lunes, 14 de julio de 2014

El gran Gatsby

Espacios van y vienen. Tanto impresos como virtuales. Empecé a colaborar con una revista cultural en Internet hace poco más de un año. Ante la falta de actualizaciones y la completa inactividad de su sitio he decidido retomar para mi bitácora aquellas reseñas de cine. No son muchas. Si acaso, un puñado. Comienzo con la primera, sobre un bodriazo del señor "Babas" Luhrmann:

Gatsby y Hollywood: el dinero y la desmemoria
Aunque haya gran contraste en lo financiero, Hollywood en el fondo no se comporta muy diferente a los emporios mexicanos de la televisión. Así como éstos sacan de la bóveda sus “clásicos” y los “reinventan” una y otra vez, los realizadores y productores hollywoodenses albergan la maña de reciclar historias. A veces ni tan viejas. Para ellos la conducta se traduce en un beneficio: apelan a la curiosidad de quienes vieron la original y, al mismo tiempo, les presentan a las generaciones más jóvenes una versión actualizada del relato. Sin embargo,  también le apuestan a la desmemoria. A la ignorancia. Incluso a la atrofia del paladar cinematográfico. Por eso Hollywood le inyecta recursos a los remakes. Pretenden que la mayoría de los espectadores no conserve intacta su capacidad de recordar. A causa de lo anterior actualmente una y otra vez me entero por notas periodísticas de estos productos reciclados, de la resucitación de historias vistas en los setenta y los ochenta: Furia de titanes, Carrie, The Evil Dead, Red Dawn, Robocop, Viaje a las estrellas, Superman, la secuela de aquélla, la precuela de la otra. Cuento de nunca acabar. La lista acapararía todo el espacio disponible. Y finalmente llega Baz Lurhmann con El gran Gatsby (The Great Gatsby, 2013), película de apertura del sexagésimo sexto festival de Cannes.
No tengo empacho en afirmar que una de las experiencias cinematográficas más deleznables y nauseabundas que he tenido en mi vida se llamó Moulin Rouge (2001). Durante la presentación de muy pocos largometrajes he sentido el impulso ineludible de salir corriendo de la sala. En el mencionado me pasó. Aun así y luego de más de una década, decidí darle otra oportunidad al cine del realizador australiano y fui la semana pasada a ver su versión fílmica de la novela de F. Scott Fitzgerald. La experiencia —aunque sin duda más tolerable que Moulin Rouge—no resultó menos dolorosa. Hay en mí una reacción visceral a este tipo de cine. Parto desde lo más molesto: el detonante para la narrativa. En su novela el autor estadounidense no necesita darle al narrador (Nick Carraway) ninguna excusa para escribir. Lo hace simple y sencillamente por haber entablado una amistad con Jay Gatsby y por conocerlo bien durante el periodo del que se ocupa el relato. Luhrmann y su guionista Craig Pearce han decidido que esto no es suficiente. Su audiencia come-palomitas requiere algo más. Fuera de lo vivido al lado de Gatsby, Carraway necesita otro motivo —de preferencia, estrujante— para contarnos esta historia: el alcoholismo. El Nick Carraway de la versión fílmica ha deambulado tanto de una loca fiesta de los veinte a otra que cuando da inicio la trama se encuentra recluido en un sanatorio para curar su dipsomanía. Nada de electroshocks. No. Su médico es visionario, humanista, moderno y de lo más comprensivo. A pesar de hallarse en los años veinte, él y su esposa se comportan como huéspedes ejemplares, como consejeros venidos de Oceánica. Incluso hospedan a Nick en una casita a las orillas de un apacible lago nevado. El médico le aconseja “¡escriba!” y el paciente lo hace. No sólo en su máquina. En cuaderno. En títulos superpuestos. El acto de la escritura se nos impone por si no lo comprendemos. Y Carraway narra. En colores chillones, fuegos artificiales y tercera dimensión. Vaya que hay fuegos artificiales en el cine de Luhrmann. Quién sabe si haya algo más que eso. No lo creo.
