Poirot en Acapulco


Me chocan las efemérides y todavía más la gente de los medios masivos que las saca a colación para rellenar tiempo aire de sus emisiones o vasto espacio de sus columnas periodísticas. Pero en este y en la mayoría de los años solo hay una efeméride que me importa y es que se conmemoran los 50 años del fallecimiento de Agatha Christie, la escritora cuya obra me convirtió en adicto a la lectura durante mi pubertad. Va pues este breve comentario sobre algo más que cumple 40:
 
Desde que se popularizara su obra, ha habido un sinnúmero de adaptaciones tanto fílmicas como televisivas. Desde las más fieles a la obra original hasta las más alucinantes. Entre este último grupo, se hallan las que cambian por completo la trama hasta volver irreconocible la historia de base (dígase el episodio “Cita con la muerte” de la serie Poirot). Las que modernizan las situaciones y los temas al incluir diversidad sexual o étnica (la más reciente versión cinematográfica de Muerte en el Nilo). Las que transforman por completo la identidad del asesino para despistar a quienes sí leyeron la obra (quizás el episodio “Un cadáver en la biblioteca” de la serie Marple). Y no, en este artículo no me interesa ocuparme de la adaptación más reciente por parte de Netflix, Las siete esferas (ya la terminaré de ver en estos días cuando tenga la oportunidad), sino de otra no más desconcertante y añeja que las mencionadas con anterioridad. Una adaptación en la que el refinado y puntilloso señor Hércules Poirot terminó paseándose por un mercado de Acapulco. Casualmente la mencionada, también para la tele, cumple años en este 2026: 40 para ser exacto. Si doña Agatha hubiera estado viva para verla, quién sabe qué habría pensado.


Tragedia en tres actos (Three Act Tragedy) se publicó por primera vez en 1934. En los Estados Unidos se modificó el título como Murder in Three Acts o Muerte en tres actos. Quizás porque pensaron que aquello de “tragedia” no le decía gran cosa en aquella época al gran público estadounidense. Al menos, dicho título no estaría tan cargado de problemas como el de Ten Little Niggers. Aquel y no este es con el que se presenta en la versión televisiva de 1986. Para cuando su interpretación del personaje apareció en la pantalla chica, el actor inglés Peter Ustinov ya había realizado dos de tres películas como Hércules Poirot: Muerte en el Nilo (1978) y Maldad (o Muerte) bajo el sol (1982). La tercera sería Cita con la muerte (1988). En la medida en que se realizaban las tres adaptaciones fílmicas, se iba apagando el fuego. El interés por el Poirot de Ustinov, con sus obesas gracejadas y su dudoso acento francés (eso sí: no tanto como el de Kenneth Branagh), disminuyó sin que se quisiera dejar ir al personaje del detective belga. Así que hubo tres adaptaciones más, aunque para la tele, a mediados de los ochenta: La muerte de lord Edgware (1985), El templete de Nasse House (1986) y Muerte en tres actos.
No solo se altera el lugar en donde transcurre la trama (de Inglaterra al puerto de Acapulco), sino además la época, ubicándola en un momento contemporáneo a mediados de los 80. Lo cual sería una locura porque no existe coincidencia con las tres adaptaciones cinematográficas de Ustinov, en donde las tramas parecen ubicarse entre los 30 y los 40. De ser así, el Poirot de los 80 en las películas para tele rebasaría los 100 años. Da igual. No se requiere lógica en el género policiaco. ¿O sí? Entre los personajes principales, aparece Hastings (Jonathan Cecil), el Watson de Poirot, con su sombrero de paja y sus atuendos color caqui. Luego, el actor retirado Charles Cartwright (un Tony Curtis ya añoso, de cojera falsa y vestido de shorts con los calcetines blancos casi hasta las rodillas). De los participantes mexicanos y perdido entre la fila de sospechosos, Ricardo Montoya (Fernando Allende en un estilo muy luismiguelesco, de larga melena y bronceado). Más tarde, entra el comandante Mateo (Pedro Armendariz Jr., el rey de los nepobabies en la industria fílmica nacional). No nada más él, sino además Rosa, la chacha (Claudia Guzmán, sobrina de Magda, quien saliera en pelis muy naquitas y alguna telenovela como Amor en silencio y quien hoy se encuentra retirada de la actuación). El más insignificante de todos: un chalán de nombre Miguel (Rodolfo Hernández). Ante los llamados al criado, no puede evitar uno sentirse aludido. De entre el elenco de gringos y británicos, la única reconocible para la época me resulta la secretaria de Cartwright, encarnada por Frances Lee McCain (la mamá de Gremlins). Por otro lado, está la gente del puerto. Los extras acapulqueños que no pueden dejar de escrutar a los actores como si acabaran de apearse de una nave extraterrestre. Quizás el director les indicó que fueran indiferentes a ellos ante la cámara, pero uno ya sabe lo imposible que resulta para el mexicano promedio no quedársele viendo a cualquier ser humano que considere extraño a su entorno. ¿Qué tipo de miradas impertinentemente sostenidas habrá recibido la reina Isabel II cuando visitara el sitio pocos años de que lo hiciera esta producción?


