jueves, 14 de octubre de 2010

Porquerías que vi de chiquillo (V): Feliz cumpleaños para mí


Claro. El tema obliga. En la semana de mi cumpleaños nada más pertinente que hablar de esta porquería fílmica y ochentera que presenta más de una sorpresa y mucho sin-sentido. No recuerdo específicamente cuándo la vi o si de veras estaba tan chiquillo cuando lo hice. Lo que sí es cierto es que a partir de los ocho años ya manejaba yo todas (y cuando digo todas son todas) las convenciones de las slasher movies tanto como para recrearlas montando con infantiles títeres obras de teatro con títulos como "Muerte en Japón" o "Noche de brujas". En ellas gran parte de mi colección de títeres terminaba apuñalada, estrangulada o incluso mutilada por algún misterioso asesino. Luego montaba las obras frente a los azorados ojos de mis padres. Digamos que era un niño algo precoz y, si hubiera crecido en algún país del primer mundo donde son tan paranoicos, me habrían tenido clasificado como una amenaza latente. Ésta entonces fue una más entre las muchas slasher movies que se pusieron de moda por su efecto taquillero a finales de los setenta y principios de los ochenta.


Que los cumplas feliz
Dependiendo de la versión del DVD que se tenga a la mano este sangriento bodrio comenzará ya sea con una música de piano llena de suspenso o con una alegre reminiscencia del a-punto-de-la-putrefacción disco. La canción de salida, en cambio, sí hará referencia al tema de la película aunque no dejará de ser inquietante. Mientras los créditos finales corren, una voz femenina, aguda y escalofriante cantará entre otras frases “no los necesito”, “¿puedo apagar las luces?”, “¿puedo cortar el pastel?” y la ya clásica “feliz cumpleaños para mí”. Así es. Nada traumatiza más que un cumpleaños de la infancia arruinado (si lo sabré yo) y ese trauma es suficiente para años después detonar una serie de asesinatos, todos ellos muy diferentes y variados para deleite del hambriento espectador. Si ya había habido slasher movie sobre el Halloween, el día de San Valentín, la graduación y quién sabe cuántas otras fechas festivas más sólo faltaba la del cumpleaños (años después Eli Roth nos haría ver que también faltaba la del día de Acción de Gracias). Así, durante la entrada de Feliz cumpleaños para mí (Happy Birthday to Me, 1981) de J. Lee Thompson, podemos apreciar a una bella joven salir de una residencia estudiantil. Si el sonido es el de la música disco no nos esperamos lo que sigue. Si es el del ominoso piano, ya estamos alertas.


La mujer silenciosa
Feliz cumpleaños para mí es la slasher movie donde se agotaron casi todas las formas para matar. Ya el cartel nos promete seis de los más extraños homicidios y, sobre todo, nos pide rezar para que no seamos invitados a esta mortífera fiesta. El de Bernadette O’Hara será el primer asesinato. Bernadette estudia en la Academia Crawford, una prepa no para nacos Cachunes mexicanos de Televisa sino para la crema y nata de lo que parece ser Nueva Inglaterra. Para colmo de exclusiones dentro de esta elite hay otra: la de los “top ten” (“los diez más”) de Crawford, un grupo de niños mimados —hijos de embajadores, políticos y empresarios— a los que también pertenece esta chica de bufanda harrypotteresca (esto, obvio, antes de Harry Potter). La noche todo lo cubre y cuando la música nos anuncie el peligro inminente una correa de cuero se le enredará a Bernadette haciéndola chillar y caer al suelo. Al levantar la mirada se encuentra con un perro rechoncho bautizado adecuadamente Winston (quizás por aquello de su parecido con Churchill) y por encima del animal, al otro extremo de la correa, se halla el severo rostro de la directora de la academia, la señora Patterson. Tras el susto Bernadette le explica a la mujer que va a reunirse con sus amigos, “los diez más”, en la taberna del pueblo. Una vez en su auto y sola, el asesino o la asesina ataca sin piedad tratando de estrangularla. Bernadette es bastante lista como para escaparse del auto. Pero, lo sabemos ya por las convenciones del género, no es tan lista como para salvar el pellejo. Al huir se encuentra con alguien conocido. Viene el típico “ah, eres tú, ¡ayúdame, por favor!” sólo para percatarse de que su amigo o amiga convenientemente bajo la sombra del anonimato blande una navaja de barbero. En lugar de reaccionar poniendo pies en polvorosa, Bernadette desorbita los ojos y permanece boquiabierta frente al brillo de la navaja como esperando quieta y resignada el degüello que tarda sólo un segundo, lo suficiente para taparnos los ojos y estremecernos. En una brillante asociación de ideas la cámara nos lleva hasta la taberna llamada “La mujer silenciosa”, taberna cuyo emblema es sin duda la más silenciosa de las mujeres del mundo: una mujer sin cabeza.


