jueves, 23 de junio de 2011

Algo que durante años ha querido ser una novela (IV)


Ahora sí. Se acabaron los asuntos escolares hasta dentro de dos meses. Basta. No más. No veía el final del año académico. Logré, antes de que llegaran las revisiones de los últimos días, terminar el borrador del capítulo 5 de mi novela. Con los días que me quedan de junio creo que lograré alcanzar mi objetivo: terminarlo. Así le daré tupido al capítulo 6 en julio, ya sin las engorrosas obligaciones laborales. Tal vez, junto con eso, confeccione algún texto sobre las películas que he visto recientemente: Potiche de François Ozon, Medianoche en París de Woody Allen y The Tree of Life de Terrence Malick. Sé que en el próximo mes, estando donde estaré, difícilmente veré algo interesante en cine. Por lo pronto, va la continuación de los fragmentos de la novela que ya subí en esta bitácora. Dejo además los enlaces del 1, el 2 y el 3. Otra vez, con la lectura se explica que imagen que antecede al texto.

Pasaron dos años y de repente Marie-Claude y yo nos encontramos al lado de otras personas. Ella se había enamorado de un hondureño y yo de una marroquí. Al indio despatarrado lo conocimos a finales del dos mil siete en una reunión con inmigrantes latinoamericanos, jodidos y revoltosos, de ésos que bailan salsa o merengue, se dejan crecer la barba, visten como pordioseros y parecen no bañarse en días. El susodicho se llamaba Félix Silva y, como afrenta al poco atractivo físico que yo poseía entonces, era la réplica de un ídolo olmeca: prieto, cabezón, de grandes orejas, ojos saltones como de pescado, dientes amarillos y vello púbico por cabello. Cuando Marie-Claude me lo presentó el inútil llevaba una playera del Che Guevara. Y no era cualquier playera. En ella el Che a su vez estaba vestido con otra playera con su misma jeta de la fotografía de Korda como en un juego demente y especular de infinitudes, como en un guiño meta-playerístico. Apenas hablé con él diez minutos y de inmediato sacó a colación todos sus complejos de resentido social. Me preguntó a qué se dedicaba mi padre. Le informé que era dueño de una maquiladora. Y él espetó un largo ah, o sea que tu papá es uno de los explotadores del pueblo. Le quise reventar la cabeza ahí mismo. Por muchos problemas que hubiera tenido con mi padre de una cosa sí estaba yo seguro: él era un hombre honesto, emprendedor y nada perezoso. Trabajaba más de doce horas al día, se partía el lomo yendo en viajes a negocios de un hemisferio del planeta al otro y gracias a eso se habían creado un sinnúmero de empleos en La Laguna. ¿Cómo le explicas eso a un pinche gato que además es retrasado mental? Poco después acompañé a Marie-Claude a una fiesta de Navidad organizada por una ONG con la cual había colaborado durante años como voluntaria. Nos volvimos a encontrar al tal Silva. El tipo iba y venía a la mesa del buffet como si trajera hambres atrasadas de siglos. Me imagino que esa noche yo andaba con mi acostumbrada gastritis y cuando se percató de mi falta de apetito el idiota volvió a la carga guacareando con un tonito fallidamente cantinflesco cómo se ve que tú nunca en tu vida has tenido hambre, chamaco. Según él, hasta con cuchara de plata me habría dado mi mamá la papilla. Para colmo Marie-Claude le siguió el juego y agregó que cuando me conoció yo no sabía ni cocinar un huevo porque mi madre o la sirvienta eran quienes siempre me habían preparado la comida. A ella me la quise agarrar a cachetadas. Al menos esa noche de burlas terminó pronto. Luego vino el oasis para mí. Aunque no sé si fue en esa época o a principios del dos mil ocho que conocí a Malika.
