lunes, 14 de julio de 2014

12 años esclavo

La supervivencia de un esclavo
Desde hace tiempo me acerco con desconfianza a las producciones fílmicas estadounidenses cuyas historias se centran en el conflicto racial. Siento que todas han sido producidas por Oprah Winfrey. O que el resto se erigen como una suerte de homenaje para el actual residente de la Casa Blanca. Y, obvio, pareciera que en conjunto aspiran al premio Óscar, que continúa redimiéndose de sus culpas pasadas con la comunidad negra. Ahí están Precious, Historias cruzadas (The Help) o El mayordomo (The Butler). Por eso les rehúyo como si fueran una plaga. Pero con 12 años esclavo (12 Years a Slave, 2013) sucedió algo muy inesperado. Tal como ocurriera con El artista tratándose del cine mudo de Hollywood tiene que ser un director europeo el que venga a darles lecciones a los gringos de cómo tratar a fondo y sin sentimentalismos sus propios temas. Dirigida por Steve McQueen —director británico de origen trinitense cuyos créditos anteriores incluyen Hunger y Shame12 años esclavo es a mi juicio una de las mejores cintas producidas en el 2013. Y también una de las mejores hechas sobre el tema de la esclavitud durante el siglo XIX en los Estados Unidos.
En una de las primeras escenas vemos al protagonista, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), tratando de escribir con los medios más adversos: una pluma hecha del tallo de una planta, una tinta sacada del jugo de zarzamoras. La clandestinidad de la escritura no se debe sólo a las condiciones paupérrimas en las que vive sino en otro factor: su vida depende de seguir ocultando la habilidad para leer y escribir. Él no nació esclavo. Ni en un lugar donde la esclavitud fuera vista como algo normal. Pronto la retrospectiva le develará al espectador cómo llegó este hombre a tan extrema situación.
En realidad Solomon Northup es un hombre libre. Tiene esposa y dos hijos. Ha recibido una educación privilegiada. Incluso toca el violín. Y vive en el estado de Nueva York durante la mitad del siglo XIX. Entonces es engañado y a través de esa misma habilidad con un instrumento musical. Más tarde, será secuestrado y vendido. Mientras con mayor fuerza insiste en su condición de hombre libre más latigazos recibe. Así lo llevarán a Luisiana para convertirse en el esclavo del propietario de una plantación (Benedict Cumberbatch), un hombre noble de buenas intenciones que, sin embargo, no puede evitar que sus capataces se ensañen con él por lo que ellos ven como impertinencia por parte de un negro. Northup pronto cambiará de dueño. Irá a caer bajo las órdenes de un amo algodonero con fama de fanático despiadado: Edwin Epps (Michael Fassbender). Su única esperanza de supervivencia, escribir una carta informándole a su familia dónde se encuentra y así recuperar la libertad.
Basándose en un recuento real, McQueen muestra el conflicto de Solomon Northup sin escatimar la crueldad que implica la esclavitud. De esta forma se aleja del maniqueísmo simplista al que Hollywood acostumbra a los espectadores. El director logra —a pesar de la época de exagerada corrección política que se vive actualmente— plantarnos con precisión y contundencia en un universo donde para muchas personas la esclavitud era un sistema de vida normal y hasta deseable por los beneficios económicos que traía, donde los amos sin ningún cargo de conciencia e incluso apoyados en la Biblia podían maltratar, violar e incluso asesinar a otros seres humanos, sustentados en el argumento de que eran inferiores y además formaban parte de su patrimonio. Tal relación de completo dominio se extiende aun a las mujeres. En numerosas ocasiones aparece la celosa mujer de Epps (Sarah Paulson) golpeando a la esclava Patsey (impresionante la actriz keniano-mexicana Lupita Nyong’o en su debut cinematográfico) con quien el religioso pero lascivo amo sostiene relaciones sexuales, a veces (se entiende) no consentidas. Una de las escenas más escalofriantes es aquella en la que Epps obliga a Solomon a castigar con el látigo a Patsey.
Ante un panorama tan desesperanzador donde la brutalidad y la represión de la libertad abundan, hay mucha luz en el tercer largometraje de McQueen. Tanta que deslumbra y conmueve. En esta historia de supervivencia humana el conflicto presentado va mucho más allá de lo racial y de lo histórico. Porque, en varios sentidos, dentro de la condición del esclavo, lo único que lo humaniza y lo redime es el arte: la música que toca con su violín, los cantos fúnebres a los que se une muy a su pesar y, por supuesto, la escritura frustrada de aquella carta salvadora. Basta destacar el trabajo histriónico de Chiwetel Ejiofor —un actor también británico de extracción teatral— cuando, luego de la muerte de un esclavo, Solomon comienza con reticencia a cantar. Ésta se vuelve una escena sostenida sin pudor que le hace eco al canto melancólico de Carey Mulligan en Shame, la película anterior del cineasta.
Hace tiempo que a McQueen se le escamotearon premios en Hollywood porque en el protagonista de la antes citada cinta —un hombre neoyorquino perdido entre la efervescencia de la adicción sexual— los premiadores no hallaron con su mojigatería ningún indicio de redención. Éste no va a ser el caso de 12 años esclavo por lo que, sin duda, los premios hollywoodenses llegarán y a manos llenas. Sin embargo, no radicará en ello el valor de la cinta. Porque ya desde sus dos créditos anteriores ha quedado claro que Steve McQueen es y era a partir del principio de su carrera un maestro del arte cinematográfico. La confirmación se vuelve esta odisea profundamente humana de Solomon Northup.

12 años esclavo (12 Years a Slave, 2013) Dirigida por Steve McQueen. Producida por Steve McQueen, Brad Pitt et al. Protagonizada por Chiwetel Ejiofor, Michael Fassbender, Lupita Nyong’o, Sarah Paulson y Benedict Cumberbatch.