytechnique —una película demasiado cercana en temática a Elefante de Gus Van Sant como para llamar la atención fuera de Quebec— aparece Incendios (o La mujer que cantaba), cinta que le vale una nominación al Óscar de mejor largometraje en lengua extranjera en 2011. Y así Villeneuve accede a presupuestos mayores y a repartos que incluyen estrellas ya puestas en el pedestal de Hollywood. Para muestra un botón: Prisoners (o, como se le ha titulado torpemente en México, Intriga). En este crédito Keller Dover (Hugh Jackman) es el típico gringo religioso y paranoico que comanda una familia y dice estar preparado para todo (léase, ataques terroristas o catástrofes de la naturaleza). Sin embargo, su hija y la de la una pareja vecina desaparecen durante la celebración del día de Acción de Gracias. A pesar de las promesas del detective Loki (Jake Gyllenhaal), Dover recurrirá a métodos muy poco ortodoxos e incluso fuera de la ley para hallar al culpable del secuestro de su hija.
Villeneuve —a través de la excelente fotografía de Roger Deakins— plantea un thriller sobrecogedor y atractivo. Hasta el cansancio se han halagado las actuaciones de los dos protagonistas así como del reparto que los acompaña: Viola Davis, Maria Bello, Paul Dano, Melissa Leo y Terrence Howard. Sin embargo, tomando como ejemplo a Gyllenhaal, dudo que el esfuerzo histriónico se resuma en parpadear hasta el absurdo para mostrarnos a los espectadores la intensidad de la auto-tortura psicológica que vive su personaje. Pero la relación director-actor semeja haberse convertido en luna de miel pues Villeneuve aprovecha la presencia de Gyllenhaal para un siguiente proyecto inmediato, aunque de menor presupuesto y metraje: Enemy (2013). Siendo el planteamiento de Prisoners tan excelente —tanto como para mantener la tensión a lo largo de una cinta que sobrepasa las dos horas habituales— el desenlace inverosímil, convencional y sacado quizás de la peor novela de detectives decepciona en la misma proporción. A pesar de esto, Villeneuve parece fiel a uno de sus temas preferidos: el de hallar la sinrazón de la violencia desbocada en los lugares o en las personas menos plausibles. Ya sea en una universidad de Quebec, en la lectura de un testamento o, tratándose de Prisoners, en un padre de familia desquiciado y dispuesto a todo. Mención aparte merece el pésimo título dado en México que antes de entrar al cine nos adelanta que hay una intriga en la historia. Tan estúpido como el de aquel remake de una película israelí con Helen Mirren donde se les anunciaba a los espectadores que había una mentira por descubrir. Lo peor que se puede hacer con un thriller es vender trama.


Por otro lado, la carrera hollywoodense de Vallée tarda un poco en despegar. Luego de una serie de créditos que tal vez él mismo quisiera borrar de su currículum, el gran éxito de Vallée filmado en Montreal fue C.R.A.Z.Y. (2005) y, gracias a su trascendencia fuera de las fronteras de Canadá, a esta película siguió un título ya en inglés y bajo la producción de Martin Scorsese: La reina joven (2009). Vallée no se olvida de su tierra natal y regresa con Café de Flore (2011) teniendo resultados bastante decepcionantes. Ahora con Dallas Buyers Club (2013) tal vez Vallée se convierta en el artífice para que ocurra algo que hace años habría sido una mala broma: que el actor Matthew McConaughey obtenga su primera nominación al premio Óscar. También fiel a sus temas y tal como lo hiciera en C.R.A.Z.Y. Vallée se centra en una historia donde la empatía y la tolerancia resultan muy importantes. En el contexto de la mitad de los años ochenta y en Dallas un electricista y aficionado al rodeo muy macho llamado Ron Woodroof descubre que tiene SIDA. En el contexto histórico y a pesar de su heterosexualidad empieza a resentir los acosos de la homofobia y, peor aún, la falta de medicamentos para paliar la enfermedad. Los doctores —entre ellos una compasiva Eve Saks (Jennifer Garner)— le pronostican un mes de vida. Dentro del hospital Ron conoce a Rayon (Jared Leto), un transexual con el que más tarde se asociará para distribuir medicamentos no aprobados por el gobierno estadounidense para combatir los síntomas de la enfermedad. El mes pronosticado por los doctores se irá prolongando indefinidamente y a lo largo de ese tiempo hurtado a la caprichosa fortuna el protagonista aprenderá a deshacerse de prejuicios y, sobre todo, a darles una esperanza de vida a otros afectados por la pandemia.
El trasfondo social de Dallas Buyers Club la hace para mí una película más valiosa que Intriga, mero entretenimiento sí, aunque de buena calidad. Triste que tengan que pasar treinta años para que Hollywood denuncie la homofobia y la abulia del moralista gobierno estadounidense de la época ante el avance de la enfermedad. En Dallas Buyers Club McConaughey sigue la receta para obtener el codiciado premio de Hollywood: bajar de peso hasta quedar en los huesos, vivir en la piel de su personaje (o el pellejo, en este caso) una serie de acontecimientos que conmueven hasta la médula y, quizás el ingrediente más importante, convertirse en un antihéroe cuya redención transforma aunque sea un poquito su injusta sociedad. Para obtener la meta deseada, por supuesto, se debe preparar el camino y el actor texano ya lo ha hecho con créditos como Killer Joe, The Paperboy y Mud. Y es cierto: McConaughey sorprende una vez más con una actuación contundente que en momentos hace olvidar casi por completo su vergonzoso pasado como protagonista de vacuas comedias románticas. Aunque el trabajo histriónico de Jared Leto por poco termina opacando al del protagonista. Para alivio de McConaughey el papel de Rayon no es más que uno secundario.
Aunque dentro de Quebec los medios y los agoreros del Óscar estén confiados en al menos una nominación para alguno de estos dos directores quebequenses es indudable que lo más destacado de sus películas son las actuaciones. A pesar del orgullo cultural de una francófona nación de facto lo más probable es que Cuarón con su Gravedad desplace entre los directores a cualquier otro nombre extranjero. Y lo anterior no es nacionalismo. Sino sólo un intento patético de entrar al club de los agoreros.