Broma de los Cachunes gringos
Dentro de la taberna un grupo de viejos borrachos canta la canción más choteada de las borracheras gringas (aquélla de las botellas de cerveza en la pared) arruinándoles la diversión a “los diez más”. En ese momento aparece ni más ni menos que la hija ciega de “Los pioneros”, Melissa Sue Anderson, que aquí no será Mary Ingalls sino Virginia Wainwright. Y, claro, Virginia también será virgen. Por lo que se intuye esta rubia de ojos azules fue la última en integrarse al exclusivo grupo. Los adolescentes (representados por veinteañeros ya algo pasaditos como en Vaselina) son indistinguibles unos del otro. Hay muchos rubios de ojos azules, hay mucho narizón flaco. A excepción de Alfred, el nerd, el solitario, el lentudo y el que carga siempre con una ratita de laboratorio. La presencia de tan cochina mascota da pie a una broma de tremenda malditez contra los rucos briagos. Hipócritamente uno de “los diez más” (hijo negado de Quagmire de “Family Guy”) se disculpa ante el exabrupto de otro júnior y les ofrece a los borrachines una ronda más de cerveza. Con astucia digna de un zorro el muchacho echa la rata en el tarro del líder de los viejos provocando tremenda trifulca que termina en la graciosa huída de la versión gringa de los Cachunes. Ahí no termina la diversión. El pueblo cuenta con un puente levadizo con el cual los inquietos párvulos juegan a ver quién es el más gallina, quién no se atreve a saltar con su auto el puente mientras se levanta. Los vehículos arrancan uno tras otro (¿fue mi imaginación o una de las placas de los coches era de la mismísima “belle province”?). Alguno se quedará en el camino. Aquel en el que viaja Virginia (cariñosamente Ginny para sus cuates) saltará causándole a la pasajera un ataque de histeria que deja a sus amigos perplejos. Ginny grita “¡madre!” sobre el puente levadizo y nos persuade con una de sus muchas miradas perdidas, de aquéllas que repartió generosa y con tanta genialidad histriónica en la serie “Los pioneros”. La figura de una llorosa Ginny desaparece en el bosque. ¿Su destino dentro de esas tinieblas? Sí, claro. Tenía que ser eso: la tumba de Mamá. Y por supuesto alguien la sigue y la observa. Bien puede ser el asesino o la asesina o bien puede ser el mirón francés Etienne Vercures que en un descuido de la pobre Ginny se introduce en su habitación estableciendo sin duda un antecedente para el David Lynch de Blue Velvet. Pero (¡oh, decepción!) ésta es una slasher muy pudorosa (a lo mucho PG-13) donde lo más que logran atisbar los nerds mirones es un destello de brasier. Sería el pudor del cineasta o sería que la virginal Melissa Sue Anderson no podía enseñar las chichis por temor a no vivir más en la casita de la pradera con su papá ficticio Michael Landon. Al final el pervertido Etienne sólo logra llevarse los calzones de Mary Ingalls no sin antes meterle un buen susto a la muchacha.


