sábado, 23 de abril de 2011

Joyas que vi de chiquillo (I)


Cuando el director estadounidense Sidney Lumet murió a principios de este mes las notas necrológicas en los periódicos de todo el mundo mencionaron cintas de su hechura tan conocidas como Serpico (1973), Tarde de perros (1975) o Network (1976), esta última titulada en español Poder que mata. Nadie en ninguna parte mencionó la que para mí es una de sus películas más trascendentes, filme que me marcó profundamente. Hasta la fecha. Hasta el día de hoy y tal vez por el resto de mis días. Eso porque lo vi cuando tenía siete u ocho años y gracias a ese encuentro fílmico emprendí un periplo muy largo que quizás todavía no culmine. O quizás sí. No lo sé. Cómo iban los redactores de notas a citar este crédito de Lumet si él mismo lo clasificó como un “suflé”, un largometraje tan alegre e inofensivo como glamoroso y tal vez por completo ajeno al resto de su filmografía. Aunque eso sí, confiesa el cineasta, sin el cual jamás habría podido encontrar el tono de la excelente Network.
Cuando los medios de comunicación mexicanos —muy al estilo de los magnates televisivos satirizados en Network— nos recetaron durante semanas el caso de una niña desaparecida en el Estado de México, cada vez que yo escuchaba en el radio su nombre de pila (“Paulette”) tenía una reacción como de perro pavloviano y lo repetía como mantra acelerando la segunda sílaba. Tal vez mi cerebro asociaba, entre la realidad y la ficción, a dos niñas desaparecidas. Después supe por qué. De un enterrado cajón de la memoria había extraído aquella forma de pronunciar ese nombre francés. La otra “Paulette” no era una niña desaparecida precisamente sino la sirvienta que cuidaba de ella y que, al ser acusada de cómplice en su secuestro, se suicidó. Esa otra “Paulette”, la ficticia, se apellidaba Michel, era francesa y su nombre había sido pronunciado de esa misma forma mecánica por la actriz Rachel Roberts en el “suflé” lumetiano basado en una novela emblemática de Agatha Christie, la que lleva por nombre Muerte en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express, 1974).
Cuando mi padre llevó desde Torreón hasta la casa de Monterrey los videodiscos RCA de Muerte en el Expreso de Oriente que le prestaron donde trabajaba, yo ya era un niño intrigado por todo lo que oliera a monstruosidad, asesinato, misterio y tinieblas. Tanto así que montaba obritas de teatro donde los títeres se mutilaban unos a otros. Al ver el título del filme, al ver la ronda de sospechosos sobre la carátula del videodisco sentí un deseo irresistible de verme inmerso en esa película. Lo puesto ahí no eran fotografías sino pinturas estilizadas de casi todos los pasajeros del tren, incluyendo al detective, a su amigo-asistente, a la víctima y a once de los sospechosos. Al centro, el arma asesina, la daga que en lugar de mango ostentaba una imagen del tren de la muerte (la muerte refinada, la antiséptica, la inesperada, la cerebral, la lujosa, la británica), todo al más puro estilo Christie. Moría de ganas de ver eso. Y así ocurrió. Y de qué manera. Aquélla era la primera vez en que entraba en contacto con una historia urdida por la más célebre y vendida autora de intrigas policiacas del siglo XX. Por el cine llegaría a la literatura. La suya y luego, con los años y la experiencia, la mía. O la que pretende ser la mía. O la que pretende ser literatura.
La película de Lumet estaba contenida en dos videodiscos, dos lados del primero y uno más del segundo. El delgado estuche de plástico protegía el disco de cualquier daño. Se introducía en el lector y un imán causaba el desprendimiento del disco. El estuche salía vacío. Una aguja, casi igual a la de los viejos tocadiscos, se encargaba de transmitir las imágenes al televisor, imágenes no siempre tan impecables como las de los discos digitales de hoy. Entre más gastada estuviera la aguja peor era la calidad, por lo cual debía ser remplazada tras cierto tiempo de uso. Recuerdo que en el lado A del primer disco la película se detenía hasta aquella ominosa declaración del doctor griego (George Coulouris, décadas después de ser Thatcher en El ciudadano Kane): “El asesino está entre nosotros ahora”. El lado B del primer disco dejaba al espectador en suspenso antes de la escena climática de retrospección en que se observaba cómo se había llevado a cabo el homicidio. El lado A del segundo disco estaba compuesto si acaso por unos cuantos minutos antes del final. Si lo recuerdo tan bien es porque perdí la cuenta de cuántas veces vi Muerte en el Expreso de Oriente.