Intriga (Prisoners, 2013). Dirigida por Denis Villeneuve. Producida por Kira Davis et al. Protagonizada por Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal.

Dallas Buyers Club (2013). Dirigida por Jean-Marc Vallée. Producida por Robbie Brenner. Protagonizada por Matthew McConaughey, Jennifer Garner y Jared Leto.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Amargas píldoras


En mi quinta colaboración con Siglo Nuevo junté varios artículos escritos a lo largo de años sobre tres películas del cineasta francés François Ozon y les di una cierta unidad. Como los otros está hecho a las carreras porque este semestre ha estado, siendo la costumbre de otoño, pesado. Dejo el enlace al artículo:

miércoles, 13 de noviembre de 2013

La supervivencia de un esclavo

Le pasa a todo mundo y a mí se me fue un error en el título de este artículo. Lo corrijo aquí. Pero da igual. Hay cosas más importantes en la vida. Como dedicarse a algo que deje dinero. Ni modo. El cerdo capitalista que soy no me deja en paz. Aquí va entonces el enlace a mi reseña de 12 años esclavo (2013), el tercer largometraje del director Steve McQueen, conocido por Hunger y Shame. Lo digo en la reseña; pero lo repito aquí: es a mi juicio la mejor película que he visto este año. Tiene fecha tentativa para su estreno dentro de territorio mexicano en febrero de 2014. Va entonces el enlace a mi colaboración en Revista Suburbia:
http://revistasuburbia.com.mx/2013/11/13/la-supervivencia-de-un-esclavo/

El avance subtitulado en español: http://www.youtube.com/watch?v=asTO0iwIBmo

viernes, 8 de noviembre de 2013

Wong Kar-Wai y la estética del amor


En mi cuarta colaboración con la revista Siglo Nuevo me ocupo del director chino Wong Kar-Wai. A continuación dejo el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/930048.wong-kar-wai-y-la-estetica-del-amor.html

viernes, 11 de octubre de 2013

Von Trier y la fallida humanidad


En mi tercera colaboración con la revista Siglo Nuevo escribo sobre el cineasta danés Lars von Trier. Como nota al pie puedo decir que los dos comentarios que hasta ahora han dejado los foristas me dejaron perplejo. A continuación el enlace:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/921938.von-trier-y-la-fallida-humanidad.html

lunes, 30 de septiembre de 2013

Inventario lector 2013 (III)











Hollywood y el cine independiente


Dejo aquí el enlace a mi segunda colaboración con la revista quincenal Siglo Nuevo. El artículo se titula "Hollywood y el cine independiente". Se publicó hace un poco más de dos semanas. A continuación el link:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/917564.hollywood-y-el-cine-independiente.html

jueves, 12 de septiembre de 2013

El blues de la socialité

En mi séptima colaboración con Revista Suburbia escribo sobre la nueva película de Woody Allen, uno de sus grandes aciertos a la altura de Match Point y Medianoche en París. En ella, Cate Blanchett despliega una vez más su admirable capacidad histriónica haciéndose acompañar de Sally Hawkins, actriz británica ya vista en largometrajes como La dulce vida y Made in Dagenham. Blanchett interpreta a Jasmine French, un personaje que se desliza irremediablemente hacia el precipicio de la locura ante la pérdida de una vida privilegiada. La cinta es muy recomendable y nos demuestra que, luego de más de cuarenta años de carrera, su director sigue estando lúcido y, a pesar de dirigir una película al año, de vez en cuando continúa dándoles joyas a los cinéfilos. Para acompañar Jazmín azul (Blue Jasmine, 2013), no vendría mal buscar y ver el documental de 2012 Woody Allen: A Documentary dirigido por Robert B. Weide. Todavía no tiene fecha de estreno para México. Aunque ya salió el avance para nuestro país. Eso significa que no tardará mucho. A continuación el enlace al texto:
http://revistasuburbia.com.mx/2013/09/11/el-blues-de-la-socialite/

El avance subtitulado: http://www.youtube.com/watch?v=9mSvqXMIqgA

Nota del 21 de septiembre: La fecha tentativa para su estreno en México es el 27 de diciembre.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Culto al cine: De la Iglesia

Ayer se publicó mi primera colaboración en la revista quincenal Siglo Nuevo. La revista aparece cada dos sábados junto al periódico El Siglo de Torreón. La invitación a colaborar vino por parte de su flamante editor y amigo Yohan Uribe. El artículo con el que colaboré en el número 188 de la revista trata sobre la carrera del director español Álex de la Iglesia. Es en realidad una reescritura de mi reseña de Balada triste de trompeta, publicada en esta bitácora hace dos años. De la Iglesia es uno de los directores de habla hispana cuya obra más aprecio. Aunque lo podríamos calificar como un realizador de culto, a estas alturas es tan reconocido dentro y fuera de España que se puede dar el lujo de llevar su estilo de "comedia terrorífica" hasta niveles delirantes. Además de que, exceptuando su único crédito en inglés, siempre ha sido fiel a su esperpéntica visión repleta de humor negro. En septiembre se estrena en España la más reciente de sus cintas, Las brujas de Zugarramurdi (2013).
Espero (si el trabajo me lo permite) continuar colaborando con textos sobre cine en esta publicación. Aquí dejo el enlace al artículo:
http://www.elsiglodetorreon.com.mx/noticia/908502.culto-al-cine-de-la-iglesia.html

lunes, 26 de agosto de 2013

Campos Elíseos de un futuro distópico

Hoy es el triste día del regreso a clases así que las entradas a esta bitácora estarán cada vez más espaciadas. Trataré de seguir escribiendo aunque va a ser difícil porque mis prioridades se hallan en otro lugar.
En esta entrada dejo el enlace a mi más reciente colaboración en Revista Suburbia. Ahí reseño el segundo largometraje del director sudafricano Neill Blomkamp titulado Elysium (2013) y protagonizado por Matt Damon y Jodie Foster. Blomkamp se hizo famoso gracias a su ópera prima Sector 9 (2009). En resumen y fuera del gran presupuesto, Elysium poco aporta a lo ya desplegado en el primer crédito.
A continuación el enlace:
http://revistasuburbia.com.mx/2013/08/25/campos-eliseos-de-un-futuro-distopico/

