
En la de Capote menciono otra reseña que escribí hace muchos, muchos años sobre la película dirigida por Richard Brooks en 1968 que lleva el mismo título de la novela-reportaje que le dio vida. Esta reliquia se publicó como parte de la columna "El bueno, el malo y el feo" en el suplemento cultural la tolvanera de la revista Brecha. Imagino que corría el año de 1996 (o tal vez 1997). Ya llovió. Viene a continuación, con mucha vergüenza, la reseña:
Valores norteamericanos
Apenas nacido noviembre, la soporífera cartelera del “american way of life” -con escuchar títulos como Valor bajo fuego, Juegos de pasión o La fuerza del destino es suficiente para revolverle el estómago a cualquiera- nos empujó a buscar cintas menos convencionales que glorifiquen, a contrario sensu, el “unamerican way of life”. Husmeando en una tienda de videos -la de los colores de la bandera sueca cuyo clamor de “en exclusiva para...” nos tiene ya hartos- se puede encontrar, sin hacer referencia a ningún programa de nota roja, A sangre fría (In Cold Blood, 1968)
El director Richard Brooks -quien también realizara La última vez que vi París, Los hermanos Karamazov y La gata sobre el tejado caliente- llevó a la pantalla grande, luego de adaptarla él mismo, la novela de Truman Capote sobre dos hombres que matan a una familia en el desolado pueblo de Holcomb, Kansas. Perry Smith, interpretado con increíble maestría por Robert Blake -ganador de Emmy en los setentas por la serie Baretta y visto recientemente en la cinta Asalto al tren del dinero-, es un ex convicto de ridícula estatura, soñador empedernido y músico de sangre cherokee que llega a Kansas, bajo libertad condicional, para encontrarse con Dick Hickcock -personaje a cargo de Stuart Wilson, el mismo que hace apenas un año encarnara al capellán de la cárcel en Pena de muerte- y juntos atracar la granja de los Clutter. Lo que debió ser un robo se transfigura en cuatro brutales homicidios, seguidos de la implacable investigación policiaca al mando de Al Dewey -un menos canoso John Forsythe, mucho antes de la serie de televisión Dinastía. Data de hace veintiocho años y por desgracia esta película, con música de Quincy Jones, fue eclipsada, durante su estreno, por otra pareja de criminales: Bonnie y Clyde.
Sin embargo, A sangre fría no es la historia de los asesinados, sino la de los asesinos. Smith y Hickcock son dos personalidades opuestas -uno impulsivo, el otro cerebral; uno digno de compasión, el otro despreciable- que están obligados a huir y permanecer juntos en un contrato siniestro. Pero Smith es el anfitrión, es quien nos lleva, a través de este viaje en blanco y negro, a los traumatizados caminos de su solitaria mente y de su enano cuerpo alimentado a base de aspirinas. Perry Smith sólo desea que una gigantesca ave lo tome entre sus alas y lo aleje de esa sociedad vacía por la cual se convirtió en criminal. Hacia el ocaso del filme, también el espectador anhela la libertad de Smith y, por conmoverlo, A sangre fría no sólo es de los buenos, es de los excelentes filmes que se pueden alquilar cuando la cartelera esté flaca.
El avance: http://www.youtube.com/watch?v=u-9OLfF-PWA