Breve comentario sobre "Puan"

Llega el final de semestre. Este en particular se ha vuelto algo odioso por la falta de compromiso de algunos estudiantes (entregas tardías, excusas, valemadrismo). Sin embargo, eso no importa. Dejará de importar en unos cuantos días. El final del semestre pasa pronto y llega el verano. A pesar de que en estos días me cayeron encima proyectos y ensayos por revisar por parte de quienes sí los llevaron a cabo, una película atrajo mi atención. De forma muy poderosa. Tanto como para volverla a ver casi tan pronto como concluyó el primer visionado. Ya había escuchado hablar de ella hace meses en el programa Días de cine cuando pasó por el festival de San Sebastián. Va pues el breve comentario:


Puan, película dirigida a cuatro manos y autoría de la pareja conformada por María Alché (La niña santa) y Benjamín Naishtat (Rojo), se encuentra desde abril en la plataforma de Amazon. Bastante al inicio del film se escuchan las notas de la canción “Dos cero uno” de Charly García y, mientras corre en un parque, a lo lejos, el espectador atestigua cómo se desploma y muere el doctor Eduardo Caselli, antiguo fumador de cigarros Delicados. Nuestro protagonista, sin embargo y de forma evidente, es otro profesor de filosofía política de la misma facultad ubicada en la calle del título, catedrático del cual el fallecido había sido mentor y luego colega. A Marcelo Pena (Subiotto) lo vemos por primera vez absorto. Él a su vez mira cómo se cuela una paloma dentro de su clase. (Al inicio de este semestre que expira me ocurrió algo similar cuando una gata de nombre Miauricia se plantó enfrente de la puerta abierta de mi salón). Marcelo está casado, tiene un hijo y es patológicamente tímido fuera del trance de sus apasionadas disertaciones sobre Rousseau. Durante el homenaje al doctor Caselli en la Biblioteca Nacional, aparece otro antiguo discípulo del difunto, un advenedizo recién llegado de Alemania de nombre Rafael Sujarchuk (Leonardo Sbaraglia). De inmediato, durante la lectura por parte de la decana del poema más conocido de Amado Nervo, las miradas se posan en este individuo: con la pinta de Sbaraglia, acabado de llegar del extranjero y, además, con una novia famosa, una starlet que va a rodar una “peli” con Viggo Mortensen. Y, para garantizar que las miradas permanezcan fijas en él, el susodicho se pone a recitar a Kant en alemán. Igual sucederá cuando convenza a la viuda de organizar una reunión en petit comité luego del homenaje donde Rafa y sus vinos carísimos serán recibidos con una referencia a Montreal y Pablo Gilabert. No pasará mucho tiempo antes de que Sujarchuk eclipse a Pena (¡qué horrible versión de “Les feuilles mortes”!) y manifieste su interés en quedarse con la cátedra del doctor Caselli. Ahí es cuando Marcelo sale de su letargo. Nuestro protagonista, entonces, se verá obligado a lidiar con otros problemas de la vida diaria, más allá de las intrigas palaciegas de la academia, como por ejemplo las expectativas de su hijo, la reciente visibilidad de su esposa Vicky (Mara Bestelli, pareja de Subiotto también en la vida real) o una serie interminable de peripecias. Entre las más hilarantes se halla sentarse sobre un pañal repleto de caca (cortesía del bebé del personaje interpretado por Julieta Zylberbeg) o darle clases de filosofía a una mujer anciana y apestosamente rica (“¿Qué es un ente, Marcelo?”) con, para colmo, una sirvienta muy recelosa. Habría que añadir una tensión a punto de estallar entre el alumnado de la universidad por la afectación al sistema educativo público. Aquí debería abrir un paréntesis sobre la lejanía de edad entre Pena y sus estudiantes más jóvenes la cual es vista con una distancia irónica elogiosamente sutil (¿no me estaré proyectando con este comentario?). La mirada de los directores no condena ni a un lado ni al otro de la famosa “brecha” generacional. Nótese la reacción del profesor