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=gFqyOIIVHUo

miércoles, 21 de agosto de 2013

Faltas de juventud

En algún punto del pasado se encuentra el principio de mi afición a la escritura y éste es el caso del presente libro lleno de vergüenzas que, sin embargo y aunque suene imposible, no son las peores.
“Muerte para Elisa” fue un relato escrito cuando todavía estudiaba en la preparatoria. La idea original surgió de una historia de fantasmas que primero me contaron en Monterrey siendo niño: un joven se había suicidado e intentaba comunicarse con su madre desde el más allá a través de una caja de música. El relato seguía algunos elementos de las novelas policiacas de Agatha Christie, en ese entonces una gran —si no es que la única— influencia literaria. Luego, en la universidad, fue tallereado y logró publicarse en el suplemento cultural La tolvanera de la revista Brecha en marzo de 1996. Fue mi primera publicación en serio. Esto, gracias a la generosa invitación de Jaime Muñoz Vargas.
“Don Nadie” no es más que un desahogo, también de tiempos preparatorianos, impublicable en cualquier medio que se precie de incluir literatura entre sus páginas. Sobre todo, por su parcialidad y por la autocompasión del protagonista. Es, quizás, la mayor vergüenza de entre las que se hallan aquí. Después de muchas modificaciones (ir de un narrador en tercera persona a uno en primera, ir de un final fantástico a otro realista), el resultado en sí no lo hizo cambiar mucho.
Con “Mírame, mami” busqué apropiarme de voces que no me pertenecían y, aunque resultó una experiencia entretenida, tampoco tuvo una culminación satisfactoria. Además de que algunas alusiones a la realidad entonces inmediata de La Laguna (el canal 2 que repetía las telenovelas de Televisa, el programa nocturno de Daniela Romo, la alusión al loquero Nicho) ya han sido más que rebasadas. También fue publicado en La tolvanera en mayo de 1996.
“Sábado de peda” me sigue gustando más que cualquiera de los otros cuentos de este libro. Fue de fácil factura y no tardé mucho en redactarlo. Intentaba ser una crítica al ritual machista e incesante de la peda de fin de semana. Casi nadie percibió esta intención y los pocos lectores que tuvo —también en La tolvanera— se dejaron llevar por el lenguaje de los protagonistas y el final sorpresa. Por azares del destino apareció en una compilación de cuentos dirigida a universitarios llamada Enseñanza superior (2002), editada por la Dirección Municipal de Cultura de Torreón. Esto, gracias a Saúl Rosales Carrillo.
“Señora distinguida en el primer mundo” tampoco fue publicado en medio impreso alguno. De nueva cuenta se trataba de apropiarse de una voz ajena, aunque más cercana: la de la señora burguesa de La Laguna. Encandilada por un viaje de compras a San Antonio, la mujer apenas se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor. Era muy del estilo de Guadalupe Loaeza y por eso permanece en el olvido. Aunque el personaje principal me cae bastante bien.
“Una sola carne” nace principalmente de ideas como la frustración amorosa, las prohibiciones morales y una atmósfera familiar sofocante. Había algo de la abuela Toña (esa obsesión por guardar periódicos, por ejemplo) en mi abuela paterna. Pero, de igual manera, la influencia de las novelas de Agatha Christie terminó colándose en el final. Como otros de estos relatos, también apareció en La tolvanera. Aunque eso fue mucho después de su escritura: en abril de 1998.
Igual pasó con “Los abogados” ya que se había gestado a lo largo de cuatro años y medio. Durante ese lapso fui estudiante de derecho. De dicho ambiente escapé muy fácilmente. Todas las poses, las pretensiones así como los egos de alumnos y maestros, huelga decir, no pudieron desplegarse en el cuento. Se habría necesitado escribir una novela entera. Fue publicado en La tolvanera en julio de 1998. Por obvias razones, meses después de haber terminado todos los cursos de la licenciatura.
El relato que sí causó un escandalito entre mis compañeros de derecho fue “El caparazón”. Pretendía ser el recuento de un día de campo, fiel sólo desde mi punto de vista. La realidad y la ficción se hallan muy desdibujadas (algo que, confieso sin tapujos, era intencional) y mis compañeros se sintieron identificados con los personajes. Una niñería de mi parte. Pero el juego burlón me fue cobrado años después, en Calgary.
“Luz de los niños” entró a un concurso universitario de cuento de la UIA Laguna. Sólo obtuvo mención honorífica. Y éste, dicho sea de paso, ha sido mi único reconocimiento en este tipo de convocatorias. Tal vez a alguien le espantó leer sobre niños tan desmadrosos con su sirvienta. También fue leído en una mesa redonda de narradores laguneros. Quizás porque es uno de los más cortos de entre esta camada de relatos.
El mismo tema —el de la crueldad de los niños— reaparece en “Georgette es nada” donde, como primera intención, las protagonistas debieron ser universitarias. Lo escribí casi por encargo para la revista Acequias de la UIA Laguna ya que los demás que no se habían publicado en La tolvanera resultaban ya sea muy largos o poco aptos para ese medio. Se publicó en el otoño de 1998.
Va de antemano una disculpa por estos textos.
Torreón, Coahuila, 2005

