jueves, 29 de julio de 2010

El brutal encanto de Capote


Ejemplo de otro artista de quien poco debería importarnos lo que hiciera o dejara de hacer entre cuatro paredes es Truman Capote. Poco después de que saliera la primera de dos recientes biopics escribí el siguiente texto que, la mera verdad, ya ni me acuerdo si publiqué o no. Desde entonces, poco se ha sabido de Bennett Miller como director ni de Dan Futterman como guionista. Quién sabe si sólo habrán sido llamaradas de petate, consentidas del Óscar ese año. Es probable que sí. El que no ha parado de trabajar es Philip Seymour Hoffman y en lo suyo que es sin duda la actuación. Va entonces la reseña:

Según sus propias palabras y, ahora, según la cinta que lleva su nombre, Truman Capote estuvo consciente a plenitud —aún durante la etapa embrionaria— de lo que la novela-reportaje A sangre fría (1965) representaría para su carrera. En pocas palabras, una obra maestra. Esa conciencia, algo emparentada con la vanidad, fue quizás la culpable del tremendo contraste encapsulado en su pequeño cuerpo de apenas un metro sesenta de estatura, contraste en el que se mezclaban su delicado amaneramiento exterior y, por otro lado, su quizás hasta justificable crueldad frente al deseo sin bridas de contar una historia aún a costa de los demás. Capote (2005), la película, aparenta ser un proyecto de viejos compañeros, una conspiración entre tres amigos. Tanto Philip Seymour Hoffman —el actor protagónico y también productor ejecutivo— como Dan Futterman —el guionista y otro de los muchos productores ejecutivos— y Bennett Miller —el director— se conocen desde hace bastantes años y son nombres familiares en el circuito del cine independiente de los Estados Unidos. Capote es también, tras nutrirse de la biografía de Gerald Clarke sobre el autor nacido en Nueva Orleáns, la narración de la dolorosa génesis de A sangre fría.
Truman Capote —en la piel de Philip Seymour Hoffman— se transforma entonces en el personaje central de la película, todo dentro de un juego de realidad y ficción que quizás él mismo habría apreciado. Así como su novela-reportaje era un intento por incorporar a la literatura el periodismo —un género en principio tan apegado a los hechos—, el primer largometraje de ficción (¿o quizás de ficción-reportaje?) de Bennett Miller no niega sus influencias cimentadas en el mundo real. La primera de ellas es A sangre fría, la obra de Capote después convertida, a escasos dos años de publicarse, en el filme bajo la dirección de Robert Brooks y en él contenida la mejor y más memorable actuación del ahora caído en desgracia Robert Blake. La tercera fuente será la extensa biografía de Clarke aunque sólo en el fragmento en que creador y texto literario se cruzaron en el camino.
Después de su paso por los festivales de Toronto y Nueva York, el estreno a grandes masas del filme en Estados Unidos se da precisamente el día que marca el aniversario ochenta y uno del natalicio de Capote. Eso en el plano de la realidad. En el de la ficción, la cinta abre durante la mañana del 15 de noviembre de 1959 con el descubrimiento de los cadáveres de la familia Clutter en el apacible pueblo de Holcomb, Kansas. De ahí, el director nos lleva a otro espacio en suma diferente: el Nueva York de la época, el inmenso barco sobre el que Capote navegaba. El barullo de las fiestas del jet set se transforma luego en la quietud de la biblioteca del escritor cuando abre el periódico New York Times y se topa con el titular que anuncia los asesinatos de una familia en Kansas. No le resulta difícil convencer a sus jefes en la revista New Yorker de costearle la travesía. Su intención es viajar al lugar de los hechos y escribir un artículo sobre las reacciones del pueblo ante los homicidios. Estará acompañado por su amiga de la infancia y también escritora Nelle Harper Lee (Catherine Keener), la única mujer que reúne las características para ser tanto investigadora como guardaespaldas. Capote realizará entrevistas donde se deshará del artificio de las notas o la grabadora, entrevistas después de las cuales se vanagloriará de su habilidad para recordar el 94% de ellas. Al principio visto como ente bajado de una nave espacial por su vocecilla, su afeminamiento y su excentricidad en el vestir, poco a poco Truman Capote se granjea la confianza de los lugareños y aun logra la amistad de la esposa de Alvin Dewey (Chris Cooper), el policía a cargo del caso y también vecino de los Clutter. Sus conexiones con grandes estrellas de Hollywood le son de gran ayuda para abrir las puertas de la casa de los Dewey. Ese hombre en apariencia inofensivo blande entonces como arma la celebridad y con su encanto conquista a la mayoría de los habitantes de este aislado pueblo estadounidense. Poco después de la Navidad, viene el arresto de los asesinos: Perry Smith (Clifton Collins Jr.) y Richard Hickcock (Mark Pellegrino). Con esto, se da otro giro a la historia. La colisión entre universos opuestos no se dará sólo entre los asesinos y los Clutter, sino también con el autor.
