Después de haber trabajado de tiempo completo algunos años en un cégep de Montreal, me prometí no volver a enseñar en circunstancias similares. Así que, cuando regresé a mi terruño y a pesar de que el pago por una clase aquí es una bicoca, me juré que solo trabajaría a tiempo parcial. Aunque me viera obligado a dobletear. O, incluso, a “tripletear”. Para el caso, todavía me acuerdo del 2019. Algunos días salía temprano para dar una clase en una prepa a unas cuadras de donde vivo. De ahí, manejaba como loco por el periférico para llegar a tiempo a un curso en la universidad donde todavía laboro. Una vez terminada la sesión, otra vez conducía como loco por el periférico para volver a la prepa y enseñar la misma clase de la mañana a otro grupo en la tarde. En cierta ocasión y hacia finales de octubre, estuve a punto de estrellarme. Y si trabajé de nueva cuenta en la no-mencionada prepa fue porque nos sorprendió la pandemia del covid y durante ese año y medio todas las clases eran remotas. No había necesidad de enfrentar las inclemencias ni del tráfico ni del clima. Después, como describí en este texto anterior, descubrí la existencia de una plataforma para enseñar idiomas a larga distancia. Desde entonces, dejé de dobletear. Desde entonces, no he parado más que por periodos muy cortos (Navidad, la Semana Santa, un par de semanas en el verano si acaso). En breve, de alguna manera y a diferencia de otros docentes, yo no he salido del modo pandemia.
Al igual que muchos otros textos, este lo escribo para mí. Para entender mejor el mundo y para entenderme mejor. Sé que lo que escribo solo me concierne (a mí). Perdón. El paréntesis anterior se coló de un ejercicio con los pronombres de objeto indirecto que estaba redactando. Y, como tratándose de este asunto y de bastantes otros, no tengo a nadie con quien dialogar (al enseñar clases remotas, uno no tiene a la mano a ningún colega para descargarle sus quejas) termino dialogando conmigo “mesmo” a través de este texto. Escribo a raíz de que ayer (martes 23) solamente tenía una clase programada en mi horario y la persona en cuestión me dejó plantado. Mandé un par de mensajes y me quedé esperando durante 45 minutos. La respuesta vino varias horas después. No es la primera vez ni tampoco será la última. Lo sé. De todas maneras, yo cobro mi dinero. Ese no es el problema.
La enseñanza de un idioma a través de una plataforma no solo implica los beneficios de no verse en la obligación de desplazarse a una casa de estudios. Es cierto: uno se ahorra el incordio. En mi terruño, incordio cada vez más intenso por el afán reformador de ciertos funcionarios públicos respecto a las calles de la zona metropolitana. De repente, se dio una epidemia de obras con el único fin de que los automovilistas lleguen más rápido a su destino. El precio a pagar durante meses: que no lleguen más rápido a su destino. Todo para que en algunos años el parque vehicular (como lo suelen llamar por igual los funcionarios de marras y los medios de comunicación que les hacen eco en todo) aumente otro 50% y las obras actuales hayan quedado completamente obsoletas. Viva el progreso de la cultura cochista, más anticuada y decrépita que los años 50-60 del siglo pasado.
Vuelvo a lo que me concierne: los bemoles de enseñar un idioma a través de una plataforma digital. Me tomó un poco de tiempo darme cuenta. Sin embargo, con la plataforma en la que me anuncio como profe, me he percatado de que el flujo de estudiantes sigue un patrón de puerta giratoria. Unos vienen y otros se van. Poquísimas personas se quedan durante varios meses (¿o años incluso?). Con una opción de cientos (¿miles?) de docentes, es muy fácil caer en la tentación de preguntarse si habrá otro mejor en alguna parte. “Quien esté libre de… Ya se sabe. Yo mismo lo he hecho buscando profes de francés o de inglés. Otra tentación resulta, empero, mucho más avasalladora (para uno como docente, obvio): la de obtener un mayor ingreso. Ante lo anterior, me enfrento al dilema de aumentar los precios de mis clases a riesgo de perder alumnos o, el alcance de la meta buscada, trabajar menos horas por un ingreso similar.
