lunes, 2 de junio de 2014

Niñez con mirada surrealista

Tengo una relación problemática con Alejandro Jodorowsky. Por un lado admiro mucho la irreverencia surrealista de su cine, la forma en la que a través del mismo defiende al cine como arte al mismo tiempo que ataca sin concesiones su concepto de industria. Además puedo ver y volver a ver una y otra vez la que considero su mayor obra fílmica: La montaña sagrada (1973). No hace mucho me conmoví ante el documental de Frank Pavich, Jodorowsky’s Dune (2013) en el cual se cuenta cómo el director chileno estuvo a punto de llevar a la pantalla grande Dunas de Frank Herbert sin éxito. Y no puedo negar que algunas frases de Jodorowsky en el avance de La danza de la realidad (2013) todavía me sacan lágrimas. Sin embargo, cuando el mismo hombre se pone a recetar actos de psicomagia o a leer el tarot en un café de París o a ser el invitado de honor en Montreal de una cosa llamada Universidad de Foulosophie entonces sí mi mente tal vez demasiado racional pinta su raya porque todo eso presenta un poco el tufillo de la superstición. A final de cuentas tratándose de Jodorowsky prefiero quedarme con su cine y punto. Por eso La danza de la realidad —que a final de cuentas pretende ser un acto de psicomagia— me dejó con sentimientos encontrados. De todas maneras, objeciones personales o no, el hecho de que haya una nueva película del realizador chileno luego de veintitrés años de ausencia del cine es todo un acontecimiento.
Como el protagonista de La gran belleza el actor, artista, mimo, cineasta y psico-mago nacido en el seno de una familia de origen judío-ruso nostálgicamente fija a sus ochenta y tantos años la mirada en su niñez. No por nada la película es homónima de su libro autobiográfico publicado en 2001. Pero la cinta, a diferencia del libro, se centra de forma exclusiva en la infancia trascurrida en Tocopilla, un pueblo olvidado a dos mil kilómetros de la capital chilena donde a Alejandro le tocó nacer. En cuanto al entorno geográfico Jodorowsky es fiel a sus recuerdos pues incluso rueda el largometraje en el lugar de los hechos. Las anécdotas de la infancia se moldean hasta tornarse imágenes surrealistas: el encuentro de su padre Jaime (Brontis Jodorowsky) con los antiguos compañeros (en realidad, payasos) del circo, todos los parlamentos de su madre Sara (Pamela Flores) salen de su boca en bel canto, las discusiones en la tienda de la cual el padre es propietario, el descubrimiento en la playa del ciclo de la vida, la pérdida de su cabellera larga y rubia como cordón umbilical con la familia materna, la presencia de los hombres mutilados por el trabajo en la mina, las constantes humillaciones del padre para convertirlo en un hombre fuerte e insensible, su rol como mascota de los bomberos del pueblo. Algunas secuencias se alzan hasta el rango de la poesía. Otras, ya se sabe, pertenecen al área de lo grotesco. Por un lado, el desdoblamiento borgiano: Jodorowsky viejo aconsejándole a su versión niña a punto de lanzarse desesperada a la profunda muerte ofrecida por el mar. Él se dice a sí mismo lo siguiente: Todo lo que vas a ser ya lo eres, lo que buscas ya está en ti, alégrate de tus sufrimientos, gracias a ellos llegarás a mí. En estas secuencias de confrontación entre la juventud y la vejez se dan los momentos más profundamente conmovedores de la cinta. Por otro lado, la transgresión en una de sus máximas encarnaciones. Como ejemplo, la madre meando sobre el padre para curarlo de una infección misteriosa. Para quien está familiarizado con la obra anterior del cineasta tales escenas poco sorprenderán. Un espectador incauto, sin embargo, podría escandalizarse. Por ahí también hay espacio para la risa gracias al enano anunciador de las ofertas en la tienda del padre. Las