En uno de sus primeros encuentros con Perry Smith, al darle dos aspirinas a través de la reja, cae sobre él la amenaza, la bravuconería del que se siente acorralado (“Podría matarte si te acercas mucho”). Truman Capote estará cara a cara con la barbaridad; pero la fuerza bruta poca trascendencia posee frente al poder del lenguaje (“No hay ni una palabra ni un enunciado ni un concepto en el que puedas iluminarme”, le dice más tarde a Smith cuando trata de impresionarlo con la palabra “exacerbar”). El autor, a pesar de las amenazas, no permite que los presos lo intimiden pues como un lobo en busca del pedazo de carne bajo la mortaja de la noche, él buscará la historia con plena conciencia del impacto que tendrá. Tampoco le importa poner en riesgo su relación de años con Jack Dunphy (Bruce Greenwood) quien le pide regresar a Nueva York durante la Navidad y más tarde terminar la redacción del libro con él en España. Capote decide atrasar esa vuelta, permanece en Kansas y espera a que algún día Smith le cuente lo ocurrido la noche de los homicidios. Su premonición sobre la obra va más allá de las conjeturas. En algún momento de la cinta dice estar sin aliento de sólo pensar en el nivel de excelencia que alcanzará su novela-reportaje. Y ni siquiera ha escrito una palabra. Los asesinos ven en él una salida para acceder a la salvación. Después de la sentencia, Capote es el único lazo con el mundo de afuera, el único capaz de ayudarles a aplazar la cita con la horca. Pronto se empiezan a dar los dilemas para el escritor: ¿debe salvar a los dos homicidas o debe alargar lo más posible sus vidas facilitándoles abogados y a su vez apelaciones? O quizás siendo más específico, ¿debe salvar a Perry Smith, el hombre con el que se ha identificado y del que tal vez se ha enamorado, y de esa manera diferir la conclusión del libro? O tal vez, una vez al colocar la obra por encima de los personajes de carne y hueso que la conforman, deba dejar que se lleve a cabo la ejecución para así por fin escribir la última página. Las manipulaciones y los intereses comienzan a darse en ambos lados de la reja.
Durante uno de los puntos álgidos del largometraje, el espectador podrá observar estos dos extremos de la escala en la que se hallan el novelista y el prisionero. Por un lado, Smith languidece dentro de la cárcel en el pabellón de la muerte esperando el resultado de una apelación más mientras Capote presenta los primeros capítulos de A sangre fría en una lectura pública; una escena en donde se refleja el perverso placer del autor ante la fama. No por nada él mismo que declaraba que sí, que quería ser escritor, además de rico y famoso. El Truman Capote de Miller es, además de un engolosinado con las delicias de la notoriedad, un ser implacable frente al aliciente de la historia. Aún antes de aparecer Smith y Hickcock en escena dice no importarle si la policía atrapa o no a los culpables, sólo le interesa crear. Y hacia el desenlace, tanto esa pulsión como la tirantez entre Capote y Perry Smith en intercambio de favores se manifiestan. Después de todo, la ayuda de la celebridad literaria no es desinteresada en lo más mínimo. Se da sólo a cambio de lo sucedido la noche de los asesinatos. Cuando por fin viene el recuento, sólo queda esperar la muerte en la horca para concluir el libro. Pero es demasiado tarde. Capote se ha involucrado hasta el cuello y presenciar la ejecución de Perry Smith el 14 de abril de 1965 lo deja, según da a entender el director, devastado. Al final, el precio a cambio de una historia parece ser muy alto.