¿Neuronas regeneradas?
Ginny corre al lado de su mejor amiga Ann Thomerson por los jardines de la academia y luego por los pasillos. ¿Estaré alucinando? No sé qué me pasa; pero los edificios de la ínclita Academia Crawford me resultan familiares y no sólo por haber visto la película de chiquillo. ¿De dónde sale este inusual déjà-vu? La directora Patterson les anuncia, una vez que las impuntuales se incorporan a la clase de biología, que Bernadette O’Hara ha desaparecido. Estratégicamente sentados al frente de la clase se hallan “los diez más” a quienes la desaparición de su amiga Bernadette parece importarles muy poco pues tan pronto continúa la clase de biología con un profesor de acento francés uno de los inquietos párvulos le hace una pueril bromita al catedrático. Con unas ancas de rana que se mueven gracias a la corriente eléctrica, Ginny vuelve a otorgarnos otra mirada perdida con flashback incluido. Es el recuerdo de una operación del cerebro, un intento de regeneración de neuronas que concluye con la balbuceante frase de una Ginny pelona, pálida y vendada: “mi… mi cumpleaños”. Eureka. Por fin la palabra clave que da título a la película. Aquí debe haber una pista para resolver el enigma de la degollada. Termina el flashback y aparece el veterano Glenn Ford en el papel del doctor David Faraday, un señor muy propio que intenta ayudar a Ginny a recordar lo sucedido antes del accidente en el que muriera su madre.


El mirón moto-idiota
A continuación la pandilla de rickyricones se reúne en una emocionante carrera de motocross (como que estaban de moda en los ochenta) para apoyar a Etienne, el hijo del embajador francés y quien días antes se robara sin problema alguno los calzones de Mary Ingalls, tan ciega aquí como en “Los pioneros”. Hay muchos vítores, excitación, aplausos y apuestas. Al final el mirón moto-idiota gana la carrera y le presume su buena suerte a la virginal pero igualmente deseosa Ginny. ¿Y a qué se debía la tal buena suerte?, se atreve a preguntar la ingenua niña. Pues a que el cochinón franchute traía los calzones de la susodicha junto a su caluroso corazón. Aunque Ginny finge rabieta ante el descaro del patético Don Juan, todos acuerdan encontrarse esa noche en la taberna para la celebración de la victoria. Eso a pesar de prohibírselos la señora Patterson después de la trifulca con los rucos borrachines. Qué rebeldes. Etienne —primer sospechoso del asesinato de Bernadette por andar espiando mujeres— no sabe que al presumir el robo de los calzones de Rosita Fresita acaba de firmar su sentencia de muerte. ¿O no es así? Corte a la cámara que va viajando amenazante hacia una cochera. Pronto veremos parcialmente a la persona cuya perspectiva antes tuvo la cámara. La veremos mientras baja unas escaleras: es una figura espigada exenta de caderas femeninas, lleva pantalones y suéter negros así como tenis blanquísimos. La figura se va acercando con lentitud hacia el francés que limpia las ruedas de su moto haciéndolas girar sin darse cuenta de la presencia acechante. Sólo a un pelmazo de primera se le ocurre realizar la limpieza de su moto con bufanda harrypotteresca al cuello pues con la mínima acción de una mano vengadora y enguantada la cara le queda al franchute muy poco presentable. Cero y van dos.


Santa Bernadette la Bautista
Una vez muerto Etienne, las sospechas recaen en el cerebrito solitario, Alfred Morris. El mismo que casualmente le echara ojos de pistola al ladrón de calzones al final de la carrera de motocross. Ginny y Ann van a buscarlo a su guarida después de que el ganador de la carrera dejara a "los diez más" plantados en la taberna. Las dos metiches se introducen en la guarida sólo para descubrir maniquíes y muchos otros utensilios propios de un especialista en efectos especiales para película de terror. El cineasta que lleva el timón de esta cosa hace reflexiones meta-cinematográficas. Las miradas se fijan en cierto bulto cubierto con un trapo, un bulto con forma de cabeza sobre una charola salpicada por lo que parece ser sangre. ¿Será la cabeza de Bernadette? El chillido estridente lo confirma una vez descubierto el bulto. No es Salomé sino Santa Bernadette la Bautista. ¿Aquí terminará la tortura? No, claro que no. Alfred llega y descubre a las metiches. Su expresión fría parece confirmar las sospechas de que él es el asesino. Falsa alarma. Se hace la luz dentro de la guarida de Alfred y aquello que a oscuras semejaba ser una cabeza humana se convierte lógicamente en la de un maniquí. Tal vez a este director le gusta hacernos trampa. Y Alfred podrá ser raro; pero no tanto como para escabecharse a alguien. ¿O sí? A la mañana siguiente y con otro desaparecido notable en la lista, comienza a girar la rueda no de una moto sino de la dirección de la Academia Crawford para no ver su reputación machada por el lodo. “Los diez más” son llamados a la oficina de la directora, con un perro Winston muy quietecito en cuatro patas sobre una silla, para averiguar si no hay huída de dos amantes de por medio en todo este asunto. Fuera de los dominios de la Cancerbera, Ann y Ginny intercambian impresiones sobre el interrogatorio. Ahí están otra vez los edificios de la Academia Crawford. ¿Dónde los habré visto antes no en tecnicolor sino en vivo y en persona? En otra vida tal vez.