Tengo ocho años otra vez y pongo la película. Tras el logotipo de la Paramount, los créditos se despliegan sobre la réplica de un mármol rosado. Eso no llama tanto la atención como la música: contundente, ominosa al inicio y después diletante y complaciente con la gente de alta sociedad que la escucha, la misma que viajará dentro de ese fatídico tren. Aquí no hay asesinatos sin clase, vulgares decapitaciones ni lujuriosos homicidas sexuales y cómo podría serlo si ante el espectador se mencionan los nombres de Ingrid Bergman, Lauren Bacall, Jacqueline Bisset, John Gielgud o Vanessa Redgrave. Todos en una obra de lady Agatha.
Es una retorcida fantasía de miedo infantil. Cuando se es niño uno no sabe exactamente qué hacen; pero ahí están al acecho un montón de robachicos casi siempre imaginados portando capa y antifaz como en el cine. Tanto los padres como el “mucho ojo” televisivo nos lo advertían. Es así como inicia Muerte en el Expreso de Oriente: con el secuestro de una niña. Dos acontecimientos entonces inspiraron la novela de Agatha Christie. El primero, las sonadas desaparición y muerte del bebé Lindbergh. El segundo, una tormenta de nieve que paralizó el famoso tren en el que algunas veces viajara la escritora inglesa. Un anuncio nos lo indica a mitad de la noche. Corre el año 1930. Es la madrugada al exterior de la mansión de la familia Armstrong en Long Island. Los secuestradores entran para llevarse a la pequeña Daisy. Corren las imágenes del secuestro, de cómo estos hombres sin rostro irrumpen y golpean a quienes custodian a la niña a la par de una música de violín con violencia interrumpida por los titulares de los periódicos. Último titular cuyas letras se tornan rojas: “Daisy es encontrada muerta”. En unos minutos se han sembrado las semillas de venganza del crimen por venir, el del tren. Para mí, niño aterrado por los robachicos del mundo, aquélla era una de las más escalofriantes entradas en una película. Actualmente la mencionada entrada no provocaría escalofríos ni en el más ingenuo escuincle.
Otro anuncio le informa al espectador que han pasado cinco años y que ahora se halla en el lado asiático de Estambul. De un automóvil rojo de la época se apea una pelirroja blanca y espigada con una mascada al cuello que combina perfectamente con su vestido y su cabellera. Es la gran Vanessa Redgrave —años después de Blow-Up y The Devils— que aquí interpreta a la señorita Debenham. Mientras la mujer aborda un ferry es observada por los ojillos verdes e inquisitivos de Hércules Poirot, el bigote más conspicuo entre los detectives de la ficción policiaca. Se le ve encarnado por alguien por completo opuesto a las descripciones de la Christie: Albert Finney. Horas de maquillaje antecedían el rodaje para el actor inglés. Así se lograba el negrísimo pelo, el bigote engominado, las arrugas. Aunque no la cabeza de huevo. Después aparece el coronel Abu... Abu... Abu... Y él corrige con altanería al pobre taquillero incapaz de pronunciar su apellido: ¡Arbuthnot! Éste, aunque se le parezca, no es James Bond. Cuando Sean Connery aborde el transbordador y bese a Vanessa Redgrave, ella enunciará una frase que, como en toda historia de detectives, revivirá más tarde para condenarlos: “Ahora no, cuando todo haya terminado, cuando todo esté en el pasado, ¡entonces!” Poirot estornuda. La mujer exclama: “¡Qué hombre tan gracioso!”. El coronel lo clasifica como un frog, término despectivo en el Reino Unido para los franceses. No saben lo que les espera cuando estén a merced de esta rana con corazón de sabueso.
