viernes, 8 de octubre de 2010

Otro año más de placer absoluto


De las veintitantas reseñas que envié a la revista Espacio 4, ésta es la última que me queda por subir al blog. La escribí en octubre; pero hace tres años. A continuación el texto:

El musical es un género que no admite tibiezas. O se le adora o se le detesta. No existe el justo medio frente a una película perteneciente a dicho género. A veces, las reacciones pueden iniciar con un rechazo rotundo y transformarse paulatinamente en una obsesión denigrante para el espectador. Como si las canciones se convirtieran en la forma más perversa de propaganda que, con cada coro repetido, va introduciendo su veneno en la sangre, aun en la del más reacio. Así le ocurre a una cinta que ya se ha convertido en un clásico de culto dentro del territorio estadounidense —y más allá de sus fronteras— para festejar la noche de brujas y que, en un principio, fue ignorado tanto por el público como por la crítica: El show de terror de Rocky (The Rocky Horror Picture Show, 1975). Dicho sea de paso, el largometraje dirigido por Jim Sharman llega fuerte y con buena salud a los treinta y dos años gracias al extraño —tanto o más que su línea argumental— fenómeno de masas que se ha derivado del filme, gracias a los fanáticos que lo mantienen vivo.
Originalmente concebido como un musical cuyo nacimiento se da en la mente de Richard O’Brien —quien interpreta a Riff Raff en la versión cinematográfica— y alimentado por un sinnúmero de influencias que salen a la luz con la canción “Science Fiction / Double Feature” (“Un relato bien extraño y muy pasado” en la versión en español del musical), El show de terror de Rocky plantea en un inicio el punto de partida típico para cualquier cinta de horror de bajo presupuesto y efectos visuales hoy en día risibles. Sin embargo, desde la legendaria aparición de los labios rojos de la entrada, es notorio el juego paródico no sólo con este género sino además con las cintas de ciencia ficción, de monstruos y de súper héroes.
Brad (Barry Bostwick) y Janet (Susan Sarandon) constituyen una pareja de jóvenes sacados en directo desde la década de los cincuenta y sus aspiraciones se reducen a las de cualquier estadounidense de esa época: casarse, poseer una casa, tener una televisión y darle vida a un sartal de hijos tan mojigatos y ñoños como ellos. Luego de comprometerse, se quedan varados bajo la lluvia cerca de un lúgubre castillo camino a reencontrarse con el antiguo profesor de la universidad que los unió. Lo que ahí descubren va más allá de cualquier desbocada fantasía cinematográfica: un mayordomo jorobado (O’Brien) e involucrado más que fraternalmente con su hermana, una sirvienta pálida y despeinada (Patricia Quinn); una groupie aficionada al tap (Little Nell) así como un anfitrión y científico loco llamado Frank-N-Futer (Tim Curry), originario del planeta Transexual en la galaxia Transilvania, cuya única obsesión es crear al hombre perfecto por su musculatura, cabello rubio y bronceado: Rocky (Peter Hinwood).
Lo que en principio es sólo una experiencia voyeurista del nacimiento del hermoso Frankestein —con todo y sello de aprobación de Charles Atlas— así como de unas bodas nada tradicionales entre creador y criatura, se transforma esa misma noche en mordida del fruto prohibido cuando Brad y Janet sean seducidos en hilarantes escenas paralelas por el insaciable doctor travestido para quien sus mayores máximas son “entregarse al placer absoluto” y “no soñarlo, serlo”. Ni siquiera la oportuna entrada de aquel antiguo profesor de la universidad, el inválido doctor Scott (Jonathan Adams), logra salvar a la cándida pareja de caer en las garras de la inconmensurable lujuria pues incluso él terminará la velada con medias y en tacones. La combinación de tantos elementos dispares y estrambóticos no atrajo al incluso para entonces puritano público de Estados Unidos una vez que la película se estrenó en septiembre de 1975. Y, a pesar de tan mal preludio, El show de terror de Rocky es uno de los pocos filmes que en la actualidad puede presumir de exhibiciones ininterrumpidas dentro de algunas salas de cine de aquel país durante las últimas tres décadas. ¿En qué momento se dio tan radical vuelta de tuerca?
Es aquí donde entra la horda de fanáticos que conoció la película gracias a las funciones de medianoche, un circuito en donde se podía tener acceso a las anomalías más grandes del cine. Entre ellas, las de Lynch (Cabeza borradora), Waters (Pink Flamingos) y Jodorowsky (El topo). Fue entonces cuando pudieron comprobarse las artes persuasivas del musical y cuando se gestó uno de los fenómenos de masas más avasalladores originados por una obra fílmica. Pronto, quienes asistían a estas funciones, comenzaron a gritarles insultos a los personajes en la pantalla, a disfrazarse de ellos y, por último, a recrear escenas de la película frente a toda la audiencia sin ningún pudor. Así El show de terror de Rocky se convirtió en cinta de culto y en ritual de noche de brujas para ser realizado cada año. Del inframundo de la función de medianoche saltó con los años al mainstream, a la cultura popular y pronto su mensaje de liberación sexual se fue haciendo cada vez más inofensivo, se fue olvidando hasta el punto de que en los ochenta pudimos escuchar a los entonces niños de la banda Timbiriche cantando “El baile del sapo”. Incluso el convencional y risueño doctor Hibbert de Los Simpson se atreve a disfrazarse en los noventa de Frank-N-Futer.
No deja de parecer, a lo largo de los años, que la ingenuidad se hallaba en realidad del lado de los monstruos y los extraterrestres concupiscentes que pregonaban el placer sexual como la única fuerza redentora. Sobre todo, después de lo sucedido durante los ochenta con el SIDA. Sin embargo, es innegable el encanto que —notorio tras la segunda o tercera vista— reside en el retorcido humor, las pegajosas canciones y la mezcolanza de géneros cinematográficos. Y, a pesar de enarbolar como banderas la diversidad y la liberación, lo que esos labios rojos reflejan en su canto durante la entrada de la cinta es la nostalgia por un estilo fílmico sólo posible en el pasado. A final de cuentas, como en toda cinta (sea musical o no), la trascendencia es ahora sólo responsabilidad de sus espectadores, muchos de ellos de los más radicales y obsesivos que se han dado en la historia del cine.

El show de terror de Rocky (The Rocky Horror Picture Show, 1975). Dirigida por Jim Sharman. Producida por Michael White. Protagonizada por Tim Curry, Barry Bostwick, Susan Sarandon y Richard O’Brien.

El inicio con los ya legendarios labios sin cuerpo: http://www.youtube.com/watch?v=G5MHNvOVl8Y