Era amiga de unos mexicanos conocidos míos que estudiaban con ella inglés en el Centro de Educación Continua de la Universidad McGill. No sé por qué tan pronto me conoció se me prendió del cuello como si yo fuera una especie de salvador. Malika Zafrani era una niña rica de Rabat de veintidós años. Había estudiado en un liceo francés de su país y cuando se cruzaron nuestros destinos estaba indecisa sobre qué camino seguir en Canadá. Por lo pronto, aprendía el inglés. De inmediato me identifiqué con ella. Así había iniciado yo mi aventura, en Vancouver, aprendiendo inglés. Después de sus clases, acostumbraba ir de compras con sus amigas árabes a la calle Sainte-Catherine. Criticaba con constancia y a veces con temeridad a los quebequenses. Por todo. Por lo mal que hablaban el francés, por lo corrientes y lo feos que eran —seguramente a causa de tantas uniones endogámicas, según ella— por su ridículo anhelo de independizarse. Y, claro, le encantaban la ropa, los accesorios, los perfumes y los hombres con coches caros. Malika era superficial a morir. En eso residía su encanto. Porque a diferencia mía no andaba por la vida disculpándose o sintiéndose avergonzada de su clase social. Si yo nací con privilegios, afirmaba, no tengo por qué sentirme culpable como tú, la vida es única y hay que disfrutarla en lugar de estar todo el tiempo preocupado por el hambre o la pobreza de gente que ni conoces. En otras cosas era muy contradictoria. Decía no creer ya en su religión; pero igual no comía puerco y hasta ayunaba en el mes de Ramadán. De alguna manera, como yo con mi clase, se hallaba suspendida en el umbral entre dos realidades. Mientras yo fingía salir con amigos cuando iba a encontrarme con Malika, mientras yo con toda mi educación católico-burguesa me quitaba a la marroquí de encima cuando se ponía cachonda por respeto a mi mujercita y a mi hija, Marie-Claude como de costumbre me llevaba la delantera. Pronto me confesó que ya se había acostado con Félix y que yo podía hacer lo propio con la mujer con la que me escapaba de vez en cuando. Al principio no pude aceptarlo. No solamente eran los celos o el hecho de que la madre de mi hija anduviera revolcándose con un adefesio sino que el intercambio de parejas ya sonaba a mis oídos provincianos como algo bastante pecaminoso. La unión libre no. El intercambio de parejas, eso era otro cantar. Finalmente decidí salirme de casa, rentar un departamento por mi cuenta y así comencé a disfrutar tanto lo compartido con Malika que logré superar ese obstáculo moral.
Aunque nos veíamos durante la semana, el sábado era nuestro día porque el domingo, por supuesto, se lo dedicaba a mi hija. Vagabundeábamos por la ciudad, hablábamos de estupideces sin sentido, a veces nos metíamos al cine o a algún centro comercial, intercambiábamos impresiones de nuestros países. Al caer la noche nos íbamos a mi departamento a hacer el amor y a cenar. Como en un ritual gastronómico siempre comíamos lo mismo: una pizza de congelador de la marca Dr. Oetker que al meterla al horno, ya fuera por obra y magia del calor o por lo felices que éramos, se volvía deliciosa. Sin embargo, Malika traía durante todo ese tiempo una astilla clavada en el pie. Era Marie-Claude. No soportaba que yo la siguiera viendo. En un intento de armonizar voluntades y de comportarme como un hombre civilizado del primer mundo quise que todos fuéramos amigos. Después de todo, había una niña de apenas tres años entre nosotros. Por el bien de ella tenía que haber una atmósfera de concordia entre sus padres y las nuevas parejas de sus padres. Fue un fracaso más de mi parte. Malika era una niña mimada, sumamente caprichosa. Marie-Claude, una mujer. Cuando salíamos los cuatro juntos, le hacía desplantes, le mandaba indirectas y en ocasiones hasta grosera se comportaba. Se enfurecía más cuando Marie-Claude se mostraba indiferente ante todas estas chiquilladas. Poco a poco, cuando yo dejé de insistir en formar una familia poco tradicional pero feliz, su rabia se fue extendiendo hasta alcanzar a Natalia María. Después de un sábado en que la niña se enfermó y en que yo me quedé en casa de Marie-Claude para cuidarla juntos, Malika me reclamó y me dio a escoger. ¡O tu hija o yo!, estalló en lágrimas, moco y saliva. Creo que no ayudó el que yo me carcajeara por su dramatismo. La burla nunca me la perdonó y ahí mismo desapareció de mi vida. Si eso no fuera poco, a los cuantos días del rompimiento, mi madre y mi hermana llegaron en su tercera visita a Montreal para volver a tejerme telarañas en la cabeza.
