jueves, 28 de junio de 2012

Absurdas divisiones a nombre de la cruz o la media luna en la vida y en la muerte

Dentro de una taberna a medio remodelar una bella mujer de largo cabello crespo, fascinantes ojos color oscuro y facciones árabes detiene a dos grupos de hombres que quieren partirse la cara. Sin embargo, ésta no se trata de una vulgar riña de borrachos. No. Un grupo de hombres profesa la religión católica. El otro, el islam. Nos encontramos en un país anónimo de Medio Oriente rodeados de regiones semidesérticas. Estamos en un pueblito aislado que durante décadas ha sufrido los embates de confrontaciones armadas y religiosas. En medio del delirio, la intolerancia y la violencia surge esta voz femenina de razón que de forma no muy pacífica detiene los puños de estos hombres y finalmente los empuja hacia la calle reclamándoles que con esa actitud terminarán matándose unos a otros y dejando al pueblo lleno de viudas, de madres sin hijos, de hermanas sin hermanos, de mujeres solas. Si eso es la hombría ella nada desea saber de ellos. Aunque pierda a todos sus clientes. La actriz que interpreta a este personaje, ángel justiciero, se llama Nadine Labaki. Y en esta película no será sólo su actriz principal.
Labaki tuvo su primer contacto con el cine a través de la televisión. Esto porque, según una entrevista realizada a la propia directora, su país de origen no cuenta hasta hoy con una industria cinematográfica. En suma no podría decirse que exista una cultura del cine en Líbano. Sus personajes parecen compartir con ella esta fascinación casi infantil por la pantalla chica. De hecho su segundo largometraje —el más reciente— detona su anécdota cuando un grupo de muchachos del mencionado pueblo se reúne para captar las imágenes de distante cadena para un televisor. Luego veremos al pueblo entero frente a la llamada caja-idiota. Recibir desde lejos las imágenes se convierte en toda una ocasión. Ahí vemos a los habitantes de la aldea convivir armónicamente a pesar de las diferencias de fe. En ningún momento se nos indica a los espectadores que el lugar desértico presentado por Labaki sea Líbano. Esto porque aunque los colores y los rostros se presenten locales la intención de la cineasta posee alcance universal. El tema medular aquí será entonces el factor excluyente susceptible de dividir e incluso enfrentar en batalla sangrienta al género humano.
¿A dónde vamos ahora? (Ou halla la weyn?, 2011) constituye además un espectáculo unipersonal donde la directora —gracias al auspicio de la productora francesa Anne-Dominique Toussaint— escribe, produce y protagoniza. En esto también la película se define como extraordinaria, tomando en cuenta la nula cultura cinematográfica en el país natal de Labaki. A lo anterior agreguemos su género (del que, a diferencia de las directoras occidentales o hollywoodenses, ella no se queja por la bien conocida falta de oportunidades). Con su ópera prima Caramelo (2007) la libanesa Nadine Labaki ya había llamado la atención tanto de la crítica como del público lo que le permite abrir sus horizontes. En el segundo también experimenta con los confines de las sólidas y a veces incómodas categorías cinematográficas pues si me atrevo a definirlo podría bien llamarlo “tragicomedia musical”. Me explico.
La primera escena de ¿A dónde vamos ahora? se despliega como un óleo banal y cotidiano no únicamente en los países de Medio Oriente sino también en el nuestro. Una voz femenina en off nos sitúa describiendo el entorno. Allá aparece una procesión de mujeres vestidas de luto. Atraviesan el paraje desértico. Van camino al cementerio del pueblo. De repente surge un elemento que en un examen superfluo no encaja con el color de la ropa. Sincronizadas las mujeres comienzan a dar pasos de baile. No son alegres ni festivos. Al contrario. Los pasos de baile corresponden a su apariencia. Son pasos de baile de agonía, de pérdida y de dolor que les doblan el cuerpo súbitamente. Una vez llegando al cementerio, el grupo se divide. Unas van para el lado izquierdo. Otras hacia el derecho. Estamos ante un camposanto dividido por las creencias religiosas, las de la cruz y la media luna. Algunas de las mujeres llevan cruces al cuello. A otras el velo les cubre la cabeza. Debo confesar que, desde aquí y pasara lo que pasara, la cinta ya me había conquistado. De esta forma Labaki rompe con el realismo característico de películas con temas similares y en algunas secuencias claves de su obra incluye cortos números musicales: una viuda católica y un albañil musulmán enamorados bailan dentro de la taberna a medio renovar, una especie de aquelarre donde las mujeres del pueblo preparan alimentos con hachís para luego enterrar las armas de fuego. Y así sin por ello recargar el largometraje con tales momentos de jocoso respiro. Todo esto tal vez sea eco del pasado de Labaki como directora de videos musicales.
