jueves, 3 de marzo de 2011

Algo que durante años ha querido ser una novela (II)


Dejo aquí la continuación de este texto que subí en noviembre. Como dije anteriormente forma parte de una novela en la que he estado trabajando desde hace algunos años y cuyo primer borrador espero terminar este 2011. Va el fragmento:

Suena a cliché, pero es verdaderamente con la entrada de una pareja en la vida de uno que la relación con los padres se empieza a deteriorar como si tanto ellos como yo nos hubiéramos dado cuenta de que ya no eran para mí las personas más importantes de mi vida. Eso lo pude comprobar cuando me visitaron por primera vez en Canadá. Yo ya estaba viviendo con Marie-Claude. Ella había regresado a la universidad, después de nuestro verano de amor en el este de Canadá, para seguir con sus estudios de maestría. Y yo seguí en los trabajos clandestinos y mal pagados mientras esperaba mi residencia permanente. A mis padres les daba largas para el regreso a Torreón. Cuando comencé el proceso para convertirme en residente la insistencia aminoró un poco. Si mi deseo era estudiar y quedarme a vivir allá, estaba bien. Pero que recordara que, pasados tres años desde el accidente, ya nadie se acordaba de mi culpabilidad. Eso lo dijo mi madre. Mi padre, por su cuenta, me advirtió que tuviera cuidado con desviarme del camino.
Aunque al principio se los oculté por no sé qué resentimiento adolescente, terminé confesándoles que en Montreal tenía novia y que estaba viviendo con ella en unión libre. Tan pronto como mi madre se enteró —aquello fue en diciembre del dos mil uno— y como si yo pudiera creer que estaba cambiando de tema, empezó a anunciarme que ya mi padre revisaba su agenda para hacerse un tiempito y así poder visitarme los dos. Hacía muchísimo que no nos veíamos. Un poco más de tres años. Qué clase de padres desnaturalizados pueden dormir tranquilos sin ver a su retoño, sin saber si está bien en ese país tan frío y lejano. Yo sabía que no anhelaba la visita únicamente para comprobar si estaba bien o no. Quería conocerla a ella y decidir si esa canadiense que se había atrevido a vivir en unión libre conmigo me convenía o no. El invierno fue mi mejor aliado para convencerlos de no viajar de inmediato.
Ahora, con tantos años de por medio, me arrepiento de mi debilidad. Marie-Claude ni siquiera debió conocerlos entonces. Bien pude continuar ocultándoles que tenía novia y que estábamos compartiendo un departamento. Fue mi madre quien insistió sin cese. Que si no me sentía solo allá, en una ciudad tan grande —claro, comparada con el rancho de Torreón— tan deshumanizadora y helada. Para que dejara de preguntármelo en cada telefonazo le conté la verdad. Fue como poner una bomba en su corazón.
Mi madre llegó sola a Montreal en la primavera del dos mil dos. Se suponía que mi padre lo haría un día después. Marie-Claude y yo fuimos a recogerla al aeropuerto. Estaba cagándome de los nervios por el encuentro entre esas dos mujeres. Me sentí aliviado cuando mi mamá la abrazó cariñosamente y se comportó muy amistosa con ella. Mi papá llamó esa noche para anunciar el retraso de su viaje a Montreal. Eso no me sorprendió en lo más mínimo. Al otro día Marie-Claude no nos acompañó porque tenía dos clases en la universidad. Cuando mi madre y yo estuvimos solos, se dieron las sutiles críticas. Ahí sí doña Dinora se sintió libre para explayarse, como solía hacerlo, con largos discursos evasivos y plenos de indirectas que sólo su hijo sabía descifrar por haberlos escuchado desde niño. En resumidas cuentas, según ella, aunque Marie-Claude era muy mona, güera y todo lo demás, no sabía arreglarse. Era muy fachosita. Y para colmo de dónde se originaban esas ideas tan radicales, extrañas y medio socialistas que tenía sobre México y toda Latinoamérica. A una la hace sentirse culpable de vivir bien. Y cómo era posible que sus padres fueran divorciados. Peor aún, que ella fuese atea. Y, por la pinta de jipi, a mi madre no le habría extrañado que también usara ciertas sustancias de variopintos adjetivos: innombrables, psicotrópicas, enervantes. Ten cuidado con esta muchachita, no confíes en ella, me dijo sin indirectas al final del día.
Mi padre, don Lucio Bórquez Abad, por fin se nos unió a la mitad de la semana. Se había dignado a tomarse cuatro días de su viaje a Nueva York para hacer una escala en Montreal y verme. Él, luego de conocer a Marie-Claude, tuvo una reacción opuesta a la de mi madre. Simplemente no dijo nada. En lo absoluto. Y no necesitaba hacerlo conmigo. Yo sabía que estaba contento de saber que su hijo rebelde no se había arrejuntado con un hombre en esa ciudad donde abundaban los putos y hasta barrio les tenían. No, a don Lucio le gustaba ella para mí por el simple hecho de ser mujer y si por él hubiera sido nos casábamos al día siguiente. Sin embargo, Marie-Claude no era una niña fresa de Torreón. Había vivido su niñez y juventud en Montreal, la progresista, la de la revolución tranquila y la crisis de octubre. Para entonces ella, de veintiocho años, había heredado los resultados de una lucha fructífera por la equidad de género y los derechos de la mujer. No albergaba ni la más mínima intención de casarse. Ni lo habría aceptado aun si yo se lo hubiera propuesto. El matrimonio no formaba parte de sus objetivos de autorrealización. Y sí, aquel dato, el de una unión libre, alarmó a mi mamá al principio. Pero con la cabeza fría y ya de regreso en el terruño, la reconfortó. Su nene estaría a salvo de las garras de la jipi mugrosa para cuando decidiera dejarse de locuras, volver a Torreón y ora sí casarse con una muchachita decente y de buenas familias.
Los Bórquez retornaron a su Comarca. Y así, ellos con su paz y yo con la mía, transcurrieron dos años de gozo en los que me seguí rehusando a formar parte de esa putrefacta sociedad otra vez. Al lado de Marie-Claude aprendí a no necesitar lujos, a disfrutar la vida sin preocuparme por las apariencias o el estatus. Los grilletes del auto del año y la ropa de marca desaparecieron. Sin eso, caminaba junto a mi mujer con la libertad siempre deseada. Cuando mis padres dejaron de suplicar mi regreso, pensé haber librado la batalla. Esa tranquilidad se deterioró en el dos mil cuatro al informarles que estábamos embarazados. Y fue así, de repente. Marie-Claude era de un espíritu tan libre que le pareció natural hacerlo. Porque tenía ganas, me respondió cuando le reclamé por no haberse tomado la pastilla. Yo no te obligo a nada, agregó, sabes que somos como aves. Si yo quería ser padre, eso estaba bien para ella. Si no quería serlo, también. Le daba lo mismo. Estuvimos distanciados una semana. Al final me di cuenta de que sí quería serlo. Como nunca antes había querido nada en el mundo.