El libro Sábado de peda y otros cuentos primerizos está disponible en Amazon Kindle: http://www.amazon.com/dp/B00EHFG8G4

miércoles, 7 de agosto de 2013

Montrealenses (VII): tres lugares de cine

Admito que dentro del acto de la escritura el autor puede escribir sobre lo que se le antoje. Por algo, me parece, se trata de uno de los actos más libres en el ser humano. Pero en mi caso sólo la necedad de la juventud me llevó a escribir sobre una ciudad en la que estuve apenas tres meses y medio. Esto, en el año 2002. Ignorance is bliss, suelen decir en inglés. Cuando me di cuenta de mi temeridad, quise regresar a ella y al cabo de dos años lo logré. Ahora, tras casi nueve de estancia en Montreal, siento que muy apenas me he ganado el derecho de piso para trasladar mi experiencia de esta ciudad a la escritura. Con la reflexión anterior entonces pienso en los lugares de Montreal que de alguna forma me han marcado. Sí, son muchos. Tal vez demasiados. Sin embargo, puedo resumir los de mayor querencia en tres, todos relativos a mi afición al arte cinematográfico. El primero sigue en pie. Otro ya desapareció a causa del arribo de la era digital. Y, por desgracia, el tercero se hallaba hasta hace unos días en peligro de extinción.
El primer sitio tuvo que haber sido el Cinéma du Parc. En esta bitácora lo he mencionado en más de una ocasión. Eso porque cuando llegué a la ciudad se ubicaba a escasas tres o cuatro cuadras del edificio donde vivía. El Cinéma du Parc es un cine como nunca antes había tenido a la mano en Torreón: especializado en exhibir cine de autor. Ahí tuve la para mí (luego de décadas de soportar uno de los peores menús fílmicos en México) valiosísima oportunidad de ver en pantalla grande no sólo las novedades del cine de “repertorio” como se le llama en Montreal sino también joyas de antaño: Psicosis, Eraserhead, La dolce vita, Los paraguas de Cherburgo, Metrópolis y muchas otras más. Incluso La montaña sagrada con la aparición de su director al final de la cinta como ya di cuenta en esta bitácora. De inmediato me percaté que en el centro comercial subterráneo donde se encuentran las tres salas de cine tenía encima tres edificios de departamentos y una torre de oficinas. Mi objetivo —ingenuo, pasmadote aún ante un segundo mundo enmascarado de primero, por completo apantallado y hambriento de buen cine— acabó siendo no tanto hallar un trabajo estable sino más bien mudarme a alguno de esos edificios para tener acceso inmediato a ese cine y a través sólo de un elevador. Eso sin importar lo caro de la renta. Lo lamenté cuando se me esfumó un trabajo de las manos y cuando tuve malestares en la espalda baja. Pero lo hecho, hecho estaba. Y hasta el día de hoy sigo viviendo en ese edificio. Sin embargo, tampoco voy al Cinéma du Parc a diario. Sólo cuando su cartelera lo amerita Y ante el proyecto de dejar ese edificio —tal vez en uno o dos años— sé que extrañaré la extrema cercanía de ese lugar, ésa en la que bastaba tomar el elevador hasta el sótano y caminar unos cuantos pasos para llegar a la taquilla del cine.
El segundo fue la Cine-Roboteca de la ONF (Office national du film). Éste era un sitio al cual asociaba con mis primeros años en Montreal. Cuando ir al cine representaba un lujo, ésta era la alternativa. Por unos dólares se podía comprar tiempo frente a la pantalla (primero cuadrada, luego rectangular) para ver alguno de los documentales o los cortos de animación de la ONF. Tanto los recortes de un gobierno federal del partido conservador como el hecho de que el acervo de la ONF ya se encuentre en línea en su sitio de internet (www.onf.ca) causaron el cierre de este lugar. Pero ya desde antes se veía venir la debacle. La tecnología nueva desplazaría a la vieja sin piedad. El primero en jubilarse fue “Ernest”, el personaje que le daba su nombre a la Cine-Roboteca: el robot. Aunque en realidad era un brazo robótico. En un rincón aislado aunque trasparente por su ventana para que los niños lo vieran trabajando se encontraba “Ernest”. Servía para reproducir para cada cliente el videodisco láser solicitado. Por supuesto, “Ernest” tardaba alrededor de uno o dos minutos dependiendo del número de solicitudes. Sospecho que en sus inicios debió ser toda una novedad. No es difícil imaginar las hordas de niños que fueron llevados a la Cine-Roboteca y se maravillaron ante el brazo robótico. Si a mí —tamaño baquetón de veintitantos— me llevaron de la clase de francés en una excursión a la Cine-Roboteca, ya me imagino a cuántos niños de primaria y secundaria llevaban para que conocieran a “Ernest”. Con la era digital, el robot se quedó sin trabajo. El cambio se dio de forma paulatina. De repente solicitaba uno la película en el monitor táctil y ya no era el robot quien ponía el disco en el reproductor. La película de inmediato aparecía en la pantalla rectangular y esto porque ya estaba en formato digital. No había necesidad de esperar esos largos minutos para que el robot “Ernest” llevara a cabo sus movimientos mecánicos. Conforme el acervo de la ONF se fue trasladando al formato digital, el pobre robot se volvió caduco y finalmente desapareció. Pero el acabose vino con los recortes antes mencionados por parte del gobierno de Harper. Ahí sí cerró la Cine-Roboteca de forma definitiva en septiembre de 2012.
La Boîte Noire es el tercero. Ahí no llegué hasta tarde porque suscribirse a un videoclub requiere tiempo y dinero. En principio el dinero suficiente para tener una televisión y un reproductor de devedés, algo que no tuve durante los primeros tres años tras mi llegada. Aunque sí tenía entonces mucho tiempo; pero no mucho trabajo y por lo tanto no mucho dinero. Sólo para lo básico. Recuerdo que unos amigos me llevaron a la famosa Boîte Noire a unos meses de establecerme en Montreal. Querían mostrarme el videoclub que tenía la mayor variedad de películas de todas partes del mundo. Me mostraron sobre todo el estante donde se hallaban las películas en español. En ese entonces la Boîte Noire se encontraba sobre la calle Saint-Denis y, si mal no me acuerdo, en un segundo piso. Ya con un trabajo más estable pude suscribirme y empezar a rentar películas. Para entonces el videoclub se había mudado a donde se encuentra hoy, en la avenida Mont-Royal. Ahí he sido feliz perdiéndome en el primer piso y en el sótano, descubriendo toda suerte de joyas cinematográficas de casi todos los lugares del mundo y de todas las épocas desde el nacimiento del cine. Pero, una vez más, gracias a la era digital estos sitios están desapareciendo con rapidez. El hecho de que quien desee rentar una película ya no tenga que desplazarse y lo pueda hacer desde casa ha provocado la desaparición del videoclub. A pesar de esto, durante los últimos meses la Boîte Noire no parecía verse afectada. Hace unos días, sin embargo, se ventiló en los medios que iban a declararse en bancarrota, que necesitaba negociar con sus acreedores, que estaban a punto de cerrarla. Luego me enteré que sus acreedores le han dado un respiro y la Boîte Noire sigue viva. Tendré que aprovecharla mientras siga ahí.