Philip Seymour Hoffman —ganador al Globo de Oro por el mejor actor protagónico en una película dramática— encarna con genialidad al novelista durante una catálisis de fuerzas que quizás entendiera a medias, energías que pasaron a través de su cuerpo como truenos hasta la máquina de escribir, hasta el papel, hasta ser trasladadas al lenguaje. Ese carácter salvaje y despiadado, esa sangre fría de quien pasa por encima de todos para hilar la historia es la otra cara de la amabilidad, la voz aflautada y el amaneramiento. Hoffman —quien ha trabajado con grandes directores jóvenes de la talla de Paul Thomas Anderson, los hermanos Coen y Todd Solondz así como en créditos mucho más comerciales— halla en Capote el papel que necesitaba para saltar de las actuaciones de reparto a las principales. Éste es de veras un filme hecho a su medida. No por nada también es uno de los productores ejecutivos. El actor se transforma simple y llanamente en Truman Capote. La prueba más próxima que tengo para afirmarlo es quizás una de las únicas participaciones cinematográficas del autor donde, se nota, disfrutó horrores aparecer en una parodia de múltiples novelas policiacas al lado de estrellas de la altura de Alec Guiness, Maggie Smith, David Niven o Peter Sellers: Crimen por muerte. Era un Truman Capote ya ajado por el alcoholismo y la drogadicción, sí. Sin embargo, su característica manera de hablar y su amaneramiento seguían ahí. Vi por primera vez Crimen por muerte durante la adolescencia y, años más tarde, en la universidad, después de leer A sangre fría, me fue difícil relacionar a Lionel Twain, al ridículo personaje sobreactuado —víctima inmersa en la intriga bufonesca de la farsa dirigida por Robert Moore y escrita por Neil Simon— con el contundente autor de la novela-reportaje. Después, cuando supe que otro Robert, Robert Brooks —el mismo de La gata sobre el tejado caliente— había adaptado al cine el libro de Capote a tan sólo dos años de la publicación, me fue todavía más difícil pensar que el escritor (y también actor ocasional) hubiera conocido personalmente al asesino encarnado con tanta garra por Robert Blake. El impacto en mí de aquella cinta (y, por supuesto, de la actuación de Blake) fue de tal naturaleza que queda como testimonio la pequeña reseña que escribí hace nueve años para el suplemento cultural la tolvanera.
Philip Seymour Hoffman no necesitó colocarse prótesis ni llenarse de maquillaje para encarnar a Capote. Así como Joaquín Phoenix con respecto a Johnny Cash en Walk The Line (horrorosamente traducida en México como Johnny y June: Pasión y locura), se demuestra que no es primordial ser idéntico al personaje para metamorfosearse en él. De ahí quizás que los dos hayan recibido en enero pasado el Globo de Oro por sus respectivas representaciones en dichas películas. Además, sin necesidad de dádivas mercantilistas como las que da el Óscar —Flores rotas de Jim Jarmusch nunca las necesitó—, Hollywood se ha dignado a condecorar esta producción con sorpresivas nominaciones en las categorías de mejor cinta, director (Miller), actor principal (la nominación para Hoffman era de cajón), actriz de reparto (Keener) y adaptación del guión (Futterman). Cinco menciones en total confirman que el encanto de Truman Capote en la tierra de la ensoñación sigue firme. Cinco nominaciones también dejan al aire dos promesas en la cinematografía: la de Miller como director y la de Futterman —más conocido por sus apariciones en el cine y la televisión— como guionista.
Importa poco entonces si al 2005 ya se le bautizó como el año fílmico de “la diversidad sexual” por la aparición, amplia distribución y recepción de premios de producciones como Transamerica de Duncan Tucker, Breakfast on Pluto de Neil Jordan y, sobre todas ellas, Brokeback Mountain de Ang Lee (también con el simplón título en español de Secreto en la montaña) y eso porque también importó muy poco la orientación sexual de Truman Capote a la hora de legarle a la literatura y a la humanidad una obra tan trascendente como A sangre fría. La cinta producto de la conspiración entre los amigos Bennett Miller, Philip Seymour Hoffman y Dan Futterman, la cinta que lleva tan brutal como delicado nombre es un notable homenaje para este gran autor.

Capote (2005). Dirigida por Bennett Miller. Producida por Caroline Baron, Michael Ohoven y William Vince. Protagonizada por Philip Seymour Hoffman, Clifton Collins Jr., Catherine Keener, Chris Cooper, Mark Pellegrino y Bruce Greenwood.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=UVbNqCsp9IA