El desfile de gente de catego apenas ha comenzado. Tras encontrarse con el señor Bianchi (Martin Balsam), un viejo amigo y casualmente el muy italiano director de la compañía ferroviaria, Poirot parte a la estación. Muy poco común resulta que en diciembre el vagón de primera clase vaya lleno. Aun así, por la influencia de su amigo, no parece improbable que Poirot logre viajar. Una vez en la estación de trenes el políglota conductor francés Pierre Paul Michel (Jean-Pierre Cassel, el papá de Vincent) aguarda junto al vagón de primera clase la llegada como de alfombra roja de todas las personalidades. La primera es la princesa Dragomiroff (Wendy Hiller), una vieja aristócrata rusa en silla de ruedas ya sea por su cuasi-invalidez o por güevonería. La sigue Hildegarde Schmidt (Rachel Roberts), su sirvienta alemana, que carga a los dos mimados perros pequineses de la anciana. Como haciendo alarde de su alcurnia y de su apellido de dragona, la señora se levanta y aprovecha la oportunidad para darle un bastonazo a un vendedor ambulante, un pobre turco —pinche jodido árabe de mierda, habrá pensado la señora— que se le cruza en el camino. A continuación, arriba la joven pareja húngara. El conde (Michael York) y la condesa Andrenyi (Jacqueline Bisset, tres años antes de que se convirtiera en fantasía de la chamacada puñetera de los años setenta con El abismo; diez después se reuniría en México con el director John Huston y con Finney de nuevo para Bajo el volcán). Andrenyi protege la blancura de las pieles de su mujer ante tanto cochino marchante que los rodea. No es tan agresivo como la princesa; pero cual si fueran moscas los trata de espantar agitando la mano enguantada.
Recalcando la globalización de los años treinta, circulan por ese andén hombres originarios de la más negra África y mujeres del más kimonesco Japón. A lo lejos, entre la multitud, pieles, neceser y ovalado sombrero beige que cae sobre el lado derecho del rostro se aproximan. Es la americana señora Hubbard (Lauren Bacall sin Bogart) que, a pesar de su dinero o el de su marido, masca chicle y es parlanchina a más no poder. También agita la mano ante los vendedores. Sin embargo, frente a unos niños pandrosos esboza una sonrisa. Bianchi y Poirot son los siguientes. Cuando Bianchi le anuncia a Pierre que debe encontrarle un lugar al detective belga en el vagón de primera clase la sorpresa en el semblante del empleado lo dice todo. El que la señora Hubbard se detenga y mire hacia atrás, hacia donde se encuentra el belga colado tampoco será un acto sin trasfondo. Una voz ratonil los interrumpe: “por favor, por favor”. Ésta no es la Ingrid Bergman de Casablanca. Algunas décadas han pasado. Es la religiosa sueca Greta Ohlsson. Tímida misionera que primero pide información y después casi cae en la histeria al creer perdida su medalla de San Cristóbal, ocasión que los vendedores aprovechan para ser despreciados por enésima vez. Este rol tan secundario le daría su tercer Óscar a la Bergman después de los ganados en 1945 y en 1956. El diálogo entre Bianchi y Pierre vuelve a ser interrumpido por el gringo señor Ratchett (Richard Widmark) que con un simple “¡Héctor!” empuja a su secretario McQueen (Anthony Perkins) para que lo anuncie y le abran paso. Pero McQueen no saca un cuchillo de cocina para apuñalar en la cara a Bianchi. No. Eso ya pasó quince años antes en la Psicosis de Hitchcock. Como relegado del grupo viene el perfecto mayordomo inglés de Ratchett: el señor Beddoes (ni más ni menos que sir John Gieldgud). Ni siquiera el compartimento dieciséis del vagón está libre. Ése lo ocupa un tal Hardman. Así que Poirot tiene que irse con la servidumbre y compartir el espacio con McQueen. “Al menos recibirá dos propinas”, le advierte Bianchi a su empleado.