Nota: Más sobre el Cinéma de Parc y su fugaz cierre en mi reseña de Pequeña Miss Sunshine.

martes, 30 de julio de 2013

Inventario de la cartelera veraniega 1996

Hoy me percaté que estoy más o menos a un año de cumplir la mayoría de edad como reseñista de cine. Lo compruebo al desenterrar el texto que viene a continuación: mi primer comentario escrito sobre cine publicado en un medio impreso. En ese entonces era la tolvanera, suplemento cultural de Brecha. Como ya lo he dicho antes, logré publicar ahí gracias a la invitación de Jaime Muñoz. El artículo se publicó en septiembre de 1996 en el número 123 de la revista. Desde entonces han pasado casi 17 años. Nótese la gran diferencia entre éste y los textos que escribo actualmente. ¿O no la hay? Quién sabe. Al menos mi cantaleta quejumbrosa sobre la mala distribución de cintas en La Laguna nunca ha cambiado. Aquí va la vergüenza:

El verano pasado fueron Batman eternamente, Pocahontas, Casper (Gasparín no, porque se oye muy naco) y Duro de matar III: La venganza. Este año, una nueva serie de películas invade la cartelera cinematográfica. En el 95 fueron los personajes de historietas, las princesas indias, los fantasmas amistosos y el acostumbrado bombazo. Ahora son jorobados, espías, “bailarinas”, extraterrestres asesinos, tornados y, una vez más, la repetida dosis de acción. Pareciera como si a los programadores de las salas de cine, especialmente durante el verano y gracias a la influencia gringa (in gold we trust), se les olvidara que el cine, en alguna ocasión, ha sido el séptimo arte y siguen la política de las televisoras nacionales (¿no tendrán por ahí un pacto para idiotizar a las masas?) para las cuales lo principal es: entretener ante todo (a cambio de una buena lana porque nada es gratis). Y es que los Cruises, los Stallones, los Schwarzeneggers, los Disneys y las Moores atraen a las multitudes a pesar de que sigan haciendo bodrios que no valgan ni la quinta parte de la entrada al cine. Porque las explosiones, las rayos láser y, más recientemente, los efectos especiales por computadora, se ven traducidos en dólares (claro, para nombres como Paramount, Warner y otros).
Como muestra, una humilde enumeración de cintas. Al principio del verano tuvimos la agradable presencia de Del crepúsculo al amanecer, película dirigida por Robert Rodríguez y escrita por Quentin Tarantino, los niños prodigio de Hollywood. Uno por realizar su ópera prima con mínimo presupuesto (El mariachi), el otro por conseguir la Palma de Oro en Cannes en 1994 por su Pulp Fiction (traducida a nuestro idioma con el baboso título de Tiempos violentos). ¿Qué sucedió cuando a estos dos genios mimados se les puso en las misma cuna? El resultado fue uno de los peores churros que jamás se haya visto en la historia del cine: vampiros mexicanos (para variarle a la imagen del mexicano en el cine gringo), balazos despanzurradores, tripas e intestinos volando de un lado para otro y, por supuesto, la aparición de la chica Rodríguez (con probabilidad, la única que se atreve a aparecer en sus filmes), Salma Hayek con un fabuloso diálogo de tres o cuatro líneas donde demostró a todo mundo su capacidad histriónica.
Tom Cruise, probablemente aconsejado por sus amigos cienciólogos (secta que venera al dios Dólar) decidió unir sus fuerzas con el director Brian de Palma y así darle luz a Misión imposible con la original idea (¿quién se acuerda ya de Los locos Adams, La tribu Brady, Batman, etcétera?) de convertir una vieja serie de televisión estadounidense en película. Lo demás era imaginable. Cruise dando gritos destemplados, repartiendo chicles explosivos, enseñando su hermosa dentadura mientras un helicóptero le vuela en pedazos por detrás. Lástima que le hayan matado a su primer equipo en los primeros veinte minutos. Eran los únicos que valían la pena. Sin embargo, el anzuelo fue tan efectivo que ya se planea una segunda parte de Misión imposible.
Para que no digan que no hay cine infantil, se exhibió la autodenominada “obra maestra” de Disney, El jorobado de Notre Dame. Inspirada en la novela de Víctor Hugo y, sin ignorar la tradición Disney, adaptada a un final feliz para que los pequeñines no se traumen o queden marcados de por vida como muchos de nosotros cuando mataron a la mamá de Bambi. Sobre todo, después de escándalo por la violenta cinta El rey león, del año antepasado, por aquella horrible palabra (SEXO) que algunos mojigatos de Gringolandia descubrieron (¿quién sabe cómo le habrán hecho?) en una nubecilla mientras los personajes animados cantaban Hakuna-Matata.
Cuando menos los esperábamos, el insensato género de películas de desastre que proliferó en los setenta revive con cintas como Tornado y El día de la independencia. En la primera, dirigida por Jan de Bont (Máxima velocidad) y escrita por Michael Crichton (Parque jurásico, Sol naciente), un grupo de investigadores dedican tiempo y esfuerzo a perseguir tornados. Pero en esta película bien podrían haberse ahorrado el sueldo de los actores poniendo a unos monigotes porque cada vez que los tornados brillan por su ausencia, la trama brilla por su aburrimiento. Ni modo. La mayoría de la gente se fue con la finta publicitaria que anunciaba con estruendo Tornado de Steven Spielberg, cuando lo único que hizo el realizador de La lista de Schindler fue poner un poquito de lana (productor ejecutivo, entre otros dos) y ni un gramo de creatividad.
Arnold vuelve a hacer de las suyas en El protector, ahora como policía especializado en “borrar” (Eraser, nombre en el idioma original que significa, no es broma, El borrador) la identidad de personas que ingresan al programa de protección de testigos del gobierno. Schwarzenegger se ve acompañado de la cantante y actriz Vanessa Williams y es dirigido por Chuck Russell, el mismo que dirigió al deforme Jim Carrey en La máscara. Con estos antecedentes no es necesario ni ir al cine a verla. A Arnold, después de caérsele el gimnasio entero sobre la cabeza, se le atrofió el lado artístico de su cerebro. La lengua no le da más que para decir “Hasta la vista, baby” y con los ojos apenas alcanza a ver el color del dinero. Al rato lo veremos, como su parodia en Los Simpsons (un gorilón con acento sospechosamente austriaco y corte de pelo militar), en un programa de televisión diciendo: “La película es una toma, hora y media de mí y una pared de ladrillo, costó ochenta millones de dólares”.
Para finalizar esta lista de filmes poco estimulantes tenemos la tragicomedia de Demi Moore, Striptease. Más nos hubiera valido, a los que pagamos la entrada al cine, cambiarle a la tele al programa de Shanik Bergman y ver a las desnudistas que a cada rato salen ahí. Porque la “actuación” de la Moore, por la cual le pagaron doce y medio millones de dólares, puede resumirse en pura chichi y nada de coco. Si de ver una cinta sobre un club de striptease se trata es mil veces preferible Exótica, propuesta lúgubre sobre la obsesiva relación de un hombre con una bailarina. La protagonista (Mia Kirshner) no es una Demi Moore, pero, por lo menos, sí es actriz.
Pasando a lo menos comercial, la trilogía Tres colores: Azul, Blanco y Rojo de Krzystof Kieslowski (ahora en video) aclamada por la crítica mundial y despreciada por el Óscar, pasó, por desgracia, silenciosamente por la cartelera siendo exhibida en funciones compartidas o si acaso en sala propia, pero en territorio gomezpalatino, más allá del Nazas. Algo semejante ocurrió con las cintas del llamado nuevo cine mexicano: Sin remitente y Entre Pancho Villa y una mujer desnuda. Eso sin mencionar la cinta belga ganadora del Globo de Oro como mejor película extranjera en 1995, Farinelli, que arribó a las tiendas de video antes de hacerlo a las salas de cine. Por lo visto, la mejor carta de presentación para que un filme se proyecte en las salas de México es el número de millones que haya recaudado en taquilla y no la calidad, los premios o lo dicho por la crítica.
Ni pensar que los torreonenses lleguemos a ver la comedia española de humor negro El día de la bestia, el filme revelación de los premios César de la academia del cine francés Delicatessen, o la rusa ganadora al Óscar por mejor película extranjera en 1995 Quemado por el sol o la australiana de P.J. Hogan La boda de Muriel, todas ellas ya exhibidas en otras ciudades de México. Mucho menos poner las esperanzar a que se proyecten Balas sobre Nueva York y Poderosa Afrodita, ambas del director Woody Allen y ambas ganadoras del Óscar por actuaciones femeninas de reparto en 1995 y 1996, o Pena de muerte que fue nominada este año por la dirección de Tim Robbins y ganadora por la actuación de su compañera sentimental, Susan Sarandon, o por lo menos, La locura del rey Jorge, película británica por la cual Nigel Hawthorne, el protagonista, fue nominado en la ceremonia de 1995 como mejor actor. Lo único que nos queda, durante el resto del verano, es que de seis estrenos en cartelera, por lo menos uno valga el boleto de entrada.