ofertas se anuncian con tácticas cada vez más delirantes y risibles. Hacia el final del largometraje Jodorowsky se aleja del mero recuento autobiográfico y plantea el acto de psicomagia. Se presentan como hechos anécdotas nunca ocurridas: Sara entrando desnuda a un antro sin ser vista, Jaime siendo torturado por un régimen autoritario, Sara untando al pequeño con grasa negra para bolear y así ahuyentar su miedo a la oscuridad. Todo esto tal vez con el afán restañar las heridas del pasado y manipular la figura del padre para observarlo como un hombre menos violento, más comprensivo y, sobre todo, que dé cabida a sus sentimientos.
El tema de lo familiar no sólo se halla dentro de la mitad ficción y mitad realidad sobre la pantalla. En la hechura del filme sólo podría describirse como ineludible: Brontis Jodorowsky —quien siendo un niño interpretara el papel del hijo como en un juego de espejos en El topo (1970)— ahora interpreta el papel de Jaime, su abuelo paterno. Cristóbal Jodorowsky —Fénix en Santa sangre (1989)— aparece como el Teósofo. Adán Jodorowsky —alias Adanowsky— además de ponerse la piel de un anarquista se encarga de la música. Pascale Montandon, pintora y pareja actual del realizador, se encarga del diseño de vestuario. Y, como ya lo mencioné con anterioridad, el mismo Alejandro interviene y entabla diálogo consigo mismo de niño (Jeremías Herskovits). Además de la evidente artificialidad de las actuaciones (cuya justificación no es difícil hallar dentro del carácter surrealista del filme), en la intervención no tanto histriónica sino física del joven Herskovits encuentro una mínima objeción. Cuando vi La danza de la realidad hace algunas semanas ya se habían borrado de mi mente muchas de las anécdotas contenidas en la autobiografía homónima. Entre ellas, el insulto que otros niños —además de “judío”— le lanzaban a Jodorowsky: “¡Pinocho!”. Y si uno mira los rostros del cineasta y sus hijos (a excepción de Brontis, claro) se entiende por qué. Cuando ese apodo lo recibe un muchacho como Jeremías Herskovits, el espectador —en este caso, yo— queda perplejo porque lo último por lo que se caracteriza este niño es por una nariz grande. Minucias tal vez de un obsesivo. Quién sabe.
Tal vez donde se encuentren tanto los méritos como los defectos de la película es que resulta un producto en extremo personal. Aunque a final de cuentas lo mismo pasa con cintas como Fando y Lis (1968), El topo, La montaña sagrada y Santa sangre. Lo que sí destaca de La danza de la realidad es su constitución como el legado de un artista. Tal vez el último. Espero que no sea así. Porque Jodorowsky afirma que él le gustaría seguir viviendo hasta los 120 años. Pase esto o no ya hay quien levanta la mano y pretende asumir el rol del relevo: Nicolas Winding Refn (Drive). En mayo del año pasado, durante el festival de Cannes, los dos directores estrenan La danza de la realidad y Sólo Dios perdona. Jodorowsky en la Quincena de Realizadores y su émulo más joven en la selección oficial. Como remate el crédito del director danés está dedicado al chileno. Y con el entusiasmo de alguien como Nicolas Winding Refn por la obra de Jodorowsky y con un vistazo a Jodorowsky’s Dune se confirma que, aunque haya sido de forma subterránea y que aunque muchos todavía se resistan a admitirlo, el influyente y poderoso legado de este singular artista seguirá vivo aún después de la muerte. Al igual que Tom en el granero de Xavier Dolan, La danza de la realidad se exhibe en México con la quincuagésima sexta edición de la Muestra Internacional de Cine.

La danza de la realidad (2013). Dirigida por Alejandro Jodorowsky. Producida por Alejandro Jodorowsky, Michel Seydoux y Moisés Cosío. Protagonizada por Jeremías Herskovits, Brontis Jodorowsky y Pamela Flores.