Mientras Poirot camina por el pasillo el resto de los distinguidos pasajeros lo reciben con expresiones inescrutables. El detective belga le advierte al secretario McQueen que sólo lo incomodará por una noche y el silbato del tren estalla eclipsando sus voces. Con calma se emprende la marcha del tren imitada magistralmente por la banda sonora. Éste, diría Sidney Lumet, es el tren que conducirá a la muerte. En el vagón-comedor, en la sección de la servidumbre más en específico, nos son presentados dos personajes más: el guardaespaldas americano Hardman (Colin Blakely) y el italiano Foscarelli (Denis Quilley) cuyo entusiasmo y cuya familiaridad contrastan con el carácter frío y parco del muy estirado señor Beddoes. Unos años después, tanto Blakely como Quilley aparecerían en otra adaptación cinematográfica de una novela de Agatha Christie, Maldad bajo el sol (1982). En ella, Peter Ustinov (alguien todavía más inapropiado por su físico) relevaría a Finney en el papel de Poirot y no lo haría por única vez. Ahí están Muerte en el Nilo y Cita con la muerte en la pantalla grande y ya para la tele Dead Man’s Folly, Murder in Three Acts y Thirteen at Dinner.
Como paréntesis, las adaptaciones de su obra al cine no fueron bien recibidas por lady Agatha. Especialmente después de que en los sesenta la actriz Margaret Rutherford convirtiera a su querida señorita Jane Marple en punto menos que una payasa. Cuando se le planteó la idea de trasladar a la pantalla grande su Expreso de Oriente, la escritora estuvo en principio renuente. Eso hasta que lord Brabourne, primo de la reina Isabel II y uno de los productores del filme, se le presentó para convencerla. Así se logró la coproducción entre los americanos y los ingleses para que Sidney Lumet filmara este “suflé” extravagante y glamoroso. Al unirse al reparto Sean Connery —con quien Lumet ya había trabajado antes— se logró atraer al resto de las luminarias para que hicieran, la mayoría de ellas, papeles pequeños. El resultado, a un año de su fallecimiento, satisfizo bastante a lady Agatha.
Retomo el hilo. De esta forma, tras la presentación de los personajes, la intriga se va tejiendo. Ratchett le ofrece a Poirot miles de dólares para que averigüe quién le está enviando anónimos que amenazan con matarlo. El detective rechaza la oferta. Esa noche Bianchi le cede su lugar a Poirot en el vagón de primera y McQueen podrá dormir tranquilo sin los ronquidos del detective. A la mañana siguiente, Ratchett aparece en su compartimento con doce puñaladas en el pecho. Para colmo, el tren está atrapado por la nieve. Pasajeros y empleados de la compañía están aislados en Yugoslavia. Pronto se descubre que el magnate americano es en realidad Cassetti, el autor intelectual del asesinato de Daisy Armstrong. Al morir la niña, cuatro personas más la siguieron al otro mundo: la sirvienta acusada falsamente, la madre y el bebé en su vientre por un parto prematuro con final desastroso y el padre también víctima de su propia mano por suicidio. Así, según Poirot, Cassetti era el homicida impune de cinco personas, el causante de la mega-tragedia de una familia de abolengo. El caso está plagado de pistas falsas: un pañuelo, un limpiador de pipas, uno o dos gritos en la noche. Sorprende además que las puñaladas sean a veces profundas, a veces superficiales. Sólo con los interrogatorios de ley podrá el detective sacar a la luz la verdad, casi siempre a través de indicios que por su nimiedad pasan desapercibidos frente al espectador.
El primero es Pierre. Tenía la oportunidad por poseer la llave maestra del vagón; pero carecía de motivo. El segundo es McQueen quien por azares del destino conoció a la señora Armstrong durante el juicio de los cómplices de Cassetti. Durante ese período de su vida el joven la sintió como una segunda madre (reminiscencias de Psicosis). Así este Norman Bates redivivo se transforma en el principal sospechoso. Los patiños, Bianchi y el doctor Constantine, dan opiniones encontradas. A continuación el mayordomo recuerda lo ocurrido durante la noche anterior y confunde a Poirot con un francés, calvario del detective belga.