La preocupaciones ausentes en las clases presenciales se acumulan: no entender del todo cómo funciona el algoritmo y preguntarse por qué en las búsquedas algunos docentes aparecen antes que otros, también me obliga a poner horas disponibles desde el alba hasta más allá del anochecer. Además, en estas condiciones, me siento sumido en tan extraña combinación entre lugar de trabajo y red social. Para llamar más la atención, se le “sugiere” a uno poner comentarios después de clases, cuestionarios, grabar pódcasts. Lo hice durante algún tiempo, pero cuando me percaté de que esto en nada afectaba el arribo de nuevos estudiantes a mi perfil, dejé de hacerlo. La cuestión del ingreso también lo lleva a uno a no querer interrumpir el flujo en ningún momento por aquello de que si se toma unas vacacioncitas, los clientes que conserva van a encontrar a otro profe en el ínter. No cuento aquí (porque creo que no vale la pena hacerlo) las veces en que se va la luz y ya sea que (dependiendo de la importancia del dichoso cliente) uno espere con paciencia a que regrese la electricidad o que salga corriendo a un café con una señal confiable de internet.
Es verdad que yo, a mi favor y cuando comencé hace casi 5 años a enseñar español (ELE) en línea, ya contaba con una gran cantidad de materiales para estudiantes de nivel básico-intermedio. Por otro lado, lo cierto es que, gracias a un cambio en mi perfil sugerido por la IA de la plataforma, he estado recibiendo recientemente bastantes personas con un nivel intermedio-avanzado. Mi tirada, además, era llamar la atención de personas interesadas en la literatura hispanoamericana. ¿Por qué? Porque tampoco tengo con quien dialogar sobre mis lecturas. Vuelvo a lo de la puerta giratoria. En los últimos meses he batido varios récords (para mí, obvio): el mayor número de clases en una semana, el mayor número de estudiantes nuevos en un mes. Con este último récord, también entró en acción mi consabida ansiedad social. A pesar de que a toda esta gente la he conocido solo a través de la pantalla de mi computadora. Un mural improvisado se llenó de post-its con apuntes (escribo en cada uno los datos mínimos de toda persona nueva que toma una clase conmigo) y en algún momento no supe bien a bien con quién estaba hablando. Eso significa que he hecho lo necesario para que el algoritmo me ponga entre los primeros lugares de búsquedas (creo): llegar puntual a la clase, aceptar todas las solicitudes que llegan, obtener un buen monto de comentarios elogiosos en mi perfil y, sobre todo, no dejar plantada a la gente. Sin embargo, ante este constante ir y venir de la puerta giratoria, ¿qué pasa cuando uno encuentra a una persona que podría convertirse en amiga?, ¿qué sucede cuando uno empieza a sentir aprecio por alguien y, de repente, de un día para otro, desaparece sin despedirse?, ¿cómo debe uno procesar ese sentimiento de abandono? Quizás es cuando uno se tendría que repetir una y otra vez de que la gente al otro lado de la pantalla de la computadora no es tan real como se lo imaginó.
Necesito escribir y del deseo de soltar la mano, surge este texto. Sin embargo, este no es el que en realidad quiero escribir porque, más bien, anhelo la escritura (de principio a fin y sin dejarlo pendiente durante meses o años) de un texto de ficción. Y ni siquiera escribir el texto de ficción que en este momento de vulnerabilidad me destrozaría emocionalmente. No. Ese tendrá que esperar. Sino, solo un texto de ficción que me haga reír. Todo este rollo para armar un enunciado como conclusión: creo que estoy listo para tomarme un mes entero de vacaciones.
Al igual que muchos otros textos, este lo escribo para mí. Para entender mejor el mundo y para entenderme mejor. Sé que lo que escribo solo me concierne (a mí). Perdón. El paréntesis anterior se coló de un ejercicio con los pronombres de objeto indirecto que estaba redactando. Y, como tratándose de este asunto y de bastantes otros, no tengo a nadie con quien dialogar (al enseñar clases remotas, uno no tiene a la mano a ningún colega para descargarle sus quejas) termino dialogando conmigo “mesmo” a través de este texto. Escribo a raíz de que ayer (martes 23) solamente tenía una clase programada en mi horario y la persona en cuestión me dejó plantado. Mandé un par de mensajes y me quedé esperando durante 45 minutos. La respuesta vino varias horas después. No es la primera vez ni tampoco será la última. Lo sé. De todas maneras, yo cobro mi dinero. Ese no es el problema.
La enseñanza de un idioma a través de una plataforma no solo implica los beneficios de no verse en la obligación de desplazarse a una casa de estudios. Es cierto: uno se ahorra el incordio. En mi terruño, incordio cada vez más intenso por el afán reformador de ciertos funcionarios públicos respecto a las calles de la zona metropolitana. De repente, se dio una epidemia de obras con el único fin de que los automovilistas lleguen más rápido a su destino. El precio a pagar durante meses: que no lleguen más rápido a su destino. Todo para que en algunos años el parque vehicular (como lo suelen llamar por igual los funcionarios de marras y los medios de comunicación que les hacen eco en todo) aumente otro 50% y las obras actuales hayan quedado completamente obsoletas. Viva el progreso de la cultura cochista, más anticuada y decrépita que los años 50-60 del siglo pasado.