Si a alguien le encanta el artificio, la espectacularidad ausente de neuronas, el vestuario luminoso y las joyas deslumbrantes no debería perderse ni solo un largometraje de este director. Pedirle un agregado (crítica social, distancia irónica, desarrollo de personajes) es imposible. Y cómo no si al fin y al cabo El gran Gatsby de Luhrmann no es más que un comercial de dos horas y media para la tienda de diamantes Tiffany y Compañía. Que cualquiera entre a su sitio de internet y le mostrarán el catálogo entero de la colección “Gatsby”. A otro inciso: el relato es de suyo familiar. Nick Carraway (Tobey Maguire) vive al lado de la mansión del misterioso millonario Gatsby (Leonardo DiCaprio), lugar donde se organizan las fiestas más delirantes de Long Island y los alrededores de Nueva York. Nick es el primo de Daisy Buchanan (Carey Mulligan). Ella está casada con Tom (Joel Edgerton), tosco, racista e infiel. Pero eso sí: de muy buenas familias. Años antes Daisy se enamoró de Gatsby. La diferencia de clases los separó. El nuevo rico la quiere recuperar rodeándose de lujos. También anda por ahí una golfista de nombre Jordan Baker (Elizabeth Debicki). Además de la amante de Tom, Myrtle (Isla Fisher). Ésta casada a su vez con un mecánico de apellido Wilson (Jason Clarke). Los dos habitantes del valle de cenizas, bajo la mirada todopoderosa del doctor T. J. Eckleburg. No pierdo más el tiempo en la trama. Muchos la conocemos. No sólo por la novela sino además por las versiones fílmicas anteriores: una muda ya perdida de 1926, otra con Alan Ladd en 1949 y —más reconocible para los de mi generación— la de 1974, con guión de Francis Ford Coppola y protagonizada por Robert Redford y Mia Farrow. Y no, no es éste un problema entre generaciones. No le guardo ninguna lealtad fanática ni a la novela ni a la cinta del 74. Sí, la vi de niño y antes de volverla a ver de adulto muy apenas recordaba la escena de la muerte en la alberca hacia el final. Sólo eso. Y sí. La versión dirigida por Jay Clayton es un producto óptimo, fiel al libro. Un ente bien peinado. Aunque ninguna obra maestra. Termina configurándose, según yo, como la visión setentera de los veinte. Nada más. La de Luhrmann sería la versión en drogas.
Mi mayor problema para aceptar con benignidad su versión de El gran Gatsby es que no se hizo para un espectador como yo. No formo parte de la audiencia para las películas del australiano. Basta mirar la clasificación en cada uno de sus créditos para saber a quiénes va dirigida su obra. Y simplemente creo que todavía no tengo déficit de atención. No acepto esos cortes frenéticos, esa cámara que no se está quieta en ninguna parte. Tampoco soy un adolescente. Ya no. Es más, ni siquiera me gustó Romeo + Julieta (1996) y entonces sí era un adolescente. En fin. Sí, lo admito. Tal vez lo mío de veras sea un problema entre generaciones. Como adolescente no, pero sí como pueril podría describir esta estética suya del zoom-in y de zoom-out trepidantes. Estética de cámara lenta por completo gratuita (nótese la forma como Tom le da una bofetada a Myrtle). Sólo apta para un videoclip musical. Los ejemplos de su puerilidad son incontables. Cuando Nick va por primera vez a una fiesta en la mansión de Gatsby y escucha lo que rumoran los invitados sobre el millonario, el coro de habladurías se transforma en pasarela. Hasta la actriz que interpreta a Jordan está mejor para modelo que para golfista. Nada ni nadie porta permiso para ser gris aquí: el viejo-lechuza de la biblioteca con peinado de diseñador y movimientos robóticos, el personaje de Wolfsheim en vez de presentarse como judío es interpretado por una añeja estrella de Bollywood: Amitabh Bachchan (recuérdese la escena de la mierda en Slumdog Millionaire). Nos damos cuenta de las influencias del director. Y sobre todo de que su subversión se queda en la piel. Nunca va hasta los huesos. Estos castings en apariencia políticamente correctos no siguen una lógica más que la del escándalo: acordémonos del Mercucio negro y travestido de Romeo + Julieta o del Toulouse-Lautrec interpretado por John Leguizamo en Moulin Rouge. Sí, qué subversivo que un hindú interprete el rol de un judío. Sin embargo, los papeles principales no se tocan. Jamás. Ésos sí son interpretados por los ganchos de taquilla para la gente joven, la susceptible de comprar boletos una y otra y otra vez como enajenados. Imaginemos cuánta de esa gente iría al cine si a Gatsby lo interpretara un actor chino o a Daisy una actriz hispana.