A la señora Hubbard se le tiene que advertir que vaya al grano y al serle tendida una trampa dándole el pañuelo encontrado en la escena del crimen remata con la frase “un estornudo y hay que llevarlo a la lavandería”. Greta Ohlsson cuenta lo poco temerosos de Dios que eran sus padres. Cuando pasan los condes Andrenyi Poirot se detiene en una mancha de grasa en el pasaporte de la mujer. Como la princesa Dragomiroff es prácticamente una inválida, el detective visita su compartimento y se da a conocer otra casualidad: la princesa era la madrina de la difunta señora Armstrong. Hildegarde provee a Poirot de una foto de la sirvienta Paulette. El coronel Arbuthnot y la señorita Debenham, luego de aquella escena en el transbordador de Estambul, se ven en la necesidad de confesar su relación amorosa. Foscarelli sugiere que de seguro un mafioso italiano asesinó a Ratchett. Hardman, quien alega haber sido contratado como guardaespaldas de Ratchett, se quiebra ante la fotografía de Paulette Michel. De esta forma, tras los interrogatorios, Hércules Poirot está listo para su típica reunión de sospechosos donde, por supuesto, “todo será revelado”.
El lector/espectador necesitaría un conocimiento enciclopédico de datos deslumbrantes para engaña-bobos para así poder identificar todas las pistas, todos esos indicios en apariencia insignificantes y llegar a la loca conclusión de esta intriga. Hércules Poirot expone su primera teoría: como opinara Foscarelli, seguramente un mafioso disfrazado de conductor subió al tren y, en complicidad con una misteriosa mujer apenas atisbada esa noche, mató a Ratchett y ambos escaparon dejando atrás todos sus disfraces. Los convocados respiran al fin. El alivio se disipa cuando Poirot empieza a exponer la segunda teoría. Una vez identificadas dos personas relacionadas con la familia Armstrong (McQueen y la princesa) pronto los demás son desenmascarados. Ahí, en ese vagón, están familiares y servidumbre de la pequeña Daisy: la cocinera, el chofer, la nana, la institutriz, el ayuda de cámara y el mejor amigo del coronel Armstrong, el novio y el padre de la sirvienta. Y los principales instigadores de la venganza: la condesa Andrenyi termina siendo la hermana menor de la señora Armstrong, el conde, su cuñado y la parlanchina señora Hubbard es en realidad la madre de la condesa Andrenyi y de la señora Armstrong. El desenmascaramiento se da gracias a la materia gris en el cerebro de Poirot y a todas esas pistas no sopesadas como tales: que si la H en el alfabeto ruso es la N, que si hay una boutique londinense que se llama Debenham y Freebody, que si Greenwood en inglés es Grunwald en alemán, que si las señoritas inglesas no dicen “larga distancia” a menos que hayan estado en Estados Unidos, que si el jurado debe estar conformado -como el número de sospechosos- por doce personas.
Cuando años después leí casi todas las novelas de Agatha Christie me di cuenta que ésta era la solución más singular utilizada por esta autora. Otros mecanismos se repiten. Por ejemplo, el del asesino que se oculta tras un intento de homicidio que salió mal. En la novela Se anuncia un asesinato, la señorita Leticia/Charlotte Blacklock urde un plan para cobrar una herencia millonaria. Para eso debe deshacerse del único hombre que la conoce como Charlotte y no como Leticia, heredera universal de un magnate. Con su víctima organiza una reunión de “homicidio ficticio”. El hombre se viste de bandido, entra a la casa y con una sala llena de gente en la oscuridad, la anciana sale por otra puerta, dispara hacia donde todos creen que ella está y mata al chantajista que la molesta. Todos se convencen de que alguien quiso matar a la indefensa señorita Blacklock cuando en realidad ella es la asesina. Este mecanismo se repite en otras novelas como Peligro inminente y El espejo se rajó de lado a lado, esta última la primera que leí de Agatha Christie ya a los trece años para un trabajo escolar en la secundaria Carlos Pereyra. Imposible entonces, en el caso del Expreso de Oriente, adivinar la identidad del asesino. O asesinos. Es como el final de la película satírica Crimen por muerte (1976) cuando Truman Capote se queja de los trucos utilizados por los autores de novelas policiacas para confundir a su lector, trucos que más bien son chapuzas.