Vuelvo a lo que me concierne: los bemoles de enseñar un idioma a través de una plataforma digital. Me tomó un poco de tiempo darme cuenta. Sin embargo, con la plataforma en la que me anuncio como profe, me he percatado de que el flujo de estudiantes sigue un patrón de puerta giratoria. Unos vienen y otros se van. Poquísimas personas se quedan durante varios meses (¿o años incluso?). Con una opción de cientos (¿miles?) de docentes, es muy fácil caer en la tentación de preguntarse si habrá otro mejor en alguna parte. “Quien esté libre de… Ya se sabe. Yo mismo lo he hecho buscando profes de francés o de inglés. Otra tentación resulta, empero, mucho más avasalladora (para uno como docente, obvio): la de obtener un mayor ingreso. Ante lo anterior, me enfrento al dilema de aumentar los precios de mis clases a riesgo de perder alumnos o, el alcance de la meta buscada, trabajar menos horas por un ingreso similar.
La preocupaciones ausentes en las clases presenciales se acumulan: no entender del todo cómo funciona el algoritmo y preguntarse por qué en las búsquedas algunos docentes aparecen antes que otros, también me obliga a poner horas disponibles desde el alba hasta más allá del anochecer. Además, en estas condiciones, me siento sumido en tan extraña combinación entre lugar de trabajo y red social. Para llamar más la atención, se le “sugiere” a uno poner comentarios después de clases, cuestionarios, grabar pódcasts. Lo hice durante algún tiempo, pero cuando me percaté de que esto en nada afectaba el arribo de nuevos estudiantes a mi perfil, dejé de hacerlo. La cuestión del ingreso también lo lleva a uno a no querer interrumpir el flujo en ningún momento por aquello de que si se toma unas vacacioncitas, los clientes que conserva van a encontrar a otro profe en el ínter. No cuento aquí (porque creo que no vale la pena hacerlo) las veces en que se va la luz y ya sea que (dependiendo de la importancia del dichoso cliente) uno espere con paciencia a que regrese la electricidad o que salga corriendo a un café con una señal confiable de internet.
Es verdad que yo, a mi favor y cuando comencé hace casi 5 años a enseñar español (ELE) en línea, ya contaba con una gran cantidad de materiales para estudiantes de nivel básico-intermedio. Por otro lado, lo cierto es que, gracias a un cambio en mi perfil sugerido por la IA de la plataforma, he estado recibiendo recientemente bastantes personas con un nivel intermedio-avanzado. Mi tirada, además, era llamar la atención de personas interesadas en la literatura hispanoamericana. ¿Por qué? Porque tampoco tengo con quien dialogar sobre mis lecturas. Vuelvo a lo de la puerta giratoria. En los últimos meses he batido varios récords (para mí, obvio): el mayor número de clases en una semana, el mayor número de estudiantes nuevos en un mes. Con este último récord, también entró en acción mi consabida ansiedad social. A pesar de que a toda esta gente la he conocido solo a través de la pantalla de mi computadora. Un mural improvisado se llenó de post-its con apuntes (escribo en cada uno los datos mínimos de toda persona nueva que toma una clase conmigo) y en algún momento no supe bien a bien con quién estaba hablando. Eso significa que he hecho lo necesario para que el algoritmo me ponga entre los primeros lugares de búsquedas (creo): llegar puntual a la clase, aceptar todas las solicitudes que llegan, obtener un buen monto de comentarios elogiosos en mi perfil y, sobre todo, no dejar plantada a la gente. Sin embargo, ante este constante ir y venir de la puerta giratoria, ¿qué pasa cuando uno encuentra a una persona que podría convertirse en amiga?, ¿qué sucede cuando uno empieza a sentir aprecio por alguien y, de repente, de un día para otro, desaparece sin despedirse?, ¿cómo debe uno procesar ese sentimiento de abandono? Quizás es cuando uno se tendría que repetir una y otra vez de que la gente al otro lado de la pantalla de la computadora no es tan real como se lo imaginó.
Necesito escribir y del deseo de soltar la mano, surge este texto. Sin embargo, este no es el que en realidad quiero escribir porque, más bien, anhelo la escritura (de principio a fin y sin dejarlo pendiente durante meses o años) de un texto de ficción. Y ni siquiera escribir el texto de ficción que en este momento de vulnerabilidad me destrozaría emocionalmente. No. Ese tendrá que esperar. Sino, solo un texto de ficción que me haga reír. Todo este rollo para armar un enunciado como conclusión: creo que estoy listo para tomarme un mes entero de vacaciones.