En las gónadas no, por favor
Saliendo de la proyección de una película, es de noche y se da un connato de pelea entre dos indistinguibles de “los diez más”. Tal vez los más narizones. Con las dos ausencias, la unión del grupo empieza a desmoronarse. Corte a una sombra sobre el cofre azul de un auto de lujo. El o la homicida de privilegiados no les da tregua. Greg Hellman, un émulo de Rocky Horror, levanta pesas a mitad de la noche para marcar sus pectorales. “Ah, eres tú”, afirma al notar a la sutil presencia. Greg es muy cuidadoso al no decir el nombre de la persona como lo haría cualquiera en la realidad. Pero ésta es la ficción de la slasher movie. Hay que mantener el suspenso lo más que se pueda. Greg le pide a la sombra aumentar el peso de la barra. La sombra obedece. Pero para Greg el peso no es suficiente. Él levanta mucho más. Es muy machote. A la sombra se le pasa la mano y para colmo la muy bromista le retira los soportes de la barra. Sí, eso le parecerá a Greg una jugarreta algo cruel. No seguirá pareciéndole tal cuando la sombra pasada de lanza tome una pesa y la suspenda sobre los testículos del muchacho. Auch. Con el impacto contra sus gónadas, el ex fortachón ora sí suelta la barra. Bastó con darle al macho donde más le duele. La barra se impacta sobre su cuello y como si fuese un arma punzocortante vemos chorros de sangre. De los diez que tenía, como rezaba la canción infantil, nada más me quedan siete, siete, siete.


Academia Crawford, en vivo y en persona
La escena de la carrera de motocross se repite casi idéntica en un partido de futbol. Alfred y el bromista Rudi (el hijo negado de Glenn Quagmire) salvan el partido. Rudi se acerca a Ginny para darle celos a otra indistinguible y se la lleva al campanario. Después de una imitación desastrosa de Cuasimodo, Rudi saca un cuchillo. Oh, no. La impoluta Ginny está en peligro. Hay derramamiento de sangre. La cuerda de una campana es cortada. No hay cadáver. Pero sí una Ginny muy perturbada que acude donde el doctor Faraday con los recuerdos de una operación del cerebro. ¿Será que la angelical Ginny es una demente? No siendo la protagonista. Ya una vez Hitch mató a la protagonista a la mitad de la película. ¿Será que J. Lee Thompson se atreverá a convertir a su protagonista en la asesina? De vuelta en la Academia Crawford y con tres desaparecidos de alto perfil, interviene la policía. Además, nadie encuentra a Rudi, nuestro fallido Cuasimodo. Se habla de un descubrimiento funesto en los jardines de Crawford. Pronto se forma una multitud alrededor de los policías que desentierran un cráneo. El doctor Faraday interviene develando la procedencia de la calavera: el departamento de ciencias de Crawford. Risas de alivio. Rudi reaparece en la biblioteca frente a Ginny al estilo de la gran Susana Dosamantes en Más negro que la noche. Sólo que aquí Rudi está vivo. Todo fue una gracejada más del bromista. Ginny se tranquiliza. Y para mí se hace la luz. Finalmente reconozco en los edificios de la Academia Crawford al campus Loyola de la Universidad Concordia. El sitio IMDB me lo confirma. Esta joya del cine canadiense se rodó en Montreal. Qué orgullo. Si alguien me hubiera dicho que iba a terminar algún día dando clases (y sólo por un año y medio… gracias, querida Concordia) en la Academia Crawford no lo habría creído.