La historia a desarrollar la leemos casi todos los días en los periódicos, los propios y los ajenos, los cercanos y los distantes. En una aldea aislada de Medio Oriente la gente de distintas religiones convive en una tensa calma. Hay un puente muy angosto para salir de ahí y el pueblo se halla además rodeado no sólo de desierto sino también de minas terrestres. Cuando por la única televisión del lugar, los habitantes comienzan a enterarse de reportes sobre nuevos actos de violencia entre cristianos y musulmanes en otras localidades del país también en la suya se dan manifestaciones de odio. Al principio inofensivas. Hasta que alguien se encoleriza y los maltratos aumentan de tono: sangre en vez de agua bendita, la entrada de los animales a la mezquita con sus puercas consecuencias, una imagen de la Virgen María destrozada, un niño inválido zarandeado por un tipo de la religión contraria. Los hombres y los jóvenes están listos para tomar las armas. Las mujeres —quienes se reúnen por lo regular en la taberna de Amal (Labaki) tras el cierre— harán gala de su astucia para ocultar la información fuereña, distraer a los hombres y evitar más baños de sangre. En algún momento y a pesar de pudores, se les ocurre traer al pueblo a cinco bailarinas ucranianas de diminutos atuendos para mantener a sus hermanos, esposos e hijos con las babas estilando. Sin embargo, no son capaces de romper todo contacto con el exterior. El relato pasa de la comedia a la tragedia cuando hacia el final un personaje muera y tanto su madre como las mujeres de la aldea decidan reprimir la pena para no atizar el fuego. Y, claro, seguir callando. El desenlace —auspiciado por los dos líderes religiosos de la localidad, el sacerdote y el imam— nos presentará con la estratagema más desesperada en un cambio de roles que denunciará al máximo lo absurdo del comportamiento de los hombres del pueblo. Sólo poniéndose en los zapatos del otro alcanzarán un poquito de paz.
Nadine Labaki echa al fuego todos los recursos a la mano para contarnos esta historia conmovedora, divertida y tan dolorosa como humana. A diferencia de otras cintas —sobre todo de directores nacionales— la utilización de actores no profesionales en nada empaña el mérito de la narración pues se nota la lucidez proveniente de la silla de la directora. Necesaria es la perspectiva de una mujer sobre temas como la violencia, la familia y la convivencia social en los países afectados por la exclusión. En este caso, la de Nadine Labaki resulta sumamente reveladora. Esta mujer regala así al cine una fábula moderna digna de aquella ancestral contadora de historias por cuyo poder de persuasión salva la cabeza y nos salva a los lectores.
Por eso y más ¿A dónde vamos ahora? visita Cannes en 2011 dentro de la selección “Una cierta mirada”. Salió de ahí con una mención especial del jurado ecuménico como era de esperarse ante el tema y su tratamiento. En otoño de ese mismo año en el festival de Toronto gana el premio de la audiencia. ¿A dónde vamos ahora? de Nadine Labaki llegó recientemente a territorio mexicano con el 32º Foro de la Cineteca Nacional y su estreno en la corrida comercial está previsto para el 20 de julio, fecha que de seguro será pospuesta para privilegiar el vomitivo menú veraniego de Hollywood. Para concluir el segundo crédito de la directora libanesa se erige como la confirmación de la que con los años se convertirá en una brillante carrera. Eso a pesar de que el cine, en su país natal, no sea uno de los bienes más apreciados.

¿A dónde vamos ahora? (Ou halla la weyn?, 2011). Dirigida por Nadine Labaki. Producida por Nadine Labaki y Anne-Dominique Toussaint. Protagonizada por Nadine Labaki y Julian Farhat.

La escena de la danza fúnebre: http://www.youtube.com/watch?v=62-gBykSNdo