Tanto en esta, como en las otras dos para la tele en donde saliera Ustinov, Christie emplea el disfraz como método para despistar a los lectores / espectadores. Mucho más difícil cuando se trata del medio audiovisual y uno tiene la oportunidad de ponerle en pausa a la videocasetera (cuando las había) y darse cuenta de que Tony Curtis se disfraza de mayordomo mexicano; Nicolette Sheridan en El templete…, de estudiante italiana de malísima peluca y bronceado espurio o finalmente percatarse de que Faye Dunaway en …de lord Edgware hará en algún momento el juego de gemelas para cometer un asesinato y excusarse con una coartada perfecta (perdón por arruinar la solución de todos estos enigmas).
Bajo la batuta del insigne director Gary Nelson (El abismo negro), apenas Hastings recoge a Poirot del aeropuerto local, casi choca su jeep con el carro de Egg (Emma Samms) frente a una marisquería. Más tarde, deben reunirse con el antiguo actor. “¿Dónde señor Cartwright?”, preguntan en su español sin verbos al llegar al “castillo”. “Allá, señor”, dice “Migüel”, como lo llama el pobre Hastings, apuntando hacia la bahía. Actualmente esta historia no podría filmarse en el circuito comercial ni atraería grandes audiencias juveniles, por eso de que un muy veterano Cartwright anda tras los huesitos de una muy joven y tetona mujer, apodada “Huevo”. Aunque sí se hizo una versión más moderna y tal vez más fiel y pudibunda (nada de bikinis) para la longeva serie de televisión Poirot, allá por el año 2010. La intriga, típica de la señora Christie: una reunión de gente bien en la que alguien se echa su coctelito envenenado y muere. El problema es que aquí se duplica el asunto, cobrando otra víctima. En la segunda soirée, el mayordomo fugado parece ser el culpable. Alguna vez tuvo que haberse utilizado este recurso o si no, no se hubiera convertido en un cliché. Para cuando me acerqué a Tragedia en tres actos, ya había leído muchas novelas de doña Agatha por lo que fue muy fácil adivinar quién era el asesino. Algo de provecho sacaría Rian Johnson para alguna escena no del huevo, sino de su cebolla de cristal: la segunda entrega de Knives Out. Ahí alguien usa el método de la prestidigitación de cocteles para envenenar al personaje del fortachón Dave Bautista.

Al final, perdón de nuevo por el espóiler, el consejo para el personaje de Curtis en Muerte en tres actos es que, si vas a cometer un homicidio disfrazado como mayordomo mexicano, lo mejor es no ponerse el equivalente en español de su propio nombre. O sea, él se llamaba Charles y el sirviente fingido, Carlos. Muy difícil despistar así las famosas células grises de Poirot. No tan ilógico como pensar que el hombre encarnado por Allende pudiera ser comunista. Véala bajo su propio riesgo.
 
Muerte en tres actos (Murder in Three Acts, 1986). Dirigida por Gary Nelson. Producida por Paul Waigner. Protagonizada por Peter Ustinov, Tony Curtis y Claudia Guzmán. 
 
En YouTube completita, aunque de mala calidad: https://www.youtube.com/watch?v=qposMG50yS4