sábado, 27 de julio de 2013

La bestia, la bella y sus muñones


En mi quinta colaboración con Revista Suburbia escribí sobre el largometraje de Jacques Audiard titulado Metal y hueso (De rouille et d'os, 2012). Se presentó en la selección oficial del festival de Cannes del mismo año y, aunque con la crítica le fue muy bien, no ganó ningún premio importante. Después, como menciono en mi reseña, los actores principales obtuvieron nominaciones tanto en Estados Unidos como en Francia. La cinta es muy recomendable aunque mis expectativas eran demasiado altas después de que me impresionara tanto el crédito anterior del cineasta, Un profeta. Va aquí el enlace al texto:

jueves, 18 de julio de 2013

Porquerías que vi de chiquillo (VI)

De algo me tienen que servir las vacaciones. Vuelven a esta bitácora las porquerías. Luego de haberme ocupado de cinco joyas (Muerte en el Expreso de Oriente, Amadeus, Los mejores años de Miss Brodie, El hombre elefante y El resplandor) es justo regresar a las mierditas fílmicas de la niñez o de la adolescencia. Uso el diminutivo porque están repletas de nostalgia. Antes recordé haber visto una cinta basada en un best-seller (Flores en el ático), un drama preparatoriano-social bien intenso (El club de los cinco), una comedia infantil de interoceánicos alcances (Candleshoe), un thriller con el sello Disney (Ojos en el bosque) y la peor slasher-movie filmada en Montreal (Feliz cumpleaños para mí). Aquí va otra más con sello Disney. Ahora una de ciencia ficción:

No creo haberla visto en el cine. Si pasó así no lo recuerdo bien. Nunca se sabe con remembranzas cuyo origen se sitúa tan lejos. Aunque sí tengo la certeza de que estaba en casa y al alcance de la mano. No completa, por supuesto. Imposible que hubiera sido diferente. Sino en escenas escogidas. Y sólo para proyectarse en formato súper 8 sobre una pared blanca.