cuando es cuestionado por usar un baño no-binario o cuando le reprocha a Vicky ser una “reina” porque le piden selfis por la calle a raíz de una reciente aparición en la tele. O, si vamos más lejos, la forma genial en que los medios de comunicación son diseccionados en los pocos minutos de risible intercambio rijoso precisamente entre Vicky y una locutora falsaria e hiperproducida (“No me faltes al respecto porque eso no es sororidad”). Lo anterior no lo escupiría ninguna suripanta de cierta cadena cutre de México. Por otro lado y a pesar de su reacción infantil y micromachista frente a su mujer (ponerle el mote de “reina” solo por llamar la atención), destellan el involucramiento de Marcelo en las clases de filosofía en los barrios y su habilidad para incorporar al agente de Germandería en el tema de su cátedra. Micromachista y todo, gordo “pelado” de mediana edad y todo, Marcelo es un buen tipo. Tantas cosas le salen mal al profesor Pena (en el apellido lleva la penitencia) que empieza a recordarme al protagonista de Un hombre serio, la cinta de los hermanos Coen de 2009. No lo hago por menospreciar la calidad del largometraje argentino. Al contrario. Porque Puan crea su propio universo a partir de las pinceladas locales y de este sentido homenaje a la facultad de filosofía de la UBA y a las personas que la integran. Se nota que Alché y Naishtat conocen a fondo a esta gente. Hacia el final de cada una de las secuencias, si algo habría que destacar desde el punto de vista técnico, es cómo Marcelo se ve capt(ur)ado con una cámara que se cierne alrededor de su figura: el iris, un remanente del cine mudo, un recurso que dejó de usarse hace tiempo ya, pero que le viene bastante bien al largometraje para enfocarnos en y apretar la mirada sobre este pobre hombre. Por lo tanto, la película logra desplomar del pedestal a la figura del catedrático y lo muestra como un tipo normal, con luces y sombras, apocado entre el marasmo de eventualidades, agobiado por las vicisitudes cotidianas. No me parece gratuito mencionar La niña santa de Lucrecia Martel con este lazo doble: su protagonista de entonces (Alché) es coguionista y codirectora aquí, mientras que uno de los personajes secundarios lo interpreta, como ya se apuntó, Julieta Zylberberg. Después de una comicidad constante y sin tregua, el final termina siendo conmovedor y ya las pistas fueron sembradas cuando Marcelo vuelve a visitar a la viuda de su amigo muerto: ante la persistencia de Pena por quedarse con la titularidad de la cátedra, ella reclama frente a ese afán de atarse a la facultad como si en tal lugar se terminara el mundo, como si no hubiera otro sitio adonde ir. “Parecen una secta”, sentencia categórica la viuda de Caselli. (Y es muy cierto: lo pude comprobar cuando trabajé de tiempo completo en un cégep de Canadá. Mis colegas no veían una vida fuera de ahí. Nunca más quise volver a trabajar de tiempo completo en ninguna institución académica). Con cada cuadro de la película, se torna evidente la forma como nuestro protagonista decide reprimir el duelo por la muerte de su mentor. “No caí”, le afirma a Rafael antes del homenaje y bastante más tarde en la cinta les plantea a sus alumnos del barrio: “¿Qué es morir?”. Al percibir de nuevo las notas de “Dos cero uno” y al rematarse con la interpretación de Marcelo de “Niebla del riachuelo”, surge la humanidad del personaje, deja su piel de mero ente de ficción y se convierte en carne, hueso y sonido. La comicidad da paso al llanto y el espectador se da cuenta de que ha estado viendo una tragicomedia. Y, en la maestría contenida en esta última escena, una tragicomedia conmovedora hasta los huesos. Puan es una gloria cinematográfica.


Puan (2023). Escrita y dirigida por María Alché y Benjamín Naishtat. Protagonizada por Marcelo Subiotto, Mara Bestelli, Julieta Zylberberg y Leonardo Sbaraglia.


Avance: https://www.youtube.com/watch?v=NP94E_zrJPQ