Sin embargo, lo que a los ocho años me dejó patidifuso de Muerte en el Expreso de Oriente es esta solución inverosímil por completo; pero genial dentro del género. En el policiaco se plantea siempre el juego entre el autor y el lector de la siguiente forma: Veamos qué tan listo eres, querido lector, veamos si eres capaz de descubrir antes del último capítulo quién es el homicida. El supremo truco de magia, la magistral prestidigitación al final de Expreso de Oriente es que todos los sospechosos son culpables. En el compartimento de Ratchett, iluminado sólo por una bombilla azul, vemos otra vez desfilar a los personajes que se pasan uno al otro el cuchillo después de atestarle una puñalada a Ratchett. Loas a la astuta lady Agatha. Aquí no había manera de vencerla en el juego.
Qué hacer con estos doce asesinos (o trece si tomamos en cuenta que los condes Andrenyi le dieron juntitos una puñalada al cadáver). Después de todo, mataron a un criminal. Actuaron como un jurado (aunque muy objetivos con respecto al caso no eran). Hércules Poirot, muy a su pesar, le pide a Bianchi que elija la solución que presentará a la policía yugoslava. Martin Balsam camina hacia el centro. La cámara está detrás de él y a cada lado, los sospechosos. Anuncia que ha elegido la primera solución. Ahora sí, todos respiran aliviados. Y Sidney Lumet concluye su “suflé” glamoroso con un desfile más de personalidades donde todos se acercan a la señora Hubbard y a la condesa Andrenyi, ahora sí madre e hija, para brindar con champaña por la feliz conclusión de esta sangrienta revancha. En la nívea tranquilidad vendrá la renovada marcha del tren y los créditos. A Lumet su película “alegre” le quedó muy bien. Y así hubo valientes que quisieron volver a adaptar Expreso de Oriente. En 2001 filmaron otra versión con Alfred Molina a la cabeza del reparto, tan infame resultó que ya fue rectificada por otra más del 2010 donde el chaparro detective es interpretado por quien muchos consideran como el Poirot por excelencia: David Suchet. En la del 2010, aunque no iguala los nombres legendarios del reparto de la de Lumet, sí aparecen buenos actores de talla internacional como Toby Jones (Infamous), David Morrissey (Red Riding), Susanne Lothar (El listón blanco), Barbara Hershey (El cisne negro), Marie-Josée Croze (La escafandra y la mariposa) y Denis Menochet (Bastardos sin gloria).
Y así termina el periplo en tren. Éstas son las muertes que me gustan: las refinadas, las antisépticas, las inesperadas, las cerebrales, las lujosas, las británicas, las que estallan en el centro del oropel, lo desequilibran y al final terminan siendo nada, sólo entretenimiento. Sin embargo, a pesar de sus defectos, Muerte en el Expreso de Oriente sigue siendo para mí una joya que vi de chiquillo. Se sostiene bien. Así, por pura nostalgia, un poco sana y otro tanto no. Descanse en paz don Sidney. Gracias por el magnífico “suflé”.

Muerte en el Expreso de Oriente (Murder on the Orient Express, 1974). Dirigida por Sidney Lumet. Producida por John Brabourne y Richard Goodwin. Protagonizada por Albert Finney.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=JTYA01glGqo

Nota del 7 de julio: Como diría cierto payasito lagunero, "ay, caray, caray". Me falló la memoria. Ya había escrito sobre esta película antes. No vale la pena pero aquí viene el articulito que apareció en la tolvanera a finales de los noventa. Nótese cómo quería verme muy maldito y renegaba de doña Agatha.

Lady Agatha y la muerte antiséptica
El gremio de Hollywood y sus equivalentes en Gran Bretaña han sentido, por la constante escasez de argumentos, fascinación por ciertos libros. Los best-sellers, no precisamente por su valor literario, son trasladados al celuloide con continuidad acelerada. La presente reseña busca confirmar la idea de que un libro mediocre puede convertirse en una película buena, en una mala o hasta en una fea. El nombre de Agatha Christie, por ejemplo, se traduce, sin duda, en best-seller mundial aunque hayan transcurrido veintidós años de su deceso. De las ochenta y tantas historietas –difícil clasificar sus trabajos como novelas si sus personajes son de lo más planos y si se repite la misma fórmula infinidad de ocasiones— sólo Asesinato en el expreso de oriente (Murder on the orient express, 1974) de Sidney Lumet (Tarde de perros) constituye una adaptación fiel al título homónimo.