El abismo de las galaxias
El abismo negro (The Black Hole, 1979) aparece en una época en que el éxito taquillero de La guerra de las galaxias tentó a muchos productores, una época en que abundaron las expediciones al espacio exterior sobre la gran pantalla. Ésta tal vez se erija como una de las peores. Disney —la compañía, no el mandamás muerto más de una década atrás— le entra al quite con este esfuerzo de la ciencia ficción. Y, de paso, consigue su primer crédito con clasificación PG. Es decir, no para toda la familia. Aunque sí. Siempre y cuando haya “guía de los padres”. Siempre y cuando uno como pequeñín entre con los papás al cine.
La cinta da inicio con la música del genial John Barry —quien durante décadas musicalizara las películas del 007— que suena a imitación de un chillido de quien se desploma en el abismo aludido en el nombre del filme. La cuadrícula verde fosforescente tal vez sea un precedente de Tron (1982). Los nombres en los créditos están en rojo. Y ahí como alusión más directa que la de la música la caída hacia el abismo.
El periplo se lleva a cabo en la nave exploradora Palomino. Más lata que nave. Pero en fin. De inmediato me lanzo a las comparaciones con La guerra de las galaxias. Nada como el robot de voz británica fusionado con el chaparrito gracioso. Como C3PO y R2D2 en un paquete. En este caso es Vincent (con la voz de Roddy McDowall) quien detecta la presencia del hoyo negro. Algo sacado del infierno de Dante. Ni la cita erudita que surge una y otra vez los salvará del naufragio. Frente a ellos y frente al abismo descubren otra nave flotando. Ésta identificada como Cygnus.

Hilos por doquier
Entre los tripulantes del Palomino se halla la doctora Kate McCrae (Yvette Mimieux). Su padre a su vez lo era del Cygnus cuando se le perdió el rastro veinte años atrás. Aquí se intenta retomar el cuento del buque fantasma. Pero, claro, en el espacio exterior. Como Alien. La slasher movie. Pero, obvio, en el espacio exterior. A continuación la nave Palomino se acerca para que la tripulación pueda echarle un vistazo. Nuestro grupo de héroes incluye además del robot y de la mujer al capitán Dan Holland (Robert Forster), al teniente Charlie Pizer (Joseph Bottoms), a Harry Booth (Ernest Borgnine) y al doctor Alex Durant (Anthony Perkins). Si continúo comparando con Star Wars ya sé de antemano quiénes sobrevivirán y quiénes no. Mejor no hacerlo. Aunque la tentación resulta muy grande.
Luego de algunos problemillas con la gravedad y descomposturas de la nave que son semi-reparadas por el robot —secuencias gracias a las cuales les vimos los hilos a todos los actores flotantes— el Cygnus se ilumina por dentro como un invernadero. Tal vez halla gente a bordo. Quizás el padre de la doctora McCrae siga vivo. Ante la necesidad de reparaciones, el Palomino aterriza en la plataforma de la nave fantasma. Como en una casa embrujada las puertas se abren solas y los van conduciendo hacia el centro de la nave: la torre de control. Como espantos se presentan robots. A diferencia de los “Storm Troopers” de Georges Lucas se muestran tiesos y con pistolas láser de doble rayo. Luego los Palominos suben a un carro transportador. Recuerdo a detalle de la cinta súper 8 la escena del camino por el túnel transparente y con vista al espacio. Probablemente de las pocas secuencias logradas. O tal vez así me lo pareció de niño.
La frase recurrente no podía faltar. Así como en La guerra de las galaxias una y otra vez los personajes insisten en que tienen un mal presentimiento, la tripulación del Palomino estará un “poco preocupada”. Al penetrar en el cuarto de control de la torre nadie les responde. Los zombis que ahí laboran se encuentran por completo absortos en sus tareas. De repente aparece uno de los dos villanos de la película: el imponente y muy rojo robot Maximilian. (¿Rojo? ¿Será que Disney nos envía a los chiquilines algún mensaje subliminal?) La voz de un hombre lo detiene. Aparece la mente criminal y no su mero sicario. Se trata del doctor Hans Reinhardt (Maximilian Schell); un hombre barbón, de ojos oscuros, con cejas de gusano quemador y acento alemán. (¿Alemán? ¿Será que Disney nos envía a sus infantiles víctimas de coco-wash algún mensaje cifrado). Todo indica que este señor de acento alemán está loco. Reinhardt le confirma a Kate que su padre está muerto. Finge no saber qué ocurrió con la tripulación que debió haber regresado a la Tierra. Durante veinte años de naufragio se ha creado compañeros: los zombis. Medievales, según él, pero es un romántico. Y vaya que sí. Todo muy diplomático y cívico hasta entonces. La tripulación del Palomino le informa que ellos sólo quieren reparar su nave. Y si el doctor lo desea puede regresar con ellos a la Tierra. No, responde el romántico del espacio exterior. Reinhardt ha creado un campo anti-gravitacional para que el Cygnus no sea absorbido por el hoyo negro. Ante la negativa surge de verdad el primer roce.


David y Goliat
Otra confrontación se gesta entre los robots Vincent y Maximilian. Ésta de carácter clásico: David contra Goliat, frente a frente. Fácil de imaginar el desenlace de esta batalla que apenas inicia. En alguna de sus exploraciones Vincent se encuentra a otro androide de su misma serie, aunque bastante maltratado: la chatarrita Bob. Bob, como fue programado en Houston, tiene la misma voz del texano aquél que provocara el fin del mundo en Dr. Strangelove de Kubrick. A Bob, como sucedió con otros flotadores anteriormente, se le ven los hilos a kilómetros de distancia.
Antes de una cena muy catrina con Reinhardt los tripulantes del Palomino recaban datos sorprendentes: un funeral de zombis, las habitaciones vacías de la antigua tripulación, uno de los sirvientes idos del Cygnus caminando con la pata chueca. Algo raro pasa en este busque fantasma del espacio exterior. Vaya que sí. Todos estamos un poco preocupados. Mientras se desarrolla la cena en un comedor extravagante, de estilo rococó y bajo candelabros de cristal; Vincent se bate a duelo con un robot negro (no en el sentido de afroamericano sino en el literal) y experto en tiro. Todo metafórico. Nada que provoque caos en la nave. Ni insurrección. Ni violencia contra nuestros héroes. El encuentro juguetón da pie para algunos momentos jocosos. La escena se construye para deleite de los chiquilines. Disney no quiere que sus infantiles mentes se traumaticen con Maximilian o con Reinhardt (y sus cejas de gusano quemador). Al menos, todavía no.
El doctor Reinhardt revela sus planes. Pretende aventurarse en el hoyo negro. Ir, como en Viaje a las estrellas, a donde ningún hombre se ha atrevido. No es albur. Para eso ha lanzado una nave de prueba que está a punto de regresar de las profundidades del abismo. Mientras tanto, Bob le muestra a Vincent la máquina giratoria para hacer zombis y le dice además que estos sirvientes con un espejo por cara en realidad son la antigua tripulación del Cygnus: seres humanos vueltos androides. Ante el retorno de la nave de prueba, Reinhardt encarna al Fausto del espacio sideral. Busca impasible, con los ojos desorbitados y una sed inmensa el conocimiento. Será el primer hombre en atravesar el hoyo negro. Definitivamente es un romántico.

