miércoles, 7 de agosto de 2013

Montrealenses (VII): tres lugares de cine

Admito que dentro del acto de la escritura el autor puede escribir sobre lo que se le antoje. Por algo, me parece, se trata de uno de los actos más libres en el ser humano. Pero en mi caso sólo la necedad de la juventud me llevó a escribir sobre una ciudad en la que estuve apenas tres meses y medio. Esto, en el año 2002. Ignorance is bliss, suelen decir en inglés. Cuando me di cuenta de mi temeridad, quise regresar a ella y al cabo de dos años lo logré. Ahora, tras casi nueve de estancia en Montreal, siento que muy apenas me he ganado el derecho de piso para trasladar mi experiencia de esta ciudad a la escritura. Con la reflexión anterior entonces pienso en los lugares de Montreal que de alguna forma me han marcado. Sí, son muchos. Tal vez demasiados. Sin embargo, puedo resumir los de mayor querencia en tres, todos relativos a mi afición al arte cinematográfico. El primero sigue en pie. Otro ya desapareció a causa del arribo de la era digital. Y, por desgracia, el tercero se hallaba hasta hace unos días en peligro de extinción.
El primer sitio tuvo que haber sido el Cinéma du Parc. En esta bitácora lo he mencionado en más de una ocasión. Eso porque cuando llegué a la ciudad se ubicaba a escasas tres o cuatro cuadras del edificio donde vivía. El Cinéma du Parc es un cine como nunca antes había tenido a la mano en Torreón: especializado en exhibir cine de autor. Ahí tuve la para mí (luego de décadas de soportar uno de los peores menús fílmicos en México) valiosísima oportunidad de ver en pantalla grande no sólo las novedades del cine de “repertorio” como se le llama en Montreal sino también joyas de antaño: Psicosis, Eraserhead, La dolce vita, Los paraguas de Cherburgo, Metrópolis y muchas otras más. Incluso La montaña sagrada con la aparición de su director al final de la cinta como ya di cuenta en esta bitácora. De inmediato me percaté que en el centro comercial subterráneo donde se encuentran las tres salas de cine tenía encima tres edificios de departamentos y una torre de oficinas. Mi objetivo —ingenuo, pasmadote aún ante un segundo mundo enmascarado de primero, por completo apantallado y hambriento de buen cine— acabó siendo no tanto hallar un trabajo estable sino más bien mudarme a alguno de esos edificios para tener acceso inmediato a ese cine y a través sólo de un elevador. Eso sin importar lo caro de la renta. Lo lamenté cuando se me esfumó un trabajo de las manos y cuando tuve malestares en la espalda baja. Pero lo hecho, hecho estaba. Y hasta el día de hoy sigo viviendo en ese edificio. Sin embargo, tampoco voy al Cinéma du Parc a diario. Sólo cuando su cartelera lo amerita Y ante el proyecto de dejar ese edificio —tal vez en uno o dos años— sé que extrañaré la extrema cercanía de ese lugar, ésa en la que bastaba tomar el elevador hasta el sótano y caminar unos cuantos pasos para llegar a la taquilla del cine.
El segundo fue la Cine-Roboteca de la ONF (Office national du film). Éste era un sitio al cual asociaba con mis primeros años en Montreal. Cuando ir al cine representaba un lujo, ésta era la alternativa. Por unos dólares se podía comprar tiempo frente a la pantalla (primero cuadrada, luego rectangular) para ver alguno de los documentales o los cortos de animación de la ONF. Tanto los recortes de un gobierno federal del partido conservador como el hecho de que el acervo de la ONF ya se encuentre en línea en su sitio de internet (www.onf.ca) causaron el cierre de este lugar. Pero ya desde antes se veía venir la debacle. La tecnología nueva desplazaría a la vieja sin piedad. El primero en jubilarse fue “Ernest”, el personaje que le daba su nombre a la Cine-Roboteca: el robot. Aunque en realidad era un brazo robótico. En un rincón aislado aunque trasparente por su ventana para que los niños lo vieran trabajando se encontraba “Ernest”. Servía para reproducir para cada cliente el videodisco láser solicitado. Por supuesto, “Ernest” tardaba alrededor de uno o dos minutos dependiendo del número de solicitudes. Sospecho que en sus inicios debió ser toda una novedad. No es difícil imaginar las hordas de niños que fueron llevados a la Cine-Roboteca y se maravillaron ante el brazo robótico. Si a mí —tamaño baquetón de veintitantos— me llevaron de la clase de francés en una excursión a la Cine-Roboteca, ya me imagino a cuántos niños de primaria y secundaria llevaban para que conocieran a “Ernest”. Con la era digital, el robot se quedó sin trabajo. El cambio se dio de forma paulatina. De repente solicitaba uno la película en el monitor táctil y ya no era el robot quien ponía el disco en el reproductor. La película de inmediato aparecía en la pantalla rectangular y esto porque ya estaba en formato digital. No había necesidad de esperar esos largos minutos para que el robot “Ernest” llevara a cabo sus movimientos mecánicos. Conforme el acervo de la ONF se fue trasladando al formato digital, el pobre robot se volvió caduco y finalmente desapareció. Pero el acabose vino con los recortes antes mencionados por parte del gobierno de Harper. Ahí sí cerró la Cine-Roboteca de forma definitiva en septiembre de 2012.
La Boîte Noire es el tercero. Ahí no llegué hasta tarde porque suscribirse a un videoclub requiere tiempo y dinero. En principio el dinero suficiente para tener una televisión y un reproductor de devedés, algo que no tuve durante los primeros tres años tras mi llegada. Aunque sí tenía entonces mucho tiempo; pero no mucho trabajo y por lo tanto no mucho dinero. Sólo para lo básico. Recuerdo que unos amigos me llevaron a la famosa Boîte Noire a unos meses de establecerme en Montreal. Querían mostrarme el videoclub que tenía la mayor variedad de películas de todas partes del mundo. Me mostraron sobre todo el estante donde se hallaban las películas en español. En ese entonces la Boîte Noire se encontraba sobre la calle Saint-Denis y, si mal no me acuerdo, en un segundo piso. Ya con un trabajo más estable pude suscribirme y empezar a rentar películas. Para entonces el videoclub se había mudado a donde se encuentra hoy, en la avenida Mont-Royal. Ahí he sido feliz perdiéndome en el primer piso y en el sótano, descubriendo toda suerte de joyas cinematográficas de casi todos los lugares del mundo y de todas las épocas desde el nacimiento del cine. Pero, una vez más, gracias a la era digital estos sitios están desapareciendo con rapidez. El hecho de que quien desee rentar una película ya no tenga que desplazarse y lo pueda hacer desde casa ha provocado la desaparición del videoclub. A pesar de esto, durante los últimos meses la Boîte Noire no parecía verse afectada. Hace unos días, sin embargo, se ventiló en los medios que iban a declararse en bancarrota, que necesitaba negociar con sus acreedores, que estaban a punto de cerrarla. Luego me enteré que sus acreedores le han dado un respiro y la Boîte Noire sigue viva. Tendré que aprovecharla mientras siga ahí.

Nota: Más sobre el Cinéma de Parc y su fugaz cierre en mi reseña de Pequeña Miss Sunshine.