En cuanto doña Dinora se percató de que había un hondureño esperpéntico de más en el retrato de mi incipiente familia, casi se volvió loca. Pues en qué ambiente iría a crecer su nieta. Pobre chiquita. Con ese padrastro sacado de quién sabe qué casa de los monstruos y con una mamá tan casquivana, qué destino le depararía. Mi situación contrastaba por completo con la de mi hermana Juliana que acababa de anunciar su compromiso con un joven y apuesto empresario lagunero de apellido Humphrey, todo para beneplácito de los Bórquez Abad y de los Trujillo Martínez. La mala noticia a transmitirme era la de la enfermedad de mi abuelo materno, don Osvaldo Trujillo Martínez, quien si alguna vez renegó de mí ahora desde su lecho de muerte clamaba por ver al único nietecito que se le había ido tan lejos y al cual no veía desde hacía casi diez años. Para mi madre todos los cubiertos estaban puestos para hacerme devorar un riquísimo platillo y con él atraerme de vuelta al terruño. Allá tendrías no sólo un buen trabajo en la maquila de tu papá o en los supermercados de tu abuelo sino también tu posición social, los contactos de la familia, las amistades cercanas que te recuerdan y te quieren bien, ya quién va a andar pensando en lo que pasó hace tanto, mijito. ¿Y mi hija? ¿Y Natalia? Doña Dinora solía salir con la solución de ir a visitar a la niña de vez en cuando o incluso, ¿por qué no?, buscar la forma de sacarla de ese ambiente poco católico e inmoral dentro del cual estaba creciendo. Claro, a mi mamá y a mi hermana no se les cocían las habas al contemplar a esa niña tan hermosa y tan rubiecita que de seguro sería la sensación no sólo en las reuniones familiares sino también en las páginas de sociales de los periódicos laguneros. De súbito, mi vida y quienes a mi alrededor circulaban me dieron un profundo asco. Tan pronto regresaron a Torreón mi madre y Juliana, sentí que a alguien tenía que culpar de todas mis desgracias.
¿A Marie-Claude? Sí, al principio lo hice. ¿Al hondureño? Sí, después también le eché la culpa a él. Pero el problema entre Marie-Claude y yo se había originado antes. ¿Qué fue lo que con anterioridad nos había separado? Claro, su radicalismo durante el dos mil seis. En cuanto a sus ideas izquierdosas no había medias tintas ni una pizca de humor. Por eso el hondureño la había seducido. Porque él sí pensaba a su modo. Porque él sí les rendía pleitesía al Che Guevara, a Fidel Castro, a Hugo Chávez y al Nacócrata de López Obrador. Casi de inmediato, como homenaje a la superficialidad de Malika, comencé a ver no sólo en mi ex mujer sino en cada quebequense que me topaba por la calle a un adorador del Che. ¿Y por qué no? Allá, como si no hubieran pasado quién sabe cuántas décadas desde que su figura se pusiera de moda entre la juventud rebelde, lo halla uno en playeras, tazas, adornos y nomás faltaría que en calzones. Bueno, hasta en el pinche Dollarama me lo encontré una vez en una billetera con su estampa de simio. Malika había tenido razón. ¿Por qué habría yo de sentir culpas por haber nacido en el ambiente que nací? Miré a los quebecos y me dije qué cómoda posición adoptaron. Vivían en el primer mundo con todos sus goces, derechos y bonanzas y, sin embargo, por culpa compasiva o por herencia del país colonizador, traían las mismas ideas de los resentidos sociales del tercero. Pobres pendejos congelados en la década de los sesenta, en su contradictoria revolución tranquila. Tan trasnochados como Marie-Claude. Pues que ella y su hondureño siguieran arrodillándose ante el estandarte rojillo, peludo y cochambroso del Che. Y renovando mi juramento de amor hacia una Malika ya ausente me alegré de no tener que avergonzarme de mi origen ni de mi pasado ni de mi educación por muy provinciana, burguesa y mocha que fuese. Salté de gusto por no verme obligado a reciclar ni plástico ni cartón pues de todas maneras este mundo eventualmente se irá a la chingada. No más productos orgánicos para mí, no más ir a pie o en bicicleta de un lado a otro bien pudiendo comprarme un coche. No ir más al baboso tam-tam organizado por una bola de jipis güevones y mariguanos al pie del Mont-Royal y así no sentirse atrapado en una época ida y caduca. Ni cuidarme de no decir palabras como “indio”, “puto”, “negro” o “naco”. No pretender que no me gusta la comodidad ni la buena vida.
En fin. No es que no pudiera dar el paso definitivo hacia un futuro más sobrio, menos consumista y supuestamente moderno. En suma, no quise. No quise matar de una buena vez y para siempre mis prejuicios de clase porque entonces ya no me habría reconocido. Hablé de todo esto con Marie-Claude. Ella guardó silencio. Era yo el del problema. Era yo quien siempre lo había tenido. No ella. Me recordó una vez más que era libre de hacer lo que quisiera. Nunca antes ni después escuché una respuesta tan devastadora. Marie-Claude era mi último asidero para quedarme en Montreal. Si me hubiera pedido que por nuestra hija me quedara, así lo habría hecho. Si me hubiera dicho quédate para ser el padre de mi hija, allá estaría hoy. Por supuesto, no lo hizo. Y regresé. Es muy fácil olvidar los lazos hechos a tantos kilómetros de distancia. Regresé buscando retomar mi vida en La Laguna y me encontré con otro desastre, uno peor.