Sorprendente visita al cementerio
Hasta aquí las sospechas han recaído en Etienne, Alfred y Rudi. Todos quizás con una figura adecuada ya que la sombra no tiene caderas y parece bastante flaca. Pero a continuación el director nos tiene preparado un giro de tuerca de lo más tramposo. Después de fumar mota junto a la alberca y besar a Rudi, Ginny sale despavorida después de que una de sus amigas indistinguibles finge ahogarse. De nueva cuenta, como siempre que alguno de sus recuerdos se detona, la joven va a visitar la tumba de su madre. Otra vez, alguien la sigue. Con parsimonia vemos a Alfred acercarse a Ginny mientras ella está de espaldas. Sentimos el peligro. Algo trata de extraer de su bolsillo el nerd. En eso, sin aviso, Ginny reacciona y le clava unas tijeras en el estómago. En el bolsillo de Alfred sólo había una florecita blanca. Sorpresota. Así que Melissa Sue Anderson es la hercúlea asesina sin caderas que carga pesas, lleva y trae cadáveres sin ayuda alguna. Tal vez esta muerte fue en defensa propia. Tal vez Ginny pensó que Alfred era el asesino. Lo cierto es que a la mañana siguiente no parece recordar nada. Como si las neuronas regeneradas hubieran dejado de funcionarle. Su padre se va de viaje de negocios a Caracas. Ella le recuerda con pucheros que el domingo es su cumpleaños. Él le promete estar de vuelta para entonces. Más te vale, Papacito, o quizás te arrepientas.


Abre la boca y di AAARRRGGGHHH
Los que quedan de “los diez más” acuden a una disco party en el gimnasio de la academia. Ginny, con la ida de su padre, se quiere liberar de ataduras y para eso se hace un chongo bien apretado. Está que no se aguanta. No más hacerle honra al nombre de Virginia. La muy zorrita llega de la mano de Rudi y termina abrazada a Steve Maxwell. Ahora que ha muerto Alfred, ya sabemos que Mary Ingalls es una homicida despiadada y muy contradictoria porque termina matando a todos sus pretendientes. Con promesas incitantes y nada propias para una niña tímida, Ginny lleva a Steve hasta su casa y le prepara cual cocinera internacional shish-kebab. Steve come de esa carne ensartada en brocheta y se nota que quisiera devorar la de Ginny. Darle el control de una brocheta puntiaguda a una loca de atar no es buena idea. Steve lo comprueba cuando siente clavarse el pico de la brocheta en el fondo de su garganta haciéndole réplica al famosísimo cartel de la película, cartel por cierto donde Steve no era Steve sino John. Otro pequeño error de la producción que se suma a los muchos incluidos en esta preciosura ochentera.


Bajo el agua
A la mañana siguiente Ann, la mejor amiga de Ginny, visita la casa de los Wainwright para saber qué ocurrió con Steve. Otra vez Ginny se hace la desmemoriada. Le avienta las llaves a Ann desde el segundo piso para que entre mientras ella se baña. Bajo la regadera (como si no hiciera lo mismo todos los días) Ginny retorna por fin al día del accidente, al día en que el auto en el cual viajaban ella y su madre cae (cuatro veces por si no nos quedó claro y la última inconsistente con las otras tres) del puente levadizo. La madre muere ahogada. Ginny se salva pero no sin antes pegarse tamaño chingadazo en la cabeza contra un inoportuno barco que pasaba en ese momento. Sin embargo, todavía no sabemos por qué razón la mamá de Ginny iba tan alterada aquel día. Al regresar del trance Ginny descubre a su amiga Ann ahogada en la bañera como si se hubiera repetido la tragedia de su madre. El grito más estridente y desgarrador de las cuerdas vocales de Mary Ingalls no se hace esperar.