¡Cheetos! ¡A correr!
Los grupos se separan. Así suele ocurrir en esta estructura narrativa tan vieja como las novelas de caballería. Mientras Kate y Durant permanecen en la torre de control, Bob le cuenta al resto cómo los humanos se transformaron en zombis. Es hora de marcharse. De antemano sabemos quiénes van a morir. Primero —trauma garantizado para los niños— Maximilian y sus manos batidoras despanzurran al otrora hijo de la señora Bates. Ya entiendo por qué clasificaron ese largometraje como PG. Cuánta violencia. Bueno, al menos nada de sangre o sería PG-13. A Kate se la llevan para hacerla zombi en la máquina giratoria. Necesario ponerle papel aluminio en la cabeza. Pareciera que más bien la van a someter a un tratamiento de belleza. ¿Nada que ver con la princesa Leia, la cautiva de la Estrella de la Muerte? No, seguramente no. Los otros van al rescate. Sin embargo, Booth se acobarda, finge una torcedura de tobillo y trata de escapar en el Palomino sin los demás. Reinhardt destruye la lata con un rayo. La única esperanza de salir de ahí será la nave de prueba.
Lo siguiente, mucho láser y muchos robots desconchinflados. El capitán, el teniente y los robots logran salvar a la princesa Kate. Una inoportuna lluvia de meteoritos se desata. Debieron comprar los derechos de cierta comida chatarra. Los meteoritos parecen Cheetos redondos y gigantes. Esas bolas de fuego tan apetecibles por semejar tan rica comida chatarra dan giros imposibles en el túnel. Los héroes suben al carro transportador y atraviesan el túnel transparente con casi funestas consecuencias. El carrito se vuelve medio loco poniéndose de cabeza. ¿Cómo a los de Disney no se les ocurrió construir un jueguito mareador homenajeando El abismo negro para alguno de sus parques de atracción, lugares ahora más cercanos a Jerusalén o La Meca? Al tratar de huir una bola de fuego casi los apachurra. Más aventuras ocurren en el invernadero. No vale la pena detenerse en ellas.


Adiós, chatarra, adiós
Cuando amaina la tormenta de meteoritos a Reinhardt le cae su monitor plasma y todo explota dentro del cuarto de control. Adiós al romántico, nos hacen creer. Max, su mascota preferida, se rebela. Al pobre no lo ayudan ni sus zombis. Mientras el buque fantasma se aproxima al hoyo negro, el escenario entero de este drama se torna rojo. Llegaron los comunistas. O con ese cuento tan añejo nos quiere asustar Disney. Cuando los buenos están a punto de acceder a la nave de prueba, Max los ataca. La chatarrita de Bob le dispara. Vincent lo detiene. Ahora sí se da el duelo de… ¿titanes? Cargas de electricidad, los ojos bizcos de Vincent y un taladro acabarán con Maximilian. Bob está herido de muerte. Y eso que es robot. Viene la despedida lacrimógena con la chatarra. Charlie sale volando lo cual importa poco ante la grisura de su participación. ¿Y se suponía que éste tendría que ser el equivalente de Luke Skywalker? Por favor. A pesar de eso, Vincent salva a Charlie. Así debe de ser.
Los tres humanos y el robot suben a la nave de prueba. Se aventuran al hoyo negro. No hay otra salida. A continuación se despliega una sucesión de tomas oníricas giratorias que en poco recuerdan a 2001 (si es que ésa era la intención). Escuchamos ecos de la voz de Reinhardt y de las suyas. Una versión anciana y de pelo largo de Reinhardt flota en el espacio rojo. El doctor loco se vuelve uno con Max. Sobre una colina rodeada de fuego se impone esa fusión entre máquina y hombre. ¿Es esto una referencia al infierno dantesco? Qué intelectualoides nos salieron los de Disney. Luego de un pasillo cristalino nuestros héroes salen del hoyo negro y se enfrentan a la luz. Fin. Qué bueno que ya se acabó este delirio. Y a causa de tantos hilos, Cheetos gigantes y zombis de patas chuecas el tío Óscar la nominó en 1980 para el premio a los mejores efectos especiales. Cómo ha cambiado el mundo cinematográfico.


Merchandising y más merchandising
Y tal como parece que seguirá ocurriendo con la “saga” de Star Wars las mercancías lanzadas por la compañía Disney para deleite de todos los chiquilines no fueron pocas. Aquí desde la lonchera hasta los walkies-talkies se vendieron. Y sí. Algunas figuras de acción me compraron mis padres. Al menos me acuerdo que tenía la de Max. Tal vez también la de Vincent. Así, aunque trate de olvidarla, ésta es otra porquería que vi de chiquillo y que ha perdurado en mi memoria.

El abismo negro (The Black Hole, 1979). Dirigida por Gary Nelson. Producida por Ron Miller. Protagonizada por Maximilian Schell, Robert Forster, Yvette Mimieux y Joseph Bottoms.