En medio del rave para acéfalos al cual ha sido invitado Carraway, entra Gatsby a escena. De incógnito. Se le presenta al narrador ofreciéndole una copa de champán mientras en perfecta sincronía estallan detrás de él los fuegos artificiales. Personaje nulificado. El director nos grita: “¡Aquí estoy!”. Nomás faltó que a DiCaprio le brillaran los ojitos. Cómo no confiar en un hombre así. Antes lo hemos reconocido: rechoncha mano blande un anillo e intenta atrapar el haz de luz verde del otro lado de la bahía. Si DiCaprio había logrado notables progresos como actor desde su lejano debut adolescente colaborando con cineastas como Boyle, Scorsese, Nolan o Tarantino; en manos de Luhrmann parece hacer una regresión a sus días de Romeo + Julieta.  Entiendo que Jay Gatsby esté nervioso cuando se rencuentra con Daisy en casa de Nick. De eso a trazar una caricatura dentro de una secuencia de slapstick y convertir al protagonista en punto menos que un imberbe quinceañero, hay una gran distancia. Vicio recurrente más detestado por mí en la obra de Luhrmann: el de la caricaturización, la gracejada babosa una vez más con dedicatoria para los chiquilines. Y ni qué decir del resto del reparto. Nunca le había visto nada malo a Mulligan desde que empieza a ser conocida por Enseñanza de vida (2009). Siempre hay una primera vez. Su Daisy, mucho más lánguida que la de Mia Farrow. Y esto ya es mucho decir. Voz más blanda no hay.
Me atrevo a dar otro ejemplo de ridiculez: la secuencia en que Gatsby habla un poco de su pasado con Nick en el auto y le muestra una condecoración de guerra. ¿Qué necesidad había de convertirla en una escena de persecución de carros cuando no hay nadie a quien perseguir? Ah, claro. Entiendo. Para que luzca la tercera dimensión. La velocidad, el frenesí. Ambos se transforman en armas para que los niñatos con déficit de atención no se nos duerman en la sala de cine. En fin. Todo en El gran Gatsby se vuelve pose, superficie, artificio, payasada. Ésta es la grandilocuencia más babosa cuya inspiración viene del viejo Hollywood. Del peor viejo Hollywood. Nadie ofrece una copa sin que estallen fuegos artificiales, nadie es atropellado sin que vuele delicadamente y en cámara lenta por los aires, nadie cae fulminado por una bala sobre las aguas de la alberca sin sonoro espectáculo. Hasta para el artificio hay que meterle algo de coco. Digo, ahí están Chan-wook Park o Danny Boyle. En mi opinión Luhrmann es la antítesis del rey Midas. Todo lo que toca lo convierte en mierda. Brillante, frenética, aterciopelada, colorida, hiper-romántica, barroca, payasa y adolescente. Sí. Pero mierda igual.
Por todo lo anterior afirmo que el cine de Lurhmann no está hecho para mí. Como no están hechos los de Spielberg, Eastwood o —por estar en el otro extremo— el del mexicano Reygadas. Es como si estos señores me hablaran en chino. Y por eso, nunca más otra película del australiano para mí. Nunca más. Y estoy seguro de que en treinta años otro realizador “visionario” auspiciado por Hollywood nos recetará una nueva versión de El gran Gatsby. Al fin y al cabo en esa tierra de ensueños el dinero siempre estará casado con la desmemoria.

El gran Gatsby (The Great Gatsby, 2013). Dirigida por Baz Luhrmann. Producida por Lucy Fisher, Catherine Knapman, Catherine Martin, Douglas Wick y el director. Protagonizada por Leonardo DiCaprio, Carey Mulligan, Tobey Maguire y Joel Edgerton.