El berrinche de Mamá
Con la desaparición de Ann, el cerco de la policía se cierra sobre Ginny. Para defenderla y para por fin revelarnos la verdad, se encuentra el doctor David Faraday. Ginny está convencida de que ha matado a Ann; pero ante la ausencia del cadáver Faraday alega que de seguro todo ha sido una alucinación. La lógica de todo este berenjenal está cada vez más deteriorada. El recuerdo se completa sin mucha justificación: algunos años atrás Ginny logró ingresar en la Academia Crawford. Su madre era entonces una nueva rica que albergaba resentimientos sociales que la llevaron a presionar a su hija para formar parte del grupo que después sería el de “los diez más”. El día del cumpleaños de Ginny la madre pensaba que seis alumnos de Crawford estaban invitados. Son, obvio, los que en el presente de la ficción han muerto. Sin embargo, ninguno de los seis hacía a Ginny en el mundo. Viene el berrinche de Mamá. Su hija merece que los hijos de la crema y nata asistan a su fiesta. Para acabarla de amolar Papá anda de viaje de negocios. Ginny le informa a su madre que ya todos estaban invitados a otra fiesta en casa de Ann Thomerson. Hasta allá va la furibunda señora para exigir que dejen entrar a su hija. Pero un empleado del señor Thomerson, detrás de una reja y bajo la lluvia, le recuerda a la señora que nunca dejará de ser quien siempre fue. Sea eso que fue lo que haya sido. Ah, las insalvables diferencias entre clases sociales que todo lo arruinan. Acaba el flashback y si el buen doctor Faraday ya lo sabe todo también debe morir. Sobre él cae un atizador mágico que con un golpe salpica de sangre una habitación entera.


Las dos Virginias
Por fin llega la hora de la necrofílica fiesta que el cartel de la película tanto nos prometió. Y estamos invitados. Qué emoción. Al menos a la fiesta de Ginny no estuvieron invitados todos “los diez más” porque entonces esto habría durado tres putas horas. Papá cumple su promesa, regresa de su viaje a tiempo y encuentra a Ginny con seis de sus amiguitos muertos y su madre desenterrada frente al pastel de cumpleaños. Sólo falta darle un cortecito en la yugular a Papá (“¡Bastardo!”) para que no desentone con la palidez del resto de los invitados. Cuidado, queridos espectadores. El director, tan chapucero él, tiene un as bajo la manga. De súbito, de entre los invitados y en el lugar donde debería estar Ann la ahogada, revive otra Ginny, otra Mary Ingalls, otra Melissa Sue Anderson. Claro. Eso lo explica todo. El hecho de que existan una gemela buena y una gemela mala podría justificar los cambios en Ginny, sus constantes desmemorias, las lagunas mentales. Pero a don J. Lee Thompson no le gustan las salidas fáciles. Nos va a dar una solución tan descabellada como todo lo que hemos visto hasta este momento. Luego de un forcejeo digno de dos niñas de pre-primaria, una de las Virginias le arranca la cara a la otra. Bajo esta máscara de tan perfecta confección se ocultaba Ann Thomerson. Solución final: Ann y Ginny son medias hermanas, Ginny es hija bastarda del señor Thomerson, Ann culpa del divorcio de sus padres a la madre de Ginny (“¡Una maldita puta!”), Ann planeó todos los asesinatos para que las sospechas recayeran en la loquita de Ginny. ¿Cómo consiguió Ann una máscara que imitara a la perfección el rostro de Ginny? Muy fácil. Alfred se la hizo. ¿Cómo pudo sustituir a Ginny en sus encuentros asesinos con Alfred, Steve y David? Muy fácil. Cloroformo al por mayor. Lo que el último grito en máscaras y mucho cloroformo hacen en las manos de una gordita caderona.


¿Puedo cortarte el pastel?
Ahora sólo falta fingir el suicidio de la desequilibrada adolescente Virginia Wainwright. Ya que se acabe esto, por favor. En otro forcejeo de niñas de pre-primaria Ginny logra salvarse por un pelito de rana calva, reza el lugar común, clavándole el cuchillo para cortar el pastel a su resentida media hermana. Sin embargo, lo hace con tan mal timing que la policía llega un segundo después del hecho. Literalmente un segundo después. Al final la perversa fanática de la armonía familiar, Ann Thomerson, se sale con la suya. Quién les puede reprochar a los policías si culpan de todo ese horror a la bobita que canta “Feliz cumpleaños para mí”. Abajo el telón. Esta porquería llegó a su fin.

El avance: http://www.youtube.com/watch?v=OEalmOJsvM0
Compruebe con sus propios ojos el horror sin gastos superfluos. Sí, está enterita en el YouTube empezando por este enlace: http://www.youtube.com/watch?v=YGa9xWNW0gc