En el citado filme, Hércules Poirot (Albert Finney) –detective de cabecera de la Christie— atraviesa Europa en el lujoso tren junto a un ecléctico grupo de aristócratas. Al detenerse el expreso por la nieve, Ratchett (Richard Widmark), uno de los pasajeros, es asesinado descubriéndose así su identidad y sus lazos con el secuestro y homicidio de una niña cinco años antes. La propia Christie confesó que tres hechos inspiraron Asesinato en el expreso de oriente: el secuestro del bebé Lindbergh, el aislamiento del tren durante seis días por las gélidas tormentas de enero de 1929 y los viajes de la autora en dicho transporte. Los planes para llevar al cine la novela estuvieron en manos de la Metro Goldwyn Mayer en los sesenta. Pero al querer sustituir a Poirot por la entrometida señorita Jane Marple –otra presencia recurrente en la obra de la escritora policiaca—, Christie rehusó vender los derechos. El proyecto no se cristalizó hasta que otros productores, John Brabourne y Richard Goodwin, le prometieron no alterar su obra.
Excelente escenografía, música, fotografía y vestuario enmarcan Asesinato en el expreso de oriente. Además de un reparto multiestelar que incluye a Lauren Bacall, Martin Balsam, Ingrid Bergman, Jacqueline Bisset, Jean Pierre Cassel, Sean Connery, John Gielgud, Wendy Hiller, Anthony Perkins, Vanessa Redgrave, Rachel Roberts y Michael York. La presencia de tantos actores reconocidos no garantizó interpretaciones sólidas. Sólo destaca la increíble encarnación de Poirot a cargo de Albert Finney. Los personajes de Agatha Christie no dan para mucho. Son títeres huecos que sólo existen en función de la intriga policiaca, entes que sólo respiran para ser sospechosos y sufrir las técnicas interrogativas de Poirot. En el mundo de la Christie siempre hay un coronel reprimido (Connery), una joven misteriosa (Redgrave), un asistente extraño (Perkins), una pareja apasionada (Bisset, York), un puñado de extranjeros (Bacall, Balsam, Hiller, Bergman) y, por supuesto, los sirvientes (Cassel, Gielgud, Roberts). Contra las nulas complejidades de estas figuras decorativas poco pesa el Óscar por mejor actriz secundaria de Ingrid Bergman como la enfermera Greta Ohlsson. En las fantasías “christianas”, los homicidios son, por lo regular, bastante higiénicos y nadie parece tener vida sexual activa, ni siquiera los casados. De seguro, lady Agatha sólo escribía para sus compañeras de asilo o para los productores de cine. No por nada emergieron de su verde mar de cuartillas desde Witness for the prosecution (1957) con Marlene Dietrich hasta El espejo roto (1980) con Angela Lansbury –la Reportera del crimen— como la señorita Marple. O Muerte en el Nilo (1978), Muerte bajo el sol (1982) y –nótese las palabras símiles en los títulos de la inglesa— Cita con la muerte (1988) –la peor de las tres— con Peter Ustinov como el detective belga, así como incontables cintas y series (La hora de Agatha Christie, Miss Marple, Poirot) para la BBC de Londres. Hasta los laguneros, en 1990, tuvieron su dosis de lady Agatha en el teatro Isauro Martínez con La ratonera. La solución de Asesinato en el expreso de oriente es una fina jalada. En momentos se vuelve previsible si uno está familiarizado con los trucos de esta progenitora de best-sellers. Tal vicio fue criticado en la comedia Murder by death (1976), con otro reparto envidiable, donde Hércules Poirot se convirtió en Milo Perrier; Jane Marple, en Jessica Marbles y el género detectivesco, en una suculenta parodia. Fuera de los traspiés argumentales, en general, Asesinato en el expreso de oriente, como mero entretenimiento, es una buena cinta.